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La Sinagoga de Cafarnaum: Espíritu impuro, doctrina nueva Jesús viene a pescar para el Reino y en honda paradoja su primer lugar de pesca será Cafarnaúm, una pequeña población (no ciudad) junto al mar de Galilea, y, dentro Cafarnaúm la sinagoga, casa de enseñanza y oración, donde se juntan los judíos para cultivar su ley sagrada. Sin duda, el evangelio Marcos está proyectando hacia la historia anterior su experiencia misionera, en torno al año 70 d.C., en un tiempo en que las sinagogas se han vuelto espacio de diálogo y disputa entre judíos seguidores de Jesús y judíos fieles a las tradiciones de los rabinos; pero es posible que su narración refleje una experiencia histórica muy significativa, que quiero comentar paso a paso. Dentro del contexto de Galilea donde él va a moverse, anunciando el Reino, Jesús aparece aquí en Cafarnaúm. No era una ciudad estrictamente dicha, sino una población de campesinos, artesano y pescadores, que no pasaría de mil habitantes, pero que se hallaba bien comunicada, tanto por mar como por tierra en la zona central de la Baja Galilea, en el reino/tetrarquía de Herodes Antipas, aunque muy cerca de la demarcación de Filipo (y de una de sus ciudades importantes, que era Betsaida. Tenía una guarnición militar con un centurión (según Mt. 8,5), un puesto de “aduana”, con un recaudador de impuestos, llamado Leví (Mc. 2,14) y una sinagoga, donde entrará Jesús para realizar su primer gesto. EN LA SINAGOGA DE CAFARNAUM Mc. 1 21 Y se dirigieron a Cafarnaúm y de pronto, en el sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar. 22 La gente estaba admirada de su enseñanza, porque los enseñaba con autoridad, y no como los escribas. Jesús va con sus cuatro pescadores, en gesto provocativo de pesca de Reino. Pues bien, el primer momento de esa pesca es la enseñanza. Sus cuatro acompañantes pescaban echando la red; Jesús lo hace enseñando (edidasken), precisamente allí donde los judíos se reunían para aprender (en la sinagoga). 1. Cafarnaúm. Jesús que había ido de Nazaret al Jordán (1.9), no ha vuelto a Nazaret, para comenzar allí su tarea, sino a Cafarnaúm. Quizá esto se debe al hecho de que no era bien aceptado por sus familiares (como veremos en 3,31-35) y por la gente de su aldea (6,1-6), apareciendo así como “profeta sin honra en su patria” (6,4). La elección de Cafarnaúm puede obedecer también a otras razones de tipo social y religioso. Según Marcos, Jesús no visita la ciudades paganas del entorno de Galilea (Tiro, Escitópolis), ni tampoco otras ciudades “judías”, como Séforis (a unos seis km de Nazaret) o Tiberíades, no lejos de Cafarnaúm. Eso se debe probablemente al hecho de que quiere ser profeta campesino y porque cree que sólo en ese contexto puede anunciarse y llegar el Reino de Dios, pues las ciudades están “contaminadas” por una estructura de fuerza (división social) que se opone al evangelio . 2. Y de pronto en el sábado. Al describir los seis días de las obras de Dios (Gen. 1,26-32), la Biblia sabe que la creación de todas las cosas ha culminado en el surgimiento de los hombres. Pero la Biblia parece saber que hay algo después del hombre: el Sábado de Dios, es decir, Dios mismo como descanso y plenitud de todo lo que existe (Gen. 2,1-4). En ese día séptimo, Dios ya no actúa, no crea cosa alguna, sino que “es”, descansa en sí mismo, se limita a ser la realidad y sentido de todo lo que existe. Entendido así, el sábado constituye la institución fundamental judía, desde una perspectiva de sacralidad cósmica y de unión del hombre con Dios. Si ponemos de relieve ese sentido del sábado, el hombre no es un simple ser en el mundo, como a veces se ha dicho, sino un ser para Dios. De esa forma se expresa la polaridad o paradoja viviente de la realidad. Por un lado, todo es para el hombre, como sabe Gen. 1,26-31, de manera que el trabajo y el dominio del hombre sobre el mundo tienen máxima importancia. Pero, al mismo tiempo, ese trabajo y dominio del hombre integran en el descanso sabático del mundo, día en que el hombre no trabajo, sino que integra en el gozo de Dios. Conforme a esa visión, desde la perspectiva de conjunto del Antiguo Testamento (Ex. 20,10; Dt. 5,14), más que por sus obras, el hombre se define por el sábado que es tiempo de armonía interior, de unión con Dios y descanso: Dios ha hecho a los hombres para que gocen y celebren la vida sobre el mundo. De ese sábado de Dios en el mundo han tratado de un modo minucioso los rabinos de Israel, de manera que sus reflexiones, contenidas en la Misná y el Talmud, constituyen la expresión más intensa de la importancia de un descanso que vincula a los hombres con Dios. En esa línea se ha podido afirmar que el hombre es imagen de Dios porque celebra el sábado, porque descubre y recrea cada siete días, con su propia vida, la armonía sagrada del tiempo (semana) y del espacio (cosmos), acompañando a Dios en su misterio de Vida y Alabanza Este sábado es el signo de una armonía que los hombres buscan y desean, aunque todavía no logrado; ellos no la buscan sobre un cielo más allá, sino en la misma tierra, que es revelación de la plenitud de Dios, donde pueden celebrar el sábado como cumplimiento y superación del trabajo de los seis días de la semana, experiencia de comunión con el descanso y plenitud de Dios. La apocalíptica del III a.C al II d.C. ha reflexionado mucho sobre ese día, entendido como superación del ritmo semanal del tiempo y como promesa de su culminación (así lo muestra el libro de los Jubileos, con sus semanas de siete semanas de años): cuando llegue el final de la Séptima Semana empezará el descanso de Dios, la utopía de la tierra ya pacificada. Todo esto significa que, por encima del despliegue del mundo, que tiende a cerrarse en los seis días de la creación presidida por el hombre, se extiende el sábado de Dios, que se expresa en la liturgia de gozo y alabanza del mundo, que se une con el hombre para proclamar la fiesta de Dios que supera todas las cosas del mundo. Entendido así, el sábado no es objeto de un mandato, ni de una obligación negativa (¡simplemente no trabajar!), sino comunión del hombre en el gozo de Dios, que se expresa y encarna en el conjunto de la creación y, de un modo especial, en la propia vida humana En esa línea, el Jesús de Marcos reconocerá el valor del sábado de Dios, pero añade que en su centro está el hombre, de manera que no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre, como dirá 2,27. c. Entrando en la sinagoga. Las sinagogas eran lugares donde los judíos se juntaban para escuchar las Escrituras, para orar y para resolver los problemas de la comunidad. Habían nacido a finales del siglo II a.C. y vinieron a convertirse pronto, ya en tiempos de Jesús, en una institución básica del judaísmo, que de ahora en adelante no se define por el culto (por los sacrificios del templo de Jerusalén), sino por la asociación voluntaria de personas y grupos que se reúnen para estudiar la Ley y consolidar sus vínculos de pueblo. En tiempos de Jesús y de la primera iglesia, la palabra sinagoga se aplicaba de un modo preferente a un grupo de judíos que se reúnen para estudiar y orar; pero también se aplicaba ya a la casa de reuniones donde se vinculaban y asociaban los judíos, de un modo organizado, en asambleas celebrativas, educativas y festivas, para desarrollar el culto de la palabra (escuchar los textos sagrados) y orar en común. Al principio, las sinagogas se tomaban como un refuerzo o ayuda, junto al templo, que seguía siendo el centro del judaísmo. Pero ellas fueron tomando cada vez más importancia, de manera que en el tiempo de Jesús (y especialmente en el tiempo de la redacción de Marcos) estaban apareciendo ya como institución básica de un tipo judaísmo presidido por escribas, buenos estudiosos de la Ley, que se han vuelto padres del pueblo que emerge y se consolida tras la caída del templo (70 d.C.), en contraste con el cristianismo, representado por el Jesús de Marcos, que aparece ya aquí en contraste con la sinagoga. En ese contexto se entiende este pasaje. Precisamente donde el pueblo cultivaba y mantenía su pureza, ha venido Jesús y ha encontrado al hombre impuro. La ley sinagogal no ha podido curarle, la escuela no ha podido educarle. Sólo la nueva enseñanza de Jesús le sana. Lógicamente, Marcos está proyectando hacia la historia de Jesús su propia experiencia de evangelio (que se ha convertido en motivo de disputa en las sinagogas). Pues bien, en ese contexto nos dice que Jesús no ha comenzado a realizar su pesca (liberar endemoniados) en aquellos lugares que podían parecen más contaminados (casas públicas, mercados, caminos…), sino que ha venido al corazón de la pureza judía (sinagoga) como indicando que precisamente allí, en el espacio que debía ser más limpio, el día de la gran pureza (sábado) hay un hombre hundido en gran necesidad, poseído por un espíritu impuro (akathartô). d. (Jesús) enseñaba y se admiraban de su enseñanza… Jesús entró para “enseñar” (edidasken: 1,21) y su enseñanza produjo el asombro de los oyentes, porque actuaba como alguien que tiene autoridad (exousia), y no como los escribas (1,2l). El final de relato refuerza esa novedad de Jesús, con el comentario de la gente que dice: tiene una enseñanza nueva con autoridad (1,27). Esto significa que no va a las sinagogas para estudiar y discutir con los Escribas, partiendo de la autoridad de una Ley (Escritura), que ellos comentan e interpretan, sino que actúa como alguien con autoridad propia, que no se limita a interpretar lo dicho, sino a decir algo nuevo, de manera poderosa. Ciertamente, el acepta y “cumple” la Escritura, pero no sometiéndose a ella, para discutir sus interpretaciones, sino recreándola con su vida y su palabra. No va a la sinagoga para renovar algunas enseñanzas, sino para enseñar curando, es decir, para liberar a los hombres dominados por Satán (por sus demonios sociales y religiosos). Lógicamente, su evangelio es palabra sanadora. Frente a la ortodoxia práctica de una institución que se cierra en la letra de unos códices fijados, Jesús desarrolla una actividad “sanadora” a favor de los enfermos y/o endemoniados . e. Pues les estaba enseñando como alguien que tiene autoridad y no como los escribas. Viene con cuatro acompañantes (pescadores de hombres) para liberar a un poseso (que está bajo el poder de Satán, con quien Jesús se enfrentó: 1,13), el primer destinatario de su pesca de Reino. Viene buscando allí donde debía encontrarse todo limpio, una sinagoga donde sufre (malvive) este hombre, que es signo de los oprimidos por los varios "demonios" de este mundo: enfermos, marginados, destruidos por la patología social y religiosa. Desde aquí se distinguen los escenarios: − Hay una mala escuela/sinagoga, dominada por escribas (gentes de escuela, de lectura y escritura) que mantienen una enseñanza vinculada a tradiciones de ley que deja al hombre en manos de su propia enfermedad, dominado por espíritus impuros que brotan de su misma religión. La ley sacral de esos escribas (¡no el judaísmo como tal!) se muestra así inútil: no consigue sanar al enfermo, quizá aumenta su opresión con nuevas opresiones. La misma estructura religiosa (en este caso sinagoga) es fuente de impureza . − Jesús ha ofrecido en esa sinagoga su enseñanza nueva (cf. 1,27: didakhê kainê) con autoridad para sanar. No viene a enseñar interpretaciones de leyes, sino a curar a los posesos y enfermos, para que puedan ser personas… No cura como mago, con ensalmos de misterio sino como maestro humano, con una palabra de enseñanza que desata, libera, purifica al ser humano que se hallaba oprimido dentro de una escuela/sinagoga que educa para la opresión En este contexto se entiende ya la decisión de Jesús: no quiere una simple “reforma” de la sinagoga, como la que hará el rabinismo posterior, sino una ruptura y superación del sistema de las sinagogas. Por ahora no hay nada decidido. 1,23-24. Un hombre con (en) espíritu impuro Mc. 1,23 E inmediatamente en la sinagoga de ellos había un hombre en (con) espíritu impuro, que se puso a gritar: 24 ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: ¡El Santo de Dios! Resulta difícil encontrar un signo más hiriente. La sinagoga debería ser espacio de pureza, hogar donde los hombres forman la familia de Dios, en clara libertad. Pues bien, en contra de eso, Jesús sabe que la misma sinagoga mantiene al ser humano impuro, cautivado. Por eso viene, con cuatro compañeros, para pescar en gesto solemne al pobre endemoniado, primer destinatario de su reino. a. Un hombre en espíritu impuro… Jesús no clama en el desierto, esperando que los hombres vengan, como hacía Juan. Le hemos visto a la orilla del mar, llamando a unos pescadores. Más tarde le veremos enseñando en los caminos, y también junto al mar (cf. 3,7-12). Pero ahora, por imperativo de su propia formación (raíz) judía, tiene que acudir a la sinagoga que convoca y reúne a los creyentes normales de su pueblo. Aprovecha el sábado, día en que los fieles se reúnen, para así enseñarles, como judío cumplidor que tiene una palabra. Aunque Marcos dice que la sinagoga era de ellos (autôn), como indicando la ruptura que ya empieza a darse (hacia el 70 d.C.) entre cristianos y judíos rabínicos, aunque es evidente que en tiempo de Jesús no había tales divisiones. El profeta galileo entra de forma normal en esa casa/sinagoga y enseña de manera programada dentro de ella. Pues bien, Marcos introduce aquí un rasgo sorprendente: en la sinagoga hay un hombre “en espíritu impuro” (en pneumati akathartô). Ésta es un hombre está “dentro del espíritu” y no el espíritu dentro del hombre”. Es un hombre que está, al mismo tiempo, en la sinagoga y en el espíritu impuro (en ambos caso se emplea la misma partícula: en). La presencia de este endemoniado (poseído por Satán) va en contra de todos los esfuerzos de separación y santidad que ha trazado (está trazando) el rabinismo, a partir de unos principios recogidos de Lev 1-16. Ciertamente, las autoridades judías no parecen saber que ese hombre es impuro; si lo hubieran conocido, si supieran que está “dentro de Satán”, mientras externamente habita en esta sinagoga, lo hubieran expulsado de su compañía (o hubieran transformado la sinagoga). Posiblemente, Marcos habla aquí con ironía sobre los escribas, que no logran liberar como Jesús, sino que imponen con detalle las leyes de pureza (cf. 7,1-23), pero son capaces de ver que “en” su sinagoga hay un hombre” “en” espíritu impuro. ¿Cómo explicar eso? ¿Por qué razón sigue habiendo endemoniados en aquella sinagoga? El texto ha respondido con toda nitidez: ¡por la impotencia de la enseñanza de los escribas! b. Diciendo: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo…? Tenían que haber hablado los escribas, que son los que están más implicados en las sinagogas, lugares donde ellos interpretan con rigor y precisión la ley, mientras otros, como este endemoniado, siguen impuros, sin que nadie pueda limpiarles. Discuten los sabios y el poseso calla, dominado por su enfermedad, como aplastado por su misma sensación de desamparo y dependencia. Parece que todo está normal, hasta que llega Jesús, y ahora son los letrados los que callan, mientras la gente sabe discernir (¡trae una enseñanza nueva, con poder, no como los escriba! 1,22) y este endemoniado grita, es decir, muestra su necesidad, interpelando Jesús y retándole en el fondo. Como he dicho, los escribas callan, pero el endemoniado, antes silencioso, grita, hablando primero en plural (como si estuviera poseído por la totalidad de los demonios) y luego en singular: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: ¡El Santo de Dios! Con su presencia y enseñanza, Jesús despierta la voz de los que antes estaban en silencio y que ahora estallan, provocándole de un modo directo, de manera que así pueden ser descubiertos y vencidos. Es significativo que Marcos no realice aquí ningún esfuerzo por comparar el contenido teórico de la enseñanza de Jesús con la enseñanza de los escribas, a través de una disputa escolar. Evidentemente, no le interesa, pues él no trata de exponer doctrinas, sino de iniciar un camino mesiánico de vida, a partir de Jesús. Sobre contenidos doctrinales y disciplinares discutían hasta el puro agotamiento los escribas, sin lograr grandes cambios. En contra de eso, la verdad de la enseñanza de Jesús se identifica con su propia autoridad, que se expresa a través de la conmoción que empieza suscitando en los posesos. e. Eres el Santo de Dios. Esta confesión del poseso muestra que Jesús está realizando ya lo que había “prometido” Juan Bautista: Bautiza a los hombres con el Espíritu Santo (Pneuma Hagion: 1,8). Por eso descubre y expulsa a los espíritus impuros, es decir, no santos (pneumata akatharta: 1,23.27). Lógicamente, por la atracción que suscitan los contrarios, esos mismos espíritus, que se saben impuros, descubren el poder de santidad de Jesús, diciendo que le conocen y así le confiesan diciendo: Eres el Santo de Dios (ho Hagios tou Theou, 1,24), es decir, aquel en quien se expresa el Espíritu Santo. Marcos nos sitúa así en el centro de la polémica que había (en torno a los años 70 d.C.) entre los discípulos de Jesús y los judíos rabínicos, que están surgiendo también como grupo, en este momento. (a) Para los judíos rabínicos, impuro es aquello que va en contra de las leyes rituales del pueblo (como veremos en 7,1-23); por eso, mientras no rompa esas leyes, el endemoniado puede seguir en la sinagoga. (b) Para Jesús, en cambio, impuros son los que están “poseídos” por un “espíritu”, oprimidos, sin liberad, viviendo fuera de sí mismos. Marcos nos lleva así al contexto de la tentación (1,12-13), para mostrarnos que Satán es la fuente y expresión de lo impuro, es decir, de aquello que destruye al hombre, impidiéndole vivir en libertad. En contra de eso, Jesús aparece ya como “el Santo (ho hagios) de Dios”, esto es, como el mismo Dios Santo, que se hace presente en forma humana, con poder para destruir (apolesai: 1,24) a los espíritus impuros, que en sí mismos no son, no tienen entidad propia, y sólo viven (gritan) en la medida en que destruyen a los hombres. En ese sentido, la misma venida de Jesús es su enseñanza: «Has venido (êlthes) para perdernos…». Jesús no tiene que decir nada (por ahora); su misma venida es enseñanza. Este endemoniado le conoce y sabe que “ha venido” de Dios y que su autoridad se identifica con su misma potencia sanadora. Frente a la sinagoga que impone una enseñanza que no cura, sino que regula y organiza lo que existe, ha venido Jesús desde Dios para ofrecer una presencia/enseñanza que cura y transforma . La mentira y verdad de los “endemoniados” se expresa en su manera de hablar, como muestra la escena de este hombre, que está viviendo “dentro” de (en) el espíritu impuro y que por eso dice en plural (lo demoníaco es pluralidad): ¿Qué tenemos que ver contigo? ¿Has venido a perdernos (hêmas)? Hablan, según eso, los demonios “propietarios” del hombre, que reconocen a Jesús y no quieren tener relación con él. Como en el caso de la legión de demonios que veremos en la tierra pagana de Gerasa (cf. 5,9), emerge aquí el colectivo de demonios de este hombre de la sinagoga. Pero luego, en un segundo momento, ese poseso añade en singular: ¡Oida, yo sé…! . En el momento en que habla así, en primera persona (yo sé…), y conoce a Jesús, llamándole “el Santo de Dios”, este hombre empieza a estar curado, pues ya no es un grupo, sino una persona: ha visto en Jesús algo nuevo, la presencia de la Santidad de Dios (el Espíritu Santo) y al verlo y saberlo queda transformado, pues sabe que hay algo distinto a su locura. 1, 25-26. Jesús cura al poseso Mc. 1,25 Y le increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él! 26 Y el espíritu impuro retorciéndole violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él. He tratado ya del tema de los exorcismos en la introducción, al hablar de los “signos” o sacramentos del evangelio y volveré ocuparme de ellos en otros lugares de este comentario (cf. 3,20-30, disputa sobre Satán, y 9,38-41, el exorcista no comunitario). Pero, en este contexto, con ocasión del primer exorcismo de Jesús en Marcos, quiero recoger, con más extensión un ejemplo muy conocido de Flavio Josefo. El tema de fondo no es una enseñanza teórica, sino un conflicto de autoridad (de competencia) entre Jesús y otros grupos judíos, entre los que había también exorcistas famosos: Dios también lo capacitó (a Salomón) para aprender el arte de expulsar a los demonios, ciencia útil y curativa de los hombres. Compuso encantamientos para aliviar las enfermedades y dejó una manea de usar los exorcismos mediante los cuales se alejan los demonios para que no vuelvan jamás. Este método curativo se sigue usando mucho entre nosotros hasta el día de hoy; he visto a un hombre de mi propia patria, llamado Eleazar, librando endemoniados en presencia de Vespasiano, sus hijos y sus capitanes y toda la multitud de sus soldados. La forma de curar era la siguiente: acercaba a las fosas nasales del endemoniado un anillo que tenía en el sello una raíz de una de las clases mencionadas por Salomón, lo hacía aspirar y le sacaba el demonio por la nariz. El hombre caía inmediatamente al suelo y él adjuraba al demonio a que no volviera nunca más, siempre mencionando a Salomón y recitando el encantamiento que había compuesto. Cuando Eleazar quería convencer y demostrar a los espectadores que poseía ese poder, ponía a cierta distancia una copa llena de agua o una palangana y ordenaba al demonio, cuando salía del interior del hombre, que la derramara, haciendo saber de este modo al público que había abandonado al hombre. Hecho esto quedaban claramente expresadas las habilidades y la sabiduría de Salomón. Por esas razones, todos los hombres pueden conocer la vastedad de los conocimientos de Salomón y el cariño que Dios le tenía . Josefo sitúa esta escena en el contexto de la guerra judía (67-70 d.C.), convencido, al menos estratégicamente, de que Dios ayudaba a los romanos. Lógicamente, según este relato, Eleazar, sabio exorcista judío, que aparece como nuevo Salomón, no promueve la guerra contra Roma, sino que despliega ante el general romano (futuro emperador) sus poderes sacrales, en un gran espectáculo de magia, mientras su pueblo está siendo derrotado en el campo de batalla. A juicio de Josefo, los verdaderos judíos, herederos del poder y realeza del antiguo Israel, no fueron los celotas y otros partidarios de la guerra, sino aquellos que, aceptando a Roma, cultivaban los aspectos sacrales (cultuales) y legales de su tradición, como este nuevo hijo de David (nuevo Salomón, a quien se presenta como exorcista más que como rey) Y (Jesús) le increpó. Había empezado enseñando (1,21), quizá en una línea más doctrinal, pero la irrupción y exclamación del poseso ha marcado el rumbo posterior de su acción, al gritar y preguntarle en el fondo: “para qué ha venido”. Quizá Jesús no sabía lo que era la locura (posesión) y ahora lo descubre en la sinagoga. Este poseso le “reta” y él acepta el reto y le responde, iniciando de esa forma un camino de exorcismos que marcarán su actividad. Calla y sal de él. La palabra calla (phimôthêti) tiene un sentido fuerte, como si Jesús quisiera poner un bozal a los “espíritus impuros”, que han conocido su identidad (le llaman el Santo de Dios). Jesús sabe que es verdad lo que dicen los espíritus (en un plano de poder religioso), pero sabe también que la verdad teórica no sirve (ni la religión, a ese nivel), pues él no quiere entrar en “diálogo” de razones con las razones demoníacas, que son mentirosas y destructoras, sino liberar a los endemoniados. Jesús podría haber aprovechado el reconocimiento satánico (le llaman “Santo de Dios”), pero no lo hace, porque esa primera confesión, siendo en sí verdadera (él es el santo de Dios) está dicha con mentira. Este pasaje de Marcos nos sitúa ante la primera demostración de una “patología religiosa”, que utiliza la verdad externa de sus formulaciones para mentir y dominar mejor (como han hecho a veces los poderes religiosos). Por eso, la única respuesta ante esa “patología” (que es causa de locura humana) es ¡calla y sal de él! Jesús actúa así, con autoridad (cf. 1,22), para que el endemoniado sea simplemente lo que es: un ser humano, en libertad. El espíritu impuro le retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él... Estamos ante una “visualización terapéutica”, que muestra la ruptura interior en la que vivía el poseso. Este Jesús de Marcos realiza un signo puramente “humano”, sin empleo de “raíces olorosas”, que expulsan demonios, sin demostración de palanganas de agua derramada (como hacía Eleazar). Jesús sólo apela a la autoridad de la palabra humana, de manera que su exorcismo no se visibiliza en forma de “teatro”, como una demostración para saciar la curiosidad de los espectadores, a la vista de todos, a petición de los curiosos, sino que culmina con una palabra de “silencio” que él exige a los “demonios”, para que no hablen ellos, pues lo que importa es la salud del hombre enfermo, y no algún tipo de poder externo; lo que importa es la curación con la entrega de la vida, tal como vendrá a expresarse al final del evangelio (con la muerte y pascua de Jesús) Lo que Jesús pone en marcha es un nuevo “conocimiento” (y un nuevo nacimiento, que es lo mismo). El enfermo que antes se sentía “dominado desde fuera”, de manera que hablaban por él voces externas, se vuelve capaz de escuchar a Jesús y de ser él mismo (saberse a sí mismo), liberándose de esas voces (que, evidentemente, le sacuden y retuercen). La misma fuerza del mal, que tenía al hombre dominado, le agita, haciéndole girar y gritar, de manera que la convulsión interna y externa coinciden . 1,27-28. Conclusión, reacción de la gente Mc. 1,27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: ¡Qué es esto? ¡Una doctrina nueva con autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen! 28 Y pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea. Los escribas mantenían en la sinagoga una enseñanza vinculada a tradiciones de una Ley que, según el Jesús de Marcos, encierra al ser humano en su propia enfermedad, dominado por espíritus impuros que brotan de su religión, que aparecía así como negativa o, por lo menos, como inútil: no conseguía sanar al enfermo, aumentaba su opresión con nuevas opresiones. La misma estructura religiosa (en este caso sinagoga) era fuente de impureza. Pues bien, en contra de eso, Jesús proclama dentro de ella su enseñanza nueva (didakhê kainê: 1,27) con autoridad para sanar a los enfermos. Esa enseñanza de Jesús no es valiosa por ser más profunda en plano teórico, y más rica en simbolismos literarios o cósmicos, sino porque libera al poseso de la sinagoga (1,23). No se dice la enfermedad que tenía el poseso (¿ceguera, parálisis?), sino que era impuro, que estaba manchado, viviendo en el interior de un espíritu antihumano, al que Jesús logra desenmascarar, para que le reconozca (¡eres el Santo de Dios!) y se aleje del hombre. a. Y se asombraban todos. Esta enseñanza sanadora no produce asentimiento conceptual, sino admiración y asombro, una eclosión de vida, una ruptura de nivel. Jesús rompe los esquemas habituales a los que estaban avezados en la sinagoga; no ofrece una enseñanza entre otras, dentro de la gran variedad de enseñanzas de los escribas, sino que se sitúa (les sitúa) en un plano distinto, de transformación religiosa o, mejor dicho, humana; porque lo que viene a desvelarse en Jesús es el más hondo “poder humano” de sanación. Ésta es la novedad de Jesús, su autoridad más alta: él permite que los hombres sean simplemente lo que son: seres humanos en libertad, que no estén sometidos a demonios o poderes exteriores, que se habían adueñado de ellos. Jesús sabe que el problema no es Roma y su poder político, sino algo mucho más profundo: el poder de destrucción interna de los hombres y mujeres. Por eso, más que lo que enseña (en plano de teoría) importa cómo enseña. Éste es su secreto: él penetra con autoridad en un contexto que estaba minado por disputas estériles, no para crear una nueva religión, sino para superar todas las formas de religión opresora. Ese es su poder. Jesús no repite lo ya dicho, no estructura la doctrina en un sistema mejor de teorías para conservar y organizar lo que existe (dejando en su opresión a los posesos), sino sacude e impulsa a los hombres para que cambien y vivan en libertad. No construye una ideología mejor sobre los posesos, no intenta comprenderles en un plano intelectual, conforme a unos principios generales de saber o a unos esquemas establecidos, sino que les enseña a liberarse, haciéndoles capaces de vivir como seres humano. En ese contexto se entiende la frase que sigue: Una doctrina nueva. b. Una doctrina nueva... La tradición cristiana ha acuñando el título de nueva alianza o nuevo testamento, para referirse al encuentro definitivo de Dios con los hombres en Cristo (cf. Lc. 22,20; 1Cor. 11,25; 2Cor. 3,6; Heb. 9,15; 12,24; cf. Gal. 4,24). Pues bien, Marcos emplea una termología igualmente expresiva que podría (quizá debería) haberse aceptado para interpretar el mensaje de Jesus: una enseñanza o doctrina que es nueva (didakhê kainê, cf. 1,27), no por sus contenidos conceptuales, sino por su práctica liberadora. Y su fama (akoê) se extendió pantakhou, por toda Galilea, esto es, por la tierra donde ha comenzando a proclamar su mensaje de Reino (1,14-15) y donde lo culminará (cf. 16,7). Marcos evoca de esa forma una palabra clave de Is. 53,3, que Pablo ha retomado de un modo triunfal en Rom. 10,16-18: ¡La fama de Jesús se ha extendido a todo el mundo! Esta palabra final retoma una noticia que había aparecido de 1,5, donde se dice que “toda Judea y todos los de Jerusalén” venían a bautizarse bajo Juan; pues bien, ahora es toda Galilea la que escucha la “fama” de Jesús. Se esa forma se distinguen y vinculan los dos proyectos: el de Juan en Judá/Jerusalén y el de Jesús en Galilea. Por ahora sabemos que el de Juan ha fracasado, en un sentido externo (pues ha sido “entregado”: 1,14), mientras que el de Jesús se va extendiendo. Xabier Pikaza Ibarrondo |
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El Evangelio de hoy nos lo sabemos todos de memoria: el de las Bienaventuranzas. Bienaventurado es lo mismo que decir feliz o dichoso. Lo que hoy leemos es la página clave de toda la enseñanza de Jesús. Vamos, ante todo, a lanzar la mirada muy atrás: al Sinaí. El antiguo Israel ha salido de Egipto y se halla en medio del desierto. La montaña que tiene delante es abrupta, reseca, empinada... Casi da miedo subir a ella. Y allí está Moisés, que entre relámpagos, truenos y fuego humeante recibe la ley de Dios. El pueblo tiembla, y le dice con terror a su caudillo: - ¡Háblanos tú, pero que no nos hable directamente Dios!... Era la promulgación de la ley antigua, madre de esclavos por el miedo que infundía. Viene ahora Jesús, el nuevo Moisés, el Caudillo y Jefe del nuevo Israel de Dios, y nos ofrece un cuadro bien diferente. Como es tan bueno, le sigue una gran multitud, llegada de todas las regiones limítrofes. En vez del austero y pavoroso Sinaí, Jesús escoge una montaña encantadora, bella, verdeante, que domina todo el lago de Genesaret. Flores en la ladera, pájaros cantores por los aires, gentes felices en los poblados de la llanura... Se sienta Jesús rodeado de aquel gentío, y empieza la promulgación de la Constitución del Reino, del Pueblo de Dios, sin más asamblea constituyente que el mismo Jesús, sólo Jesús. En vez de amenazas estremecedoras, comienza con la palabra de más embrujo: - ¡Felices, felices, felices!... Felices, ¿quiénes? ¿Los ricos? No... ¿Los que ríen? No... ¿Los violentos y poderosos? No... ¿Los que están hartos de bienes? No... ¿Los que se revuelcan en el placer? No... Todo lo contrario: - ¡Dichosos los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos!... ¡Dichosos los afligidos, porque ellos serán consolados!... ¡Dichosos los bondadosos, porque ellos poseerán la tierra prometida!.. ¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!... ¡Dichosos si os persiguen, y calumnian y os tratan mal por causa mía, porque vuestro premio va a ser muy grande en el Cielo!... La gente casi no cree lo que oye. Esto no lo habían escuchado nunca de los maestros de Israel. Y hoy en nuestro mundo de hoy, esto casi parece la escena de una novela divertida, dictada por un escritor con mucha imaginación. Porque el mundo se sigue diciendo todo lo contrario de Jesucristo: ¡Con lo bien que va el dinero!... ¡Con lo que nos reímos y nos divertimos!... ¡Con lo bien que la pasamos!... Pero Jesús, que no está de acuerdo con este pensar de la sociedad opulenta, alaba la pobreza del espíritu, el desapego de los bienes de la tierra, la ilusión por los gozos eternos... Para Jesucristo, el centro de la vida es Dios, no el mundo. La felicidad suprema es la Gracia, vida de Dios en el corazón, y no el culto del dinero y del placer. La seguridad de la vida está en Dios, que permanece, no en el mundo que pasa... Éste es el Evangelio de Jesús. Ésta es su doctrina revolucionaria. Ésta es la más pura de sus enseñanzas. Ésta es la mayor esperanza de los que le siguen... Para los que no piensan como Jesucristo, el centro de la vida es el mundo y no Dios. O sea, todo lo contrario. Por eso, la felicidad hay que buscarla y gozarla aquí, antes de que se escape de entre las manos. Son las flores, antes de que se marchiten, como dice con expresión poética la Biblia. El marxismo, sin tanta poesía como la Biblia, lo estableció como un principio que no admite discusión: Ni Dios, ni religión, ni nada que sea opio o droga que nos aliene de este mundo con una esperanza inútil de otra vida. Por eso, el enemigo primero del marxismo era la religión... Hoy muchos repiten con otras palabras la misma idea: El paraíso está en la tierra, y el infierno está en la tierra. Por lo mismo, a huir del dolor aquí, y a disfrutar aquí... ¿Oímos o no oímos esto mil veces?... Jesucristo viene hoy a tomar una posición definitiva para Sí y para su Iglesia. Los pobres, para Jesús, son los que no tienen apoyo humano y ponen toda su confianza en Dios. Los ricos, según Jesús, son los satisfechos de la vida, porque, al no necesitar a Dios, ni les interesa Dios, ni lo buscan, ni se contentan con Él. Viven sin Dios, y sin Dios se quedarán para siempre... Y no es que Jesús quiera ni busque ni proclame la pobreza y el dolor como el ideal de la vida cristiana. Eso, no. Porque todo lo que oprime al hombre está en contra de la voluntad de Dios. Por lo tanto, Dios quiere que luchemos por eliminar del mundo el hambre. Quiere que enjuguemos las lágrimas de muchos ojos. Quiere que trabajemos por la paz. Quiere como nos dirá después San Pablo, que nos ganemos en una vida tranquila nuestro sustento de cada día, y que la vida cristiana sea alegría, gozo y paz en el Espíritu Santo... Pero las realidades del mundo, por culpa de los hombres y no de Dios, son a veces muy diversas. Y entonces, ¿quiénes son los felices? ¿Los ricos satisfechos, o más bien son felices los pobres en su espíritu, que, no teniendo otro en quien apoyarse, confían solamente en Dios?... ¡Señor Jesucristo! ¡Gracias por la esperanza que nos infunden tus palabras! Ahora sabemos dónde está la dicha verdadera. ¡Dios, sólo Dios puede ser nuestra felicidad! En este mundo, porque ya lo llevamos en el corazón. En el mundo venidero, porque Dios será para quienes se han contentado sólo con Dios... Pedro Garcia cmf |
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En la sinagoga, un hombre se liberó 21 El relato de Marcos cambia inmediatamente de lugar y de tiempo. Desde el llamado vocacional anterior a los dos grupos de hermanos nos trasladamos a Cafarnaún, a una sinagoga, un día sábado. Los tres datos son determinantes para entender esta escena. En primer lugar tenemos la ciudad de Cafarnaún, nunca mencionada por el Antiguo Testamento y pocas veces citada en la literatura rabínica. Sin embargo, no se trata de una ciudad menor. Los arqueólogos la identifican como el sitio donde se ubicaba la más grande las sinagogas de Galilea en tiempos de Jesús. Era, además, como típica ciudad portuaria, a orillas del lago, un sitio de recaudación de impuestos, con la presencia de algún alto funcionario romano residiendo allí. Sobre su situación precisa, geográfica, hoy en día, hay disputas. Pero a los fines catequísticos del libro de Marcos, lo importante es reconocer su importancia social. Esta ciudad será muy importante para la actividad de Jesús, al punto que el autor parece indicarla como el centro de operaciones, desde donde Jesús va y vuelve evangelizando. En esta escena particular, los hechos trascurren en una sinagoga (lugar cultual, sagrado). Este dato es importante para contrastar con la próxima escena, que ocurrirá en una casa (lugar profano, con impurezas). Las sinagogas parecen remontarse a la época del destierro en Babilonia, cuando el pueblo de Israel, cinco siglos antes de Jesús, se quedó sin Templo y tuvo que ingeniárselas para continuar celebrando la fe en Yahvé. Así se habrían iniciado reuniones en las casas que, con el tiempo, dieron origen a la institución sinagogal. Lo que en un principio fue una asamblea de personas solamente, con el tiempo llegó a tener un edificio, que también se llamó sinagoga. Estos edificios (casas de reuniones) solían construirse fuera de las localidades, junto a algún curso de agua. En la sinagoga se celebraba culto los sábados y se enseñaba, ocupando el rol de escuelas para los jóvenes. En las celebraciones de los sábados se leían textos de las Escrituras, se los explicaba y se oraba. La mención a Jesús enseñando en las sinagogas no es extraña, ya que cualquier adulto considerado idóneo podía predicar, como lo siguieron haciendo los primeros cristianos (baste el ejemplo de Pablo en los Hechos de los Apóstoles). De esta manera, Marcos traza un paralelo entre la situación misionera actual de sus comunidades y la situación de Jesús. Como iremos viendo, la sinagoga se constituye en una institución pervertida en sus principios, y por eso en enfrentamiento con Jesús. Lo que Marcos narra como suceso rápido, es probable que se tratase de un proceso más lento. Jesús ha ido descubriendo que la sinagoga representa un modo de religión que aleja a las personas de Dios, en lugar de acercarlas, una institución que ha perdido de vista el Reino. En la sinagoga prima una visión del mundo que se rige por las leyes de pureza/impureza. La sinagoga sería un espacio puro, sagrado, dirigido por los justos, y quien queda fuera de ella (excomulgado) es un impuro, rechazado por Dios. Ahora bien, la pureza estaría dada por el respeto a una cantidad de normativas, sobre todo relacionadas con lo litúrgico, y no por la actitud de vida de cara al Reino de Dios. A una sinagoga no pueden ingresar los publicanos, no pueden ingresar los leprosos (impuros por su enfermedad), y las mujeres quedan relegadas a un segundo plano, en un espacio separado del de los varones. La sinagoga, que debería reflejar la asamblea en comunión que tiene como Padre a Dios, en realidad refleja la separación humana, la discriminación y la marginación. El mismo sentido del sábado se encuentra pervertido. El sábado (sabbát en hebreo) es una institución social judía, y desde Éxodo lo encontramos como decreto divino: “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex. 20,8), repitiéndose su importancia en Ex. 23,12 y Dt. 5,12, asociándolo a la liturgia en Lev. 23,3, con el fundamento teológico en la Creación, cuando Dios descansa al séptimo día (cf. Gen. 2,2-3). La raíz de sabbát significa parar, descansar. Al principio, el sábado era un día dedicado a Dios y funcionaba como verdadera institución de protección a los más débiles, pues cesando el trabajo ese día, descansaban los esclavos y hasta los animales. Con el tiempo, el sábado se convirtió en un día en el que nada podía hacerse, llegando los rabinos a prohibir treinta y nueve clases de trabajo, inclusive limitando la cantidad de kilómetros que se podían caminar. Así, el sábado abandonó su esencia y comenzó a significar el aparato de opresión religiosa judía. El mensaje que lanza Jesús contra la sinagoga de su tiempo, será el mensaje para la comunidad cristiana de Marcos, también. Cualquier religión, cualquier culto, cualquier manera de vivir la fe, puede pervertirse y convertirse en opresora. El cristianismo no queda exento. Marcos recuerda a sus lectores/oyentes que las comunidades cristianas pueden comenzar a funcionar igual que la sinagoga que combatió Jesús. 22 Entre los tres Evangelio Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), los escribas son mencionados 42 veces, pero la mitad de ellas corresponde a Marcos (21). Podemos ver que este grupo es importante para el autor, y sobre todo, importante en su papel de oposición (aunque el autor deja la puerta abierta a los escribas cuando Jesús dice a uno de ellos que no está lejos del Reino en Mc. 12, 34). En este caso, dentro de Galilea, aparecen como los primeros opositores directos. Los escribas eran un conjunto de judíos expertos en la Ley de Moisés, tradicionalmente entendidos como herederos de Esdras, el primer escriba (cf. Esd. 7, 6). Se supone que algunos sacerdotes eran escribas, pero la mayoría habrían sido laicos, sobre todo a partir del tiempo de los Macabeos. En cuanto a las sectas, había muchos más escribas fariseos que saduceos. Eran tratados con el título de rabí, que significa maestro. Además de la enseñanza, en las sinagogas y entre sus discípulos, impartían jurisprudencia en litigios legales, aplicando la Ley de Moisés y su interpretación sobre la misma. Como jueces y maestros ocupaban un sitio de privilegio en la sociedad. Eran los cultos, los dueños de la Palabra, los que más sabían cuál era el decir de Dios, los portavoces de Yahvé. Con esta descripción, entendemos que habían ocupado el rol de los profetas, desaparecidos de la escena por mucho tiempo, hasta Juan el Bautista. El punto central de acción era Jerusalén, pero había algunos dispersos en el interior, y suponemos que también en Galilea. Su influencia venía del respeto con el que eran considerados. Esta autoridad de enseñanza de los escribas, según Marcos, es menor a la autoridad de Jesús, lo cual asombra a la gente. Acostumbrado el pueblo a escuchar los conocimientos de los escribas, se sienten consternados ante la aparición de un nuevo Maestro que habla distinto. Ya veremos en qué consiste esa diferencia, pero por lo pronto, tenemos que pensar cómo Marcos incrementa el hincapié en el cuidado que se debe tener con los sistemas religiosos. Advertencia para los cristianos. Cuando los maestros del cristianismo empiezan a actuar como los escribas que combate Jesús, hay que replantearse muchas cosas. Pero por encima de todo, volver a la enseñanza con autoridad de Jesús. Una autoridad que no está en el conocimiento científico (en saber más o menos sobre la Ley de Moisés), sino en el conocimiento de la humanidad y de la naturaleza de Dios, en el conocimiento del sentido del Reino y de la Buena Noticia, en el deseo de vida que surge del Padre y se dirige hacia todos los humanos. 23 Marcos utiliza, en todo su libro, 12 veces el término demonio y otras 12 veces la expresión espíritu impuro. En todo el relato, esta presencia de lo espiritual es patente. Quizás no sea Marcos el Evangelio con más referencias a los espíritus, tanto buenos como malos, pero sin dudas que hay un trasfondo donde lo invisible se entrama con lo visible. Marcos ha sido analizado muchas veces de manera materialista, y hasta se lo ha entendido como un texto puramente materialista, pero lo sobrenatural está allí, como telón de fondo. Siempre hay una lucha, implícita, entre el Espíritu de Dios y los espíritus inmundos, impuros, malignos. No por nada, la primera expresión patente de la liberación y del poder que trae el Reino a Galilea es un exorcismo en la sinagoga de Cafarnaún. Tras el llamado de los discípulos, el Reino no tiene como primera acción una curación ni un ritual de culto, sino un exorcismo, una expulsión demoníaca. Lo más interesante de este exorcismo es que el poseso está dentro de la sinagoga. El lugar que se presenta como el faro de la pureza, como el dictaminador de los estados de pureza e impureza de las personas, no puede reconocer al demonio que lo habita. Y es que esas leyes que defiende la sinagoga, son inútiles frente a la situación de este hombre; no definen si lo excomulgan o si lo mantienen dentro. ¿Cómo excomulgar una impureza que no depende de la persona, que le ha venido de fuera? ¿Cómo mantener dentro de la sinagoga a un demonio? ¿Qué hacer? La presencia del endemoniado es la burla irónica de Marcos para con la sinagoga. Es más: el verdadero endemoniado es el sistema sinagogal. La respuesta la trae Jesús a este dilema: liberación. El poseso debe recibir liberación, libertad. Y la sinagoga también, por ende. La sinagoga necesita volver a respirar libertad, desatar las pesadas cargas, tornar al ser humano antes que a la Ley de Moisés, a Dios antes que a las tradiciones. 24 El poseso habla en plural, lo cual parece una incongruencia, pero en realidad es el demonio hablando en nombre de los escribas (plural), y en ellos en nombre de la sinagoga. Nuevamente, con ironía, Marcos arremete contra la institución religiosa pervertida. El reconocimiento que hacen los espíritus inmundos de Jesús, de su personalidad y de su ser, contrasta con la falta de reconocimiento que tendrá el pueblo y los mismos discípulos en varias oportunidades. Aquí queda patente lo que decíamos del mundo espiritual y sobrenatural siempre presente en el libro de Marcos. Las cosas no sólo suceden en el plano de lo material y terreno, sino también espiritualmente. Los demonios reconocen a Jesús, saben quién es y saben de quién viene. Los escribas, en cambio, no ven a Dios actuando en Jesús. Más ironía. El reconocimiento de Jesús viene de los derrotados, del mal. Los demonios, amenazados, saben quién es este Santo de Dios que viene hacia ellos. Pueden ver que el Reino ha llegado y que culmina la hora de las tinieblas. Para la comunidad cristiana que oye este Evangelio en primera instancia, el dato es sorprendente y un llamado al mismo tiempo. Si los demonios reconocen a Jesús y a la Buena Noticia que traen, la Iglesia no puede dudar. Si el mal se reconoce a sí mismo derrotado, expulsado, la Iglesia no puede dudar de la victoria de la vida sobre la muerte. Los espíritus inmundos en persona se declaran fuera de combate, inútiles ante la acción de Jesús Nazareno. Y así lo llaman: Nazareno, de Nazaret. Es el Jesús histórico que Marcos quiere recuperar desde su relato. Llamarlo Santo de Dios tiene su base veterotestamentaria en Sansón, que es un consagrado a Dios (un nazireo); Aarón, que es santo del Señor; Eliseo, santo hombre de Dios; y Elías, hombre de Dios. Todas estas expresiones conservadas en el Antiguo Testamento pueden haber servido de base para que Marcos acuñara el título que los espíritus inmundos asignan a Jesús. Pero más que Marcos, puede que el título proviniese de una tradición anterior. Para los cristianos, Jesús es la presencia de la santidad divina que se opone a los espíritus del mal. Es el Santo de Dios, no porque se separe de los impuros, sino todo lo contrario, porque con su acercamiento a los impuros declarados por la religión, demuestra por dónde va la santidad de Yahvé. 25 La orden de callarse está emparentada con el tópico del secreto mesiánico que utiliza Marcos a lo largo de su libro. Por alguna razón, quienes reconocen el mesianismo de Jesús (en este caso los espíritus impuros), reciben la orden de ocultarlo, no darlo a conocer. En un contexto de evangelización, resulta extraño, pero en un contexto de persecución, puede ser la validación de la práctica de muchos cristianos que viven su fe en el secreto de las casas, en los encuentros clandestinos, a espaldas de las sinagogas y del Imperio. Algunos biblistas asumen, exegéticamente, que estamos ante un recurso literario y posiblemente histórico, mediante el cual Jesús no da vía libre para la proclamación de su mesianismo, ya que corre el riesgo de ser malinterpretado, en sentido político-militar. Además, la orden directa de callarse tiene un fuerte sentido de autoridad (tema presente desde el inicio de la escena en la sinagoga). Jesús manda a callar a los espíritus impuros, para que dejen de hablar en nombre de las personas, para que dejen de engañar. La palabra de Jesús tiene la fuerza suficiente para exorcizar, sin valerse de gestos ni maniobras ni rituales. En otra oportunidad narrará Marcos milagros con la intervención de gestos, pero en este caso es una cuestión de palabra. La proclamación de Jesús es Buena Noticia que sale de sus labios y libera. 26 El resultado es el exorcismo, la salida del espíritu impuro, con gran teatralidad, sacudidas y gritos. Ante lo que parece ser una acción tranquila y con mansedumbre de Jesús, se opone la sobreactuación de las fuerzas del mal. Hay un claro controlador de la situación y un reino maligno invisible (representado por Belcebú, por los espíritus impuros) que comienza a sentir sus pérdidas. En contraposición, el reino maligno visible (el imperialismo conquistador y la religión opresora) no parece estar tan desesperado. En todo caso, nunca se desesperará por completo, tomando la decisión de crucificar a Jesús. Ilusoriamente, el reino maligno visible se cree vencedor, a la par del invisible que sabe, concienzudamente, que ha llegado el final de los tiempos. 27 Este versículo coincide con el versículo 22 en sus expresiones y en su tema, enmarcando así la acción de Jesús del exorcismo. Hay algo nuevo en Jesús, algo novedoso y nunca antes visto. Parece ser una doctrina, una manera de enseñar y de dar a conocer a Dios. La novedad no está tanto en el contenido de Buena Noticia, sino más bien en su desarrollo palpable. No es una Buena Noticia desencajada de la historia, aislada, que se queda en mero discurso. Esta Buena Noticia influye de lleno en las personas, por ejemplo en la expulsión de un espíritu inmundo. Efectivamente, alguien se libera a causa del Evangelio. No es una doctrina retórica, académica, sino una realidad que se puede vivir a flor de piel. La autoridad de Jesús ha logrado sacar de combate a los espíritus inmundos. Los escribas, en cambio, convivían con este espíritu en la sinagoga, sin darle respuesta adecuada. Jesús ha generado una respuesta, y en eso parece residir su autoridad superior y novedosa. No deja a las personas esperando, no las engaña, no las utiliza. Transforma sus situaciones de muerte en vida. La comunidad de Marcos está invitada a exclamar junto a los asistentes a la sinagoga la novedad y validez de la Buena Noticia. En sus penurias de persecución, necesitan afirmarse en la autoridad de Jesús, que no es como las otras autoridades (opresivas, verticales), ganadas por decreto, sino que da vida incidiendo para bien, liberando. 28 La fama de Jesús se expande por la Galilea. Marcos no deja de recalcar que esta provincia es el centro del Evangelio. Poco a poco todos se van enterando de la acción de este profeta y maestro. Se corre la noticia de que exorcizó a un hombre dentro de la sinagoga. El Evangelio corre a través de la provincia. Como debe correr por la expansión de los cristianos. Leonardo-Biolatto |
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Misión: Evangelio y liberación del mal “¡Dios es médico y también medicina!” Repetía con razón el santo capuchino padre Leopoldo Mandic (1866-1942) a sus penitentes en el confesionario de Santa Cruz en Padua. Palabras en plena sintonía con el pasaje evangélico de hoy. Desde el comienzo de su Evangelio, Marcos presenta a Jesús como un personaje extraordinario en palabras y gestos: un maestro que provoca estupor, porque enseña con autoridad moral (v. 22); un taumaturgo que, con un simple gesto y una orden (‘calla, sal’) es capaz de expulsar de un hombre a un espíritu impuro (v. 25-26). Temor, sorpresa, fama, admiración, y, a la vez, también tantas esperanzas, son los sentimientos que ese nuevo Rabí misterioso suscita en el corazón de todos “enseguida y en todo lugar” (v. 28). De esta manera, toma cuerpo en Jesús ese profeta ideal que Dios había prometido a su pueblo por medio de Moisés (1ª lectura). En pocas palabras, Marcos pone las bases para que el catecúmeno – y cada cristiano – pueda realizar un progresivo camino en el descubrimiento de Cristo, en un itinerario de escucha y de búsqueda, desde la oscuridad hacia la luz, hacia la Pascua y la misión. El episodio del hombre poseído por un espíritu inmundo que grita y se retuerce, nos lleva a algunas reflexiones sobre la existencia de los espíritus malignos que, a menudo y de forma dramática, atormentan a las personas en el cuerpo, en la psicología y en el espíritu. Es cosa sabida que algunas manifestaciones que se atribuyen al diablo eran -y son todavía hoy- verdaderas enfermedades, aunque poco conocidas. Esto, sin embargo, no debe fomentar dudas sobre la existencia del espíritu maligno o sobre su acción negativa en las personas. Negarlo sería una ingenuidad que favorecería tan solo la expansión del mal en el mundo. Los Evangelios nos dan cuenta de numerosos milagros de Jesús en favor de las víctimas de males extraños de tipo psicofísico. La acción sanadora de Jesús abarca la persona en su totalidad: Él sana, a la vez, el cuerpo, la psique y el alma. En el intento de dominar el mal, el destino y las fuerzas negativas en general, todos los pueblos han hecho uso de medios como el espiritismo, la adivinación, el ocultismo, poniendo su confianza en magos, brujos, hechiceros, astrólogos, videntes, adivinos, nigromantes, etc. Desde antiguo, Dios prohibió estas prácticas a su pueblo (Dt. 18,10-11). Se trata de un oscuro mundo de engaños, que explota –a cambio incluso de grandes sumas de dinero- los miedos, la ingenuidad, la credulidad de la gente, la ignorancia sobre Dios, causando falsos consuelos, seguidos puntualmente de frustraciones y desesperación. Según la experiencia común de los misioneros que trabajan en varias partes del mundo, el miedo y los engaños son signos típicos del paganismo. Pero son hechos que siguen cundiendo también en los cristianos, cuando estos no están del todo convertidos interiormente, cuando no han aprendido, de un lado, a aceptar algunos límites naturales de la vida hmana y, de otro, a confiar en la guía amorosa y providente del Padre de la Vida. A menudo, algunos residuos de paganismo siguen conviviendo en personas creyentes, e incluso en personas de vida consagrada. Un camino de conversión es necesario para cada uno y por toda la vida, ya que cada persona nace pagana, es decir, no cristiana. Cristiano no se nace; se llega a serlo. En efecto, el bautismo no es sino el comienzo de un proceso de crecimiento espiritual. La conversión cristiana consiste en la progresiva liberación de los miedos, de los ídolos y de múltiples formas de falsedad. Exponiéndose sin tapujos a la verdad del Evangelio, cada persona experimenta y demuestra la libertad interior que brota de la adhesión a Cristo. Los santos son las personas que, con la ayuda divina, han alcanzado un mayor grado de liberación de las formas de paganismo. De hecho, la adhesión a Cristo genera libertad, porque Él -y solo Él- es la luz y la verdad que nos hacen libres (Jn. 8,32; 14,6). Porque Jesús sufriente da sentido a nuestro sufrimiento y nos da serenidad en las pruebas. (*) La predicación evangelizadora, aunque siempre ha de ser comprensiva hacia las personas que se equivocan o están enfermas, debe ser enérgica e incisiva contra el mal. El hecho de que el endemoniado del Evangelio de hoy, en un primer momento se quede calladito en la sinagoga y, tras la enseñanza de Jesús, empiece a rebelarse y a gritar contra Él, invita a reflexionar sobre la fuerza y autenticidad de nuestra predicación: esta no puede ser indulgente o tibia hacia el mal, por miedo a incomodar. Debe, al contrario, sacudir las conciencias, estimular las personas a un cambio de vida e indicar el camino que lleva al encuentro auténtico con Dios y los hermanos, en la comunidad de los creyentes en Cristo. Solamente así el anuncio misionero del Evangelio de Jesús ejerce su fuerza liberadora y salvadora: expulsa a los demonios, sana heridas, renueva y transforma a las personas.
(*) “Jesús sufre y muere en la cruz por amor. De este modo, bien considerado, ha dado sentido a nuestro sufrimiento, un sentido que muchos hombres y mujeres de todas las épocas han comprendido y hecho suyo, experimentando profunda serenidad incluso en la amargura de duras pruebas físicas y morales... Estemos seguros de que ninguna lágrima, ni de quien sufre ni de quien está a su lado, se pierde delante de Dios”. (Benedicto XVI - Angelus domingo 1 de febrero de 2009) |
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Poder no es autoridad Creían tener un “poder” otorgado por Dios. Por eso desde los rabinos hasta los Sumos Sacerdotes del pueblo judío creían hablar en nombre de Dios cuando condenaban como “pecadores” al resto del pueblo. Una actitud repetida en muchas religiones y en la historia de la Iglesia católica. Se habían arrogado el lugar de Dios y por ello con capacidad para juzgar y condenar. A través del miedo mantenían su poder sobre las personas. Enseñar con autoridad El modo de enseñar de Jesús provocó en la gente la impresión de que estaban ante alguien desconocido y admirable. Lo señala la fuente cristiana más antigua y los investigadores piensan que fue así realmente. Jesús no enseñaba como los «letrados» de la Ley. Lo hacía con «autoridad»: su palabra liberaba a las personas de «espíritus malignos». No hay que confundir «autoridad» con «poder». El evangelista Marcos es muy preciso en su lenguaje. La palabra de Jesús no proviene del poder. Jesús no trata de imponer su propia voluntad sobre los demás. No enseña para controlar el comportamiento de la gente. No utiliza la coacción ni las amenazas. Su palabra no es como la de los letrados de la religión judía. No está revestida de poder institucional. Su «autoridad» nace de la fuerza del Espíritu. Proviene del amor a la gente. Busca aliviar el sufrimiento, curar heridas, promover una vida más sana. Jesús no genera sumisión, infantilismo o pasividad. Libera de miedos, infunde confianza en Dios, anima a las personas a buscar un mundo nuevo. Volver a Jesús A nadie se le oculta que estamos viviendo una grave crisis de autoridad. La confianza en la palabra institucional está bajo mínimos. Dentro de la Iglesia se habla de una fuerte «devaluación del magisterio». Las homilías aburren. Las palabras están desgastadas. ¿No es el momento de volver a Jesús y aprender a enseñar como lo hacía él? La palabra de la Iglesia ha de nacer del amor real a las personas. Ha de ser dicha después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no antes. Ha de ser cercana, acogedora, capaz de acompañar la vida doliente del ser humano. Necesitamos una palabra más liberada de la seducción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu. Una enseñanza nacida del respeto y la estima positiva de las personas, que genere esperanza y cure heridas. Sería grave que, dentro de la Iglesia, se escuchara una «doctrina de letrados» y no la palabra curadora de Jesús que tanto necesita hoy la gente para vivir. Dios salva, no condena Ésta es la Buena Noticia del evangelio: No hay desesperación definitiva; siempre se puede seguir esperando incluso «contra toda esperanza». Dios es Salvador para todos aquellos que se ven desbordados por el mal, el pecado, la impotencia o la fragilidad. Esto es lo que descubren con admiración aquellas gentes de Galilea que son testigos del poder y la bondad de Jesús que libera del «espíritu inmundo» a aquel pobre hombre que se retuerce poseído por el mal. |
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1. Nuestra vida cristiana la hemos recibido como un regalo sobrenatural de parte de Dios, que eleva, la ya de por sí, muy digna naturaleza humana creada por Él mismo. Por tanto, una auténtica vida en Cristo consiste en la actuación de la gracia de Dios que, si bien eleva nuestra naturaleza, nunca la suprime. Si Dios suprimiera la naturaleza no tendría mérito alguno la santidad ni tendría culpabilidad el pecado. Asimilar lo anteriormente expresado, nos debe llevar a la comprensión del por qué, tanto en las antiguas como en la nuevas Sinagogas, podemos encontrarnos no a uno sino a muchos endemoniados. ¿No te parece así? 2. ¡Oye! ¡Un momento! Detengámonos un poco para releer el Evangelio y así darnos cuenta de que el Evangelio del día de hoy nos está narrando el primer milagro que efectúa el Señor Jesús en el Evangelio de san Marcos, y se trata ni más ni menos que de un exorcismo…, y quizá estos se repetirán… Pero,... ¿te has fijado en dónde es que se encuentra el endemoniado que fue liberado?... ¡En la Sinagoga! ¿Cómo puede ser posible? Uno bien podría imaginar a un endemoniado en un cementerio, o en los caminos, o en el desierto, o en los basureros, o en algún centro de perdición de los que abundan. Pero..., ¿encontrarse a un endemoniado en un lugar tan santo como lo debiera ser la sinagoga? Esto puede y debe parecernos algo que es, sino sorprendente, sí por lo menos insospechable. Reflexionemos y tengamos cuidado de no caer en esos antisemitismos infundados. Y es que la verdad es que no tan sólo están en la sinagoga de la que sale la orden de atacar la franja de Gaza, sino también en las mezquitas desde las que se envían los misiles, y así en las iglesias, en las capillas, en los monasterios, en los templos, en los salones del reino, y en muchos de esos antiguos cines que hoy exhiben más que aquella esperada función de “El Rey de la Gloria”, esa superproducción de “Los Reyes del Mercadeo” y el largometraje de “El Mercado de las Religiones” con su traducción del portugués al castellano… 3. Y es que el ser personas en todo ser humano, incluyendo a todos los hombres religiosos, se debe convertir en una de nuestras máximas fuerzas. Pero, al mismo tiempo, al no vivirse plenamente en sus cualidades, se puede convertir en nuestro máximo adversario, o por lo menos, en algún momento de la vida en nuestro más duro e insobornable acusador. Por persona entendemos a aquel sujeto último de todo ser y de todo obrar. Se trata de un sujeto totalmente distinto a todo otro. Podríamos agregar a lo anterior, que la persona es aquella que recibe el don y posibilidad del ejercicio de las facultades, así llamadas, espirituales: inteligencia, voluntad y libertad. El ser persona es un elemento fuertemente dinámico, y esto puede ubicarse adecuadamente en esa posibilidad personal que tenemos cada uno de nosotros, de escribir el propio “argumento” de nuestra misma historia. El ser persona es, al mismo tiempo, un gran reto, así como nuestro riesgo y puede convertirse en el más crítico de los jueces, ya que exige de nosotros el compromiso de ejercitar rectamente las facultades del espíritu. 4. Sólo nosotros como personas humanas podemos elegir, discernir y amar. Podemos entender bajo este contexto aquella expresión del dominio común: “El hombre nace pero la persona se hace”. Aquí es también entendible aquello que el enciclopedista Jean Jacques Rousseau escribía en su libro titulado Las Confesiones: “Yo solo. Siento mi corazón y conozco a los hombres: no soy como ninguno de cuantos vi, y aun me atrevo a creer que como ninguno de los que existen. Si no valgo más, soy, al menos, distinto de todos. Tan sólo después de haberme leído, podrán juzgarme sila Naturaleza hizo bien o mal al romper el molde en que me vaciara”. Lo que escribió Rousseau lo solemos utilizar en una expresión coloquial tan simple como profunda: “¡Después de que Dios te creó Él rompió el molde!” Nuestro ser personas en la individualidad de nuestras realidades es algo constatable y una verdadera gracia en nuestra vida. Solamente nosotros los hombres podemos ser héroes pero también villanos, podemos ser protagonistas o antagonistas, podemos ser famosos o infames, solamente nosotros podemos aspirar a la santidad o ser pecadores. 5. Se trata de esta condición en la que nos encontramos todos los hombres y en la que nos hace avergonzarnos, al contemplar en el interior de todas nuestras Sinagogas a endemoniados empedernidos y, al mismo tiempo, en algunos caminos algo lejanos de la Sinagoga, a muchas de las manifestaciones de los así llamados “cristianos anónimos”. Lo del demonio en la sinagoga no nos debe dejar en una sola crítica desde fuera sino que debe hacernos emitir un juicio desde el interior de esta Iglesia que ha venido a ocupar el lugar de la sinagoga. Y aquí no se nos debe olvidar que tres años después de este milagro, en el mismísimo cenáculo en el que el Señor nos dejó la Santísima Eucaristía, uno de los primeros cristianos, porque eso fueron los apóstoles, ya se había dejado poseer por el mismísimo Satanás, estaba mojando el pan en el mismo plato que el Señor y muy pocos minutos después con un gesto de amistad entregaría al Verbo de Dios a aquellos que acabarían con su vida santísima: “¿Amigo, con un beso entregas al Hijo del hombre?”. 6. Se trata de la ley de la libertad de elección. Y es que no podemos sentirnos ya salvados por el sólo hecho de haber sido bautizados en la Iglesia Católica o en alguna otra confesión cristiana. Si bien, “somos salvos en Cristo al confesarlo y al creer con nuestro corazón”, tenemos que aceptar que entre el ser y el estar puede existir un abismo de distancia que sólo se puede superar con el bien obrar, con la fe operante, con la praxis cristiana o con la gracia ejercitada. Y en este color de los términos que compartimos, bien podría parecer una contradicción el hablar de “la fragilidad en la vida de un cristiano”, sin embargo la conciencia de esa fragilidad, que brota no de Dios sino de nuestra inconsistencia, nos debe recordar la posibilidad que tenemos de perder nuestra inserción en Cristo. ¡No dudamos de Dios sino de nosotros! Se trata de aquello que el mismo Evangelio nos advierte al decirnos que un sarmiento que se separa de la vid se seca y será cortado y lanzado a la hoguera. Se trata de aquel que es consciente, junto con el apóstol san Pablo de quien celebramos en días pasados la fiesta de su conversión, de que después de haber dado la señal de partida para la más noble competición, puede quedar descalificado, por lo que somete su cuerpo a la disciplina y lo golpea para que no suceda de que después de haber dado la señal de salida pudiera quedar descalificado. Este es el contexto en el que entendemos nuestra vida de bautizados como una lucha constante. 7. Al final de cuentas, se trata de la cooperación del hombre a la acción operante de la gracia de Dios. El hombre es quien tiene que poner sus cinco panes y sus dos pescados, para que así sea Cristo el que los multiplique abundantemente y sacie el hambre de la multitud. Nosotros llenamos de agua los odres hasta el borde y Cristo se encarga de convertirla en un exquisito vino... Es el hombre que se pone de pie para gritar y con ello recibir de Cristo la luz en sus ojos ciegos... Es la mujer que estira la mano para tocar la orla del manto del Maestro... Es el pescador que desembarca cansado, fastidiado y desilusionado y que le hace caso al Maestro de remar mar adentro y de lanzar la red de nuevo para conseguir una pesca cómo jamás la hubo imaginado... Son aquellos hombres que saben que Jesús le puede devolver la salud al amigo pero que ellos tienen que ingeniárselas y hacer peripecias y malabares para que el Maestro tenga frente a sí a aquel paralítico que saldrá de allí por su propio pie. Son aquellas hermanas y aquellos parientes de Lázaro que tienen que aprender que no pueden quedarse con los brazos cruzados y ser sólo espectadores sí es que quieren que Jesús le devuelva la vida a aquel que experimenta ya el proceso de la descomposición... 8. Reconozcamos la parte personal que tendrá siempre el proceso de la salvación y, al releer el Evangelio y nuestra vida, démonos cuenta de que, así como en el ambiente más santo puede existir el pecado y la condenación, un mundo contaminado jamás podrá impedir que crezca la Santidad. No es el estar en un lugar, o con una congregación o comunidad, lo que nos hace santos ni tampoco lo que puede convertirnos en endemoniados. ¡Aunque algunos que nos decimos cristianos vemos siempre a Satanás en las sinagogas ajenas y nunca en las propias! Pero,… de la misma manera el Evangelio de este día nos invita para que tampoco neguemos la libertad de las personas ni la posibilidad de la santidad que puede surgir en un mundo tan conflictivo, tal y como un lirio suele crecer en el hedor pestilente de los pantanos. Ahora entiendo el cómo puede ser posible que también coincidan en el tiempo y en el espacio, devastadores destructores dignos de la amnesia colectiva junto a seráficas criaturas como lo fue San Francisco de Asís. Ahora entiendo el por qué han concordado en nuestro tiempo otros devastadores que llegaron a proclamar nuevas guerras santas, guerras en el nombre de Dios, “Yihades” y hasta “tormentas en el desierto”, y personas que han buscado vivir el más puro amor a Dios, como la Madre Teresa de Calcuta, el inolvidable Juan Pablo II y otros muchos. Es posible encontrar la santidad así como a los endemoniados en muy diferentes sinagogas de nuestro tiempo. 9. Se trata de la ley de la libertad, y en cuestión de santidad se trata de voluntades firmes iluminadas por la gracia de Dios, es decir, personas que han sido dóciles a los impulsos de la vida interior, pero que han puesto la parte que les correspondía en su propia historia de salvación. La vida no sólo es algo que nos acontece. Podemos elegir, esa es nuestra grandeza o nuestra fragilidad. A cada instante elegimos qué dirección debemos tomar: hacia la luz o hacia las tinieblas, hacia la libertad o hacia la esclavitud, hacia la gracia o hacia el pecado, hacia el bien o hacia el mal… Si el ser persona será siempre un proceso, ¡cuánto más lo será nuestra vida cristiana! No somos más que “cristianos en gestación”, como lo recordaba Sören Kierkkegaard, y todos, tanto en el interior como en las afueras de la Sinagoga, necesitamos de la obra redentora del Hijo de Dios.
Un vacío de autoridad “En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaún y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. 1. Que hermosa y necesarísimo imagen se contempla en el Evangelio: El Verbo de Dios encarnado que viene a nuestras sinagogas para mostrarnos el camino de la mejor predicación: su identificación con todo lo que Él mismo enseña. Jesucristo así irá paso a paso durante toda su vida, e incluso durante el ofrecimiento de su muerte, legislando con su testimonio y con su ejemplo, de tal manera que Cristo con la congruencia entre ese decir y el hacer ha alcanzado la más alta manifestación de la autoridad, para que así pueda enseñar y orientar a los hombres por el camino de unos mandamientos, que Él mismo ha vivido antes de exigirlos. Acuérdate del estribillo que recorre los Evangelios y que hoy aparece apenas en el cuarto domingo del tiempo ordinario: “Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.” Jesucristo enseña con la autoridad de aquel que enseña todo lo que ha vivido en la primera persona del singular. Y es así como tenemos que comprender que, cuando un día nos presentemos ante Él, Él no nos va a juzgar en base a todos esos criterios que se promulgan y que no son vividos, como hacen las autoridades en nuestro mundo, sino que juzgará a las naciones y a los hombres en base a su propia experiencia y a su propio testimonio. 2. Sí una enseñanza tuviéramos que elegir para este segundo segmento de reflexión, considero que no puede ser otra, sino el ir clarificando para así pedirle a Dios que nos ayude a comprender que no debemos divorciar nuestro ser de nuestro quehacer, así como nuestro quehacer de nuestro ser. Algunos vamos enfatizando y presumiendo nuestro ser pero hemos olvidado nuestro quehacer, algunos otros cumplimos con algunos o muchos de nuestros quehaceres, pero nos vamos olvidando de nuestro ser. Las dos situaciones son verdaderamente lamentables. Apliquémoslo a nuestra vida, para que así lo comprendamos. En primer lugar, gran parte de nuestros problemas consisten en esa búsqueda de algunos de nosotros, que nos conformamos con el ser: Algunos nos conformamos con lo que hemos recibido, aquello con lo que se nos ha constituido y hemos olvidamos el obrar coherente con lo anterior. Muchos padres se conforman con haber engendrado, no pocos nos conformamos con habernos ordenado sacerdotes, otros con haberse casado o con la consagración en una hermosa liturgia. Pero..., no manifestamos en la vida lo que somos. Nuestro ser va muriendo por esa inconsistencia que provoca la ausencia de nuestro quehacer. 3. Pero también hay otros que nos hemos conformado con el quehacer y nos hemos olvidado del ser. Aquellos que nos conformamos con la sola manifestación de acciones olvidando las propias convicciones y, muchas veces hasta la propia identidad. Cumplimos con la realización de algunas acciones, de una parte o casi la totalidad de nuestros quehaceres, pero nos olvidamos del ser. ¿No lo entiendes? Te lo explico entonces de otra manera: ¿Ser padre significa solamente proveer un hogar? ¿Ser padre significa solamente llenar una alacena? ¿Ser padre se identifica con el sólo pagar una colegiatura o saldar los servicios de una casa? Te fijas, como el cumplir con los quehaceres se puede hacer al margen de la conciencia y la coherencia con el ser. Y, es que, hoy abundamos aquellos que damos cosas pero que no nos damos a nosotros mismos, que cumplimos con lo superficial pero que no ofrecemos nuestra donación. Y es así, como muchos que deberíamos ser autoridad vivimos en el vacío de la misma y hasta adolecemos por el ser autoritarios. ¿Por qué jugar con las palabras? ¿autoritario y autoridad? ¿Qué diferencia existe? 4. La verdad es que resulta verdaderamente lamentable el que cada vez seamos tantos los que vamos confundiendo las virtudes con los vicios. ¡En realidad! Pocas confusiones son tan deplorables y, al mismo tiempo, gozan de tanta difusión. Somos tantos, por ejemplo los que confundimos la pobreza con la miseria, los que identificamos la humildad con la humillación, los que consideramos como si fueren lo mismo la servicialidad y el servilismo, los que no distinguimos entre el ser autoridad con el ser autoritario... Lo anterior, nos puede explicar la génesis de muchas de esas críticas desplegadas contra el cristianismo, al cual le han llegado a llamar “opio”, locura y necedad. 5. Pero vayamos por partes. Distingamos las virtudes de los vicios, y no confundamos aquello que envilece con lo que puede hacernos verdaderamente cristianos. La pobreza, sin lugar a dudas, es una virtud cristiana, se trata de la libertad de aquel que se sabe lugarteniente y no siervo de la creación. Es la capacidad de colocar a Dios como el supremo y verdadero valor de la vida y percibir el dinero y todos los recursos materiales como beneficios que vienen de su mano providente. La virtud de la pobreza nos llevará a agradecer a Dios por lo que tenemos y a confiar en Dios durante los períodos de carencia... La miseria, por su parte, entendida como el despojo o como un nivel de vida infrahumano, ni es virtuosa, ni es evangélica, ni puede ser digna del hombre. La humildad es también una virtud, un don muy necesario en nuestro tiempo, se trata de esa justa valoración de sí mismo y de los demás. La vivencia de la humildad nos llevará a no sentirnos ni superiores ni inferiores en relación con el semejante. Vivir la humildad nos dará la capacidad de comprender que todos necesitamos del prójimo así como ellos necesitan de nosotros... La humillación, es todo lo contrario, el que nos degraden, el que se rían de nosotros, el que nos pisoteen, el que nos exhiban o el que nos avergüencen es inhumano y, por lo tanto, anticristiano, es muy contrario al Evangelio. La servicialidad es virtuosa aquí y en cualquier parte, se trata de esa solicitud que podamos tener ante las necesidades que el prójimo padece, se trata de la ayuda y del apoyo que brindamos a aquellos con los que nos topamos en el camino de la vida y que requieren de nosotros... El servilismo, por otra parte, es algo vil y rastrero, es pusilanimidad y mediocridad, es muy contrario a la dignidad del hombre, se trata de un antivalor, y no puede ser virtuoso, ni cristiano, ni evangélico. El ofrecer el perdón al que nos ofende será un ejercicio que nos acerque a Dios en nuestra vida, pero el aceptar la injusticia no puede ser ni virtud, ni un valor ni mucho menos cristiano. Fíjate como Jesucristo nos enseña a poner la otra mejilla cuando el hermano nos ofende, pero cuando injustamente le golpea el soldado en su mejilla, él le pregunta: Si he ofendido en algo, dime en qué ha sido, pero si no, ¿por qué me golpeas? 6. Pero vayamos al tema que el día de hoy nos ocupa: El Señor habla como quien tiene autoridad, y nosotros debemos distinguir entre el ser de la autoridad y el proceder de un autoritario... La autoridad en su recto ejercicio es evangélica, no se trata de un sentirnos superiores a los demás, sino de un servicio que Dios nos ha delegado en la confianza a algunas personas en la vida. Se trata de esas facultades que se nos han comisionado... El autoritario, a diferencia de lo anterior, es el déspota y el arbitrario, es el abusivo que llega hasta la enfermedad de poder. La recta autoridad es virtuosa en lo humano, en lo cristiano y en lo evangélico, pero el autoritarismo siempre será inhumano, anticristiano y contrario al evangelio. No debemos confundir más las virtudes con los vicios. ¿Qué es ser autoridad y que es ser autoritario? En nuestro tiempo las amenazas y otro tipo de coacciones siguen utilizándose como recurso persuasivo de parte de las autoridades hacia aquellos a los que servimos. En nuestro tiempo los títulos y las dignidades se han ido adhiriendo a la piel como respaldo muchas veces, a una autoridad que no corresponde a la persona que la ejerce. Capitalicemos nuestra reflexión dominical para revisar nuestro ejercicio de la autoridad,... ¿O lo confundimos con el ser autoritarios? ¿Las Autoridades y los autoritarios?... parecen tan cercanos los conceptos, pero son tan lejanas las realidades. 7. Revisemos los contrastes: El que es autoridad habla, y sabe que hay momentos en los que es mejor callar y escuchar, el autoritario es el que grita. El que es autoridad pide, el autoritario se la pasa exigiendo. El que es autoridad convence, el autoritario impone. El que es autoridad ama, el que es autoritario pide ser amado. El que es autoridad espera siempre y cuando ve que el otro regresa, sale de sí mismo y corre a su encuentro, el autoritario cierra la puerta y las ventanas, y espera que le toquen el timbre y se niega a abrir hasta que le ofrezcan una disculpa... ¿Quieres conocer cuál es la diferencia más clara entre el que es autoridad y el autoritario? Imagina a Herodes que tiene frente así a Juan el Bautista e imagina a Pilato quien tiene frente a sí a nuestro Señor,… y es que los autoritarios siempre han querido conocer a quien verdaderamente tiene autoridad,…. y ahora te pido que contemples esa cruz que tienes en tu habitación... La máxima diferencia entre el que es autoridad y el autoritario se ubica en el viernes santo: el que es autoridad muere en la Cruz, mientras que el autoritario es aquel que levanta la cruz. Sigue contemplando por un momento al crucificado,... Te fijas como los azotes, los clavos, la corona, la lanzada y la cruz,… no acabaron con él. La victoria de Cristo ha traspasado los clavos. En realidad los clavos de la cruz hacen inconsistente el poder dominante del mundo y nos muestran la virtud de la autoridad divina. 8. Como cristiano jamás debo arrodillarme ante “los señores” que han mandado poner los clavos,… no es ante los crucificadores, sino ante el crucificado que ha traspasado los clavos. Es ante Él, ante quien tiene sentido mi postración, mi adoración y mi obediencia. 9. Pero... ¿Cómo podremos hoy en día ejercitarnos adecuadamente en la autoridad bondadosa? Te invito a que fomentes la oración, y a que no tengas miedo a postarte ante la imagen del crucificado, que sin duda tiene autoridad por su resurrección, pero la tiene también por su ofrenda en el calvario. Orar significará aprender a postrarnos ante Aquel que tiene la autoridad absoluta, y que nos recuerda que nuestra supuesta autoridad no es más que una delegación de la que a Él le corresponde. Rogelio Narvaez Martinez |
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Nexo entre las lecturas "Enseñar", "enseñanza" son palabras frecuentes en los textos del Nuevo Testamento. Aparecen también varias veces en la liturgia de este cuarto domingo ordinario. Jesús es presentado por san Marcos como el maestro "que enseña con autoridad", "una enseñanza nueva" (Evangelio). No es una enseñanza cualquiera, sino la de un profeta, al estilo de Moisés, prototipo del profetismo en la mente de los israelitas, maestro y forjador de su pueblo (primera lectura). San Pablo, como profeta del Nuevo Testamento, imparte a los corintios su enseñanza sobre el matrimonio y el celibato, dos estados y dos caminos para vivir la dedicación y entrega al apostolado en la Comunidad eclesial (segunda lectura). Esta enseñanza profética, nueva y dada con autoridad, se dirige al hombre para que la acoja y sea receptor activo de su eficacia. Mensaje doctrinal 1. Jesús, el maestro. El hombre, al nacer, no es un ser ya formado; posee sólo la capacidad de educarse. Necesita, por tanto, de maestros. En la historia de la humanidad han existido diversos ámbitos en que el niño y el joven reciben la enseñanza de sus mayores: la familia, la escuela o la universidad, la sinagoga o la iglesia, el ágora, o el foro, la academia o el club de debates, el periódico o la televisión. Todas las enseñanzas que se reciben son -o al menos pueden ser- útiles y enriquecedoras en la obra de la educación de una persona. Jesús no es un concurrente de tales enseñanzas, sino un Maestro que con su enseñanza infunde un alma a todas las demás. Porque su enseñanza incide en la historia, pero mira además al mundo del futuro, más allá de la historia. Jesús tampoco se presenta ni aparece en los evangelios como un contrincante de los maestros religiosos del pueblo judío -y podríamos añadir de los pueblos paganos-, sino como el Maestro que lleva a plenitud toda la enseñanza religiosa del pasado y sobre todo goza del poder de Dios para hacerla eficaz en la vida de los hombres y al servicio de su bien integral. Así es como Jesús, ante la enseñanza de los escribas, pobre de fuerza divina y hecha de fórmulas cristalizadas en la tradición de los mayores, se muestra en el evangelio como el Maestro por excelencia, que posee propia autoridad en virtud del poder de Dios que en él actúa, y que hace pensar a los oyentes en una enseñanza nueva, es decir, definitiva, porque en ella se funden palabra y acción, sentido y eficacia. 2. Prefiguración y prolongación de la palabra. Ya en la tradición judía el profeta de la primera lectura era interpretado como prefiguración del Mesías, que debería aparecer ante sus contemporáneos como otro Moisés, es decir como un profeta y maestro legislador y forjador del nuevo pueblo. No es difícil imaginar que Jesús mismo -y con él los primeros cristianos- se apropiaran esta prefiguración al ser Jesús el Mesías esperado y al ser la comunidad cristiana el nuevo pueblo forjado por la enseñanza y la acción de Jesucristo entre los hombres. Siendo Jesús el profeta por excelencia, él es la clave de toque del verdadero o falso profetismo, como es igualmente el punto de referencia y el juez de cualquier otra forma de profetismo extrabíblico (en tiempo del deuteronomista eran los profetas cananeos del dios Baal). Pablo, por su parte, (vale lo mismo para cualquier otro "maestro" de las comunidades cristianas ¿no es un profeta o maestro autónomo, sino que su enseñanza hace referencia a Cristo Maestro o es una enseñanza iluminada por la presencia de Cristo glorioso en los labios o en la pluma de Pablo, bajo la acción viva y vivificante del Espíritu Santo. Pablo enseña con autoridad, pero no propia, sino la misma autoridad de Cristo presente en él por el poder del Espíritu. Pablo enseña que hay dos estados de vida: matrimonio y virginidad, ambos don de Dios, ambos llamados a la dedicación y entrega en el apostolado. Pero a la vez enseña que el célibe está en condiciones de vivir más radicalmente esa dedicación y entrega apostólicas que quien vive en compromiso matrimonial. 3. A la escucha de la palabra. Toda palabra o enseñanza es como una llamada que espera una respuesta. La enseñanza, por tanto, tiene una estructura dialogal por su misma naturaleza. Se puede aceptar, rechazar o discutir la enseñanza, pero es obligado dialogar con ella. Cuando se trata de la enseñanza evangélica y cristiana , no cabe otra respuesta que la acogida. Una acogida que es primeramente aceptación de la enseñanza recibida, porque es "enseñanza de Dios". Una acogida que lleva una carga no pequeña de estupor, porque se trata de enseñanzas nuevas, que no se escuchan de "otros maestros" a los que diariamente uno escucha. Una acogida que comporta quizá algo de temor reverencial, porque en definitiva se trata de acoger "el misterio" de Dios en nuestra vida tan impregnada de materia y de pensamientos terrenos. Una acogida que, sin embargo, lleva el sello de la victoria sobre las cosas importantes (el sentido de la vida y de la muerte, la realidad del más allá, el amor a Dios y al prójimo como esencia de la existencia). Una acogida, finalmente, que no puede callarse, sino que conduce a la difusión de la enseñanza aprendida, porque "no podemos callar lo que hemos visto y oído". Sugerencias pastorales 1. Una palabra viva. En el gran mercado de la palabra, hay existente y agobiante, no es fácil encontrar una palabra viva y vivificadora. ¿Cuántas palabras , cuántas "enseñanzas" llegan hoy al oído del hombre, del cristiano? ¡Millones! Entre todos esos millones de palabras, ¿dónde está la palabra que dé vida y alimente el alma en ese día? El maestro cristiano (sacerdote, padre de familia, catequista...), actualizando la enseñanza de Jesucristo debe decir palabras vivas, palabras con fuerza de eternidad, que no pasen sino que perduren y den sentido y sirvan de crisol a todos los millones de otras palabras escuchadas. Ante esta realidad tan estupenda, uno siente la tentación de preguntarse por qué a veces son tan aburridas las clases de religión o las homilías dominicales. ¿Qué estamos haciendo con la Palabra Viva? ¿Por qué, siendo viva, no logra vivificar el corazón del predicador cristiano y del oyente? Algo está pasando que hace de la Palabra viva y eficaz una palabra quizá estéril y muerta, o al menos sin garra o impulso vital y transformador. Oremos todos para que los maestros de la Palabra lleven siempre en sus labios y en su corazón la Palabra de Vida. 2. Actitud ante el maestro. Cuando la palabra del maestro no es viva ni vivificante, no podemos esperar otra actitud sino el aburrimiento y el rechazo. Esto es tan evidente casi como un axioma. Pero, ¿por qué, incluso cuando la palabra está llena de vida e infunde vida, no es escuchada ni acogida? Ya Jesús tuvo que afrontar este rechazo de su Palabra, porque los hombres encontraban "duras" sus enseñanzas. Y Pablo, ¿no tuvo acaso que hacer frente a tantos que no mostraban interés por su evangelio o simplemente lo rechazaban? No nos debe extrañar que la Palabra Viva sea como un parteaguas que divide a los hombres entre quienes la acogen o la rechazan. La Palabra Viva se escucha en la libertad y para hacer hombres libres, pero hay quienes eligen ejercer su libre albredío rechazando la fuente de la libertad. La Palabra Viva es como una semilla que cae en tierra buena, pero está dura, no tiene profundidad, está repleta de hierbajos. Pidamos a Dios que con su gracia limpie y cultive su campo, de modo que los hombres -nuestros feligreses, nuestros alumnos, nuestros hijos- acepten la Palabra Viva para que dé en su corazón y en sus obras frutos abundantes. padre Octavio Ortíz |
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La Palabra y los silencios necesarios No es un lugareño, es un artesano, casi un campesino nazareno. Cumple como todo varón judío la asistencia sabatina a la sinagoga ahí en la Cafarnaúm del mar de Galilea, de pescadores y publicanos, de escribas y fariseos. Si se hubiera limitado como todos los demás a participar sumisamente del Shabbat, no estaríamos aquí discurriendo. Pero Él, en abierto desafío y para escándalo de acartonadas almas, se pone a enseñar. Seguramente habla de Dios como Abbá!, habla desde lo que conoce en las honduras de su ser, a partir de su identidad plena, enseña desde lo que vive y respira, y entonces se desatan los asombros: se expresa con autoridad, no como los fariseos y los escribas. Ellos citaban -haciendo gala de una profusa erudición- las diversas interpretaciones que otros habían hecho de la Ley de Moisés, llevando su análisis a zonas demasiado intrincadas, que poco tenían de humanidad y mucho menos de Dios. Pura doctrina, habían resignado todo afecto y corazón en pos de la pureza fundamentalista. Pero Jesús de Nazareth es Palabra Viva, y su autoridad -augere, esa fuerza que hace crecer- nace de sus entrañas mismas, de su corazón sagrado. No tiene que referirse a puntillosos intérpretes de la ley, porque Él expresa a Aquel que es la vida misma, y así su relato es la mejor y más nueva de las noticias. Allí entre la gente había un hombre poseído por un espíritu impuro, un espíritu despreciable; alienado de sí mismo, está reducido al silencio impuesto y se vuelve un objeto sin comunidad y sin Dios. Esa misma habla coartada es la que permite que grite su queja fiera ese estigma que lo hace diferente, anormal, enfermo. Su queja es extraña: desde la singularidad de un hombre enajenado, arrecia su grito en tono plural. Los alaridos en realidad son la rabia quejumbrosa de un sistema opresor e inhumano que retrocede frente a la presencia liberadora del Maestro. Pero siempre, indefectiblemente han de prevalecer la vida y la salud, en horizonte de plenitud. Así el Maestro acalla la brutalidad de la exclusión, la pretendida normalidad de unos pocos para que haya vida abundante para todos. Quizás se nos haya adormecido el hambre de cierto silencio, el silencio de la tierra fértil que permite que germina y crezca fiel la semilla de eternidad, la sed insaciable de que finalice todo silencio impuesto y que por fin, en un mundo renovado, se llamen al silencio y al olvido tantos demonios de dolor y soledad. |
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El espíritu del mal No encontraremos muchas personas que crean que la posesión diabólica sea algo que pueda existir fuera de las películas de terror. La posesión, pensamos, es algo del pasado, de mentalidades que atribuían al diablo lo que no sabían explicar de otra manera. Hoy la psiquiatría y la medicina nos pueden dar una explicación científica de lo que los antiguos consideraban efecto de la presencia del diablo. Para quienes así piensan el evangelio de este domingo les parecerá extraño. En él se cuenta que Jesús se encuentra con un hombre poseído por un espíritu inmundo. Hasta habla con ese espíritu que le reconoce como el Santo de Dios. Pero Jesús le increpó y salió de aquel hombre. Hoy nos cuesta admitir que pueda existir una posesión por el espíritu del mal tal y como nos describe este evangelio. Pero no deberíamos rechazar tan rápido la existencia del “espíritu del mal”, de “espíritus inmundos”. No pensar que ese espíritu del mal no domine a veces a las personas cegando so voluntad y condicionando su comportamiento. Hay un espíritu del mal que se llama codicia, pasión por el dinero. Y puede entrar en la vida de alguien cegándole de tal modo que posponga cualquier otra cosa por conseguirlo. Hay quien por tener más dinero traiciona su propia conciencia, los principios morales, amistades… Así de fuerte puede ser el espíritu del mal. O se llama ambición y por conseguir destacar por encima de los demás se hace cualquier cosa, incluso contraveniendo lo que para uno era más importante. También podríamos hablar de la agresividad, el orgullo, el amor propio…. Como se dice a veces en castellano: se puede echar a perder la propia vida a causa de alguno de estos espíritus. Pero no sólo toman posesión del individuo. También lo pueden hacer de una colectividad, de un grupo humano, de una sociedad, corrompiéndolo todo y destruyendo la confianza que hace posible una convivencia pacífica. En el evangelio de hoy Jesús hace frente al mal espíritu. Y con la autoridad de su palabra los derrota y derriba. Para vencer el mal no sirve la violencia. Para vencer el mal sirve la fuerza de la autoridad moral de quien cimentado en el bien, es coherente con sus principios. Al mal lo derrota el compromiso con el bien. Nos puede parecer que los corruptos, los pillos, los mentirosos, los que trampean son a los que les va bien en la vida. Puede ser que así parezca a corto plazo. Pero la corrupción del mal acaba por echar a perderlo todo, hasta la vida más complacida. En cambio el bien, el comportamiento moral, la coherencia con la propia conciencia es la que asienta la vida. Apostar por Jesús, acoger su palabra es ponerse a refugio de los “malos espíritus”. Que la relación con Jesús nos libre a todos del espíritu del mal. fr. Ricardo de Luis Carballada |
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Enseñar y liberar De todas las actividades de Jesús, que encontramos en los Evangelios, podríamos destacar dos muy importantes, que aparecen, hoy, en la lectura que acabamos de hacer: enseñar y liberar. En tiempos de Jesús era totalmente necesario enseñar a las gentes un nuevo estilo de vivir la religión, de vivir las relaciones humanas, de vivir la relación con Dios. Las enseñanzas de los dirigentes religiosos judíos habían ido, poco a poco, separándose de la manera de ser y querer de Dios. Y, en consecuencia, las leyes, normas y costumbres también se habían deteriorado en contra de las personas. Y en vez de favorecer la vida, venían a obstaculizarla y hacerla más difícil. Y más inhumana. La frase de Jesús, varias veces repetida: “no está hecho el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre” reflejaba claramente cómo las leyes deben estar a favor de las personas y no esclavizarlas por cumplir unas normas desfasadas, discriminatorias, y hasta injustas en muchas ocasiones. Dice el evangelio de este domingo: ”Llegaron (Jesús y sus discípulos) a Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús entró en la Sinagoga (lugar de los judíos para leer las Escrituras y escuchar su comentario) y se puso a enseñar. Y enseñaba con autoridad, no como aquellos que se consideraban “maestros de la ley”. Por tanto, vemos cómo Jesús ejerce ese ejercicio tan importante de orientar y enseñar a la gente para que pudiesen vivir más felices. Estaba en la sinagoga un enfermo, que tenía, según la terminología del tiempo, un “espíritu inmundo”. Jesús, lo primero que hace es liberar a aquel hombre de aquella enfermedad del espíritu. Jesús hace honor a su nombre que significa “salvador”, o “liberador”. Hoy día, hay muchas personas que pueden estar sufriendo de ese “espíritu inmundo”, es decir , una manera de ser y actuar que no es compatible con la honestidad y la ética que deben acompañar a nuestras relaciones personales o institucionales: la vida pública, el trabajo, la política, etc.. Y eso se traduce en envidias, ganas de crecer a costa de lo que sea y de quien sea, desconfianzas, violencias, insolidaridad… La enseñanza de Jesús es la mejor solución a esos obstáculos que dificultan la vida, impiden la felicidad, y rebajan la dignidad de la persona. Ojalá que fuésemos capaces de reaccionar ante las enseñanzas de Jesús, como lo hicieron aquellas gentes que llenaban la sinagoga. Nos dice el Evangelio que: “todos quedaron asombrados”. Pero sin quedarnos sólo en el mero asombro, sino siendo capaces de dar un paso más, escuchando sus palabras y poniéndolas en práctica. Existen algunas leyes o normas, tanto en la vida civil como en la vida dela Iglesia, que en vez de servir para liberar las conciencias, liberar a las gentes, lo que hacen es encadenarlas y coartar su libertad. Y no es eso lo que quiere Dios, ni es eso lo que enseña Jesús, ni es eso lo que necesitan las personas para tratar de ser felices. Félix González |
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¿Qué es esto? habla con autoridad Después del anuncio de la cercanía del Reino de Dios, Jesús empieza a explicar en qué consiste esta cercanía del Reino con sus palabras y con signos. La primera intervención tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaún, donde enseña con poder y con su palabra libera a un endemoniado. El relato subraya que los oyentes se admiraban de este tipo de enseñanza y del poder de su palabra: Habla con poder. Manda a los espíritus impuros y le obedecen. De esta forma Marcos invita a los oyentes actuales a admirarse de la Palabra de Jesús. Es importante para un cristiano llegar a admirarse de la novedad de la obra de Jesús que enseña con autoridad. Jesús no es un maestro del espíritu más, ni un profeta más. Es la palabra del Hijo de Dios hecho hombre, el profeta escatológico anunciado por Moisés (1ª lectura), expresión del amor de Dios, que quiere reinar en nosotros y para eso ilumina el camino de nuestra cooperación. Dios nos ha creado como seres racionales, capaces de conocer y elegir libremente el camino que hemos de seguir para llegar a él y conseguir la felicidad. Por ello exige y le agrada que actuemos siempre racionalmente, conscientes de lo que hacemos. Pero también hemos de ser conscientes de que la razón natural necesita ayuda, primero porque puede estar obstaculizada por el corazón y sus inclinaciones negativas. De hecho solemos pensar con el Visto Bueno del corazón y cuando anidan en él contravalores, condicionan un juicio recto de la razón. Por otra parte, el campo de la razón está limitado a la inmanencia, por lo que debe estar abierto a la transcendencia. Cuando se da esta apertura, no hay oposición entre razón y revelación. Con la vista natural puedo ver una gota de agua, con un microscopio veo la misma, pero mucho mejor; con la vista natural veo en el firmamento puntos luminosos, con un telescopio veo lo mismo, pero mucho mejor. En ambos campos, inmanente y transcendente, se sitúa la enseñanza de Jesús, hablándonos del Reino de Dios y de nuestra cooperación. Por ello es un elemento importante en la construcción del Reino. El Evangelio de hoy invita a valorar su enseñanza con poder. “Enseñar con poder” quiere decir dos cosas: en primer lugar, se refiere a su origen, Dios (“Poder” es una designación de Dios cf. Mc. 14,62); es por tanto la enseñanza verdadera, la auténtica, la que conduce a la plena realización. Esto contrasta con el modo de enseñar de la época en que los maestros enseñan en nombre de otros maestros célebres y se limitan a transmitir sus enseñanzas. Jesús en cambio habla de lo que “ha visto y oído junto al Padre” (Jn. 5,19.31). En segundo lugar, significa que es una enseñanza eficaz, que capacita para realizar su contenido al que la acoge con buena voluntad para librarse de los “espíritus inmundos” que lo poseen (odio, egoísmo, envidia...), frutos de Satanás. La enseñanza de Jesús siempre es factible. El contenido de su enseñanza es cristológico, porque realmente enseña cómo seguirle a él para acoger la invitación al Reinado de Dios. Él es la Palabra que nos dirige el Padre (Jn. 1,1) y sus enseñanzas son explicitaciones de su ser y su vida. El cristiano no es el que conoce unas enseñanzas sobre Jesús y su doctrina sino el que se une vitalmente a Jesús y encarna su doctrina en su vida. Desde esta perspectiva los medios para ser discípulos de Jesús-Maestro son aquellos que ayudan a conocer a Jesús y vivir como él. Es importante la Biblia, leída y orada en el contexto de la Iglesia, su auténtica depositaria. La práctica de la Lectio Divina ayudará a familiarizarse con ella. No se trata de ser especialista en la Biblia sino de conocer y asimilar cada vez mejor la enseñanza de Jesús y crecer en la unión con él. Otro medio importante es la liturgia de la Palabra en la celebración eucarística. Una auténtica participación en la Eucaristía implica preparar adecuadamente las lecturas que se van a proclamar y la respuesta personal que vamos a dar y que debemos unir al sacrificio de Cristo. Toda celebración eucarística es un diálogo: Dios nos habla por Jesús (liturgia de la palabra) y respondemos al Padre por Jesús (liturgia sacrificial). Rodríguez Carmona
Les enseñaba con autoridad Jesucristo no es un gran maestro espiritual como los “gurús” del hinduismo. Tampoco es una filosofo más entre otros, ni siquiera es el fundador de una mas de las religiones. Los que piensan así no ha creído o no han admitido que Él sea el mismo Hijo de Dios. Él está muy por encima de los líderes, los guías, los ilustrados o los iluminados que hayan pretendido asegurarse unos seguidores. Pero todo el poder que tiene Jesucristo, por su condición divina, incluido el poder sobre el mal y la muerte, se estrella ante nuestra libertad como seres humanos: su Palabra es ineficaz ante un corazón que se cierra y se endurece, que se tapona los oídos a la Palabra de Dios. La paradoja está en que el mismo Dios que nos ha creado libres, respeta a todos sus hijos, aún cuando no quieran cuentas con Él y mucho menos hacer caso a los que les diga su Palabra. Nuestro orgullo de ser seres inteligentes, nos lleva a querer emanciparnos de la dependencia divina. Queremos ser nosotros los que dictaminen qué es lo bueno y qué es lo malo para nosotros y para los demás, los dueños de nuestra vida. Pero cuanto más nos alejamos de Él, mas caemos en las redes de los diosecillos de este mundo, que nos ofrecen el oro y el moro para ser felices si les vendemos nuestra alma, si nos postramos ante los espíritus malignos del placer, del tener o del poder y luego sólo nos dejan derrotados, aplastados, dañados profundamente, divididos interiormente… Marcados con señales de sinsabores, odios y rencores que nos intoxican. Ante Jesucristo “que enseña con autoridad”, con la autoridad que da la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, hoy se nos pide a los cristianos, no solo la admiración que produce el poder del Señor, sino, ante todo, aceptar a vivir de acuerdo a lo que el Señor nos enseña, abriendo el corazón con humildad y confianza a su Evangelio y siguiendo las enseñanzas del Maestro. Un obstáculo que siempre nos encontremos es la tan cacareada “falta de tiempo”. Atiborramos la vida de mil cosas que hacer. Ciertamente hay mucho por hacer, horas de trabajo que realizar para ganar el pan de cada día, horas que demanda también nuestra vida social y horas de merecido descanso. El problema es cuando en medio de tanta actividad resulta que para el Señor “no tenemos tiempo. A pesar de eso, seguimos quejándonos de que “el Señor no me habla”. No escucha a Dios ciertamente quien no se habitúa a escucharlo día a día, teniendo con Él momentos y espacios de encuentro. Ponernos en la presencia del Señor, estarnos con Él, meditar en su palabra, saborearla, asimilarla y dejarnos iluminar por ella al calor de la oración para que se convierta en un criterio constante de nuestra conducta. Manuel Antonio Menchón |
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Hoy resulta difícil enseñar. Preguntad sino a algunos profesores sobre todo a los que trabajan con adolescentes. Y resulta más difícil aún enseñar con autoridad. No porque no se pueda, sino más bien porque no se quiere aprender. O porque por motivos varios se quita autoridad al que pretender enseñar y educar. En parte también porque, parece ser, que nada nos asombra. Preguntad a los alumnos. Hoy las máquinas, sobre todo si son de juego, atraen más a los niños y adolescentes que la propia enseñanza. Se enseña con la palabra, con gestos, con la vida. A la palabra se le presta menos atención y es menos atractiva. Su lugar lo ocupan las imágenes, lo visual. Con los gestos se llega más fácil a quien quiere aprender. Y enseñar con la vida es todo un reto, asombra a quienes se fijan en ello. Hoy hay personas cuya vida es pura enseñanza, mejor o peor, pero enseñan. Por el contrario, hay medios de comunicación, instituciones civiles o religiosas, personas que, revistiéndose de autoridad, dicen enseñar cuando en realidad manipulan. Su transmisión de enseñanza pierde toda autoridad. En tiempos de Jesús los judíos querían aprender. Buscaban alguien que les enseñara de forma diferente a como lo hacían los escribas y lo encuentran en Jesús, es decir, en sus palabras, en sus gestos y en su vida. La manera de enseñar de Jesús no es tanto fijarse en la ley, cuanto fijarse en la persona y hacer que la ley sirviera para liberar. Que la ley fuera algo vivo y no letra muerta. Cuando oímos o encontramos palabras que quieren enseñar, esas mismas palabras nos liberan, nos ayudan, nos orientan, en definitiva nos dan vida. Las palabras de Jesús enseñaban a los judíos a vivir porque su enseñar era nuevo. Cuando se hace un sencillo gesto a favor de alguien se le está intentando dar vida. Jesús con sus gestos, con sus milagros, da vida. Cuando una persona se da a los demás, da lo que él es, está enseñando a otros a hacer lo mismo. Enseñar con palabras que den vida, con gestos que aporten vida y con la vida misma es enseñar con autoridad. Jesús enseña con autoridad porque su enseñar es nuevo. Nuevo por dar vida, por liberar, o bien por aportar felicidad a quien recibe su enseñanza. Jesús enseña con autoridad porque para El “la ley se ha hecho para el hombre y no el hombre para la ley”. Los escribas ponían la ley por encima del hombre y eso no enseña ni asombra al pueblo judío. Nosotros, como Iglesia, estamos llamados a seguir el ejemplo de Jesús y a seguir diciendo que “el hombre está por encima de la ley”. De esa manera nuestra enseñanza en el mundo actual será enseñar con autoridad. Y enseñar con autoridad no significa enseñar desde el poder, sino desde las palabras, los gestos, enseñar desde lo que uno vive y hace honesta y sinceramente a favor de los demás. Enseñar con autoridad será hoy algo nuevo si transmitimosla Palabrade Dios con palabras y gestos de servicio, no porque asombren, sino porque esas palabras y gestos sean liberadores y transmitan vida a ejemplo de Jesús Victoriano Viñuelas Gómez |
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Cállate y sal de él Antes de entrar en la reflexión de este pasaje del evangelio conviene hacer una distinción entre Satanás y los demonios que existía en la época de Jesús. Satán, que originalmente se denomina el “acusador”, era el que vigilaba las acciones de los hombres con el fin de informar a Dios de su conducta y tener motivo “de que acusarles”. Por el contrario, los demonios –daimon- que significa fantasma, eran los responsable de los males físicos. De ahí que a los demonios se atribuyeran las enfermedades internas, aquellas que no eran perceptibles en heridas externas y que impedían al hombre realizar correctamente sus funciones. Las enfermedades externas nunca se les atribuyen a los demonios. Jesús hace lo único que en su tiempo podía hacer, ordenar a los demonios que salieran del cuerpo del poseído. Con esto no pretendo iniciar una reflexión o discusión sobre los demonios. Ya hay demasiada gente aventurada en cazarlos y perseguirlos. Más bien quiero centrar mi atención en las palabras de Jesús, sobre toda en aquellas que el evangelista deja entrever sutilmente. Cada vez estoy más convencido de que en la mente de muchas personas viven ideas que no son suyas, y no lo digo porque existen “pocas ideas” sino porque han creído en todo lo que le han dicho sin ningún espíritu crítico ni capacidad de discernir y quedarse con lo “bueno”. Esas ideas, que un día fueron palabras, quedaron grabadas en lo más profundo y están allí acusando y martirizando a quien no puede ni tiene el valor para defenderse de ellas. ¿A qué me estoy refiriendo? A las malas palabras y no por groseras, sino por dañinas que han pronunciado otros sobre nosotros y las hemos acogido como verdaderas. ¿Has tomado conciencia de las palabras que usas para dirigirte a tus hijos? ¿Eres consciente de que como adulto tus palabras tienen peso? Escucho muchas veces a padres y docentes quejarse de que sus hijos o alumnos no son obedientes porque no escuchan y no responden a lo que se les manda, y al poco tiempo de conversar con ellos me digo a mí mismo “¡que sanos son estos chicos que hace oídos sordos a tales palabras!”. Es increíble el daño que pueden hacer unas malas palabras… El dolor que dejan puede durar muchos años…incluso toda la vida. Lo peor es que en virtud de la “autoridad” de quien lo diga (padres, docentes, sacerdotes, religiosas) esas palabras tienen una fuerza tal que sólo un poder opuestamente superior puede desterrarlos del alma. Es aquí donde Jesús tiene palabras de vida eterna. Cómo cuesta creer en las palabras de amor de Jesús cuando en el interior del hombre resuenan palabras de acusación, desvalorización y desprecio… Cuando nos encontramos con personas que tienen muy poco aprecio por sus vidas es porque pocas palabras de valor les han dirigido. Cuando nos encontramos con personas iracundas es porque existieron palabras que fueron mandatos y exigencias. Cuando vemos hombres y mujeres buscando amor y estima por todos lados es porque pocas palabras de amor han escuchado. Hay tantas ideas erróneas sobre nosotros mismos viviendo en el interior de nuestra alma que como fantasmas nos asustan y nos impiden vivir libremente. Andamos poseídos por “malas palabras” que no hacen otra cosa que acusar y remorder la conciencia día y noche… Ecos de aquellas dañinas palabras que siguen resonando en el interior diciendo “no puedes, no tienes, no vales…” Aquel hombre en la sinagoga dijo a Jesús «¿Qué quieres de nosotros Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos?». Podemos imaginar la respuesta de Jesús, “Si, vengo a acabar con ustedes!”, porque he venido a traer vida y libertad. He venido a decir al hombre que mi Padre lo ama. He venido a reconciliar al hombre consigo mismo y con Dios. He venido a pronunciar una sola palabra y quedaran sanos: “¡Amor!”. Por eso «Cállate y sal de él”. Aquellas palabras dejaron a todos sorprendidos porque fueron pronunciadas a favor del hombre. En cambio, desgraciadamente como en tiempo de Jesús, encontramos en la Iglesia que la Palabra que fue derramada en nuestros corazones en favor de la libertar del hombre es pronunciada para esclavizar, martirizar y llenar de culpa. Que pena me da escuchar que en nombre del Autor de la Vida se pronuncian palabras de acusación. ¡Cómo es posible que se llamen a si mismos servidores de Dios, cuando llevan en su labios palabras de acusación! Podemos terminar esta reflexión con esta oración: “Señor Jesús, Palabra del Padre Eterno libra mi mente, mi corazón, mi vida de aquellas palabras que me atormentan. Destierra de mi corazón el dolor y la pena que me oprime y restaura en mí la verdadera imagen de Hijo amado. padre Javier Rojas sj |