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Las vivencias se trasmiten por ósmosis En la primera lectura (Dt. 18,15-20), Moisés, después de convencer a los israelitas de que Dios les hablaba desde la formidable tormenta del Sinaí, con voz de trueno y les miraba con los ojos encendidos del rayo, les promete que no va a meterles más miedo. Pero eso sólo será posible si prometen hacerle caso a él y a los profetas. Les habla de una figura profética que liberaría de verdad al pueblo, como el mismo Moisés lo había liberado de Egipto. Los primeros cristianos vieron en Jesús a ese profeta. Era la figura tantas veces anunciada y siempre esperada por el pueblo de Israel. Esa identificación garantiza que las palabras de Jesús son las palabras de Dios. Esta es la clave para interpretar todo el mensaje del evangelio de Marcos. Hablará con la autoridad propia del mismo Dios. Sus palabras tendrán la fuerza creadora y sus acciones serán liberadoras como las acciones del mismo Dios. Pablo (1Cor. 7,32-35), con una visión de Dios muy cercana a la del “Jupiter tonante” del Sinaí, llega a la conclusión de que preocuparse del marido, o de la mujer o de los hijos, es alejarse de Dios. El Dios de Jesús es muy distinto. El mensaje de Jesús nos dice que a Dios sólo se puede ir a través del hombre. Buscar a Dios prescindiendo del prójimo es idolatría. Creer que el tiempo dedicado a las personas es tiempo negado a Dios es una trampa. CONTEXTO Estamos en el primer día de actividad de Jesús. Su primer contacto con la gente tiene lugar en la sinagoga. Es un signo de que la primera intención de Jesús fue enderezar la religiosidad del pueblo que había sido tergiversada por una interpretación opresora de la Ley. Por dos veces en el relato se hace referencia a la enseñanza de Jesús, pero no se dice nada de lo que enseña. Se habla de la obra. Lo que Jesús hace es liberar a un hombre de un poder opresor, el espíritu inmundo (contrario al espíritu santo). La clave es que Jesús libera, cuando habla y cuando actúa. La buena noticia que anuncia Marcos es la liberación, en dos direcciones: de las fuerzas del mal (espíritu inmundo); y de la fuerza opresora de la Ley, explicada de una manera alienante por los fariseos y letrados (no como los letrados). La intención de Marcos es que la gente se haga la pregunta clave: ¿Quien es Jesús? Lo que acabamos de leer y todo lo que sigue en este evangelio, será la respuesta. EXPLICACIÓN En el evangelio el acercamiento a Jesús produce asombro. Si hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante la buena nueva de Jesús, es que no lo hemos descubierto de verdad. En el evangelio, la admiración de la gente va en dos direcciones. Por una parte se asombran de su enseñanza y por otra, quedan estupefactos al ver la curación del hombre. En Jesús, la predicación y la acción son inseparables. “Les enseñaba como quien tiene autoridad”. Hoy la palabra clave es “exousia”. No es nada fácil penetrar en el verdadero significado de este término. Lo primero que deberíamos hacer es distinguirlo de “dynamis”. Esta distinción es relativamente fácil: “Dynamis” sería la fuerza bruta que se impone a otra fuerza física. “Exousía” sería la capacidad de hacer algo en el orden jurídico, político, social o moral, siempre en un ámbito interpersonal. La palabra griega significa, además de autoridad, facultad para hacer algo, libertad para obrar de una manera determinada. Otra característica de la “exousía” es que la persona la puede tener por sí misma o recibirla de otro que se la otorga. Dando esto por supuesto, todavía nos queda mucho para saber, en concreto, qué quiere decir el evangelista cuando le aplica a Jesús esa “autoridad”. Se trata de una autoridad que no se impone, de una potestad que se manifiesta en la entrega, de una facultad de acción que se pone al servicio de los demás. Sería la misma autoridad de Dios dándose a todas sus criaturas sin necesitar nada de ninguna de ellas. El concepto de Dios “todopoderoso” que exige un sometimiento absoluto, nos impide entender la exousía de Jesús. Sólo desde la experiencia del Dios-Amor de Jesús podremos entenderla. Jesús enseñaba con autoridad, porque no hablaba de oídas, sino de su experiencia interior. Trataba de comunicar a los demás sus descubrimientos sobre Dios y sobre el hombre. Los letrados del tiempo de Jesús (y los letrados de todos los tiempos) enseñaban lo que habían aprendido en las Escrituras. De todas ellas tenían un conocimiento perfecto, y tenían explicaciones para todo, pero el objetivo de la enseñanza era la misma Ley, no el bien del hombre. Se quería hacer ver que el objetivo de Dios al exigir los preceptos, era que le dieran gloria a Él, no la plenitud del mismo ser humano. Lo que dejó atónitos a los oyentes de Jesús fue el ver que su enseñanza no era así, sino que hablaba con la mayor sencillez de las cosas de Dios tal como él las vivía. Su experiencia le decía que lo único que Dios quería, era el bien del hombre. Que Dios no pretendía nada del ser humano, sino que se ponía al servicio del hombre sin esperar nada a cambio. Esta manera de ver a Dios y la Ley no tenía nada que ver con lo que los rabinos enseñaban. Todos los problemas que tuvo Jesús con las autoridades religiosas se debieron a esto. Todos los problemas que tienen los místicos y profetas de todos los tiempos con la autoridad jerárquica responden al mismo planteamiento. Jesús se decanta por el hombre que resulta liberado del dios araña que intenta chuparle la sangre. Naturalmente si Dios no es exigente, si Dios no quiere nada para sí, ¿en nombre de quién pueden exigir tantos sacrificios sus representantes? Cállate y sal de él. La expulsión del “espíritu inmundo” refleja desde el principio, el planteamiento del evangelio como una lucha entre el poder del bien y el poder del mal. Bien entendido que “mal” es toda clase de esclavitud que impide al hombre ser él mismo. Nadie se asombra del “exorcismo”, que era corriente en aquella época. Lo que les llama la atención es la superioridad que manifiesta Jesús al hacerlo, demostrando así quién es. Jesús no pronuncia fórmulas mágicas ni hace ningún signo estrafalario. Simplemente con la autoridad de su palabra obra la curación. APLICACIÓN Hablar con autoridad hoy sería hablar desde la experiencia personal y no de oídas. Lo único que hacemos, también hoy, es aprender de memoria una doctrina y unas normas morales, que después trasmitimos como papagayos, como se trasmite la lista de los reyes godos. Eso es lo que no funciona. En religión, la única manera válida de enseñar es la vivencia que se trasmite por ósmosis, no por aprendizaje. Esta es la causa de que nuestra religión sea hoy completamente artificial y vacía, que no nos compromete a nada porque la hemos vaciado de todo contenido vivencial. “Espíritu inmundo” sería hoy todo lo que impide una auténtica relación con Dios y con los demás. Fijaros hasta qué punto estamos todos poseídos por espíritu inmundo. Esas fuerzas las encontramos tanto en nuestro interior como en el exterior. Nunca, a través de la historia, ha habido tantas ofertas falsas de salvación. Una de las tareas más acuciantes del ser humano, es descubrir sus propios demonios; porque sólo cuando se desenmascara esa fuerza maléfica, se estará en condiciones de superarla. Con esta perspectiva veremos que la tarea fundamental de Jesús es librar al hombre del maligno. Una importante tarea en esta liturgia, sería descubrir nuestras ataduras y tratar de desembarazarnos de ellas. Todos estamos poseídos por fuerzas que no nos dejan ser lo que desearíamos ser. Hoy sigue habiendo mucho diablo suelto que tratan por todos los medios de que el hombre no alcance su plenitud. La manera de conseguirlo es la manipulación para que no consiga alcanzar libremente su plena humanidad. Toda nuestra vida debería ser un acopio de autoridad para ayudar al hombre a liberarse de todos sus demonios. Jesús emplea su autoridad, no contra los hombres, sino contra las fuerzas que los oprimen. ¡Qué ejemplo para imitar si de verdad queremos ser cristianos! Como individuos, como comunidad y como Iglesia, estamos siempre tratando de aumentar nuestra “autoridad”. Pero, ¿para qué? Si intentamos estar por encima de los demás para someterlos a nuestro capricho, aunque sea bajo pretexto de hacer la voluntad de Dios o de buscar el bien de los demás, estamos en la antípoda del evangelio. Como Jesús, tenemos que luchar a brazo partido contra todas las fuerzas que oprimen al hombre y no le dejan desarrollar su verdadero ser. En el evangelio de Marcos, Jesús deja muy claro, desde el primer día, que los enemigos del hombre son los únicos enemigos de Dios. Un dios que exige al hombre sacrificarse por él, no es el Dios de Jesús. La gloria de Dios y el bien del hombre, son una misma realidad, mejor dicho son la única realidad. La teología, la liturgia, todas las normas morales tienen que tener como fin ayudar al hombre a ser él mismo. “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. El defender este principio le costó la vida a Jesús. Meditación-contemplación La “autoridad” de la que nos habla hoy el evangelio, es la única que viene de Dios. Toda autoridad que se ejerce desde el poder, y más que ninguna otra la religiosa, viene del diablo. Todos debemos desplegar la autoridad que Dios nos concede. La autoridad que da el saber que Dios está en lo hondo de tu ser. La absoluta confianza de saber que tienes capacidad para amar como Él ama y liberar como Él libera. Tu tarea primera como ser humano, es liberarte de todo lo que te impide ser humano. La segunda, es ayudar a los demás a liberarse de todos los demonios que andan por ahí sueltos. fray Marcos |
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Curador Según Marcos, la primera actuación pública de Jesús fue la curación de un hombre poseído por un espíritu maligno en la sinagoga de Cafarnaún. Es una escena sobrecogedora, narrada para que, desde el comienzo, los lectores descubran la fuerza curadora y liberadora de Jesús. Es sábado y el pueblo se encuentra reunido en la sinagoga para escuchar el comentario de la Ley explicado por los escribas. Por primera vez Jesús va a proclamar la Buena Noticia de Dios precisamente en el lugar donde se enseña oficialmente al pueblo las tradiciones religiosas de Israel. La gente queda sorprendida al escucharle. Tienen la impresión de que hasta ahora han estado escuchando noticias viejas, dichas sin autoridad. Jesús es diferente. No repite lo que ha oído a otros. Habla con autoridad. Anuncia con libertad y sin miedos a un Dios Bueno. De pronto un hombre «se pone a gritar: ¿Has venido a acabar con nosotros?». Al escuchar el mensaje de Jesús, se ha sentido amenazado. Su mundo religioso se le derrumba. Se nos dice que está poseído por un «espíritu inmundo», hostil a Dios. ¿Qué fuerzas extrañas le impiden seguir escuchando a Jesús? ¿Qué experiencias dañosas y perversas le bloquean el camino hacia el Dios Bueno que él anuncia? Jesús no se acobarda. Ve al pobre hombre oprimido por el mal, y grita: «Cállate y sal de él». Ordena que se callen esas voces malignas que no le dejan encontrarse con Dios ni consigo mismo. Que recupere el silencio que sana lo más profundo del ser humano. El narrador describe la curación de manera dramática. En un último esfuerzo por destruirlo, el espíritu «lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió». Jesús ha logrado liberar al hombre de su violencia interior. Ha puesto fin a las tinieblas y al miedo a Dios. En adelante podrá escuchar la Buena Noticia de Jesús. No pocas personas viven en su interior de imágenes falsas de Dios que les hacen vivir sin dignidad y sin verdad. Lo sienten, no como una presencia amistosa que invita a vivir de manera creativa, sino como una sombra amenazadora que controla su existencia. Jesús siempre empieza a curar liberando de un Dios opresor. Sus palabras despiertan la confianza y hacen desaparecer los miedos. Sus parábolas atraen hacia el amor a Dios, no hacia el sometimiento ciego a la ley. Su presencia hace crecer la libertad, no las servidumbres; suscita el amor a la vida, no el resentimiento. Jesús cura porque enseña a vivir sólo de la bondad, el perdón y el amor que no excluye a nadie. Sana porque libera del poder de las cosas, del autoengaño y de la egolatría. José Antonio Pagola |
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Rutina o novedad Ante el modo de enseñar de Jesús, la gente quedaba “asombrada”. Y el autor del evangelio lo atribuye al hecho de que “enseñaba, no como los letrados, sino con autoridad”. Generalmente, la gente queda asombrada cuando el mensaje que oye le suena a “nuevo” y, al mismo tiempo, encuentra “eco” en su interior. Y eso ocurre porque quien habla “conecta” con la realidad que, aunque quizás dormida, habita ya en los oyentes. Si no hay novedad, no es fácil que se produzca asombro; la rutina provoca sólo, según los casos, sueño, autosatisfacción o enardecimiento (cuando los eslóganes conocidos fomentan el fanatismo). Pero si es sólo “novedad”, el asombro será superficial y pasará tan rápidamente como llegó. Y ése no parece que fue el caso de Jesús. La gente que lo escucha queda “asombrada”, porque se ha sentido “tocada” por lo que dice el maestro: éste ha sabido “poner palabras” a lo que ellos ya sentían o intuían, aun sin haberlo hecho consciente. A este modo de hablar, Marcos lo llama “enseñar con autoridad”. “Autoridad” es lo opuesto a imposición. Del latín “augere”, significa “aumentar” y, en cierto sentido, aupar. Más allá de los términos, cuyo valor es siempre limitado, en sociología suele distinguirse entre “autoridad” y “poder”: este último se basa en la fuerza; aquélla, en el carisma personal o en el reconocimiento merecido por el propio comportamiento. Uno busca la sumisión; la otra no tiene más objetivo que el bien de la persona y su crecimiento. Ante el poder, el oyente puede sentir miedo; ante la autoridad, confianza y ánimo. El propio evangelista contrapone el modo de enseñar de Jesús con el de los letrados. Estos eran los “teólogos oficiales” del judaísmo. Al parecer, su enseñanza no provocaba asombro. Probablemente, lo que hacían era repetir las palabras de la Torah y las interpretaciones recibidas de doctores anteriores a ellos. Eso es un ejercicio de erudición, que suele dejar fríos los corazones de los oyentes. Se transmite doctrina, pero no hay vida; no se sale de la ortodoxia, pero falta experiencia personal de lo que se habla y “novedad” que nace de la hondura. Los “letrados” de todos los tiempos y latitudes tienden a ofrecer “doctrina enlatada”, a la que asienten cansinamente los fieles, pero que no aporta nada nuevo. Suele ser un recitado de conceptos aprendidos, adornados con opiniones de letrados anteriores o de superiores jerárquicos, como si la falta de experiencia de lo que se dice se quisiera compensar con la multitud de citas de otras “autoridades”. En un trabajo reciente, el teólogo jesuita Aloysius Pieris afirma que el enfoque escolástico, para hablar de la espiritualidad, no es más que la propia timidez escondiéndose tras la autoridad de fuentes secundarias. Y comenta que Ignacio de Loyola se lamentaba de que el estudio de la teología escolástica había secado su corazón, por lo que recomendaba el estudio de la teología positiva o afectiva de los Padres de la Iglesia. En cualquier caso, el verdadero maestro habla de lo que ha visto y experimentado. Por eso, se atreve a hacerlo en primera persona. Ha pasado por un proceso en el que ha experimentado la prueba, aprendiendo a “poner nombre” a lo que iba viviendo. En ese recorrido, ha sido llevado a honduras que, sin pretenderlo, le permiten conectar con las vivencias más profundas de las personas que, a su vez, se sienten reconocidas y “leídas” en su interior. Es comprensible: en lo hondo, todos estamos ya conectados; como los islotes que aparecen separados en la superficie, pero que en realidad comparten la misma tierra común en niveles subterráneos; como los pozos que vemos igualmente separados, pero que no son sino portadores de la misma agua que, subterráneamente, los “une” a todos. Javier Melloni habla de las “tres etapas” por las que pasan las religiones: la chamánica, la sacerdotal y la de sabiduría. La primera está caracterizada por la novedad, que aporta el “iniciador” de la misma. La segunda, por la repetición que busca conservar lo recibido: es la tarea del clero. La tercera, finalmente, por la interiorización del mensaje, que hace superflua tanto la rigidez de la etapa anterior como el rol del “clero” como una clase separada. Según este esquema, parece claro que en la segunda de esas etapas no puede haber novedad; más aún, todo lo que suene a nuevo será visto como peligroso y, con frecuencia, perseguido. La prioridad, en esa etapa, consiste precisamente en no alterar nada de lo recibido de la tradición anterior. Indudablemente, esta rigidez otorga seguridad –“siempre se ha hecho así”-, a la vez que poder a la clase sacerdotal, encargada de la vigilancia doctrinal u ortodoxia. Pero conlleva el riesgo de esclerotizarse, alejándose cada vez más de la vida y de las preocupaciones de las personas. El contraste, por tanto, es patente: el maestro espiritual –en nuestro caso, Jesús- es alguien que crea algo nuevo; la clase sacerdotal, por el contrario –incluso siendo sucesora de ese mismo maestro-, busca por encima de todo conservar. El mensaje de ésta tiende a ser, por su propio papel, reiterativo y rutinario; el del maestro, sin embargo, por más veces que se le escuche, siempre sabe a nuevo. Se comprende también que, precisamente por enseñar algo “nuevo”, Jesús fuera acusado de “blasfemo” por la autoridad sacerdotal, que no cejó hasta conseguir que fuera ejecutado. Parece que nos encontramos en un momento en el que podemos superar la segunda etapa –de la rigidez doctrinal-, gracias a la interiorización del mensaje de Jesús. Si lo hacemos, conectaremos con aquella misma novedad del maestro –expresada hoy, lógicamente, en nuestro propio lenguaje o “idioma cultural”-, y podremos llevar algo de luz y de calor a tanta gente que busca, porque se sentirá “alcanzada” en su corazón. Esto requiere que, siguiendo a nuestro “maestro interior”, pasemos por la experiencia, recorriendo nuestro propio camino espiritual. Ese camino nos conducirá más y más a nuestro “centro”, ese centro que compartimos con todos los seres. Por eso, cuando hablemos desde él, notaremos vibrar los corazones de quienes nos escuchan. El evangelista escenifica el “enseñar con autoridad” de Jesús en un relato de exorcismo. Más allá de las explicaciones que se puedan dar de este fenómeno (he intentado resumirlas en el libro Sabiduría para despertar. Una lectura transpersonal del evangelio de Marcos, Desclée de Brouwer, Bilbao 2011, pp. 57-58), parece claro que “habla con autoridad” quien es capaz de domeñar sus propios “demonios interiores”, todo aquello que tiende a arrebatarnos la libertad interior: nuestros miedos, necesidades, mecanismos o funcionamientos que nacen del ego y giran en torno a él. Por eso, “hablar con autoridad” implica una desapropiación del propio ego. Y así comprendemos las tres características básicas de un maestro espiritual: la experiencia personal, la humildad y la coherencia o integridad. Tres rasgos que caracterizaron también al maestro de Nazaret, tal como se recoge en los textos: “Doy testimonio de lo que he visto” (Juan 3,32). “Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón” (Mateo 11,29). “Sabemos que eres sincero… y muestras con verdad el camino” (Marcos 12,14). Enrique Martínez Lozano |
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Jesús, el libertador El Evangelio de Marcos tiene una estructura que revela bien su intención. En el primer capítulo se presenta a Jesús, a partir del testimonio de Juan: pasada la experiencia de oración y ayuno, y la tentación, en la montaña, llama a los primeros discípulos y empieza su ministerio: recorre Galilea enseñando en las sinagogas y curando toda clase de enfermedades. En esta parte, Marcos va alternando los discursos con las curaciones, en un mensaje claro: "Esta es su autoridad: él viene de parte de Dios". El texto de hoy presenta como un resumen programático: las palabras y las obras. Y ambas cosas producen admiración. Las palabras, porque son algo nuevo, diferente de la enseñanza de los escribas, en contenido y en autoridad. Los escribas no hacían otra cosa que comentar La Ley y Los Profetas. Jesús "es diferente". Y el pueblo está sorprendido. Y además, Jesús avala sus enseñanzas con curaciones sorprendentes, tenidas por la gente como milagros. Por tanto, el mensaje de este comienzo del evangelio de Marcos se refiere ante todo a "autentificar a Jesús": "éste es El Profeta anunciado", se nota en sus obras y en sus palabras. Dios está con él, es necesario creerle. Pero es conveniente analizar un poco más la escena, porque tiene significados profundos. Se trata de la reunión ritual de los judíos, el sábado, en la sinagoga: se lee y explica, por parte de los escribas, la Ley, como enseñanza "autorizada". Jesús y su grupo, como personas piadosas, acuden; pero Jesús, sin ser escriba, pasa a enseñar. Se indica así lo "oficial" de la predicación de Jesús. En contraposición a los escribas, Jesús muestra "otra autoridad", sin basarse en otros maestros o tradiciones, no como mero repetidor de la Ley, sino con autoridad propia. Nosotros la Iglesia no hemos subrayado lo suficiente la enorme distancia que hay entre Jesús y el Antiguo Testamento. Haríamos bien en recordar lo del vino nuevo y los odres viejos. Pero me temo que a buena parte de la Iglesia le gusta más vivir en el Antiguo Testamento: por ejemplo, les gusta mucho más el culto esplendoroso que la Cena del Señor, la teología metafísica que las parábolas. Esta autoridad se ve refrendada por sus curaciones, en este caso de un "poseído por un espíritu impuro". En el NT aparecen con frecuencia personas afectadas de males morales, presiones internas que son superiores a ellos, que les hacen no ser dueños de sí mismos. Se les considera poseídos por "espíritus", y estos espíritus son considerados "inmundos", es decir, opuestos al Señor, alejadores de Dios. Jesús se muestra como un poder liberador de las personas respecto de esos espíritus, capaz de devolver a la persona su libertad, su capacidad de ser dueño de sí mismo. Su autoridad se manifiesta más aún por cuanto la curación se verifica con la sola fuerza de su Palabra. Por lo demás, Jesús está curando en sábado. Empieza, ya desde el principio, una costumbre de Jesús que va a llegar a resultar "agresiva". El cumplimiento del descanso sabático era tan estricto que curar en sábado se consideraba como quebrantar la Ley. Jesús pasará una y otra vez sobre esta prohibición, y este será un tema de grave enfrentamiento con las autoridades religiosas. Todos los textos son un ejemplo bonito de provisionalidad. Está en el fondo la semilla de la Palabra, pero arropada -mal- en las creencias y deficiencias del momento. En el texto del Deuteronomio: Yahvé es temible. Hace falta un intermediario, el profeta. Los que no le escuchen serán castigados: el falso profeta morirá. En el texto de Pablo: Los últimos tiempos. No merece la pena ni casarse. Se sirve mejor a Dios en el celibato. En el Evangelio: "Una doctrina nueva". Prodigios para demostrar poder… Ninguna de estas afirmaciones son aceptables sin más. Dios no es terrible. El único intermediario es Jesús, pero no porque ver a Dios resulte mortal. No se está acabando la historia: el matrimonio y "las cosas del mundo", y toda nuestra vida, forman parte de nuestra misión y tienen -todas las actividades- el mismo valor: cumplir "mi" misión. Los milagros no son una manifestación del poder del Amo sino de la voluntad de curar del Libertador. Puede parecer sorprendente que apliquemos esta noción de "provisionalidad" tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. Sin embargo, así es. "Los testigos" ven y oyen a Jesús, creen en él y nos cuentan lo que han visto y oído, y su fe. Y la Palabra está ahí, una vez más, encarnada. Si los testigos fueran daltónicos, nos describirían a Jesús en blanco y negro. Lo que los testigos nos cuentan es lo que pueden captar. Pero el Espíritu sigue animando a la Iglesia; el pueblo peregrino avanza en el conocimiento de Dios. No entiende lo mismo Moisés que Isaías, ni Juan Bautista que Pedro, ni Juan Evangelista que nosotros. Y no porque seamos más listos o tengamos más medios, sino porque el Espíritu de Jesús sigue trasformando a la Iglesia. De aquí sacamos consecuencias importantes para nuestra vida, bien representadas las dos en frase de la gente sobre Jesús: "¿Quién es éste, qué es esto...?". ¿En quién creemos, en qué creemos? ¿Creemos en un taumaturgo que arregla los males del mundo por arte de magia? ¿Por qué hacían milagros los apóstoles y no los hacen los obispos? ¿Sólo porque ellos tenían más fe? ¿Creemos en una Palabra de Dios dictada al oído a los autores sagrados, sin posibilidad de sombra de error o interpretación? ¿Creemos en Jesús Dios con apariencia de hombre, lleno de poder, que simula ser como nosotros? ¿Creemos en un Dios terrible, al que tenemos acceso por intermedio de elegidos que se interponen entre el pueblo y El Amo? ¿Creemos que las cosas corrientes de la vida son inútiles para el Reino de Dios? Creemos que todo lo que los hombres pueden entender de Dios está dicho en Jesús. Y no entendemos más, aunque tenemos más preguntas. Creemos que Religión no es lo extraordinario, sino el sentido y valor de lo ordinario. Creemos que todos los hombres van entendiendo mejor a Dios. Creemos que en eso consiste nuestra vida: en caminar hacia más conocimiento, fiados en Jesús, la Palabra. Pero podemos estar confusos: ¿por qué recibimos unas cosas de la Escritura y otras no, o unas más y otras menos?. ¿No corremos el riesgo de entender la Palabra de Dios a nuestra conveniencia? En efecto, corremos ese riesgo, e incluso caemos en él, como cayó Pedro y Pablo y todos. El riesgo está en aceptar lo que nos parece razonable. El acierto está en compararlo todo con las líneas claras, profundas, de Jesús: - vemos como "provisional" el Dios terrible del Sinaí porque Jesús nos ha mostrado a "Abbá", - vemos como insuficiente la fe en Jesús "ser divino de apariencia humana con poderes mágicos", porque le hemos visto nacer de María y morir en la cruz... Y sabemos que nuestra tentación es siempre aceptar lo que nos parece razonable; y sabemos que lo sensato es ir a buscarle a él, a ver cómo es. Uno de los aspectos del evangelio que más nos molestan hoy son, quizá, los milagros. No estamos dispuestos a aceptar lo maravilloso, probablemente porque nuestro pensamiento tiene mucho de exclusivamente racional, exclusivamente científico. Incluso a algunos nos parecería más aceptable el Evangelio sin milagros, porque nos resulta más verosímil. Y sin embargo, los milagros están ahí, nos guste o no. No todas las narraciones de milagros que hay en los evangelios son crónicas de sucesos que ocurrieron: algunos son fruto de la exageración legendaria, otros tienen sentido simbólico. Pero muchas sí que son narraciones de sucesos. Y es histórico que muchas de estas actuaciones de Jesús fueron interpretadas por la gente como milagros. Las personas "poseídas por malos espíritus" eran enfermos, desde luego. Y Jesús las curaba. Y muchas veces sin tratamiento, sin contacto físico. Si estas cosas no nos gustan, es nuestro problema. Se trata de creer en el Jesús que existió, no de que nos guste o no. José Enrique Galarreta |
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La primera lectura del Deuteronomio nos habla de la promesa que Yahvé hizo al pueblo prometiéndole profetas que les dirían lo que El les mandara a decir. Nos dice esta lectura que el pueblo había pedido a Dios que no quería volver a oír su voz. Por eso, “en aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: ‘El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán” (Dt. 18,15-20). Así lo prometió Dios a Moisés y así fue con toda la serie de profetas de los cuales leemos en el Antiguo Testamento (escritores y no escritores, mayores y menores), que sucedieron a Moisés, hasta que llegó “el Profeta”, que no es otro sino el mismo Dios hecho Hombre: Jesucristo. Profeta es quien dice al pueblo de Dios lo que Dios quiere que se le diga. Profeta no es simplemente quien habla de Dios; es, más bien, quien habla en nombre de Dios y bajo su inspiración. El profeta es a la vez receptor y transmisor: recibe la palabra de Dios y la transmite. Se dice que el profeta es “boca de Dios”, pues el profeta habla con su boca la palabra de Dios. Ahora bien, Jesucristo es la Palabra misma; es decir, Jesucristo es la expresión de Dios para nosotros los seres humanos. De allí que Jesús, al comenzar a predicar y a actuar, sorprendiera a la gente de su época. Nos dice el Evangelio de hoy que, al enseñar,“sus oyentes quedaron asombrados de sus palabras”. Y al expulsar un demonio, “todos quedaron estupefactos ... y decían ‘este hombre sí tiene autoridad pues manda hasta a los espíritus inmundos y éstos le obedecen’” (Mc. 1,21-28). Jesucristo era el Profeta que, además de hablar en nombre de Dios y de enseñar con autoridad, también expulsaba a los demonios. Sobre la lucha contra los espíritus malignos es importante tomar en cuenta algunas recomendaciones. Como el Demonio y los demonios están siempre al acecho para hacer caer a los seres humanos en el pecado y para hacerlos andar por el camino que lleva a la condenación, debemos recordar que Jesucristo nos habla de la importancia de la vigilancia. Y el medio más eficaz de vigilar, para impedir que el mal se acerque a nosotros es vigilar en oración, llenando así nuestro corazón de Dios que es Quien expulsa el Mal. Así el Enemigo no podrá encontrar sitio en nuestro corazón. Y no tiene sitio allí si la persona está bien unida a Dios. ¿En qué consiste esa unión con Dios? Consiste en aceptar la Voluntad de Dios y renunciar a la propia voluntad. Consiste en aceptar los deseos de Dios y renunciar a los propios deseos. Consiste esa unión con Dios en aceptar la forma de pensar y de ser de Dios y renunciar a las propias formas de pensar y de actuar. Y esto es así, por quien está unido a Dios de esa manera es fuerte con la fortaleza misma de Dios. Esta es la vigilancia que nos pide el Señor. Volviendo a la Primera Lectura, es lamentable que el vocablo “profeta” sea tomado para referirse a quien predice el futuro. Ciertamente el profeta puede hablar del futuro, si Dios así lo desea. Pero el mensaje profético incluye muchísimo más que eso. “La palabra del profeta edifica, exhorta y consuela” (1Cor. 14,3). El mensaje del profeta suele ser exigente, pues recuerda con claridad los compromisos de la humanidad para con Dios. Es inflexible con el pecado, especialmente con la idolatría. El mensaje profético también es consolador, pues reconforta y reanima al pueblo de parte de Dios, y descubre la esperanza en medio de la oscuridad. También suele ser un mensaje edificante, pues enseña y corrige; educa y forma, además de sanar y purificar, y de llamar a la conversión. El profeta no se hace a sí mismo, sino que es Dios Quien lo escoge. Es Dios Quien tiene la iniciativa y domina a la persona del profeta. Y suele Dios llamar al profeta de una manera irresistible y hasta seductora. Eso lo supo Jonás, a quien vimos en las lecturas de la semana pasada en medio de una tormenta, luego en el vientre de una ballena, hasta que predicó lo que Dios le indicó. He aquí lo que dice el profeta Amós sobre el llamado de Dios al profeta: “Así como nadie queda impertérrito al oír el rugido del león, así también nadie se negará a profetizar cuando escucha lo que le habla el Señor” (Am. 3,8). Y Jeremías: “Me has seducido, Yavé, y me dejé seducir. Me hiciste violencia y fuiste el más fuerte ... Sentí en mí algo así como un fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de apagarlo, no podía” (Jer. 20,7 y 9). ¿A quiénes escoge Dios como profetas? Por supuesto, a quienes El quiere. Pero incluye a toda clase de personas: hombres y mujeres, ricos y pobres, adultos y adolescentes, y aún desde el seno materno. “Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de naciones” (Jer. 1,5). Al principio de la Historia de la Salvación, Dios guía a su pueblo mediante los Patriarcas que son también profetas, pues reciben instrucciones de Él para su pueblo. Tal es el caso de Abraham y también de Moisés, quien es considerado como un auténtico profeta, además de ser patriarca. Luego viene la época de los Jueces, que no eran jueces como los conocemos hoy -personas que dirimían problemas de justicia- sino más bien guías y gobernadores del pueblo escogido. Samuel fue el último y más grande gran Juez de Israel. De él leíamos hace dos domingos, cuando recibió la palabra de Dios, Quien le dio la misión de hablar en su nombre. Es decir, Samuel también fue profeta. Luego viene la época de los Reyes, en la cual los tres ejes de la sociedad israelita son el Rey, el Sacerdote y el Profeta. Surge, entonces, la época del profetismo. Los profetas iluminan a los Reyes. Tal es el caso de Natán, Gad, Eliseo, muy especialmente Isaías y por momentos Jeremías. A ellos les tocaba decir si la acción emprendida era la deseada por Dios y si calzaba dentro de sus planes. Llega un momento en que se interrumpe el profetismo (cfr. 1Mac. 4,46 y Sal. 74,39). Comienza entonces el pueblo de Israel a vivir en la espera del “Profeta” prometido. De allí el entusiasmo que suscitó San Juan Bautista, quien es el último de los Profetas del Antiguo Testamento, pues, aunque el relato de su vida y de su predicación esté recogido en el Nuevo Testamento, él es anterior a Cristo, es quien prepara el camino a Jesús. Ahora bien, la misión del profeta es más bien ingrata, pues la palabra de Dios suele ser un estorbo para todos: para reyes, príncipes, autoridades, sacerdotes, falsos profetas y para el pueblo en general. De allí que muchos profetas se resisten a ejercer su función. Pero Dios no se arrepiente e insiste. Lo vimos con Jonás. Cuando Moisés se resiste, sus excusas de nada le valen (Ex. 3,11-12). Tampoco las de Jeremías (Jer. 1,6-7). De allí, también, que los profetas tenga sus crisis de depresión y de rebeldía. Tal es el caso de Jonás después de la conversión de Nínive (Jon. 4). También Moisés (Núm. 11, 11-15) y Elías (1 Re.19, 4). Jeremías llega a quejarse amargamente y casi abandona su misión (Jer. 15,18 s; 20,14-18). También Ezequiel (Ez. 3,14s). Los profetas casi nunca ven el fruto de su misión. La predicación de Isaías más bien endurece al pueblo (Is. 6, 9; Mt. 13, 14-15). Sin embargo, el profeta deberá hablar en nombre de Dios así lo escuchen o no (Ez. 2,5-7 y 3,11-21). Vemos, entonces, cómo el carisma de profecía es un carisma de revelación, por el que Dios da a conocer a los seres humanos lo que no podríamos descubrir con nuestros limitados recursos humanos. Como todo carisma, el de profecía también es para el bien de la comunidad y para levantar la fe del pueblo de Dios o de un sector del pueblo de Dios. Es así como el profeta se salva cumpliendo su misión de profetizar y cumpliendo también el mensaje que Dios da a través suyo. Y el pueblo de Dios se salva escuchando lo que dicen los profetas y cumpliendo las indicaciones que Dios da a través de ellos. ¿Han habido profetas después de Cristo? ¿Existen profetas en nuestros días? Santo Tomás de Aquino tiene esto que decir al respecto: “En todas las edades los hombres han sido instruidos divinamente en materias referentes a la salvación de los elegidos ... y en todas las edades han habido personas poseídas del espíritu de profecía, no con el propósito de anunciar nuevas doctrinas, sino para dirigir las acciones humanas” (Summa:2:2:174:Res. et ad 3). “El profetismo no se extingue con la edad apostólica (con los Apóstoles). Sería difícil comprender la misión de muchos santos en la Iglesia sin observar en ellos el carisma profético. ‘Las profecías desaparecerán un día’, explica San Pablo (1Cor. 13,8). Pero esto será al fin de los tiempos. “La venida de Cristo a acá, muy lejos de eliminar el carisma de profecía, provocó su extensión, la cual había sido predicha: ‘Ojalá todo el pueblo fuera profeta’, era el deseo de Moisés (Núm. 11, 29).” (X.León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica). Y el Papa Juan Pablo II nos dejó dicho lo siguiente respecto del profetismo en nuestros días: “El Espíritu Santo derrama una gran riqueza de gracias ... Son los carismas. También los laicos son beneficiarios de estos carismas ... como lo atestigua la historia de la Iglesia” (JP II, Catequesis del Miércoles 9-3-94). “Conviene precisar con palabras del Concilio la naturaleza del profetismo de los laicos ... no sólo de un profetismo de orden natural ... Más bien es cuestión de un profetismo de orden sobrenatural, tal como se nos presenta en el oráculo de Joel (3,2), ‘En los últimos días ... profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas’ ... para hacer vibrar en los corazones las verdades reveladas” (JP II, Catequesis del Miércoles 26-1-94). Es decir, la función principal de los profetas posteriores a Cristo es recordar las verdades reveladas y la doctrina y enseñanzas de la Iglesia de Cristo. Ejercen su misión profética, nos dice el Concilio Vaticano II, “en unión con los hermanos en Cristo, y sobre todo con sus pastores, a quienes toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado ejercicio, no, por cierto, para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cf. 1Tes. 5,12.19.21). www.homilia.org |
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Asombrados de su doctrina La admiración y el asombro que suscita la predicación de Jesús índica muy a las claras la índole de esa predicación y, sobre todo, la de quien predica. Jesús no es sólo un “predicador” que transmite una nueva filosofía de la vida o una elevada doctrina moral, ni siquiera una nueva religión. De hecho, el texto de hoy nos da a entender que no es sobre todo el contenido de su predicación, sino el modo de transmitirla lo que provoca el asombro de sus oyentes: no predica como los escribas, sino con autoridad. Con autoridad significa que enseña desde sí mismo: no se limita a transmitir o comentar una palabra ajena, sino que por medio de sus palabras es Él mismo el que se revela y se da. Jesús es el cumplimiento de una antigua promesa, la que hoy leemos en la primera lectura: la promesa de un profeta al que se puede escuchar, que habla palabras de vida y no de muerte, un profeta que no suscita el terror sagrado porque es uno sacado de entre nosotros, “de entre tus hermanos”. Pero Jesús, además, supera con creces esa promesa, porque no se limita a transmitir palabras verdaderas de parte de otro, sino que Él mismo es la Palabra encarnada, que porta en sí la Verdad de Dios. De ahí la autoridad que despierta la sorpresa de una novedad inaudita. La autoridad de la palabra y persona de Jesús se manifiesta, además de en la novedad de la doctrina y en el modo de comunicarla, en su eficacia: Jesús cura o, como queda patente en el evangelio de hoy, somete a las fuerzas del mal. A veces sentimos desaliento y desánimo ante la potencia y la omnipresencia de estas fuerzas, de los espíritus inmundos. Tenemos la impresión de que esos espíritus son más fuertes y eficaces que el espíritu del bien. Están por todas partes, no sólo en los “centros oficiales del mal”, sino que se sientan también en la Sinagoga, en la Iglesia, en los lugares santos. Esto significa que debemos evitar la frecuente tentación simplificadora de identificarlos con una causa única, que además solemos colocar fuera de nosotros, que siempre se encuentra en “los otros”. Unos hablan de “los mercados” o el “neoliberalismo”, otros del “marxismo” o del “ateísmo”, los de más allá de los masones o qué sé yo que grupos, como queriendo así exorcizarlos de sí, del propio entorno. Pero el evangelio de hoy nos dice que el espíritu inmundo lo tenía “un hombre”, uno cualquiera, en nada distinto de cada uno de nosotros. Y que se sentaba “precisamente” en la sinagoga. La raíz del mal anida en nuestro interior, está entre nosotros, incluso en los que se sientan o nos sentamos en el ámbito de lo sagrado. Todas esas otras expresiones del mal a que hemos aludido lo serán en una u otra medida, pero al final, si queremos combatirlo en su raíz, tenemos que mirarnos a nosotros mismos, y tratar de identificar qué espíritus inmundos nos habitan en concreto. Los espíritus inmundos, que poseen tantos rostros y tantas formas de presencia, tienen en común que no escuchan la Palabra, sino que, al contrario, se encaran con ella, y la desafían a gritos. Aunque al hacerlo ya están reconociendo con temor la autoridad de Jesús. Nosotros, que sabemos por experiencia (propia y ajena) la enorme dificultad, la casi imposibilidad de vencer a esos espíritus inmundos en nosotros y en nuestro mundo, podemos hacer la experiencia de someternos a la Palabra de la Verdad que es Jesús, y sentir así el asombro de su autoridad y la admiración de su eficacia. Sólo esa Palabra cercana (es uno de nuestros hermanos) es capaz de desenmascarar, mandar, hacer callar y expulsar al espíritu inmundo. Jesús vence al mal, pero salva al que está poseído por él, destruye el pecado pero salva y libera al pecador. La Palabra, la persona de Jesús es el único exorcismo eficaz contra las fuerzas del mal, contra los espíritus inmundos, porque, allí donde suena y actúa, y donde es acogida, va abriendo espacios al Reino de Dios. Por eso no suscita terror, sino asombro y, sobre todo, confianza. La confianza es la dimensión central de la fe en Dios, en el Dios cercano que es Jesucristo. Esta fe confiada hace reales posibilidades inéditas de vida nueva. Las palabras de Pablo en la segunda lectura de hoy son una buena ilustración a este respecto. Percibimos en ellas una exhortación a un género de vida que en nuestros días no goza de buena prensa. Son muchos los “espíritus inmundos” que gritan desafiantes contra él declarándolo imposible e inhumano. Lo más curioso (y triste) es que esos gritos se escuchan con frecuencia dentro de la misma Iglesia (aunque después de leer el evangelio de hoy no debe extrañarnos). Pablo, que en ningún momento rechaza o cuestiona el matrimonio, antes bien, lo ensalza como una vocación cristiana de extraordinario valor, señala también el camino de la plena consagración a Dios, en una vida célibe, la que él mismo ha elegido para sí. Es un ideal realmente inaudito, que requiere una libre elección (cf. 1Cor. 7,25), y que, por muy imposible que le pueda parecer al espíritu del mundo, es una posibilidad abierta por el mismo Cristo, que vivió con un corazón indiviso, completamente entregado a las cosas del Padre. Para poder hacer propio ese género de vida es preciso abrirse a la eficacia y la autoridad de la Palabra que nos libra de nuestros espíritus inmundos, que nos habilita para lo que a nosotros mismos nos parece fuera de nuestro alcance, cada uno en su vocación: el casado en entrega fiel a su cónyuge y sus hijos, el llamado a la virginidad consagrada en un género de vida célibe, preocupado de los asuntos del Señor; unos y otros abiertos en fe a la admiración y el asombro ante esta Palabra nueva, cercana, eficaz, llena de autoridad y de vida. José Maria Vegas, cmf |
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(A) Hay un periodista que viaja habitualmente a un pueblo de África y disfruta enterándose de las pequeñas cosas que suceden en la vida de las gentes del poblado. En una de sus visitas descubrió un montón de televisores almacenados en una choza a las afueras del pueblo. Desconcertado, todos estaban aún sin estrenar, se fue a conversar con el jefe del pueblo. ¿Por qué la gente del pueblo no ve la televisión?, le preguntó. Y el jefe del pueblo le contestó: "Nosotros tenemos nuestro propio contador de historias." Eso está muy bien pero la televisión puede contarles miles de historias, le dijo el periodista. "Es verdad, le dijo el jefe, pero nuestro contador de historias nos conoce a cada uno de nosotros". Esta es la clave "nuestro contador de historias nos conoce". Así puede contarles no la historia que desearían oír, sino la que necesitan cada día. Puede darles la mejor medicina para el sufrimiento y el mejor consejo para cada decisión que han de tomar. ¿Es la televisión nuestro único contador de historias? Para muchos, desgraciadamente, es el único. Para nosotros los que nos reunimos aquí los domingos, tenemos otro contador de historias, otro maestro, otro médico. Jesús es nuestro contador de historias. Nos conoce. Tiene autoridad. Nos ama. Está siempre disponible. Viene a nuestra iglesia el domingo y nos enseña. En la historia de hoy vemos a Jesús en la sinagoga enseñando con autoridad y actuando con poder. Había mucha gente en la iglesia aquella mañana. Nadie sabía que uno de ellos albergaba un espíritu malo. Pero Jesús que los conocía a todos, sabía que uno de ellos necesitaba sanación. Reprendió al espíritu malo y le dijo: "Cállate. Sal de él". La gente reunida en la iglesia no entendían ni palabra y se preguntaban: "Qué es esto? Cuando Jesús es nuestro contador de historias, Dios se hace presente y Dios nos trabaja a cada uno con su poder. Suponed que yo digo: aquí y ahora, en medio de nosotros hay una persona que tiene un espíritu malo… Yo no puedo escanear vuestros corazones, pero si puedo escanear el mío y ver lo que hay dentro de él… Sólo Jesús conoce las zonas oscuras que hay en nuestros corazones: avaricia, odio, indiferencia, pereza, lujuria, crítica... Sí muchos espíritus oscuros viven dentro de nosotros. Y Jesús nos dice: Cállate. Sal fuera. Estoy aquí para sanarte, para liberarte. Tengo autoridad y poder y tú tendrás el mismo poder si vas entrando en una relación cada vez más profunda con mi Padre y tu Padre Dios. Invitación a profundizar en nuestra fe a través de la oración y la escucha de nuestro contador de historias: Jesucristo. Hay ciertas vocaciones que cada día tienen menos candidatos. La vocación de sacerdote, contador de la historia de Jesús. La vocación de maestro. Dicen que Nueva York, en los próximos diez años, tendrá que buscar 50.000 maestros. Para nosotros los cristianos, Jesús es el Maestro. Un Maestro que no sólo habla de Dios sino que habla como Dios. Y habla con la autoridad de Dios porque está en comunión con El. A ti ¿Te gusta sentarte en su escuela y escucharle? (B) Cuando por las mañanas sale el sol, poco a poco van desapareciendo las estrellas. Tened por cierto que, si en nuestras almas reinara el sol del amor a Dios, poco a poco irían desapareciendo nuestros defectos. El sol, por la mañana, transforma las gotas de rocío que hay sobre las hojas en puntos de luz y transforma la oscuridad en los hermosos colores que vemos durante el día. Pues bien, el amor a Dios lo transforma todo. El incrédulo que ve por la calle a un pobre pidiendo limosna ve sólo un pobre; en cambio, el enamorado de Dios ve en los pobres algo más que estómagos vacíos, algo más que corazones hambrientos; ve en ellos al mismo Jesús pobre… El que de verdad ama a Dios trata a los demás como a Jesús. Su palabra y su conducta transforman corazones. En la vida diaria encontramos tres clases de palabras: palabras vacías, palabras autoritarias y palabras con autoridad. Las palabras vacías son las de los charlatanes, las de los que no hacen lo que dicen, las de ciertos políticos que se preocupan por el número de votos y se olvidan del bien de los votantes, dejando de cumplir tantas promesas. Las palabras autoritarias son las de los dictadores, las de aquellos con los que a la fuerza hay que estar de acuerdo, digan lo que digan. Si dicen que una cosa es blanca, no le digáis que es negra aunque lo sea, porque lo pasaríais mal. Las palabras con autoridad son las de los que viven lo que dicen. Sus palabras responden a su vida honrada. A estos se les escucha con respeto y con agrado; por eso las multitudes se agolpaban para oír a Jesús de Nazaret porque sus palabras estaban de acuerdo con su vida. La gente, más que fijarse en palabras, se fija en cómo es el que las dice. Un día se insertó en el periódico el siguiente anuncio: «Adelgace en quince días sin dejar de comer, sin medicamentos, sin molestias! Garantizado». Firmado Luci. Y Dorinda, demasiado entrada en carnes, acudió a inscribirse inmediatamente. Ya en la sala de espera, Dorinda pudo ver, al entreabrirse la puerta de la sala de tratamiento, a la tal Luci. -Esa señora, ¿es Luci? -preguntó al oído de la vecina de asiento. -¡Esa es! --contestó. -iSanto Dios! ¿y cuánto pesa? -preguntó de nuevo. -Dicen que 110 kilos --contestó la vecina. Dorinda se dirige rápidamente a la recepcionista y le dice: -Perdón, ¿quiere usted borrarme de la lista de espera? -No se impaciente. Le va a tocar ya, señora -le aclaró la joven. -Me siento un poco mal; otro día volveré -le dijo Dorinda. Pero no regresó jamás. Cuando una persona no es lo que les pide a otros que sean, las palabras más verdaderas se convierten en falsas. Tengamos todos en cuenta esto, especialmente los padres, sacerdotes y maestros. ... Que nuestras buenas palabras correspondan a nuestra vida. (C) La proclamación de este evangelio de hoy me ha «herido». Esta frase: «Porque no enseñaba como los letrados», es una profecía que no pasa de moda. Al leerla, he recordado muchos comentarios de personas que criticaban los sermones de muchas iglesias como aburridos, o que percibían que hay mucha teoría y poca práctica. Y, sobre todo, me ha servido de espada de doble filo. Lo del Evangelio no puede ser un «oficio», ni un «saber», ni un «sermón»... Cuando la gente normal dice: «¡No me eches sermones, por favor!», ¿qué quiere decir? ¿Enseñanzas frías, aburridas, abstractas, cansinas...? La autoridad no viene por lo que nos dan y nos quitan, por el puesto en que nos colocan... Hay maneras de ser y ejercer la autoridad que son el desprestigio más grande del puesto que se ocupa... «¡Cómo es posible que esta persona ocupe el puesto que ocupa!», y nos llevamos las manos a la cabeza, nos asombramos. La autoridad viene siempre de lo que uno es, de lo que uno vive, de lo que uno ha incorporado a su vida hasta hacerlo vida propia. La autoridad es una armoniosa mezcla de la vida y de la inteligencia de la vida; del Evangelio vivido y del Evangelio entendido con la cabeza. La verdadera autoridad no la alcanzamos cuando nos ponen en un escalón de los que nosotros nos hemos hecho; la autoridad que de verdad es autoridad nos la dan los que nos ven y nos escuchan. Porque Jesús tiene autoridad puede decir: «Cállate. Sal de este hombre». Y me pregunto ¡cuántas veces «me tengo que callar» y no decir «sal de este hombre» porque muchos en la asamblea me dirían a mí: «Cállate. No nos cuentes historias. Comienza a dar ejemplo»! La falta de autoridad, de honestidad, de coherencia evangélica son las que nos impiden expulsar muchos demonios y hacer la verdad en medio de la mentira o de la corrupción. En el relato de Marcos, lo que sorprende a los reunidos en la sinagoga es justamente «este enseñar con autoridad». La autoridad moral, la autoridad del saber, la autoridad de vida, todas unidas, hacen enmudecer a los espíritus inmundos y asombran a la gente. El Reino de Dios se presenta así: con la coherencia por delante. No tiene nada que «tapar», todo es transparencia. En una sociedad que siempre tiene «algo que ocultar», pasillos donde se «acomoda la verdad a los intereses» son irresistibles las personas que van con la verdad por delante. Les acallarán, pero la verdad seguirá hablando. No es de extrañar que la verdad de Jesús sea irresistible, en un primer momento, sobre todo, para los más «enfermos», para los que «más entrampados están», para los que «más vida oculta poseen» y no quieren que nadie les toque ni les destape. (D) Escribe el filósofo y gran cristiano Sóren Kierkegaard: "Si has de leer la Palabra de Dios, es para mirarte en el espejo y decirte continuamente durante la lectura: yo soy a quien se le habla, yo soy de quien se habla". Por eso, hemos de decirnos: "Soy yo ese 'poseso' a quien Jesús quiere liberar". Hoy todos los escrituristas afirman que los endemoniados de los que hablan las Escrituras eran enfermos o personas que sufrían fenómenos relacionados con la psiquiatría o la parapsicología. Al no encontrar explicación, los creían poseídos por un espíritu malo que perturbaba su vida y no les dejaba vivir en libertad. Perturbaban su vida y la de los demás porque eran todo un problema familiar y social. Los evangelistas, sobre todo Marcos, presentan a Jesús como el gran exorcista que libera de las fuerzas del mal, que esclavizan, y recupera para la lucha por el bien, como vemos en el relato de hoy. El "poseso" o "endemoniado" es un símbolo de todos y cada uno de nosotros, dominados por las fuerzas del mal, del pecado, fuerzas que no nos dejan ser nosotros y de las que, en el fondo, ansiamos liberarnos. A veces se dice expresamente: "No sé qué me pasa; parece que tengo el demonio en el cuerpo". Hoy la "posesión" tiene otros nombres; se llama traumas, complejos, adiciones, depresiones, genio, fobias, presión social, miedo... Estas fuerzas del mal nos dominan, nos hacen sufrir y hacen sufrir a quienes nos rodean. DEMONIOS QUE ATORMENTAN Y TIRANIZAN Los demonios del pesimismo y del miedo tiranizan de un modo especial a los cristianos. El miedo al "qué dirán", a ser distintos... ¿No hay muchos cristianos vergonzantes que no se atreven a confesar en público su fe, mientras muchos (porque hoy es lo que viste) presumen de incredulidad y agnosticismo? Nos acosa el miedo a ir contracorriente: "Creo que no tendría que ser así, pero todo el mundo lo hace"... Nos acosa el miedo al riesgo, al conflicto, al fracaso. En este sentido, hay que decir: "El que actúa puede equivocarse; el que no actúa, ya se equivocó". Nos asusta lo nuevo, el futuro. Decía el gran teólogo K. Rahner: "Los cristianos cogemos el tren del futuro, el tren de la modernidad, tarde y a desgana". ¡Cómo atormentan los complejos! ¡Cuánto hace sufrir la timidez a los tímidos! "¡Tengo rabia contra mí mismo por esta timidez que me paraliza! Si no fuera por ella... las cosas que podría hacer yo". Estos demonios atormentan a sus posesos, dominan, impiden a la persona ser libre, ser ella misma, actuar. Los traumas, los miedos, los complejos, la timidez... paralizan a la persona: "Si no fuera por este miedo a la crítica, haría muchas cosas". Recuerdo a un gran pensador, al que el miedo a la crítica le impidió escribir libros de envergadura. Tenemos condiscípulos brillantes anulados por el miedo; en cambio, otros mediocres, con una gran confianza en sí mismos, han realizado verdaderos prodigios en su labor. MEDIOS Y REMEDIOS Jesús de Nazaret está vivo y sigue expulsando demonios; quiere liberarnos de ellos y nos ha constituido exorcistas: "Curad a los enfermos, echad los demonios" (Mc. 16,17). El Evangelio respira optimismo frente al mal. Jesús nos libera del demonio cuando se lo pedimos en la oración como aquella madre de una hija atormentada: "Señor, ten compasión; mi hija tiene un demonio muy malo" (Mt. 15,22). "Esta clase de demonios no sale más que con la oración" (Mc 9,29). Martín Luther King narra en una carta el derrumbamiento interior que sentía ante las amenazas de muerte. Le habían dicho por teléfono: "Negro asqueroso, tienes los días contados. No quieres dejar la lucha por las buenas; la dejarás por las malas". Comenta: "Tuve una experiencia de Getsemaní. Oré ardientemente al Señor: 'Tú, Señor, me has metido en esto; tienes que darme fortaleza'. Al final de la oración me sentí otro. Ya no me importaba morir si era necesario". En la Eucaristía el Señor no sólo nos toca como hacía en su vida terrena, sino que se hace nuestro alimento, nos da su Espíritu para que expulsemos los malos espíritus. Es increíble cómo se libera de los demonios opresores quien vive en comunión con el Señor. Él nos invita a servirnos de los medios y remedios naturales: dejarse ayudar por otras personas, sean amigos o psicólogos. Ello supone lanzarse a la acción, intentar lo imposible. "No sabía que era imposible y lo realizó", afirma un gran dicho. ¿Cómo vamos a saber que es imposible si no lo hemos intentado? Preguntaban a un convertido: "¿Qué es lo que te han dado que no te pareces a aquel hombre tímido que callaba, que decía amén a todo y ahora no hay quien te frene?". Contestó: "¿Sabéis lo que me han dado? Transfusiones de Evangelio, que tomo a diario; es la fe y la confianza en el Señor Jesús que nos habita y nos empuja desde dentro. He expulsado el miedo de mi cuerpo; os lo aseguro". No cabe duda, el Evangelio te pone en comunión con Jesús de Nazaret, que echa todos los demonios que paralizan e infunde el Espíritu que dinamiza. (E) APRENDER A ENSEÑAR El modo de enseñar de Jesús provocó en la gente la impresión de que estaban ante alguien desconocido y admirable. Lo señala la fuente cristiana más antigua y los investigadores piensan que fue así realmente. Jesús no enseñaba como los «letrados» de la Ley. Lo hacía con «autoridad»: su palabra liberaba a las personas de «espíritus malignos». No hay que confundir «autoridad» con «poder». El evangelista Marcos es muy preciso en su lenguaje. La palabra de Jesús no proviene del poder. Jesús no trata de imponer su propia voluntad sobre los demás. No enseña para controlar el comportamiento de la gente. No utiliza la coacción ni las amenazas. Su palabra no es como la de los letrados de la religión judía. No está revestida de poder institucional. Su «autoridad» nace de la fuerza del Espíritu. Proviene del amor a la gente. Busca aliviar el sufrimiento, curar heridas, promover una vida más sana. Jesús no genera sumisión, infantilismo o pasividad. Libera de miedos, infunde confianza en Dios, anima a las personas a buscar un mundo nuevo. A nadie se le oculta que estamos viviendo una grave crisis de autoridad. La confianza en la palabra institucional está bajo mínimos. Dentro de la Iglesia se habla de una fuerte «devaluación del magisterio». Las homilías aburren. Las palabras están desgastadas. ¿No es el momento de volver a Jesús y aprender a enseñar como lo hacía él? La palabra de la Iglesia ha de nacer del amor real a las personas. Ha de ser dicha después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no antes. Ha de ser cercana, acogedora, capaz de acompañar la vida doliente del ser humano. Necesitamos una palabra más liberada de la seducción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu. Una enseñanza nacida del respeto y la estima positiva de las personas, que genere esperanza y cure heridas. Sería grave que, dentro de la Iglesia, se escuchara una «doctrina de letrados» y no la palabra curadora de Jesús que tanto necesita hoy la gente para vivir. (F) «Estoy perdido... No hay nada que hacer.» Qué duro es escuchar a quien se nos confía con estas o parecidas palabras. Pocos sentimientos habrá tan penosos para el ser humano como esa sensación de verse hundido sin remedio. Todo se desata, a veces, a partir de una desgracia que el individuo se siente incapaz de soportar: «Es demasiado para mí. No puedo más. Voy a volverme loco.» La persona no sabe dónde encontrar consuelo. Ya nada será como antes. Algo se ha roto para siempre. Otras veces es la soledad sentida de manera angustiosa: «Nadie me entiende. Nadie me quiere. Todos me han dejado solo.» Frustrada en lo más íntimo, la persona se hunde en la amargura. Sabe que nadie le espera ya en ningún lugar. ¿ Qué sentido puede tener seguir viviendo sin la presencia de una persona amada? En algunos momentos puede aparecer una inexplicable sensación de malestar: «No tengo ganas de vivir. Nada me llena. Todo me da igual.» La persona no sabe cómo sacudirse de encima esa fastidiosa impresión de vacío y falsedad. Hay que seguir viviendo, pero uno se siente acabado. En otras ocasiones el ser humano experimenta el cansancio de su propio corazón: «Estoy harto de todo y de todos.» Una especie de entumecimiento interior se apodera de la persona. Hay que «seguir tirando», pero hace tiempo que la vida se ha apagado. No es tampoco tan extraña la experiencia del pecado: «Mi vida es un desastre. He dado muchos pasos equivocados. Poco a poco me he ido alejando de Dios, y ahora no tengo fuerzas para cambiar.» La persona no se atreve ya a enfrentarse a su propia conciencia. Siente confusamente el peso de la culpa, pero no sabe cómo salir de ese estado. Las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido (Lucas 15, 1-32) insisten todas ellas en lo mismo: Dios es alguien que se alegra con la recuperación de todo hombre o mujer que se veía perdido. No hay desgracia ni pecado, no hay cansancio ni soledad, no hay crimen ni oscuridad que te pueda destruir definitivamente. Nadie está perdido para Dios. Esta es la Buena Noticia del evangelio: No hay desesperación definitiva; siempre se puede seguir esperando incluso «contra toda esperanza». Dios es Salvador para todos aquellos que se ven desbordados por el mal, el pecado, la impotencia o la fragilidad. Esto es lo que descubren con admiración aquellas gentes de Galilea que son testigos del poder y la bondad de Jesús que libera del «espíritu inmundo» a aquel pobre hombre que se retuerce poseído por el mal. Juan Jáuregui Castelo |
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“Hoy y siempre escucharéis su voz; !no endurezcáis vuestro corazón!” Los profetas tendrán un doble papel: por una parte deberán luchar contra las prácticas de magia y adivinación; por otra, hablarán en nombre del Señor, que, como en el caso de Moisés, será quien llama y designa. Los que se admiraban de la “autoridad” con la que Jesús hablaba, querían expresar en ese término muchas cualidades nuevas que habían observado en Él: libertad de espíritu frente a mentalidades intransigentes y cortas; perspectivas nuevas para todos los hombres, lejos de cualquier espíritu restrictivo; oferta de salvación sencilla y sin discriminación, todo ello le otorgaba un ascendiente sobre todos los que le oían que hacía atrayente su figura y apasionante su mensaje. Es frecuente la palabrería permanentemente escuchada y a la vez no creída. No porque quien habla no merezca credibilidad, sino porque solemos encasillarlos en una “clase” desprestigiada y les hacemos partícipes del mismo descrédito. Es injusto, pero corriente. Enseñar, decir hoy con “autoridad” significa exactamente lo mismo que en tiempos de Jesucristo: hablar respaldado por un prestigio personal intachable. - “De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo” (Hb. 1,1-2). “Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta” (65). - “En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios” (104; cf. 101). - “La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice” (150). - “No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque ``nadie puede decir: `Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo'' (1Cor. 12,3). ``El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios... Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios'' (1Cor. 2,10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios” (152). - “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad” (san Juan de la Cruz, Carm. 2, 22) (65). La autoridad como poder se impone; la autoridad como servicio atrae. Y Jesús vino no a ser servido sino a servir. |
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Enseñar con autoridad El significado global del mensaje religioso de la liturgia de la Palabra de este cuarto domingo ordinario es la alegría y el estupor que provoca la presencia de Jesús. Su enseñanza nueva y su poder sobre los demonios impresionó hondamente a la multitud de Cafarnaún. “Cuando el sábado fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad”. San Marcos no nos narra el contenido específico de la enseñanza de Jesús durante la liturgia sinagogal del sábado, el día sagrado dedicado al descanso y a la oración de los hebreos piadosos. Nuestro evangelista está principalmente interesado en subrayar la autoridad con que habla Jesús y el poder extraordinario con que actúa frente a Satanás. Su palabra tiene eficacia inmediata y libera al hombre del espíritu devastador para restituirlo a su dignidad y libertad primera. La autoridad de Jesús en la enseñanza de su doctrina, unida a la acción liberadora de los espíritus inmundos, es el primer signo revelador del misterio de Cristo, el Hijo de Dios. El estupor y temor religioso que siente la multitud es la primera pista para tratar de comprender quién es verdaderamente Jesús de Nazaret. No enseñaba de manera repetitiva, como hacían los escribas de su tiempo; no decía cosas, como un simple maestro. Hablaba como el Señor. La autoridad de Jesús es un elemento insuprimible de la cristología del Nuevo Testamento y el eje en torno al cual gira todo el misterio mesiánico. Los textos de la Biblia, leídos y comentados por Jesús, se enriquecen con nuevos contenidos y perspectivas inimaginables. La autoridad que Jesús manifiesta en sus palabras y obras es la misma plenitud de poder que pertenece solo al Omnipotente y la absoluta posibilidad de obrar propia de Dios. Aquí está el secreto de su autoridad; no es solamente un hombre, ni un simple profeta, ni un enviado o portavoz sino el Hijo de Dios. Jesús habla la Palabra que es él mismo, Palabra hecha carne, Palabra omnipotente, Palabra soberana, Palabra creadora. Jesús es la Palabra definitiva de Dios al mundo; por eso su enseñanza es luz para el camino de la vida. Jesús es el Santo de Dios, que tiene la misión de salvar integralmente al hombre y de reconstruir el mapa maravilloso de la creación original. Andrés Pardo
El contexto de la lectura del libro del Deuteronomio son las exhortaciones sobre los profetas que anuncian la permanencia del ministerio profético en Israel hasta la llegada del Profeta por excelencia, el Mesías. En el fragmento que leemos hoy recoge las señales que distinguen al verdadero del falso profeta. El profeta recibe el encargo de anunciar la Palabra que reciba de Dios al pueblo. Es un intermediario autorizado y que disfruta de la autoridad divina recibida para la misión. Si es el portavoz de Dios, es necesario que le preste atención y le escucha. El Dios transcendente y espiritual necesita que su palabra se encarne para que el hombre pueda tener acceso a ella. Esa es la tarea singular de la misión profética. En la segunda lectura seguimos leyendo la respuesta que Pablo dio en su primera carta a los Corintios sobre la virginidad y el matrimonio y el verdadero sentido y función de ambas situaciones vitales. Pablo explica el sentido del celibato cristiano: poder dedicarse más plenamente a los asuntos del Señor; la evangelización y la proclamación de la Palabra. El celibato y la virginidad (singular exigencia del Evangelio) para entregarse a los asuntos del Señor, es una posibilidad para el creyente, pero libremente asumida. San Pablo contempla el celibato en el conjunto de la espera escatológica. El matrimonio es una realidad sagrada, asumida y aceptada por todos, pero para el tiempo presente. El celibato es lo novedoso, lo singular, lo que llama la atención. El sentido del celibato, en la misión, está orientado a entender la esperanza del fin. Este domingo nos sitúa a Jesús en la aldea de Cafarnaúm, junto al lago de Galilea. Jesús inaugura su actividad pública en la sinagoga de Cafarnaúm, que era una población fronteriza de escasa importancia en la ribera norte-occidental del lago de Galilea. Los que se reunían el sábado en la sinagoga advirtieron en seguida que Jesús de Nazaret era distinto de sus maestros habituales, por cuanto él hablaba y actuaba con una misteriosa e irresistible autoridad. Lo más importante del sábado como día santo para un israelita es participar en la liturgia sinagogal. Jesús había asistido habitualmente a la liturgia sabática desde su infancia. Ahora, además de escuchar, enseña. Sus comentarios sinagogales fueron vehículo normal del evangelio. Al pueblo le impresionó sobremanera el tono de autoridad con que Jesús hablaba. Testigo de la verdad y seguro de su misión, se hacía trasparente en su palabra la fuerza irresistible de la voluntad de Dios. La antigua pedagogía profética solía realizar la invisible verdad en signos perceptibles. El Santo de Dios iba a derrocar en el mundo de los hombres el imperio del Mal. Al recordar aquella espectacular victoria de Jesús sobre los “espíritus impuros”, Marcos pensaría especialmente en la progresiva evangelización del paganismo romano. Al margen de lo que se pueda opinar sobre el carácter espiritual o psíquico de la posesión diabólica, su irresistible liberación por la sola Palabra era, a los ojos del pueblo, un impresionante signo de cómo la nueva doctrina empezaba a rendir el orden del mal en el mundo de los hombres a la soberanía de la santidad de Dios. El próximo domingo se leerá la continuación del “sábado en Cafarnaúm”. El poder del Mesías se manifestará en fascinadora humanidad al servicio de los enfermos y los humildes. Ángel Fontcuberta |
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Por las lecturas que hoy se nos proponen para meditar, se puede comprender cómo los textos del Antiguo Testamento se iluminan desde el Nuevo, y la promesa que Dios hace a Moisés de suscitar un profeta para que hable al pueblo se realiza plenamente en la persona de Jesús. Si el profeta que se le anuncia a Moisés hablará de lo que Dios le revele, Jesús no dirá nada por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que ha escuchado a su Padre. Si hay que escuchar y obedecer la enseñanza de los verdaderos profetas, según el texto del Deuteronomio, ¡cuánto más habrá que acoger y llevar a la práctica la predicación de Jesús, Maestro que habla con autoridad, según reconocen sus contemporáneos! Uno de los secretos para que se reciba un discurso, se encierra en la autoridad del que lo pronuncia. No se puede predicar de oídas, ni inventarse la doctrina. La propuesta que hace un auténtico maestro debe ir avalada por la coherencia. En el libro del Deuteronomio se afirma que Dios mismo pondrá las palabras en la boca del profeta. Jesús dirá de sí mismo que Él habla de lo que ha oído a su Padre. ¡Tantas veces nuestros parlamentos son vacíos! No tocan el corazón porque tampoco salen las palabras de las entrañas, sino que quizá son aprendidas y estudiadas, y aun siendo noble el trabajo de preparar el discurso, hoy se necesitan más testigos que maestros, y estos en cuanto testigos, según decía Pablo VI. En esta perspectiva, San Pablo, desde la coherencia de su opción de vida, aconseja dedicarse enteramente a Dios, con opción célibe, aunque él sabe que no todos pueden con ello. “Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor, sin preocupaciones”. El salmista nos dicta la mejor actitud posible: “Ojalá escuhéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis el corazón”. Hoy se nos invita a acudir donde se nos expliquen las Escrituras, a tener el lugar de pertenencia comunitaria para la formación de nuestra fe y sostenimiento de nuestra fidelidad. Jesús acudía los sábados a la sinagoga. Hoy nos podemos examinar de la coherencia que se da entre nuestra forma de hablar y de vivir. Hoy se nos invita a ser testigos del Señor, al igual que Él lo es de su Padre. Angel Moreno |
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Algo más que palabras Dos modelos: el de la palabra y el de la palabra sustentada por las obras. Jesús avaló sus palabras con las obras lo que le hizo ir ganado en credibilidad. No podemos quedarnos en discursos muy bien fundamentados en la ley. Lo importante es que realmente sean llevados a la vida. Ea es la verdadera credibilidad, cuando se puede comprobar, cuando hay algo más que palabras. «No quiero cantar a Dios si no hay brillo de Dios en mí. Para cantar sin vivir mejor que calle. La fuerza de la voz y la palabra está en la exigencia de hacerlo vida. Si no vivo lo que pienso ¿para qué pensar? Si no vivo lo que escribo ¿para qué escribir? Si no vivo lo que canto ¿para qué cantar? Si no vivo lo que siento ¿para qué sentir?» No estaría mal que antes de hablar de Dios tuviésemos en cuenta esta estrofa de una canción de Brotes de Olivo. Hoy vivimos sumergidos en un mar de palabras y mensajes de todo tipo. En el campo religioso, abundan también los falsos profetas, los agoreros y los papagayos que repiten doctrinas que no han asimilado y que en la mayoría de los casos ni si quiera entienden pero exigen de los demás un cumplimiento sin tacha. Por tanto, no pensemos que 2012 años más tarde estamos en una época muy diferente a la que vivió Jesús. Jesús llamaba la atención porque era un maestro diferente, no era como los demás. Este enseñaba con autoridad, con frescura. Respecto a lo que eran los maestros de la época la diferencia fundamental está en que aquellos fundamentaban su autoridad en citas de la Escritura, de la que eran exegetas, mientras que Jesús acompañaba su enseñanza con acciones, cosa que los otros no podían hacer. Esa era la autoridad. Y todo ello gracias a que poseía el Espíritu Santo de forma que su palabra era ni más ni menos que palabra de Dios, llana y accesible, no con discursos eruditos y alambicados si no un mensaje para la gente sencilla. El Espíritu de Dios, el espíritu de la verdad vence al espíritu inmundo, que bebía de las fuentes de los letrados y maestros de la ley que adocenaban a la gente cercenando su espíritu crítico por miedo a no sé cuantos castigos divinos. Ante la enseñanza de Jesús el “objetor” se da por vencido y la gente comienza a atisbar en Jesús un Mesías, un verdadero profeta que trae un mensaje de vida y libertad, de igualdad, sin perderse en un bla, bla, bla sin fin y, lo que es más grave, sin coherencia a pesar de la aparente verdad. Si como cristianos queremos que todo el mundo comparta nuestro modo de vida debemos actuar con coherencia. No se necesitan, ni se han necesitado nunca, creyentes perfectos e intachables sino personas capaces convivir con sus luces y sombras. A lo largo de la historia se nos ha llenado la boca de hablar de moral, de sies y noes, de puros e impuros. El disco de los mandamientos se nos ha rallado de tanto insistir en el sexto sin ser conscientes de que el fundamental es el primero. No es más cristiano y mejor seguidor el que más cumple, el que tiene la camisa más limpia, el que conquista medallas sacramentales; que el analfabeto de leyes y preceptos pero que lleva una vida sencilla intentando que los demás sean, por lo menos, tan felices como él. Quizá lo que nos cuesta en esta sociedad plural es marcar el camino hacia la experiencia del Dios de la vida, del Dios de la libertad. Tenemos demasiados miedos y apretamos los cinturones de la ortodoxia silenciando profetas como si en eso nos fuese la vida. Vuelvo a decir: Si no vivo lo que pienso ¿para qué pensar? Si no vivo lo que escribo ¿para qué escribir? Si no vivo lo que canto ¿para qué cantar? Si no vivo lo que siento ¿para qué sentir?; y dice el salmo de hoy: Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Ojalá que en verdad todos seamos capaces de escuchar la Palabra de Dios para que modele nuestros corazones y vivir de la mejor forma posible aquello que celebramos. Ese será nuestro sincero y honrado testimonio de cristianos, nuestra experiencia del Dios de la vida frente a los falsos profetas y los agoreros y los papagayos . Así anunciaremos al Señor con nuestra vida. Roberto Sayalero Sanz |
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"Jesús enseña con autoridad" Jesús hace una lectura teológica, no científica, del caso que tiene ante sí. Se encuentra frente a un individuo que no es quien es, está desintegrado, ocupado abusivamente por otro. Jesús es el médico que va siempre a la raíz de la situación. Su diagnóstico, más que llegar a las causas de lo que pudiera ser una enfermedad, consiste en descubrir al enemigo: un enemigo común de Dios y del hombre. En aquel pobre hombre Jesús lee el signo de la presencia del adversario, del que divide, o sea, de aquel que impide el plan de Dios y destruye al hombre, de aquel que se apropia de un poseído de Dios, de una propiedad de Dios, de una criatura de Dios. A este adversario el evangelista lo llama "espíritu inmundo". Una expresión que no nos dice nada pero que tiene enorme resonancia en todas las páginas del A.T. "Inmundo", en el sentido bíblico más amplio significa todo lo que no es apto para la más mínima relación con Dios, que es "puro" y "santo". Por tanto, este espíritu representa lo que hay de opuesto a Dios en una determinada realidad del mundo. Es el símbolo de esa radical incomunicación que existe entre el hombre y Dios. Es el símbolo de todo aquello que en el hombre, en cada uno de nosotros, está en radical oposición con Dios. Por eso es absolutamente necesario que el espíritu inmundo sea expulsado para que el hombre deje de ser un prisionero, un poseído, un alienado, y pueda encontrar la armonía y la unidad perdidas. ¿Quién de nosotros cree que no está de un modo o de otro "poseído"? Estamos penetrados de fuerzas que nos destruyen desde el tuétano de los huesos. Todos los días se nos oye decir: "quiero, pero no puedo; me gustaría... pero algo me retiene; siento la llamada... pero estoy atado por cadenas más fuertes que mi impulso". Estamos "poseídos" desde niños por valores, actitudes, criterios, comportamientos, todo tipo de educación y consejos. Nos han atado en la escuela, en la familia, en el trato diario con los demás. Un mal estilo de ser persona y de ser cristiano, de relacionarnos con Dios y con los demás, se nos ha colado por el cuerpo, calándonos hasta la médula. Hasta el espíritu, lo más radical de nosotros, está como "poseído". Nos han inculcado por todas partes esos criterios comunes de la sociedad en que vivimos: que el que más puede, más vale; que el que más vale, más triunfa; que el que más triunfa, más tiene; que el que más tiene, más puede. Y este círculo infernal se repite como una rueda de fuego dentro y fuera de nosotros mismos. De este modo nos posee la ambición, el deseo de tener, la agresividad, el atropello del otro, la atención exclusiva a los propios problemas. Se masca un criterio fundamental: ¡Sálveme yo y sálvese quien pueda! Y otro paralelo: ¡Sálveme yo, aunque se hundan los demás! Sartre, aquel filósofo francés, llegó a decir: "el infierno son los otros". Esto es posesión, espíritu dañino -no deja vivir- y tortura para los demás -impide vivir. Estamos agarrados, penetrados, cogidos y atados muy bien. Jesús descubre esta situación de posesión y se enfrenta a ella con autoridad. El proyecto de Jesús es todo lo contrario de un hombre poseído. Por eso el diablo se rebela contra Jesús: "¿Qué quieres de nosotros? ¿Has venido a acabar con nosotros?" Sí, Jesús ha venido a acabar con la posesión; a soltar al hombre de las amarras que lo tienen atado; a desenredarlo de la red que lo enmaraña; a liberarlo en lo más profundo de su ser: ¡Cállate y sal de él! Y salió. ¿Estoy yo liberado o aún hay en mí algún demonio que me posee? Jesús arranca cada vez parte del mundo a Satanás y lo hace en el Sabbat, el día santo de Dios JC triunfó definitivamente sobre el mal en la Resurrección, pero continúa su lucha en los cristianos en la medida en que se lo permitimos, en la medida en que no pactamos nosotros con el mal. En los Sacramentos celebramos su victoria, participamos de ella y nos enrolamos en su lucha: ofrecemos al Resucitado el espacio de nuestras vidas y de nuestra comunidad para que él se imponga al mal que anida y vive en nosotros. |
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Espantados Jesús no quiere suprimir las enseñanzas del Antiguo Testamento: viene a completarlas. Todo el Antiguo Testamento es como una introducción que nos prepara para la venida del Señor. El hecho de que el Verbo se haga Hombre ha sido un acontecimiento único que exigía cierta preparación. Una operación de marketing Con algunas películas se hacen campañas de publicidad muy bien montadas. Antes de que salgan a la pantalla, hay como una gran operación de marketing. Ponen carteles por todos lados. Se hacen entrevistas. Muestran imágenes de partes aisladas. Algunas incluso sacan camisetas con el dibujo de uno de los personajes, carteles por todos lados con las caras de los protagonistas, etc. La venida de Jesús no podía ser para menos. Y aparecieron profetas que hablaban de él. Reyes que adoraban al único Dios y que gobernaban al pueblo judío, que era de la misma raza que el Señor. Es muy importante el Antiguo Testamento. De hecho es parte de la Revelación. No es algo que está ahí para que lo estudien los curas y los que tengan un interés especial por la religión, sino que es el preámbulo, la preparación de lo que va a venir. La conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento - son palabras del Papa - ”es un elemento constitutivo para la Iglesia: Jesús sólo puede ser entendido en el contexto de «la Ley y los Profetas»” El actor más famoso Se entiende más a Jesús de Nazaret con el Antiguo Testamento que sin él. La aparición de Jesús en el mundo divide la historia en un antes y un después. Jesús, como el «nuevo Moisés», nos ha dado una nueva visión de las cosas. En Él vemos realizada la promesa hecha por Moisés: «El Señor tu Dios suscitará en medio de tus hermanos un profeta como yo» (Dt. 18,15). Es alguien que no deja para nada indiferente. Las cosas que decía en su predicación sorprendían siempre e incluso escandalizaron a más de uno. Hablaba con tal convencimiento que se notaba que aquello debía de ser verdad. Su voz tenía autoridad, la autoridad de Dios. Jesús no deja indiferente Como dice el Evangelio: Jesús hablaba con autoridad y la gente se espantaba. A los antiguos se les ha dicho, pero yo os digo. El Yo de Jesús destaca de un modo como ningún maestro de la Ley se lo puede permitir, nos dice el Papa. La multitud lo nota; Mateo nos dice claramente que el pueblo «estaba espantado» de su forma de enseñar. No enseñaba como lo hacen los rabinos, sino como alguien que tiene «autoridad» (7,28; cfr. Mc. 1,22; Lc. 4,32). Dice el Papa que el motivo de tal espanto no era su capacidad de hablar, su elocuencia. Sino que se ponía al mismo nivel que la Ley: A los antiguos se les ha dicho, pero yo os digo… Para los judíos se estaba poniendo a la misma altura que Dios. Y eso era muy fuerte. Jesús no deja indiferente porque habla de los bienaventurados, de los pobres y de los que sufren ¿no es para espantarse? El «espanto» del que habla san Mateo, y que se traduce normalmente por «asombro», es precisamente el miedo ante una persona que se atreve a hablar con la autoridad de Dios. Espanto porque, o bien iba en contra de la majestad de Dios, o, lo que sería terrible y les parecía prácticamente inconcebible, estaba realmente a la misma altura de Dios. Quien no se espantaba de nada, sino que vivía lo que Jesús decía era la Virgen, su Madre de Dios. |
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Jesús el liberador La literatura bíblica contiene varias líneas ideológicas, así como diversas experiencias de Dios. En el Pentateuco (cinco primeros libros de la Biblia) tenemos cuatro líneas ideológicas que testimoniaron la experiencia de Dios: Sacerdotal (P), Yavista (J), Eloísta (E) y Deuteronomista (D). La Deuteronomista (primera lectura) pone el énfasis no tanto en el cumplimiento de la Ley de manera minuciosa y casi escrupulosa, como lo hacían muchos rabinos, sino en la Ley como un don para hacer que en las relaciones humanas reinen la justicia y la buena convivencia. ¿Por qué Dios prometió un profeta? ¿Por qué no le dijo a Moisés todo de una vez? ¿Acaso se le olvidó algo? Para la escuela Deuteronomista, la que escribió el libro del Deuteronomio, la palabra de Dios no es estática sino dinámica. Recordemos que Deuteronomio significa segunda Ley (Deutero = posterior y, Nomos = Ley). Para esta escuela religiosa Dios sigue hablando por medio de los signos de los tiempos y se hace necesario renovar el mensaje sin tergiversarlo. Dinamizar la experiencia de Dios, sin traicionarla: “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Pero el profeta que se atreva a decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o habla en nombre de otros dioses, será reo de muerte”. (Dt 18,19-20). El Deuteronomio fue uno de los textos que más influyó en Jesús. Él lo citó en varias oportunidades y se hizo continuador de su manera de interpretar la Ley. Aunque Jesús no fue un maestro autorizado por la academia, tuvo la sagacidad de interpretar acertadamente la Ley y la Palabra en general. No se limitó a repetir al pie de la letra los preceptos y a aplicarlos sin ningún discernimiento como lo hacían los maestros. Supo comprender que lo esencial era la salvación del ser humano, liberarlo de todas sus esclavitudes, de sus taras y de todo aquello que le impedía vivir a plenitud. ¿De qué libera Jesús en este evangelio? Primero, del miedo a la Ley, de la interpretación simplista y mediocre, anquilosada y traicionera como lo hacían los maestros oficiales. Por eso la gente que lo escuchaba comprendía que la suya era una nueva forma de enseñar: con autoridad, con fundamentos sólidos, con un profundo deseo de liberar al ser humano, y sin algún tipo de interés mezquino, sin nada que ocultar, sin aspiraciones proselitistas, ni engaños frustrantes. Jesús nos liberó de la visión del Dios rígido, legislador implacable y nos mostró al papá bueno y misericordioso, con una palabra esperanzadora, siempre dinámica y actualizada. Con el hermoso testimonio de Jesús y con los cambios que vive nuestro mundo contemporáneo, podemos decir con Juan Arias: “Se puede decir, sin escandalizar a nadie, que cada época, cada generación, cada nueva revolución histórica, cada nuevo escenario mundial, cada toma de conciencia del mundo y de su devenir necesitan un nuevo Dios, de una nueva forma de concebirlo. Dios en la vida de los hombres es, de alguna manera, como el arte, como la literatura o la música, como todo lo fundamentalmente humano. Por eso cada época tiene su música y su Dios y sus demonios. Lo que no cambia es una cierta insistencia del hombre en la búsqueda de una dimensión que, de alguna forma, lo trascienda en cualquiera de sus actividades, desde la artística a la religiosa, ante la amenaza de vulgaridad de lo sin sentido, que le impide seguir soñando”[1]. Nos corresponde hacer hoy ese discernimiento a la luz del evangelio y analizando nuestro propio devenir histórico. ¿De qué otra cosa nos libera Jesús? Jesús libera al ser humano de los espíritus malignos. ¿Qué es esto? Los demonios o espíritus inmundos no son seres raros que vejan y golpean a las personas; son situaciones internas o externas que desintegran al ser humano. Pueden ser enfermedades físicas, emocionales, espirituales, sicológicas y familiares, corrientes ideológicas o problemas sociales. Pueden ser experiencias traumáticas, recuerdos y/o vivencias de la infancia o de algún otro momento de la historia personal, que enturbian la manera de pensar y sentir, y aunque la persona quiera escapar de ello, no puede; no es capaz de confiar y de vivir la vida con esperanza, porque se grabó en ella una gran desconfianza y un miedo profundo. En el relato que hoy leemos cuando Jesús estuvo cerca del hombre endemoniado, los malos espíritus no pudieron ocultarse. El camino de Jesús tiene que ayudarnos a identificar los malos espíritus que habitan y dañan la vida personal o social. Con la presencia de Jesús los malos espíritus tienen que salir de su escondite. Ante Jesús, los malos espíritus se dividen; se hace visible lo que es impuro y lo que no puede subsistir ante Dios. Jesús tuvo y sigue teniendo autoridad. Sus Palabras y sus obras producen efecto salvífico en el ser humano. Hoy tenemos la oportunidad de vivir esta nueva experiencia de salvación. Nos corresponde abrirnos confiadamente al amor misericordioso del Padre manifestado en Jesús y exorcizar los espíritus malignos, es decir, trabajar para eliminar todo aquello que nos impide vivir a plenitud como personas y como sociedad. Nos corresponde evaluar nuestra vida religiosa para evitar todo anacronismo inmovilizador, así como todo libertinaje desbocado. Nos corresponde comunicar nuestra experiencia de salvación para que mucha gente, que vive esclava de los “malos espíritus”, sea testigo del amor de Dios y viva a plenitud su libertad. Neptalí Díaz Villán CSsR (1) Árias Juan. Un Dios para el 2000, Bilbao 1998, 32 |