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Hermanos del buey y la mula 1. Ante Dios hecho uno de nosotros, nadie puede quedar indiferente. Todo el mundo tiene que definirse. De esto tenemos símbolos en los evangelios de estos días. Los pastores abandonan su trabajo y van a Belén. La estrella se pone en camino y arrastra a los Magos de Oriente. Los posaderos cierran sus puertas a la Madre y el Niño. Herodes se inquieta y teme por su trono, todos se definen. Dios hecho hombre, hermanándonos por ser hermano común nuestro es el Misterio Central de nuestra Fe. O lo creemos o no. Si no lo creemos cerremos las puertas y ventanas como tantos vecinos de Belén. Pero si lo aceptamos no tenemos más remedio que tomar una postura congruente con nuestra Fe. 2. Navidad para los que no creen puede ser motivo de borrachera y gamberrismo, para nosotros no. Navidad es Dios hecho carne de nuestra carne, como un hermano de sangre. Un hermano tan hermano de cada uno de nosotros, que se toma la libertad de sentarse en la butaca junto a la mía y decirme que es hermano mío, y que tiene otros hermanos que lo son también míos. Nos habla de su Padre que lo es también mío, de sus y de mis hermanos. Poco más nos dice, es machacón hasta hacerse molesto. 3. Este Niño Dios, es un niño bueno, no coge lloreras ni rabietas porque no le entendemos o no queremos escucharle a la primera, sabe esperar y se duerme en nuestros brazos porque confía en cada uno de nosotros, confía que al fin va a triunfar su bondad y nuestra bondad, su generosidad y la nuestra. Ignacio de Loyola, machacón como buen vasco, tiene el mal gusto de poner en la meditación del Nacimiento estas frases: “mirar cómo caminan para que el Señor sea nacido en suma pobreza y al cabo de tantos trabajos para morir en cruz, y todo esto por mí. 4.- Este nacimiento de Dios es algo personal mío, no tenemos derecho a descafeinarlo diluyéndolo como algo que es de todos, es de cada uno y el Niño Dios espera y espera el vasco machacón, que eso “por mi” ponga todo el amor de que soy capaz al desnudo, y que ese amor se convierta en verdadera fraternidad entre el Señor y nosotros y entre nosotros y nosotros. Un amor que vence todo recelo, rencor, intereses creados, todo aquello que impide que seamos un pueblo de hermanos, como la Iglesia de Jesús soñó tal vez desde el pesebre de Belén. En el portal de Belén hay ya tanto pastor y tanto rey que no sé si cabremos, pero apretándonos todos vamos a entrar a pedir al Niño Dios, que si no sabemos ser hermanos de esos hombres que nos apretujan al menos nos haga hermanos del buey y la mula, que a su modo saben convivir y servir a un mismo Señor. José María Maruri, SJ
Nos enseña a ser humanos 1. ¡Feliz Noche Nochebuena!, ¡Feliz Navidad! Son las palabras más repetidas hoy. Estamos alegres y damos gracias a Dios. El salmo 95 comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios, una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal: "cantad al Señor, toda la tierra". Se invita a los fieles a "contar la gloria" de Dios "a los pueblos" y, luego, "a todas las naciones" para proclamar "sus maravillas". Sólo cuando nuestra mirada se dirige hacia el Belén y vemos al niño sonriendo en su cuna de paja nos damos cuenta de la razón de esta felicitación. Dios no se hizo hombre para destruir nuestra naturaleza, sino para curarla y enriquecerla. Dios no quiere deshumanizar al hombre, sino humanizarlo más. Él mismo se nos manifestará como el hombre perfecto, no como superhombre, sino como humano del todo. Cuando hablamos de ser «humano», estamos refiriéndonos a una realidad buena. Quiere decir, según el diccionario, ser: afable, afectuoso, agradable, benévolo, benigno, caritativo, compasivo, comprensivo, comunicable, condescendiente, considerado, cordial, humanitario, indulgente, liberal, magnánimo, misericordioso, propicio, sensible... Son hermosos calificativos. Este conjunto de cualidades es lo que nos hace iconos de Dios, pues estamos hechos a su imagen y semejanza. Nace Jesús para que esta imagen y semejanza resplandezca en toda su gloria y su esplendor. 2. El Niño Divino nos enseña a ser como niños. Nosotros queremos ser mayores. Queremos cosas grandes. Nos encanta construir torres elevadas hasta el cielo. Queremos ser dioses, pero a nuestro modo, escalando a costa de lo que sea peldaños de gloria y de poder. Pero el Dios verdadero bajó hasta nosotros despojándose de gloria y de poder. Se hizo niño. Nos enseñó los caminos de la humildad y del servicio, de la esperanza y del amor. Son los caminos que nos divinizan, nos llevan directamente a Dios. Si quieres ser Dios, fíjate en el modelo navideño. Encontrarás, como decía el ángel, un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. También encontrarás a María y a José, sus padres. Son como un retrato de la familia divina. Y son el fermento de una humanidad nueva, entrañable y solidaria, gozosa y liberada, abierta y acogedora. Ya puedes empezar a soñar. La clave está en cómo recibimos nosotros la llegada en toda su humildad del Niño-Dios. Toma nuestra condición, "se hace hombre para divinizarnos a nosotros", según San Agustín. 3.- El Niño Dios nos enseña a ser humanos. Jesús se revistió de la naturaleza humana. Ahora Jesús viene a nosotros y podemos descubrirle en los pobres y necesitados. Muchas veces no le queremos ver cuando llama a nuestra puerta, le rechazamos como fueron también rechazados José y María. Este es el gran drama del hombre: el rechazo de Dios y del hermano. Es significativo ver cómo tuvieron que ir fuera de los muros de la ciudad, cómo los primeros que se dieron cuenta del nacimiento de su hijo fueron los excluidos de aquella época, los pastores, que eran mal vistos porque nunca podían participar del culto como los demás y vivían al margen. Su trono fue un pesebre, su palacio un establo, su compañía un buey y una mula… ¡Por algo quiso Dios que fuera así! El vino a darnos una lección de humanidad. Así lo ha expresado Benedicto XVI: «Misericordia es sinónimo de amor, de gracia. En esto consiste la esencia del cristianismo, pues es la esencia del mismo Dios. Dios (...) porque es Amor es apertura, acogida, diálogo; y su relación con nosotros, hombres pecadores, es misericordia, compasión, gracia, perdón». Dios es comunicación, comunidad, comunión. Dios no es solitario o individualista. Dios es familia. Dios es Trinidad. Por eso, lo más esencial del hombre es su capacidad de apertura y común unión. El hombre, para ser verdaderamente humano, necesita del otro, de los otros. Sin el otro yo no sabría nada de mí mismo, ni siquiera mi nombre. El otro me vacía y me plenifica. El otro me abre a nuevos horizontes. El otro me estimula y me agranda. El otro me hace feliz. ¡Niño Divino, enséñanos a ser humano! ¡Feliz Nochebuena! José María Martín OSA
Volver a los orígenes de la navidad cristiana 1. Las fiestas al sol invicto. Muchos pueblos antiguos celebraban fiestas populares a su dios principal, identificado frecuentemente con el dios sol. Estas conmemoraciones y festejos se celebraban alrededor del prodigioso evento cósmico que representaba el solsticio de invierno en los días 21-23 de diciembre. En Roma, en concreto, la noche del 24 al 25 de diciembre se celebraba la fiesta del nacimiento del sol invencible. En estas fiestas al sol invicto se rendía también culto a los espíritus de la naturaleza y a los espíritus de los familiares fallecidos. Estas fiestas, con cantos y danza y abundante bebida, eran auténticas bacanales y se cometían crímenes, violaciones y toda clase de desmanes. 2. La fiesta del nacimiento de Cristo, sol invicto. En el siglo segundo de nuestra era, los cristianos sólo conmemoraban solemnemente la Pascua de Resurrección, ya que desconocían y consideraban irrelevante la fecha del nacimiento de Jesús. Se celebraban, eso sí, aunque con menor solemnidad, fiestas a los mártires. Pero a partir del siglo IV los Papas quisieron frenar el carácter absolutamente pagano de las fiestas que se celebraban en homenaje al sol invicto y pensaron en sustituir estas fiestas con una conmemoración religiosa solemne dedicada al nacimiento de Cristo. San Agustín (354 – 430) ya decía a sus fieles que en vez de dar culto al sol, dieran culto al creador del sol. Y ninguna fecha mejor para esto que la fecha del 25 de diciembre. Así lo señalaron para toda la Iglesia los Papas Liberio y Julio I. 3.- Las fiestas de la Navidad cristiana fueron en un principio fiestas devotas, austeras y recogidas. Lo que se pretendía, precisamente, con estas fiestas, era invitar a los cristianos a huir del desenfreno de las fiestas paganas, dedicándose con mayo empeño a la oración, al recogimiento y a la acción de gracias. En el siglo VIII comenzó a celebrarse ya la fiesta de Navidad con liturgia solemne y con esplendor religioso externo, pero sin dejarse contaminar del carácter desmedido e irreligioso de las fiestas paganas. La representación del Belén la comenzó San Francisco de Asís, en el siglo XIII. En España no arraigó hasta los siglos XVIII y XIX, con el rey Carlos III. La costumbre de los juguetes y de los regalos de Reyes comienza en el siglo XIX, para competir con la tradición oriental, inspirada en la figura de San Nicolás (Santa Claus), obispo turco del siglo IV. 4.- La Navidad, hoy. No necesito extenderme mucho en este punto, puesto que es algo que todos conocemos. La Navidad, para los estudiantes es, sobre todo, un periodo de vacaciones escolares; para la sociedad, en general, son unos días de encuentros familiares, de compras y regalos, de teatros y cines, de consumismo, de luces en las calles, de alegría y de especial bullicio y entretenimiento. Para algunos cristianos, la Navidad es, antes que otra cosa, un tiempo de celebraciones religiosas: Nochebuena, día de Navidad, Año Nuevo y Reyes. 5.- ¿Cómo queremos los cristianos que sea hoy la Navidad? Queremos que sea como en sus orígenes, a partir del siglo IV. Queremos una Navidad alegre, con una especial alegría religiosa, individual y familiar, manifestada en el culto litúrgico y en nuestra convivencia familiar y social. El cristianismo no quiere ser aguafiestas de nadie, sino todo lo contrario, alegría interior, optimismo y agradecimiento a Dios por el don de su Hijo que ha venido a salvarnos, paz y bienestar para todos. La Navidad cristiana quiere y debe ser hoy, en estos tiempos de crisis, una Navidad austera, sin consumimos superfluos, con un propósito declarado de una mayor justicia social, don y regalo para los más desfavorecidos, los pobres, los parados, los enfermos, las personas que viven en soledad no deseada, para todos los que más sufren. Queremos una Navidad que sea denuncia contra el mal moral, el despilfarro económico, la superficialidad y el desenfreno que nos amenaza y nos envuelve en esta sociedad concreta en la que nos ha tocado vivir. Queremos que nuestra Navidad cristiana sea para todos un tiempo de conversión y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Gabriel González del Estal
Has llegado, Señor Silenciosamente y suavemente. Sin tarjetas de presentación y sin más pretensión que, el ser como nosotros, nos has visitado, Señor. ¿Por qué siendo tan grande te haces tan pequeño? ¿Por qué abandonas el amplio cielo y te empeñas en avanzar por la encrucijada de nuestras plazas y calles del mundo? ¡Has llegado, Señor, y eso es lo importante! ¡Te adoramos! ¡Te bendecimos! Con lágrimas en los ojos y, con el corazón en la mano, te decimos que nunca la tierra ha estado tan cerca del cielo como en estos momentos. ¿Nos sientes a nosotros cerca de Ti, Señor? ¿No seguirás sufriendo la soledad como en aquella primera Santa Noche de hace más de dos mil años? 1.- Noche Santa y Misteriosa. Dios ha descendido de los cielos. Se reviste de nuestra frágil humanidad. Hoy, en estas horas de oscuridad, es el Amor de Dios quien habla e ilumina nuestros más profundos sentimientos. ¡Nos dice tanto el Señor en el pesebre! ¡Nunca tan gigantesco mensaje estuvo escondido en un ser tan pequeño! Nos habla su Amor. A partir de ahora, el Padre, estará junto a nosotros. Hoy, al mismo Dios, lo besamos, lo contemplamos y lo arrullamos en nuestros brazos. ¡Bendito sea este Misterio que, sin comprenderlo, nos seduce y nos hace sentirnos más buenos, más hermanos! Aquí está el secreto de la Navidad. En Navidad no existe el espíritu navideño, en estos días nace, brota, se ve y comienza a caminar por la tierra el amor de Dios, el mismo Dios con nosotros. 2.- Hoy, más que nunca, sentimos que la noche se rompe por este acontecimiento que ha cambiado el rumbo de una gran parte de la humanidad: ¡Dios nos ha visitado! -Como los pastores contemplamos arrodillados su salto gigantesco desde el cielo hasta nuestra tierra. -Como la gruta del pesebre, nos sentimos incapaces y hasta indignos de contener este gran Sacramento, este Prodigio de salvación y de vida, de gracia y de paz, de ternura y de humildad. ¡Nunca, Dios, arriesgó tanto! -Como los ángeles, pregonamos en los valles de nuestras familias y de nuestros amigos que, la Navidad, o es cristiana o no es Navidad. Que, la Navidad, es el tobogán por el que se desliza Dios al encuentro de cada uno de nosotros. ¿Por qué algunos tan empeñados en convertir la Navidad en simple vanidad por y de las cosas? -Como José y María, en estos instantes, nos apoyamos en el cayado de la fe. En la confianza de que, Dios, ha venido para quedarse junto a nosotros. Sólo es cuestión de abrirle el corazón. Hoy, en el pesebre, hay lugar para todos, para ti y para mí…para todo aquel que, sintiéndose tocado por el Misterio de la 3.- Navidad, se asombra ante la estrella, expresa su alegría con los villancicos, hace efectiva su fraternidad por la caridad con los demás o se arrodilla ante un Niño que nos trae una gran noticia: ¡DIOS ES AMOR! ¡Has llegado, Señor! ¡Bienvenido a este pobre pesebre que es el mundo! 4.- ¡VIENES Y BAJAS, SEÑOR! En medio de la oscuridad que nos atenaza desciendes para darnos luz y vida en esta esperada noche Nunca, oh Señor, ha estado tan abrazado el cielo a la tierra lo humano de lo divino, lo divino cosido a nuestros huesos. ¿Cómo entender este prodigio de amor y de locura? ¿A dónde dirigir nuestros ojos y nuestro júbilo cuando tanto misterio nos rodea? Has venido, en un pesebre, y eso no se olvida. La riqueza, en medio de la pobreza La indigencia, para siempre dignificada La gloria, destellando y abriéndose por la tierra y, la tierra, aspirando a un trozo de cielo ¡VIENES, HAS BAJADO SEÑOR! Hoy, la pequeñez, habla de tu inmensa grandeza Hoy, la humildad, es Palabra que salva Hoy, el silencio, se hace entrega y contemplación, alabanza y éxtasis, adoración y emoción contenida ¡HAS BAJADO, SEÑOR, Y ESO ES LO QUE IMPORTA! Deja que, en esta Noche Santa, caigamos en tierra Que, hoy más que nunca, nos sintamos pastores y zagales Que, buscando entre las maderas de tu pesebre, aprendamos, de una vez para siempre, que la puerta pequeña es la que Dios quiso abrir para hacerse presente en las entrañas de nuestra hacienda ¡GRACIAS, SEÑOR, POR HACERTE HOMBRE! Porque, ser hombre, no es fácil Porque, algo bueno tenemos aunque no nos lo parezca cuando, Tú, quieres revestirte de nuestra carne sufrir con nuestros sufrimientos gozar con nuestros gozos buscar en nuestros horizontes alentarnos en nuestras dificultades ¡HAS BAJADO, SEÑOR! ¡HAS VENIDO! ¡HAS NACIDO! Y… cuánto nos alegramos de verte y de recibirte ¡Bienvenido a este viejo pesebre del mundo! Javier Leoz
Gran noche sin igual: cielo y tierra se mezclan 1.- No hay momento tan especial en la liturgia de la Iglesia como esta misa de medianoche en la conmemoración de la Natividad del Señor. Y no me refiero tanto –aunque también—a la belleza de la celebración en sí y de sus textos, todos, desde las lecturas bíblicas hasta las diferentes oraciones de la misa. Y aun siendo todo ello de una gran belleza y fuerza en su contenido, tengo que decir que somos todos nosotros, los presentes en tan hermosa y alegre eucaristía, quienes damos un especial realce a lo que celebramos ahora. Estamos alegres, hay muchos jóvenes y no pocos niños entre nosotros, muchos hemos puesto nuestros mejores trajes y vestidos, como aquel que va a una gran fiesta. Otros, más confortables, han preferido que el espacio del templo fuese una continuación de su hogar, donde se acaba de celebrar la cena de Nochebuena y visten como si en su casa estuvieran. Hacen bien. La alegría emerge por doquier y, sin duda, también ha fluido alguna lágrima porque es imposible no recordar algún ser querido que ya no está entre nosotros y que otras veces nos acompañaba en esta formidable y alegre presencia de todos. 2.- Y no es poco importante –y mucho menos frívolo—dar la importancia que tiene a este protagonismo comunitario de todos los que asisten a esta Misa del Gallo, pues, si en condiciones habituales, la presencia de los fieles es lo que da especial significado a la celebración eucarística por lo que tiene de comunión fraterna, de asamblea de hermanos que se aman y de recuerdo de la hermosísima y prometedora frase de Cristo: “Cuando dos o más os reunáis en mi nombre ahí estaré Yo en medio de vosotros”, pues hoy mucho más, recién llegados de nuestras casas como vinieron los pastores en aquella noche, nos convertimos –para bien y en sana humildad—en protagonistas de la noche. 3.- Claro que no hay más que recordar bien el evangelio, la narración de San Lucas sobre el Nacimiento del Niño Jesús para entender que no puede haber más que un protagonista y ese no es otro que ese tierno bebé nacido en la cueva de Belén. Es un impresionante ir y venir de ángeles y pastores. La noche –la Gran noche—se convierte en algo sin igual. Cielo y tierra se mezclan y, sin duda, la Eternidad se ha abierto para dar paso a la entronización de la Humanidad. El mundo se abre a grandes expectativas de paz y de amor. Y mientras tanto María y José asisten a algo que, tal vez, no entienden, pero que les parece grandioso y, casi, incomprensible. Y el texto de Isaías, del capítulo 9, refleja el antecedente al texto de Lucas: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierras de sombra, y una luz les brilló…” Esa es la luz que brilló durante la noche en la comarca de Belén, la que vieron los pastores y la gente humilde. Y que no fueron capaces de ver los ricos y los bien aposentados, tanto de Belén, como del resto del mundo. Pero quienes vieron la luz pudieran acudir a contemplar al Niño y sin saber tampoco muy bien lo que ocurría experimentaron una alegría, desconocida, misteriosa y sin límites. Y eso es lo que experimentamos todos nosotros, aquí esta Noche Buena, esta Buena Noche. 4.-Nuestra espera a lo largo de todo el Adviento toma todo su sentido. El Salvador del mundo ha llegado en forma de débil Niño. Y nosotros, aquí y ahora, intuimos que tenemos que esperar otra venida: un día el Niño Dios volverá envuelto de poder y majestad para hacer justicia en este mundo e iniciar la vida feliz, que no cesa, en esa Jerusalén celestial que también nos llegará plena de luz. No seamos tímidos. Demostremos nuestra alegría total: un Niño nos ha nacido. Ángel Gómez Escorial
Aquel niño que cambió la historia de toda la humanidad 1.- No dice el evangelio que Jesús naciera a medianoche, pero se ha convertido el dato casi en tradición. Hasta hace unos cuantos años, en nuestra Iglesia, solo se permitía celebrar misa durante la mañana. La de Nochebuena, era una única excepción, uno de los detalles que la hacían más interesante y deseable. Si decimos que la familia es una iglesia doméstica, esta noche y estos días, el belén, nacimiento o pesebre, era su altar y los villancicos, el gregoriano popular más excelente. La situación económica, generalmente no boyante, no emborronaba el misterio celebrado. En esta situación, el misterio era más hondo y provechoso. Hoy el aburguesamiento de muchos, se trasforma en niebla espiritual que oculta lo excelso. José y María marchaban solos hacia Belén. La compañía del Hijo de Dios, oculto en el seno materno, les llenaba de Esperanza, sin que el misterio que los anuncios angélicos habían invocado, les incomodasen. No eran pobres de solemnidad. La miseria inclina a la desesperación, como el lujo oculta lo sublime, dice Proverbios 30,8. O algo semejante. 2.- Le llegó la hora a Santa María. Esperada y deseada, pero inoportuna. No había sitio para ellos. Para otros sí, prudentes vecinos aposentados y previsores. No sabemos nada de ellos. Su existir monótono, eliminaba la posibilidad de la aventura. Aparentemente, el Matrimonio era una vulgar y anónima pareja que a nadie preocupaba. Unos de tantos de entre los que acudían a la cuna de David. Pero no, eran diferentes, pese a que nadie se diera cuenta. No se puede ser superficial si quiere uno que la vida tenga sentido, que dure y satisfaga con plenitud. 3.- Mis queridos jóvenes lectores, temo que no seáis jóvenes. Hoy en día, parece que la biología domine a la totalidad del individuo. ¡Y abundan tanto viejos de espíritu, que han nacido no hace muchos años! Para entender la Navidad hay que ser niño espiritual, o anciano fatigado y satisfecho, que no envejecido, de haber sido siempre muchacho inquieto y eficiente colaborador. Puede sentir agotamiento, mientras vive sediento del encuentro con el Dios de Jesucristo, que es eternamente joven. Hay que estar preparado, como María que no olvidó los pañales que necesitaría su Niño. Pero no se puede ahogar la capacidad de sorpresa, que convierte un acontecimiento como el que hoy celebramos, aparentemente banal, pero que resulta ser el inicio de una portentosa existencia. Que una joven diera a luz a una criatura, era natural, lo normal de esta edad, pese a que, en este caso, fuera diferente, que no anómalo. La aparición de aquel Niño cambiara la historia de toda la humanidad, la de entonces y la que proseguiría hasta el fin de los tiempos. 4.- El pueblo judío de aquel entonces vivía generalmente de la agricultura, cultivo de cereales, plantaciones de olivos y viñas. Complementaban estas labores, los artesanos y comerciantes. La pesca era ocupación de pocos. Al mar le tenían pánico aquellas gentes. Me refiero al Mediterráneo. El charquito Kinneret, simple lago de descanso del Jordán, que descendía presuroso de las estribaciones del Hermón, se calmaba un poco en el Hule, del que nadie se acuerda, enriquecía aquí su seno, llenándolo de peces, que de inmediato se los dejaba arrebatar. Proseguía después, sin pena ni gloria, su descenso, hasta fallecer en el Mar de la Sal, o Mar muerto. Los ancestros, Abraham y Moisés, por citar solo dos, habían sido beduinos, y se sentían orgullosos de serlo. Pero de esto el pueblo ya se había olvidado y a los pastores los tenían marginados. Vida alejada de la ciudad, carencia de cultura, ausencia de visitas a la sinagoga los sábados y al Templo cada año, eran características que los convertían, a los ojos de los burgueses, en casi indeseables. Olvidado el Santo Matrimonio de los notables de Belén, ignorados los pastores por la plebe, son, no obstante, los protagonistas de esta noche. 5.- Los desvelos de Dios Padre se concentran en su Unigénito que, a partir de hoy, será conocido también como hombre. Pero no olvida a los pastores, (a ellos por el momento, que vendrán más tarde los inquietos “magos”), a estos vulgares ganaderos, es a los únicos que encarga mediante ángeles, que les llegue la noticia. Esta es la escala de valores que tiene el Señor. Yo quisiera que esta noche, mis queridos jóvenes lectores, os preguntaseis ¿Se parece a la mía? ¿Pienso y escojo yo, como lo hace Él? ¿Me siento feliz y satisfecho de ir tirando o, como máximo, calculando como puedo prosperar económicamente y rellenando las horas que me quedan, de vulgar y repetida diversión? Pedrojosé Ynaraja |
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Llegan ovejas inesperadas y el pastor casi se enfada Una oveja más Mientras se celebraba la solemne misa de medianoche, he tenido la impresión de que el belén se había enriquecido con una oveja más. A decir verdad, se podían contar bastantes ovejas que normalmente no enfilan el camino de la iglesia. Pero una, no sé por qué, ha llamado mi atención particularmente. Yo estaba en un lugar estratégico y la he visto inmediatamente, aunque se fue a colocar en un puesto protegido, no demasiado a la vista, detrás de una columna. En concreto, presente sí, pero casi clandestina. Conozco bastante bien su trayectoria, estoy al corriente de sus itinerarios habituales, que no son precisamente los más recomendables, sé lo que piensa respecto a asuntos religiosos. Se trata de pensamientos y razonamientos enmarañados, confusos, contradictorios, en los que el gusto por la salida cínica esconde quizás una añoranza secreta. Está seguro solamente de sus dudas. Desde hace tiempo yo he renunciado a discutir con él, sabiendo que sólo Dios logra leer en aquel embrollo. El cura, la noche de navidad, a mi entender, estaba dividido entre dos sentimientos opuestos: el consuelo de ver la iglesia insólitamente llena, y la irritación porque cierta gente sólo viene a misa aquella noche. Después durante todo el año desaparecen de la circulación. Censo imposible El evangelio de Lucas habla del censo decretado por el emperador Augusto; lo estamos oyendo desde el tiempo del primer catecismo (que para muchos de nosotros es también el último). Pero creo que a ningún párroco, dotado de un mínimo de sentido común, se le ocurra hacer un censo de su grey en navidad, porque se da cuenta de que esas cifras serían engañosas, y que quedan muy reducidas a partir del día después. Hoy todos aquí. Y mañana emigrados a otra parte. En una palabra, navidad no representa un test creíble. Pero, quizás, es mejor para todos, para evitar sufrimientos de alma e ilusiones, remitir todo al censo final. El momento crítico es el de la predicación. No quiero ser irreverente, pero el cura entonces me parece un perro (¡sí, el pastor que se transforma en un perro pastor!), y me hago esta pregunta: ¿moverá festivamente la cola, o más bien se pondrá a ladrar furiosamente, o incluso clavará los colmillos en las piernas de las ovejas... mal-aventuradas? Con otras palabras: ¿lamentos o satisfacción? ¿rabia o tonos pacatos? ¿postura conciliadora o agresividad? En años anteriores, nuestro párroco oscilaba, como un péndulo, entre dos posturas, con un ligero predominio de la negativa. De vez en cuando se dejaba escapar un «me complazco». Pero con frecuencia no podía resistir a la tentación de comentar: «Veo bastantes caras desconocidas, y me alegraría encontrarlas también en otras ocasiones». Este año he deseado ardientemente, no sé por qué, que no se dejase llevar por la diatriba. Habría aumentado todavía más la confusión que ocupa la cabeza de la oveja perdida, caída clandestinamente en el redil y, tengo que decir, sin intervención alguna del pastor, que incluso la había considerado «irrecuperable». En un momento me he sorprendido soñando que el pastor se echaba sobre sus hombros la oveja reencontrada (¡en la iglesia!), y que se asomaba, todo contento, con la oveja sobre los hombros, a la entrada de la cabaña. Entre tantos pastores de escayola, revestidos de trapos, no estaría mal en el belén un pastor con vestiduras litúrgicas que lleva a quien corresponde una carga preciosa. Siguiendo con mis sueños, pondría en el nacimiento incluso una oveja que lleva sobre la grupa al pastor y lo acompaña hasta allí donde nace la esperanza. Solamente sueños. De todos modos no puedo excluir que, esta noche, antes de apagar las luces en la iglesia ya desierta, nuestro párroco presente, ante el Niño, en una oración sentida, las caras desconocidas descubiertas durante la misa. Posiblemente concluyendo: «Pero para ti no son desconocidas, jamás las pierdes de vista, ni siquiera cuando están en otra parte, y también yo estoy en otra parte...». Y quizás caerá en la cuenta de que, después de todo, es un despropósito hacer la guerra (aunque sea sólo verbal) «a los hombres que Dios ama». El canto de los ángeles, además de despertar a los pastores, esta noche ha quitado el sueño a una oveja. A lo mejor pronto vuelve a dormirse plácidamente, y el sueño será largo, hasta la próxima navidad (pero nunca se sabe). Lo importante es que el pastor permanezca despierto y que esté siempre dispuesto, además de a vigilar, también a acoger. Pequeñas señales para reencontrar el camino En la predicación el comentario ha caído sobre dos palabras, «claridad» y «alegría», ambas precedidas del adjetivo «grande». Yo miraba de reojo en dirección a aquel hombre apostado junto a la gran pilastra. He tenido la impresión de que inspeccionaba las caras de los que nos llamamos «fieles», a la búsqueda al menos de un «pequeña claridad» y de una «pequeña alegría». Espero que, todos juntos, incluido el cura, hayamos logrado suministrarle una llamita y algún minúsculo fragmento de alegría. Pequeñas señales, que quizás le sirvan para reencontrar el camino de la iglesia. Ojalá antes del vencimiento de la próxima navidad. Y, si no precisamente el camino de la iglesia, al menos un camino secreto, que lleve hacia el corazón (a la cabeza, no, sería muy peligroso; en aquel cerebro ya hay demasiada confusión, y existe el peligro de perderse definitivamente). Deseo, además, que el pastor encuentre siempre el camino que lo lleve hacia la grey dispersa. Y no para regañar; para indicar su presencia, que se ponga a escuchar el silencio implorante de alguien que, lejano, siente el deseo inconfesable de estar cercado. Para mí pido seguir soñando. Sé que los ángeles de navidad se preocuparán de despertarme, para hacerme volver a la realidad de un sueño aún más grande. Alessandro Pronzato |
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Noche especial “Cuando un sosegado silencio lo envolvía todo y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Palabra saltó del cielo a una tierra condenada al exterminio”. La noche encierra un encanto especial. El evangelio nos recuerda que Jesús nace y resucita durante la noche. Los dos momentos cumbres de nuestra salvación: nacimiento y resurrección suceden durante la noche, quizá porque las estrellas solo se ven en la noche. En ella una “luz brilló” –brilla. Esa luz es Cristo que nace. Lo anunciaron los ángeles: “os ha nacido el salvador”. Una noche emotiva, subversiva y memorable la del 24 al 25 de diciembre. Una noche emotiva, porque nos llegan, rebrotan los dulces recuerdos de la niñez, de personas queridas, de detalles que nos conmovieron, de visitas esperadas e inesperadas. Emotiva, porque la soledad y la escasez se notan más, porque se echan más en falta voces que nos sonaban afectuosas y entrañables. Emotiva, porque abundan los abrazos, los encuentros, los gestos solidarios y de acercamiento. Emotiva, porque es cuando más nos duelen los enfados, las separaciones, la soledad. Emotiva, porque en estas fechas cambiamos el calendario y despedimos un trozo importante de nuestra vida. No solo emotiva, también subversiva. Adjetivo que significa que cambia las cosas, que rompe los esquemas, que no siempre, ni mucho menos, acepta los valores que más se cotizan. Subversiva, porque en el escenario de Belén faltan muchas cosas que nosotros consideramos necesarias, porque allí no aparece el poder. Subversiva porque desde un principio fue perseguido por Herodes y fue un emigrante. Subversiva por “ser de carne, por haber nacido en esta tierra, por ser niño, por ser frágil”. Subversiva, porque desde Belén arranca un modelo de vida, un conjunto de valores que no son precisamente los que predominan en la sociedad actual. Lo expresa poéticamente Teresa de Jesús en unos bellos versos: “Ver a Dios en la criatura, ver a Dios hecho mortal y ver en humano portal la celestial hermosura. … Poner paz en tanta guerra, calor donde hay tanto frío, ser de todos lo que es mío, plantar un cielo en la tierra. ¡Qué misión de escalofrío/ la que Dios nos confió”. Noche memorable, histórica, porque estas fiestas han creado música , cine y gastronomía, pintura y folklore, espiritualidad y pintura propias, originales. Hay quienes culpan a estas fiestas de hipócritas. Hipócritas porque dicen que hay quienes reducen, limitan a quince días el deseo de ser mejores. El ideal sería que ese propósito fuera permanente, que no fuera cuestión de dos semanas sino de todo el año. El fallo, por tanto, no está en la quincena navideña, sino en el resto del año. La Navidad trasciende las ofertas comerciales, la lotería, las tarjetas postales, las felicitaciones, los villancicos, la cena de amigos y los belenes. Si grabásemos en nuestro corazón el escenario del nacimiento de Jesús, difícilmente nos robarían el espíritu navideño. Olvidar o marginar a Jesús en Navidad es como celebrar el día del Padre sin el padre, el día de la Madre sin la madre, el día del Libro sin el libro. Que esta Navidad deje en nosotros alegría, solidaridad, encuentro, desprendimiento, fe en un Dios cercano y salvador. Josetxu Canibe |
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La Navidad es una fiesta llena de nostalgia. Se canta la paz, pero no sabemos construirla. Nos deseamos felicidad, pero cada vez parece más difícil ser feliz. Nos compramos mutuamente regalos, pero lo que necesitamos es ternura y afecto. Cantamos a un niño Dios, pero en nuestros corazones se apaga la fe. La vida no es como quisiéramos, pero no sabemos hacerla mejor. No es sólo un sentimiento de Navidad. La vida entera está transida de nostalgia. Nada llena enteramente nuestros deseos. No hay riqueza que pueda proporcionar paz total. No hay amor que responda plenamente a los deseos más hondos. No hay profesión que pueda satisfacer del todo nuestras aspiraciones. No es posible ser amados por todos. La nostalgia puede tener efectos muy positivos. Nos permite descubrir que nuestros deseos van más allá de lo que hoy podemos poseer o disfrutar. Nos ayuda a mantener abierto el horizonte de nuestra existencia a algo más grande y pleno que todo lo que conocemos. Al mismo tiempo, nos enseña a no pedir a la vida lo que no nos pueda dar, a no esperar de las relaciones lo que no nos pueden proporcionar. La nostalgia no nos deja vivir encadenados sólo a este mundo. Es fácil vivir ahogando el deseo de infinito que late en nuestro ser. Nos encerramos en una coraza que nos hace insensibles a lo que puede haber más allá de lo que vemos y tocamos. La fiesta de la Navidad, vivida desde la nostalgia, crea un clima diferente: estos días se capta mejor la necesidad de hogar y seguridad. A poco que uno entre en contacto con su corazón, intuye que el misterio de Dios es nuestro destino último. Si uno es creyente, la fe le invita estos días a descubrir ese misterio, no en un país extraño e inaccesible, sino en un niño recién nacido. Así de simple y de increíble. Hemos de acercarnos a Dios como nos acercamos a un niño: de manera suave y sin ruidos; sin discursos solemnes, con palabras sencillas nacidas del corazón. Nos encontramos con Dios cuando le abrimos lo mejor que hay en nosotros. A pesar del tono frívolo y superficial que se crea en nuestra sociedad, la Navidad puede acercar a Dios. Al menos, si la vivimos con fe sencilla y corazón limpio. Hay cosas que sólo la gente sencilla sabe captar. Verdades que sólo el pueblo es capaz de intuir. Alegrías que solamente los pobres pueden disfrutar. Así es el nacimiento del Salvador en Belén. La gran alegría para todo el pueblo. No algo para ricos y gente pudiente. Un acontecimiento que sólo los cultos y sabios puedan entender. Algo reservado a minorías selectas. Es un acontecimiento popular. Una alegría para todo el pueblo. Más aún. Son unos pobres pastores, considerados en la sociedad judía como gente poco honrada, marginados por muchos como pecadores, los únicos que están despiertos para escuchar la noticia. Hoy también es así, aunque, con frecuencia, las clases más pobres y marginadas hayan quedado muy distantes de nuestra Iglesia. Dios es gratuito, y es acogido más fácilmente por el pueblo pobre que por aquéllos que piensan poder adquirirlo todo con dinero. Dios es sencillo, y está más cerca del pueblo sencillo y simple que de aquéllos cuyas energías, esfuerzos y trabajos están obsesivamente dirigidos a tener siempre más. Dios es bueno, y le entienden mejor los que saben quererse como hermanos que aquéllos que viven egoístamente, tratando de estrujarle a la vida toda clase de felicidad. Hoy sigue siendo verdad lo que insinúa el relato de la primera Navidad. Los pobres tienen un corazón más abierto al evangelio que aquellos que viven satisfechos. Su corazón encierra una «sensibilidad hacia el evangelio» que en los ricos ha quedado, con frecuencia, como atrofiada. Tienen razón los místicos cuando nos dicen que para acoger a Dios es necesario «vaciarnos», «despojarnos» y «volvernos pobres». Mientras vivamos buscando únicamente la satisfacción de todos nuestros deseos, ajenos al sufrimiento ajeno, conoceremos distintos grados de excitación, pero no la alegría que se anuncia a los pastores de Belén. Mientras sigamos alentando nuestros deseos de posesión, no se podrá cantar entre nosotros la paz que se entonó en Belén: «La idea de que se puede fomentar la paz mientras se alientan los esfuerzos de posesión y lucro es una ilusión». Tendremos cada vez más cosas para disfrutar, pero no llenarán nuestro vacío interior, nuestro aburrimiento y soledad. Alcanzaremos logros cada vez más notables, pero crecerá entre nosotros la rivalidad, el antagonismo y la lucha despiadada. José Antonio Pagola |
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“Hoy nos ha nacido un Salvador” En aquel tiempo salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: - No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra
paz a los hombres que Dios ama». ● Apunto algunos hechos vividos esta semana que ha acabado. ● Leo el texto. Después contemplo y subrayo. ● Ahora apunto aquello que descubro de JESÚS y de los otros personajes, la BUENA NOTICIA que escucho... Jesús cuestiona mi relación con el dinero, mi consumo... También me puedo preguntar si todas los otros aspectos de mi vida los intento vivir para Dios. ● Y vuelvo a mirar la vida, los hechos vividos, las personas de mi entorno... desde el Evangelio... ¿Qué testigos encuentro que son libres ante el dinero, tienen coherencia personal, tienen unidad de vida? ● Llamadas que me hace -nos hace- el Padre hoy a través de este Evangelio y compromiso. ● Plegaria. Diálogo con Jesús dando gracias, pidiendo... "Encuentro personal con Dios" VER Un grupo de gente de distintos lugares de España participa habitualmente, desde hace años, en una página web. Cada uno iba haciendo sus aportaciones pero sólo se conocían por sus escritos, o por los correos electrónicos o mensajes que intercambiaban. Llegó un momento en que decidieron quedar en un lugar para encontrarse personalmente todos los que pudieran asistir, porque querían poner rostro a los nombres que firmaban los escritos, necesitaban tener un encuentro personal con aquellos con quienes compartían experiencias, intereses e inquietudes. Tras aquella jornada, todos los asistentes coincidieron en que nada era comparable al encuentro personal, a poder ver y oír a las personas cara a cara. Y además la página web también cobró un nuevo impulso, se notó que habían tenido lugar ese encuentro. JUZGAR
Hoy (esta noche) estamos celebrando la
Navidad. Individual y comunitariamente nos hemos estado
preparando para ello: hemos escuchado la Palabra de Dios,
hemos orado, hemos reflexionado… para poder tener este
encuentro personal con Dios, porque esto es la Navidad:
Dios se hace hombre, toma un rostro humano, se hace
palpable para que tengamos un encuentro personal con Él,
que podamos decir como Isaías: ven cara a cara al Señor
(1ª lectura misa del día). ACTUAR Y si un encuentro entre nosotros consigue transformarnos, mucho más debe hacerlo el encuentro personal con Dios. La celebración de la Navidad se nos ha de notar interior y exteriormente, porque para eso la celebramos: Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, ya llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa (2ª lectura misa de medianoche). Y esto repercutirá también en beneficio de los demás. Vivamos la Navidad, hagamos como los pastores que fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño… todo como les habían dicho (Evangelio misa de la aurora). Y como ellos, volvamos a nuestra vida dando gloria y alabanza a Dios por lo que hemos visto y oído. Seamos “ángeles anunciadores” de la Buena Noticia, de palabra y con nuestras obras, para que la Navidad resulte creíble, para que de verdad testimoniemos que hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor (Salmo misa medianoche). |
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¿Por qué Dios se ha hecho hombre? Vayamos directos a la cumbre del prólogo de Juan, que constituye el Evangelio de la tercera Misa de Navidad, llamada «del día». En el Credo hay una frase que este día se recita de rodillas: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo». Es la respuesta fundamental y perennemente válida a la pregunta: «¿Por qué el Verbo se hizo carne?», pero necesita ser comprendida e integrada. La cuestión de hecho reaparece bajo otra forma: ¿Y por qué se hizo hombre «por nuestra salvación»? ¿Sólo porque habíamos pecado y necesitábamos ser salvados? Un filón de la teología, inaugurado por el beato Duns Escoto, teólogo franciscano, desliga la encarnación de un vínculo demasiado exclusivo con el pecado del hombre y le asigna, como motivo primario, la gloria de Dios: «Dios decreta la encarnación del Hijo para tener a alguien, fuera de sí, que le ame de manera suma y digna de sí». Esta respuesta, aún bellísima, no es todavía definitiva. Para la Biblia lo más importante no es, como para los filósofos griegos, que Dios sea amado, sino que Dios «ama» y ama el primero (1 Juan 4,10.19). Dios quiso la encarnación del Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que le amara de forma digna de sí, sino más bien para tener a alguien a quien amar de manera digna de sí, esto es, ¡sin medida! En Navidad, cuando llega Jesús Niño, Dios Padre tiene a alguien a quien amar con medida infinita porque Jesús es hombre y Dios a la vez. Pero no sólo a Jesús, sino también a nosotros junto a Él. Nosotros estamos incluidos en este amor, habiéndonos convertido en miembros del cuerpo de Cristo, «hijos en el Hijo». Nos lo recuerda el mismo prólogo de Juan: «A cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios». Cristo, por lo tanto, bajó del cielo «por nuestra salvación», pero lo que le empujó a bajar del cielo por nuestra salvación fue el amor, nada más que el amor. Navidad es la prueba suprema de la «filantropía» de Dios como la llama la Escritura (Tito 3, 4), o sea, literalmente, de su amor por los hombres. Esta respuesta al por qué de la encarnación estaba escrita con claridad en la Escritura, por el mismo evangelista que hizo el prólogo: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3,16). ¿Cuál debe ser entonces nuestra respuesta al mensaje de Navidad? El canto navideño Adeste fideles dice: «A quien así nos ama ¿quién no le amará?». Se pueden hacer muchas cosas para celebrar la Navidad, pero lo más verdadero y profundo se nos sugiere de estas palabras. Un pensamiento sincero de gratitud, de conmoción y de amor por quien vino a habitar entre nosotros, es el don más exquisito que podemos llevar al Niño Jesús, el adorno más bello en torno a su pesebre. Para ser sincero, además, el amor necesita traducirse en gestos concretos. El más sencillo y universal –cuando es limpio e inocente- es el beso. Demos por lo tanto un beso a Jesús, como se desea hacer con todos los niños recién nacidos. Pero no nos contentemos con darlo sólo a la imagen de yeso o de porcelana; démoslo a un Jesús Niño de carne y hueso. Démoslo a un pobre, a alguien que sufre, ¡y se lo habremos dado a Él! Dar un beso, en este sentido, significa dar una ayuda concreta, pero también una buena palabra, aliento, una visita, una sonrisa, y a veces, ¿por qué no?, un beso de verdad. Son las luces más bellas que podemos encender en nuestro belén. padre Raniero Cantalamessa, ofmcap |
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Teofanía de Navidad Admiración, adoración, acción de gracias, alegría y paz 1. El misterio de Navidad del día 25 de diciembre, que está precedido por el Adviento y por la Misa de la Vigilia para quienes deseen celebrarla por la tarde, tiene tres momentos en esa jornada sacratísima: - la Misa de medianoche - la Misa de la aurora - y la Misa del día. Cada una de las tres con sus textos propios del Antiguo Testamento, de las cartas de los Apóstoles y de los Evangelios. Los textos sagrados, elaborados en tiempos muy antiguos, que recogen la tradición milenaria de la Iglesia, rezuman santidad, espíritu de admiración, de acción de gracias, de adoración. Todo ello no se puede vivir sino en la verdadera pureza de corazón – la confesión sacramental ha precedido muy espontáneamente a la celebración navideña –, sin una profunda fe y sin una elevación contemplativa. Si esto no se diera, las palabras en uso estos días, como alegría, amistad, paz... serán palabras útiles, ciertamente, beneficiosas y hasta oportunas y muy oportunas, pero son palabras incompletas, si no llevan dentro el calado del misterio. Pero el misterio, hermanos, no tiene palabras; o, mejor dicho, las tiene, pero muy comedidas, porque el misterio es “excesivo”, y así el exceso del amor es la vía de empalme. 2. ¿Qué es lo que esta noche acontece? Se abre la misa de medianoche no precisamente con un villancico, sino con una revelación luminosa, llena de gravedad espiritual: “El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”, frase tomada del salmo (Salmo 2,7). Con ella la Iglesia nos invita a considerar la generación eterna del Hijo. La Navidad no es simplemente la memoria histórica de lo que pasó al nacer Jesús; este evento recordatorio no sería todavía misterio, “mysterium salutis”. Estas palabras que confiesan la divinidad del Hijo, nos llevan al hontanar del misterio, la generación eterna del Hijo. San Agustín (354-430), teólogo y pastor, se expresa así, extasiado ante el misterio: “Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve v temporal. Este se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así -como dice la Escritura-: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor” (Oficio de lectura del día 24). Son palabras de gran densidad teológica. Desde esa hondura ¡qué bien podemos entender y gozar lo que concluye el santo doctor: “no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. Por eso se ha dicho: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia” (en el mismo lugar). 3. Las palabras de la Escritura suenan solemnísimas cuando escuchamos al profeta: "Que un niño nos ha nacido, un hijo se nos hadado; lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte Padre de eternidad, Príncipe de la paz... El celo del Señor del universo lo realizará" (Is 9,5.6). Son títulos que exceden la misión de un Rey; pero es la misión del Rey Mesías, si el Mesías es, efectivamente, Hijo de Dios. Esto se ha realizado en Jesucristo, y Pablo escribe así a su discípulo Tito y a toda la Iglesia: “Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae salvación para todos los hombres ..., aguardando la dicha que esperamos y la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo”. (Tt. 2,11.13). 4. Desde esta visión sublime contemplamos el Evangelio del día, la escena de Belén, narrada por el evangelista san Lucas, es decir, el nacimiento en la carne de Jesús Resucitado. ¿Qué es exactamente la escena de Belén, tal como la ha narrado san Lucas, testigo de la tradición cristiana y del culto que se ha dado a Cristo en las Comunidades, ya desde la primera hora? Esa escena es una Teofanía, esto es, una aparición gloriosa de Dios en el mundo, en medio de los hombres. Abarcando con una mirada las Teofanías de Dios en las santas Escrituras, podemos enumerarlas: - La primera y principal, la matriz de todas las demás, la Teofanía de la Resurrección de Jesucristo en los cuatro Evangelios. - La segunda, unida a la primera, es la Teofanía de Pentecostés, narrada en los hechos de los Apóstoles. - La tercera, la Teofanía del Nacimiento de Jesús, narrada por san Lucas. - La cuarta, la principal Teofanía del Antiguo Testamento Testamento, que es la aparición de Dios en el Sinaí a su siervo Moisés; ya prefigurada en la Teofanía de la zarza ardiente, cuando a Moisés se le revela el nombre divino. - La quinta, el conjunto de las Teofanías patriarcales a Abraham, Isaac y Jacob. - La sexta, la Teofanía a los profetas (Isaías, Jeremías), ya prefiguradas en las Teofanía de anuncio a los Jueces, salvadores de Israel, como cuando se anuncia el nacimiento de Sansón. Esa son las apariciones de Dios. 5. La Teofanía del nacimiento de Cristo es del todo singular. Había sido precedida por el anuncio del Ángel a María. En esa ocasión el Ángel no vino revestido de la gloria pascual; ahora sí: “Se les presentó un ángel del Señor; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor” (Lc 2,9). El ángel sel Señor les comunica la revelación del misterio: “Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,10-12). Y ahora la Teofanía se convierte en una explosión de alegría celestial, una alegría litúrgica que quiere unir cielo y tierra, y que quiere ser la alegría de la asamblea litúrgica esta noche. “De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo. Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (vv. 13-14). El acontecimiento del nacimiento de Jesús, a quien ya ahora mismo el Evangelio lo llama “el Señor”, que vale tanto como Hijo de Dios es un acontecimiento celestial por antonomasia. Antes de que los pastores lleguen a donde estaban María y José y el Niño acostado en un pesebre, los ángeles estaban celebrando la fiesta en el cielo. Era la fiesta de la Gloria de Dios, que querían que se convirtieran en la tierra en fiesta de paz para los hombres de buena voluntad. Hermanos, esta es la Navidad de Dios, Navidad de adoración, de acción de gracias, de contemplación. Navidad de alegría en cielo y universo. Navidad de paz en la tierra¡ fray Rufino Ma. Grández, FMCap |
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Nochebuena Ésta es noche santa, en la que la Virgen dio a luz a la Luz, y la Segunda Persona de la Santísima Trinidad empezó su existencia terrena como todos los niños, llorando. Vino para morir, nosotros nacemos y morimos, pero Jesús vino para morir por nosotros. Yo quisiera que en esta Nochebuena nos trasladásemos a Belén con la imaginación. No sólo para presenciar aquellos acontecimientos sino para vivirlos. Así han hecho siempre los santos. Si nosotros pudiésemos trasladarnos al pasado gracias a una máquina del tiempo, ¿qué veríamos? Veríamos quizá a los habitantes de Belén, celebrando que mucha gente había venido de fuera a “lo del empadronamiento”. No había sitio. Todos, ellos y ellas... ninguno conoció que, el que esperaban desde hacía siglos, estaba llamando a su puerta. Y ahora, regresemos al presente: volvamos a nuestro tiempo. Estas fiestas tan cristianas, por desgracia, son para muchos, fiestas paganas y, para otros, fiestas para sentirse tiernos y bondadosos, pero no hay sitio para Dios. Jesús que pasa, que quiere nacer –otra vez- en nuestros corazones, y se le dice que no hay sitio; se le da de lado, se le arrincona, se le pone en el peor lugar. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Hoy se repite la escena de Belén. Los hombres no acabamos de aprender: le echamos a patadas por el pecado. ¿Qué podemos hacer nosotros para que el Señor, el Emmanuel, Dios con nosotros, se encuentre a gusto? Vamos a limpiar nuestra alma, a adecentarla mediante el sacramento de la Penitencia.
Se quedó para ti. No es reverencia dejar
de comulgar, si estás bien dispuesto. Amor con amor se paga. Que, cuando recibamos al Señor le tratemos bien. Éste puede ser un propósito para toda nuestra vida. Que en esta noche santa, en esta Nochebuena hagamos este propósito: tratarle como quizá otros no le tratan: con delicadeza, con cariño, sin prisas. Ahora en preparación para la comunión le podemos decir: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. |