VIGILIA PASCUAL

ciclo C

SABADO SANTO

¡Qué instinto cristiano el que guía en este Sábado la devoción de nuestros pueblos! Y no se equivoca. ¡Qué se va a equivocar una piedad semejante!... Mira nuestro pueblo el Calvario, y no ve más que una cruz desnuda. Mira el sepulcro, y ahí adivina un cadáver frío, sin vida. Jesús ya no sufre.

Pero, ¿y su Madre? ¿Qué le pasa a María? Y la ve anegada en un mar de dolor, de soledad, de sufrimientos inimaginables. Le rodean dos o tres amigas. A su lado está Juan, un muchacho, el nuevo hijo que Dios le ha dado y a cuyos cuidados la confió el mismo Jesús moribundo.

Aquel atardecer y aquella noche del viernes, y todo el día del sábado hasta entrada la noche, esta Madre incomparable, con el corazón destrozado, ahogándosele el pecho, con los ojos entornados dejando caer lágrimas amargas, muy amargas, se va repitiendo una y otra vez, con voz muy queda:

- ¡Han matado a mi Hijo! ¡Han matado a mi Hijo!...

Esto es lo que hoy ve y contempla adolorido nuestro pueblo cristiano. Y expresa su condolencia a María y le da el pésame acompañando su imagen en la clásica procesión del Encuentro.

Lleva María más de treinta años pensando lo mismo. Se ha preguntado muchas veces: ¡Aquella espada que me profetizó Simeón! ¿En qué va a consistir esa espada?...

Ahora se le fueron todos los interrogantes. Ahora sabe lo afilada que ha sido el arma y lo adentro que se ha metido en su Corazón.

La película de la Pasión de Jesús desfila sin cesar por su imaginación tan viva.

Se ha enterado de todo lo que no ha visto, y ha contemplado personalmente la tragedia del Calvario.

Todo pasa una y otra vez ante sus ojos, mientras se va diciendo:

*¿Tanto sufrió Jesús en el Huerto, que hasta sudó sangre?...

¿Así juzgaron los tribunales a mi Jesús, hasta condenarlo por blasfemo y revolucionario?...

¿Toda la noche se la pasó encarcelado, maltratado y golpeado por los criados del pontífice?...

¿De loco vistió Herodes a mi Jesús?...

Pero, ¿tan bárbaramente lo azotaron?... ¿Y esa corona de espinas le pusieron en la cabeza, en ese trono le sentaron y ese cetro pusieron en sus manos? Si el Angel me dijo a mí que mi Jesús iba a heredar el trono de David, y que su reino iba a durar para siempre...

¡Y ese caminar por las calles de Jerusalén cargado con la cruz y hecho la burla de todos!...

¡Y esos martillazos en el Calvario para sujetar al madero sus manos y sus pies!... ¡Y esas tres horas horribles!... ¡Y aquel cadáver cuarteado sobre mis rodillas!...

¿Éste es el Jesús que yo fajaba de niño, el que me arrancaba aquellos besos, el muchacho que yo veía crecer tan bello?...

¿Éste es mi Jesús, el que recorrió todos los pueblos predicando el Reino de Dios, haciendo el bien a todos, y así le han pagado?...

¡Jesús, mi Jesús! ¿Cómo te han tratado así, cómo te han matado así?...*

¿Se hizo María estas preguntas? ¿Es esto verdad?...

Sí. Esta es la verdad. No nos inventamos nosotros preguntas semejantes. Esto fue así. Tuvo que ser así.

De no haber sido de esta manera, indicaría que la Virgen no fue verdadera Madre de Jesús ni el Hijo de Dios verdadero Hijo de María.

El Evangelio de la fe, escrito por el Bautismo en nuestros corazones, nos lo dicta sin temor a equívocos ni malentendidos:

María, la Madre Dolorosa, fue asociada a Jesucristo el Redentor. En la Hora suprema de Jesús, allí estaba Ella, al pie de la cruz, sufriendo en su propio Corazón todo lo que su Hijo Jesús padecía en su cuerpo y alma adorables.

Hoy María en el Cielo es Abogada nuestra ante Jesucristo el Redentor y ante el Padre.

¿Y cómo Dios no va escuchar la plegaria de María en favor nuestro, cuando por amor de Dios, en acto de obediencia a Dios, ofreció su Jesús a Dios, uniéndose al mismo sacrificio del Redentor?

Un cristiano santo, Luis Martin, cuando ofreció a Dios la última de sus hijas, Teresa —su Reina, como la llamaba— para que se encerrase en la clausura del convento, dijo con generosidad conmovedora en medio de un dolor profundo:

-           Quisiera tener alguna cosa mejor que ofrecer a Dios.

-           Aquel padre incomparable no tenía nada mejor que aquella hija adorada, la mayor Santa moderna, Teresa del Niño Jesús.

-           Éste es el gesto de María. No tenía nada mejor que su Jesús —¡vaya hijo! ¡éste sí que era lo mejor de lo mejor!— y esto es lo que ofreció a Dios, nada menos que como Víctima del Calvario, para que fuera la salvación del mundo...

-           ¡Madre María, Madre Dolorosa, asociada al Redentor!

-           Tus Dolores dicen mucho a nuestro pueblo creyente, porque nuestro pueblo se da cuenta de que nuestra salvación te costó mucho a ti, como le costó a tu Hijo Jesús.

-           En medio de esos dolores inmensos de tu Corazón nos dabas a luz a la vida de la gracia, y Jesús te proclamaba Madre nuestra.

-           ¡Cuánto que te costamos tus hijos! ¡Cuánto, Madre, que hiciste por nosotros!... ¡Gracias, Madre!

Blog católico de oraciones y reflexiones pastorales sobre la liturgia dominical. Para compartir y difundir el material brindado. Crremos que Dios regala Amor y Liberación gratuita e incondicionalmente.

 Pedro Garcia cmf

 

Sábado Santo: El silencio que espera

 “Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (Juan 19,40-42).

Tras la muerte la vida se detiene.

Todo queda en silencio, a la espera de la última palabra.

¿Sabré callar en este día santo?

¿Sabré acallar el ruido impetuoso de mis culpas que se me han echado impidiéndome la huida?

¿Sabré acallar mis palabras fáciles y falsas, que tantas veces han cubierto de apariencia mis caminos?

¿Sabré acallar mis pensamientos, que entretienen mi vida en las afueras?

¿Sabré acallar mi amor, para que crezca, libre, en los adentros?

¿Sabré acallar mis triunfos, con los que he presumido, con orgullo, en las alturas?

¿Sabré acallar mis dudas, mis besos traicioneros?

¿Sabré acallar todos mis cuidados, dejándolos entre las azucenas olvidados?

Un grupo de mujeres se ponen en camino hacia la vida.

La muerte no tiene la última palabra.

El corazón enamorado les hace barruntar lo que no ven.

Parecen locas, pero son pioneras de la vida.

En el silencio les ha crecido el amor, ¡el callado amor!

El callado amor, que vela por no poder olvidar al Amado.

El callado amor, que grita, el que más, contra la muerte.

El callado amor, que es el más solidario con las víctimas.

Ya se oyen las palabras del Amado, incapaz el sepulcro de esconderlas.

Mi Amado mete la mano en la hendidura y hace que se estremezcan mis entrañas.

“Levántate, amada mía, esposa mía. Ven a mí”.

Que la alegría rompa tu silencio en Aleluyas.

 CIPECAR

 

JESÚS ALCANZÓ LA VIDA YA ANTES DE MORIR

Aunque son relativamente pocos los cristianos que acuden a celebrar la Vigilia Pascual, debemos tomar conciencia de que se trata de la liturgia más importante de todo el año.

Celebramos la VIDA que en la experiencia pascual descubrieron los discípulos en su maestro Jesús. Los símbolos centrales de la celebración son el fuego y el agua, porque son los dos elementos imprescindibles para que pueda surgir la vida biológica. La vida biológica es el mejor símbolo que nos puede ayudar a entender lo que es la Vida trascendente.

Las realidades trascendentes no pueden percibirse por los sentidos, por eso tenemos que hacerlas presentes por medio de signos que provoquen en nosotros la presencia de una realidad que ni se trae ni se lleva, ni se crea ni se destruye, sino que está siempre ahí.

El recordar y renovar nuestro bautismo, apunta en la misma dirección. Jesús dijo a Nicodemo que había que nacer de nuevo del agua y del Espíritu. Este mensaje es pieza clave para descubrir de qué Vida estamos hablando.

En el prólogo del evangelio de Juan dice: “En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Estamos recordando esa Vida y esa luz en la humanidad de Jesús. Al desplegar durante su vida terrena la misma Vida de Dios que le atravesaba, nos abrió el camino de la plenitud a la que todos podemos acceder.

Lo que estamos celebrando esta noche, es la llegada de Jesús a esa meta. Jesús, como hombre, alcanzó la plenitud de Vida. Posee la Vida definitiva que es la Vida de Dios. Esa vida ya no puede perderse porque es eterna.

Podemos seguir empleando el término “resurrección”, pero debemos evitar el aplicarla inconscientemente a la vida biológica y sicológica, porque es lo que nosotros podemos sentir, es decir descubrir por los sentidos. Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo o palpando. Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir su divinidad.

Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, sólo puede ser objeto de fe.

Para los apóstoles como para nosotros se trata de una experiencia interior. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren que tiene que estar él VIVO. Lo mismo nosotros, sólo a través de la vivencia personal podemos comprender la resurrección.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la vida. Por eso tiene en esta vigilia tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. Cristiano es el que está constantemente muriendo y resucitan­do. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida, la divina.

Tenemos del bautismo una concepción estática que nos impide vivirlo. Creemos que hemos sido bautizados un día a una hora determinada y que allí se realizó un milagro que permanece por sí mismo. Para descubrir el error, hay que tomar conciencia de lo que es un sacramento.

Todos los sacramentos están constituidos por dos realidades: un signo y una realidad significada. El signo es lo que podemos ver, oír, tocar. La realidad significada ni se ve ni se oye ni se palpa, pero está ahí siempre porque depende de Dios que está fuera del tiempo.

En el bautismo, la realidad significada es esa Vida divina que “significamos” para hacerla presente y vivirla. En tal día a tal hora, han hecho el signo sobre mí, pero el alcanzar y vivir lo significado, es tarea de toda la vida. Todos los días tengo que estar haciendo mía esa Vida. Y el único camino para hacer mía la Vida de Dios que es AMOR, es superando el ego-ísmo, es decir, amando.

fray Marcos - Fe Adulta

 

Las numerosas lecturas de la Vigilia pascual hablan de la soberanía de Dios sobre toda la creación y sobre la historia. Los diversos textos seleccionados del Antiguo y del Nuevo Testamento nos permiten repasar la historia de la soberanía de Dios. Él es el Señor de los astros del firmamento, de las aguas del mar y de los animales que reptan por la tierra. Él es sobre todo el Señor de los hombres y de su historia. El texto evangélico nos muestra la soberanía de Dios sobre la muerte, mediante la resurrección de Jesucristo. El cristiano es un espejo de la soberanía divina porque, por el bautismo, ha conresucitado con Cristo.

MENSAJE DOCTRINAL

La soberanía de Dios no tiene igual. En un tiempo como el nuestro que exalta la igualdad, el concepto soberanía tal vez no sea familiar ni resulte agradable. Hace pensar, no sé, en sistemas totalitarios, en actitudes de imposición de unos sobre otros, en flagrantes injusticias por abuso de poder, en algo que desdice del hombre. Es un hecho, sin embargo, que no puede existir un ordenamiento jurídico (familiar, social, religioso, político) donde no exista y se reconozca una jerarquía, una autoridad, una soberanía. En la mentalidad común, cuando decimos el soberano solemos referirnos al rey, que ha encarnado históricamente de modo representativo la soberanía. Hoy en día se suele hablar de soberanía nacional, para indicar en las relaciones internacionales la independencia de una nación respecto a otra. Cuando en el lenguaje espiritual y religioso nos referimos a la soberanía de Dios, ¿qué es lo que queremos subrayar? Antes que nada, tomando pie de las lecturas, el dominio de Dios sobre toda la obra de la creación, salida de sus manos, gracias a la sobreabundancia de su amor. En segundo lugar, la afirmación del gobierno de Dios sobre la historia, una historia en la que paralelamente a los acontecimientos de la historia profana se desarrollan los eventos de la historia de la salvación. En tercero y último lugar, el señorío de Dios sobre la muerte y el más allá de la muerte, o sea, la eternidad. El dominio de Dios no tiene igual, primeramente porque sólo Dios puede crear y tiene el poder soberano sobre la creación. Luego, por su amplitud, ya que Dios domina sobre todas las épocas y todos los pueblos, no menos que por su finalidad: el bien y la salvación del hombre. No tiene igual, sobre todo, porque Dios ejerce su soberanía en forma totalmente positiva. No es un soberano que subyuga, sino que libera. No es un soberano que usa de su poder para imponerse con la fuerza, sino para manifestar su amor de padre. No es un soberano que se deja sobornar, sino que más bien hace justicia al tiempo oportuno. En la vigilia pascual, al repasar la historia de la salvación que culmina en la resurrección de Jesucristo, lo que hacemos es repasar la historia de la soberanía benevolente y amorosa de Dios para con la humanidad.

Si Cristo no hubiese resucitado... Es un imposible, pero pienso que puede hacer bien a nuestra fe y a nuestra vida cristiana situarnos por un momento en ella. San Pablo se sitúa en esa posición. ¿Qué es lo que dice? 1) Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe. Sí, porque el centro de nuestra fe es la persona y la vida de Jesús de Nazaret. Si él es un difunto más de la historia, ni es Dios ni es el Viviente, y entonces nuestra fe carece de sentido. 2) Si Cristo no ha resucitado, somos falsos testigos de Dios. En efecto, ¿qué es lo que predicaban Pablo y todos los Apóstoles? Que Dios ha resucitado a Jesucristo y lo ha constituido Señor de vivos y muertos. 3) Si Cristo no ha resucitado, seguís hundidos en vuestros pecados. Es decir, el bautismo ha sido un rito vacío, estéril. No habéis muerto con Cristo, ni resucitado con Cristo. Si Cristo no ha resucitado, el pecado y el demonio tienen la última palabra todavía. 4) Si Cristo no ha resucitado, somos los más miserables de todos los hombres. Sí, porque se nos dio una esperanza, convertida luego en trágica frustración. Al final, conviene concluir como san Pablo: Pero no, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte (1Cor 15, 12-20).

SUGERENCIAS PASTORALES

Una esperanza que no decae. El hombre, por muy realista que sea, por muy apegado que esté al presente, no puede dejar de mirar hacia adelante, de abrir el alma a la esperanza, sea ésta únicamente terrena o esté abierta también a la eternidad. La esperanza, por muy débil que sea, define al hombre en su ser más profundo. El cristianismo da a esta esperanza humana, por un lado, la fuerza de mantenerse en pie hasta el final, y, por otro, la apertura a una esperanza superior. No decae nuestra esperanza en la soberanía providente de Dios sobre la creación y sobre la historia. Nos puede parecer misteriosa, desconcertante, imprevisible, esa soberanía providente, pero creemos que existe, confiamos en ella, da seguridad a nuestro obrar, y, con el paso del tiempo la vamos entreviendo, hasta quizá llegar a ser una evidencia. No decae nuestra esperanza en Cristo, Luz del mundo. Esa luz que ha brillado con nuevo esplendor en la primera parte de la vigilia pascual. Tal vez nos venga la tentación de que son muchas las tinieblas, y muy densas. Pero sigue encendida la esperanza en Cristo Luz. Una luz que disipa las tinieblas ante todo y sobre todo en el interior de las conciencias, y desde el interior en las acciones de los hombres. No decae nuestra esperanza en la acción purificadora y transformante del bautismo cristiano. ¿Cómo no bautizar a los niños, desde sus primeros días o meses de vida, si mantenemos firme esta esperanza? Esta esperanza en la eficacia del bautismo nos exige a los cristianos vivir con madurez y coherencia purificados del pecado, en actitud de transformación espiritual y moral bajo el impulso del Espíritu.

Testigos de la resurrección. En el evangelio se relata el testimonio que las mujeres dieron de la resurrección y el testimonio que dieron los apóstoles. El testimonio público y oficial le corresponde a la jerarquía de la Iglesia; pero existe un testimonio privado, doméstico por así decir, que corresponde a todos los miembros del pueblo de Dios. Los obispos, los sacerdotes, los diáconos deben ser testigos de la resurrección. Ciertamente, mediante la proclamación de este grandísimo misterio, proclamación que hacen en nombre de Cristo y no a título personal. Para que esa proclamación sea convincente, han de hacerla creíble con su propia vida, en cuanto que la han experimentado y la viven, y la gente lo advierte. Testigos privilegiados de la resurrección -como de toda la fe cristiana- son los padres de familia. Creyendo ellos en la resurrección de Cristo, viviendo con rostros y obras de resucitados, harán creíble este misterio a sus hijos. Testigos importantes son también los y las catequistas. Si la catequesis no es sólo nocional sino sobre todo vital, el catequista debe juntar en sí al maestro y al testigo. ¿Son los catequistas, todos, maestros y testigos de la resurrección? La diócesis debe prestar sumo cuidado a la selección y formación de los catequistas. Se beneficiará toda la Iglesia.

padre Antonio Izquierdo

 

Felicidades: sólo Jesús es el Señor

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”. Así de sencillo. Así de grande.

Hermanos, hermanas: de todo corazón, felicidades. Celebramos con especial gratitud, entrañable cariño y profunda alegría la resurrección de Jesús. Ésta es, en efecto, la noche grande de la Pascua; grande porque sobre ella se apoya toda nuestra vida cristiana; grande porque en ella culmina toda esa historia de salvación rememorada en los relatos de la creación, de Abraham, del éxodo, de los profetas...; grande porque celebra el compromiso definitivo de Dios con los deseos de plenitud y de felicidad que pueblan los corazones de sus hijos; grande porque en ella sabemos que Jesús y sólo Jesús es el Señor.

Es verdad que muchos otros aspiran a serlo tiranizando a sus hermanos, disponiendo caprichosamente de sus vidas, sirviéndose de ellos, manipulándolos. Son los que dominan y oprimen a las naciones, como decía Jesús, pero también los que dominan y oprimen a sus familias, a sus vecinos, a sus compañeros, a sus comunidades religiosas, a sus empleados y un largo etcétera. Resulta ser, bien mirado, que tenemos muchos candidatos a ser señores, pero resultan ser, bien mirados, pretenciosos que se lleva el viento. No saben que la única forma de ser verdaderamente grande es dar la vida por los suyos.

Ésta es la buena noticia: sólo Jesús es el Señor. El que quiere cerca a los niños, el que se sienta a las mesas de los pecadores, el que acoge a los extranjeros, el que tiende su mano a la mujer abatida, el que prefiere a los pobres, el que escucha a la madre desconsolada, el que toca a los leprosos, el que enseña que Dios es Padre, el que declara que la persona es más importante que las instituciones religiosas, el que lava los pies de sus discípulos, el justo torturado, el crucificado, el que al caer de la tarde nos examinará del amor..., ése es el Señor, el Señor de la Iglesia y el Señor de la historia; un Señor como Dios manda, y nunca mejor dicho. Ése es Jesús, nuestro hermano.

La noche del “ya”.

Ésta es la noche del “ya”, una palabra pequeñita, de sólo dos letras, pero todo un adverbio: complementa la significación del verbo, de un adjetivo, de otro adverbio y de ciertas secuencias. “Ya” expresa novedad, cambio, modificación. Es una palabrita valiente, que sabe ponerse en pie, mirar hacia el pasado y hacia el futuro y declarar que, en adelante, nada volverá a ser igual.

De la resurrección de Jesús en adelante nada vuelve a ser igual. En esta noche sabemos y celebramos que el tesoro de Jesús –la humanidad de hermanos y hermanas o el Reino de Dios, como decía él– cuenta con el aval del propio Dios. Sabemos y celebramos, más aún, ese Reino ha empezado a estar entre nosotros y que crece, además, como el grano de mostaza. El futuro del mundo no es otro que el Reino de Dios, su paternidad, nuestra fraternidad. La mujer de futuro es la hermana. El varón del futuro es el hermano.

Atención, no vamos tampoco a incurrir en triunfalismos ingenuos. Bien sabemos que existen y seguirán existiendo muchas violencias, calumnias, inhumanidades, desamores, crucifixiones... Seguirá habiendo muchas noches oscuras, pero la fe pascual nos permite confiar en que también en ellas Dios sabrá actuar y estar a la altura de su compromiso. Y es que las grandes intervenciones de Dios en la historia de la humanidad –que es, por eso mismo, historia de salvación– han tenido lugar de noche. Aún tendremos que atravesar muchas noches, pero el futuro pertenece a la fraternidad.

La victoria de Jesús es ya nuestra victoria. Él es desde ahora lo que todos estamos llamados a ser y un día seremos: plenitud de vida, comunidad de hermanos en Dios.

fray Javier Martínez Real

 

¿Jesús resucitó?

Querida amiga, amigo: ¡Que tengas la paz de Jesús!

Llegó la Pascua, como todos los años, en el domingo siguiente a la primera luna llena de la primavera. "Noche de paso a la vida. Noche de luz y alegría. ¡Alleluya, alleluya! ¡Alleluya, alleluya".

Contemplamos el fuego, encendimos el cirio, cantamos a Jesús "santo y feliz". Hicimos memoria de los antiguos hebreos liberados y de los esclavos liberados de todos los tiempos. Escuchamos la promesa del Espíritu que revive y consuela, que vuelve el corazón de piedra en corazón de carne.

Escuchamos en pie el Evangelio de la Pascua, el alegre saludo del Resucitado a María de Magdala y sus compañeras, llorosamente aferradas al Calvario y al sepulcro: "¡Alegraos, no temáis! Volved a los caminos y las tareas de Galilea. Anunciad el Evangelio a vuestros hermanos, sed evangelistas, y vivid en paz a pesar de todo".

Y dijimos que sí. Derramamos el agua y toda su bendición sobre nuestras manos pequeñas y vacías, ungimos con aceite perfumado nuestras almas necesitadas. Y desde el fondo vacilante de nuestro ser prometimos: "Quiero ser como Jesús, bueno y feliz".

Luego, la vida sigue, todo es como es. Los días se alargan, pero la luna ha menguado y la noche es más oscura. María de Magdala vuelve al sepulcro a llorar la ausencia. Muchos discípulos caminan tristes, el corazón ha dejado de arder, la esperanza decae como la luz de la tarde.

Y seguimos preguntando:

· ¿Hay en el mundo menos dolor que antes de la Pascua?

· ¿Dónde vemos el Reino de la liberación universal que soñó Jesús en las hermosas colinas y en las humildes aldeas de Galilea?

· ¿No siguen los caminos atestados de enfermos e inmigrantes?

· ¿No sigue mandando la ley del imperio y del Sanedrín religioso?

· ¿No acabó el profeta de Nazaret en la muerte, sea que fuera devorado por los perros, o arrojado en una fosa común o dignamente sepultado en una tumba decorosa por su influyente amigo José de Arimatea?

· Sea lo que fuere de la suerte del cadáver, ¿no sigue el crucificado, al fin y al cabo, clavado en su cruz, abandonado de Dios, como innumerables crucificados de la historia?

¿He dicho "abandonado de Dios"? ¡Absurdo! No se puede creer en un Dios que haya abandonado a Jesús, el profeta de la bondad feliz, y a innumerables profetas y profetisas que han quedado, fracasadas, en las cunetas de la historia. ¿Será, pues, que no hay Dios? Realmente, ¿resucitó Jesús? ¿Han resucitado todos los muertos?

María, Pedro, los discípulos de Emaús... también ellos sintieron el vértigo de estas preguntas. Como tú y como yo. Su duelo tuvo que durar mucho más que tres días. Tuvieron que ser meses, incluso años... (¿no hace ya siglos y milenios que seguimos esperando el "tercer día"?).

Y, sin embargo, a pesar del vértigo y del duelo, en el corazón mismo de la noche y del desengaño, fue brotando una certeza como una llama de luz pequeña y poderosa:

En la cruz, Dios estaba con Jesús.

Dios ha estado siempre con todos los mártires, en su vida y también en su muerte.

Dios estaba con Jesús cuando curaba, cuando compartía la mesa con los "pecadores", cuando inventaba parábolas desconcertantes y consoladoras.

Y en el horror de la cruz, Dios siguió estando con Jesús, padeciendo sus heridas, todas las heridas, padeciendo su abandono, todos los abandonos.

Y también en la fosa común o en la tumba amiga, Dios estaba con Jesús.

Y Jesús estaba con Dios. Jesús está con Dios. Luego Jesús vive.

Ésa es la fe pascual, su fe y nuestra fe, oscura y luminosa. ¿Por qué creyeron ellos? No porque hubieran encontrado el sepulcro vacío (un sepulcro que tal vez ni siquiera conocían), ni porque hubieran tenido "apariciones milagrosas" de Jesús ("apariciones" ha habido siempre, en todas partes: es cuestión de ciertas neuronas que se activan por mil razones distintas, como inyectarse LSD, bailar, meditar, sentir una fuerte emoción, tener una firme convicción...).

No hace falta que el sepulcro de Jesús haya quedado vacío, por alguna especie de "transmutación" de los átomos (como sigue sosteniendo aún, extrañamente, un científico como Polkinghorne); nuestros sepulcros no quedarán vacíos, pero seguiremos siendo en Dios.

No hace falta que hayan "visto" a Jesús resucitado con otros ojos que los ojos del corazón, que es como vemos nosotros la vida de una orquídea, la belleza de unos ojos, la presencia de Dios en todo lo bueno.

Así reconocieron la Pascua de Jesús. No la reconocieron porque hubiera sucedido nada "después" de la muerte de Jesús, sino porque aprendieron a mirar la vida y la cruz de Jesús como sacramento de Dios.

La Pascua de Jesús no tuvo lugar "después" de la muerte, sino a lo largo de su vida y en su muerte solidaria de los crucificados.

Reconocieron su vida como sacramento de la bondad poderosa de Dios, de su compasión sanadora, y reconocieron su muerte como consecuencia de su vida profética.

Miraron a Jesús como profeta mártir, a sus ojos el más grande de los profetas mártires de Dios, y reconocieron en su cruz la realización consumada del destino de todos los profetas mártires.

Y, desde las entrañas oscuras de la vieja fe probada, extrajeron una confesión nueva como la luz del alba:

"Dios estaba con Jesús y nunca lo abandonó. Jesús vive en Dios y nunca nos abandonará".

Y empezaron a sentirle tan cercano como cuando lo acompañaban por los caminos de Galilea, incluso más cercano que entonces.

Y aprendieron a verlo presente como se ve a Dios, en el corazón de cuanto vive y hace vivir, en todo lo bello y en todo lo bueno.

Y confesaron que el Reino de la liberación ya está en marcha, como semilla poderosa que ha de crecer, como primicia de una cosecha que un día cubrirá el mundo de pan y de vino.

Y siguieron amando a Jesús, no solamente en la memoria dolorida, sino en el corazón de la vida.

Y se propusieron seguir el camino de Jesús, aunque fueran a fracasar como él, pues Dios acompaña a todos los heridos y fracasados, curando suavemente las heridas, transformando lentamente el fracaso en camino.

Ésa fue su fe pascual, ésa es también la nuestra: "Jesús ha resucitado", todos los muertos han resucitado.

No creemos que Jesús ha resucitado por ningún argumento empírico: el sepulcro vacío o las apariciones. Ninguna cámara hubiera grabado ninguna imagen, ningún sonido.

No creemos que Jesús ha resucitado por ningún argumento autoritativo: el testimonio de María y Pedro y todos los otros. No creemos porque ellos hayan creído, porque ellos sean creíbles. Creemos gracias a ellos y ellas, pero creemos como ellos y ellas, por sus mismas razones.

¿Por qué? Porque en la vida y en la cruz de Jesús miramos al Dios de la compasión que cura y hace vivir. Porque en las cruces de la humanidad, en los dolores de la creación, en la entraña de la vida y de la tierra, vislumbramos la entraña de Dios, herida y sanadora. Y, a pesar de todo, nos brota de dentro: "Todo vive en Dios, todo está salvado en ti, todo acabará bien".

Amiga, amigo: ¡Que tengas la paz de Jesús! La paz del Crucificado, del Hermano herido, de sus heridas que curan. La paz de la Pascua, primavera del mundo nuevo. La paz que lo es todo, que todo lo recrea. Jesús te la regala, justamente a ti. A ti, como eres y como estás, como a María de Magdala al amanecer de la Pascua, como a Cleofás y su compañero (¿por qué no compañera?) al atardecer del mismo día, que es cada día.

Pronuncia tu nombre propio, lleno de sueños y de heridas, y te dice cariñosamente:

"¡Vive en paz! Tus heridas son también mis heridas, tus esperanzas son mis esperanzas. Dios está contigo, como estuvo conmigo en los verdes campos de Galilea, y también en la hora negra de la cruz".

José Arregi

 

SALMO DEL CORAZÓN

Quiero compartir mi corazón contigo, Señor Jesús.

Quiero hacer de mi corazón pan tierno y fresco, hogaza de labrador compartida en la mesa de todos, donde no hay puestos porque no hay primero.

Dejo en la mesa mi pan hecho migas, y el mantel manchado en rojo como recuerdo.

Dejo mi silla de paja que espera al hombre que siempre ocupa el último lugar como puesto.

Mi corazón, Señor del alba, se hace mesa, mantel blanco de amistad para los pueblos.

Mi corazón, Señor Jesús, se siente solo cuando tu medida no lo llena dentro.

Mi corazón se arruga y sufre y llora cuando el Amor no enciende mi amor en fuego.

Tú eres el mar. Yo soy la playa. Tú eres la ola que inunda mi arena llevada al viento.

Mi corazón lo hiciste para ti, Señor del alba, y no es feliz si tú no eres, al fin, su Centro.

Tú eres amor, por eso buscas, peregrino, mis amores perdidos en ídolos de paja y hierro, que se esfuman y se vengan como dioses extraños a las manos que del mano nos hicieron.

Yo busco la verdad y sólo encuentro verdades.

Busco el amor, y sólo en migajas lo encuentro.

Busco la belleza y se hace noche en el camino Busco la libertad y me siento prisionero.

Busco el bien, y el mal se me hace uña a la carne y me duele vivir en este duelo.

No quiero más verdades, que busco la Verdad que ilumine mi vida y le dé un Proyecto.

No quiero más amores, que el Amor que busco es Amor de manantial con vida sin término.

No quiero más bellezas, que Belleza es sólo aquella que no muere con el tiempo.

No quiero más libertades, que ser libres es vivir en el interior del corazón que has hecho.

Tú, Señor del alba, mi Bien, mi creación nueva, donde juntos soñaremos en silencio.

No quiero un corazón de piedra, duro y podrido, que golpee a cada paso y sepa a estiércol; un corazón de piedra que muera solo entre las ruinas perdidas de un destierro.

No quiero un corazón de piedra que viva frío entre los hielos, las nieves de los viejo.

Quiero un corazón que sea humano, hecho de carne, como el tuyo nacido de la mujer y el silencio, que es pureza virginal y es Espíritu, hecho hombre para perder el corazón sin dueño.

Dame un corazón, Señor Jesús, manso y humilde, donde haya espacio para el que llegue corriendo, que mis manos enjugarán las gotas de sudor y refrescarán el cansancio y acompañarán el sueño.

Dame un corazón que sueñe mundos sin conquistar, que viva la utopía del hombre nuevo.

Dame un corazón que sea feliz conmigo mismo, que aprenda a quererse para querer sin ruegos.

Dame un corazón que sepa perdonarse siempre, para comprender y perdonar primero.

Dame un corazón orante como el tuyo que se abra al Padre, que es Padre nuestro.

Pastoral SJ