LOS MÁRTIRES Y LA TEOLOGIA DE LA LIBERACIÓN
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Voy a
tratar de reflexionar sobre los mártires y la Teología de la
Liberación (TdL) en su mutua relación. En un primer punto, quisiera
analizar un fenómeno actual que me parece importante: ambas cosas -TdL
y mártires- tienen en común el que se las quiere relegar al pasado,
aunque para ello se aduzcan razones distintas. En un segundo punto,
trataré de mostrar brevemente la relación positiva e intrínseca
entre TdL y martirio. Y, por último, analizaré el significado
específico de la tradición reciente de los mártires en la actualidad,
que constituye lo más importante de estas reflexiones.
Huelga
decir que escribo desde El Salvador, lugar de innumerables mártires,
en donde se desarrolló hace ya muchos años una nueva teología del
martirio cuya tradición está todavía presente. Espero, sin embargo,
que la reflexión pueda ser útil en otras partes. Es cierto que no es
fácil encontrar - fuera de la realidad - una hermenéutica adecuada
para comprender a los mártires de nuestro tiempo. Pero ello no
quiere decir que no sea comprensible mucho de lo que éstos expresan
y esclarecen. 1. Intento de relegar la TdL y a los mártires al pasado
En la
actualidad hay claros intentos de relegar al pasado tanto la TdL
como a los mártires. Lo más importante, sin embargo, es saber por
qué, pues la respuesta ayudará a conocer mejor el mundo y la Iglesia
en que vivimos y, sobre todo, a saber si la TdL y los mártires
tienen algo de común en lo fundamental, y en qué puede consistir
1.1. El cuestionamiento actual a la TdL La crítica a la TdL desde fuera y la autocrítica desde dentro son saludables y necesarias, y quizá se puedan agrupar bajo estos acápites: 1) asumir y profundizar en los diversos tipos de opresión, no sólo la socio-ecónomica, sino también la cultural, étnica y religiosa, la de la mujer y la del niño, la de la naturaleza; 2) analizar, no sólo lo que en el pobre hay de carencia, sino también lo que hay de fe propia suya, lo cual ofrece luz a la teología; 3) ayudar liberadoramente al pobre en momentos de «revolución», pero ayudarle en su humanización también «en la cotidianeidad»; 4) reconocer y asumir los cambios en el mundo, con las consecuencias para los caminos de liberación y sus mediaciones, aunque sin caer en la trampa - fracasó el socialismo, ergo desapareció la TdL - y reafirmando los graves males de los que sigue transido este mundo en cambio (como se ha reconocido en Río de Janeiro, El Cairo, Copenhage y Pekín);
5)
superar las deficiencias y limitaciones de la TdL en conocimientos
exegéticos, sistemáticos, históricos...
Como ya
he dicho, este tipo de reflexiones críticas me parecen necesarias.
Pero ahora no voy a referirme a ellas, sino a otro tipo de críticas.
Y me parece bueno comentarlas, porque ello arrojará luz para
comprender mejor a los mártires actuales y lo que éstos expresan de
verdad y de denuncia, de amor y de anuncio. Veámoslo.
Creo que,
en su conjunto, no se repiten ahora los ataques despiadados de las
dos ultimas décadas contra la TdL, pero sí se intenta muy
eficazmente relegarla al pasado, haciéndola morir la muerte de mil
silencios. Unos dicen que ya ha dado de sí todo lo que podía dar, y
que por ello ya ha cumplido su misión; con lo cual - de palabra al
menos - le reconocen méritos pasados. Otros lo dicen de forma menos
benévola: la TdL es una moda que ya pasó. Y sobre esto quiero hacer
algunas reflexiones.
Ante
todo, me parece inadecuado y poco justo que se le llame «moda», pues
presupone que esta teología habría tocado la superficie de la
realidad, pero no la realidad verdadera, siendo así que, a mi
juicio, por decirlo con las palabras de don Luciano Mendes de
Almeida, es una teología que «ha puesto el dedo en la llaga de la
realidad». No estamos, pues, ante una moda -aunque creo también que
así ha sido tratada por quienes sólo buscan «novedades» en el
ágora-.
Que se
diga que «ya ha pasado» es algo que hay que analizar más
cuidadosamente. Gustavo Gutiérrez, uno de los padres fundadores,
dice con toda naturalidad que «la TdL pasará como pasan todas las
teologías». «Pasar», pues, no es el problema; pero sí lo es el
simplismo con que se puede llegar a proclamar el hecho «ya pasó» y,
sobre todo, la ligereza en el análisis de lo que significa «pasar».
Y es que una cosa es «pasar» en el sentido de «desaparecer de la
historia», y otra cosa es «pasar dejando en la historia algo
perenne, clásico». Por esta razón, me parece también simplista
juzgar ésta o cualquier otra teología como una totalidad
indiferenciada, sin preguntarse, al menos en principio, si hay en
ella algo de coyuntural y si hay también algo de cuasi - perenne, de
«clásico», y en qué pueden consistir ambas cosas.
Respondiendo a estos interrogantes, me parece que de la TdL siguen
vigentes varias cosas, que, a modo de ejemplo, podrían ser las
siguientes: Elementos metodológicos (tomar en serio los signos de
los tiempos; hacer de los pobres lugar teológico; la autocomprensión
de la teología como la teoría de una praxis...). Contenidos
sistemáticos (la dialéctica de Dios de vida e ídolos de muerte, de
reino de Dios y antirreino, de gracia y pecado; el énfasis en el
Jesús histórico; la Iglesia de los pobres; y, por supuesto, la
salvación como liberación de toda opresión). Elementos de
espiritualidad (el pathos de la verdad y la misericordia; la praxis
de la justicia; el seguimiento...). Estos temas siguen siendo
actuales, pero además, por su redescubierta raigambre evangélica y
por el eco que encuentran en la condición humana, se han convertido
de alguna manera en germen y - más o menos, según los casos, por
supuesto - en «clásicos» de la teología.
Si lo
dicho es verdad, entonces surge la pregunta de por qué,
metodológicamente al menos, muchos no analizan el presente y el
futuro de la TdL desde esta perspectiva; por qué la prisa en
enjuiciarla y en declararla cosa del pasado. En mi opinión, en esto
algunos proceden honradamente; pero me parece que, en muy buena
medida, prima más el interés subjetivo en que desaparezca la TdL que
el análisis objetivo y crítico de lo que tiene tanto de limitación
como de aporte «clásico». En palabras sencillas, da la impresión de
que, para sus adentros, muchos dicen con alivio: «¡Ya pasó el
chaparrón...!».
Y esto es
comprensible, porque la TdL - con aciertos y desaciertos - confronta
a todos, con más vigor que las teologías convencionales, con la
pregunta «¿Qué has hecho de tu hermano?»; qué hacer con la
injusticia en el mundo?; ¿qué voluntad existe de correr riesgos por
ella y -lo cual es quizá más cuestionante- ¿dónde buscar la gracia y
la esperanza en este mundo? Pero no deja de molestar la mal
contenida alegría de algunos cuando proclaman que la TdL ha pasado.
Y molesta, porque liberación dice correlación «transcendental» a
opresión. Y si sigue existiendo ésta, no se ve cómo una teología
cristiana puede no ser una teología de liberación. De otra forma,
dudo que entendamos que Dios se nos ha revelado. Por eso, si una TdL
-digamos, la latinoamericana- no lo hace bien, debe corregirse, por
supuesto; pero quienes la declaran cosa pasada debieran elaborar
cuanto antes otra, que sea también de la liberación y que responda
urgente y eficazmente a la opresión de este mundo.
1.2. El
olvido que se cierne sobre los mártires
En el
ámbito civil, gobernantes, militares, políticos, embajadores de los
Estados Unidos, empresas privadas... no mencionan a los mártires -lo
cual era de esperar-, pero tampoco los han mencionado la mayoría de
los jerarcas eclesiásticos, con la excepción de Monseñor Rivera y su
empeño en la canonización de Monseñor Romero. La Conferencia
Episcopal no ha escrito en quince años un documento serio sobre los
miles de salvadoreños a quienes les quitaron la vida, como a Jesús
(o como al siervo sufriente de Yahvé) por haber defendido a los
pobres y denunciado a los poderosos desde la indefensión. El simple
fiel comienza a sentir ese silencio y acaba por introyectarlo. Lo
que se enseña de teología oficial, tampoco creo que hable mucho de
los mártires.
Para
justificar este silencio se aduce que las cosas han cambiado, y de
ahí se concluye -sin que la lógica lo exija- que hay que olvidar el
pasado; más aún, recordar a los mártires -parecen decir- traería
ahora más males que bienes: traumas sociales e intolerancia, cosas
que deben desaparecer del nuevo El Salvador. La nueva democracia
necesita más bien un ambiente psico-social distinto: pluralismo,
tolerancia, diálogo... En resumen, recordar a los mártires, más que
una ayuda, sería un obstáculo para que el país avance, sobre todo en
la reconciliación. Y los ideólogos elevan lo dicho a teoría. Los
movimientos de liberación y la misma religión necesitan atemperarse,
y una ayuda para neutralizar su potencial de agresividad (y la
verdad es que el fundamentalismo islámico ofrece un buen argumento
para ello) consiste en guardar silencio sobre los mártires.
¿Qué
decir de este modo de pensar, que no sólo no agradece ni propone
como modelos a hombres y mujeres honrados, veraces, compasivos, sino
que ni siquiera les concede un lugar en la sociedad, y hasta quiere
hacerlos desaparecer... para bien de la humanidad? Tratando de
buscar lógica a estas extrañas afirmaciones, se puede conceder que
recordar la negrura de los asesinatos podría suscitar todavía
reacciones descontroladas -aunque el olvidarlos, simple y
llanamente, facilita la repetición de aquellos-. Pero es
incomprensible pensar que la honradez, la generosidad, la compasión
y el amor de unos seres humanos que acabaron mártires sea nocivo
para el país y para el proceso de paz.
Que no es
nocivo, sino muy beneficioso, lo analizaremos en el tercer apartado
de este artículo. Pero digamos ahora, a modo de respuesta a los
ideólogos, que es cierto que la tolerancia es buena, pero también es
cierto que de ella a la indiferencia no hay más que un paso Y así,
las tolerantes democracias del norte pueden contemplar sin pestañear
cómo se mueren de hambre entre veinte y treinta millones de seres
humanos al año, y pueden contemporizar -y cuando actúan no arriesgan
mucho de lo suyo propio- con lo que ocurre en Ruanda, Haití, Chad o
Bosnia. Cierto es que la democracia puede ser buena para atemperar
la agresividad del pensamiento revolucionario y religioso, pero es
también cierto que de ahí al adormecimiento social, de nuevo, no hay
más que un paso, y por eso el potencial profético/utópico de lo
religioso sigue siendo necesario para espolear a democracias sin
entrañas. Cierto es que debe fomentarse el pluralismo, la diversidad
en formas de pensar y de creer, pero también es cierto que no puede
entenderse por «pluralismo» la diversidad entre quienes dan la vida
por supuesta y quienes lo que no dan por supuesto es precisamente la
vida. Los ricos Epulones y los pobres Lázaros de nuestros días no
son expresión de pluralismo, sino de diferencias abismales, injustas
y crueles.
A este
silencio -y a sus razones- hay que añadir, del lado eclesiástico, a
quienes se alegran del silencio por la sencilla razón de que para
ellos nunca han existido tales mártires, sino, a lo sumo, ingenuos
cristianos de buena voluntad que han cooperado con movimientos
revolucionarios. «Ellos se lo buscaron al meterse donde nadie les
llamaba», como han dicho altos jerarcas, obispos, nuncios y
cardenales también dentro y fuera del país, cuando asesinaron a
Rutilio Grande, Monseñor Romero y a los jesuitas de la UCA.
En este
mundo vivimos. Es escalofriante constatar que este mundo no sabe qué
hacer con los mejores seres humanos, desde Sócrates a Jesús, desde
Martín Luther King a Mons. Romero, desde Juana de Arco a las cuatro
religiosas norteamericanas... Los mata, y después quiere sumirlos en
el olvido. Da muerte a sus cuerpos, y después quiere dar muerte para
siempre a su espíritu. ¿Y por que? Porque los mártires son juicio al
mundo, cuya verdad y cuyo pecado ponen de manifiesto. «Se mata a
quien estorba», decía Monseñor Romero. Y, una vez muertos, podemos
seguir diciendo que «se olvida a quien estorba». Esta es la razón
fundamental del olvido de los mártires...
La
conclusión es que se quiere relegar al pasado tanto la TdL como a
los mártires; y la razón estriba en que ambas cosas estorban en el
mundo de hoy. Alguna relación importante, pues, debe de haber entre
ambas, y eso es lo que queremos analizar a continuación.
2. La
relación esencial entre TdL y martirio
«¿Por qué
la muerte cristiana por excelencia no ha desencadenado una reflexión
teológica creativa?» nos parece una pregunta importante; y la
respuesta, aunque compleja, ya la hemos insinuado desde una
perspectiva existencial: el martirio nos confronta, consciente o
inconscientemente, con algo central de la fe cristiana y con lo que
en ella hay de inevitable conflictividad: «no se puede servir a dos
señores». Pues bien, la TdL sí ha hecho del martirio algo central
para la fe, para la historia y para la teología, y de tal manera
que, con la modestia del caso, ha hecho de él un «clásico», de la
teología en el sentido explicado.
La TdL ve
en el martirio algo importante para la relevancia de la fe y su
credibilidad, de lo cual hablaremos en el próximo apartado; pero
también algo importante para la identidad de esa misma fe, cosa que
no suele tenerse muy en cuenta. Si lo tomamos en serio, martirio fue
la cruz de Jesús; y el Resucitado desencadenó historia en cuanto
Crucificado, no simplemente en cuanto muerto. Desencadenó historia
personal, fe, esperanza y compromiso; historia social, continuación
del movimiento de Jesús, comunidad, Iglesia; historia mundanal,
cultura, ética, humanización...
Relevancia e identidad de la fe son las dos razones principales para
que la TdL haga del martirio algo central. Pero hay otras que se
derivan de la especificidad de su epistemología, de sus contenidos
centrales y de su propia historia. Veámoslo muy brevemente.
a) Por lo
que toca a la epistemología, la TdL toma en serio los signos de los
tiempos; o, como hemos escrito en otro lenguaje, está transida de
una actitud presocrática de mirar la realidad tal cual es, de
enfrentarse con ella y dejarse afectar por ella. Pues bien, así como
hay teología de los sacramentos, de la vida religiosa, del
trabajo..., porque ahí están esas realidades, y sería
irresponsabilidad no pensarlas teológicamente, así también hay
teología del martirio, porque hay martirios - abundantes, no como
excepción -, y por eso sería irresponsabilidad no pensarlos
teológicamente. Y al confrontarse con el martirio como cosa real, y
no sólo desde el concepto, la teología se ha visto urgida, no sólo a
tratar el tema, sino a hacerlo de forma novedosa.
Y no se
piense que, pasada la época de los setenta y de los ochenta ya no
hay que enfrentarse con la realidad-martirio. Por una parte, se les
llame o no «mártires», hay millones de víctimas de la injusticia
cotidiana que sufren la muerte de la pobreza, la muerte cultural, la
muerte de la indignidad... Más se parecen al siervo sufriente que a
los mártires activos; pero ahí están, y a millones. Por otra, los
martirios del pasado son todavía muy recientes, de modo que su
recuerdo o su olvido configuran la realidad personal, social y
política y generan tradición en una u otra dirección. Por eso siguen
siendo tema central y actual para la TdL.
b) El
martirio es, además, una realidad que corresponde a lo central le la
TdL, cosa que no tiene por qué ocurrir, en pura lógica, en otras
teologías. Los mártires actuales en América Latina y en todo el
tercer mundo son, en efecto, mártires del Reino de Dios, a los que
se da muerte como a Jesús y por las mismas causas que a Jesús: la
defensa de los pobres y las víctimas y el enfrentamiento con los
opresores. En una palabra, son mártires de la liberación. Esta
defensa y este enfrentamiento -construir el reino y combatir el
antirreino- son, como es sabido, centrales en la TdL, y por eso el
martirio, así entendido, le es connatural, no es un añadido piadoso
desde la teología espiritual o desde la historia de la Iglesia. Los
mártires actuales lo son precisamente por haber vivido lo que es
esencial a la TdL o, con mayor precisión, lo que es esencial al
evangelio de Jesús tal como lo interpreta esta teología. Por eso no
debe sorprender que una teología de la liberación sea, a su vez, una
teología del martirio.
c) Por
ultimo, hay que recordar -y valorar- que la TdL tiene sus propios
mártires, como los tuvo la teología cristiana en sus inicios: Pablo,
Ignacio de Antioquía, Justino... El más conocido de ellos es Ignacio
Ellacuría, a cuyo nombre hay que añadir los de Juan Ramón Moreno y
Amando López, compañeros suyos de la UCA. Pero hay otros muchos
teólogos que, aunque no se les haya dado muerte, sí han sufrido
ataques y persecución, y no sólo de parte de la institución eclesial
que ha podido ocasionarles daño en su fama y dignidad, en su
profesión docente y de escritores, en el sentido existencial de sus
vidas..., sino de parte de los opresores de este mundo, que, si no
han llegado a darles muerte, sí los han encarcelado, amenazado de
muerte, atacado físicamente y hasta torturado.
Si se
toman en su globalidad todos estos ataques y persecuciones, bien
puede decirse que la propia TdL ha pasado, literal o análogamente,
por una experiencia martirial. Y hay que recalcar que estos teólogos
perseguidos y martirizados lo han sido de manera formal y no sólo
material, de derecho y no sólo de hecho; lo han sido por hacer TdL,
no cualquier teología. Y este hecho - que no ocurre hoy en el mundo
de otras teologías- es esencial para comprender cómo aborda la TdL
el tema del martirio: lo aborda teniendo ante los ojos una gran nube
de testigos; pero lo aborda también «desde dentro».
3. Los
mártires, sacramento de humanización en nuestro mundo actual
La
afirmación de que los mártires liberan y humanizan nos parece
central, pero no deja de ser escandalosa. Puede ser mal comprendida
y puede ser confundida con una postura fanática y masoquista. Por
eso quisiera hacer unas breves precisiones antes de analizar cómo y
en qué sentido pueden los mártires traer liberación y humanización.
En primer
lugar, hay que distinguir lo que en el martirio hay de negrura y de
mysterium iniquitatis - el asesinato - y lo que hay también de luz y
de mysterium salutis -la fidelidad del amor hasta el fina. Lo que
humaniza, obviamente, es la luz, la vida de los mártires. Esta
expresa la materialidad del amor y de la verdad con que vivieron,
mientras que la muerte expresa la formalidad de ese amor y de esa
verdad: hasta el final. Humaniza, pues, la vida de los mártires -no
el que hayan sido asesinados- y el que la hayan vivido libremente,
sin reservas y sin poner limites al compromiso.
En
segundo lugar, hay que distinguir entre lo que podemos llamar
mártires activos y confrontativos -profetas como Monseñor Romero- y
mártires indefensos e inocentes -los niños, las mujeres y los
ancianos de El Mozote o el Sumpul-. La humanización que aportan los
primeros, la analizaremos a continuación. Los segundos traen -según
la fe- la misteriosa salvación del siervo sufriente de Yahvé, que
tanto impactó, existencial e intelectualmente, a Ignacio Ellacuría:
«Sólo en un difícil acto de fe es capaz el canto del siervo de
descubrir lo que aparece como todo lo contrario a los ojos de la
historia».
En tercer
lugar, la reflexión sobre el potencial humanizador de los mártires
no es meramente conceptual, sino que está basada en la experiencia.
Muchas veces he preguntado a gente sencilla quién fue Monseñor
Romero, y la respuesta, en lo fundamental, ha sido unánime: «Monseñor
Romero dijo la verdad, nos defendió a nosotros los pobres, y por eso
lo mataron». De esta forma asientan, a la vez, la negrura y
maldición del darle muerte y la luz y bendición que fue su vida.
Mártir, pues, no es para ellos alguien que ha sido asesinado, sino
alguien a quien le han quitado la vida por razones bien precisas:
por decir la verdad y por defender al pobre. Y al hablar así, aun
sin saberlo, están unificando las dos tradiciones cristianas sobre
el martirio. Una, más en la linea de la verdad, según la cual mártir
es el que con su vida da testimonio de la verdad; y la otra, más en
la linea del amor, según la cual es mártir el que entrega la vida
por amor a los hermanos. Y, sin saberlo, están recordando también al
Jesús de la Carta a los Hebreos, misericordioso y fiel hasta el
final.
Por
último, queda la tarea de historizar, según épocas y coyunturas, en
qué consiste lo humanizador de los mártires. En los procesos de
liberación de los años setenta y ochenta, por ejemplo, los mártires
ayudaron, por una parte, a desenmascarar la mentira y a que saliera
a luz la verdad de una realidad pavorosa, y, por otra, a que según
la paradoja cristiana—abundase el ánimo, el compromiso y la
esperanza. Ellos mismos fueron la máxima expresión de todo un masivo
y poderoso movimiento de liberación.
Ahora,
algo ha cambiado la situación, y por eso hay que analizar su
potencial humanizador en nuestro tiempo. En una sociedad asentada
sobre el neoliberalismo y el sistema de democracia, sin los masivos
movimientos de liberación, el recuerdo de los mártires actúa más a
la manera de levadura, pequeña pero real y con la capacidad de hacer
crecer a la masa en una dirección humana. Esto es lo que queremos
analizar a continuación.
3.1. La
verdad que redime de la mentira
¿Y hoy?
Hay intentos de mejorar, pero no existe todavía -ni de lejos- la
voluntad de verdad. A la verdad se le imponen límites cuando resulta
dura y escandalosa, o se decide -argumento al que se apela con
frecuencia- que es mejor no insistir en ella, pues de esa forma se
entorpecería el proceso de reconciliación, como si reconciliación y
verdad estuviesen reñidas y no se reclamasen mutuamente.
En el
país continúa, pues, siendo normal el encubrimiento de la realidad.
Con gestos pulidos y elegantes - en los modos sí hemos mejorado-, se
quiere comunicar que la situación es normal y está bien encaminada.
Y, más allá de encubrimientos y mentiras, el país tampoco está
ofreciendo signos de querer basarse en la verdad, sino, con
frecuencia, todo lo contrario. Entre los garantes de la paz están
civiles y militares que han sido responsables de horrendos crímenes
y/o de su encubrimiento, sin que hasta el día de hoy hayan
reconocido la verdad de sus acciones ni hayan pedido perdón por
ellas; peor aún: sin que se hayan dejado perdonar, rechazando el
perdón que se les ha ofrecido. De esta forma, se hunden más
hondamente en tierra las raíces de la mentira y del encubrimiento.
En
palabras de Pablo, la verdad está oprimida en El Salvador y en
muchas otras partes de este mundo de mentira. Y esta realidad
sugiere una paráfrasis de otras palabras de Pablo. ¿Quién nos
liberará de tanta mentira, tan institucionalizada, por cierto, como
la injusticia y la violencia? ¿Quién puede redimir el encubrimiento
y revertir así esa corriente profunda que mueve la historia y la
deshumaniza?». Para que la mentira tenga redención se necesitan, sin
duda, muchas cosas; pero lo que es imprescindible es que haya
quienes estén dispuestos a dar testimonio de la verdad hasta el
final.
El
maligno es mentiroso, y las tinieblas odian la luz, dice el
evangelio de Juan. Los mártires tuvieron en vida la función difícil
y arriesgada -y por ello tan rehuida- de defender la verdad. Ahora
su recuerdo nos remite a la verdad. Los mártires humanizan y generan
esperanza porque dicen que la verdad es posible. Y recordemos que la
verdad siempre está más en favor de los pobres que de sus opresores,
y que, con frecuencia, la verdad es lo único que los pobres tienen a
su favor.
3.2. El
amor que redime de la crueldad
¿Por qué
al que defiende al débil por amor se le da muerte?: he ahí el gran
enigma de la historia, el mysterium iniquitatis. Pero es también el
gran dilema existencial: si seguir defendiendo al pobre en esta
historia que da muerte y si luchar contra el mal sólo desde fuera o
también desde dentro, cargando con el pecado de este mundo.
No sé si
esta idea de cargar con el pecado es importante en otras corrientes
de pensamiento -me temo que no lo sea en el ilustrado mundo de hoy-,
pero sí le es esencial, desde luego, a la fe cristiana, y así
pensaba, por cierto, Ignacio Ellacuría, tan invocado ahora en apoyo
de todo tipo de pragmatismos inmediatistas y egoístas, y tan
silenciado en su exigencia ética de denuncia y en su invitación a
propuestas utópicas.
Para
esclarecer la especificidad e importancia del «cargar con el
pecado», quizás ayude la siguiente distinción: hay que eliminar el
mal, y para ello hay que combatirlo, ética y humanamente, de todas
las formas posibles. Y cuando esta lucha tiene éxito, podemos hablar
de liberación. Pero hay también que erradicar las raíces del mal
-valga la redundancia- y revertir así su dinamismo mortífero, y para
ello hay que estar también dispuestos a cargar con ese mal hasta el
extremo del anonadamiento. A eso le llamamos redención. Mártir es,
pues, el que trata de liberar del mal de la realidad, pero, además,
el que trata de redimirla cargando con ella.
Al llegar
a este punto, puede que alguien acepte la lógica de la argumentación
-si hay martirio, es que ha habido amor (misericordia, justicia)-,
pero podrá preguntarse también para qué queremos amor si de
configurar la sociedad se trata. Más necesaria es la ciencia -y
necesaria lo es - y la conjunción de los diversos intereses, aunque
según la lógica de un egoísmo ilustrado. Pues bien, desde una
perspectiva cristiana, el amor es necesario para llegar a ser
simplemente humano, pero también lo es para que la sociedad lo sea.
A la
pregunta de quién es el ser humano cabal, la Escritura responde que
es aquel a quien se le conmueven las entrañas ante el sufrimiento de
las víctimas y, por esa sola razón, las defiende y las sana. Y para
el creyente, recordemos unas palabras muy citadas hace años y muy
silenciadas hoy: «Practicar la justicia: eso es conocerme», dice
Yahvé -palabras que están corriendo la suerte de otras muchas tan
citadas en aquellos tiempos: «fe y justicia», «santidad política»,
«Iglesia de los pobres...
Pero hay
que hablar también de la necesidad del amor (justicia, compasión,
misericordia) desde una perspectiva política -aunque hace falta ser
utópico para abordar siquiera el tema-. Todos proclaman ahora cuán
buena y necesaria es la democracia. Pero, si quedan claros los males
de toda clase de dictaduras y militarismos, no acaba de quedar claro
en qué consiste la bondad de dicha democracia ni sobre qué
fundamento pueden edificarse sus supuestos bienes. La tradición
occidental los ha formulado como «libertad, igualdad y fraternidad».
En la realidad, sin embargo, se insiste en la «libertad», la
económica sobre todo, que beneficia a unos pocos y que casi siempre
es usada en provecho propio y en contra de las mayorías. Sobre la
igualdad y la fraternidad no se dice prácticamente nada, ni siquiera
en el discurso teórico. Muy poco se habla de la primera, y nada de
la segunda. En la actualidad, la relación entre ricos y pobres es de
1 a 60, y entre los más ricos y los más pobres es de 1 a 180. Así
van las democracias, sin fraternidad y sin amor.
Así lo
experimentamos también entre nosotros después de la guerra y con
democracia: lo que vige es el enriquecimiento rápido de unos pocos y
una corrupción rampante. El foro de concertación económica, uno de
los acuerdos de paz con el que se buscaba distribuir de forma más
justa lo que producen los salvadoreños, es el que más
estrepitosamente ha fracasado. El clamor de los pobres no llega a
los oídos de los que buscan - antes, durante y después de la
democracia el enriquecimiento. No hay un abajamiento de los que
viven en abundancia escandalosa a los que viven en escandalosa
miseria. Y cuando se invoca el «rebalse» -el día en que las migajas
de la mesa del rico Epulón hayan de llegar hasta el pobre Lázaro-,
se hace con el deseo de que así sea para que no tenga que cambiar
demasiado la situación de los opulentos. Los pobres han escuchado lo
del «rebalse» -o su equivalente- durante años. Y siguen esperando.
Los ricos todavía no han dado un paso serio hacia la reconciliación.
El porqué de esto constituye, de nuevo, el gran enigma de la historia, el mysterium iniquitatis. Y es también el gran dilema existencial: si merece la pena defender a la víctima y luchar contra el verdugo o si no será mejor rendirse al carpe diem. Y si la decisión es la de seguir luchando, queda el otro dilema: si luchar sólo «desde fuera», con el poder de la palabra, el poder social, político, intelectual, o luchar también «desde dentro», cargando con el pecado y la crueldad de este mundo.
Volvamos
a parafrasear a Pablo. «¿Quién nos liberará de tanto desamor, de
tanta injusticia, de tanta crueldad?». Muchas cosas son necesarias
para conseguirlo, pero también son necesarios signos eficaces,
aunque sea a la manera de levadura, que muestren que se puede vivir
de otra manera, con amor a los pobres de este mundo; que muestre que
desde ese amor - no desde el propio provecho, el del propio partido
el de la propia iglesia se puede comenzar a revertir la historia.
El
maligno es mentiroso, decíamos antes. Y añadimos ahora, en la misma
tradición de Juan, que el maligno es asesino. Por eso, quien ama en
verdad tiene que estar dispuesto al martirio. Esta es la tragedia
que muestra el asesinato; pero el martirio, a su vez, muestra que ha
habido un gran amor. El amor es posible, dicen los mártires; y de
esa forman humanizan.
4. Los
mártires mantienen la esperanza
Indudablemente, hay que historizarlos; pero historizarlos no
significa desvirtuarlos ni manipularlos ni, menos aún, anularlos.
Hay que hacer propuestas positivas, pero que versen sobre el ámbito
de la verdad investigación y administración de justicia, uso y
finalidad de los medios de comunicación, sistema educativo,
ideologías necesarias... Y que versen sobre el ámbito del amor:
economía para la vida de las mayorías, salud, derechos humanos,
ecología...
Además de
remitir a estos ámbitos de realidad, la verdad y el amor son también
muy importantes porque introducir mística en un mundo sin alma y, de
ese modo, generan esperanza, con la cual la vida tiene sentido, y
sin la cual sólo queda el desencanto o la huida. Con ella hay ánimo
para trabajar por una sociedad justa y veraz, y sin ella sólo queda
el egoísmo o la resignación del «sálvese quien pueda».
Es cierto
que la historia va generando nuevos cauces - aquí, en El Salvador,
hemos pasado de la guerra a la posguerra -; pero incluso cuando en
el nuevo cauce se superan algunas aberraciones del anterior o, en
positivo, surgen algunas mejoras -y nada digamos si persisten lacras
importantes del pasado-, es necesario imbuirlo de esperanza que
anime a trabajar por un mundo justo con generosidad y sin egoísmo
con audacia y sin desidia. Para empujar lo positivo y erradicar lo
negativo se necesita esperanza. La pregunta es: ¿de dónde sacarla?.
Aquí, en El Salvador, la esperanza ha provenido y proviene en buena
medida de los mártires. No sólo de ellos, pero sí muy principalmente
de ellos. Y no lo digo retóricamente - aunque así pueda sonar a los
de lejos -, sino con convicción personal y aun teórica.
Cierto es
que, para quienes confunden la esperanza con las expectativas
favorables al medro personal, basta como motor el egoísmo y los
estímulos sociales que nos ofrece la civilización actual. Pero la
esperanza es otra cosa. Es la convicción de que en la realidad
existe una bondad última, indestructible; la convicción de que es
posible vivir como familia humana; la convicción de la promesa: lo
humano es posible y será una realidad.
Esta
esperanza la generan aquellos hombres y mujeres que, a pesar de todo
y en contra de todos los obstáculos de una civilización egoísta, nos
ofrecen generosidad, decisión de dar vida a los pobres, aunque en
ello les vaya a ellos la propia vida. En una palabra, la esperanza
procede del amor. Y si la expresión parece inadecuada por meliflua,
piénsese qué otra realidad genera esperanza...
Esta
esperanza que se remite a los mártires la hemos visto a raudales
aquí en El Salvador; pero en todas partes se intuye que la esperanza
vive del amor de los grandes testigos. Simone Weil, Dietrich
Bonhoeffer, Martin Luther King, Ita, Maura, Dorothy y Jean, Monseñor
Romero. . . podrán ser más o menos actuales por lo que atañe a su
praxis concreta y a su pensamiento teórico; pero cuando los seres
humanos buscan luz y ánimo para seguir caminando en la historia, en
justicia, ternura y humildad, y cuando buscan transformarla y
revertirla, siempre se vuelven a personas como ellos.
También
Ignacio Ellacuría, el intelectual, el práxico y el realista, se
volvía a los mártires en busca de esperanza: «Toda esta sangre
martirial derramada en El Salvador y en toda América Latina, lejos
de mover al desánimo y a la desesperanza, infunde nuevo espíritu de
lucha y nueva esperanza».
Y, por
último, Jesús de Nazaret. Hace años escribió Moltmann unas palabras
que no he olvidado: «No toda vida es ocasión de esperanza, pero sí
esta vida de Jesús, que tomó sobre sí en amor la cruz y la muerte».
Hoy, como en el nuevo Testamento, los mártires hacen presentes verdad y amor en una sociedad mentirosa y cruel. En vida dijeron la verdad y practicaron la misericordia y el amor hasta el final. Ahora, su recuerdo es juicio al mundo y, a la vez, fuente de esperanza para los pobres. A la manera de la levadura, son signos de que es posible liberar y redimir la realidad y revertir la historia. Por eso, con ellos, convertidos en sacramentos de humanización, la historia va dando más de sí. La TdL, desde dentro de la fe cristiana y en medio de la realidad histórica, ha hecho central la realidad de los mártires. Deseamos y esperamos que continúe siendo tarea suya conservar vivo su recuerdo.
Jon Sobrino NOTAS 1.- Que la teología de Rahner, por ejemplo, esta pasando en algún sentido, me parece claro. Pero ello no quiere decir que haya dejado de ofrecer aportes importantes para la actualidad y que no haya elaborado reflexiones que siempre seguirán siendo «clásicas», como lo son, en mi opinión, las referentes al «misterio de Dios», a la «sacramentalidad», etc. 2.- Sobre esta nueva comprensión del martirio desde el tercer mundo, véase lo que escribí en Jesucristo liberador, Uca Editores, San Salvador 1991, pp. 440451
3.- En 1977,
Monseñor Romero nos pidió reflexionar sobre el martirio. Lo
importante es que todos vimos la necesidad de hacerlo novedosamente,
pues las razones para dar muerte a los cristianos y su significado
eran nuevas. Entonces escribimos Sentido teológico de la persecución
a la Iglesia, en Persecución de la Iglesia en El Salvador, San
Salvador 1977, pp. 39-75. 5.- Cf. Jesucristo liberador, pp. 434-439 6.- Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, San Salvador 1985 7.- Quinto centenario de América Latina: ¿descubrimiento o encubrimiento?, Revista Latinoamericana de Teología 21(1990)281 8.- Umkehr zur Zukunft, Hamburg 1970, p. 76 |