La primera lectura, tomada del 1º libro de los Reyes, tiene como protagonista al profeta Elías, quien vivió en el siglo IX a.C. A pesar de la enorme distancia temporal y cultural que nos separa de él, este personaje tuvo una experiencia humana muy intensa que nos permite sintonizar con él: Acab, rey de Israel, se casó con una mujer cananea, llamada Jezabel. Instigado por ella, el rey abandonó la fe de sus mayores y levantó altares para honrar a los dioses cananeos, y ordenó asesinar a los profetas que anunciaban el mensaje de Iahvé.

El profeta Elías denunció con vehemencia la infidelidad religiosa del rey, y esto lo convirtió en objetivo de la persecución ordenada por Jezabel.

Este es el contexto para comprender la primera lectura. Huyendo de la ira de la reina, Elías se internó en el desierto. Su situación era muy complicada pues era perseguido por un enemigo muy poderoso, estaba solo, hambriento y sediento; había perdido la esperanza.

El texto que hemos escuchado nos dice que Elías “se sentó bajo un árbol de retama, sintió deseos de morir y dijo: ‘Basta ya, Señor; quítame la vida, pues ya no valgo más que mis padres’. Después se recostó y se quedó dormido”.

El profeta se sentía agobiado. Sus fuerzas físicas y su motivación no daban para más. Ante la situación extrema en que se encontraba, lo único que le quedaba era morir; por eso suplica: “Quítame la vida”. Aunque para nosotros, mujeres y hombres de nuestra época, el siglo IX AC es algo muy distante, la crisis existencial que vive el profeta nos impacta y lo sentimos cercano.

¿Por qué la cercanía que sentimos ante la situación vivida por el profeta Elías? Todos nosotros hemos sido testigos de desgracias personales y familiares que, como si fueran un terrible tsunami, destruyen la motivación para seguir viviendo; pensemos, por ejemplo, en enfermedades terminales y dolorosas que se prolongan en el tiempo; pensemos en fracasos económicos que devoran el esfuerzo de toda la vida y que generan deudas imposibles de pagar; pensemos en tragedias familiares que desbordan la capacidad de reacción del ser humano. El profeta Elías, igual que mujeres y hombres de todos los tiempos, se sintió aplastado por los acontecimientos y fue víctima de una depresión aguda que le hizo desear la muerte.

El relato bíblico nos dice que un ángel lo despertó, le ofreció alimento y lo invitó a levantarse; y esto en dos ocasiones: Dios actúa de muchas maneras y se expresa a través de diversos instrumentos. En este relato se nos habla de un ángel; en la vida diaria, la Providencia amorosa de Dios se manifiesta a través de los padres, de la familia, de los amigos.

Si el profeta Elías no hubiera sido ayudado en la depresión y total indefensión en que se encontraba, ciertamente habría muerto. Él solo no hubiera sido capaz de sobrevivir a la crisis.

Este es el primer mensaje que nos comunica la liturgia de este domingo: los seres humanos somos frágiles, y las crisis pueden alcanzar tales dimensiones que nos incapacitan para reaccionar. Acudiendo a la imagen bíblica que hemos escuchado, de alguna manera debemos ser ángeles que ayudemos a reaccionar a quienes están hundidos en la desesperanza; colaboremos en la tarea de buscar el apoyo adecuado; pronunciemos una palabra de estímulo y esperanza.

Así pues, este texto del 1º libro de los Reyes nos motiva a la solidaridad para tender la mano a todos aquellos que se sienten agobiados por la carga que llevan.

Además, este texto del 1º libro de los Reyes tiene un profundo simbolismo eucarístico por su referencia al alimento: el pan que ofrece el ángel al profeta le permite recuperar las fuerzas para reemprender el camino; en la perspectiva del Nuevo Testamento, este pan ofrecido al profeta preanuncia el Pan de vida ofrecido por Jesús para nuestro viaje hacia la casa del Padre: “Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Estas palabras del Señor nos confortan pues nos dicen que Él estará con nosotros en todas las circunstancias de la vida. Ahora bien, la certeza de la presencia del Señor no nos exime de nuestras responsabilidades en cuanto a utilizar todos los medios humanos para la superación de las crisis. No podemos caer en la trampa de quienes creen que la fe en el Señor resucitado los exime de trabajar. Ciertamente, debemos orar con fe y confianza, pero no esperemos que Dios hará la tarea que nos corresponde a nosotros. Si el problema que nos tiene al borde del precipicio es económico, busquemos la asesoría de los que saben de finanzas y no esperemos que Dios haga de banquero y nos refinancie la deuda; si el problema es causado por una depresión aguda, busquemos la ayuda del especialista y no pidamos a Dios que actúe como un antidepresivo…

Las lecturas de hoy nos motivan para nutrir nuestra vida espiritual con la oración y la participación eucarística de manera que tengamos fortaleza interior para afrontar los obstáculos que trae la vida. Acudamos a los medios espirituales y a las ayudas especializadas para salir adelante; y seamos como unos ángeles solidarios que ayudamos a nuestros hermanos a superar sus crisis existenciales.

Jorge Humberto Peláez, S.J.

 

 

El domingo pasado leímos el pasaje el Evangelio según san Juan en el que se narra el milagro de la multiplicación de los panes. Hoy el mismo Evangelio nos presenta el comienzo del llamado “Discurso del Pan de Vida” que Jesús desarrolla inmediatamente después. Tratemos de aplicar este pasaje a nuestra propia vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas señaladas para la liturgia eucarística de hoy [Éxodo 16, 2-4.12-15; Salmo 78 (77); Efesios 4, 17.20-24].

1. No trabajen por la comida que se acaba, sino por la que permanece y les da vida eterna

Jesús había saciado el hambre material de muchas personas. Muchos lo seguían buscando para que les hiciera milagros físicos, pero Él los invitaba, como también lo hace hoy con cada uno y cada una de nosotros, a no poner la meta última en lo material, sino en lo espiritual. Así como necesitamos el alimento del cuerpo, también necesitamos alimentar nuestro espíritu, y la falta de este alimento es precisamente lo que lleva a muchos a perderle el sentido a la existencia, porque de nada nos sirve estar saciados en lo material si no alimentamos debidamente nuestro espíritu.

Una gran parte de la humanidad padece hambre física, y este es un enorme problema social, pero también muchos carecen de nutrición espiritual. En efecto, la crisis actual es una crisis económica, pero también una crisis del espíritu. Ante esta situación se multiplican las ofertas de religiones mercantilistas y de espacios esotéricos que venden milagros en espectáculos masivos difundidos por los medios de comunicación. Muchos buscan en los métodos adoptados por el movimiento contemporáneo llamado “Nueva Era”, una satisfacción al hambre espiritual que los aqueja. Sin embargo, las religiones de alivio instantáneo y los espiritualismos fanáticos se parecen con mucha frecuencia a las drogas que adormecen y alienan a las personas, aislándolas y haciéndolas incapaces de comprometerse en la búsqueda del bien común y en la construcción compartida de una sociedad justa y equitativa.

2. La única obra que Dios quiere es que crean en Aquel que Él ha enviado

Cuando Jesús les dice a sus interlocutores “la única obra que Dios quiere es que crean en Aquél que Él ha enviado”, no los está invitando a una fe desentendida de los problemas sociales, sino todo lo contrario: creer de verdad en Él significa adherirse de corazón a sus enseñanzas, centradas en la proclamación del reinado de Dios, que es el reinado del amor, la justicia y la paz.

Nuestra fe en Jesucristo como Dios hecho hombre, como la Palabra de Dios hecha carne, implica y exige de cada uno y cada una de nosotros una revisión constante de nuestra vida, alimentada por Él mismo, para ver qué estamos haciendo y qué debemos hacer por los demás, especialmente por los más necesitados. No en el sentido de una asistencia paternalista que da el pescado sin enseñar a pescar, sino en el de contribuir a la transformación estructural de la sociedad en que vivimos, cada cual en su hogar, en su lugar su trabajo, en sus relaciones cotidianas con los demás. Ahora bien, para lograr esta unidad entre la fe y las obras, necesitamos buscar y aprovechar espacios en los cuales nos encontremos con nosotros mismos y con Dios, en un clima de reflexión y de oración que nos renueve cada día espiritualmente.

3. Yo soy el pan que da vida. Quien viene a mí, nunca tendrá hambre; y quien cree en mí, nunca tendrá sed

Todo el capítulo 6 del Evangelio según san Juan, que comienza con el relato del milagro de la multiplicación de los panes y continúa con el “Discurso del Pan de Vida”, constituye un anuncio, dado por Jesús, del sacramento de la Eucaristía que Él mismo iba a instituir en la cena pascual con sus discípulos la víspera de su pasión. Hoy nosotros podemos verificar desde la fe el cumplimiento de este anuncio, cada vez que compartimos el Pan que da la vida: nuestro Señor Jesucristo, que dio su propia vida en la cruz y nos alimenta con su vida resucitada para que nosotros también tengamos vida eterna. El mismo Evangelio según san Juan, al final de su capítulo 20, inmediatamente después de la profesión de fe del apóstol Tomás al tener la experiencia pascual de la presencia de Jesús resucitado, y de las palabras del mismo Jesús que le dice “dichosos los que creen sin haber visto”, dirá que todos los signos milagrosos obrados por Jesús que han sido relatados en este libro fueron escritos “para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de Él” (Juan 20, 31).

La vida es uno de los temas centrales de la predicación del apóstol san Juan, que fueron puestos por escrito y desarrollados en el cuarto Evangelio y en las tres cartas del Nuevo Testamento que llevan su nombre. Se trata de una vida en plenitud: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”, dirá Jesús al presentarse como el Buen Pastor (Juan 10, 10), y esa vida en plenitud es precisamente la que nos comunica Él mismo en la Eucaristía al dársenos en alimento como la Palabra de Dios hecha carne. Dispongámonos pues a recibirlo en la sagrada comunión, para que Él nos transforme a imagen y semejanza suya al hacernos partícipes de su propia vida resucitada.

Gabriel Jaime Pérez S.J.

 

 

“Nadie puede venir a mi si no lo trae el Padre”

Una de las experiencias más dolorosas en la vida es la de sentirse perdidos. Tal vez recordemos en nuestra propia historia personal, alguna situación en la que nos hayamos sentido despistados, abandonados, extraviados... No sólo metafóricamente perdidos sino, efectivamente, sin saber dónde está el norte, dónde están nuestras seguridades, nuestro rumbo, las personas que amamos y necesitamos para tener tranquilidad. No hay cosa que asuste más a un niño que sentirse perdido. ¿Cuántas veces no nos hemos perdido siendo niños? Nos soltamos un momento de la mano de la mamá o del papá y, de repente, nos damos cuenta de que estamos solos y asustados. No conocemos a nadie en medio de la plaza del pueblo, abarrotada de gente; nos sentimos solos en el mercado por el que van y vienen compradores y vendedores sin concierto; nos asustan, en el gran almacén, las aglomeraciones anónimas que nos ignoran... ¡Menudo susto nos llevamos! Se nos perdió el puerto seguro, el ancla que nos mantenía atados a la historia, al pasado, al futuro y, sobre todo, al presente. Nos sentimos dando vueltas alrededor de lo mismo. Quedamos como volador sin palo, según el decir popular.

Cuando nos sentimos así, comenzamos a buscar desesperadamente un rastro de la persona o de alguna cosa que nos devuelva la tranquilidad y la seguridad. Pero, normalmente, existe una relación proporcional entre nuestra desesperación y la oscuridad que vamos sintiendo en nuestro reducido horizonte. Se cierran las ventanas de los sentidos y, a veces, no percibimos ni lo que es evidente ante nuestros ojos; de tal manera nos embotamos que ni siquiera oímos los llamados que nos hacen a través de los altavoces... Los minutos parecen horas y las horas, siglos... Tratamos de mantener la calma, pero no podemos; nos gana la confusión y perdemos del todo la paz interior. ¿Dónde buscar? ¿A quién pedir ayuda? ¿Cómo resolver esta situación? ¿Dónde se nos perdió el rastro?

Cuando un niño se pierde, tal vez lo peor que puede hacer es ponerse a buscar por sí mismo una salida del laberinto en el que se encuentra. Creo que le iría mejor si se tranquilizara y se dejara buscar por los mayores que, con mucha seguridad, estarán escudriñando por todas partes, con preocupación, tras su rastro. No parece una postura muy proactiva, pero si el niño se mueve mucho de sitio, es factible que termine jugando a las escondidas con los que lo están buscando. Por eso, lo más sencillo parece ser que el niño deje de buscar y más bien ‘se deje encontrar’. Esa persona que lo ama y lo extraña, no descansará hasta encontrarlo, para llevarlo a un lugar tranquilo donde pueda reposar y recuperarse del susto que ha tenido.

De estas cosas estaba hablando Jesús cuando dijo: “Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre, que me ha enviado”. Cuando nos perdemos por los caminos de nuestras vidas, no es fácil que volvamos a recuperar el rastro de Dios por nuestra propia iniciativa. Entre más buscamos y entre más desesperados estamos, se va haciendo más difícil encontrar la salida de nuestro propio laberinto interior. Por eso, sin llamar a una pasividad resignada, es importante recordar que el camino que nos conduce hasta Dios, supone una cierta actividad pasiva de dejarse encontrar por aquel que nos ama y que no descansará hasta encontrarnos, para llevarnos a un lugar tranquilo, junto a Él.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 

Biblia y ecología

Cuando visitamos un parque de la ciudad, es frecuente encontrar algunas personas o grupos trotando o haciendo ejercicio. A otras caminando despacio, observando la naturaleza: los lagos con sus patos y peces; los arboles con sus ramas, hojas y las flores.

¡Cómo quisiera uno que todos estos visitantes fueran capaces de gozar de la naturaleza! De seguro, todos ven la naturaleza - los invidentes gozan sintiéndola, palpándola -, pero que pocos la miran. Ven árboles, matas, flores. Pero es probable que pocos se acerquen a mirar, a detallar la belleza de una flor: los artísticos dibujos de sus pétalos, la originalidad de sus pistilos, la textura de sus hojas.

Quizás uno que otro del paso del mirar al admirar. Pocos dan el paso a alabar a Dios. Para estos entonces sí, la naturaleza se convierte en un sacramento de Dios Creador. Es un sacramento que está al alcance de todas la personas, así sean o no cristianas. El salmo de esta Eucaristía nos invita: “contemplen conmigo la grandeza del Señor”, que bien puede aplicarse a los que no sólo ven, sino que miran, admiran y alaban.

El mismo salmo continúa: “Contémplenlo y quedarán radiantes”. Es como adelantarse un poco y dar el paso al sacramento de los cristianos. Para nosotros ese Sacramento es Jesús.

Cuando uno pregunta a la gente cuál es el sacramento que más admiran, suelen responder que la eucaristía o el bautismo o el matrimonio. Personas que acaban de asistir a la Unción de Enfermos de un pariente cercano, eligen este. Alguien que se confirmó hace poco, la Confirmación. Pero es rara la persona que privilegia a Cristo como sacramento.

No somos conscientes que Cristo es el sacramento del Padre.

Por eso es tan diciente el Evangelio de hoy. Releamos esta frase: “Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Esto no quiere decir que alguien hay visto al Padre fuera del que procede de Dios; sólo Él ha visto al Padre” (Jn 6,48).

En este Evangelio, en efecto, Jesús invita a reconocerlo no sólo como el hijo del carpintero, sino como el Hijo de Dios. Su humanidad es el elemento sensible por el cual la Divinidad que se nos da. Por eso es el Sacramento pleno, del cual se derivan los demás.

En este mismo Evangelio tenemos una invitación a participar del sacramento de la Eucaristía. El se nos da en un elemento, llamémoslo ecológico, el pan. Pero se nos da como el pan que baja del cielo y que no deja morir al que lo come: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn. 6,50).

Nosotros como Elías debiéramos alimentarnos con el pan que le dio fuerzas para seguir por el camino hasta el monte de Dios.

Pero para que este sacramento no se nos quede en un simple rito, pasemos del partir el pan al compartir. La Eucaristía no termina con el “Podéis ir en paz”. La antigua fórmula latina de “Ite, missa est”, nos recordaba que la comunidad estaba enviada (missa). Y no podemos olvidar que estamos enviados a un mundo de hambre del Pan espiritual y de pan material.

Y finalmente pidámosle al Señor que en nuestro país no prime el oro sobre el pan. Esto ni más ni menos es lo que propone el plan de dejar el 31,91% del terreno del país para posibles trabajos de multinacionales en minería, superando casi el 33,86% del territorio ocupado por la ganadería y en mucho las hectáreas destinadas al sistema de parques naturales (11,06%) e inclusive al resto que se divide entre la producción agrícola, y las áreas de protección regional o local (2317%).

Este darle la prioridad al oro sobre el pan, a la larga sólo nos va a traer más hambre y más destrucción del medio ambiente. Pero el oro y las grandes ganancias se irán detrás de las multinacionales. No dejemos, pues, que el afán por el oro y el dinero sean en nuestras casas el preferir la cerveza y el licor al pan de los hijos. Y que, como dice Pablo a los Efesios, no causemos “tristeza al Espíritu santo, cuyo sello ha impreso Dios en ustedes, en espera de la liberación definitiva” (Ef. 4,30).

 

 

El Pan vivo

- La Comunión restaura las fuerzas perdidas y da otras nuevas para llegar al Cielo. El Viático.

 - El Pan de Vida. Efectos de la Comunión en el alma.

 - La frecuente o diaria recepción de este sacramento. Visita al Santísimo; comuniones espirituales a lo largo del día.

I. Leemos en la Primera lectura de la Misa1 que el Profeta Elías, huyendo de Jetsabel, se dirigió al Horeb, el monte santo. Durante el largo y difícil viaje se sintió cansado y deseó morir. Basta, Yahvé. Lleva ya mi alma, que no soy mejor que mis padres. Y echándose allí, se quedó dormido. Pero el Ángel del Señor le despertó, le ofreció pan y le dijo: Levántate y come, porque te queda todavía mucho camino. Elías se levantó, comió y bebió, Y anduvo con la fuerza de aquella comida cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios. Lo que no hubiera logrado con sus propias fuerzas, lo consiguió con el alimento que el Señor le proporcionó cuando más desalentado estaba.

El monte santo al que se dirige el Profeta es imagen del Cielo; el trayecto de cuarenta días lo es del largo viaje que viene a ser nuestro paso por la tierra, en el que también encontramos tentaciones, cansancio y dificultades. En ocasiones, sentiremos flaquear el ánimo y la esperanza. De manera semejante al Ángel, la Iglesia nos invita a alimentar nuestra alma con un pan del todo singular, que es el mismo Cristo presente en la Sagrada Eucaristía. En Él encontramos siempre las fuerzas necesarias para llegar hasta el Cielo, a pesar de nuestra flaqueza.

A la Sagrada Comunión se la llamó Viático, en los primeros tiempos del Cristianismo, por la analogía entre este sacramento y el viático o provisiones alimenticias y pecuniarias que los romanos llevaban consigo para las necesidades del camino. Más tarde se reservó el término Viático para designar el conjunto de auxilios espirituales, de modo particular la Sagrada Eucaristía, con que la Iglesia pertrecha a sus hijos para la última y definitiva etapa del viaje hacia la eternidad2. Fue costumbre en los primeros cristianos llevar la Comunión a los encarcelados, sobre todo cuando ya se avecinaba el martirio3. Santo Tomás enseña que este sacramento se llama Viático en cuanto prefigura el gozo de Dios en la patria definitiva y nos otorga la posibilidad de llegar allí4. Es la gran ayuda a lo largo de la vida y, especialmente, en el tramo último del camino, donde los ataques del enemigo pueden ser más duros. Esta es la razón por la que la Iglesia ha procurado siempre que ningún cristiano muera sin ella. Desde el principio se sintió la necesidad (y también la obligación) de recibir este sacramento aunque ya se hubiera comulgado ese día5.

También podemos recordar hoy en nuestra oración la responsabilidad, en ocasiones grave, de hacer todo lo que está de nuestra parte para que ningún familiar, amigo o colega muera sin los auxilios espirituales que nuestra Madre la Iglesia tiene preparados para la etapa última de su vida.

Es la mejor y más eficaz muestra de caridad y de cariño, quizá la última, con esas personas aquí en la tierra. El Señor premia con una alegría muy grande cuando hemos cumplido con ese gratísimo deber, aunque en alguna ocasión pueda resultar algo difícil y costoso.

Hemos de agradecer con obras al Señor tantas ayudas a lo largo de la vida, pero especialmente la de la Comunión. El agradecimiento se manifestará en una mejor preparación, cada día, y en que al recibirle lo hagamos con la plena conciencia de que se nos dan, más aún que al Profeta Elías, las energías necesarias para recorrer con vigor el camino de nuestra santidad.

II. Yo soy el pan de vida, nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa6 (...). Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Hoy nos recuerda el Señor con fuerza la necesidad de recibirle en la Sagrada Comunión para participar en la vida divina, para vencer en las tentaciones, para que crezca y se desarrolle la vida de la gracia recibida en el Bautismo. El que comulga en estado de gracia, además de participar en los frutos de la Santa Misa, obtiene unos bienes propios y específicos de la Comunión eucarística: recibe, espiritual y realmente, al mismo Cristo, fuente de toda gracia. La Sagrada Eucaristía es, por eso, el mayor sacramento, centro y cumbre de todos los demás. Esta presencia real de Cristo da a este sacramento una eficacia sobrenatural infinita.

No hay mayor felicidad en esta vida que recibir al Señor. Cuando deseamos darnos a los demás, podemos entregar objetos de nuestra pertenencia como símbolo de algo más profundo de nuestro ser, o dar nuestros conocimientos, o nuestro amor..., pero siempre encontramos un límite. En la Comunión, el poder divino sobrepasa todas las limitaciones humanas, y bajo las especies eucarísticas se nos da Cristo entero. El amor llega a realizar su ideal en este sacramento: la identificación con quien tanto se ama, a quien tanto se espera. «Así como cuando se juntan dos trozos de cera y se los derrite por medio del fuego, de los dos se forma una cosa, así también, por la participación del Cuerpo de Cristo y de su preciosa Sangre» (7). Verdaderamente, no hay mayor felicidad, ni bien mayor, que recibir dignamente en la Sagrada Comunión a Cristo mismo.

El alma no cesa en su agradecimientos si –combatiendo toda rutina– trae a menudo a su mente la riqueza de este sacramento. La Sagrada Eucaristía produce en la vida espiritual efectos parecidos a los que el alimento material produce en el cuerpo. Nos fortalece y aleja de nosotros la debilidad y la muerte: el alimento eucarístico nos libra de los pecados veniales, que causan la debilidad y la enfermedad del alma, y nos preserva de los mortales, que le ocasionan la muerte. El alimento material repara nuestras fuerzas y robustece nuestra salud. También «por la frecuente o diaria Comunión, resulta más exuberante la vida espiritual, se enriquece el alma con mayor efusión de virtudes y se da al que comulga una prenda aún más segura de la eterna felicidad» (8). Del mismo modo como el alimento natural permite crecer al cuerpo, la Sagrada Eucaristía aumenta la santidad y la unión con Dios, «porque la participación del Cuerpo y Sangre de Cristo no hace otra cosa sino transfigurarnos en aquello que recibirnos» (9).

La Comunión nos facilita la entrega en la vida familiar; nos impulsa a realizar el trabajo diario con alegría y con perfección; nos fortalece para llevar con garbo humano y sentido sobrenatural las dificultades y tropiezos de la vida ordinaria.

El Maestro está aquí y te llama10, se nos dice cada día. No desatendamos esa invitación; vayamos con alegría y bien dispuestos a su encuentro. Nos va mucho en ello.

III. Son muchas nuestras flaquezas y debilidades. Por eso ha de ser tan frecuente el encuentro con el Maestro en la Comunión. El banquete está preparado11 y son muchos los invitados; y pocos los que acuden. ¿Cómo nos vamos a excusar nosotros? El amor desbarata las excusas.

El deseo y el recuerdo de este sacramento podemos mantenerlo vivo a lo largo del día mediante la Comunión espiritual, que «consiste en un deseo ardiente de recibir a Jesús Sacramentado y en un trato amoroso como si ya lo hubiésemos recibido» (12). Nos trae muchas gracias y nos ayuda a vivir mejor el trabajo y las relaciones con los demás. Nos facilita tener la Santa Misa como el centro del día.

También es muy provechosa la Visita al Santísimo, que es «prueba de gratitud, signo de amor y expresión de la debida adoración al Señor» (13). Ningún lugar como la cercanía del Sagrario para esos encuentros íntimos y personales que requiere la permanente unión con Cristo. Es allí donde el coloquio con el Señor encuentra el clima más apropiado, como lo muestra la historia de los santos, y donde nace el impulso para la oración continuada en el trabajo, en la calle..., en todo lugar. El Señor presente sacramentalmente nos ve y nos oye con una mayor intimidad, pues su Corazón, que sigue latiendo de amor por nosotros, es «la fuente de la vida y de la santidad» (14); nos invita cada día a devolverle esa visita que Él nos ha hecho viniendo sacramentalmente a nuestra alma. Y nos dice: Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.

Junto a Él encontramos la paz, si la hubiéramos perdido, fortaleza para cumplir acabadamente la tarea y alegría en el servicio a los demás. «Y ¿qué haremos, preguntáis, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un pobre en la presencia de un rico? ¿Qué hace un enfermo delante del médico? ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?» (15)

Jesús tiene lo que nos falta y necesitamos. Él es la fortaleza en este camino de la vida. Pidámosle a Nuestra Señora que nos enseñe a recibirlo «con aquella pureza, humildad y devoción» con que Ella lo recibió, «con el espíritu y fervor de los santos».

padre Francisco Fernández Carvajal

1 1 Rey 19, 4-8.

2 Cfr. A. Bride, voz Viatique, en DTC, XC, 2842-2858.

3 Cfr. San Cipriano. De lapsis, 13; Vita Basilii, 4: PG 29, 315; Acta de los mártires, etc.

4 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 74, a. 4.

5 Código de Derecho Canónico, can. 921, 2.

6 Jn 6, 48-51.

7 San Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de San Juan, 10, 2.

8 Pablo VI, Instr. Eucharísticum Mysterium, 15-VIII-1967, 37.

9 Ibídem, 7.

10 Jn 11, 28.

11 Lc 14, 16 ss.

12 San Alfonso Mª de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento, Introd., III

13 Pablo VI, Enc. Mysterium fidei, 3-IX-1965, 67.

14 Letanías del Sagrado Corazón; cfr. Pío XII, Enc. Haurietis aquas, 15-V-1956, 20, 34.

15 San Alfonso Mª de Ligorio, o. c., 1.

 

 

Amigos de nuevo nos encontramos para reflexionar sobre la liturgia de la Palabra de este décimo noveno domingo del tiempo ordinario en su ciclo B. La propuesta de lecturas es la siguiente: la primera es del primer Libro de los Reyes, el salmo es el 33, la segunda lectura sigue siendo de la Carta de san Pablo a los Efesios, y el Evangelio es la continuación del capítulo sexto de san Juan. También esta semana tenemos como tema central el pan, el alimento, el pan de vida que es Jesús mismo. Dispongámonos para meditar con estas lecturas de hoy.

El centro de la liturgia de la Palabra es sin duda el evangelio, que hoy es continuación del capítulo sexto del san Juan, donde Jesús, después de multiplicar los panes, se encuentra con las personas que fueron a buscarlo al otro lado del lago, personas a las que Jesús les había dicho que lo buscaban porque se habían saciado con el pan multiplicado. El Señor, después de desvelar lo que había en el fondo de sus corazones les dice que él les trae el pan de Dios, y es él mismo bajado del cielo. Esto por supuesto alarma a sus interlocutores, porque están pensando sólo en el pan material, piensan que Jesús lo que les está diciendo es que se lo comerán a él, como lo veían, como si fuera una antropofagia. Y criticaban a Jesús recurriendo a sus orígenes: ¿es que acaso no es el hijo de José? ¿no conocemos a su padre y a su madre? ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo? Pienso que también nosotros, en la situación de esas personas haríamos lo mismo, porque a veces nos dejamos llevar por las apariencias y por lo que “dice la gente”, y nos cuesta mucho reconocer los méritos de los demás. Por eso Jesús les ayuda a salir de esa postura tan humana y a ver un poco más allá, a ver lo sobrenatural que puede haber en una persona, aún cuando sea hijo de un carpintero. Y con sus palabras y hechos les demostró que lo suyo no eran fanfarronerías, sino que efectivamente tenía una relación con Dios, era un enviado de Dios, era Dios mismo. Por eso les repite que el pan que les da es su palabra, y ese pan es alimento de vida eterna.

La primera lectura de este día, tomada del primer libro de los Reyes, nos presenta al profeta Elías en el desierto, un poco desalentado, que se abandona, que le pide a Dios le quite la vida, porque su vida ya no vale. Se queda dormido y lo despierta un ángel que le dice que coma, había pan cocido y agua junto a su cabecera. Elías comió y bebió, y se volvió a acostar, pero el ángel de nuevo lo despierta y lo invita a comer, diciéndole que el camino es superior a sus fuerzas, y así lo hizo el profeta. Después caminó durante cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar al Horeb, el monte de Dios, donde había entregado las tablas de la Ley. El alimento que Dios le dio, le permitió a Elías llegar hasta su destino. Para nosotros también el camino es largo, las pruebas son muchas, el desierto es fuerte. Pero tenemos la certeza que Dios nos alimenta, nos da la fuerza del pan de su Hijo, nos da el pan de su palabra, nos alienta con su Espíritu. Y si el gran profeta Elías recibió de Dios la gracia de su alimento para seguir su camino, esa misma gracia nos la ofrece Dios a nosotros, que seguramente la merecemos menos que Elías, pero que como hijos tenemos derecho al alimento celestial. Alimento que recibimos cada vez que compartimos con los hermanos la eucaristía, y nos nutrimos de la palabra al leer la Biblia. El alimento de Dios nos da fuerzas para superar los obstáculos, para vencer las tentaciones del maligno. Para mantenernos en el camino del Señor.

La segunda lectura de la liturgia de hoy es una continuación del capítulo cuarto de la carta a los Efesios, que ya venimos leyendo desde hace varios domingos. Comienza diciendo “no pongan triste al Espíritu Santo”, que Dios nos ha marcado con él para el día de la liberación final. Y ¿cómo se puede poner triste el Espíritu Santo? San Pablo nos responde diciendo que tenemos que desterrar de nosotros la amargura, la ira, los enfados, los insultos y toda la maldad. Todo esto pone triste a Dios y a su Espíritu. El Apóstol añade que tenemos que ser buenos, comprensivos, perdonándonos los unos a los otros, y ser imitadores de Cristo. Creo que si revisamos nuestra vida, el apóstol tiene mucha razón al desvelar todo lo que vivimos cotidianamente, que inclusive podemos pensar que es normal, pero que a los ojos de Dios no lo es, le causa tristeza. Las divisiones en nuestras familias, en nuestras comunidades, en los lugares de trabajo, en tantos lugares donde desarrollamos nuestra vida, los litigios por cosas que a veces son ínfimas, pero sobre todo la insolidaridad son cosas que poco a poco se han hecho dueñas de nuestra realidad, se han hecho normales en nuestra sociedad, y lamentablemente no son cosas de Dios. Por eso, para poder hacer lo que dice san pablo para superar esas cosas negativas tenemos que revestirnos de Dios y alimentarnos con su pan, como escuchamos en el evangelio y en la primera lectura de hoy.

Te invito a que vuelvas a meditar sobre estas lecturas de hoy para que llegue a lo profundo de tu corazón la enseñanza que la Iglesia ha propuesto para este domingo, y sobre todo a que te alimentes siempre con el pan de la eucaristía y con el pan de la Palabra que está en la Biblia.

Radio Vaticano

 

 

1. El fragmento del libro primero de los Reyes, nos habla de un pan bajado del cielo, puesto que lo trae un ángel, para alimentar al profeta Elías que va a caminar, durante cuarenta días y noches, a través del desierto para encontrarse con Dios en el monte Horeb.

La Iglesia nos dice que ese pan, traído por el ángel, era una figura de la Eucaristía, verdadero pan del cielo porque es el sacramento del cuerpo de Cristo. La misma oposición que ha encontrado Moisés entre su pueblo tiene desanimado, varios siglos después, al profeta Elías. Ambos experimentan que no es fácil ni liberar al pueblo ni mantenerlo en el camino de la rectitud. Dios reanima a sus profetas por medio de ese pan y por medio de su presencia personal. La lectura nos reafirma que Dios está dispuesto a hacer lo que sea para liberar a su pueblo y mantenerlo en el camino de su perfección.

Esta lectura está perfectamente conectada con el Evangelio y las dos forman parte de un ciclo corto acerca de la Eucaristía, ciclo en el que este domingo es el tercero.

2. La segunda lectura está tomada de la carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso. Está llena de recomendaciones útiles, recomendaciones a las que no hemos hecho mucho caso. Estar bautizado-confirmado es estar sellado con el sello del Espíritu Santo; es como estar marcado ahora para entrar en el Reino de Dios cuando éste llegue a su plenitud de realización entre nosotros. No podemos dejarnos llevar por el pesimismo, dice Pablo; cuando Cristo inaugure la plenitud de su Reino estaremos con El y participaremos en todas sus bendiciones.

Para el entretanto Pablo nos recomienda que desterremos de nosotros la amargura, la cólera con todas sus consecuencias. Nos recomienda que seamos buenos, comprensivos y que nos perdonemos los unos a los otros ya que Dios ha perdonado a cada uno de nosotros nuestros pecados. Nos recomienda que seamos imitadores de Dios y que nos amemos como Cristo nos amó. Ciertamente el mundo entero sería ahora cristiano de verdad si nosotros hubiéramos seguido siempre estas exhortaciones paulinas.

3. Y continuamos, desde el Evangelio, el ciclo de explicaciones acerca de la Eucaristía. Para los judíos una de las características de la época del Mesías sería la reaparición del maná, pero, dice el evangelio según san Juan, la Eucaristía es más que el maná; el que comía el maná después acababa por morirse, el que coma la Eucaristía será resucitado y no volverá a morir. Cuando uno ama a alguien, dice Juan, tiende a hacerse uno con esa persona amada, Dios se ha hecho hasta comible para que, por medio de la eucaristía, nos hagamos una sola cosa con él. Dios se ha hecho carne para que la carne pueda ser algún día Dios.

Observemos el detalle evangélico. El que cree en Jesús sabe, por fe, que Dios es Padre de Jesús, que Jesús es el Hijo de Dios. Para Juan el pecado de los no creyentes en Jesús está en argüir la ascendencia o procedencia humana (nosotros, dicen sus conciudadanos, sabemos que su padre y su madre son María y José) para negar su condición divina. ¿Por qué utiliza Juan este argumento? Porque ese puede ser nuestro pecado: Argüir la ascendencia humana del prójimo para negar su condición divina, la del prójimo. Desde Cristo en adelante, para quien tiene fe, y sólo por la fe, cada ser humano es Dios-y-hombre-verdadero; lo que yo haga con el prójimo lo estoy haciendo con Dios, porque Dios se ha encarnado y no le podemos quitar la carne. En Cristo se me revela no sólo todo lo que Dios es, sino también todo lo que el hombre es y puede llegar a ser en plenitud.

4. Toda esa aclaración “joánica” sobre que nadie ha visto al Padre-Dios, sino aquel que ha venido de Dios, es una forma de aclararnos que Jesús es mucho más importante que Moisés. Moisés no vio a Dios, pero ahora, dice Juan, quien ve a Jesús ve al Padre-Dios. Jesús está, dice este evangelio, muy por encima de Moisés porque Jesucristo es la plenitud de la divinidad hecha visible. Nadie ha visto a Dios como no sea viendo a Jesús porque Dios está visible en El como en un espejo; sólo al final definitivo y eterno, cuando la creación entera haya llegado al extremo de su evolución posible, veremos y conoceremos a Dios como El nos conoce.

En el trozo que tenemos en el evangelio de esta Eucaristía san Juan remacha la idea de que Jesús sí es el verdadero pan, el verdadero maná del cielo; El sí es el verdadero Moisés (líder y legislador) del pueblo de Dios; un líder y legislador que no sólo está dispuesto a dar su vida, sino que, más todavía, se nos da El mismo, en la Eucaristía, en forma sacramental, pero real, para hacerse con nosotros una sola carne y una sola sangre. Al fondo de toda esta catequesis acerca de la Eucaristía está la idea de que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”; Juan se encarga desde el comienzo de su Evangelio de recalcarnos que Jesús es la Palabra de Dios hecha carne.

padre Antonio Díaz Tortajada

 

 

Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo.” Y decían: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?” Jesús les respondió: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel  que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno  come de este pan, vivirá  para siempre; y el pan que  yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.” Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos  a comer su carne?” 

El presente domingo es importante rememorar los evangelios de las dos semanas anteriores, donde se nos presentó a Cristo en la multiplicación de los panes, y a la multitud que lo quiso hacer rey porque no había entendido la misión del Mesías, ya que sólo había visto su actuación en un plano terrenal. La semana pasada vimos a Cristo interpelando a la multitud y, al mismo tiempo, siendo interpelado por ésta de la siguiente manera: “¿qué signo haces para que viéndolo creamos en ti?” Y Jesús responde: “... Yo soy el pan de la vida, el que venga a mí no tendrá hambre...”. Es importante reconocer estos dos elementos de los domingos anteriores: se nos presenta a Jesús como el profeta, el nuevo Moisés, que había provisto el maná para alimentar al pueblo de Dios, y como el pan de vida, manifestándose que quien viene a Él no tendrá hambre ni sed. Pero este alimento que nos ofrece Cristo, no es un alimento en el orden ordinario, es aquí donde tenemos el punto de enlace con el presente evangelio: Cristo invita a participar de un alimento imperecedero, el pan de vida que es Él mismo.

Al respecto el Papa Benedicto XVI nos dice: «…quizá debemos aclarar ante todo qué es el pan. Hoy nuestra comida es refinada, con gran diversidad de alimentos, pero en las situaciones más simples el pan es el fundamento de la alimentación, y si Jesús se llama el pan de vida, el pan es, digamos, la sigla, un resumen de todo el alimento. Y como necesitamos alimentar nuestro cuerpo para vivir, así también nuestro espíritu, nuestra alma, nuestra voluntad necesita alimentarse. Nosotros, como personas humanas, no sólo tenemos un cuerpo sino también un alma; somos personas que pensamos, con una voluntad, una inteligencia, y debemos alimentar también el espíritu, el alma, para que pueda madurar, para que pueda llegar realmente a su plenitud. Así pues, si Jesús dice "yo soy el pan de vida", quiere decir que Jesús mismo es este alimento de nuestra alma, del hombre interior, que necesitamos, porque también el alma debe alimentarse. Y no bastan las cosas técnicas, aunque sean importantes…» (Benedicto XVI, Catequesis con los niños de primera comunión, 15 de octubre de 2005).

En este evangelio el evangelista utiliza el término murmuración, que recorre muchos episodios cruciales del antiguo pueblo con relación a Dios, esta es la actitud que caracterizó a los israelitas no sólo durante la travesía del desierto hacia la tierra prometida, sino en el tiempo de la monarquía, durante el cual Israel fue infiel a la alianza. Para San Juan  la “murmuración”, tiene la connotación del pueblo peregrino en el desierto encaminándose hacia la tierra prometida. Y así como Moisés no tuvo crédito ante el pueblo peregrino en el desierto, igualmente sucede ahora con Cristo, el nuevo Moisés, el verdadero profeta, el Hijo de Dios, en quien no creen a pesar del signo de la multiplicación de los panes. Es importante considerar que el hecho de la murmuración está en relación con la no aceptación de la historia que Dios va tejiendo en la vida de los hombres, a pesar de que en esta Dios es quien va proveyendo del sustento necesario. El hombre, en este caso el pueblo de la antigua alianza, no comprende este actuar ni el lenguaje de Dios y se rebela, rechaza aquello que Dios le propone. Pero ¿por qué no se comprende éste actuar de Dios si el hombre se beneficia?

El Papa Benedicto XVI nos dice: «… Nuestros días nos ofrecen una prueba evidente. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social…» (Caritas in veritate, 34). La sociedad secularizada se debe a que el hombre contemporáneo muchas veces se aferra a cosas –panes- que son perecederos.  Por eso, su vida muchas veces está llena de murmuraciones contra Dios, porque cree que Dios es injusto, que se ha olvidado de él, que no tiene en cuenta las desgracias y la pobreza de los más indefensos. De esta manera, muchas veces nosotros mismos alzamos nuestra bandera de justos, pero de nuestra propia concepción de justicia, sin darnos cuenta que ésta es simplemente una murmuración contra Dios. 

La humanidad parece rechazar el proyecto de Dios para tratar de construir con sus propias manos un mundo sin Dios. Es como si el hombre rechazara "el pan" de Dios para llenarse con otro alimento, que nos recuerda aquel del que Jesús habla en el Evangelio: "Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron" (Jn 6, 58). La verdad es que solamente la Iglesia puede ofrecer a los hombres el pan de la salvación; sólo la Iglesia es portadora de un proyecto de salvación que no es simplemente humano. La Iglesia anuncia y ofrece a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Redentor del hombre y de todo el hombre. Al respecto podemos citar las palabras del Cardenal Bertone en el Congreso Eucarístico de Chimbote: «…En la larga controversia con los judíos en la sinagoga de Cafarnaúm, después de la multiplicación de los panes, Jesús afirma: "Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 48-51). Al final de esta larga disputa, con un tono incluso hasta dramático, y cuando no pocos discípulos lo abandonan porque su lenguaje es "duro", el evangelista narra la profesión de fe de Pedro. A la provocación que Jesús dirige a los Doce: "¿Quieren marcharse también ustedes?", este apóstol contesta: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 67-69). Las palabras de Jesús y la respuesta de Pedro nos permiten entender que la adhesión a Cristo exige siempre una elección, elección a veces dramática pero indispensable…» (Card. Bertone, Discurso a los Obispos del Perú, 25 de agosto de 2007).

Las palabras de Cristo cuando dice nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae, no están significando una exclusión o que Dios Padre hará acepciones para elegir a aquellos a quienes el Hijo amará, sino que están en función de la alianza nueva, cuya vida estará caracterizada por la recreación del hombre a través de Cristo, donde el pan es un pan que se come en la fe en Cristo, porque sólo nutriéndonos de Cristo podremos contemplar al Padre.

padre Oscar Balcazar Balcazar

 

 

"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo."

Los judíos comenzaron a murmurar de Jesús, porque había dicho: "Yo soy el pan que ha bajado del cielo." Y dijeron: Este es Jesús, el hijo de José. Nosotros conocemos a su padre y a su madre ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?

Jesús les dijo: Dejad de murmurar. nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre, que me ha enviado; y yo lo resucitaré el día último. En los libros de los profetas se dice: "Dios instruirá a todos." Así que todos los que escuchan al Padre y a prenden de él, vienen a mí. No es que alguien haya visto al Padre; el único que ha visto al Padre es el que ha venido de dios. Os aseguro que quien tiene fe, tiene vida eterna. Yo soy el pan que da vida. Vuestros antepasados comieron el maná en el desierto, y sin embargo murieron; pero ya hablo del pan que baja del cielo para que quien come de él no muera. Yo soy ese pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo. Lo daré por la vida del mundo.

Homilía

En nuestra sociedad valoramos los gestos y acciones que dan vida. Los periódicos nos citan ejemplos de personas que, perdiendo la vida, fueron capaces de mantener la de otros. También las donaciones de órganos para transplantes tienen muy buena prensa en nuestra sociedad y es que colaborar a dar vida, a mantener el aliento vital, tiene un significado más que profundo.

En el Evangelio de hoy Jesús nos propone cómo encontrar la vida, pero no sólo la vida física sino la eterna.

En nuestro mundo de hoy la palabra "eterno" no tiene buena acogida. La inestabilidad ambiental hace creer a la gente que nada es eterno. Dicen que "nada es eterno", que "no existen amores eternos", que "no hay amistades eternas..." Este déficit de eternidad en la visión de las personas quizás viene determinado por no entender bien el concepto. Cuando Jesús dice "Les aseguro que quien tiene fe, tiene vida eterna", nos está diciendo que la fe nos da un sentido profundo a nuestra existencia, que la vida se puede realmente vivir en plenitud.

Muchas personas se han ido acostumbrando a trastear con su vida pensando que la vida es para vivirla a medio gas, sin plenitud. Jesús nos recuerda que nuestra llegada al mundo es para que la vivamos felices, ahora, aquí, y más allá incluso de la propia muerte.

Para comprender esta realidad que Cristo nos plantea necesitamos la luz de la fe. Sin fe no podemos entender infinidad de oportunidades que la vida nos ofrece. ¿Acaso no hacemos actos de fe constantemente en nuestra vida diaria? Subirnos a

un avión para hacer un viaje sin tener la absoluta seguridad de que el piloto tenga la suficiente preparación para llevarnos felizmente a nuestro destino, y, sin embargo confiamos... ¿No es un acto de fe el que hacemos cuando vamos a un restaurante y nos ponen la comida y no pedimos garantía de la calidad de los productos...? Y así gesto a gesto diario, hacemos innumerables actos de fe.

La fe a la que se refiere Jesús es a la fe sobrenatural. Si me fío de los seres humanos, débiles como yo, ¿Por qué no me fío del Señor y de su Palabra? Vivir la fe significa hacer una síntesis real y viva entre lo divino y lo humano.

En la mitología griega los dioses vivían lejos de los humanos, hacían su vida diaria a semejanza de las personas. Jesús nos ofrece el verdadero rostro de Dios. Es un Dios con nosotros.

Responder desde la fe significa vivir esas realidades de estos dos mundos, el humano y el sobrenatural, bien definidos en una sola existencia. Es por ello que el auténtico cristiano tiene siempre a Dios en el corazón, la eternidad en la mente, y el mundo bajo los pies... Rechazar el ofrecimiento de Jesús es perderse la vida en este mundo y en el venidero, mientras que el aceptarla es hallar la verdadera vida en este mundo y la gloria eterna en el venidero. A cada ser humano le toca elegir.

Jesús afirma que es "el pan que da vida".

La Eucaristía es para nosotros los católicos el sacramento más importante, el central de nuestra vida de respuesta a Dios. Vivir la Eucaristía no es sólo lograr una comunidad de vida, sino una íntima unión con Cristo. El misterio de Dios no se puede conocer midiéndolo con sólo criterios terrenales. Hay que sumergirse en el océano de la fe.

Si cualquier vida necesita alimentarse para continuar, el pan que nos da Jesús es Él mismo. El pan es su misma carne; es el alimento espiritual que mantiene nuestra vida en Él. La Eucaristía es el signo decisivo del amor como entrega que Dios nos tiene. Alimentarnos de la Eucaristía es dejarnos hacer por Dios y vivir, ahora sí, una auténtica vida humana y espiritual en plenitud.

Mario Santana Bueno

 

 

¡El Pan para el Camino!

Con la fuerza de aquel alimento caminó hasta el monte de Dios.

Elías caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: ¡Basta ya, Yahvé! Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres! Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: Levántate y come. Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. Volvió segunda vez el ángel de Yahvé, le tocó y le dijo: Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti. Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches. 1 Reyes 19, 4-8

¿Quién te manda, Elías, meterte a defensor de Dios? ¿Por qué tanto fuego y tanto celo en mantener la identidad religiosa de Israel? ¿No ves en que paran tus bravatas religiosas? ¿Será que Yahvé, el Señor, te castiga por haber puesto tanta carne en el asador? ¿Tan malo es el culto a los Baales, tan antidivina y antihumana la idolatría, como para exponer tu vida bajo la espada de los que frívolamente tratan a Dios y a los hombres? ¿No te hubiera ido mejor una actitud “tolerante, conciliadora, irenista? ¿Crees que el rey Ajab y la reina Jezabel, a quienes denunciaste de traidores a la Alianza, no te hubieran acogido de mil amores y te hubieran promovido a “pesebres” mejores que el agua y el pan con que ahora te premia Yahvé...?

No pareces el mismo, Elías. Quien te vio en el monte Carmelo prepotente frente a profetas contratados, impidiendo la lluvia y atrayendo el fuego para tu sacrificio; y ahora te ve en el desierto, hundido tu fuego en un lecho de ceniza, sin fuerzas ni ganas para seguir viviendo, perseguido y con hastío vital, decepcionado del mismo Dios a quien intentaste defender... podría encontraren este cambio de suerte argumentos contra Yahvé que “a la hora de la verdad” abandona a los justos injustamente perseguidos...

Pero no, Elías. No caigas en la tentación de pensar que de la crisis no viene la salvación, que de la cruz no nace la resurrección.

Precisamente el mejor premio a tu denuncia profética, el mayor galardón de tu fuego antiidolátrico, la más grande recompensa que Dios prepara a quienes son fieles al Dios vivo y vivificador de hombres... es graciosamente este desfondamiento de ti mismo, este getsemaní del desierto, esta caminata de cuarenta días o distancia total que tienes que salvar para llegar a Dios, a ese encuentro final y total, suave como brisa y silencioso como Dios, que te espera más allá de tus propias esperanzas. Es el placer indescriptible, la experiencia vivencial e intensísima y nueva que de Sí mismo regala Dios en cualquier Horeb del mundo a quienes se meten y comprometen a defender a sus hermanos de cualquier Jerzabel de turno y de todo Faraón oprimente y descreído.

¡Cuántos Elías como tú necesita nuestro mundo y nuestra Iglesia, tan tocados como estamos de idolatrías contemporáneas y tan necesitados de recibir y comunicar una Nueva Evangelización!

padre Juan Sánchez Trujillo

 

 

“El que cree tiene vida eterna”

En este mes de agosto estamos siguiendo el “Discurso del Pan de vida” de San Juan. Todo este discurso señala la importancia de Jesucristo en la vida cristiana y la centralidad del sacramento de la eucaristía. Todavía nos quedan dos domingos en los que seguiremos comentando este capítulo.

En este domingo me quiero centrar en la idea: “El que cree tiene vida eterna”. Dos afirmaciones: “Creer” y “vida eterna”. Normalmente los sacerdotes hablamos del amor y las obras como pasaporte para la otra vida. Es cierto que es así. También es cierto que para ir a la otra vida es necesaria la fe en Jesucristo. Pero más que el mensaje de la fe, resalta en este texto la idea de la vida y de la vida eterna: “El que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida... El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. La vida que nos trae Jesucristo es vida eterna en el cielo, vida para siempre; pero también es vida plena aquí en la tierra.

¿Qué es lo que puede mermar la plenitud y la eternidad de la vida en las personas? Podríamos decir: La falta de dinero, la falta de salud, la falta de amor... Sin embargo cada una de las lecturas nos proponen otra idea: La falta de fe, la falta de sentido de la vida, la falta de valores morales, son las que hacen que la vida pierda su plenitud y, por tanto, su apertura a la vida eterna.

La falta de fe. Vemos en el Evangelio: “El que cree tiene vida eterna”; por consiguiente, quien no cree, dice alguna vez San Juan, ya está condenado. Los paisanos de Jesús no creían en él como quien les puede dar la vida: “¿No es éste Jesús, el hijo de José?”. Podríamos decir que hoy hay mucha increencia en nuestra sociedad, hay mucha gente que no cree en nada, que no tienen sentido religioso. Lo que estoy afirmando es que para que la vida sea auténtica vida, sea vida plena, el ser humano tiene que estar abierto a Dios. El ser humano es religioso por naturaleza, igual que tiene otras capacidades: hablar, hacer ejercicio, componer música... Si una persona no potencia esta capacidad religiosa está mermando su desarrollo personal en algo que le es sustancial. Cuando alguna persona renuncia a algunas de sus tendencias naturales es señal de alguna enfermedad: si uno renuncia a comer (anorexia) no lo vemos normal, atenta contra su vida; si uno renuncia a hablar (autismo) no lo vemos normal, atenta contra la relación personal, algo esencial al crecimiento humano... Si uno renuncia a su sentimiento religioso, a su formación creyente, limita la plenitud de la vida a esta vida, achica su horizonte.

La falta de sentido. Está reflejada en la situación existencial del profeta Elías. Elías se ha jugado todo por Dios. Ahora se siente desanimado, cansado y perseguido a muerte por la reina Jezabel. En esta situación se desea la muerte, porque no ve salida a su situación. Se le aparece el ángel del Señor y le dice: “Levántate y come que el camino es superior a tus fuerzas”. El alimento de Dios le da fuerza a Elías para continuar hasta el Horeb, donde se encontrará con Dios en una brisa suave. Esta situación podría ser la situación de muchos cristianos, cansados de ser buenos; desanimados porque el mundo no cambia a mejor; desalentados porque su testimonio no interroga a nadie, ni siquiera a sus propios familiares; la situación de tanta gente como en nuestra sociedad occidental no le ve sentido y horizonte a su vida. Pues bien, lo que decimos aquí es que sin Dios, sin su mensaje, sin sus valores, la vida no puede tener auténtico sentido y, por tanto, no puede ser plena.

La falta de vida moral. Toda creencia en Dios lleva consigo un comportamiento moral. Esto es incuestionable. Al revés, no; es decir, ser buena persona no te lleva a ser cristiano; pero ser cristiano si te tiene que llevar a ser buena persona. Por eso dice San Pablo en la segunda lectura: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.” Es decir, al final, el cristiano tiene que tener un comportamiento acorde con lo que cree. Dice una máxima, que viene muy bien para este caso: “Si no vives como piensas, terminarás pensando como vives”. Máxima que quiere decir que el pensamiento o las creencias desaparecen si no se llevan a la práctica. Lo que afirmo aquí es que una vida sin valores morales, sin ser buenos, no es una vida plena, sino una vida que nos ata a nuestros instintos más salvajes, que nos deshumanizan.

padre Pedro Crespo

 

 

Jesús es el pan de vida, que nos da fuerza para caminar,

y nos anticipa la gloria del cielo mediante la fe

1R. 19,4-8

Elías es uno de los grandes profetas de Israel. Pero a Elías le tocan tiempos difíciles. Se ha consumado la división del reino de David. Y el reino separado va de mal en peor. El pueblo decepcionado vuelve la espalda a Dios y busca consuelo en los "baales". Elías es el encargado por Dios para mantener en la fe a su pueblo, pero la palabra del profeta se estrella contra las intrigas de Jezabel, casada con el poder. Poco importa el éxito de Elías frente a los sacerdotes de Baal. En el cap. 18 Elías ha puesto en ridículo a los sacerdotes de los dioses baales sobre el Carmelo, pero su triunfo sólo es momentáneo. No hay victorias permanentes, y la reacción no se deja esperar: Elías se ve forzado a huir de la pérfida Jezabel (vs. 1-3). El yavismo no ha ganado aún su batalla definitiva contra los baales, protegidos por la corte real. -La situación del pueblo de Israel es peligrosa, casi dramática: imbuido en las ideas cananeas, está a punto de suplantar al Dios de la Historia (Yahveh) por las fuerzas ocultas de la naturaleza (dioses cananeos). Por eso Elías confiesa: "Me consume el celo por el Señor de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derruido tus altares y asesinado a tus profetas; sólo quedo yo, y me buscan para matarme"(19, 10.14). Jezabel trama y consigue su destierro. En la huida, Elías se siente desfallecer, incapaz de sacar adelante la causa de Dios. En esos momentos de abatimiento pide a Dios la muerte, pues su vida ya no tiene sentido. Este cansancio del profeta, amigos míos, bien pudiera expresar situaciones análogas por las que atravesamos a veces los creyentes. El camino de la fe es arduo y a veces insoportable. ¿Qué sacamos con ser creyentes? ¿Para qué sirve la fe? ¿qué hemos conseguido los cristianos después de dos mil años? ¿No parece que vamos hacia atrás? Nos asusta en ocasiones este mundo pluralista y secularizado, donde la religión parece aparcada.

En el desierto de la soledad, en el desierto de la desolación se puede escuchar la voz de Dios. Un ángel despierta al profeta y le invita a comer y beber, porque el camino es superior a sus fuerzas. Elías recupera las fuerzas con aquel elemental alimento, pan y agua, pero sobre todo recuerda el ánimo tras el consuelo de Dios. Cuarenta días caminará por el desierto, es decir, toda la vida, hasta llegar al monte de Dios. Los creyentes tampoco podemos recorrer toda la vida sin la ayuda de Dios. Creer nos resulta casi evidente en ocasiones, pero en otras nuestra fe se estrella en las dificultades de la vida. A veces tenemos la impresión de que creer implica una desventaja respecto de los no creyentes. Nosotros tenemos la vida más complicada, más difícil. Y a veces volvemos la espalda a nuestra responsabilidad y tenemos la dura impresión de que Dios está mudo, ausente. ¿Cómo perseverar en la fe? ¿Cómo traducir nuestra fe en circunstancias difíciles?.

"Caminante no hay camino, se hace camino al andar". Las palabras de Machado resumen bien el sentido de la marcha de Elías hacia el desierto. En efecto, se tiene la impresión de que Elías no medía desde el comienzo todo el alcance de su viaje. La cosa empezó por una vulgar huida para salvar la vida: "Tuvo miedo, se levantó y se fue para salvar su vida" (19,3). La huida se convirtió luego en caminar desorientado por el desierto a la manera del autómata que marcha sin rumbo fijo. Y al final, con la aparición del ángel y la presencia de la comida y la bebida, la huida inicial y el ulterior caminar desorientado se convirtieron en una auténtica peregrinación hacia los lugares santos del yahvismo. En el comienzo del viaje: un vulgar miedo. Al final: toda la fuerza de la montaña santa que actuaba sobre el alma del profeta a la manera de un poderoso imán.

En la vida de Elías, el campeón del yahvismo, el viaje al Monte Horeb es todo un símbolo: es la vuelta a las fuentes de la fe pura. En el Horeb el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se había empezado a revelar bajo el nombre de Yahveh (Ex. 3; 6); el Horeb había sido el monte de las confidencias entre Moisés y Yahveh (Ex. 33, 18-34,9); en el Horeb se había sellado la alianza, que estaba en la base de la religión yahvista (Ex. 19-24).

Relacionados en el monte santo de la alianza, Moisés y Elías lo estarán también en el monte de la transfiguración (Mc. 9, 2-8 y par.). La marcha de Elías a través de los reinos del norte y del sur primero, y luego a través del desierto no es tanto un desplazamiento a través de una geografía cuanto un símbolo de la existencia humana, que pasa por una serie de altibajos, bien reflejados en las actitudes y sentimientos que se suceden en el ánimo de Elías a lo largo del camino: miedo, tedio, hastío, hambre, desesperación, conciencia de culpabilidad y al final, fortalecido con el alimento y la bebida, el caminar ilusionado y decidido hasta el monte donde Dios se le va a mostrar (coment., edic. Marova).

Describe la peregrinación del profeta Elías al monte Sinaí, en donde una teofanía coronará su caminar durante cuarenta días.

a) El primer tema de esta lectura es del lapso de tiempo de los cuarenta días (v. 8) aprovechado por el profeta para reunirse con Dios, tema representativo de la distancia que ha de salvar el hombre para llegar hasta un Dios que se le escapa continuamente (Ex. 24, 16-18).

b) Un segundo tema es el del desaliento (v. 3), tentación clásica del profeta (Gén. 21,14-21; Jon. 4,3-8; Núm. 11,15; Jer. 10-11; Mt. 26,36-46). Eso no obstante, Elías ha conseguido una gran victoria en el Carmelo (1 Re 18), pero la reina Jezabel no ha querido comprender; hace una leva contra el profeta, y el pueblo, deslumbrado un instante por el prodigio del Carmelo, se coloca borreguilmente del lado del poder. Elías se encuentra pues, solo, lo mismo que más tarde Cristo, y no le queda más que una cosa que hacer: ponerse en manos de Dios. Pero Dios da al profeta una señal para arrancarle de su desesperación; no abandona a su elegido, como tampoco abandonará a su Cristo (Lc. 22,43): un panecillo y un agua milagrosa (v. 6) recuerdan a Elías el maná del desierto y el agua de la roca (Ex.16,1-35; 17,1-7). Así, el memorial de la Pascua del pueblo es el medio más seguro de curar el desaliento.

c) El último tema de esta lectura lo sugiere la relación entre Elías y Moisés: el profeta se dirige, en efecto, en peregrinación al lugar mismo en donde el legislador recibió comunicación de los secretos de Dios. Este tema marcará profundamente la tradición cristiana que se complacerá frecuentemente en encontrar a los dos personajes asociados en actitudes comunes (Mt. 17, 3; Ap 11, 1-13). La asociación de Elías y de Moisés está destinada a convencer al pueblo de que cuando un profeta fulmina contra ciertas instituciones surgidas de la alianza y de la ley, no hace más que defender el espíritu que ha presidido ésta. Elías es así un Moisés siempre vivo que recuerda al Dios batallador del desierto a las gentes enriquecidas en Palestina, al Dios de los nómadas (tema de la marcha exageradamente larga de Elías, v. 8) al pueblo instalado. Mientras el cristiano posee la certeza de poseer una "virtud" de poseer la "verdad", mientras el sacerdote está seguro de sí, de su papel y de su influencia, no hay lugar para Dios. Estas seguridades y estas certezas son demasiado humanas para ser signos de Dios. Cuando todo eso se derrumba de repente -y toda vida válida conoce esa quiebra-, cuando las virtudes que se creían poseer se convierten de pronto en pecados y debilidades, cuando las verdades tranquilizadoras son puestas de golpe en tela de juicio, es cuando al fin puede actuar Dios. La acción de Dios adopta sistemas precisos: en primer lugar, una larga marcha del hombre al fondo de sí mismo, lo suficientemente larga como para que tenga tiempo de despojarse de todo lo que creía necesario; después, un poco de pan y de agua: el memorial de una intervención fundamental de Dios, y comer ese pan y beber esa agua no es ya sustentar la vida física, sino estructurar toda su vida en torno a un polo muy firme: la apertura a la iniciativa de Dios siempre presente, incluso en una vida de pecado, siempre activo, incluso en una vida en quiebra. Con ese pan y esa agua penetra en el hombre toda la densidad de la vida divina y "transfigura su cuerpo de miseria". La Eucaristía está así hecha para las gentes desposeídas de sus certezas y de su buena conciencia. Solo entonces tiene posibilidades de ser plenamente eficaz (Maertens-Frisque).

-Como Moisés, Elías también huye hacia el desierto que lo acoge y lo libera del poder real, pero aún sigue prisionero de sí mismo. Después de una jornada de desierto, Elías, exhausto y desilusionado, se tumba a la mejor sombra posible de aquellos lares, la de una retama, y se desea la muerte (v. 4). Ha perdido la confianza en sí mismo y en los demás, se siente sólo (v.10).Cansado del duro bregar, sólo desea que Dios le envíe la muerte; está atravesando su prueba de Getsemaní.

- En medio de la angustia, un acontecimiento va a transformar su vida. La voz del ángel y la comida milagrosa (vs. 5-8) harán que la huida que conducía a la desesperación y a la muerte desemboque en peregrinación hacia el Horeb (v. 9a): comienzo de la vida del pueblo y también de Elías (el Horeb de las fuentes E y D se identifica con el Sinaí de J y P). Hay, pues, un retorno al origen del pueblo, al origen de la fe.

-Su peregrinar durante cuarenta días y cuarenta noches coincide con la permanencia de Moisés en el monte (v. 8; Ex. 34, 28). Así se convierte su caminar en un peregrinaje que conduce a la revelación de Dios en el monte (vs. 11-13; cfr. Ex. 33, 18-21).

En este momento Elías va a encontrar la respuesta divina a su angustia y desazón. Huracán, terremoto y fuego son elementos clásicos de teofanía (cfr. Ex. 19, 16 ss.; Jue. 5, 4; Sal. 18, 7-15...), pero el Señor no estaba en medio de estas espectaculares y bravías fuerzas de la naturaleza.

-En la lista de Elías podemos inscribir a muchos hombres que luchan, con ahínco, por la causa del Evangelio y que también se sienten desfallecidos, casi frustrados porque sus hermanos los cristianos, jerarcas o no, en vez de ofrecer el mensaje límpido de amor y de justicia evangélico, se dedican más al culto de los baales. Y, como Elías, piden el final de sus días.

-El fogoso Elías encuentra a Dios en la suave brisa, en el dulce susurro; Dios no es un ser espectacular y milagrero; se le encuentra en el curso ordinario de la historia y de la vida humana. Y el profeta ha aprendido que aunque le persiga la muerte, Dios está con él. Por eso ha de continuar luchando, la vida ordinaria tiene pleno sentido (A Gil Modrego).

Elías está al borde de la desesperación. No vale la pena seguir luchando. El poder del rey, manejado por una mujer ambiciosa y desaprensiva, es más fuerte que él: su vida está en peligro. Pero en la lucha entre su fe en Dios y el miedo al rey, vence la fe. Dios sostiene a su profeta. Parece que Elías huye, pero esta huida es algo más, es también una peregrinación, un éxodo. Este hombre, que representa lo mejor de Israel, abandona la nueva esclavitud de los baales y sale en busca del Dios que en otro tiempo liberó a su pueblo de la esclavitud de los faraones. Y ahora, como entonces, se repetirán las maravillas del éxodo: el pan que sustentará a Elías en su peregrinación ("de cuarenta días, hasta el monte santo...") recuerda el maná, aunque sólo es el anticipo del "verdadero pan bajado del cielo" (Jn 6,31-58).

En la vida sentimos, a veces, que no vale la pena molestarse más: nada cambia e incluso todo va peor. En esta situación encontramos a Jesús que fue capaz de seguir hasta el final. Su pan y su vino, la eucaristía, sostienen nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor (“Eucaristía 1988”).

En este mismo libro se dice del rey que "hizo el mal a los ojos de Yavé más que todos los que le precedieron" (16,30). Este hombre impío se casó con la hija del rey fenicio Betbaal, llamada Jezabel, y reinó entre los años 875 y 854 a. C. Influido por su esposa, fomentó en tierras de Israel el culto a los "baales". Pero esto no ocurrió sin la decidida oposición del gran profeta Elías. Este hombre de Dios consiguió con su oración que terminara una pertinaz sequía y puso en ridículo a todos los sacerdotes de Baal y a cuantos habían puesto sus esperanzas en los cultos idolátricos. De esta manera se ganó la confianza del pueblo que, siguiendo sus indicaciones, acabó con los sacerdotes de Baal. Pero Jezabel, que mandaba más que su marido, se vengó dando muerte a todos los profetas de Yavé. Sólo Elías pudo escapar de la matanza. Con esto parecía que se iba a consolidar definitivamente el culto idolátrico y que había fracasado la reforma religiosa intentada por Elías. Esta es la razón que explica la gran depresión del profeta que con esfuerzo intentó volver a la pureza de los orígenes de Israel. La marcha al monte santo, al Horeb (o Sinaí), es todo un símbolo de la lucha que mantuvo Elías por restaurar la tradición religiosa de Israel. La marcha de Elías a través del desierto no es sólo una huida, sino una peregrinación y un éxodo. Este hombre, que representa lo mejor de Israel, abandona la nueva esclavitud de los baales y sale en busca del Dios que en otro tiempo liberó a su pueblo de la esclavitud de los faraones. Y ahora, como entonces, se repiten las maravillas del éxodo: el pan que sustentará a Elías en su peregrinación recuerda el maná, pero es sólo el anticipo del "verdadero pan bajado del cielo" (Jn. 6,31-58). Elías camina cuarenta días por el desierto y llega por fin al monte santo, donde se le manifiesta el Dios vivo, el Dios de sus padres. Cualquier reforma religiosa es una vuelta a los orígenes, pero es también una marcha hacia el futuro. La conversión a Yavé, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, es siempre conversión al Dios vivo, que marcha delante de nosotros abriendo camino. A diferencia de los baales, dioses de la naturaleza, que consagran los montes y sacralizan las instituciones, el verdadero Dios es el Señor de la historia, que no permite nunca a su pueblo que se detenga hasta llegar a la verdadera tierra prometida, en donde habita la justicia (“Eucaristía 1982”).

Elías, después del éxito ante los profetas de Baal, siente miedo ante la amenaza de Jezabel y huye. Fugitivo, desesperado, en plena crisis, invoca a la muerte como única solución. La elaboración de la escena tiene un parecido con la de Agar (Gn. 21,14-16). También Agar, en el desierto, lanza un lamento desesperado y el ángel del Señor hace surgir una fuente de agua. Elías encuentra un pan y el agua... En la historia bíblica muchos personajes pasan por estos momentos de crisis. Moisés pide a Yavhé que le haga desaparecer y mande a otro (Nm. 11,15). Jeremías maldice el día de su nacimiento (Jr. 20,14). El siervo de Yavhé está convencido de que todas sus fatigas por Dios han sido inútiles (Is. 49, 4). Juan Bautista, en la cárcel, se pregunta si aquél a quien ha anunciado es verdaderamente el profeta-Mesías (Mt. 11,3). Elías, en este momento de desaliento, experimenta la salvación que viene de Dios. Se le ofrece bajo el signo de un pan que le da fuerza para llegar al monte de la revelación y del encuentro con Dios. La misión de Elías era defender la pureza de la fe en una época de sincretismo. Israel ha de vivir en medio de los pueblos. La motivación de su fe ha sido la experiencia histórica de su Dios. Ahora Israel se encuentra ante una opción, que debe decidir su existencia: Yahvé o Baal. El rechazo de los dioses de los países culturalmente más avanzados, no significa el rechazo de la civilización, pero hay que decidir si la experiencia del Sinaí continúa siendo el fundamento de su fe, o si quiere inserirse totalmente en la civilización que le rodea (Pere Franquesa).

Este fragmento del gran viaje de Elías hacia el monte Horeb ha sido escogido en función del discurso eucarístico de Jn. 6, del que está tomado el evangelio del día. Eso explica el carácter fragmentario de una perícopa que quiere concentrar nuestra atención sobre el alimento del viaje o viático. Comienza en el momento en que Elías, huyendo de Jezabel, atravesando dos reinos, ha llegado al límite de la cultura urbana. Beerseba es frontera del desierto: allí abandona Elías su última compañía y se adentra solitario por la soledad. Cargado sólo con una vida amenazada y con una misión que le empieza a resultar insoportable. Si la persecución de la reina Jezabel lo ha mantenido en la fuga, para salvar nada más la vida, ahora siente que la misión está aplastando o estrujando su vida y que así no vale la pena vivir. Más valdría morir a manos de Dios, en el desierto. Consumido por su lealtad apasionada a ese Dios, a quien lleva y enarbola en su nombre como una bandera (Elías = Mi Dios es Yavheh). Esta fatiga espiritual, tedio de la vida que lo lleva a rendirse, es la clave del fragmento. Si se tratara de un cansancio físico, de hambre y sed, bastaría un alimento normal. Elías acepta la escueta cena, como una última cena de condenado voluntario a muerte, y se echa a dormir, para empalmar el sueño con la muerte. Acabar serenamente en la última soledad del hombre. Dios no está de acuerdo, porque la misión de Elías no ha concluido. Lo que parecía una fuga a ras de tierra, es desde la perspectiva celeste una cita que Dios tiene con el profeta. En realidad, el profeta no se mueve empujado por la persecución, sino atraído por el vértigo no pronunciado de Dios. Elías tiene que remontarse al pasado, a los orígenes del pueblo en el monte Sinaí. Solitario, lleva la representación del pueblo, y esa jornada histórica no puede quedar cortada por la muerte. Por eso el ángel vuelve a despertarlo y lo invita de nuevo a comer. No tanto para reparar las fuerzas físicas, cuanto para devolverle el ánimo y el brío de la misión. Así podrá Elías recomenzar la marcha, atravesar el desierto, subir la montaña, hasta enfrentarse con Dios. Para la Iglesia, para la comunidad cristiana y para cada uno de sus miembros, la Eucaristía tiene que recobrar ese sentido dramático y esperanzador. Es un alimento para seguir realizando una misión histórica, cada generación en su etapa histórica. No dejándose llevar, empujados por los acontecimientos, sino sintiéndose atraídos y arrastrados por la gran cita que tenemos con Dios (Dabar 1982).

2. "Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos" comprendemos mejor, en salmos como éste, hasta qué punto Jesús estaba impregnado de la oración de su pueblo... Como María, de quien reconocemos aquí el "Magnificat". La acción de gracias, la alabanza, era el clima dominante del alma de Jesús. Una de sus oraciones es de igual tonalidad que este salmo: "Padre, te doy gracias porque revelaste estas cosas a los pobres y humildes y las ocultaste a los sabios y prudentes" (Lc. 10,21).

"Un desgraciado gritó: Dios lo escucha". Una corriente de opinión cada vez más fuerte se abre paso en las sociedades modernas. Se pide una mayor igualdad social en favor de los más pobres. Mediante toda clase de leyes se trata de ayudar a las clases menos favorecidas. Esta corriente aunque no sea lo suficientemente eficaz, es un "signo de los tiempos". Quienes en esta época no quieren escuchar el "grito de los pobres" se colocan abiertamente fuera del plan de Dios. "Un pobre ha gritado, y ¡Dios lo escucha!" Por decir eso lo acusan a uno de "hacer política". Esto es ignorar totalmente la revelación religiosa de la Escritura. Quien no está con los pobres, contra las injusticias y las desigualdades, no puede llamarse realmente un hombre religioso. Ante esta toma de posición global, no hay alternativa posible. Caben opciones diferentes únicamente en los "medios concretos", para realizar este fin, en la selección de tal o cual política. Y tratándose de estas cuestiones sociales candentes no olvidemos que el verdadero y gran problema de nuestro tiempo, no se sitúa solamente dentro de los sistemas occidentales, sino en todas las sociedades industrializadas (que han vencido el hambre), y los países del tercer mundo (¡que gritan de hambre!). Releyendo el salmo 33 en esta perspectiva, toma una fuerza extraordinaria de "oración en el corazón del mundo".

Invitación a la acción para "liberar", "salvar", "abolir el mal". ¿Cómo podríamos sin hipocresía decir: "óiganlo y alégrense hombres humildes" si al mismo tiempo no nos comprometemos de veras para que de alguna manera esto sea realidad?

Promesas de felicidad. Quien quiere ser feliz debe "huir del mal", "practicar el bien", "adorar a Dios", "buscar a Dios". ¡Ingenuidad! dirán ciertos espíritus fuertes. ¡Y si esto es verdad! ¡Si los únicos felices son aquellos de quienes habla el salmo! Hagamos la experiencia (Noel Quesson).

 

El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, ha visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, que ahora quiere expresar en un canto estupendo toda su gratitud al Dios providente de Israel. Las pruebas que Dios permite no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de la fidelidad. El salmista tiene experiencia de esta protección y solicitud de Dios y por eso le agradece su bondad y al mismo tiempo comunica a los demás su vivencia, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan esa experiencia de la providencia y de la cercanía de Dios. Por esto este salmo tiene igualmente un cariz sapiencial y exhortativo. Como muchos salmos de tipo sapiencial, el salmo 33 tiene en su original hebreo forma acróstica o alfabética.

Alabanza y agradecimiento sinceros: el salmista alaba incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en sus labios. En Dios tiene puesta su gloria: su orgullo y su felicidad es Yahvé, su todo. Este inicio nos recuerda el comienzo del Magníficat de María: también la Virgen se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor. Salmo: "Bendigo al Señor en todo momento... mi alma se gloría en el Señor..."

Magníficat: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador..."

El autor invita a los humildes a que le escuchen y se alegren, y también ellos se sumen a su alabanza: "Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre": él se siente insuficiente para aclamar y agradecer al Señor, y por esto recurre a sus fieles para que le acompañen en su alabanza.

La vida interior intensa, la experiencia de Dios se traslucen siempre, se irradian espontáneamente, se comunican. Es como la lámpara que arde e ilumina.

El salmista invocó al Señor, y Dios se inclinó hacia él, le escuchó, y respondiéndole le libró de todas sus ansias, de todos sus males y angustias. "Yo consulté al Señor y me respondió". Su confianza en Yahvé se vio correspondida. Dios no desatiende jamás las súplicas de aquellos que le invocan. Por esto de nuevo el autor exhorta: "Contempladlo y quedaréis radiantes": mirar a Dios es mirar la luz y por tanto, reflejarla (como Moisés y Esteban). Quien camina en la luz se halla iluminado, irradia él mismo luz, luz de alegría, de confianza, de seguridad. La frente de los justos no tiene de qué avergonzarse, puede ir siempre alta.

"El ángel del Señor acampa en torno a los fieles": manera poética de expresar la protección divina y su providencia. Donde los otros caen, tropiezan o se encallan, el justo lo supera sin dificultad. Aquello que es insoportable e inexplicable para los demás, resulta ligero y suave para él: porque el ángel del Señor está con él, lo defiende y ayuda. Lo dirá también Jesús: "Mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt. 11,30).

Invitación a la confianza en Dios. El conocido versículo: "Gustad y ved qué bueno es el Señor" es una enseñanza en que pretende el salmista que tengamos una experiencia de Dios se diría incluso física, material, de tan conocida, de tan probada. Dicen los entendidos que esta expresión hebrea derivaría de una más antigua de la literatura ugarítica que rezaría así: "Comed y bebed qué bueno es el Señor", el Dios de nuestra fe, que debería ser algo tan conocido, tan cercano, tan experimentado como el comer o el beber. Feliz mil veces el hombre que a este Dios se acoge, que tiene en él puesta su entera confianza, que acude siempre a él, cuyo primer pensamiento es Dios y su primera invocación, el nombre del Señor.

Nada falta a aquellos que le temen, los que le buscan no carecen de nada. Dios vela por ellos y se preocupa de su vida y de sus cosas (Mt. 6,25-34). De nuevo el paralelo con el Magníficat.

Salmo: "nada les falta a los que le temen, los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada".

Magníficat: "A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos".

Si durante tres mil años este salmo ha ido dando su lección a los corazones de los fieles, tal vez en nuestro tiempo es cuando esta lección se hace más apremiante. El mundo moderno parece alejado de Dios, inmerso en la inquietud, en la angustia, en la inseguridad. La confianza parece ausente, y la paz como desterrada de un mundo lleno de convulsiones y de guerras. Pues sobre este mundo resuena una palabra de esperanza, de confianza: es el salmo 33, magnífica lección que alimenta el corazón del hombre creyente, y estupendo preludio a la gran doctrina de Cristo, que nos enseñó el sermón de la montaña y la oración del padrenuestro (J. M. Vernet).

Dejo que las palabras resuenen en mis oídos: «Gustad y ved qué bueno es el Señor». Gustad y ved. Es la invitación más seria y más íntima que he recibido en mi vida: invitación a gustar y ver la bondad del Señor. Va más allá del estudio y el saber, más allá de razones y argumentos, más allá de libros doctos y escrituras santas. Es invitación personal y directa, concreta y urgente. Habla de contacto, presencia, experiencia. No dice «leed y reflexionad», o «escuchad y entended», o «meditad y contemplad», sino «gustad y ved». Abrid los ojos y alargad la mano, despertad vuestros sentidos y agudizad vuestros sentimientos, poned en juego el poder más íntimo del alma en reacción espontánea y profundidad total, el poder de sentir, de palpar, de «gustar» la bondad, la belleza y la verdad. Y que esa facultad se ejerza con amor y alegría en disfrutar radicalmente la definitiva bondad, belleza y verdad que es Dios mismo.

«Gustar» es palabra mística. Y desde ahora tengo derecho a usarla. Estoy llamado a gustar y ver. No hay ya timidez que me detenga ni falsa humildad que me haga dudar. Me siento agradecido y valiente, y quiero responder a la invitación de Dios con toda mi alma y alegría. Quiero abrirme al gozo íntimo de la presencia de Dios en mi alma. Quiero atesorar las entrevistas secretas de confianza y amor más allá de toda palabra y toda descripción. Quiero disfrutar sin medida la comunión del ser entre mi alma y su Creador. El sabe cómo hacer real su presencia y cómo acunar en su abrazo a las almas que él ha creado. A mí me toca sólo aceptar y entregarme con admiración agradecida y gozo callado, y disponerme así a recibir la caricia de Dios en mi alma.

Sé que para despertar a mis sentidos espirituales tengo que acallar el entendimiento. El mucho razonar ciega la intuición, y el discurrir humano cierra el camino a la sabiduría divina. He de aprender a quedarme callado, a ser humilde, a ser sencillo, a trascender por un rato todo lo que he estudiado en mi vida y aparecer ante Dios en la desnudez de mi ser y la humildad de mi ignorancia. Sólo entonces llenará él mi vacío con su plenitud y redimirá la nada de mi existencia con la totalidad de su ser. Para gustar la dulzura de la divinidad tengo que purificar mis sentidos y limpiarlos de toda experiencia pasada y todo prejuicio innato. El papel en blanco ante la nueva inspiración. El alma ante el Señor.

El objeto del sentido del gusto son los frutos de la tierra en el cuerpo, y los del Espíritu en el alma: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza. (Gal. 5,22). Cosecha divina en corazones humanos. Esa es la cosecha que estamos invitados a recoger para gustar y asimilar sus frutos. La alegría brotará entonces en nuestras vidas al madurar las cosechas por los campos del amor; y las alabanzas del Señor resonarán de un extremo a otro de la tierra fecunda.

«Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza siempre está en mi boca. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre» (Carlos G. Vallés).

 

Efesios 4,30-5,2.1

Aparece un nuevo motivo: "toda expresión pecaminosa entristece al Espíritu Santo", al que es el lazo de unión en el amor de Cristo (cf. 4, 4; 1 Cor 12, 13: el Espíritu es el sello que marca a los miembros de Cristo como propiedad de Dios; él es el rescate pagado para la entrada en el reino: 1, 31 s. Esta es, pues, la tristeza: dañar la unidad del cuerpo). En la fuerza del Espíritu ha de afianzarse el cristiano para no perder el dominio de sí mismo. Sólo en él puede encontrar sentimientos de reconciliación frente al enemigo que le ofende. A esto obliga el propio actuar de Dios que entregó a su Hijo para salvación de los hombres (2 Cor. 5, 19-21). Se trata aquí de exhortaciones (Mt. 6,12.14; 18,21-35; etc) que Pablo recoge y no se cansará de acentuar en sus cartas. En Rom. 12,21 se encuentra una expresión característica y definitiva: "No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien". La apelación de "hijos queridos" determina las exhortaciones que siguen. Los creyentes, en el bautismo, han sido tomados por Dios como hijos y creados de nuevo a su imagen (4, 23s); ahora ellos deben probar esta igualdad de imagen divina en el ejercicio moral de las virtudes para responder plenamente al don (cf. Gn. 8, 21; Ex. 29, 18; etc.: “Eucaristía 1988”).

Pablo acaba de referirse a los deberes de cuantos han sido llamados para formar en Cristo un solo cuerpo, que es la iglesia. Ha denunciado igualmente aquellos defectos que, como la mentira, la ira y el robo, destruyen la unidad de ese cuerpo y, por lo tanto, entristecen al Espíritu Santo. Porque la unidad del cuerpo de Cristo, que es la iglesia, es obra del Espíritu Santo (4, 4; 1 Co. 12, 13) y nada le contraría tanto como la desunión de los creyentes. El Espíritu es también el sello que nos marca y nos distingue como posesión de Dios y la prenda de nuestra liberación final. Esta liberación no se opone a la unidad verdadera; pero hay una falsa unidad, que encubre las diferencias injustas y que se opone a la liberación final de los oprimidos. Romper esa falsa unidad no puede entristecer al Espíritu, aunque sí entristece a los que tienen otro espíritu muy poco cristiano. No es fácil vivir en comunidad, pues nadie es perfecto. Por eso, y aunque debamos de luchar contra todos los males y pecados, debemos ser comprensivos y estar dispuestos al perdón. Si Dios nos ha perdonado a todos en Jesucristo, también nosotros debemos perdonarnos los unos a los otros. Si somos hijos de Dios, debemos imitarle, sabiendo que nuestro Padre "hace llover sobre justos y pecadores" (Mt 5, 45-48). Debemos aspirar a la perfección del amor, de un amor que sabe perdonar sin hacerse cómplice del pecado, de un amor redentor que libera al opresor y al oprimido. Es así como imitaremos también el amor de Cristo, que se entrega por todos nosotros al Padre haciéndose sacerdote de sí mismo, haciéndose sacerdote y víctima al mismo tiempo (“Eucaristía 1982”).

El texto 4,22-5,20 describe la conducta de los hijos de la luz en la plenitud del Espíritu. La división de este texto en tres partes que ha hecho la liturgia dificulta la comprensión. Los efectos que el plan de salvación realizado por Cristo causa en la comunidad, no se limitan a enmendar algunos comportamientos, sino que comportan un nuevo estilo de vida. El principio dinámico fundamental del cristiano es el bautismo. El sello del bautismo permanece activo hasta la redención total. La vida del cristiano es la respuesta a la acción y al don del Espíritu en el sacramento. La vida moral del cristiano es un camino que va hasta la plenitud. Poner triste al Espíritu o destruir el gozo del Espíritu, por los cinco vicios enumerados en el v. 3, significa no que el Espíritu se entristezca, sino que es la comunidad la que se encuentra afligida si el bautismo no se traduce en una vida de santidad. El gozo de la existencia cristiana viene deteriorado si dejamos que mengüe o se oscurezca la luz de la nueva vida que es amor y gracia. El amor es el único medio que nos ayuda a vencer el mal que se ha insinuado en nosotros. Hay que recordar los vicios enumerados en 4, 17-19. Los catálogos de vicios y virtudes son frecuentes en las cartas de san Pablo. Estos forman parte de los trece catálogos de vicios y de los diez de virtudes. Estos catálogos están sacados de la cultura griega y del mundo hebreo del AT, pero en Pablo tienen un sentido netamente cristiano. Son una invitación a pasar de las tinieblas a la luz de Cristo y son también un programa coherente de actuación del bautismo (P. Franquesa).

Ya el domingo pasado nos recordaba la novedad de nuestra vida en Cristo. S. Pablo continúa su exhortación. No debemos contristar al Espíritu de Dios que nos ha marcado con su sello para el día de la redención. Aunque la carta parece que está pensando en los que han recibido recientemente el bautismo, se dirige también a toda la comunidad entera. S. Pablo enumera lo que podría contristar al Espíritu que vive en nosotros y piensa sobre todo en las actitudes que turban la vida de comunidad: amarguras, cólera, arrebatos de ira, etc. Por el contrario, hay que mostrarse buenos y compasivos y perdonarse mutuamente. Hay que vivir en el amor como Cristo y ser así imitadores de Dios (Adrien Nocent).

 

Jn 6,41-52

El episodio de Elías nos ayuda a entender el mensaje del evangelio, que hemos proclamado y escuchado. Jesús es el pan que baja del cielo, es el maná del éxodo, el pan elemental de Elías, pero es mucho más. Porque el maná y el pan eran símbolos. Así como el hombre recobra las fuerzas por el alimento, así el creyente recupera el ánimo por toda palabra que procede de la boca de Dios. Así superó Jesús la tentación en el desierto. Y así podemos vencer el desaliento los creyentes. Dios permanece oculto. En realidad, a Dios nadie lo ha visto. Pero sí se ha dejado ver Jesús. Los apóstoles son testigos de excepción. Y Jesús es la palabra de Dios, o sea, la revelación de Dios hecha de un modo definitivo en la historia para los hombres. Quien me ve a mí, decía Jesús a Felipe, ve al Padre. Quien me escucha a mí, repetía, escucha al que me envió. Jesús es la palabra de Dios a los hombres. Por eso es el pan vivo que ha bajado del cielo a la tierra, se ha acercado a los hombres. Es el pan vivo, porque es pan de vida y para la vida. Por eso añade Jesús que quien come de ese pan vivirá eternamente y no sólo unos años, como ocurrió con el maná y el propio Elías.

El pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo. Todo este discurso que desarrolla Juan a partir de la multiplicación de los panes tiene aquí su conclusión: en el anuncio de la eucaristía. Pan y agua, poca cosa, fue el alimento de Elías para caminar por el desierto. Pan y vino, poca cosa también, es el alimento de los cristianos para recorrer todo el camino de la fe. Pan y vino, símbolos para expresar el cuerpo y la sangre de Jesús, la persona de Jesús, el Hijo de Dios, obediente hasta la muerte en la cruz.

En la eucaristía se resume el misterio de la vida de Jesús que, por obediencia al Padre, se entrega a la muerte para poner de manifiesto la resurrección y la vida eterna. Por eso la eucaristía es, lo proclamamos solemnemente todas las veces, "el sacramento de nuestra fe".

Porque en la eucaristía expresamos y celebramos nuestra fe, que es confianza en la promesa de Dios. Y porque la eucaristía deviene así el alimento que reanima y sostiene a los creyentes en la fe.

Celebrar la eucaristía no es simplemente venir a misa, y menos aún cumplir con una obligación sagrada. Celebrar la eucaristía es sabernos invitados y aceptar la invitación de Dios para sentarnos con él a la mesa, hoy simbólicamente, mañana realmente, en la casa de Dios. Es traer aquí nuestra fe y nuestros problemas de fe para esclarecerlos a la luz de la palabra de Dios y recuperar el aliento. Es venir aquí con nuestra vida y los problemas de la vida, para confrontarlos con la de Jesús y así entrar en comunión con él y los hermanos. No podemos comulgar con Jesús, si no comulgamos con su causa, que es la causa del hombre. Pero si lo hacemos así, con esa buena disposición, con ese sentido de compromiso... ¡Dichosos nosotros! Porque saldremos reanimados, reconfortados, dispuestos, como Elías, a recorrer durante cuarenta días todo el desierto de la vida (“Eucaristía 1988”).

Los oyentes de Jesús son judíos: todos creen en Dios y en la Biblia. Pero una cosa es creer en los profetas del pasado, celebrados después de su muerte, y otra cosa es reconocer a esos enviados de Dios mientras viven y son discutidos, especialmente cuando el enviado de Dios es un simple carpintero: ¿Cómo es posible que diga el hijo de José y María semejantes palabras? Es evidente que Jesús les habla de comer su carne y beber su sangre.

¿Cómo es posible que exija a sus discípulos algo que está prohibido por la ley...? La Sagrada Escritura utiliza el verbo murmurar en el Éxodo: en el desierto, los israelitas desconfiaban de Dios y, a cada momento, criticaban las decisiones de Moisés (Ex. 15,24; 16,2; 17,3).

Hoy todavía tendremos que superar las mismas dudas y escuchar a los enviados de Dios que nos enseñan una misión concreta en el mundo de hoy. Son muchos los que creen en Cristo, en la palabra de Dios, y no quieren escuchar a sus profetas o a sus ministros. Esta escena que nos describe el evangelio está rodeada de sencillez y crudeza al mismo tiempo: Jesús es el enviado de Dios que nos pide creer en él. Creer que él es el pan de vida y que hay que comerlo. Para esto basta la fe por la caridad. Porque Jesús no explicará cómo habrá que comer su carne, cómo habrá que usar ese alimento divino que es él. Únicamente busca una respuesta de fe. Y no suaviza nada la exigencia de su verdad (“Eucaristía 1988”).

Juan llama frecuentemente "judíos" a todos los que se oponen a la predicación de Jesús. Por lo tanto, no hay que pensar en un cambio de auditorio. Estos "judíos" que conocen muy bien la familia de Jesús son en realidad galileos. Precisamente es este conocimiento de su origen humano lo que les impide creer que Jesús sea "el pan bajado del cielo". Jesús pide fe en su persona, pero los "judíos" responden con la crítica y la murmuración. Sucede aquí lo mismo que en los tiempos del Éxodo cuando los israelitas alzaron su crítica y su murmuración en contra de Moisés y desconfiaron de las promesas de Dios (Ex. 16,2-12; 17,3-7).

Jesús no se extiende dando más explicaciones sobre su origen divino; pero advierte que la fe es la aceptación de su persona como enviado del Padre y que esto no es posible si el mismo Padre, que le envía, no conduce los hombres hacia su enviado. No se puede creer en Jesús sin la gracia de Dios, pero esta gracia no quita el riesgo y la libertad de la fe.

Citando a los profetas, concretamente a Is. 54, 13, Jesús declara que todos los hombres son discípulos de Dios; es decir, que el Padre habla al corazón de todos los hombres y quienes le escuchan también escucharán al que el Padre ha enviado al mundo. Hay una correspondencia entre la palabra interior que Dios pronuncia en el corazón y esa otra palabra explícita que proclama Jesús predicando el evangelio.

La fe llega a su perfección cuando es fe en Dios, que se revela en su enviado Jesucristo. El que cree alcanza vida; pues, aunque todos puedan escuchar a Dios, solamente lo ha visto aquel que viene de Dios. Y éste es Jesús, el testigo y la misma Palabra de Dios hecha carne: la plenitud de la revelación, que hace posible la plenitud de la fe. Los que creen así alcanzan vida eterna.

Jesús, él mismo y no otra cosa, se presenta como "el pan de la vida". En cada una de sus palabras y de sus obras Jesús se da y se comunica a todos los que creen en él, y éstos reciben a Jesús y no sólo las palabras de Jesús.

Es probable que Jesús haga ya referencia al don eucarístico. El "pan de vida", el que "ha bajado del cielo", es la misma realidad de Jesús, su propia carne y una carne que se entrega para la vida del mundo. Si escuchar a Jesús es ya recibir a Jesús y no sólo sus palabras, recibir el cuerpo de Jesús ha de ser también escucharle con fe. El sacramento es una palabra visible, un signo. El que come el pan eucarístico sin discernir, sin creer lo que esto significa, come su propia condenación. Comulgar es recibir el cuerpo de Cristo "que se entrega por la vida del mundo"; por lo tanto, es incorporarse personalmente a Cristo y enrolarse en su misión salvadora y en su sacrificio. La eucaristía fue instituida "la noche antes de padecer" para que los discípulos quedaran comprometidos en la misma entrega que Jesucristo, que se iba a realizar definitivamente al día siguiente. El que comulga debe saber que siempre se halla en esta situación: "antes de padecer" y que recibe "el cuerpo que se entrega para la vida del mundo". Comulgar no es sólo comer, es creer, y esto significa comprometerse (“Eucaristía 1982”).

En Jn. 6,37-40, Cristo ha defendido una concepción original de su papel de rabí y de la actitud ideal del discípulo. La perícopa de hoy supone conocida esta posición.

a) La originalidad del Maestro consiste en su dependencia con respecto del Padre: el oyente no puede llegar a ser su discípulo si no le "ve" en esta relación con el Padre (vv. 40, 46). Este tema del discípulo no es menos importante en esta lectura que en la precedente: las expresiones "venir a Mí", "ver", "enseñados por Dios" (vv. 44-46) son una prueba de ello. En contraste, el que "murmura" (v. 41), no "ve" las relaciones de Cristo con su Padre y se niega a reconocer en el hijo de José a alguien que ha "bajado del cielo" (vv. 42-43).

b) Cristo responde a estas murmuraciones proclamándose "Pan de vida bajado del cielo" (vv. 48-49), continuando con esto lo que ya había dicho antes (Jn. 6, 31-33). Esta expresión le designa a El mismo en su relación con el Padre y en su misión de traer la vida divina a los hombres. Pero el sermón pasa, sin transición, del Pan-Palabra al Pan eucarístico (v. 31). Las relaciones entre el discípulo y el Maestro se instauran, pues, por la Eucaristía, donde se "ve" de mejor forma el lazo que une a Jesús y su Padre. El misterio eucarístico aparece desde entonces con justo título como el "misterio de la fe".

c) Ver a Dios: La afirmación de Jesús de que El ve al Padre (v. 46) no debe conducir a una definición de la visión beatífica. La misión reveladora de Jesús sobre la tierra no requiere, en efecto, este tipo de visión. Requiere solamente un conocimiento particular de los secretos de Dios, el cual ha sido una gracia en El, y es este conocimiento particular el que la Biblia expresa por la metáfora "ver a Dios" (Jn. 1,18). "Ver a Dios", en efecto, en la Escritura, designa una especie de proximidad del hombre y Dios, estando el primero capacitado para comprender el designio del segundo. Esta proximidad le ha sido denegada al hombre desde la caída (Ex. 33,20; 1Re. 19,11-15). Jesús restablece esta proximidad y esta amistad. Celebrar la Eucaristía significa para la Iglesia detentar los signos auténticos del amor y del conocimiento que unen al Hijo al Padre y que nos unen al Hijo. Y la Eucaristía es este signo decisivo porque es la respuesta perfecta del Hombre-Dios a su Padre y porque contiene la respuesta de la Iglesia a la misma exigencia de fidelidad y de amor. Al movimiento de descenso del pan de vida en la encarnación y en la Eucaristía corresponde un movimiento de atracción de los discípulos hacia Cristo. Dios envía a Jesús a los suyos, pero le asegura al mismo tiempo la fe de estos últimos (Maertens-Frisque).

"Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo". Y decían: ¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿cómo puede decir ahora: "He bajado del cielo? Jesús, les respondió; no murmuréis entre vosotros". Los judíos murmuraran de Jesús. Adoptan así, a los ojos del evangelista, la actitud del pueblo de Israel, durante su peregrinación por el desierto, en contra de Dios. Esta murmuración del pueblo contra Dios que lo conduce, que empieza a considerar la salida de Egipto como una fatalidad desgraciada, es la expresión de la resistencia suprema a la acción de Dios: es no querer seguir colaborando con Dios: o sea, todo lo contrario de la voluntad de creer. Por eso la tradición judía afirmaba que la generación del desierto no tendría participación alguna en el mundo venidero. S. Pablo recoge esta tradición en su primera carta a los Corintios (10, 1-11) y la pone ante los ojos de los cristianos como un ejemplo que debía servirles de aviso. Tampoco los cristianos tienen una seguridad absoluta de salvarse; también ellos pueden correr el peligro de la inseguridad, la resistencia y la apostasía, de modo que se alcen contra Dios y pongan en peligro su fe (Heb. 3, 7-11). Lo mismo que hicieron sus padres, estos judíos protestan contra el designio de Dios que se manifiesta en las palabras de Jesús y rechazan la aceptación creyente de su palabra. "Yo soy el pan que ha bajado del cielo" sencillamente absurdo. El auditorio sabía muy bien quién era Jesús. O, más bien, creían saberlo. ¿Cómo se presenta diciendo que ha bajado del cielo aquel a quien hemos visto nacer? La fe no tiene nada que ver con la experiencia humana. La piedra de escándalo es, por tanto, la humanidad de Jesús. Y, sin embargo, es precisamente en esa carne y sangre, recibida de su linaje humano, donde está la plenitud del Espíritu (1,32) que lo hace la presencia de Dios en la tierra. "Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado". Creer que Jesús es hombre totalmente como nosotros y creer, no obstante que "no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios", (Jn. 1,13). Esto sólo puede lograrse mediante el don de la fe, que Dios regala. Nadie puede ir a El si no fuera "traído" por el Padre. La frase suena a determinismo fatalista. Es preciso, para evitarlo, tener en cuenta el "modo" como Dios "trae" al hombre. No lo trae por la fuerza, sino por la invitación a la decisión ante su manifestación en la Escritura. Jesús se halla testimoniado en la Escritura. Es decir, se halla abierto para todos el camino para ser traídos por el Padre a Jesús. En este sentido llegan a Jesús todos los que leen rectamente la Escritura, los que escuchan al Padre, los que son adoctrinados por Dios. La docilidad para creer. Lo opuesto a la murmuración: la señal más clara de no querer creer. Sólo cuando existe una verdadera apertura a Dios, cuando se cesa de murmurar, puede tener lugar la "tracción" que Dios hace del hombre hacia Jesús. Jesús toma un texto profético y le da una interpretación diferente: No se trata ya de que Dios va a inculcar al pueblo la fidelidad a la Ley: "todos serán discípulos de Dios" (Is. 54, 13). Porque Dios pondrá la Ley dentro del corazón del hombre y nadie tendrá que enseñar a nadie sino que todos conocerán a Dios, del más chico al más grande (Jer. 31,33-34). Jesús viene a decir: Dios no enseña a observar la Ley, sino a adherirse a El: "todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí". "No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios; ese ha visto al Padre". Es decir, no hace falta una experiencia de Dios fuera de lo ordinario; basta fiarse de Jesús. Jesús que conoce al Padre porque procede del Padre es el único que puede manifestar su designio sobre el hombre y establecer las condiciones para realizarlo: "ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en El tenga vida eterna y que yo le resucite el último día (Jn 6,40).

La ciencia no es capaz de recrear por sí sola la presencia del pasado, ni siquiera una relación personal, sino que evidencia y fija la distancia, la ausencia. De esta suerte podemos formular la siguiente tesis: puesto que la oración es el centro de la persona de Jesús, el presupuesto para conocer y comprender a Jesús es la participación en su plegaria. El conocer depende, por su naturaleza misma, de una cierta conformidad entre el que conoce y lo conocido. A esto se refiere el antiguo axioma que afirma que el igual es conocido por su igual. Respecto a las alturas del espíritu y respecto a las personas, esto significa que el conocer exige una cierta relación de simpatía (syn-pathein), mediante la cual el hombre, por así decir, entra en la persona en cuestión, en su realidad espiritual, se hace una cosa con ella y, de este modo, es capaz de entenderla (intellegere=intus legere). Aclaremos un poco más este hecho con algunos ejemplos. Se accede a la filosofía sólo filosofando, es decir, desarrollando el pensamiento filosófico; la matemática se abre únicamente al pensamiento matemático; la medicina se aprende practicando el arte de curar, y no sólo por medio de los libros y de la mera reflexión. Del mismo modo, no puede comprenderse la religión más que mediante la religión; es éste un axioma indiscutible de la filosofía de la religión. El acto fundamental de la religión es la oración, la cual conserva en la religión cristiana un carácter totalmente específico: ella es entrega de sí en el Cuerpo de Cristo y, por consiguiente, acto de amor que, en cuanto que es amor por y con el Cuerpo de Cristo, reconoce y completa el amor de Dios, necesariamente y siempre, incluso como amor al prójimo, como amor a los miembros de este Cuerpo. La oración es el acto central de la persona de Jesús, su persona se identifica por el acto de orar, por la constante comunicación con aquel a quien él llama «Padre». Si esto es así, únicamente es posible una comprensión real de su persona entrando en este acto de oración, participando en él. A esta realidad aluden las palabras de Jesús: «Nadie puede venir a mí si el Padre no le trae» (Jn 6,44). Donde no está presente el Padre, tampoco está presente el Hijo. Donde no hay relación alguna con Dios, permanece también incomprensible aquel hombre cuya existencia misma dice relación con Dios, con el Padre; y ello, por muchos datos concretos que acerca de él puedan llegar a conocerse. En consecuencia, la participación en la intimidad de Jesús, es decir, en su oración, que, como ya hemos visto, es acto de amor, don y entrega de sí mismo a los hombres, no puede eliminarse como si se tratara de un acto devoto cualquiera, que no aporta gran cosa a una verdadera comprensión de su persona y que podría incluso obstaculizar la rigurosa pureza del conocimiento crítico. Al contrario, esta participación constituye el presupuesto fundamental para alcanzar una comprensión real de Jesús en el sentido de la hermenéutica actual, es decir, para entrar en su tiempo y en su espíritu, abordándolos como ellos son en sí mismos (Joseph Ratzinger).

padre Llucià Pou Sabaté

 

 

Cristo, muerto y resucitado. Respuesta a nuestros interrogante existenciales

Con el salmo 33 iniciamos nuestra oración, salmo hímnico de acción de gracias pronunciado por una persona que invita a la Asamblea a que se una a su oración, convirtiéndolo así en una catequesis sapiencial. Este rosario de acción de gracias nos lleva al Dios del Éxodo, con grandes resonancias en el Magnificat, en las Bienaventuranzas y en la misma homilía programática de Nazaret.

La meditación del salmo nos ayuda a saborear la vida liturgica, a ser mensajeros de la paz y a amar la pobreza evangélica.

Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el quien se acoge a él… Busca la paz y corre tras ella… Los que temen y buscan al Señor no carecen de nada, mientras que los ricos empobrecen y pasan hambre.

Nuestra experiencia cristiana nos lleva a reconocer que la Eucaristía es el corazón de la Iglesia, y que de la misma manera que desde el corazón humano fluye la sangre a todo el organismo, así de la Eucaristía viene toda gracia.

Con el gesto de la paz, don de Dios y saludo del Resucitado, nos preparamos a comulgar, rogando al Señor que no mire nuestros pecados, sino la fe de su Iglesia, defensora de la vida.

Y es urgente inyectar transfusiones de sangre de justicia y amor para que el organismo social no muera, víctima de los Epulones de todos los tiempos. Cristo, encarnación viva de los Lázaros de este mundo se presenta en las puertas del cielo con las llagas que los Epulones le han causado, convertidas en trofeos de victoria. Nuestra arma para vencer la pobreza horizontal, creada por los hombres , con sus muchos nombres, como mendicidad, paro, inmigración etc. , es la pobreza vertical, que no consiste en tener o no tener sino en compartir con justicia y caridad.

Levántate y come, que el camino es largo. Yo soy el pan de vida. Sed imitadores de Dios y vivid en el amor como Cristo (1Rg. 19 - Jn. 6 - Ef.4). Con Elías superamos nuestras crisis (1ª lectura), escuchando a Jesucristo (Evangelio), porque para nosotros creer es comprometerse (2ª lectura).

No son pocas las familias, hundidas en su dolor, que no saben qué hacer con los hijos marcados por el pasotismo, la drogadicción y hasta la delincuencia. Todo lo que hacían por sus hijos, hasta caprichos, les parecía poco, y no les ha servido de nada. No han sido capaces de darles una razón de vivir.

Las ofertas que nos hace la sociedad son como imán que nos atraen sin más, pero ¿para qué? si nos dejan un vacío tan serio que parece que andamos por el mundo como cadáveres ambulantes, que mueren de asco. Falta algo, falta una razón para vivir, un humanismo basado en valores, en amor y servicio, a estilo del personalismo de Mounier.

Elías, campeón de la fe yavista, después de desafiar y vencer a los falsos profetas de los Baales, haciéndoles ver que los ídolos esclavizan, se ve obligado por defender la verdad a huir para no ser martirizado por la reina Elizabet.

Cansado y desolado hasta llegar a desearse la muerte está a punto de tirar la toalla, pero, así son las cosas de Dios, Dios le esperaba en el Monte Moria para lanzarlo de nuevo en la presentación del verdadero Dios. Sin fuerzas y dormido bajo una retama el Ángel lo despierta diciéndole – “toma y come que tienes que recorrer una camino largo y dificultoso”; todo cambió y así llega al Monte de las teofanías, después de tantas pruebas como en sus días Moisés. Pasaron el huracán y el terremoto y Dios no estaba en esas fuerzas, como defendían los Baales; pasó un susurro o brisa suave y ahí si estaba Dios. Observarás que toda reforma nos hace volver a los orígenes para construir un futuro.

También nosotros tenemos momentos de crisis profunda y de desánimo, arrastrados por las corrientes modernistas del laicismo y relativismo moral, que prescinde de todo esfuerzo y de toda escala de valores, llevándonos a las aberraciones más bajas y más absurdas, que marginan a Dios y paganizan nuestras costumbres. Con la postmodernidad ha regresado ese desfile de dioses triunfalmente, pero no el Dios que nos ha revelado Jesús, y en ese magma o supermercado religioso, donde cada uno se fabrica su propio dios, sigue teniendo fuerza la palabra del ángel a Elías – toma y come que el camino que has de andar es largo y dificultoso.

En este domingo meditamos la primera parte del discurso del pan de vida, que afirma la fe en Cristo; y el próximo nos hablará de su dimensión eucarística.

Hoy insiste que hay que creer en El para tener vida. Mira a la primera parte de la Misa, como escuela de formación permanente y catequesis viva , comulgando con su Palabra y con su Cuerpo.

Asistimos a ese debate entre los rabinos y Jesús: para aquellos lo que salva es la ley, y para Cristo es la fe. Y como en los 40 años de peregrinación por el desierto duras fueron las críticas contra Moisés, no menos fuertes son ahora contra Cristo, que a través de los tiempos se han repetido con los ataques a los pilares de nuestra fe: la modernidad con furia repetía – creemos en Dios y en Cristo, pero no en la Iglesia; con la Ilustración se creía en Dios, pero no en Cristo ni en la Iglesia; y en nuestros días se intenta no creer en la Iglesia, en Cristo ni en Dios, sino solamente en el hombre.

Nuestros pseudointelectuales desconocen el axioma indiscutible de la filosofía de la religión- “no puede comprenderse la religión mas mediante la religión”; y el acto fundamental de la religión es la oración, como Cristo nos enseñó en su paso por la tierra.

Hasta ahora todo se resume en la frase –“El que cree tiene vida eterna”; y a partir de este momento confesamos que el que come de este pan vivirá eternamente – “. Pasamos así del acento existencial al acento sacramental-eucarístico.

Hagamos un breve stop, ya que en cada Eucaristía después de la Consagración hacemos esta profesión de fe: este es el sacramento de nuestra fe. Preguntémonos sin rodeos: ¿por qué soy creyente? ¿por qué soy cristiano?,¿ por qué soy católico?. A cuantas dudas surjan en tu interior tu libro es Jesucristo, quien con sus palabras y obras te dará luz para que encuentres una respuesta correcta libremente.

+San Pablo nos presenta como ideal el vivir en el amor como Cristo, venciendo el mal con el bien, despojándonos de todo vicio y revistiéndonos de perdón y compasión.

GUÍA PARA LA PREDICACIÓN.

Meditación del salmo 33 para saborear la vida eucarística, ser mensajeros de paz y amar la pobreza evangélica.

Los tres textos bíblicos nos ayudan a superar nuestras crisis (escuchando a Jesús porque para nosotros creer es comprometerse

Aprendamos de Elías a vencer nuestras crisis ante las corrientes acentuadas del laicismo y relativismo moral, sin tirar la toalla.

Oigamos con atención el debate que Jesús sostiene con los rabinos sobre la primacía de la fe sobre la Ley, y obremos en consecuencia con la opción que hemos hecho por Jesús. Jesús es nuestro libro-respuesta a todos nuestros interrogantes .

Y cerramos nuestra oración, despojándonos de todo vicio y revistiéndonos del amor como Cristo .

padre Miguel Funes Gálvez

 

 

Muchos son los que seguían a Jesús. Pero de pronto las cosas cambian.

Estamos en el Evangelio de Juan, cap. 6, en el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. Jesús hasta ahora ha dado muchas cosas, ha hecho muchos milagros. Ahora anuncia que dará su propia carne y su propia sangre. Da su propia vida. El es el pan vivo bajado del cielo.

La reacción es negativa. La gente murmura contra Jesús.

Jesús quiso prepararles para el gran misterio de la Eucaristía.

En el AT.: Dios hizo caer pan del cielo: el "maná". Con este pan el pueblo se alimentó para poder sostenerse 40 años en el desierto y llegar a la tierra prometida.

Hoy en la Primera lectura recordamos que el Profeta Elias comió un pan misterioso que le dió fuerzas para caminar 40 días por el desierto.

Esa es la preparación remota.

Pero también Jesús les había preparado personalmente: El milagro de la multiplicación de los panes y peces para alimentar a la multitud.

Sin embargo aun le piden un milagro para poder creer.

Están encerrados en sus propios argumentos humanos y no se abren ante los milagros de Jesús: “Acaso este no es Jesús, el hijo de José, y del cual nosotros conocemos el padre y la madre? ¿Cómo es que ahora dice « He bajado del cielo»?”

Jesús les dice que paren de murmurar. La murmuración se alimenta de la lógica humana y cierra el corazón a la sabiduría que Dios nos quiere revelar.
Murmuramos cada vez que hacemos comentarios rápidos en los que no hemos realmente escuchado al Señor.

La fe no proviene de los argumentos humanos. Hay que ser humilde y recibir la fe como don.

Creer en Jesús implica reconocer que Él es el Pan que baja del Cielo. No es suficiente creer que El es un gran hombre, ni siquiera es suficiente creer que es Dios. Hay que recibirlo con fe en la Eucarística para dejarse transformar por Su Presencia en nosotros. Solo así tendremos vida eterna.

Nosotros también atravesamos un gran desierto, con grandes pruebas y dificultades. ¿Donde está Dios? ¡En la Eucaristía! Esta Presente para fortalecernos para poder llegar a la tierra prometida: el cielo. Solo cuando recibimos bien este Pan que es Cristo vivo podemos vivir la vida nueva del Evangelio.

En la segunda lectura de hoy San Pablo enseña una nueva vida: "vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma". Esto requiere un morir: "Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros" y un renacer: "Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo." Esto solo se puede cuando recibimos bien la Eucaristía.

Pedro José Martínez Robles

 

 

 

"¡Pero qué afán de no creer nunca lo más sencillo!”

(Jacinto Benavente)

1.-En dos momentos de la vida pública de Jesús los judíos reaccionan diciendo las mismas palabras:

En la Sinagoga de Nazaret al ver cómo Jesús actúa y habla (Mc.6,2), los judíos reaccionan diciendo: “¿No es este el Hijo del carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¡Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?” Y se escandalizaban a causa de él” (Mc.6,3).

Y cuando Jesús, después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, dice de sí mismo que él es “el pan que ha bajado del cielo” (Jn.6,41), los judíos reaccionan de la misma manera: “¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: “He bajado del cielo?”

En estas dos ocasiones, se demuestra de una manera especial lo difícil que es descubrir a Dios confundido con nuestra humanidad.

Hemos creado una idea de Dios tan imposible de bajarse de sus alturas, que cuando llega a hacerlo en Jesús, convirtiéndose en un hombre como nosotros, carne de nuestra carne, nos cuesta demasiado bajar nuestra mirada a la tierra para descubrir a Dios en el hombre.

Se nos ha grabado tanto la idea del Dios todopoderoso, que somos incapaces de descubrir a Dios en la debilidad del ser humano, como le pasó a los judíos del tiempo de Jesús.

Jesús se lo dijo bien claro a Felipe, cuando éste le pide en la última cena que le muestre a Dios (Jn.14,8): “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn.14,9).

2.- El problema de los judíos fue su incapacidad o ceguera para descubrir a Dios en Jesús.

Cuando Dios se hace teoría es muy difícil descubrirlo en el hombre concreto Jesús.

Cuando los hombres sólo adoramos el poder, la pomposidad, la grandeza, el prestigio, el orgullo, se nos hace muy difícil reconocer a Dios en Jesús y somos incapaces de mirar más allá de que es “el hijo de José” (Jn. 6,42). Como decía el madrileño premio nobel de literatura, Don Jacinto Benavente: "¡Pero qué afán de no creer nunca lo más sencillo!”

San Pablo, sin embargo, se lo decía con palabras bien claras y sencillas a los filipenses: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: “El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre” (Filip.2,5-7).

José María Castillo, en su libro “la humanización de Dios,” nos dice cómo en el hombre Jesús podemos llegar a descubrir a Dios: “En lo humano es donde podemos conocerlo y encontrarlo… Nuestra pretensión de ser importantes, de ser famosos, de tener siempre razón, todo eso, se armoniza mejor con la fe en un Dios excelso y poderoso que con el seguimiento en un Jesús humilde y débil."

3.- A Jesús, el Hijo de Dios, hecho uno de nosotros, débil con los débiles, sólo se le reconoce por el camino de la sencillez, como él mismo orando a su Padre se lo decía: “¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, esa ha sido tu elección” (Mt.11,25-26).

Y es que el orgullo nos hace necios. El poeta griego Sófocles decía que "el orgullo lleva consigo un castigo, la necedad."

Sólo los sencillos descubren en la debilidad de Jesús su grandeza.

Sólo los sencillos son capaces de aceptar, aunque no lo entiendan, que el pan que nos da Jesús “es su propia carne” (Jn.6,51), que Jesús es ese “pan de la vida… El pan que baja del cielo” (Jn. 6,48-51).

Sólo los sencillos encuentran en Jesús la fuente de la vida, el pan que les da fuerza para poder decir: Creo en ti, Señor Jesús. A los orgullosos, como eran los judíos en el tiempo de Jesús, se les cierran los ojos y se les hace muy difícil descubrir a Jesús, hecho carne, hecho pan que da vida.

Como decía el historiador inglés Thomas Fuller: "Todo es muy difícil antes de ser sencillo."

Pedro Heredia Martínez