DIMENSIONES DEL MARTIRIO
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En el
presente ensayo vamos a propugnar una cierta ampliación del concepto
tradicional de martirio.
El
concepto tradicional de martirio, tal como hoy se emplea en la
Iglesia, es conocido. Aquí no pretendemos analizar su evolución a lo
largo de la historia de la Iglesia, ni su relación con la noción
bíblica de martirio, ni las conexiones existentes entre esta noción
neotestamentaria y otros conceptos y categorías afines, como
predicación, profeta, confesión, muerte, etc. Aquí presuponemos el
concepto de martirio hoy tradicional en la Iglesia. Con tal concepto,
perteneciente a la vez al campo de la dogmática y al de la teología
fundamental, se designa el hecho de aceptar morir por la fe de forma
libre y resignada, no luchando activamente como en el caso de los
soldados. El término «fe» incluye también la moral cristiana, como
lo muestra el dato de que la Iglesia venera como mártir a santa
María Goretti, apuñalada en 1902 por un muchacho de la vecindad por
oponerse enérgicamente a sus requerimientos. Por lo que se refiere a
la «fe», puede tratarse de la totalidad del credo cristiano o de una
verdad concreta de la doctrina cristiana en materia de fe y
costumbres, en cuyo caso tal verdad se contempla siempre enmarcada
en el conjunto del mensaje cristiano. La muerte «in odium fidei» ha
de aceptarse siempre conscientemente, de suerte que es preciso
distinguir entre el «martirio» y el «bautismo de sangre».
La
peculiaridad de este concepto reside en que, desde el punto de vista
de la Iglesia, no puede aplicarse a la muerte sufrida en una lucha
activa. Por eso nos preguntamos si hay que considerar como algo
necesaria y permanentemente unido al concepto de martirio tal
exclusión de una muerte sufrida luchando activamente por la fe
cristiana y sus exigencias morales, incluso con respecto a la
sociedad. Esta pregunta es de gran importancia para la vida
cristiana y eclesial, porque la atribución del martirio a un
cristiano combatiente constituiría para otros cristianos una notable
recomendación eclesiástica de tal combate activo como un ejemplo
digno de imitarse.
Ante
todo, es claro que unos conceptos como los que aquí están en juego
tienen su historia y son susceptibles de modificaciones legítimas. A
decir verdad, el único problema radica en precisar si la aceptación
resignada de la muerte por causa de la fe y el hecho de morir
luchando activamente por esa misma fe (o por alguna de sus
exigencias) pueden englobarse bajo un concepto de martirio, dado que
entre ambas formas de muerte hay una amplia y profunda coincidencia
y que aplicarles el mismo concepto no implica negar una diferencia
permanente entre las dos. De hecho hay muchos conceptos que engloban
dos realidades en razón de su semejanza objetiva, sin que por eso se
nieguen o velen necesariamente sus diferencias. (En el vocabulario
eclesiástico, el término «pecado» designa la «corrupción
hereditaria» y el estado pecaminoso resultante de las culpas
personales, sin que por ello sea preciso negar una diferencia
radical entre los dos estados). Es cierto que el hecho de soportar
pacientemente la muerte por causa de la fe tiene una relación
peculiar con la muerte de Jesús, quien por su muerte paciente pasó a
ser el testigo fiel y fidedigno por antonomasia. Pero esta innegable
diferencia entre las dos formas de muerte no excluye que puedan
englobarse bajo el único concepto y término de martirio.
Para
discutir esto, es decir, para poner de manifiesto la semejanza
interna y esencial de esas dos formas de muerte, pese a las
diferencias existentes entre ellas, es preciso reflexionar sobre
muchos aspectos. Ante todo la muerte de Jesús, «soportada
pasivamente», fue consecuencia de su lucha contra quienes tenían en
aquella época el poder religioso y político. Jesús murió porque
luchó; su muerte no debe ser contemplada al margen de su vida. Por
otra parte, también «soporta» su muerte quien cae luchando
activamente por las exigencias de sus convicciones cristianas,
incluso en lo que respecta a la dimensión de la sociedad pública,
bajo ciertas condiciones. De hecho, tal muerte no se busca
directamente por sí misma e incluye un elemento pasivo, del mismo
modo que la muerte del mártir en sentido tradicional encierra
también un elemento activo, pues ese mártir provoca con su
testimonio activo y con su vida la situación en que no podrá
librarse de la muerte sin renegar de su fe.
Como es
natural, puede seguir constituyendo un problema determinar con qué
exactitud es preciso definir la lucha activa y distinguirla de otros
hechos análogos para que la muerte acaecida en esa lucha activa
pueda y deba ser calificada como martirio. No todo el que cae en una
guerra religiosa combatiendo en el campo cristiano o en el católico
puede ser considerado como mártir. En tales guerras religiosas
influyen también demasiados factores terrenos, y no está claro si
cada combatiente cuenta en serio con su muerte y la acepta de
verdad. Pero ¿por qué no habría de ser mártir un monseñor Romero,
por ejemplo, caído en la lucha por la justicia en la sociedad, en
una lucha que él hizo desde sus más profundas convicciones
cristianas?
La
actitud de soportar pasivamente la muerte no debemos concebirla
exclusivamente en la forma en que solemos imaginarnos a los mártires
del cristianismo antiguo, conducidos ante un tribunal y condenados a
muerte en un juicio. El soportar la muerte -actitud pasiva, pero
tomada mediante una opción voluntaria- puede adoptar formas
totalmente distintas. Los «perseguidores» modernos no darán a los
cristianos de hoy ninguna posibilidad de confesar su fe al estilo de
los tres primeros siglos del cristianismo ni les brindarán la
oportunidad de aceptar una muerte impuesta por la sentencia de un
tribunal. No obstante, bajo estas modalidades más anónimas de la
persecución actual es posible prever y aceptar la muerte, del mismo
modo que en el caso de los mártires antiguos. Y es posible también
preverla y aceptarla en cuanto consecuencia de una lucha activa por
la justicia y otras realidades y valores cristianos. De hecho, es
extraño que la Iglesia haya canonizado a Maximiliano Kolbe como
confesor y no como mártir. Quien contemple a Maximiliano Kolbe sin
ideas preconcebidas, prestará mayor atención a su muerte y a su
conducta en el campo de concentración que a su vida anterior, y lo
considerara como mártir de un amor cristiano desinteresado.
En
cualquier caso, las diferencias entre morir por causa de la fe en
una lucha activa y morir por causa de la fe soportando la muerte
pasivamente son demasiado fluidas y difíciles de precisar como para
que sea preciso distinguir conceptualmente las dos formas de muerte
no expresándolas con el mismo término. En los dos casos se da la
misma aceptación expresa y resuelta de la muerte por la misma
motivación cristiana; en los dos casos es la muerte una aceptación
de la muerte de Cristo que, por constituir el acto supremo del amor
y la fortaleza, pone sin reservas al hombre creyente en manos de
Dios y representa una unión radical de dos acciones: la del amor y
la de verse privado del propio ser por el no -incomprensible, pero
sumamente eficaz- de los hombres al amor de Dios que se revela. En
los dos casos aparece la muerte como plena y clara manifestación de
la verdadera naturaleza de la muerte cristiana. También cuando se
cae luchando por las convicciones cristianas constituye la muerte un
testimonio en favor de la fe caracterizado por una decisión sin
reservas; tal decisión integra en la muerte toda la existencia, está
inspirada y sustentada por la gracia de Dios y se toma en medio de
la más profunda impotencia interna y externa, que el hombre acepta
resignadamente. Todo ello puede aplicarse también a la muerte
sufrida en la lucha, ya que, en la vivencia de su fracaso, estos
combatientes experimentan y sufren su propia impotencia y el poder
del mal, lo mismo que el mártir paciente en sentido tradicional.
En
nuestra defensa de una cierta ampliación del concepto tradicional de
mártir, podemos apoyarnos también en Tomás de Aquino. Santo Tomás
afirma que, si su muerte tiene una relación clara con la de Cristo,
es mártir quien muere defendiendo la sociedad (res publica) contra
los ataques de sus enemigos que intentan corromper la fe cristiana
(In IV Sent. dist. 49, q. 5, a. 3, qc. 2 ad 11). La corrupción de la
fe de Cristo a que se opone ese defensor de la sociedad puede
referirse también a una dimensión concreta de la convicción
cristiana, pues de lo contrario tampoco podría considerarse como
martirio el hecho de soportar pasivamente la muerte por una
exigencia ética y cristiana concreta. Así, pues, en su Comentario a
las Sentencias, santo Tomás defiende un concepto más amplio de
martirio, tal como lo proponemos aquí.
Una «teología
política» legitima y una teología de la liberación deberían
adherirse a esta ampliación del concepto de mártir. Tal ampliación
tiene una importancia práctica muy concreta para un cristianismo y
una Iglesia que quieren ser conscientes de su responsabilidad con
respecto a la justicia y la paz en el mundo. Karl Rahner - Revista «Concilium» 183 |