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pero nunca sin amor Las tres partes en que se divide la liturgia del Viernes Santo, expresan perfectamente el sentido de la celebración. · La liturgia de la palabra nos pone en contacto con los hechos que estamos conmemorando y su anuncio profético en el AT. · La adoración de la cruz nos lleva al reconocimiento de un hecho insólito que tenemos que tratar de asimilar y desentrañar. · La comunión nos recuerda que la principal ceremonia litúrgica de nuestra religión, es la celebración de una muerte; no porque ensalcemos el sufrimiento y el dolor, sino porque descubrimos la Vida, incluso en lo que percibimos como muerte biológica. Se han dicho tantas cosas (y algunas tan disparatadas) sobre la muerte de Jesús, que no es nada fácil hacer una reflexión sencilla y coherente sobre su significado. Se ha insistido, y se sigue insistiendo tanto en lo externo, en lo “folklórico”, en lo sentimental, que es imposible olvidarnos de todo eso e ir al meollo de la cuestión. No debemos seguir insistiendo en el sufrimiento. No son los azotes, ni la corona de espinas, ni los clavos, lo que nos salva. Muchísimos seres humanos has sufrido y siguen sufriendo hoy más que Jesús. Lo que nos marca el camino de la plenitud humana (salvación) es la actitud interna de Jesús, que se manifestó durante toda su vida en el trato con los demás. Ese amor manifestado en el servicio a todos, es lo que demuestra su verdadera humanidad y, a la vez, su plena divinidad. Mientras el cristianismo siga siendo un ropaje exterior, nos podremos sentir abrigados y protegidos, pero eso no nos cambia interiormente; y por tanto no nos salva. Si Jesús hubiera muerto de viejo y en paz, no hubiera cambiado nada de su mensaje ni las exigencias que se derivan de él. ¿Qué añade su muerte a la buena noticia del evangelio? Aporta una increíble dosis de autenticidad. Sin esa muerte y sin las circunstancias que la envolvieron, hubiera sido mucho más difícil para los discípulos, dar el salto a la experiencia pascual. La muerte de Jesús es sobre todo un argumento definitivo a favor del AMOR. En la muerte, Jesús dejó absolutamente claro, que el amor era más importante que la misma vida. Si la vida natural es lo más importante para cualquier persona en sano juicio, podemos vislumbrar la importancia que tenía el amor para Jesús. Aquí podemos encontrar el verdadero sentido que quiso dar Jesús a su muerte. La muerte de Jesús en la cruz, analizada en profundidad, nos lo dice todo sobre su persona. Pero también lo dice todo sobre nosotros mismos, si nuestro modelo de ser humano es el mismo que tuvo él. Además nos lo dice todo sobre el Dios de Jesús, y sobre el nuestro si es que es el mismo. Descubrir al verdadero Dios y la manera en la que podemos relacionarnos con Él, es la tarea más importante que puede desplegar un ser humano. Jesús, no solo lo descubrió él, sino que nos quiso comunicar ese descubrimiento y nos marcó el camino para vivir esa realidad del Dios descubierta por él. La buena noticia de Jesús fue que Dios es amor. Pero ese amor se manifiesta de una manera insospechada y desconcertante. El Dios manifestado en Jesús es tan distinto de todo lo que nosotros podemos llegar a comprender, que, aún hoy, seguimos sin asimilarlo. Como no aceptamos un Dios que se da infinitamente y sin condiciones, no acabamos de entrar en la dinámica de relación con Él que nos enseñó Jesús. El tipo de relaciones de toma y daca, que seguimos desplegando nosotros con relación a Dios, no puede servir para aplicarlas a ese Dios de Jesús. Por eso el Dios de Jesús nos desconcierta y nos deja sin saber a qué atenernos. El Dios de Jesús que se deshace, nos obliga a deshacernos. Un Dios que siempre está callado y escondido, incluso para una persona tan fiel como Jesús, ¿qué puede aportar a mi vida? Es realmente difícil confiar en alguien que no va a manifestar nunca externamente lo que es. Es muy complicado tener que descubrirle en lo hondo de mi ser, pero sin añadir nada a mi ser, sino constituyéndose en la base y fundamento de mi ser, o mejor que es parte de mi ser en lo que tiene de fundamental. Todo lo que soy y todo lo que puedo llegar a ser, ya me lo ha dado Dios. Nos descoloca un Dios que no va a manifestar con señales externas su preocupación por el hombre; sin darnos cuenta que al aplicar a Dios relaciones externas, le estamos haciendo a nuestra propia imagen. Naturalmente, al hacerlo, nos estamos fabricando nuestro propio ídolo. Nuestra imagen de Dios, siempre tendrá algo de ídolo, pero nuestra obligación es ir purificándola cada vez más. Dios no es nada fuera de mí, con quien yo pueda alternar y relacionarme como si fuera otro YO, aunque muy superior a mí. Dios está inextricablemente identificado conmigo y no hay manera de separarnos en DOS. Un Dios que nos exige deshacernos, disolvernos, aniquilarnos en beneficio de los demás, no para tener en el más allá un “ego” más potente (¿los santos?), sino para quedar incorporados a su SER, que es ya ahora nuestro verdadero ser, no puede ser atrayente para nuestra conciencia de individuos y de personas. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece sólo, pero si muere da mucho fruto”. Este es el nudo gordiano que nos es imposible desenredar. Este es el rubicón que no nos atrevemos a pasar. También nos dice todo sobre el hombre, la muerte de Jesús deja claro que su objetivo es manifestar a Dios. Si Él es Padre nuestra obligación es la de ser hijos. Ser hijo es salir al padre, imitar al padre de tal modo que viendo al hijo se descubra y se conozca perfectamente como es el padre. Esto es lo que hizo Jesús, y esta es la tarea que nos dejó, si de verdad somos sus seguidores. Pero el Padre es amor, don total, entrega incondicional a todos y en todas las circunstancias. ¡Demasiado para el cuerpo! No sólo no hemos entrado en esa dinámica, la única que nos puede asemejar a Jesús, sino que vamos en la dirección contraria. Nuestra pretensión “religiosa” es meter a Dios en la estrategia de nuestros egoísmos; no sólo en esta vida terrena, sino garantizándonos un ego para siempre. A ver si tenemos claro esto. No se trata de un mal trago que tuvo que pasar Jesús para alcanzar la gloria. Se trata de descubrir que la suprema gloria de un ser humano es hacer presente a Dios en el don total de sí mismo, sea viviendo, sea muriendo para los demás. Dios está sólo donde hay amor. Si el amor se da en el gozo, allí está Él. Si el amor se da en el sufrimiento, allí está Él también. Se puede salvar el hombre sin cruz, pero nunca se puede salvar sin amor. Lo que aporta la cruz, es la certeza de que el amor es posible, aún en las peores circunstancias que podamos imaginar. No hay excusas. El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida, es la clave para comprender que la muerte no fue un accidente, sino un hecho fundamental en su vida. El hecho de que le mataran, podía no tener mayor importancia; pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones, que la vida, nos da la verdadera profundidad de su opción vital. Jesús fue mártir (testigo) en el sentido estricto de la palabra. Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante puede decir: "Yo y el Padre somos uno". En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios. Dios está allí donde hay verdadero amor, aunque sea con sufrimiento y muerte. Si seguimos pensando en un dios de “gloria” ausente del sufrimiento humano, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús. Si pensamos que por un instante Dios abandonó a Jesús, tenemos todo el derecho a pensar que Dios tiene abandonados a todos los que están hoy sufriendo en parecidas circunstancias. Eso sería terrible. Dios no puede abandonar al hombre, y menos al que sufre. El que esté callado (en todos los sentidos) no quiere decir que nos haya abandonado. Al adorar la cruz esta tarde debemos ver en ella el signo de todo lo que Jesús quiso trasmitirnos. Ningún otro signo abarca tanto, ni llega tan a lo hondo como el crucifijo. Pero no podemos tratarlo a la ligera. Poner la cruz en todas partes, incluso como adorno, no garantiza una vida cristiana. Tener como signo religioso la cruz, y vivir en el más refinado de los hedonismos, indica una falta de coherencia que nos tenía que hacer temblar. Para poder aceptar el dolor no buscado, tenemos que aprender a aceptar el sacrificio voluntario. Tenemos que reflexionar mucho sobre esa muerte para comprender el profundo significado que tuvo para él y para nosotros. Su muerte es el resumen de su actitud vital y por lo tanto, en ella podemos encontrar el verdadero sentido de su vida. Se trata de una muerte que lleva al hombre a la verdadera Vida. Pero no se trata de la muerte física, sino de la muerte al “ego”, y por lo tanto a todo egoísmo. Este es el mensaje que no queremos aceptar, por eso preferimos salir por peteneras y buscar soluciones que no nos exijan entrar en esa dinámica. Si nuestro "falso yo" sigue siendo el centro de nuestra existencia, no tiene sentido celebrar la muerte de Jesús; y tampoco tendrá sentido celebrar su “resurrección”. fray Marcos - Fe Adulta |
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en la cruz conocemos el Amor En el relato de la Pasión de Juan, la figura de Jesús aparece majestuosa, es dueño de sí mismo. Ni siquiera se hace alusión al "abandono" de Jesús. (Juan es el único evangelista que tampoco habla de la angustia de Getsemaní ni del abandono en la cruz). Es una pasión triunfal, en que Jesús asume la cumbre de su vida como una ofrenda libre y consciente. Cada año se nos ofrece la oportunidad de vivir el desafío de la cruz. Jesús muere en la cruz rechazado por los jefes del pueblo, ejecutado por orden del procurador romano, como un sedicioso, sin muerte de profeta, con todos los signos externos tradicionales del rechazado de los hombres y del mismo Dios. Para sus enemigos, ésta fue la suprema confirmación de que no era el Mesías verdadero, sino un impostor. Para sus propios discípulos, supuso la gran crisis de su fe. La expresa muy bien el relato de los dos de Emaús: “nosotros esperábamos que él iba a ser el libertador de Israel, pero ya van dos días que murió…” Y es así, en efecto, con la muerte de Jesús en la cruz muere todo mesianismo davídico triunfante. Tenían razón los sacerdotes: no era éste el que esperaban. Pero no tenían razón, pues éste era el que debían esperar. Por esta razón tantos textos de la resurrección insisten en que Jesús les hace entender las Escrituras, les enseña a leerlas, les abre la mente para comprender. Eso es lo que debemos esperar del Viernes Santo: que nos abra la mente para entender y aceptar a Jesús y al Dios de Jesús. Ante el Jesús de Getsemaní y de la cruz, que clama a su Padre desde un profundo desamparo interior, y es denostado por sus enemigos que le retan a que baje de la cruz, muere definitivamente la imagen de Jesús falso hombre, deidad disfrazada de humanidad, dotada de especiales poderes que utiliza cuando le viene bien. Jesús muere porque ha resultado peligroso para los poderes religiosos que manejan a su vez a los poderes políticos. Los motivos de su muerte son bien humanos: su delito han sido sus curaciones y sus parábolas. Pero los sacerdotes han entendido muy bien, quizá fueron los que mejor entendieron a Jesús: si lo de Jesús triunfa, se acabó su poder, su templo, su status. Jesús se enfrentó a todo eso y fue crucificado porque ellos eran más poderosos. Así, sin más. La humanidad de Jesús resplandece en la Pasión de manera singular. Pero con esa muerte murieron también para siempre los sacerdotes, los ritos del Templo, la religión/poder, la opresión religiosa del pueblo por sus jefes, la teología para sabios iniciados, la santidad reservada a los puros, la ley como ocasión de condena, el servicio a Dios bajo temor… todo eso murió. Los que creyeron en Jesús se libraron de todo eso. También a ellos intentaron matarlos, aunque tuvieron que contentarse con expulsarlos de la Sinagoga. Y para nosotros, los que dos mil años más tarde seguimos a Jesús, todas esas cosas han muerto también. Jesús muere por los pecados, a causa de los pecados. Lo llevan a la muerte la desdeñosa pureza legal de los fariseos, la dogmática engreída de los escribas, la conveniencia política y económica de los sacerdotes, la razón de estado, el desinterés por la justicia de los gobernantes, la indiferencia del pueblo que aspira sólo a un mesías guerrillero, la cobardía de sus seguidores. Por todos esos pecados muere Jesús. Es decir, por la soberbia, la envidia, la venganza, la comodidad, la cobardía… los mismos pecados que hay en cada uno de nosotros, los que pueden causar nuestra muerte como personas y la de la humanidad como tal. Por eso, una lectura teológica de la muerte de Jesús entiende ante todo que el pecado es más poderoso que el Inocente, que el mal prevalece sobre el bien. Pero no es verdad. En los que siguen a Jesús se muestra que el pecado puede ser vencido, pero desde dentro, desde la conversión, desde el seguimiento. En ellos queda claro que Jesús puede quitar el pecado, que es verdaderamente el Libertador. Jesús crucificado muestra qué es el triunfo: llegar hasta el final, realizar su labor por encima de todo miedo y conveniencia, entregarse a la gente pese a quien pese, y cueste lo que cueste. Jesús crucificado muestra que es más que un hombre normal: es el hombre lleno del Espíritu, y es el Espíritu el que le hace capaz de ir hasta el final. Jesús pudo evitar su muerte. Simplemente, con no subir a Jerusalén a celebrar la Pascua. Simplemente con no pernoctar aquella noche en Getsemaní. Jesús pudo perderse en los desiertos del este y buscarse la vida en Petra o en la corte de Persia; facultades tenía de sobra para ello. Fue a la muerte porque aceptó dar la vida, anunciar el mensaje en el mismo Templo de Jerusalén. Jesús se entregó libremente, y una vez detenido y atado, ya no pudo escapar. Por eso, los jefes judíos se sintieron confirmados en que no era el Mesías. Por eso, sus discípulos estuvieron a punto de no creer en él. Y por eso, precisamente por eso, porque pudo escaparse y no lo hizo y porque cuando lo ataron ya no pudo escapar, por eso precisamente creemos nosotros en Él, en el Hombre lleno del Espíritu. En este crucificado descubrimos nosotros cómo es Dios. Por Jesús crucificado conocemos a su Padre, por Jesús crucificado podemos llamar a Dios Padre. Seguimos sintiendo la tentación de exigir al Todopoderoso un milagro en favor de su hijo. Seguimos añorando a los dioses impasibles milagreros. Seguimos deseando que a los santos todo les vaya bien y no tengan por qué sufrir. En resumen, seguimos pensando que la religión es una excepción de la vida, un continuo milagro, una magia aparte de lo cotidiano. Y Jesús crucificado nos muestra a la religión como la fuerza para asumir la vida hasta el final, como entrega al Reino con todas sus consecuencias. Ante todo esto, ¡que ridícula queda aquella teología que entiende la cruz como el sacrificio sangriento con el cual Jesús paga por nosotros la deuda del pecado para que el Padre nos perdone! Es como si Jesús fuera el bueno, capaz de aplacar con su sangre al Juez hasta entonces implacable. Pero nosotros sabemos que Jesús es así porque está lleno del Espíritu, es decir “porque se parece a su Padre”, porque es el Hijo. En la cruz conocemos al Padre. En la cruz conocemos el amor, y su verdadera naturaleza: más que un sentimiento, una capacidad de entrega hasta la muerte. Y en ese amor de Jesús reconocemos que es el Hijo, en el corazón de Jesús reconocemos el corazón del Padre. Y es por todo esto por lo que en la pasión y muerte de Jesús resplandece no sólo la humanidad sino la divinidad. Nos han malacostumbrado a entender que Dios resplandece en relámpagos luminosos y esplendores rituales. No, Dios resplandece en el corazón de ese hombre, en su impecable veracidad, en su inagotable capacidad de con-padecer, en su valor, en su consecuencia hasta el final. La divinidad no es un añadido que anula a la humanidad, sino la fuerza del Viento de Dios que potencia a la humanidad hasta límites insospechables. Una vez más: sólo Dios puede ser tan humano. La crucifixión de Jesús fue y es un suceso histórico. En el mundo entero y en la iglesia, siguen crucificando a ese Hijo de Hombre los pecados. Los pecados que destruyen a los hijos de Dios como quisieron destruir a Jesús. · Los pecados de políticos para quienes el pueblo no es más que ocasión de poder; · los pecados de sacerdotes, para quienes el servicio de Dios está en la grandeza del Templo; · los pecados de escribas, que prefieren la pureza de la Ley a la salvación de las personas; · los pecados de doctores, que prefieren su ciencia a la Palabra; · los pecados de santos, que utilizan su santidad para creerse justos ante Dios y apartarse del pueblo… Los mismos pecados que mataron a Jesús matan ahora a las personas y matan también nuestra fe en Jesús. El Viernes Santo nos obliga a examinar, con radicalidad, si persisten en nosotros la iglesia los pecados que mataron a Jesús. José Enrique Galarreta |
La
liturgia de este día, el más triste día de todo el año,
nos lleva a contemplar el misterio de la Pasión y Muerte
de Jesús. El ambiente en el Templo está preparado para
simbolizar el dolor de este día, mostrándonos los
conmovedores sufrimientos a los que estuvo sujeto
nuestro Señor, al cargar con nuestras culpas para
redimirnos. Recordemos que fue El -Cristo Jesús- Quien,
siendo inocente de toda culpa, pagó nuestro rescate
a un altísimo precio: su propia vida,
para que nosotros
-cada
uno de nosotros-
fuera
liberado del secuestro en que estábamos a causa del pecado
original y a causa de los pecados que nosotros mismos
hemos ido añadiendo a la culpa inicial de nuestros
primeros progenitores.En la Primera Lectura vemos al Profeta Isaías (Is. 52,13 - 53,12) describir las torturas a que fuera sometido nuestro Redentor. Y es sorprendente que el Profeta -con casi siete siglos de anticipación- hace esta descripción con un realismo tal, que pareciera las hubiera estado presenciando en el momento mismo en que Jesucristo las padeció. La lectura de la Pasión según San Juan (Jn. 18 ,1 - 19,42) que hemos leído hoy y la de los otros Evangelistas, nos muestran cómo fue Jesús “triturado con el sufrimiento”. Y el peor sufrimiento no fue el físico, ese martirio atroz que terminaría por destrozar su Cuerpo y darle una agonía y una muerte dolorosísima ... El peor sufrimiento fue el sufrimiento moral al que fue sometido el Señor. El ya había comunicado esa tristeza a los Apóstoles que se había llevado consigo al Huerto de los Olivos. Nos dice el Evangelio que “se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan; empezó a sentir terror y angustia” (Mc. 14, 33). Y antes de comenzar a orar les dijo: “Tengo el alma llena de una tristeza mortal. Quédense aquí conmigo velando” (Mc. 14,34). Muchos sufrimientos pesaban sobre el corazón acongojado de Jesús, mientras oraba al Padre. A estas traiciones, negaciones y soledades de sus más cercanos, se añadían las faltas, culpas y pecados de cada uno de nosotros. Todo esto pesaba sobre el Corazón de Jesús y le llevaba a sentir esa “tristeza mortal” que le refirió a sus Apóstoles. Pero la mayor y más profunda tristeza fue la de saber cuán desperdiciados serían los sufrimientos de su Pasión y de su vergonzante muerte en la Cruz. Y ¿por qué hablamos de desperdicio? Porque desperdicio es el desprecio de todas las gracias que Jesús nos obtuvo con su muerte en la cruz. Desperdicio es desaprovechar cualquiera de las gracias de salvación, todas esas gracias innumerables -infinitas- que nos obtuvo Cristo con su muerte ... gracias que nosotros dejamos de aprovechar al no querer escucharlo .. al no querer seguirle ... al creer que podemos nosotros disponer nuestra vida a espaldas de El ... etc., etc., etc. Y Jesucristo nos muestra lo contrario a todo esto con su Pasión y Muerte que hoy recordamos. El fue obediente hasta la muerte ... ¿Y nosotros? ¿Somos obedientes a la Voluntad de Dios? ¿Somos humildes, reconociéndonos que n a d a s o m o s ... sin Dios ... que nada podemos sin El? Jesús se nos muestra abatido, vencido por la debilidad, para justamente destruir nuestro orgullo -esa tendencia tan fuerte que tenemos todos los seres humanos y que está en la raíz misma de cada pecado que cometemos. Jesucristo se mostró fracasado ante la injusta persecución a que fue sometido, para enseñarnos humildad y obediencia ante los designios de Dios Padre ... ¿Y nosotros? ¿Qué pensamos del sufrimiento? ¿Qué pensamos de ese mandato del Señor en que nos anuncia que nuestro camino debe ser igual al suyo? ¿Qué pensamos de aquellas palabras de Jesús “el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”? ... ¿Qué pensamos de este mandato del Señor? ... ¿Lo seguimos? ... ¿Realmente? ... ¿Nos negamos a nosotros mismos y tomamos esa cruz que el Señor nos ofrece para seguir sus pasos? ... ¿O más bien al primer indicio de sufrimiento nos oponemos, cuestionamos a Dios, rechazamos sus designios y hasta lo rechazamos a El por considerar que es “injusto” con nosotros? ¿Pero ... es que no recordamos que el cristiano es seguidor de Cristo? ¿Y en qué debemos seguir a Cristo? ... Pensémoslo bien: seguir a Cristo es seguirlo en todo ... Y ¿qué nos muestra Cristo el Viernes Santo? Nos muestra que seguirlo a El es seguirlo también en el dolor y en el sufrimiento. Ciertamente, el sufrimiento humano no es querido por Dios. Recordemos que el sufrimiento entró en el mundo a causa del pecado del hombre. Sin embargo Dios permite el sufrimiento para la salvación del hombre. Y Dios puede sacar -como de hecho lo hace- un bien de un mal. Recordemos que los proyectos de Dios para cada uno de nosotros son infinitamente mejores que los que nosotros podamos proponernos ... pero a veces resultan incomprensibles, pues no estamos en sintonía con Dios, sino con nosotros mismos y con las cosas terrenas. Recordemos que Dios nos ama ... y que nos ama infinitamente. Al estar seguros de ese Amor Infinito de Dios nuestro Padre ... y estando en sintonía con El a través de una oración sincera, a través de una oración entregada a su Voluntad, podemos estar confiados -incluso en los momentos más difíciles y más dolorosos de nuestra vida- porque aquel accidente, aquella enfermedad, aquel contratiempo, aquella persecución -estamos seguros- forma parte del plan maravilloso de Dios para nuestra salvación. El camino de Cristo hacia el Calvario y la esperanza de su Resurrección nos muestra el camino que hemos de recorrer nosotros: no es en el triunfo terreno, no es en las glorias humanas, donde está la salvación. Es en el sacrificio de uno mismo, en la muerte de uno mismo, donde está el triunfo de la Resurrección y de la Vida Eterna. www.homilia.org |
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“En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo... Es allí, en la cruz donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esta mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amor” (DCE, 12). Hay pocas alusiones en la encíclica a la cruz; pero es esta una sabrosa cita. En la cruz Dios se pone contra sí mismo. ¡Qué forma de definir el amor! Expresa el sacrifico del Padre al entregar al Hijo. Hay que forzarse para amar. También me llama la atención cuando dice que es en la cruz y desde ella desde donde debemos definir el amor. Este es el propósito de hoy, intentar acercarnos a lo que es el amor desde la realidad del Viernes Santo, la muerte en la cruz de Jesucristo. Para acercarnos al misterio del amor, recurro a un párrafo de la encíclica (DCE, 17b), que creo que es muy revelador. Está dentro de una sección que se llama “Amor a Dios y amor al prójimo”, parte de la encíclica que es dónde se produce el punto de conexión con la segunda parte, donde el Papa hablará de la caridad en la Iglesia. En este capítulo plantea la unidad del amor de Dios y el amor al prójimo, unidad que, dice en este párrafo, debe nacer de la comunión con Dios. “... el amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor. Al principio hemos hablado del proceso de purificación y maduración, mediante el cual el eros llega a ser totalmente él mismo y se convierte en el amor en el pleno sentido de la palabra” (DCE, 17b). Sin duda que los sentimientos son algo propiamente humano, que nos hace a las personas ser bondadosos. Es muy conveniente sentir lo que se piensa, lo que se dice, lo que se hace; sobre todo si todo ello es positivo y bueno. Pero hemos de reconocer que no nos podemos dejar llevar por los sentimientos en la vida, pues no son “la totalidad del amor”. A veces, incluso, pueden ser un impedimento. Pensar, por ejemplo en un médico, que debe enfrentarse a la operación de su madre a vida o muerte. Los sentimientos le pueden entorpecer la operación. Pensar en los sentimientos que despierta en nosotros la presencia de un pobre que huele mal, que se mete con nuestra falsa caridad y que nos insulta. “Muchos se espantaban de él, como alguien ante quien se vuelve el rostro”. Cuando uno prima los sentimientos como lo principal en su vida, cosa que le pasa a muchas personas, es fácil que puedan vivir en la “dictadura de los sentimientos”, que imponen sus criterios y sus mezclas peligrosas de amor-odio. Incluso, hay que decir que, en esta fase inicial del amor, uno no puede pasar de amar sólo las sensaciones que el otro produce en él, sin llegar amar a la otra persona tal y como es. El amor es ante todo el bien hecho a la persona amada, no las sensaciones o sentimientos que produce en mi ese bien. Por eso sigue diciendo el Papa: “Es propio de la madurez del amor que abarque todas las potencialidades del hombre e incluya, por así decir, al hombre en su integridad. El encuentro con el amor de Dios puede suscitar sentimiento de alegría, pero implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento... Abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Esto es un proceso que madura..., hacia hacerse semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mi algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mi que lo más intimo mío” (DCE, 17) Así pues el amor es como la fe; no es sólo sentimiento, sino que debe implicarse la persona, también su entendimiento y voluntad, con el objetivo de estar en comunión, en este caso con Dios. El entendimiento y la voluntad son dos facultades básicas del ser humano que hacen que sus actos, sus actitudes, su vida, su libertad... sean algo humano: saber y querer. El cristiano ha de intentar saber, conocer, saborear, mirar con los ojos de Dios... entender la realidad desde Dios, desde sus criterios. Por eso es necesaria siempre la conversión: adecuar nuestra mente a la de Dios. Hasta llegar al punto de comprender el misterio de la cruz, esa opción que hace Dios de ponerse contra sí mismo; de entender cómo el amor lleva consigo la cruz. “El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento”. Con el convencimiento de que si estuviese dispuesto a entenderlo todo, desde Dios, estaría capacitado para amarlo todo. En la cruz, mirando la cruz, viviendo la cruz, se aprende el amor; la cruz es escuela de amor: “Con lo aprendido, mi siervo justificará a muchos”. El cristiano ha de rezar con especial devoción y auténtica disposición: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Hemos de aprender a querer lo que Dios quiere, cómo Dios lo quiere y cuándo él lo quiere. Para eso es necesario purificar nuestro concepto de Dios y de su voluntad, pues cuando decimos que se haga la voluntad de Dios, siempre nos ponemos en algo malo. Dios quiere nuestra felicidad. Otra cosa es llegar a comprender el misterio de la cruz en la felicidad del ser humano. Es lo que más nos cuesta, ceder espacio en nuestra vida a otra voluntad que no sea la nuestra; y, sin embargo, es la esencia de la religión. “Es causa de salvación para los que le obedecen”. El amor es saber, querer y sentir como Cristo. Sólo desde la comunión con Dios podemos definir bien el amor. Y aprender a “ponernos contra nosotros mismos” para dar vida a nuestro alrededor. En estos días se nos invita continuamente a darnos cuenta del amor de Dios por la humanidad, pero, y es este un mensaje central de nuestra religión y de la encíclica, no sólo para sentirnos queridos por Dios, que también, sino para sintonizar nuestro corazón con el de Dios y hacer nuestro su programa: “El programa del cristiano -el programa del buen samaritano, el programa de Jesús- es un “corazón que ve”. Este corazón ve donde se necesita el amor y actúa en consecuencia” (DCE, 31b). Y actúa de un modo humilde hacia el que sirve. “Cristo ocupó el último puesto en el mundo -la cruz-, y precisamente con esa humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente” (DCE, 35). Y quiero terminar las palabras de hoy con una oración, que expresa el ofrecimiento personal a Dios. Es de San Ignacio de Loyola: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad; todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis; a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponen a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esto me basta”. padre Pedro Crespo |
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"Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por los suyos" (Jn 15, 13), había dicho Jesús. Estas palabras fueron confirmadas con una muerte tan atroz como injusta e infamante. "Maldito quien cuelga de un palo" (Deut 21, 23). El empeño por parte de los judíos de que fuera Pilato quien le condenara a muerte tenía probablemente este objetivo: que la memoria de Jesucristo fuera maldita en el corazón de su pueblo. Sin embargo, este drama en el que la malicia humana y el Amor de Dios llegan al colmo, crea un orden nuevo: Dios saca de este gran mal el bien supremo de la Redención del mundo. La Cruz de Cristo, a la que nos invita a mirar la Liturgia de este Viernes Santo, se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva (Cfr Jn 7,37-38). "La prueba de que Dios nos ama, dice S. Pablo, es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros, ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvados del castigo" (Rm 5,8-9). Dios ha redimido al mundo mediante el sufrimiento, un dolor que alcanza las fronteras del misterio. "Cuando Cristo dice: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’, sus palabras no son sólo expresión de aquel abandono que varias veces se hacía sentir en el AT, especialmente en los Salmos y concretamente en el S. 22(21), del que proceden las palabras citadas. Puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre ‘cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros’. Junto con este horrible peso, midiendo todo el mal de dar las espaldas a Dios contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina de la unión filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios. Pero precisamente mediante el sufrimiento Él realiza la Redención, y expirando puede decir: ‘Todo está acabado’" (Juan Pablo II, S.D. n. 18). Así como en el árbol del Paraíso la desobediencia humana trajo el dolor y la muerte, en este árbol de la Cruz la obediencia mató a la muerte y nos abrió las puertas de la Vida Eterna. "Amo tanto a Cristo en la Cruz, dice San Josemaría Escrivá, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: ...Yo sufriendo, y tú... cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú... negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que cabe por amor tuyo... y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña..." (Via Crucis, XI Estación n. 2). El amor es sufrido, recuerda S. Pablo (Cfr 1 Cor 13). ¿Quién se sentirá con derecho a quejarse cuando contemple estos atroces sufrimientos de Nuestro Señor? ¡Ser sufridos! Procuremos proyectar esta cualidad sobre nuestra vida ordinaria, en esas situaciones nada solemnes de nuestro acontecer diario. "¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! Piensa, entonces, qué es lo más heroico" (Camino, 204). ¡Ser sufridos ante las tentaciones del amor propio, la sensualidad..., y cuando advirtamos que nuestro comportamiento cristiano "choca" en el ambiente en que me desenvuelvo! "Nosotros debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo" (Gal 6,14), nos recuerda inspiradamente S. Pablo, porque ahí está nuestra salvación aunque nos cueste creerlo y nos rebelemos. La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo, lleva consigo la certeza interior de que quien sufre "completa lo que falta a los padecimientos de Cristo", porque nosotros somos miembros de un Cuerpo cuya Cabeza es Él. Debemos enfocar nuestras penas y dificultades con un talante recio y sobrenatural. Tal vez no podamos solucionar ciertos contratiempos, pero sí podemos no torturarnos con ellos. Podemos buscar con serenidad una solución, no un motivo más de amargura y, sobre todo, podemos ver en ellos la Cruz que nos asocia a la obra redentora de Jesucristo. ¡Cuántas cosas que nos hacen sufrir física y moralmente se soportarían mejor si no dudáramos de que el Corazón del Señor sufre con el nuestro! ¡El Corazón de Jesús y el mío sufren juntos! ¿No somos una cosa con Él? ¿No nos ha asegurado que cualquier cosa que padezcan los que creen en Él la padece Él mismo? (Cfr Mt 25). ¡"Señor, auméntanos la fe"! (Lc 17,5), le decían los discípulos cuando no entendían una enseñanza Suya. ¡Repitámoslo también nosotros poniendo por intercesora a la Madre de Jesús y Madre nuestra! padre Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba |
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MENSAJE DOCTRINAL El sufrimiento vicario. Es difícil para el hombre entender este concepto. En nuestra experiencia sabemos que el dolor se vive en soledad. Incluso cuando alguien nos acompaña y nos consuela en el dolor, la soledad no nos abandona, forma parte integrante de nuestro dolor. A la vez la experiencia humana nos enseña que hay en el corazón humano, sobre todo en el corazón de las personas que se aman, un anhelo, tal vez indefinible pero realísimo, de ponerse en el lugar del amado que sufre. Por ejemplo, una madre, un padre en lugar de su hijo moribundo. Esta experiencia humana contrastante y complementaria nos prepara en cierta manera para la comprensión del sufrimiento vicario de Cristo a lo largo de su vida, pero de una manera explosiva en la pasión y en la muerte de cruz. En Getsemaní, en el camino hacia el Calvario y en la cumbre del Gólgota, Jesús sufre haciendo suyos nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestra agonía y nuestra muerte. Sufre asumiendo nuestros pecados, todos y de todos sin excepción, pecados que son la causa originaria y radical de todo el humano sufrir. Es posible afirmar que la pasión de Cristo es nuestra pasión hecha suya. La angustia de Getsemaní más que de Jesús es nuestra, y él se la apropia. Los espasmos sobre la cruz en las horas de la agonía son nuestros, y él los soporta por nosotros. Lo que en la figura del Siervo de Yahvéh es un simbolo del pueblo judío (primera lectura), se hace cruda realidad en la carne y en el alma de Jesucristo. El cristiano, por tanto, ha perdido el derecho de vivir en soledad el propio sufrimiento. Cristo, varón de dolores, lo ha vivido primero por él y ahora lo revive con él. ¿Quién sufre en Jesús de Nazaret? Sufre, ante todo, el hombre Jesús. Es su carne la que suda sangre en Getsemaní, es su sangre la que se desliza por su cuerpo a causa de los latigazos y de los clavos, es su sensibilidad la que se ve sacudida al ser coronado de espinas, es su honor el que sufre al ser abofeteado, es su sentido de la dignidad humana el que se ve profundamente afectado cuando en su agonía es objeto de burla y de escarnio. Sufre también el sumo sacerdote Jesús. El sumo sacerdote de la antigua alianza ponía los pecados del pueblo sobre un macho cabrío, el día de la expiación. Cristo, sacerdote sumo de la nueva alianza, los pone sobre sí, los lleva consigo a la cruz, los lava con su sangre, los destruye con el fuego de su amor misericordioso (segunda lectura). Igualmente sufre Jesús en cuanto Siervo de Yahvéh, que representa al nuevo pueblo de Israel, a la Iglesia de Cristo. Todos los pecados de los cristianos están presentes en la pasión de Cristo. Y todos ellos quedan originariamente perdonados por los méritos del Crucificado. Sufre, finalmente, Jesús, el Hijo del Dios vivo. De aquí, y sólo de aquí, proviene la posibilidad y la eficacia de su sufrimiento vicario, el valor universal y salvífico de todo su sufrimiento. Hermano nuestro, en la naturaleza humana, conoce nuestras flaquezas y puede compadecerse de nosotros. Hijo de Dios, en su persona y naturaleza divinas, está capacitado para que su vida, y, sobre todo su dolor, tengan un poder sobrehumano, infinito y absolutamente eficaz por su origen, universal por su destino. SUGERENCIAS PASTORALES Gracias, Varón de dolores. Es justo, y honra a todo cristiano, –e incluso a todo hombre– el dar gracias, este Viernes santo, al Crucificado, al Hijo de Dios, que se ha hecho esclavo, no-hombre para que el hombre no se olvide de estar llamado a ser plenamente hombre. Gracias, oh Crucificado, porque has querido sufrir por nosotros hasta no parecer hombre y no tener aspecto humano; gracias, porque elegiste ser abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento para que sintiéramos tu presencia en los nuestros; gracias, oh Jesús, trono de misericordia y de perdón, porque quisiste sufrir por nuestro bien y curarnos con tus llagas. Gracias, oh Redentor, porque te entregaste a la muerte y compartiste la suerte de los pecadores. Gracias porque sufriste el arresto de los hombres, para acompañar a todos los arrestados de la historia, de nuestro tiempo, a veces, al igual que tú, sin culpa alguna. Gracias, hermano del hombre, porque con tu mirada lavaste la negación de Pedro y la de todos los que hoy continuamos sin razón alguna renegando de ti. Gracias, oh Verdad sublime, porque en los supremos momentos, como a lo largo de la vida, pusiste la verdad por encima incluso de la vida, como lo han hecho, siguiendo tus pasos, tantos mártires del pasado y de nuestros días. Gracias. Gracias, oh el más digno de entre los hombres, porque aceptaste la ignominia de ser pospuesto a un criminal, como lo era Barrabás, Tú, el Inocente. Gracias, oh el hombre más libre de la historia, porque no desdeñaste la muerte del esclavo y convertiste el signo del oprobio en signo victorioso de gloria. Gracias, oh Crucificado, porque con tu cruz has redimido al mundo. El arte de sufrir. Sufrir es connatural a la condición humana, pero el arte de sufrir se aprende, requiere de una lenta y constante educación. El Viernes santo es para los cristianos, y para todo ser humano, una escuela excelsa del dolor. El Viernes santo aprendemos a sufrir en silencio, con Jesús, como Jesús. El Viernes santo Jesucristo nos da la gran lección de aceptar el sufrimiento y la cruz, aunque no se sea culpable, en virtud de un motivo superior que es el amor a Dios y a los hermanos. El Viernes santo se nos enseña –¡qué gran lección!– a perdonar al que nos ha hecho mal, a orar por el que se burla de nosotros y es causa de nuestro dolor. En la escuela del Viernes santo aprendemos a sufrir con paciencia y con amor, aceptando los acontecimientos y las circunstancias, tal como Dios los ha querido o los ha permitido para nuestro bien. El viacrucis del Viernes santo se nos presenta como el viacrucis de la vida humana: en él se van entremezclando amor y odio, golpes y consuelos, esbirros y verónicas, sumos sacerdotes y cireneos, ultrajes y lágrimas, ladrón que blasfema y ladrón que se arrepiente, la madre que le acompaña en su dolor y los discípulos que lo dejan en su soledad, quienes se reparten sus vestidos y quienes compran lienzos y aromas para su sepultura. Cristo acepta todo ello. Sufre, porque es mucho el peso físico y moral cargado sobre su pobre cuerpo maltrecho. Sufre, porque hace sufrir a sus seres queridos, a tantas personas que le aman de veras. Sufre, para que nosotros sepamos sufrir con él y como él. padre Antonio Izquierdo |
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Pilatos no era un hombre malo. Al fin y al cabo era un pagano y un súbdito del César. Son los Sumos Sacerdotes quienes le complicaron la vida. A él no le decía nada que un Judío se llamase Jesús o dijese que era Hijo de Dios. Y le interesaba menos todavía si quebrantaba la ley o estaba contra la ley. Mientras no pusiese en riesgo los intereses de Roma, el resto le resbalaba. Fueron ellos los que le metieron en el lío de Jesús. Fueron ellos los que lo presionaron. Prácticamente lo pusieron contra la pared: “Estás contra el César”. Y Pilatos ya sabía lo que significaba una acusación ante el Emperador. Y cuando los grandes sienten que les tiembla el sillón: Se mueren de miedo. Se les oscurecen las ideas. Se les paraliza la voluntad y la libertad. Ve que todo aquello es un lío religioso interno de ellos mismos. Ve que allí hay demasiados intereses personales. Ve que allí hay mucho de mentira. Contempla a aquel pobre hombre que le han traído y se da cuenta de que políticamente es un infeliz. A lo más puede ser un iluso que ha soñado con ser rey. Lo siente como inofensivo. Además, la serenidad de su rostro le está diciendo que allí hay un hombre sano, sin mayores pretensiones. Le pregunta y él calla. Le hace saber que su vida depende de él y sigue callado. Esto le desconcierta todavía más. Oye hablar de la verdad y pregunta ¿qué es la verdad? ¿Qué es la verdad para quien no tiene más verdad que el poder? ¿Qué es la verdad para quien no cree en la verdad? ¿Qué es la verdad para quien no tiene interés en conocerla? En el fondo, no parece tener malos sentimientos. Trata de liberarlo, pero las presiones son más fuertes. Hasta los hombres sin conciencia tienen momentos en los que su conciencia vuelve a aflorar. Siente estar ante un inocente pero también siente su impotencia. Es que el poder de los grandes termina siendo débil. El poder es grande hacia fuera, pero por dentro carga demasiada debilidad. Porque esconde el miedo. Porque esconde la indecisión. Porque el sillón tiene más fuerza que la cabeza. Porque el poder pesa más que la conciencia. Pilatos no parece malo. Pero detecta el poder. Pilatos no parece malo. Pero perder el poder hace que sus ideas se le crucen en su cabeza. Lo declara públicamente inocente. Y sin embargo decide firmar la sentencia. Lo reconoce inocente y sin embargo lo condena a la muerte. Pilatos no es el único en la historia. ¿No llevamos cada uno un Pilatos dentro de nosotros? Clemente Sobrado C. P. |
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La señal del cristiano es la santa cruz. El discípulo, como su maestro. Si a Él le crucificaron, a sus seguidores también. Y les crucificarán los mismos: el dinero, el poder y los dioses. Jesús no dio ningún motivo ‘revolucionario’ para que le matasen. No fue un agitador social ni un líder político ni un guerrillero. No lo mataron por eso, aunque le acusaron de eso, calumniándole, para que los romanos quisieran matarle. Lo mataron por ser un revolucionario mucho mayor: por creer en un Dios distinto, por considerar a todos iguales, por preferir a los pequeños, por pasar del poder y del dinero. Y por eso no nos matan a nosotros. Porque seguimos creyendo en los dioses, porque no consideramos a todos iguales, porque no preferimos a los pequeños, porque no pasamos del poder y del dinero. Jesús era peligroso, nosotros no. No nos parecemos; así de sencillo. El Dios de Jesús es peligroso, porque no se sienta arriba con poder para juzgar, sino que está debajo para sustentar, dentro para fermentar. Y eso no vale para asentar en los dioses el poder y la dignidad. Esto no les gusta nada a los sacerdotes, porque su dignidad se deriva directamente de la dignidad de dios, y si dios no está arriba, ellos tampoco. Para Jesús todas las personas son iguales porque todos son hijos. Ni por ser rico ni por ser pobre se es más ni menos. Esto no les gusta nada a los ricos. Es muy incómodo tener un hermano pobre, compromete, afea, es fuente de numerosas molestias. Tampoco les gusta del todo a los pobres: es molesto que el rico sea mi hermano, no podremos odiarle y matarle sin sentir remordimientos. Es mucho más sencillo que sea sin más mi enemigo. Para Jesús son antes los pequeños, sencillamente porque necesitan más. Y las madres y los médicos y los pastores y los maestros… emplean más tiempo y más esfuerzo en los que necesitan más. Esto no les gusta nada a los grandes, porque les impiden disfrutar en paz de su grandeza, les llena de preocupaciones, no pueden quedarse sin más con lo que Dios les ha dado, se sienten responsables y por tanto despojados de su libertad. Y sobre todo, se sienten desprestigiados. Ser grande ya no es un mérito adquirido, una bendición de Dios, sino un compromiso, un talento, una responsabilidad. Pasar del poder y del dinero es de locos. Todo el mundo corre enloquecido tras el poder y el dinero. Hay que comprar cosas para disfrutar de cosas, hay que tener poder, prestigio, status, influencia… Meta de la vida. ¿A qué loco se le ha ocurrido que el poder y el dinero no son buenos? Pues, a Jesús, que ha descubierto algo tan sencillo como esto: el poder y el dinero son bienes pegajosos, tienden a apoderarse del que los tiene y lo deshumanizan. A Jesús, que observa que el poder y el dinero son difícilmente compatibles con la compasión, la sencillez y la libertad. Poder para servir a los pequeños, dinero para aliviar a los pobres… Entonces, ¿para qué quiero el poder y el dinero? Nuestra cultura ha resuelto a veces el problema con mucha inteligencia: la limosna, el porcentaje: el 90% del poder y el dinero para mí, para mi satisfacción: el 10% para justificarme y conseguir mejor imagen. O sea, también para mí. Un gobernante que use el poder para servir a la gente, sobre todo a los más pequeños, no genera riqueza y poder para sus amigos, no reparte más que cargas… no durará mucho en el poder; será crucificado como gobernante. Un empresario que tiene menos interés en los beneficios que en el nivel de vida de los obreros sirve mal a la clase empresarial. Será crucificado. Un matrimonio que gasta poco, que no renueva el guardarropa en cada estación, que tiene más de dos hijos, que no cambia de coche cada dos años, que pierde todos los días varias horas con sus hijos, que reduce su consumo a lo razonable, que recicla, que reutiliza, que comparte… es odioso; parece que te esté echando en cara todos los días cada cosa que haces… ni siquiera se puede hablar con ellos de las cosas normales. Será marginado, sutilmente, cotidianamente… Será crucificado. Un cura que no predica de la iglesia y sus dogmas y órdenes sino de Jesús y sus compromisos, que no hace teología dogmática sino que cuenta parábolas, que no manda en su iglesia sino que anima, aconseja, invita, carga con lo menos atrayente, se mete en los líos de la gente … no llegará a Obispo. Será crucificado. Y así tantos y tantos. Todos los que quieran vivir piadosamente, siguiendo a Jesús, sufrirán persecución. Todos, menos nosotros, que seguimos a Jesús estupendamente bien, creemos lo que hay que creer, esperamos lo que hay que esperar, cumplimos lo que hay que cumplir según lo mandan los representantes de Cristo en la tierra, y vivimos tan ricamente, ajenos a la compasión, respetados por el poder y por el dinero, disfrutando aquí del ciento por uno y seguros del premio de la vida eterna, y tan lejos de la cruz como sea posible. Aunque, eso sí, la exhibimos por todas partes, la llevamos colgadita al cuello, la besamos. Bonitas cruces, de madera, de plata, de marfil, adornadas con brillantes, obras de arte quizás. La única palabra que se me ocurre ahora es “farsa”. José Enrique Galarreta |