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“Después que metieron a Juan en la cárcel...” Dicen que un hombre se lanzó de un avión en su paracaídas y al llegar a tierra quedó colgado de un árbol, sin poder bajarse. Cuando pasó alguien por allí, el hombre que pendía del árbol preguntó: “– ¿Podría usted decirme dónde estoy?” “– Desde luego. Usted está colgado de un árbol”, respondió el transeúnte. El hombre que colgaba del paracaídas preguntó entonces: “– ¿Es usted sacerdote?” “– Si – respondió el transeúnte. – ¿Cómo lo supo?” “– Porque lo que usted dice es verdad, pero no sirve para nada...”. Esta historia refleja un tipo de enseñanza contraria a la de Jesús, que enseñaba de una manera nueva, “con plena autoridad y no como los maestros de la ley”. Enseñar con autoridad es enseñar de tal manera que se ayude a los demás a encontrar solución a sus problemas y sentido a sus vidas. No se trata sólo de cosas útiles y prácticas, sino de un tipo de enseñanza que ayuda a las personas a ser ‘autores/as’ de sus vidas. Esto es lo que significa ‘autoridad’. Por tanto, una persona que enseña con autoridad no sólo ofrece información sobre los temas que trata, sino que ayuda a vivir más plenamente la vida, encontrando su sentido más profundo. Todos hemos conocido, a lo largo de nuestra formación, profesores y profesoras que nos han enseñado cosas de interés e importancia para nuestro crecimiento intelectual, y los hemos considerado buenos y necesarios. Pero, seguramente, también hemos tenido algunos maestros y maestras que nos han enseñado a vivir con sentido. Estos son indispensables. Desgraciadamente, son más escasos y podemos decir que encontrar un verdadero maestro o una verdadera maestra, es una de las bendiciones más grandes que Dios nos puede conceder para nuestro crecimiento como seres humanos. Sin ellos, la vida sería mucho más difícil y los caminos de este mundo, menos amables. De igual forma, podríamos preguntarnos por nuestro papel como docentes. Lo que enseñamos a los que nos rodean, se parece más al tipo de enseñanza de Jesús, o a la manera de enseñar del sacerdote de la historia con la que comenzamos. Podemos comunicar cosas que son verdad, pero que no sirven para nada, o enseñamos haciendo vida lo que decimos: “Jesús reprendió a aquel espíritu, diciéndole: – ¡Cállate y deja a este hombre! El espíritu impuro hizo que el hombre le diera un ataque, y gritando con gran fuerza salió de él. Todos se asustaron, y se preguntaban unos a otros: – ¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, y con plena autoridad! ¡Incluso a los espíritus impuros da órdenes, y lo obedecen!” Pidamos para que nuestra forma de enseñar sea como la de Jesús. Llena de autoridad para ayudar a las personas que tenemos cerca, a crecer y vivir más plenamente, de manera que si alguien que cuelga de un árbol en el que se ha enredado su paracaídas, nos pregunta dónde está, podamos ofrecerle no sólo la información que ya tiene, sino las coordenadas de su ubicación, de manera que pueda encontrar el rumbo hacia su propia casa. Hermann Rodríguez Osorio, S.J. |
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Jesus, liberador Jesús viene a ofrecer a todo el pueblo y a cada persona la posibilidad de encontrarse con un Dios que no esclaviza, sino que libera. Y eso no le interesaba a aquel «espíritu», que tan bien convivía con aquella iglesia que no hacia al hombre más persona, sino que, al contrario, lo mantenía en una permanente minoría de edad, dependiente siempre de la Ley y de sus intérpretes. Los de las montañas de Galilea -la comarca donde estaba Nazaret- tenían fama de revolucionarios. Al recordar de qué pueblo era Jesús y añadir que era el consagrado por Dios aquel espíritu intentaba distraer la atención de la gente para que nadie tomara conciencia del contenido de su enseñanza que tan peligrosa estaba resultando para aquella religión; se proponía, además, provocar una revuelta popular procurando que Jesús fuera confundido con un cabecilla revolucionario: esa revuelta se producía, los romanos se encargarían de eliminar a Jesús y devolver la tranquilidad a los responsables de la sinagoga. Pero Jesús no se queda quieto y libera al hombre del dominio de aquel espíritu. Aquel hombre que estaba poseído por el espíritu inmundo representa en el relato a todo el pueblo (por eso directamente no se nombra a nadie más), a cualquier colectividad o a cualquier persona dominada por ideologías, que o bien son causa del sometimiento y de la pérdida de la libertad del ser humano, o bien propugnan la violencia y que se justifican con razones de carácter religioso. Sólo liberándose del dominio de tales ideologías podrá el hombre aceptar plenamente el mensaje de Jesús; sólo así podrá el hombre conquistar su libertad; sólo así podrá el hombre colaborar en la liberación de toda la humanidad. Por eso coloca Marcos este episodio al principio de su evangelio. Cuidado, por tanto, con los demonios, que todavía pueden andar sueltos. |
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v. 21 - Y fueron a Cafarnaún. El sábado entró en la sinagoga e inmediatamente se puso a enseñar. Al emprender el camino a Cafarnaún, centro neurálgico de Galilea, queda constituido el grupo de seguidores de Jesús que procede del judaísmo. Comienza Jesús su actividad tomando contacto con los israelitas integrados en la institución religiosa (sinagoga), que aceptan la doctrina oficial, nacionalista y particularista, transmitida por los letrados (obstáculo para la universalidad del reinado de Dios). v. 22 - Estaban impresionados de su enseñanza, pues les enseñaba como quien tiene autoridad, no como los letrados. En la enseñanza de Jesús perciben los oyentes la fuerza del Espíritu; la reacción es favorable, pues reconocen en él la autoridad de un profeta, que, como consecuencia, provoca el desprestigio de la enseñanza habitual de los letrados. Jesús los libera de su dependencia de los maestros oficiales. v. 23 - Estaba en la sinagoga de ellos un hombre poseído por un espíritu inmundo e inmediatamente empezó a gritar: Entre los fieles de la sinagoga hay, sin embargo, quien se identifica de manera tan fanática con la enseñanza de los letrados, que no tolera que la autoridad doctrinal de éstos se ponga en entredicho. Para señalar el fanatismo usa Mc la expresión estar poseído por un espíritu inmundo (en oposición a «Espíritu Santo»); esta fuerza que despersonaliza al hombre e impide todo espíritu crítico es, en concreto, una ideología contraria al plan de Dios, aquí la propuesta por la institución religiosa, que fomenta la idea de la superioridad de Israel y el consiguiente desprecio de los demás pueblos; el poseído es un hombre enteramente alienado por la adhesión fanática a esa ideología y sale en defensa de los letrados / institución (24). vv. 24-26 - «¿Qué tienes tú contra nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú, el Consagrado por Dios». Jesús le conminó: «¡Cállate la boca y sal de él!» El espíritu inmundo, retorciéndolo y dando un alarido, salió de él. El individuo no puede negar la autoridad divina de Jesús (profeta), pero no admite que ésta pueda oponerse a la autoridad, para él también divina, de la institución religiosa y de su doctrina. Reprocha a Jesús que no se ponga de parte de la institución y no abrace sus ideales (¿Qué tienes tú contra nosotros?... ¿has venido a destruirnos?). Al llamarlo Nazareno le indica que, según su origen, debería profesar las ideas nacionalistas (cf. 1,9); tienta a Jesús (primera vez que se realiza la tentación del poder, cf. 1,13) para que ponga su autoridad al servicio del sistema, aceptando el papel de Mesías nacionalista (el Consagrado por Dios). Jesús lo corta en seco y, a pesar de su resistencia, lo libera de su fanatismo, es decir, logra convencerlo de lo erróneo de su postura. vv. 27-28 - Se quedaron todos ellos tan desconcertados que se preguntaban unos a otros: «¿Qué significa esto? ¡ Un nuevo modo de enseñar, con autoridad: incluso da órdenes a los espíritus inmundos y le obedecen!» Su fama se extendió inmediatamente por todas partes, llegando a todo el territorio circundante de Galilea. Admiración y desconcierto de los presentes: Jesús no acepta el papel de mesías nacionalista, pero no ha explicitado otro programa. La fama de Jesús prepara su actividad posterior. J. Mateos - F. Camacho - El Evangelio de Mateo. Lectura comentada |
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Jesús enseña y cura a la gente El texto del Evangelio de este cuarto domingo del Tiempo Ordinario habla de la admiración de la gente viendo cómo Jesús transmite su enseñanza (Mc. 1,21-22), después presenta el primer milagro que se refiere a la expulsión de un demonio (Mc. 1,23-26) y finalmente habla de nuevo de la admiración de la gente, ante la enseñanza de Jesús y de su poder de arrojar espíritus inmundos (Mc. 1,27-28). En los años 70, época en la que escribe Marcos, las Comunidades de la Italia tenían necesidad de orientación para saber cómo anunciar la Buena Noticia de Dios al pueblo que vivía oprimido por el miedo de los demonios, por la imposición religiosa de normas religiosas de parte del Imperio romano. Al describir las actividades de Jesús, Marco indicaba cómo las comunidades debían anunciar la Buena Nueva. Los evangelistas daban la catequesis contando con los hechos y acontecimientos de la vida de Jesús. El texto que ahora meditaremos indica el impacto que la Buena Nueva de Jesús sobre el pueblo de su tiempo. Durante su lectura, tratemos de poner atención a lo que sigue: ¿Cuál es la actividad de Jesús que causaba más admiración en la gente? Una división del texto para ayudarnos en la lectura: Marcos 1,21-22: Admirada por la enseñanza de Jesús, la gente se crea una conciencia crítica. Marcos 1,23-24: La reacción de un hombre poseído por el demonio delante de Jesús en la Sinagoga Marcos 1,25-26: Jesús vence y arroja al demônio Marcos 1,27-28: De nuevo, el impacto de la Buena Noticia de Jesús entre la gente Para aquéllos que desean profundizar en el tema a) Contexto de entonces y de hoy: En este domingo meditamos la descripción que el Evangelio de Marcos hace del primer milagro de Jesús. No todos los evangelistas cuentan los hechos de la vida de Jesús de la misma manera. Delante de las necesidades de las comunidades para las que se escribía, cada uno de ellos acentuaba algunos puntos y aspectos de la vida, actividades y enseñanzas de Jesús que más pudiesen ayudar a sus lectores. Los lectores de Mateo vivían en el norte de la Palestina y en Siria; los de Lucas, en Grecia; los de Juan, en Asia Menor; los de Marcos, probablemente en Italia. Un ejemplo concreto de esta diversidad es el modo en el que cada cual presenta el primer milagro de Jesús. En el Evangelio de Juan, el primer milagro sucede en unas Bodas en Caná de Galilea, donde Jesús transformó el agua en vino (Jn. 2,1-11). Para Lucas el primer milagro es la tranquilidad con la que Jesús se libra de la amenaza de muerte por parte del pueblo de Nazaret (Lc. 4,29-39). Para Mateo, es la curación de un gran número de enfermos y endemoniados (Mt. 4,23), o, más específicamente, la curación de un leproso (Mt. 8, 1-4). Para Marcos, el primer milagro es la expulsión de un demonio (Mc. 1,23-26) Así, cada Evangelista, en su manera de narrar las cosas revelan cuáles son, según él, los puntos más importantes en las actividades y en las enseñanzas de Jesús. Cada uno tiene una preocupación diferente que trata de transmitir a sus lectores y a las comunidades: hoy vivimos en un lugar y en una época bien diversas de los tiempos de Jesús y de los evangelistas. ¿Cuál es para nosotros la mayor preocupación en relación a lo vivido del Evangelio? Vale la pena que cada uno se pregunte: ¿Cuál es para mí la mayor preocupación? Comentario del texto Marcos 1,21-22: Admirada por la enseñanza de Jesús, la gente se crea una conciencia crítica. La primera cosa que Jesús hizo al comienzo de su actividad misionera fue llamar a cuatro personas para formar una comunidad con Él (Mc. 1,16-20). La primera cosa que la gente percibe en Jesús es su modo diverso de enseñar y hablar del Reino de Dios. No es tanto el contenido, sino que es su modo de enseñar el que despierta la atención. El efecto de esta enseñanza diversa era una conciencia crítica en la gente en relación a las autoridades religiosas de la época. La gente percibía, comparaba y decía: Él enseña con autoridad, diversa de los escribas. Los escribas enseñaban a la gente citando doctores, las autoridades. Jesús no citaba a ningún doctor, sino que hablaba partiendo de su experiencia de Dios y de la vida. Su autoridad nacía de dentro. Su palabra tenía las raíces en el corazón y en el testimonio de su vida. Marcos 1,23-26: Jesús combate el poder del mal En Marcos, el primer milagro es la expulsión del demonio. El poder del mal echaba raíces en las personas y las alienaba de sí mismas. La gente vivía destrozada por el miedo de los demonios y por la acción de los espíritus impuros. Basta ver el interés causado por el film sobre el exorcismo de los demonios, Y no solo esto. Como en los tiempos del Imperio romano, muchas son las personas que viven alienadas de sí misma a causa del poder de los medios de comunicación, de la propaganda del comercio. La gente vive esclava del consumismo, oprimidas por las facturas que hay que pagar en una fecha determinada a los acreedores. Muchos piensan que no viven como personas dignas de respeto, si no compran lo que la propaganda anuncia en la televisión. En Marcos, el primer gesto de Jesús es precisamente el de arrojar y combatir el poder del mal. Jesús restituye a las personas a sí mismas. Restituye su conciencia y su libertad. ¿Se dará que nuestra fe en Jesús consigue combatir contra estos demonios que nos alienan de nosotros mismos, de la realidad y de Dios? Marcos 1,27-28: La reacción de la gente: el primer impacto Las dos primeras señales de la Buena Nueva de Dios que la gente percibe en Jesús, son éstas. Su modo diverso de enseñar las cosas de Dios y su poder sobre los espíritus inmundos. Jesús abre un nuevo camino de pureza para la gente. En aquel tiempo, quien era declarado impuro, no podía ponerse delante de Dios para rezar o recibir la bendición prometida por Dios a Abrahán. Primero debía purificarse. Por lo que se refería a la purificación de las personas, existían muchas leyes y normas rituales que hacían difícil la vida de la gente y apartaban a muchas gentes considerándolas impuras. Por ejemplo, lavar el brazo hasta el codo, lavarse el rostro, lavar vasos de metal, copas, vasijas y bandejas, etc. (cfr. Mc. 7,1-5) Ahora purificadas por la fe en Jesús, las personas impuras podían de nuevo postrarse en la presencia de Dios y no tenían necesidad de observar todas aquellas norma rituales. La Buena Noticia del Reino, anunciada por Jesús, habría sido para aquella gente un suspiro de alivio y un motivo de gran alegría y tranquilidad. Ampliando conocimientos: la expulsión de los demonios y el miedo de la gente * La explicación mágica de los males de la vida En el tiempo de Jesús, mucha gente hablaba de Satanás y de la expulsión de los demonios. Había en la gente mucho miedo y también mucha gente que se aprovechaba del miedo de los demás. El poder del mal tenía muchos nombres: demonio, diablo, Belcebú, príncipe de los demonios, Satanás, Dragón, Dominaciones, Potestades, Poderes, Soberanidad, etc. (cf. Mac. 3,22.23; Mt. 4,1; Ap. 12,9; Rom. 8,38; Ef. 1,21) Hoy, cuando la gente no sabe explicar un fenómeno, un problema o un dolor, recurre, a veces, a explicaciones y remedios que vienen de las tradiciones y culturas antiguas y dice: Es un mal de ojo: Es el castigo de Dios: Es algún mal espíritu. Y hay personas que tratan de hacer callar estos malos espíritus mediante la magia y oraciones en voz alta. Otros buscan un exorcista para arrojar al espíritu inmundo. Otros incluso, llevados por la nueva y más sádica cultura de nuestro tiempo, combaten la fuerza del mal de otro modo. Buscan de entender las causas del mal. Buscan un médico, una medicina alternativa, se ayudan recíprocamente, hacen reuniones comunitarias, combaten la alienación de la gente, organizan club de madres, sindicatos, partidos y muchas otras formas de asociación para expulsar el mal y mejorar las condiciones de vida de la gente. En el tiempo de Jesús, el modo de explicar y resolver los males de la vida era semejante a la explicación de nuestras antiguas tradiciones y culturas. En aquel tiempo, como aparece en la Biblia, la palabra demonio o Satanás, indicaba muchas veces el poder del mal que desviaba a la gente del buen camino. Por ejemplo, en los cuarentas días en el desierto, Jesús fue tentado por Satanás que quería conducirlo por otro camino. (1,12; cfr. Lc. 4,1-13). Otras veces, la misma palabra indicaba la persona que llevaba a otro por un camino falso. Así, cuando Pedro intentó desviar a Jesús de su camino, él fue Satanás para Jesús: “Aléjate de mí, Satanás, porque no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (8,33). Otras veces estas mismas palabras eran usadas para indicar el poder político del Imperio romano que oprimía y explotaba a la gente. Por ejemplo, en el Apocalipsis, el Imperio romano se identifica con “el gran Dragón, la antigua serpiente, el llamado Diablo o Satanás, seductor de toda la tierra habitada” (Ap. 12,9). En el Evangelio de Marcos, este mismo Imperio romano viene recordado con el nombre de Legión, dado al demonio que maltrataba a un hombre. (Mc 5,9). Otras veces, la gente usaba la palabra demonio o espíritu para indicar los males y dolores. Así se hablaba del demonio como de un espíritu mudo (Mc. 9,17), de un espíritu sordo (Mc. 9,25), del demonio o espíritu impuro (Mc. 1,23; 3,11), etc. Y había personas exorcistas que arrojaban a estos demonios (cfr. Mc. 9,38; Mt. 12,27). Todo esto indicaba el gran miedo de la gente ante el poder del mal, que ellos llamaban demonio o Satanás. En la época en que escribía Marcos su evangelio, este miedo seguía aumentando. Pues, algunas religiones llegadas de Oriente, divulgaban el culto a los espíritus, que intercedían entre Dios y la humanidad, considerados demonios, demiurgos o semidioses. En estos cultos se enseñaban que algunos de nuestros gestos podían irritar a estos espíritus, y ellos para vengarse de nosotros, podían impedir el acceso a Dios y privarnos así de los beneficios divinos. Por esto, mediante ritos mágicos, oraciones en alta voz y ceremonias complicadas, la gente se esforzaba por invocar y calmar a estos espíritus o demonios, para que no sucediera ningún daño en la vida humana. Esta era la forma que habían encontrado para defenderse de los influjos de los espíritus del mal. Y este modo de vivir la relación con Dios, en vez de liberar a la gente, alimentaba en ella el miedo y la angustia. * La fe en la resurrección y la victoria sobre el miedo Ahora pues, uno de los objetivos de la Buena Noticia de Jesús era el de ayudar a la gente a liberarse de este miedo. La llegada del Reino de Dios significaba la llegada de un poder más fuerte. Dice el evangelio de Marcos: “Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear su ajuar, si primero no ata al fuerte y entonces saqueará la casa” (Mc. 3,27) El hombre fuerte es la imagen que indica el poder del mal que mantiene a la gente prisionera en el miedo. Jesús es el hombre más fuerte que viene para atar a Satanás, el poder del mal, y quitarle la humanidad prisionera del miedo. “Si yo arrojo los demonios con el dedo de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.” He aquí la insistencia de los escritos del Nuevo Testamento, sobre todo del evangelio de Marcos, en la victoria de Jesús sobre el poder del mal, sobre el demonio, sobre Satanás, sobre el pecado y sobre la muerte. Como hemos visto en la lectura de este Domingo, en el Evangelio de Marcos, el primer milagro de Jesús es la expulsión de un demonio: “¡Cállate y sal de él!” (Mc 1,25) El primer impacto que Jesús causa en la gente es producido por la expulsión de los demonios: “¡Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen! (Mc. 1,27). Una de las causas principales de la discusión de Jesús con los escribas es la expulsión de los demonios. Ellos lo calumniaban diciendo: “¡Está poseído por Belcebú! ¡Y arroja los demonios por medio del príncipe de los demonios! (Mc. 3,22). El primer poder que los Apóstoles reciben cuando son enviados en misión es el poder de arrojar demonios: “Les dio poder sobre los espíritus inmundos” (Mc. 6,7). La primera señal que acompaña al anuncio de la resurrección es la expulsión de los demonios: “Las señales que acompañarán a los que creen son éstas: en mi poder arrojarán los demonios” (Mc. 16,17). Parece como si fuera un estribillo que no cesa. Hoy nosotros, en vez de usar siempre las mismas palabras, usamos palabras diversas para transmitir el mismo mensaje y diríamos “¡El poder del mal, el Satanás que tanto miedo da a la gente, Jesús lo venció, lo ató, lo dominó, lo destruyó, lo abatió, lo eliminó, lo exterminó, lo aniquiló, lo mató! Lo que Marcos quiere decirnos es esto: “¡A los cristianos les está prohibido tener miedo de Satanás!” ¡Por su resurrección y por su acción liberadora, presente en medio de nosotros, Jesús ata el miedo de Satanás, hace nacer la libertad en el corazón, firmeza en la acción y esperanza en el horizonte! ¡Debemos caminar por el Camino de Jesús con sabor de victoria sobre el poder del mal! ocarm.org/es |
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Resulta interesante el conocer lo que la gente pensaba de Jesús a lo largo de los meses o acaso años que estuvo recorriendo las aldeas y los poblados, anunciado que el Reino de Dios estaba cerca. Y no cabe duda que Jesús se adaptaba a lo que la gente esperaba. El ambiente de Galilea, de Samaria, de Judea era de pobreza, de temor y de superstición.. Las gentes tenían miedo al hambre, a la enfermedad, a los poderosos que oprimían con tributos (Herodes rey, los romanos, los recaudadores de impuestos… y los espíritus que originaban las enfermedades y, sin duda ninguna, otras muchas aberraciones, desesperaciones y locuras. Jesús se adaptó a las inquietudes de la gente. Y les predicaba anunciándoles esperanza y liberación. Seguro que ellos entendían las cosas poco a poco. Pero no es menos cierto que entendían lo primero, que iban a ser liberados de los opresores, mejor que lo segundo, que iban a ser liberados del pecado. Y cuando presenciaban un hecho portentoso la gente quedaba sorprendida, incluso entusiasmaba. En esa magnifica pedagogía se centraba la fuerza de Jesús. Jesús es no sólo se presentó como predicador elocuente. Hablaba lenguaje sencillo y usa las parábolas para que cada uno se acomode en la comprensión de lo que quiere decirles. Pero de cuando en cuando hace un prodigio como es una curación. Así paso en Cafarnaum, en una de las sinagogas que con toda seguridad fue frecuentada por Jesús. + + + + Jesús les hablaba con autoridad, con persuasión, con sencillez popular. No era un enviado del Templo que iba en nombre del Sumo Sacerdote. Era un predicador independiente, que pretendía también librar a las gentes del poder del Templo, de sus influencias. Pretendía reorientar la vida de los creyentes hacia Dios mismo directamente, sin el precio de los tributos religiosos, sin la esclavitud de la dependencia material. El poseso que en Cafanaum le estaba escuchando debió quedar desconcertado por sus palabras. Este hombre debió pensar que Jesús no era como los demás predicadores que a veces venían a la ciudad de dos mil habitantes que era Cafarnaum. No pudo contenerse y gritó: ¿Quien eres tú…? ¡Ah, sí, ya lo adivino, ya lo sé. Eres Jesús, el de Nazareth! Has venido a destruir nuestra tranquilidad, nuestra ingenuidad… Has venido a superar el mal y hacernos descubrir la verdadera forma de alabar a Dios, que ciertamente no es la sumisión ingenua de los sacerdotes del Templo de Jerusalén… El dialogo de Jesús con el poseso , o con el símbolo del mal que es el demonio que parece hablar por él, es bien breve. “Te ordeno que salgas de este hombre”. El demonio, por medio del poseso, se retorció, se resistió; pero dando un grito muy fuerte salió de él y el pobre hombre quedo sereno, tranquilo, sorprendido, como despertando de un gran sueño El signo y el gesto fue muy claro.Y la gente quedó admirada . Decía ¿Quién es éste que hasta los espíritus le obedecen? + + + + Sólo Jesús conoce los espíritus malos que amenazan a los hombres. Son demonios que poseen con fuerza y no dejan ser libres a los seguidores del Salvador. Todavía hoy abundan, por que la lucha contra el mal no ha terminado. Existen muchos en todas partes: porque tales son llos poseídos por a avaricia, el odio, la indiferencia, la pereza, la lujuria, la crítica amarga... Muchos oscuros espíritus viven dentro de nosotros, los hombres de hoy que tan libres nos sentimos. Jesús nos dice, o está dispuesto a decir, a cada uno de esos demonios: “¡Cállate…sal fuera! Estoy aquí para sanar, para liberar. Tengo autoridad y poder y esos espíritus tienen que desaparecer. Para nosotros los cristianos, Jesús es el Maestro libertador. Es Maestro que no sólo habla del Padre, sino que habla como el Padre. Y habla con la autoridad de Dios, porque está en comunión con El. Vivimos hoy con frecuencia amenazados por el miedo. Tememos el crimen, los abusos, los engaños y los robos, todo lo que hace que nos atrincheremos detrás de puertas blindadas. El afán de dinero suscita el tráfico de armas, las guerras, la difusión de productos nocivos, que tales son las drogas que atán de tal manera que las victimas se convierten en cauces para que el dinero vaya a los traficantes. No podemos cerrar los ojos ni podemos escapar de esta realidad. El mal existe bajo mil ropajes y disfraces. Y nos amenaza… Y no sabemos como derrotar el mal o los llamados demonios. El mensaje de hoy es un mensaje de esperanza. Con Jesús podemos y debemos decir: ¡Cállate y sal fuera…! ¡Déjanos vivir la libertad de los hijos de Dios! |
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La esclavitud del pecado I. El Evangelio de la Misa de este domingo1 nos habla de la curación de un endemoniado. La victoria sobre el espíritu inmundo –eso significa Belial o Belcebú, nombre que se asigna en la Escritura al demonio2– es una señal más de la llegada del Mesías, que viene a liberar a los hombres de su más temible esclavitud: la del demonio y el pecado. Este hombre atormentado de Cafarnaún decía a gritos: ¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres tú, el Santo de Dios! Y Jesús le mandó con imperio: Calla, y sal de él. Y se quedaron todos estupefactos. No se excluye –enseña Juan Pablo II– que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no solo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla de «posesiones diabólicas»3. No resulta siempre fácil discernir lo que hay de preternatural en estos casos, ni la Iglesia condesciende o secunda fácilmente la tendencia a atribuir muchos hechos o intervenciones directas al demonio; pero en principio no se puede negar que, en su afán de dañar y conducir al mal, Satanás pueda llegar a esta extrema expresión de su superioridad4. La posesión diabólica aparece en el Evangelio acompañada ordinariamente de manifestaciones patológicas: epilepsia, mudez, sordera... Los posesos pierden frecuentemente el dominio sobre sí mismos, sobre sus gestos y palabras; en ocasiones son instrumentos del demonio. Por eso, estos milagros que realiza el Señor manifiestan la llegada del reino de Dios y la expulsión del diablo fuera de los dominios del reino: Ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera5. Cuando vuelven los setenta y dos discípulos, llenos de alegría por los resultados de su misión apostólica, le dicen a Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Y el Maestro les contesta: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo6. Desde la llegada de Cristo el demonio se bate en retirada, aunque es mucho su poder y «su presencia se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios»7; mediante el pecado mortal muchos hombres quedan sujetos a la esclavitud del demonio8, se alejan del reino de Dios para penetrar en el reino de las tinieblas, del mal; en un grado u otro, se convierten en instrumento del mal en el mundo, y quedan sometidos a la peor de las esclavitudes. En verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado9. Y el dominio del diablo puede adoptar otras formas de apariencia más normal, menos llamativa. Debemos permanecer vigilantes, para discernir y rechazar las insidias del tentador, que no se concede pausa en su afán de dañarnos, ya que, tras el pecado original, hemos quedado sujetos a las pasiones y expuestos al asalto de la concupiscencia y del demonio: fuimos vendidos como esclavos al pecado10. «Toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como lucha –lucha dramática– entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas»11. Por eso, hemos de dar todo su sentido a la última de las peticiones que Cristo nos enseñó en el Padrenuestro: líbranos del mal, manteniendo a raya la concupiscencia y combatiendo, con la ayuda de Dios, la influencia del demonio, siempre al acecho, que inclina al pecado. Además del hecho histórico concreto que nos muestra el Evangelio, con la luz de la fe podemos ver en este poseso a todo pecador que quiere convertirse a Dios, librándose de Satanás y del pecado, pues Jesús no ha venido a liberarnos «de los pueblos dominadores, sino del demonio; no de la cautividad del cuerpo, sino de la malicia del alma»12. «Líbranos, oh Señor, del Mal, del Maligno; no nos dejes caer en la tentación. Haz, por tu infinita misericordia, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el comienzo»13. II. La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda de mal y ve un mundo esclavizado por el pecado14. La Iglesia nos enseña que existen pecados mortales por naturaleza –que causan la muerte espiritual, la pérdida de la vida sobrenatural–, mientras otros son veniales, los cuales, aunque no se oponen radicalmente a Dios, obstaculizan el ejercicio de las virtudes sobrenaturales y disponen para caer en pecados graves. San Pablo nos recuerda que fuimos rescatados a un precio muy alto15 y nos exhorta con firmeza a no volver de nuevo a la esclavitud; hemos de ser sinceros con nosotros mismos, para evitar reincidir, avivando en nuestras almas el afán de santidad. «El primer requisito para desterrar ese mal (...), es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Reciamente, con sinceridad, hemos de sentir –en el corazón y en la cabeza– horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega»16. El pecado mortal es la peor desgracia que le puede suceder a un cristiano. Cuando este se mueve por el amor, todo sirve a la gloria de Dios y para servicio de sus hermanos los hombres, y las mismas realidades terrenas son santificadas: el hogar, la profesión, el deporte, la política... Por el contrario, cuando se deja seducir por el demonio, su pecado introduce en el mundo un principio de desorden radical, que lo aleja de su Creador y es causa de todos los horrores que en él se encuentran. Pidamos al Señor esa pureza de conciencia que nos lleve a no cohonestar, a no acostumbrarnos, a abominar de toda ofensa a Dios; hemos de hacer nuestro aquel lamento –de fuerte sentido de desagravio– del profeta Jeremías: Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, dice Yahvé. Un doble crimen ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de agua viva, para excavarse cisternas agrietadas incapaces de retener el agua17. Aquí reside la maldad del pecado: en que los hombres, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, sino que se envanecieron con sus razonamientos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas..., dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador18. El pecado, un solo pecado, ejerce, de una forma a veces oculta y otras visible y palpable, una misteriosa influencia sobre la familia, los amigos, la Iglesia y sobre la entera humanidad. Si un sarmiento enferma, todo el organismo se resiente; si un sarmiento queda estéril, la vid no produce ya el fruto que de ella se esperaba; es más, otros sarmientos pueden también enfermar y morir. Renovemos hoy el firme propósito de alejarnos de todo aquello (espectáculos, lecturas inconvenientes, ambientes donde desentona la presencia de un hombre, de una mujer que sigue a Cristo...) que pueda ser ocasión de ofender a Dios. Amemos mucho el sacramento de la Penitencia y enseñemos a amarlo con una profunda catequesis sobre este sacramento, y meditemos con frecuencia la Pasión del Señor para entender más la malicia del pecado. Pidamos al Señor que sea una realidad en nuestras vidas esa sentencia popular llena de sentido: «antes morir que pecar». III. Si nos percatamos –nunca penetraremos bastante en la realidad del mysterium iniquitatis que es el pecado– de la malicia de la ofensa a Dios, nunca plantearemos la lucha en la frontera de lo grave y lo leve, pues el pecado mayor está en «despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios»19. Los pecados veniales realizan este funesto efecto en las almas que no luchan con firmeza para evitarlos, y constituyen un excelente aliado del demonio, empeñado en dañar. Sin matar la vida de la gracia, la debilitan, hacen más difícil el ejercicio de las virtudes y apenas se oyen las insinuaciones del Espíritu Santo y, si no se reacciona con energía, disponen para faltas y pecados graves. «¡Qué pena me das mientras no sientas dolor de tus pecados veniales! —Porque, hasta entonces, no habrás comenzado a tener verdadera vida interior»20. Pidamos al Señor su luz, su amor, su fuego que nos purifique, para no empequeñecer nunca la grandeza de nuestra vocación, para no quedar atrapados en la mediocridad espiritual a la que lleva la lucha lánguida, floja, ante las faltas veniales. Para luchar contra los pecados veniales el cristiano ha de darles la importancia que tienen: son los causantes de la mediocridad espiritual, de la tibieza, y los que hacen realmente dificultoso el camino de la vida interior. Los santos han recomendado siempre la Confesión frecuente, sincera y contrita como medio eficaz contra estas faltas y pecados, y camino seguro para ir adelante. «Ten siempre verdadero dolor de los pecados que confiesas, por leves que sean –aconsejaba San Francisco de Sales–, y haz firme propósito de la enmienda para en adelante. Muchos hay que pierden grandes bienes y mucho aprovechamiento espiritual porque, confesándose de los pecados veniales como por costumbre y cumplimiento, sin pensar enmendarse, permanecen toda la vida cargados de ellos»21. Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestros corazones22, nos exhorta el Salmo responsorial de la Misa. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a tener un corazón cada vez más limpio y más fuerte, capaz de rechazar todo lazo que oprima y de abrirse a Dios, como Él espera de cada cristiano. padre Francisco Fernández Carvajal 1. Mc. 1,21-28 2. Cfr. Mc. 5,2-9 3. Cfr. Juan Pablo II, Audiencia general, 13-VIII-1986 4. Cfr. Juan Pablo II, loc. cit. 5. Jn. 12,31 6. Lc. 10,17-18 7. Juan Pablo II, loc. cit. 8. Cfr. Conc. de Trento, Sesión XIV, cap. 1 9. Jn. 8,34 10. Cfr. Rom. 8,14 11. Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 13 12. San Agustín, Sermón 48 13. Juan Pablo II, loc. cit. 14. Cfr. Conc. Vat. II, loc. cit., 2. 15. Cfr. 1Cor. 7,23 16. San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 243 17. Jer. 2,12-13 18. Rom. 1,21-25 19. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 77 20. ídem, Camino, n. 330 21. San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 19 22. Salmo responsorial, Sal. 94,1-2; 6-7; 8-9 |
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Una doctrina nueva, expuesta con autoridad El Evangelio de Marcos nos dice que Jesús enseñaba con autoridad, pero no explica por qué asombraba tanto a su audiencia. Ahora bien, indirectamente señala que su enseñanza “no era la como la de los letrados”. ¡Qué curioso! ¿No nos estará diciendo que no hace falta tener muchas letras para tener sabiduría? Además de tener sentido común, Jesús tenía el sentido de Dios, el sentido del amor y del servicio. Por eso “tenía autoridad”. Estaba en la sinagoga, donde se leen y explican las Escrituras y se hace presente un espíritu inmundo que pretende hacerse portavoz de todos los presentes: “¿qué tienes que ver con nosotros...?” Y al llamarlo “el Santo de Dios”, está asumiendo a Jesús como el restaurador de la monarquía davídica que ha de subyugar a los demás pueblos. Pero Jesús libera al hombre “expulsando a su demonio”: de esa mentalidad alienadora y satánica de los sabios de este mundo, que dividen a los hombres en buenos y malos, dominadores y dominados... La autoridad no le viene a Jesús sólo de las palabras, o de la doctrina. Si la doctrina fuera expuesta sólo con palabras no pasaría de ser una teoría más. El asombro de los presentes ante esa doctrina tampoco proviene de un razonamiento novedoso, sino de su acción, de una acción que confirma con hechos lo anunciado. Cómo desterrar el mal de nuestro mundo está escrito en los libros, en muchos libros, demasiados y para todos los gustos. Pero como dice el sentido común, la mejor descripción del vino no emborracha a nadie. Lo que emborracha es el vino. La curación de un endemoniado por Jesús es una palabra sobre el mal, palabra cuya fuerza está en la misma curación. Y cuyo significado manifiesta la llegada del reino de Dios. En presencia de Jesús no cabe el demonio. Su persona es la expulsión del diablo fuera de los dominios del reino: “Ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera” (Jn. 12,31). Esta curación es una señal más de la llegada del Mesías, que viene a liberar a los hombres de la esclavitud del mal. “Toda vida humana, individual o colectiva, se presenta como lucha -lucha dramática- entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, -dice el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes. Es más, -sigue diciendo- el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas”. La primera de lectura de este cuarto domingo del tiempo ordinario, del libro del Deuteronomio da inicio a una tendencia que Jesús llevará a la perfección. Para Jesús, y en general para todos los profetas, lo fundamental de la ley es preservar la dignidad de cada ser humano, el derecho a vivir en una comunidad donde sea valorado por lo que es y no por lo que tiene. De este modo, la legislación deja de ser un precepto que rige alguna cosa en particular, y se convierte en expresión de las necesidades vitales del ser humano. A esto llama la Biblia “llevar la ley en el corazón”. Esta nueva manera de ver la ley es la que aplica Pablo en la carta a los corintios. La comunidad, preocupada por opiniones adversas al matrimonio, le pregunta al apóstol Pablo: ¿Sería preferible no casarse? Para Pablo lo importante es que cada persona de la comunidad cristiana viva la libertad que nos dejó Cristo y, siendo libres, preparar la llegada del Reino. Autoridad y ley son instrumentos que tenemos los humanos para luchar contra el mal, pero son instrumentos insuficientes, porque el mal, dicho así superficialmente, no sería más que esos pequeños desajustes que sufrimos en los avatares de la existencia. El mal del que habla el Evangelio, el mal a los ojos de Dios, es esa fuerza original que nos aleja de Dios y que anula radicalmente al ser humano. Por eso el endemoniado se enfrenta a Jesús: “¿Has venido a acabar con nosotros?”. Y la respuesta de Jesús no apela a la ley, a alguna autoridad establecida, sino a su visión compasiva ante un hombre dominado por el mal. Ese ver con el corazón, que ve en lo profundo, es la forma que tiene Dios de restaurar la dignidad de la persona. Es la propuesta cristiana, frente las teorías y especulaciones de los especialistas, para combatir el mal: ver con el corazón y actuar desde el amor. Danos tu luz Señor, para conocer donde están “ejes del mal”, y con la autoridad del amor plantarles cara. Radio Vaticano |
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Jesús cura a un endemoniado Estamos ante un tema importante y difícil, porque el Señor viene a quitarnos de la esclavitud del pecado, pero también viene a extirpar el mal luchando contra los espíritus impuros. A veces, de alguna manera, miramos las cosas muy pragmáticamente: existe sólo lo que se ve y lo que no se ve no existe; existe sólo lo que es visible, lo que es invisible no existe. Y nos equivocamos. Porque también hay un mundo, de lo invisible, que está presente y que de alguna manera incide en el comportamiento y en las actitudes de las personas: es la presencia del mal y del malo, porque muchas veces pueden incidir en las personas. Jesús viene a sacarnos del pecado y a darnos una vida nueva. Jesucristo es un verdadero profeta. Es el Profeta por excelencia. Es Él quien hace las cosas. Él no las recibe, Él las hace. El profeta no es aquel que devela el futuro, el pitoniso, aquel que dice lo que va a pasar, sino que el verdadero profeta es un intermediario de lo absoluto, que sabe y que vive en Dios, que escucha con atención la Palabra de Dios y hace Su voluntad. Cristo viene a condenar todo el culto externo, todos los sacrificios falsos, la hipocresía, la injusticia. Y con esta verdadera liberación, con este “sacarnos de”, con este resolver los nudos que están en las personas y en las almas, da inicio al nuevo Pueblo de Dios. La vida de Cristo, la actitud de Cristo, es una actitud crítica. La dimensión profética es muy importante tenerla en cuenta. No es una iniciativa de la Iglesia sino que es del Espíritu Santo. ¡El Espíritu es propio de Dios! Y el Espíritu viene a nosotros, en la Iglesia, a confrontar, a discernir, a observar, a dilucidar, a distinguir, a clarificar, a definir. Por eso define, separa qué cosa es importante, qué cosa es esencial, qué cosa no lo es. Y el signo no es esta realidad del curarlo y nada más, sino que nos obliga a mirar más allá. Por eso el Evangelio dice “habla y obra con autoridad, no como los escribas”. Los escribas hablaban, pero Él tiene autoridad. Él es e inicia con su victoria, y fundamentalmente el poder, sobre el mal. Que se completará con la resurrección. Los demonios, los espíritus impuros, creen y por eso le tienen miedo a Dios, le tienen terror y dice el hombre poseído “¿qué quieres de nosotros Jesús nazareno?, ¿has venido para acabar con nosotros?, ya sé quien eres: el Santo de Dios”. Jesús, con autoridad, le dice “¡Cállate y sal de este hombre; no lo perturbes más!” El poder de Dios en la Iglesia no es el poder de la Iglesia , sino el poder de Dios en la Iglesia y les puedo asegurar que uno lucha como sacerdote, como Obispo, no por las cosas meramente visibles sino también con aquellas cosas que son invisibles pero que están presentes y son reales. Pidamos al Señor que nos de fuerzas para descubrir -escuchando su Palabra, cumpliéndola, haciendo la voluntad de Dios- con capacidad y prontitud separarnos del mal, de todo aquello que es pernicioso, que nos hace mal, que nos aparta de Dios, que nos aparta de nosotros mismos, que nos separa de los demás. El malo quiere dividir, quiere romper la unidad, quiere que vivamos falsamente, que vivamos con máscaras; en cambio Dios quiere que vivamos de un modo transparente. Pidamos al Señor que nos purifique de todo aquello que sea malo en nosotros, para que también nosotros podamos vivir como verdaderos hijos de Dios. El Señor tiene poder y tiene autoridad; y esa autoridad es un servicio y una entrega Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
El sistema intenta debilitar las instituciones ¡Cuántas cosas se podrían decir de este Evangelio! En primer lugar, Él tiene autoridad y no es como los demás, no es como los escribas. En segundo lugar, el que tiene autoridad puede lograr o suscitar en los interlocutores un seguimiento, una atención, una escucha. Pero muchas veces somos frágiles y nos dura poco ese momento, nos olvidamos rápidamente de las cosas buenas. Hoy en día la sociedad se empeña en que uno se las olvide prontamente, porque así uno pierde más referencias: La enseñanza y la autoridad de los padres; la enseñanza y la autoridad de los maestros; la enseñanza y la autoridad de los mayores; la enseñanza y la autoridad de la Iglesia, donde de alguna manera el sistema quiere ir debilitando sutil, pero de un modo organizado, todo tipo de institución. De esta forma se pone en tela de juicio la familia, la enseñanza, los hijos, la Iglesia, los mayores. ¡Es tremendo! Y no nos damos cuenta que estamos yendo hacia ese camino. Es importante saber que Cristo tiene autoridad. Y la Iglesia, que sigue a Cristo, también tiene autoridad. Es importante mirar las cosas con un espíritu sobrenatural, con espíritu de fe. Porque de lo contrario cada uno quiere vivir a su manera, cada uno quiere hacer su proyecto, cada uno quiere hacer su propia subjetividad y creo que sería equivocado. Hay cosas que están pensadas; hay cosas que están organizadas y se las descubre en la medida que uno viva en la fe. Cristo, el Espíritu de Dios, tiene poder sobre el maligno y le dice ¡que se calle y que salga de ese hombre! Cristo lo libera. La liberación de Dios, la salvación de Dios, la misericordia de Dios, el consuelo de Dios, la ternura de Dios. ¿Saben cuántas cosas podríamos obviar y arreglar, si muchas veces pudiéramos recurrir a una perfecta acción de conciencia y a una buena confesión para pedirle perdón a Dios por los pecados, ante un sacerdote de la Iglesia? Muchas veces, cuando uno está atado, se vuelve más torpe. Cuando está oscuro, se vuelve más pesado. Falta brillo, falta entusiasmo, falta alegría, falta energía, falta coraje. Y después viene la tristeza, la desesperación, la angustia, la desazón. Por eso es importante que uno recurra a pedirle perdón a Dios y pedirle liberación. Que te sane, que te cure, que te perdone los pecados. Pero cuando uno, en esos momentos, niega las cosas, no se las reconoce, no se van a modificar y es ahí cuando viene la tristeza y, yo diría, el dudar de las cosas de Dios. Vamos a pedirle al Señor que nos haga tomar conciencia de su presencia y que nos conformemos a Su voluntad, a Su plan, a Su persona. Y no nos conformemos a los criterios mundanos y paganos de este mundo; a los criterios acomodaticios; a los criterios mentirosos; a los criterios que nos van quitando el espíritu. Cristo vino para erradicar, para demoler. Cristo vino a combatir, a purificar. Cristo vino a cambiar y quiere hacernos nuevos. ¡Vivamos como personas nuevas! Que recibamos el Espíritu de Dios. mons. Rubén Oscar Frassia |
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Las lecturas de la presente semana, presentan, un aspecto muy particular. La gente que escuchaba a Jesús se sorprendía no sólo de los milagros que realizaba, sino de la manera como hablaba, de la autoridad que tenía al dar sus discursos. Quizás las personas notaban esto al comienzo, y luego lo que prevalecía era el beneficio de los milagros. No por casualidad los evangelistas resaltan este aspecto. Mateo, uno de los sinópticos, lo pone al final del discurso de la montaña, luego que ha expuesto la novedad del Reino de los Cielos. Entonces no debemos perder de vista este aspecto, pues los demonios, reconocen a Jesús no por los milagros, sino por su autoridad, por eso dicen: “... que tenemos contigo Jesús de Nazaret.... haz venido para atormentarnos...". En esta autoridad de Jesús, en la presente semana, entraremos con sencillez, para poder contemplar-escuchar, a Jesús en sus discursos, contemplar como sus palabras estaban revestidas de autoridad. Entonces para nuestro comentario de esta semana tenemos como fondo: Palabra - Autoridad; que también eran dichas por los sacerdotes y escribas de la época, pero que en los labios de Jesús encontramos un significado que hace presente la Novedad del Reino entre nosotros. En nuestros días nos encontramos con una gran dificultad, en primer lugar que la autoridad como tal no es aceptada, si no viene expresada o respaldada por una mayoría, lo que ya al hombre moderno lo indispone a aceptar una autoridad radical, porque la experimenta como impuesta a su vida. Siguiendo en esta misma línea de la autoridad, el hombre moderno sufre por aquella autoridad que parece que es ejercida para el bien de unos pocos, o mejor dicho de manera más clara, por aquellos que ejercen el poder y, para aquellos, que están cerca de quienes ejercen el poder. Lo que sucedía en el tiempo de Jesús se repite igualmente en nuestra época. Por eso la vida de los Santos ha interrogado sobremanera a las personas, pero al mismo tiempo ha incomodado a sus contemporáneos, porque sus vidas garantizaban la autoridad con la cual se presentaban. En un segundo momento, la palabra en nuestros días no sólo está devaluada por una falta de responsabilidad moral-ética, sino porque la palabra en sí, no tiene un significado real. Como sabemos el pensamiento moderno, como bien lo expresó en varias oportunidades nuestro difunto Papa Juan Pablo II: El hombre moderno ha entrado en un profundo: positivismo relativismo nominal. Esto quiere decir que lo que hoy puede ser verdad, mañana una ley dice que ya no lo es. Entonces, la palabra cae en gran desprestigio, siendo el significado de la palabra algo mutable; totalmente opuesto al significado bíblico desde el punto de vista de la revelación; S. Juan, el evangelista comienza en las primeras líneas de su evangelio diciendo: "... En el principio la palabra era Dios y estaba junto a Dios, y todo se hizo por medio de Ella. ... ". Entonces como saber quien habla con palabras de autoridad. Los mismos textos de la presente liturgia nos dan los elementos. En la primera lectura Dios mismo dice: “... voy a suscitar a un profeta de en medio de ti... "; esto está significando que aquel que habla de parte de Dios no lo hace por su buena intención o buena voluntad, sino porque es uno elegido por el mismo Dios; y en este aspecto la segunda lectura complementa el sentido de la elección: "... el hombre no casado se preocupa de las cosas del Señor...". Esto no está significando que los casados están excluidos de vivir el evangelio, sino que el elegido debe ayudar a vivir de manera vigilante la vida con respecto al Señor, para vivirla según su querer, y esta elección por lo tanto es un servicio en función de los demás. En el evangelio, tenemos varios elementos, pero el que queremos remarcar, es aquel que dice: "... no hablaba como los escribas...". Para comprender mejor el sentido de esta expresión debemos remontarnos al profeta Ezequiel, cuando el profeta dice: "... suscitare pastores según mi corazón, que apacienten a mi pueblo...". Aquí el profeta está anunciando que estos pastores serán uno con el mismo Dios, preparando el sacerdocio según el rito de Melquisedec, que Cristo con su muerte de Cruz va a inaugurar. Debemos aceptar que a través de la vida de la Iglesia, algunos de sus miembros, no han vivido según la misión y servicio dado. Pero al mismo tiempo, retomando la primera lectura, el falso profeta es aquel que presuntuosamente piensa que por el servicio para el cual ha estado revestido, puede atribuirse el realizar aquello que piensa. Cristo, por eso en el evangelio dice: "... no he venido a ser servido sino a servir...". De esta manera, el desprendimiento radical de Cristo, cuando hablaba, causaba admiración en sus oyentes, este desprendimiento a su vez comunicaba un abandono y confianza absoluta en su mensaje, que no era otro, sino que revelar al mismo Dios-Padre. Por eso el demonio luego de los cuarenta días y cuarenta noches, de Cristo en el desierto, le dice: “... si eres el Hijo de Dios: di que estas piedras se conviertan en pan...". Así la tentación consistirá en vivir la elección de manera individualista, alejándose de la fuente que es el mismo Dios. Por eso todos nosotros cuando hemos recibido el bautismo, hemos sido adoptados como hijos de Dios en el Hijo, para así participar de su misión-función: real-profética-sacerdotal; pero podemos vivir esta vida nueva en la medida que estamos unidos a Cristo. San Juan Crisóstomo dice: “... la fuerza de las palabras de Cristo es que son palabras de vida Eterna... (Hom. 25)”. Así tenemos que esta vida nueva, se vive en la autoridad de Cristo, Hijo del Padre, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna como dice Pedro: “... Señor a dónde iremos solo tú tienes palabras de vida eterna...". De esta manera la palabra en la Iglesia, legada por el mismo Cristo, y expresada por sus ministros, tiene autoridad, porque esta palabra expresa la voluntad del Padre, que a través de su amor, expresa su fidelidad en todo aquello que promete y anuncia por amor a su criatura. Donde la palabra de Dios es creadora y dadora de vida para quien la comunica y la escucha.
Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división. En la presente semana la segunda lectura nos presenta la visión paulina sobre las diferentes vocaciones específicas en la vida cristiana a las cuales estamos llamados los creyentes. De manera particular San Pablo manifiesta su caso luego de los acontecimientos que dieron inicio a su conversión. Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su "sí" definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver y vivir según el hombre nuevo. En sus expresiones San Pablo se refiere a su propia experiencia, y de este modo sus palabras se hacen más personales. Así no sólo formula el principio referente a vivir libres de preocupaciones, para centrarse al anuncio del evangelio, sino que trata de motivar y enlazar este principio con reflexiones y convicciones personales nacidas de la práctica del consejo evangélico del celibato. Así cada una de las expresiones y escritos son prueba de su fuerza de persuasión, de su afán de anunciar y dejar claras las cosas. El Siervo de Dios Juan Pablo II nos dice al respecto: «…el Apóstol no sólo escribe a sus Corintios: «Quisiera que todos los hombres fuesen como yo» (1Cor. 7,27), sino que va más adelante y, refiriéndose a los hombres que contraen matrimonio, escriben: «Pero tendréis así que esta sometidos a la tribulación de la carne, que quisiera yo ahorraros » (1Cor. 7,28). Ya antes explicando en el capítulo VII de su primera Carta a los Corintios la cuestión del matrimonio y la virginidad (es decir, la continencia por el reino de Dios), trata de motivar la causa por la que quien elige el matrimonio hace «bien» y quien decide, en cambio, una vida de continencia, o sea la virginidad, hace «mejor»…» (Juan Pablo II, El matrimonio y la virginidad según la interpretación de San Pablo en la carta a los corintios, 30 de junio de 1982). Según la interpretación de san Pablo «el célibe se cuida... de cómo agradar al Señor» (1Cor. 7,32), en este sentido la expresión «agradar al Señor» esta significando que el trasfondo de toda la vida del creyente es el amor. Esto se ve claramente cuando el Apóstol manifiesta a modo de comparación que quien no está casado se cuida de agradar a Dios, mientras que quien está casado debe también contentar a la mujer. Estas expresiones no están de ningún modo descalificando ni considerando de menor importancia al matrimonio, simplemente de manera concreta San Pablo ya está dando a conocer el carácter nupcial de la «continencia por el reino de Dios». Porque queda claro que el hombre procura agradar siempre a la persona amada. Por consiguiente en palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II: «…El «agradar a Dios» no carece por tanto del carácter que distingue la relación interpersonal entre los esposos. Por una parte, es un esfuerzo del hombre que tiende a Dios y procura complacerle, o sea, expresar prácticamente el amor; por otra, a esta aspiración corresponde el agrado de Dios, que acoge los esfuerzos del hombre y corona su obra dándole una gracia nueva: de hecho desde el principio esta aspiración ha sido don de Dios. «Cuidarse de agradar a Dios» es, pues, una aportación del hombre al diálogo continuo de salvación entablado por Dios, evidentemente todo cristiano que vive de fe toma parte en este diálogo…» (Juan Pablo II, La preocupación de «agradar al Señor», 7 de julio de 1982). Profundizando en la expresión de «agradar a Dios», podemos mencionar que esta expresión se encuentra en la Biblia, específicamente en los libros antiguos como es por ejemplo en Dt 13, 19, donde la frase se presenta como sinónimo de una vida en gracia de Dios, expresando la actitud de quien busca a Dios, que es aquel que se comporta y vive abandonado confiadamente en la voluntad del Padre para serle agradable. Inclusive esta expresión se presenta como toda una síntesis teológica de la santidad a la cual está llamado todo creyente. En el Evangelio de San Juan esta expresión es aplicada al propio Cristo: «Yo hago siempre lo que es de su agrado (con respecto al Padre)» (Jn. 8,29). El Apóstol también nos dice como se llega a permanecer en Cristo, a vivir en la alegría de su presencia, sin dejarnos distraer por las cosas pasajeras que no son esenciales pero que tanto nos alejan de la voluntad de Dios. San Pablo puntualiza este pensamiento cuando habla de la situación de la mujer casada y de la que ha optado por la virginidad. Mientras la mujer casada debe cuidarse de «cómo agradar a su marido», la que no está casada «sólo tiene que preocuparse de las cosas del Señor, de ser santa en cuerpo y en espíritu». Así lo explicaba en una de sus catequesis el Siervo de Dios Juan Pablo II: «…Para captar adecuadamente toda la profundidad del pensamiento de Pablo hay que hacer notar que la «santidad» es un estado más bien que una acción, según la concepción bíblica; y tiene ante todo carácter ontológico y luego también moral. La «santidad en el cuerpo y en el espíritu» significa también, por tanto, la sacralidad de la virginidad o celibato aceptados por el «reino de Dios». Y, al mismo tiempo, lo que está ofrecido a Dios debe distinguirse por la pureza moral y, por tanto, presupone un comportamiento «sin mancha ni arruga», «santo e inmaculado», según el modelo virginal de la Iglesia que está ante Cristo (Ef. 5,27)…» (Juan Pablo II, La preocupación de «agradar al Señor», 7 de julio de 1982). En las palabras de San Pablo podemos notar que cada creyente puede vivir santamente en la vocación a la cual Dios lo llama a vivir, ya sea de célibe o en el matrimonio, porque como el Apóstol nos dice también los que optan por el matrimonio y viven en él, reciben de Dios un «don», una gracia de estado que el propio sacramento les otorga, es decir, la gracia propia de esta opción, de este modo de vivir. El don que reciben las personas que viven en el matrimonio es distinto del que reciben las personas que viven en virginidad y han elegido la continencia por el reino de Dios; no obstante, ambos son verdadero «don de Dios», don «propio», destinado a personas concretas, o sea, adecuado a la vocación de vida a la cual cada quien es llamado. padre Oscar Balcazar Balcazar |
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“Predicar con el ejemplo” Estamos celebrando el domingo IV del tiempo ordinario. Las lecturas de este domingo, sobre todo la primera y el evangelio son una invitación a escuchar la palabra de Dios y a profetizar. Decíamos en el salmo responsorial: “Ójala escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. La dureza del corazón son los cayos que nos salen de los desengaños de la vida, que van creando en nosotros un caparazón que nos cierra a los demás y a Dios. Una vez escuchado Dios, estamos dispuestos a hablar en su nombre, a profetizar. La primera lectura, del libro de Deuteronomio nos presentaba una predicción de Moisés que hablaba de la llegada de un profeta, como él, que hablaría en nombre de Dios. En el texto del Evangelio vemos como Jesucristo habla en nombre de Dios, es el profeta anunciado, y habla con autoridad, no como los letrados. La autoridad de Jesucristo es una autoridad especial. No es la autoridad de ordeno y mando, sino la de quien predica con el ejemplo. Su autoridad no es como la de los letrados. La autoridad de los letrados se basa en el conocimiento de las Sagradas Escrituras y en una doctrina aprendida, tienen que citar lo que otros decían para que la gente los crea. Es como cuando nosotros decimos, para que nos crean, “lo han dicho en la tele”, o “está escrito en tal sitio”. Jesucristo tiene autoridad porque tiene una doctrina propia. Recordad, por ejemplo, aquel pasaje en donde Jesús dice: “Se dijo a los antiguos... pero yo os digo”. Además tiene autoridad porque su predicación normalmente va acompañada de signos como el que nos cuenta el texto de hoy: domina a los espíritus inmundos. Como decía antes, estas lecturas son una invitación a escuchar a Dios y a profetizar en su nombre. Es muy importante escuchar la Palabra de Dios y escucharla con un corazón limpio de prejuicios. Además de no endurecer el corazón, hay que despojarse de las ideas previas que uno tiene para poder entrar sin ideas preconcebidas en el mensaje de Dios. Hay que estar receptivos a lo que Dios nos puede sugerir. Para eso hay que saber hacer silencio de las cosas de uno mismo. Hay que orar y en la oración hay que callar. La escucha de la Palabra de Dios tiene otra dimensión además de la “auditiva”; es decir el receptáculo de la Palabra no es el oído, ni el corazón, sino la vida de la persona. Escuchamos la Palabra de Dios cuando traducimos en la propia vida los valores del evangelio. Si de verdad vivimos a Dios estaremos en buenas condiciones para hablar en su nombre, para profetizar. Por medio del sacramento del Bautismo participamos en la triple misión de Jesucristo: sacerdotal, profética y real. Somos sacerdotes; es decir, estamos llamados a entregar nuestra vida, como hizo Jesús. Somos reyes; es decir, estamos llamados a servir a los demás, como hizo Jesús. Y somos profetas; es decir, estamos llamados a se Palabra de Dios con nuestra vida, a hablar en su nombre, a denunciar todo lo que es contrario a Dios. Es esta misión una misión muy importante. Hoy entendemos la religión como una vivencia interior y privada; sin embargo hay que dar testimonio de nuestra fe, hablando de Dios y su mensaje con las palabras y las obras, con su mensaje y sus valores. Los cristianos somos muy cobardes, muy falsamente respetuosos; silenciamos muchas veces nuestra palabra ante los demás por miedos a complicarnos la vida. Un cristiano tiene que anunciar y denunciar, como hacían los profetas. Y hay que dar este testimonio con autoridad, como hacía Cristo. Claro, nosotros no tenemos una doctrina propia ni podemos hacer signos milagrosos; por eso la autoridad moral que nosotros podemos tener como seguidores de Cristo es ser coherentes con el mensaje que creemos y celebramos; es decir, procurar que no haya distancia entre lo que creemos, lo que celebramos, lo que decimos y cómo vivimos. Si no somos coherentes con el Evangelio difícilmente podremos ser escuchados por los demás, porque si decimos algo lo primero que nos dirán es que nosotros no lo cumplimos. También es cierto que el propio pecado no debería hacernos callar nuestro testimonio de cristianos, porque la Palabra de Dios tiene su autoridad propia, ya que es un mensaje que plenifica el corazón humano. Predicar a Dios con la conciencia del propio pecado nos hace más humildes y nos compromete a ser más coherentes. Dice un pensamiento: “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla” (S. Freud) es como una invitación bonita a callar más y a hablar menos. Está bien para guardar los secretos de la profesión. Es cierto que somos esclavos de lo que decimos en nombre de Dios, porque al decirlo nos comprometemos con lo que decimos, comprometemos nuestra propia vida; pero en sentido cristiano – en lo que nos ocupa – no somos dueños de lo que callamos, sino responsables de lo que callamos y mas aún si lo que callamos es algo malo. Tomemos conciencia, pues, que nuestra vida de cristianos es como “palabra de Dios”, prediquemos con el ejemplo. padre Pedro Crespo |
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Enseñanza liberadora En ciertos sectores intelectuales y docentes, especialmente entre inspiradores y reguladores de los nuevos planes de enseñanza, existe la implícita, y a veces explícita, persuasión de que la enseñanza religiosa es algo que hay que tolerar como un mal menor al dificultar la liberación integral del hombre. Opinan, muchas veces desde su nula o deformada religiosidad, que todo lo religioso es doctrinario y adoctrinador, convirtiendo al alumno en un doctrino y poseso de “espíritus” extraños y perjudiciales al hombre mismo. Ciertamente, pero denunciando al mismo tiempo la gran carga de sectarismo obsoleto y de indoctrinación que llevan las pretensiones de una imposible y presunta neutralidad educativa, merecen en parte ser tenidos en cuenta, para purificar nuestros contenidos y métodos educativos de todo lo que pudiera conllevar infantilismo doctrinal. Digamos, por ejemplo, todo lo referente a visiones fideístas y oscurantistas de Dios, del mundo, del hombre; o a todo tipo de inhibición y descompromiso por los hombres del hoy. Pero en lo que no son escuchables semejantes escribas y doctores es en la negación que hacen del poder liberativo del cristianismo. Religión ésta que, si de algo se precia, es de su capacidad redentora, salvadora, liberadora. Jesús, precisamente, se rebela contra los maestros de la ley, que imponen su visión cerrada y personalista castrando los ojos creativos de sus propios educados. Su Palabra, en efecto, es acción liberadora y educativa, haciendo que acontezca siempre algo muy importante e innovador en las personas que se dejan libremente enseñar por Él. Su autoridad, no en vano, viene de lo alto y de dentro de sí, sin estar ligado a ideología alguna sino sólo al Padre de quien aprende y a los hombres a quienes enseña. Y es que siempre es más lo que produce y educe del corazón de los creyentes reales que lo que las palabras mismas declaran. Por eso mismo, cuando el hombre acepta a Cristo como Palabra definitiva y definidora de Dios y del hombre, como el “no va a más” de la Enseñanza del Padre, como el Signo supremo con que Dios enseña y se enseña a los hombres, se produce entonces en los hombres enseñados por Él la expulsión progresiva de todo espíritu materialista, de toda actitud insolidaria, de todo horizonte temporero y chato, de toda pedantería hueca y vaciadora. Y surge, por el contrario, en el mismo hombre la deslumbrante fisonomía de hijo de Dios y de hermano universal, rebelde a toda idolatría del poder, del tener y del placer. Así, y a disgusto de los letrados que acechan a Jesús para ponerlo a prueba, lo corroboran y afirman las multitudes estupefactas que se admiran de este inédito método de enseñar con autoridad y eficacia liberadora. Al mismo tiempo que invitan a que se lo piensen dos veces los detractores de la enseñanza religiosa, para que, liberados de prejuicios reaccionarios, se matriculen en la escuela de Jesús, si es que quieren de verdad saborear la Verdad y servirla en sus verdades. padre Juan Sánchez Trujillo |
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La autoridad de Jesús El evangelio de este domingo empieza la narración de la actividad taumatúrgica de Jesús. El primero de los milagros narrados por Marcos es un exorcismo, acaecido en la sinagoga de Cafarnaún, donde Jesús lleva a cabo la expulsión de un espíritu inmundo de un hombre poseído (Mc. 1,21-27). Inmediatamente antes Jesús había anunciado la proximidad inminente del Reinado de Dios. Parece que las obras milagrosas de Jesús están orientadas a mostrar esa cercanía, aunque no todavía su plena manifestación. En este sentido los milagros son sólo signos de la cercanía del Reino, pero no la llegada plena del Reino. El milagro, que con ligeras variantes está narrado también en el evangelio de Lucas, tiene varios aspectos que son significativos. Se trata de un milagro de confrontación con el espíritu del mal y de revelación de la gran autoridad de Jesús frente al modo de enseñar de los dirigentes religiosos. En él se manifiesta la potencia de la palabra de Jesús que increpa al maligno, lo expulsa del poseso e inicia el proceso de su eliminación, suscitando el asombro de todos y la primera cuestión acerca de su identidad y del misterio de su persona, que debe ir madurando progresivamente a lo largo de todo el Evangelio: ¿Qué es esto? ¡Una nueva enseñanza con autoridad! Hasta a los espíritus inmundos se impone, y le obedecen (Mc. 1,27). La confrontación de Jesús con el espíritu inmundo constituye el núcleo del milagro, pues los demonios sí reconocen al Santo de Dios y su fuerza antagónica respecto a los seres humanos. El hombre, poseído por el espíritu maligno, pasa a un segundo plano en la narración, dejando paso al protagonista, Jesús, en su enfrentamiento contundente, potente y eficaz con el demonio. La palabra de Jesús es contra él. La Buena Noticia de Dios, que Jesús proclama, es una palabra de increpación, de indignación y de lucha contra el mal en cualquiera de sus manifestaciones. La posesión diabólica puede ser entendida de diversas maneras según los contextos culturales en los que ésta se sitúe. En todo caso es una fuerza espiritual maligna, personalizada, exterior o interior, que atrapa, domina y somete a la persona humana tomando posesión de ella. La verificación histórica de que Jesús realizó este tipo de milagros expulsando demonios es indiscutible si aplicamos los criterios de historicidad. Baste decir que es un hecho que hasta los adversarios lo constatan, aunque lo interpreten de forma diferente. En el tiempo presente creo que este tipo de posesión dominadora y aniquiladora del ser humano se puede aplicar a toda fuerza interior o exterior que somete a una persona y no se debe excluir ninguna de las formas de poder económico y político que diabólicamente destrozan vidas y familias humanas. Frente a ellas y contra ellas también Jesús diría nuevamente: “Cállate y sal fuera! Y ojalá que pueda oírse esta voz a través de los creyentes en esta palabra. Pero un relato de milagro evangélico no permite quedarnos meramente en el hecho como tal, sino que reclama una interpretación adecuada del mismo. Por eso es importante descubrir su valor de signo de la otra realidad a la cual apunta el hecho en sí. En Marcos el milagro, en primer lugar, nos revela la gran autoridad de Jesús y de su palabra, y en segundo lugar, nos remite al misterio todavía indeclarable de su identidad como Hijo de Dios, pues esto no se debe decir hasta que él muestre toda su identidad de forma inequívoca no a través de las obras de poder, sino mediante su muerte en la cruz. La autoridad de Jesús no tiene que ver nada con el poder sino con la fuerza de su palabra, con la coherencia armónica y total entre su ser, su obrar y su hablar, y con la capacidad de convicción de su discurso mostrando la soberanía absoluta de Dios en su vida. En griego autoridad se dice exousia, palabra que evoca etimológicamente y desde su raíz filosófica, ex+ousia, la profundidad del ser y de la identidad de una persona. Es la esencia de la persona que se manifiesta con convicción. Con el milagro se manifiesta la gran autoridad moral de Jesús para intervenir contra todo poder que someta al ser humano haciendo visible la cercanía del Reinado de Dios gracias a su palabra liberadora a favor del hombre, dominado y poseído. Quiera Dios que la Iglesia y cada uno de nosotros, los creyentes, fieles al espíritu profético y siguiendo a este Jesús del Evangelio, seamos capaces de intervenir también con la verdadera autoridad moral que deriva del mesianismo liberador de Jesús, y podamos hacer frente sin rodeos a las múltiples manifestaciones del mal que acosan al ser humano, desde el pecado personal hasta sus derivaciones fatales de carácter estructural, entre las cuales sobresale la gran crisis económica del mundo. Ésta ciertamente consiste en la manipulación diabólica de los pueblos y de los pobres por parte de los intereses de los opulentos y de los “mercados”, los cuales promueven hasta sus últimas consecuencias este doble proceso de empobrecimiento de muchos y de enriquecimiento de unos pocos, que pone en evidencia lo que ya algunos denominan la “fascistización” de los mercados y de la economía, y cuyos golpes de Estado se dejan notar por doquier en este planeta tremendamente desigual e injusto. José Cervantes Gabarrón |
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