Jorge Humberto Peláez, S.J.

 

 

Gabriel Jaime Pérez S.J.

 

 

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 

Alejandro Londoño Posada, S.J.

 

 

El nacimiento de Jesús

El contexto

El pasaje evangélico que nos viene propuesto hoy forma parte del así llamado evangelio de la infancia lucano que abarca los dos primeros capítulos del tercer evangelio. Se trata de un evangelio de la infancia. Luego el interés primario del autor no es el de informarnos, de presentarnos todos los detalles del nacimiento de Jesús, sino más bien el de anunciar la buena nueva del nacimiento del Mesías prometido. El niño Jesús se ve ya como el Señor, así como venía proclamado en la predicación apostólica Como los dos primeros capítulos de las Actas de los Apóstoles sirven de transición del tiempo de Jesús al tiempo de la Iglesia, así los dos primeros capítulos del evangelio de Lucas sirven de transición del Antiguo al Nuevo Testamento. Las citas y alusiones al Antiguo Testamento son continuos. Los personajes, como Zacarías e Isabel, Simeón y Ana, José y sobre todo María, son los representantes de la espiritualidad de los pobres del Señor, que caracteriza el último período del Antiguo Testamento. Todos y particularmente María se alegran de la llegada de la salvación en la cuál ellos tanto tiempo han esperado. Lucas divide su evangelio de la infancia en siete escenas: el anuncio del nacimiento de Juan Bautista (1,5-25), el anuncio del nacimiento de Jesús (1,26-38), la visita de María a Isabel (1,39-56), el nacimiento de Juan Bautista (1,57-80), el nacimiento de Jesús (2, 1-21), la presentación de Jesús en el templo (2, 22-40) y Jesús entre los doctores (2, 41-52). Muchos exegetas son del parecer que Lucas intentaba poner en paralelo a Jesús y el Bautista para demostrar la superioridad de Jesús sobre Juan, el último profeta. Con el nacimiento de Jesús comenzamos los tiempos nuevos hacia los cuales todo el Antiguo Testamento está orientado.

Algunas preguntas para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Hay puesto para Jesús en tu vida?

b) ¿Qué signos de su presencia me está ofreciendo Dios?

c) ¿Cómo reacciono frente a ellos?

d) Jesús ha nacido para traer gozo y paz. ¿Cuándo son parte de mi vida estos dones?

e) ¿Son portadores de gozo y paz para los demás?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

"No había puesto para ellos"

Jesús nace en extrema pobreza. No se trata sólo de la indigencia material de su familia. Es mucho más. Nace lejos de la aldea donde residen sus padres, lejos del afecto de familiares y amigos, lejos de la comodidad que podría haber ofrecido la casa paterna, aunque fuese pobre. Nace entre extranjeros que no se interesan por Él y no le ofrecen sino un pesebre donde nacer.

Aquí está el gran misterio de la encarnación. Pablo dirá que "de rico que era , (Jesús) se hizo pobre por vosotros, para que llegáseis a ser ricos por medio de su pobreza" (2Cor. 8,9). El prólogo del evangelio de Juan atestigua que siendo Él por medio del cual se ha hecho el mundo, Jesús, el Verbo hecho carne, "vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron" (Jn. 1,11). Este es el drama que señala toda la vida de Jesús, llegando su culmen en el rechazo absoluto de Él en el proceso delante de Pilato (ver Jn 18,28-19,16). Es, en último análisis, el drama de Dios que se revela y se ofrece continuamente a la humanidad y es tantas veces rechazado.

Un signo por descifrar

Es necesario decir sin embargo, que no era fácil para los contemporáneos reconocer a Jesús. No es nunca fácil para nadie, ni siquiera hoy, reconocerlo por lo que Él es verdaderamente. Sólo una revelación por parte de Dios nos puede desvelar el misterio (ver Jn. 5,37; 6,45). En la narración de su nacimiento, el objetivo del anuncio angélico es precisamente el de revelar el misterio.
Nuestro testo de hecho está compuesto de tres partes. En los vv. 1-7 tenemos el hecho del nacimiento de Jesús en un contexto bien determinado. Es el nacimiento de un niño como el de tantos otros. Los vv. 8-14 nos refieren el anuncio por parte de un ángel y la visión de ángeles que cantan. Es la revelación por parte de Dios (ver v. 15) que nos descubre en el "signo" de "un niño envuelto en pañales, que yace en un pesebre" (v. 12) "el Salvador, Cristo Señor" (v. 11). En la última parte (vv. 15-20) encontramos varias reacciones con respecto a la revelación del misterio. El signo que Dios ofrece, cuando es acogido con humildad, señala el punto de partida en el camino de fe hacia aquel que se revela.

Cómo descifrar el signo y acoger a Jesús

Nuestro texto nos presenta tres reacciones de frente al misterio de Jesús.

Están ante todo los pastores. Ellos se caracterizan por varias palabras de espera / búsqueda y descubrimiento: "vigilaban de noche haciendo la guardia" (v. 8): "vayamos a ver…" (v. 15); "fueron con presteza y encontraron.." (v. 16). Los pastores estaban abiertos a la revelación del misterio. Lo han acogido con simplicidad creyéndolo (vv. 15 y 20) y se convirtieron en testigos de lo que a ellos se les reveló (v. 17). Después están también "aquellos que oyeron" lo que los pastores contaron de Jesús (v. 16). Ellos se maravillan, incapaces de acoger el verdadero significado del suceso acaecido entre ellos. Finalmente está la reacción de María. El evangelista quiere hacer contrastar la reacción de María con la de "aquellos que lo oyeron". En efecto, la introduce con la frase: "Por su parte" (v. 19). Como ellos, María no ha oído el anuncio del ángel y no ha visto el coro angélico, pero sí ha oido el testimonio de los pastores. Y sin embargo ella lo acoge. Cierto que ella había tenido un anuncio angélico dirigido propiamente a ella al principio de todos estos sucesos (1,26-38). El ángel le había hablado del Hijo que debía nacer de ella como del Hijo del Altísimo que debería reinar por siempre (ver 1,32 y 35) Pero los últimos hechos, su nacimiento en aquellas circunstancias, podía poner en duda su palabra. Ahora vienen estos pastores y de nuevo dicen cosas grandes de su Hijo. María guarda todo esto en su corazón, las palabras del ángel, las palabras de los pastores, los hechos acaecidos y procura agruparlos para comprender quién es este hijo que Dios le ha dado, cuál sea su misión y que parte tiene Él en todo esto. María es una mujer contemplativa que tiene abierto los ojos y los oídos para no perderse nada. Después, conserva y medita todo en el silencio de su corazón. Virgen de la escucha, María es capaz de acoger la palabra que Dios le envía en la cotidianidad de su vida.

Sólo quien tiene el ansia de búsqueda de los pastores y el corazón contemplativo de María será capaz de descifrar los signos de la presencia y de las intervenciones de Dios en la vida y de acoger a Jesús en la casa de la propia existencia.

 

 

 

 

 

padre Francisco Fernández Carvajal

 

 

Radio Vaticano

 

 

1. Siempre que hablamos o escribimos sobre la Navidad, surgen en nuestro interior dos palabras importantes: Asombro, en primer lugar y "locura", en segundo. Asombro por parte de los hombres: Dios se acerca al hombre. Y locura: Dios toma la iniciativa de hacerse hombre.

La Navidad es un anuncio gozoso de esta “locura” de Dios para con los hombres. La Navidad es la suprema Epifanía del amor de Dios. En ésta se ha manifestado el amor de Dios. Es el “rocío” que viene de lo alto.

No sabemos cuándo exactamente –hablando de fechas– este “rocío” que viene de lo alto se poso sobre la tierra. Lo que si sabemos es que Dios se convirtió en el “Dios-con-nosotros”. Y la Navidad, más que una fecha concreta, se convierte en un acontecimiento salvador. Es el “kairos” en la historia. Aquel día “se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres”. Lo que se hizo visible aquel día es Dios en persona, un hombre. Es más, un niño.

“Y encontraron al niño acostado en un pesebre” Por ello, la mejor forma de celebrar la Navidad es vivir en profundidad el asombro frente a la "locura" de Dios.

Dios esta cerca de nosotros. Dios nos ama. ¡Qué difícil resulta rastrear esta cercanía de Dios! Dios no esta lejano. Se ha hecho uno de nosotros. Abandonó su condición divina tomó nuestra naturaleza humana, para ser uno de nosotros, vivir como uno de nosotros, sufrir como uno de nosotros y morir como uno de nosotros. Este es el Dios de la Navidad. Este es el centro de nuestra fe.

En la Navidad el amor de Dios se hace visible en un portal. ¿Por qué no sentimos este amor? ¿Por qué no sentimos su presencia? Estamos muy acostumbrados a los ruidos y Dios, como “rocío” o nieve, cae muy callada y silenciosamente.

2. Los primeros llamados a adorar “al niño acostado en un pesebre” –“Dios-entre-nosotros”– fueron unos adultos pobres y pecadores. Los pastores de Belén, que entonces eran tenidos en la misma sospecha en la que ahora se tiene, en muchos países, a los gitanos, y por la misma razón: Porque los pastores iban, con sus rebaños, de un lado a otro, y no podía cumplir con la Ley.

El Salvador que nace, les dice el ángel, es para ellos: Adultos pobres y pecadores. Cristo no nace para los niños, sino para los adultos, para el pueblo oprimido y pobre.

La Navidad no es para los niños. Eso es lo que repite la segunda lectura: Trae la salvación para todos los hombres. ¿Cuáles? Nos responde la primera lectura. Para los hombres que forman parte del pueblo que camina en tinieblas quebrantó Jesús la vara del opresor que oprimía a ese pueblo. Ese Niño no viene para que los negociantes hagan mas negocio o para que los ricos sean más ricos, o para que los fuertes dejen sentir su fuerza sobre el cuerpo de los débiles. Viene a instalar un reino de justicia, un reino de paz, un reino de amor incondicional, y eso no es cosa de niños. Todo lo contrario.

No es que los habitantes de Belén fueran más duros o más malos que lo normal. Como María y José, los parientes de los betlemitas habían ido a Belén a inscribirse en el censo mandado, y las casas estaban verdaderamente llenas. Pero, ¿qué hubieran hecho si hubieran sabido que quien iba a nacer esa noche era nada menos que Dios-hecho-carne?

Eso es lo tremendamente comprometedor de la encarnación. Por ella, Dios se ha hecho una sola cosa con el ser humano y lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre. Nace pobre entre los pobres. Vive una situación de marginación y de pobreza. El niño nace en un pesebre.

La Navidad nos pone delante de la opción de Dios por los pobres y sencillos. La alegre noticia de la Navidad se dirige a quienes, como María, José o los pastores, viven abiertos a Dios como su única riqueza.

3. El que los ángeles aparezcan conmovidos por una gran alegría es la forma bíblica de decirnos que la presencia del Mesías conmociona a la creación entera (se decía: Lo visible y lo invisible). Eso mismo es lo que quiere decirse en el Apocalipsis cuando se habla de terremoto, de fuego, etc., que hacen posible y deseable una nueva tierra y un nuevo cielo. La mentalidad bíblica no puede ser más clara: Nada, ni las estructuras físicas de universo, ni las fuerzas no físicas que no conocemos, pueden sustraerse a la presencia y acción del Mesías. Él es la levadura de Dios puesta en el seno de la masa-creación, la creación entera debe sufrir dolores de parto hasta ser reengendrada en Cristo.

padre Antonio Díaz Tortajada

 

 

No temáis, os traigo una buena noticia, hoy en la ciudad de David,

os ha nacido el Salvador (Lc. 2,1-14)

Esta mañana cuando nos hemos encontrado con los padres, los hermanos y los amigos, ha brotado de nuestro corazón un grito espontáneo: ¡ Feliz Navidad ¡ No preguntéis a nadie qué ha querido encerrar en ese grito. Ni sabría explicarlo. A lo sumo te diría, en él he querido encerrar todo lo bueno.

Alguien ha dicho que la Navidad es el mimo, el abrazo, el beso más fuerte de Dios al hombre. Y al igual que cuando alguien nos mima, nos abraza, nos besa de verdad, sentimos un "escalofrío" cálido, valga la paradoja, en todo nuestro ser; de la misma manera, en el día de Navidad, al sentirnos mimados, abrazados, besados por Dios, sentimos en todo nuestro ser, ese "escalofrío" cálido".

Ciertamente la cara de un Dios crucificado es una cosa muy seria. Pero yo me atrevo a decir, que no menos seria es la sonrisa de un Niño-Dios en la cuna. Por ello, se nos debiera helar la sangre, ante la remota idea, de que alguien pudiera reducir la Navidad a la alegría barata de panderetas, bombillas multicolores, y a un pedazo de turrón o mazapán.

Uno es libre para creer o no creer, que Dios se ha hecho hombre. Pero, a lo que no se tiene derecho, es a creer eso, sin echarse a temblar o, a pronunciar esa frase "Dios es ha hecho hombre", y pronunciarla como quien acaba de decir, "dos y dos son cuatro", o que "en invierno hace frío". Porque si se cree en esa verdad, a uno se le rompen todos los esquemas, se desajustan todos nuestros razonamientos, y se desconyuntan todos los conceptos humanos. Porque si Dios puede hacerse hombre, es que no son exactas todas las ideas que tenemos de Dios, Y, a la vez, estamos muy equivocados sobre lo que realmente es el hombre.

La Navidad nos trae un Dios distinto y un hombre distinto. Lo primero podríamos encerrarlo en estas pocas líneas: "Al ser recostado en un pesebre, y después servir y lavar los pies a sus discípulos, Dios se revela en lo más profundo de su divinidad, y nos da a conocer lo más hondo de su gloria".

Exacto, en la Navidad descubrimos, que Dios, mucho antes que, el "poder absoluto", es el "absoluto amor".

La Navidad nos demuestra que la verdadera grandeza de Dios, no está en haber creado al mundo, sino en su disponibilidad de renunciar a su grandeza por amor al hombre.. Todo el poder de Dios queda encerrado en un niño, arropado por unas frías pajas en un pesebre.

Este es el verdadero Dios que nos muestra la Navidad: el Dios rico en misericordia, el Dios loco de amor.

Pero al mismo tiempo la Navidad cambia también el concepto de hombre. Uno tiembla cuando hoy, quiere ponerse a la Humanidad por encima de Dios, cuando no relegarle al más absoluto de los olvidos. Sin embargo, los grandes pensadores, los grandes filósofos de ayer, no pensaron así.

Uno de ellos, Mateo Alemán, quizá un tanto irónico nos dice: "El mejor hombre, cuando es bueno es un poco de polvo: escoge qué polvo quieres ser: si tierra o ceniza, porque no hay otro". Por otra parte, Ganivet, casi contemporáneo nuestro, ironizaba diciendo que, " un hombre por mucho que valga, vale menos que la cantidad de aire que desaloja".

Por el contrario, la Navidad viene a decirnos que esas afirmaciones son falsas y equivocadas.

San Juan de la Cruz, un hombre que ha sentido en su entraña, el soplo, la experiencia de Dios, nos dice que, "no ya el hombre, sino un solo pensamiento del mismo vale más que todo el mundo". Quizá Ortega y Gasset, lo expresó más sencillamente, más accesible a nosotros, cuando nos dice: "Si Dios se ha hecho hombre, es que ser hombre es lo más importante que se puede ser"

No entro a discutir si el hombre vale menos que la capacidad de aire que desaloja; pero en todo caso, el hombre es capaz de recibir dentro de sí, nada más y nada menos, que a todo un Dios. En Belén un niño proclama la grandeza de Dios, y al mismo tiempo nos señala la grandeza del hombre cuando éste se deja querer y amar de Dios.

Si esto es así, ¿cómo reducir la Navidad a un asunto de panderetas, turrón o mazapán?

Y termino con un pensamiento no menos poético que cristiano: "En la noche de Navidad cantaron los Ángeles y lloró el Niño-Dios. Son mucho más provechosas para el hombre las lágrimas del Niño-Dios en la cuna que el canto de los ángeles"

padre Marcelino Izquierdo OCD

 

 

Navidad del Señor

"Hoy es un Día Santo, nos ha nacido el Redentor del mundo, venid adorémosle" De mucha formas y con muchas imágenes describieron los profetas la venida del Mesías muchos siglos antes de que esto sucediera. "El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande" (Is. 9,2). La luz que disipa las tinieblas del pecado, de la esclavitud y la opresión es el preludio de la venida del salvador, portador de libertad, de la alegría y de la paz. "Nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo" (Ib. 6). La profecía sobrepasa la figura de un nuevo David, enviado por Dios para liberar a su pueblo y se proyecta sobre Belén de Judá, iluminando el nacimiento, no de un Rey poderoso, sino del Dios fuerte hecho hombre. Él es el "niño" nacido para nosotros, es el Dios fuerte, niño que nos ha sido dado y sólo de Él decimos: "Maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz".

Cuando la profecía se hace historia en aquella noche santa, una luz intensa y una voz potente anuncia a las naciones este nacimiento. La estrella como una luz potente alumbra la tierra, y el anuncio ya no viene de los Profetas sino del Cielo al corazón y oídos de los pastores. Y se presentó un ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvía con su luz: "os traigo una buena nueva y una gran alegría, que es para todo el pueblo. Os ha nacido el Salvador, que es el Mesías, el Señor, que os fue anunciado desde antiguo" (Lc. 2,9-11). El niño está vivo. Está en un pesebre

envuelto en pañales. EI nuevo pueblo de Dios tiene a su Señor. ¡La espera ya ha culminado!

San Pablo nos dice que se hizo "uno de nosotros para enseñarnos a negar la impiedad y los deseos del mundo, para que vivamos con la bienaventurada esperanza en la mani festación gloriosa del gran Dios y Salvador (Tit. 2,11). Desde el nacimiento del Salvador los cristianos debemos vivir no encerrados en las realidades y esperanzas terrenas, sino abiertos a las esperanzas eternas, deseando encontrarnos un día con nuestro Dios y Señor.

Todos nosotros celebramos el comienzo de una vida nueva, una vida en Cristo. Y esta vida es distinta a la que nos presenta el mundo. Es una vida abierta a Dios Nuestro Señor y a sus desígnios sobre el mundo. Solamente de esta manera nosotros podemos cambiar y puede cambiar el mundo.

La venida de Jesús, el recuerdo de la Navidad, no se trata de un mito sino de una realidad histórica y documentada. Las profecías se cumplieron, los evangelistas vivieron con Jesús, le escucharon y vieron las maravillas que hizo entre los hombres, pero ciertamente es necesario tener fe. Sin fe la Navidad se convierte en un festejo más, una fiesta comercial o en un día de vacaciones, en el cual comemos y bebemos, sin saber por qué. Especialmente los hombres y mujeres de hoy en su gran mayoría siguiendo la propuesta de muchos medios de comunicación y de la publicidad de los comercios, se han olvidado que la Navidad es la celebración del NACIMIENTO DE JESÚS.

Desde que Jesús nació en Belén, será siempre la dignidad del hombre la que está en juego, porque el Hi jo de Dios al encarnarse se ha puesto al nivel del hombre. Dios se hace hombre, para levantar al hombre a la dignidad de "hijos de Dios", para que el hombre le conociera y para estar íntimamente cercano en el anuncio de la salvación, al ser más amado por El: el hombre.

Celebremos la Navidad con amor, con el amor de los hijos de Dios. No paganicemos esta fiesta sagrada de la Navidad. Renovemos la fe, pongamos la esperanza de un mundo mejor en manos de quien todo lo puede. Pidamos al Señor que cada corazón renazca en un corazón nuevo para nuestro bien y el de todos los hombres. Festejemos a Cristo que nace, Señor de la Vida y custodio de la misma.

Que la Virgen de la Dulce Espera nos lleve al encuent ro de su Hijo en el pesebre de nuestro corazón.

d. Marcelo Raúl Martorell

 

 

Un Dios que juega a las escondidas con los hombres

“Como el joven se desposa con una doncella, se desposará contigo tu hacedor: como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo”. Como en un magnífico exordio, con la alegría de los esposos que conviven juntos, así anuncia el Profeta Isaías la venida de Cristo el Salvador que colmará los deseos de los hombres de una muy estrecha solidaridad con el autor de los siglos, de los continentes y de los hombres. Cristo Jesús está con nosotros esta noche, este día y todos los siglos, y aunque personajes extraños tratan de acaparar las miradas y atraerlas hacia sí, Cristo Jesús tendrá que ser el único centro de atención, de amor, de paz y de solidaridad. Benedicto XVI lo expresa magníficamente: “En la gruta de Belén, la soledad del hombre está vencida, nuestra existencia ya no está abandonada a las fuerzas impersonales de los procesos naturales e históricos, nuestra casa puede ser construida en la roca: nosotros podemos proyectar nuestra historia, la historia de la humanidad, no en la utopía sino en la certeza de que el Dios de Cristo Jesús está presente y nos acompaña”.

No cabe duda que todos los hombres se preguntan, unos para acogerlo y otros para rechazarlo, cómo es Dios y qué rostro tiene. Los que han intentado acercarse a él, nos han dado su propia versión, y nos han reflejado su experiencia, pero ha sido la suya propia que muchas veces no refleja definitivamente el rostro del verdadero Dios. Ni los profetas, ni los sacerdotes, ni Moisés siquiera, han logrado darnos una versión total del Dios del Universo, e incluso, muchos quisieron hacerse un Dios a su imagen y semejanza, para sostener la precariedad de sus vidas e incluso tratando de encontrar en él, justificación para su estrecha o torcida manera de vivir, justificando sus injusticias, su avaricia, su tremenda avaricia, que deja a muchos sin comer, mientras ellos se permiten disfrutarlo todo. Todas esas versiones que nos han dejado de Dios, han sido o incompletas o falsas, y podría haber desconcierto, cuando San Juan, en el prólogo de su Evangelio, afirma tajantemente que a Dios nadie lo ha visto. ¿Entonces qué hacer? ¿Está el Señor jugando a las escondiditas? No definitivamente no, pero tendríamos que decir al llegar a este punto, que el verdadero Dios es tan grande, que nunca lo entenderíamos ni podríamos poseerlo con nuestra débil inteligencia y con la cortedad de nuestra manos. Pero precisamente el Dios de los cielos, queriendo ponerse en nuestras manos, se hace pequeño, indefenso, niño, en el portal de Belén, y en él podremos adorar al Dios que los hombres buscan para tener una respuesta a todas sus inquietudes. Es la respuesta del verdadero Dios, un Dios que se hace niño y se hace hombre, para que el hombre se haga Dios. Y esa realidad se realiza en la persona de Cristo Jesús, que es todo Dios y es al mismo tiempo todo hombre. Qué admirable descubrimiento del Dios de los cielos, creador de cuanto existe. En el Divino Niño podemos adorar la grandeza de Dios, sin olvidarnos que cuando el Hijo de Dios se encarna, ya lleva presente con él la salvación para todos los hombres con su muerte y resurrección.

Es el momento de la adoración, es el momento del amor. a Cristo mismo no lo entenderemos sin amor, y sin amor tampoco comprenderíamos el designio de Dios de hacerse cercano a los hombres. Mientras prendemos luces y más luces en al árbol de Navidad, esforcémonos más por encender el corazón en la luz del corazón de Cristo para que todo el mundo se convierta en una hoguera de amor, de paz, de consuelo y de solidaridad para todos los hombres. Esta es la verdadera y feliz navidad.

padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

"En la ciudad de David, os ha nacido un Salvador".

Hoy celebramos el mensaje de ese Dios que se hace niño por nosotros. La verdad es que para unos oídos no creyentes esto le puede sonar a algo más que disparatado... ¿Por qué Dios se hace uno como nosotros? ¿Acaso la condición humana no está llena de las debilidades de la carne y de la fragilidad del espíritu?

Puede que la repercusión del misterio de la Natividad no sea hoy motivo de preocupación para nuestros semejantes que viven lejos de la fe, porque el bullicio de los mercados es más grande que la soledad interior. Se prefieren respuestas a mi economía, a mis necesidades físicas, a mis compromisos navideños, ante que lãs respuestas a las cuestiones internas de mi persona como ser humano.

A los creyentes no nos da miedo afirmar con rotundidad la presencia de Dios en el mundo de hoy. Dios con nosotros y como nosotros. Pero a los no creyentes esto lês parece tan increíble que lo reducen más a una mitología del pasado que a uma realidad constante en el palpitar de cada día. ¿Qué decir como cristianos? ¿Es suficiente para el mundo de hoy felicitar la Navidad como un atuendo cultural más que como una experiencia de la fe?

¿Tiene sentido aún hoy felicitarnos la Navidad? ¿No sería mejor felicitarnos lãs compras y las comidas de estas fechas...?

Ser creyente en estos días es felicitar la Navidad a los otros y felicitarse por la Navidad. Felicitar a los otros porque también para ellos el Señor se ha hecho uno de los nuestros, aunque no lo entienden, aunque no lo vivan, aunque no acudan una y otra vez al portal de su corazón. Felicitar a los otros la Navidad es parte del anuncio del Evangelio. Hoy el creyente es como aquel ángel del portal que anuncia a los pastores la buena noticia: "No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos..." Hoy el escenario há cambiado, pero sigue siendo de noche... En el descampado de la vida los pastores de hoy son aquellos que están cuidando sus intereses, apaciguando sus ansias de poseer, comparándose unos a otros, invirtiendo en lo material... y siempre con el mismo latido interior: la insatisfacción. La Palabra no nos dice si todos los pastores fueron capaces de dejar sus queridos rebaños para ir a adorar al Pastor... probablemente más de uno se quedó sin realizar ese viaje al pesebre de su vida...

Me parece que la vida de todo creyente tiene que hacer ese mismo recorrido de conversión. El primer paso es dejar lo que uno cuida y estima para ir a admirar, no a entender. El camino de los pastores fue el camino de la fe. Si hacemos uma lectura espiritual de la Palabra de este domingo vemos cómo aquellos trabajadores nocturnos emprender un camino sin pedir pruebas; se fiaron del mensaje de aquél enviado. En la experiencia de los nuevos en la fe este elemento es fundamental: no voy al encuentro con Dios porque le entienda o comprenda bien... voy porque quiero adorarlo. Una de las tareas más importantes en la pastoral de hoy debe ser el poner al ser humano en contacto con el misterio; no explicar el misterio porque esa respuesta sólo la tiene que dar cada persona después de su encuentro individual con Cristo. La trayectoria de la persona alejada sigue normalmente el esquema: entiendo por eso creo... cuando en realidad el auténtico proceso de conversión es siempre creo por eso entiendo...

Un segundo momento de la tarea evangelizadora es enseñar a dialogar con el misterio... Hay agentes de pastoral que se esfuerzan mucho por hacer creíble racionalmente el mensaje de Cristo. Quieren que para el oyente todo encaje a la perfección, que todo tenga un armazón interno consistente y capaz de convencer al más escéptico... Navidad es otra cosa... Las ilógicas razones de Dios son las que no nos piden explicaciones sino respuestas... En el momento actual no pretendamos dar sólo respuestas a los no creyentes; los cristianos tenemos que ser capaces de ayudar a que los alejados sepan formular las preguntas adecuadas en ese diálogo con el misterio. Jesús a lo largo de su vida, en su anuncio del Reino lo que hizo uma y otra vez fue crearnos preguntas, estimular nuestras raíces más interiores, urgirnos a dar respuestas. Si el Evangelio no deja indiferente a casi nadie es porque para unos ofrece respuestas y para otros plantea las preguntas adecuadas sobre la existencia humana y su relación para con el misterio.

Felicitar la Navidad a los otros es más que el contenido de una tarjeta postal, que los regalos o las luces en la calle. Estamos en la noche de la vida. Hay estrellas que vienen y van, pero el portal está siempre en el mismo sitio. Ojalá seamos ángeles para los demás para indicarles el camino hasta donde está el Dios niño.

Felicitar la Navidad a los demás es abrir un hueco al misterio, una ventana a la ilógica de Dios y permanecer allí, en el diálogo sereno de los corazones. Navidad no es un punto de llegada sino de partida, es la historia que comienza, es la fe que se hace niña para que todos podamos entenderla. Navidad es un latir del amor que Dios nos tiene.

Los cristianos, además de felicitar la Navidad a los demás, tenemos que felicitarnos a nosotros mismos por el regalo que Dios nos ha hecho . El regalo de la fe. Em ninguna otra fiesta del año el misterio se hace tan incisivo para nuestra vida. La Pascua es la consecuencia de la vida de Jesús, pero la Navidad es respuesta a la promesa del Padre. Este misterio sólo lo podemos asumir y dialogar interiormente con la presencia del Espíritu...

¿Por qué para los cristianos es feliz la Navidad? Quizá porque descubrimos que esse magnífico puente con Dios que un día rompió el pecado, con Jesús nuevamente queda más que reparado. Dios no se desentiende de sus criaturas. Cumple la Palabra que nos dejó en su Palabra.

Es feliz la Navidad para quien todavía es capaz de ir al pesebre. En la vida diaria no acostumbramos ir a los pesebres. Más bien todo lo contrario: buenas escuelas, buenas casas, buenos institutos, buenas universidades... Todo lo buscamos que sea "bueno", pero no nos atrevemos a hacer el camino de la bondad desde la sencillez de las cosas. Por desgracia el pesebre de hoy está contaminado para muchas personas que sólo ven en él lo increíble, lo inverosimil...¿Cómo Dios va a nacer así...? Dios rompe una vez más la lógica humana para dejar abierta la puerta de la aceptación con amor. Sólo lo que aceptamos con amor se convierte en respuesta...

María y José contemplan asombrados la escena de la que ellos mismos forman parte. El pueblo católico ha entendido bien que si en cualquier nacimiento lãs felicitaciones se dan a los padres, en este singular caso de la historia, la felicitación nos la damos unos a otros, los deseos de bondad se hacen felicitación navideña. No es que ignoremos a los padres del pesebre, es que ellos saben el lugar que deben ocupar y no nos demandan nada que no sea contemplación...

José hizo el recorrido de la fe porque era bueno. Optó por fiarse más que por explicarse lo que había sucedido con María. Porque era bueno supo ir al ritmo de Dios. No pidió pruebas. No quiso dar ni buscar razones. Su respuesta le llevó hasta aquél portal donde en silencio contemplaba a los que contemplaban. No sé si existe la advocación que más admiro del bueno de san José: san José de la Confianza...

María, Santa María de las preguntas al misterio, da un paso más y se sitúa en el corazón enamorado de Dios. Muchas veces he meditado que el primer corazón humano que oyó Jesús latir fue el de su madre. El primer calor humano que sintió fue del cuerpo de María. La primera comida y el primer aliento que respiró el Señor fue de aquella aliada de Dios e hija de los hombres. Nunca Dios estuvo tan dentro de un ser humano. Con el paso de los años Jesús hace el recorrido inverso a su nacimiento: vuelve a través de la Eucaristía al corazón de cada persona que lê acepta. Hoy Jesús escucha nuestro corazón porque nosotros también intentamos escuchar el suyo. No es extraño que los católicos tengamos en tal alta estima a la Madre de Nuestro Salvador...

padre Mario Santana Bueno

 

 

padre Oscar Balcazar Balcazar

 

 

padre Francesc Jordana Soler

 

 

padre Juan Sánchez Trujillo

 

 

padre Pedro Crespo

 

 

padre Llucià Pou Sabaté

 

 

padre Miguel Funes Gálvez

 

 

Pedro José Martínez Robles

 

 

padre Miguel León Padilla

 

 

Pedro Heredia Martínez