JUVES SANTO

ciclo C

El servicio es la muestra de un amor hasta el extremo

Ex 12,1 - 8.11 - 14: Prescripciones sobre la cena pascual

Jesús pasó la última tarde de su vida en Jerusalén en el círculo de sus discípulos, probablemente también en compañía de las mujeres que habían ascendido a la ciudad santa con él.

Fue esa tarde, la tarde de una fiesta pascual? Parece superflua la pregunta. Sin embargo hay razones para establecerla. Y de la relación que se establezca entre el ambiente pascual y la cena de Jesús depende en gran parte la interpretación que se deba hacer del acontecimiento histórico de la muerte y resurrección del Señor.

Si de todos modos aceptamos que Jesús y sus discípulos se reunieron para celebrar una cena pascual, entonces conviene que recordemos los pormenores de esta celebración. En Num 9,13 se deja entrever la seriedad que reviste para un judío celebrar la fiesta: no celebrarla es como no pertenecer ya al pueblo. Según Ex 12,3, la fiesta debía ser una fiesta familiar. La inmolación y el ofrecimiento del cordero, que debía ser realizada por algunos de los miembros de la familia en representación de la comunidad, debía tener lugar en el atrio de los sacerdotes “entre las tardes”, es decir, en el tiempo que precedía al comienzo de la puesta del sol. (cfr Ex 12,6).

La Haggada pascual orientaba la celebración, en el sentido de la memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto (Ex 12,26s). Comer las carnes del cordero, beber el vino, compartir el pan sin levadura, que debía recordar con las hierbas amargas la miseria vivida en el Egipto, constituían el ritual que estaba acompañado de bendiciones y de la recitación de los salmos del Hallel.

En la cena festiva, el ambiente estaba impregnado por el recuerdo alegre y confiado de la liberación, que tuvo siempre una eficacia esperanzadora en épocas difíciles. En estas circunstancias Jesús tenía conciencia de su muerte y habló de ella. Los textos de Mc 14,25 y Lc 22,18 constituyen una profecía de la muerte. Jesús expresa, ante la probabilidad de su muerte, la confianza y la confirmación de su mensaje del Reino. No es necesario señalar que en esta sentencia de Jesús hubiera otras intenciones que tener en cuenta. Es suficiente y fundamental pensar, al leer estos textos, la intención escatológica de Jesús, que él relaciona estrechamente con la convicción de la posibilidad de su muerte.

En estas circunstancias, Jesús ha realizado una verdadera interpretación teológica de su propia muerte, en un sentido salvífico, indisolublemente ligada con su proyecto del Reino de Dios. Y, de nuevo, en este contexto tiene una importancia muy grande la relación que Jesús establece entre su muerte, así interpretada, y los elementos de la cena: el pan y la copa de vino. Comer el pan y beber la copa constituyen algo completamente comprensible en el contexto de una cena judía, pero ahora esta acción tiene que ver con la interpretación de la muerte de Jesús, que él mismo ofrece.

Jesús debió haber dicho otras cosas y debió haber compartido otros sentimientos con sus discípulos. Pero la tradición ha conservado sus sentimientos ligados principalmente con la acción del pan y de la copa. En cuanto a la última, no sabemos con seguridad si en la cena pascual, en tiempos de Jesús, se utilizaba o no una sola copa, en un momento determinado, pues todos tenían sus propias copas. La tradición cristiana recuerda, en todo caso, la utilización de una sola copa como característica de la cena del Señor (cfr 1 Cor 10,16).

Las palabras de Jesús que nos han sido conservadas para comprender el sentido del pan y de la copa compartidos, implican pues una interpretación salvífica de su muerte, tanto en el sentido de al expiación y de la representación (”morir por”, “para el perdón de los pecados”), como en el sentido de una nueva alianza.

Jesús, que interpretó así su muerte y la relacionó intrínsecamente con los dones de la cena, le dejó a la comunidad de sus discípulos la posibilidad de vivir siempre la realidad de una nueva alianza con el Dios salvador, en el sentido del Reino definitivo que había anunciado. La relación entre alianza y Reino ya tenía una tradición importante, pero en la acción de Jesús adquirió una importancia trascendental y original para sus seguidores.

Haced esto en memorial mío: Este mandamiento del Señor es verdaderamente sagrado para los seguidores de Jesús. La experiencia comunitaria vivida originalmente por los discípulos se convierte en algo posible en todos los tiempos para los cristianos. Se trata de entrar en el destino histórico de Jesús, que es la historia misma de Dios, su Reino, que acontece definitivamente en la manifestación suprema del amor.

Participar así en el destino del Maestro significa hacer, de manera insuperable, la fraternidad humana. La cena del Señor es la asunción, por parte de los cristianos, de lo que nos une más profundamente: la vida misma del Maestro, la historia del Hijo del Padre en la que participamos todos como hijos también y como hermanos los unos de los otros.

Y la cena Pascual cristiana fue originalmente una pascua judía. Para los cristianos es el modelo de la celebración eucarística, el modelo de la celebración del misterio de la Pascua. Cada uno de nosotros somos los protagonistas de la Cena del Señor. Y cuando celebramos hoy una comida juntos, tenemos que hacerlo con la mentalidad de Jesús, una comida que anticipa el reino de Dios, una comunidad dispuesta al servicio que la fortalece y enriquece, pero sobre todo una comunidad de todos los hombres unidos por el lazo más fuerte: el amor.

Primera lectura: Éxodo 12,1-8.11-14

De la esclavitud a la libertad

La Pascua siempre ha sido una fiesta de liberación cuyos orígenes se remontan a costumbres anteriores ala Pascua del pueblo judío. En efecto, los pastores nómadas antes de emprender su viaje, en busca de mejores pastos para sus rebaños en la noche de luna llena, más cercana al equinoccio de primavera, sacrificaban un cordero o un cabrito nacido el año anterior, macho, sin defecto; para que no perdiera su energía vital, al comerlo no podían romperle ningún hueso. Además como estaban en una región desértica, sin agua, el animal no era cocido en agua, sino asado al fuego.

Con su sangre rociaban las entradas de sus tiendas de campaña para evitar la entrada de los espíritus malignos portadores de enfermedades y desgracias. Como debían partir antes de la salida del sol, comían de prisa, calzadas las sandalias, el bastón en la mano y listos para partir. El sacrificio y la comida tenían como fin asegurarse la protección de sus dioses en el camino que iban a emprender, donde podían encontrar salteadores y otros peligros.

Estos mismos ritos fueron adoptados por los israelitas cuando celebraron la Pascua; pero para ellos cambiaron de significado. Con la sangre del cordero marcan sus puertas para evitar la entrada del ángel exterminador; el cordero no sólo era inmolado, sino también comido; de esta manera los comensales se comprometían aún más con el misterio de la fiesta. La Pascua entre los judíos, unida indisolublemente a la liberación de Egipto, se reactualizaba en la liturgia, es decir se hacía presente como si ellos fueran los protagonistas y de esta manera el pasado se mantuvo vivo y los proyectaba hacia el futuro.

La mención de la sangre nos introduce en pleno sacramentalismo del Antiguo Testamento y por ella se opera la continuidad entre la Pascua judía y la Pascua cristiana. Pascua es la gran fiesta de la liberación de la servidumbre y de la muerte, donde la sangre del cordero juega una función redentora; más aún, como Egipto en el Antiguo Testamento es la tierra del pecado, la salida de Egipto es una liberación de la esclavitud material y de la del pecado. La Biblia concibe la salvación a medida que se desarrolla la revelación como una salvación del pecado. San Pedro desarrollando esta idea nos dice: habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de nuestros padres, no con plata y oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha ( 1Pe 1,18b-19).

Salmo 115 (116): Señor, yo soy tu siervo, hijo de esclava, pero rompiste mis cadenas.

Este salmo es un cántico de acción de gracias y de confianza en el Señor que le ha librado de las cadenas de la esclavitud. Este salmo lo podemos leer a tres niveles: el canto del pueblo de Israel que en la libertad sabe que el Señor lo ha librado de la esclavitud en que vivía en Egipto. También es el canto de Cristo resucitado, que sabe que su Padre lo ha liberado de las cadenas de la muerte. Pero también es el canto de toda la Iglesia cristiana, liberada de las cadenas del pecado por la Pascua de su Salvador.

La respuesta del orante a la liberación con el voto de alabanza y sacrificio de acción de gracias, parece privilegiar la alegría y el agradecimiento del pueblo cristiano liberado definitivamente del pecado, de la muerte y de la ley, que celebra esta reconciliación en la eucaristía en presencia de su Señor muerto y resucitado por él.

Segunda lectura: 1 Cor 11,23 - 26

Cada vez que comen de ese pan y beben de esa copa, proclaman la muerte del Señor.

Encontramos aquí el testimonio más antiguo de la celebración eucarística. Pablo transmite la tradición que él recibió de los discípulos de Jesús, al mismo tiempo que muestra que la eucaristía no es una celebración que recuerda un hecho pasado, sino que está abierta al futuro, a todos los tiempos, porque en ella anunciamos la muerte del Señor, la obra salvífica de Dios que ofrece a todos, en todas las épocas.

La Pascua judía tiene para los cristianos un nuevo sentido; como el texto del éxodo narraba la celebración litúrgica judía, Pablo muestra la celebración litúrgica cristiana como una nueva pascua, con el anuncio de la liberación bajo el signo de la sangre que ahora se ha transformado en pan y vino. Es el mismo rito de la alianza y de la reconciliación, con paralelos que permiten comprender la celebración cristiana desde el sentido de la Pascua judía:

la noche de la salida de Egipto/la noche de la Pasión

el cordero del éxodo/el cordero pascual memorial de las pruebas del desierto/memorial del sacrificio de Jesús

Pablo dirige su atención sobre todo a la asamblea y muestra como una celebración indigna de la Eucaristía desemboca en el menosprecio del Cuerpo místico de Cristo constituido por la asamblea y cómo ésta es el símbolo de la reunión de todos los hombres y mujeres en el reino y en el Cuerpo de Cristo. Una comunidad dividida por el odio y el desprecio a los demás no puede dar testimonio de esa unión, es más bien un escándalo.

Evangelio: Juan 13,1-15

¿Comprenden lo que hecho por ustedes?

Jesús antes de partir de esta vida, quiere que sus discípulos comprendan, con un gesto simbólico, lo que significa su misión: el lavatorio de los pies es la expresión del compromiso por el servicio a la comunidad que se le ha encargado. Es muy significativo que en el lugar en que los evangelios sinópticos colocan la última cena, Juan, sin decir una palabra sobre esta cena, describe el signo más diciente del amor y del servicio, porque cuando había llegado la hora, en el momento en que su misión termina, Jesús quiere demostrar su compromiso definitivo con la humanidad por medio del servicio.

El lavado de los pies era un gesto que en la antigüedad mostraba acogida y hospitalidad; de ordinario lo hacía un esclavo o una mujer, la esposa a su marido, los hijos o las hijas al padre un gesto de deferencia o de consideración excepcional para con los huéspedes. Jesús rompe con la tradición: no pide ayuda. Él, que preside la cena y dentro de ella, realiza el lavatorio de los pies, demostrando que no hay alguno mayor que pudiera ser el primero; la comunidad de sus discípulos se conforma en la igualdad y en la libertad como fruto del amor; y el Señor se convierte en el servidor, porque la verdadera grandeza no está en el honor humano sino en el amor que transforma a los hombres y mujeres en la presencia de Dios en el mundo.

Dicho gesto se comprende bien dentro de la teología de la encarnación del mismo Juan y también en el sentido de la misma en Pablo (cfr. Flp 2,5-8). Pero el gesto no apunta simplemente a presentarnos una teología propia de Juan, puesto que no es difícil encontrar en la otra tradición evangélica, la de los sinópticos, la misma inspiración naturalmente no dramatizada: por ejemplo en Lc 22,27, en el contexto de la cena, nos son transmitidas palabras muy significativas de Jesús en el mismo sentido: Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

Por otra parte, el mismo relato indica que el lavatorio de los pies es un medio por el cual los discípulos “tienen parte con” su Maestro (Tendrás parte conmigo: 13,8), lo que nos hace comprender que dicho gesto pertenece al cuerpo general de los preceptos destinados a los discípulos como comunidad cristiana, aunque no sea difícil referirlo a la actitud de quienes son asociados a la misión del Maestro en cuanto tal.

Estaba cenando con sus discípulos, nos dice el evangelista Juan que se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura. Minuciosamente nos describe la escena porque cada uno de estos detalles revelan el verdadero sentido de la acción que Jesús va a ejecutar: el verdadero amor se traduce en acciones concretas de servicio. Cuando se dice que Jesús dejó el manto se expresa cómo deja de lado su vida, la vida que él da por sus amigos. Luego toma un paño, como el que usaban los sirvientes que es, por lo tanto, símbolo del servicio.

Jesús niega la validez de los valores que el mundo ha creado; al ponerse de rodillas ante sus discípulos, Jesús, Dios entre los hombres, destruye la imagen de Dios creada por la religión: Dios recupera su verdadero rostro con el servicio. Dios no actúa como un soberano celeste, sino como un servidor del hombre porque el Padre que no ejerce dominio sino que comunica vida y amor, no legitima ningún poder ni dominio. Lo que Dios hace por el hombre es levantarlo a su propio nivel; Jesús es el Señor, pero al lavar los pies a los suyos haciéndose su servidor, les da también a ellos la categoría de señores. Su servicio por tanto elimina todo rango porque en la comunidad que él funda cada uno ha de ser libre; son todos señores por ser todos servidores, y el amor produce libertad.

Sus discípulos tendrán la misma misión: crear una comunidad de hombres y mujeres iguales y libres porque el poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder, ya que la grandeza y el poderío humanos no son valores a los que él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar.

Pedro rechaza que el Señor le lave los pies lo que indica que éste no ha entendido la acción de Jesús. Él piensa en un Mesías glorioso, lleno de poder y de riqueza y no admite la igualdad. Aún no sabe lo que significa amor, pues no deja que Jesús le manifieste la grandeza de su amor y su medida: igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros. La medida de nuestro amor a los demás es la medida en que Jesús nos ha amado y esto que parece imposible, se puede hacer realidad si nos identificamos con él. Deberíamos poder decir como Pablo: No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

En cuanto a su significación, cada vez tenemos que repetir con el mismo entusiasmo que este relato del evangelio de San Juan nos transmite un mensaje verdaderamente central de la existencia en Jesucristo: la vida del Maestro ha sido un testimonio constante de la inversión de valores que hay que establecer para poder hacer parte del Reino de Dios. No es el poder, ni la dignidad accidental, ni ningún otro motivo de dominación lo que constituye el secreto de la verdadera sabiduría de Dios. El gran valor que ennoblece al hombre es el de tener la disposición permanente para servir.

Jesús lo ha proclamado, según el evangelio de Juan, por medio de una parábola que tiene fuerza incomparable: el Maestro se ha convertido en un esclavo. El verdadero sentido profundo de la existencia del Maestro es el de ser servidor. Una lógica así se convierte en el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

No celebramos la ceremonia del lavatorio de los pies simplemente para recordar un episodio interesante y conmovedor de la vida de Jesús, sino para reconocer en una expresión sacramental la única manera posible de ser discípulos del Maestro.

También Jesús nos enseñó que hay más gozo en dar que en recibir; hermosamente lo expresó Rabindranath Tagore: “Dormí y soñaba que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría”.

También hoy es la fiesta de los ministros en la Iglesia. Es el día de recordar el espíritu del Señor en el servicio. El no vino para ser servido sino para servir. Una Iglesia pobre, que sirve, estará siempre cerca de los que aspiran a una liberación material y espiritual, de los que han emprendido el camino del éxodo.

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"Haced esto, cada vez que lo toméis, en memoria mía"

Con la celebración de la misa de la Cena del Señor, comienza el Triduo Pascual.

Una sola celebración en tres días consecutivos. Celebramos:

La entrega: Pan que se parte y reparte;

El Sacrificio: Cristo que se inmola en la Cruz para salvarnos;

La Resurrección: Cristo triunfa de la muerte y nos da una nueva vida.

Tres grandes acontecimientos de la Historia de la Salvación. En un solo acto de el Amor de Dios manifestado plenamente en Cristo, que se hizo obediente hasta la muerte venciéndola con su resurrección.

El Jueves Santo es día de acción de gracias, Cristo instituye el Sacramento de los Sacramentos, como afirma Santo Tomás: “La Eucaristía es el fin de todos los sacramentos, .En ella, Jesús y el hombre se unen en la mayor intimidad que nunca podríamos imaginar, y con ella, nace también el Sacramento del sacerdocio ministerial, para perpetuar el misterio eucarístico.

La celebración de la Eucaristía no es simplemente el recuerdo de un amigo que se fue, es un memorial, es hacer presente el encuentro íntimo con Cristo que está siempre con nosotros, la Comunidad cristiana nace en torno al sacramento eucarístico. En la primera fracción del Pan, y a la vez que comparte el Pan de la Eucaristía, formando un solo cuerpo con Cristo , vive el mandato del amor. En torno a Cristo, la Iglesia ejerce una doble función: Cultual y Fraterna.

Comentario bíblico

El misterio del Amor entregado

Iª lectura: Éxodo 11,1-8.11-14: Pascua: memoria histórica y espiritual de la liberación de Dios

I.1. La Pascua judía: es el primer mes, el de Abib (marzo-abril; cf. Ex 13.4), llamado también de Nisán (cf. Neh 2,1; Est 3,7). Pascua del Señor: La fiesta de Pascua, por estar relacionada con la liberación de los israelitas de su esclavitud en Egipto, es la conmemoración anual más importante para el pueblo hebreo (Lv 23,5; Nm 9,1-5; 28,16; Dt 16,1-2). En el NT adquiere un significado especial para los cristianos, ya que se interpreta como figura de la obra redentora de Cristo, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1,29). Pascua (heb. pésaj) se asocia con el verbo pasaj, que significa saltar, pasar por alto o pasar de largo. Cf. v. 27. Estos son algunos de los elementos que se nos recuerdan en este texto de Ex 12, de una importancia decisiva para la fe de Israel y que tiene sus resonancias teológicas y espirituales para los cristianos en esta lectura del Jueves Santo.

I.2. La Pascua, antes, era la fiesta de la primavera; propiamente era fiesta de los pastores nómadas que debían comenzar su nueva peregrinación con los ganados en busca de pastos, y para ello ofrecían sus primicias de ganados buscando ser protegidos y bendecidos. Por tanto, el sentido de "salir", de "peregrinar" tenía ya un sentido ancestral que el pueblo de Israel asumirá con la salida y la liberación de Egipto y con la ofrenda de los animales y su sangre para que fueran protegidos por el "ángel del Señor". La fiesta de los panes sin levadura (v. 17), que duraba siete días y seguía inmediatamente a la Pascua, llegó a considerarse como parte de ésta (Dt 16,1-8; Cf. Lv 23,6-8; Nm 28,17-25), aunque tenía un sentido distinto y era propio de grupos sedentarizados y no ya nómadas. En Ex 12,1-28 se nos narra la razón por la cual los judíos celebraban la fiesta pascual.

I.3. La narración está compuesta de diferentes relatos, que proceden de tiempos diversos. Se relacionó estrechamente con la experiencia de fe de la liberación de los hebreos, esclavos en el Egipto: Ex 12,12-13.21-23. Y ya no se celebró en función de los ganados (ni de las cosechas, en el caso de la fiesta de los campesinos), sino como conmemoración de la liberación del éxodo. La fiesta comenzaba con la cena pascual y se extendía por siete días, de acuerdo con la tradición de los ácimos: Ex 12,14-20. Este es el contexto más adecuado para todo lo que se celebra en las grandes fiestas judías porque ha de coincidir con los últimos momentos de la vida de Jesús y con la última cena de Jesús, fuera ésta una cena pascual o de despedida de los suyos.

IIª Lectura: 1 Corintios 11, 23-26: Memorial y vida de la última Cena del Señor

II.1. Se suele explicar el contexto de estas palabras o tradición de la "última cena" de Jesús según las divisiones sociales e indeológicas que alimentaban los grupos de las comunidades de Corinto. El tratado más extenso de la Cena del Señor lo encontramos en 1Corintios 10 -11. La profunda división de los creyentes corintos dio como resultado que sus reuniones para la Cena del Señor causaran más daño que bien (11,17-18). Ellos estaban participando de la Cena de una "manera indigna" (11,27). Evidentemente los ricos, no queriendo comer con las clases sociales más bajas, venían más temprano a las reuniones y se quedaban en ellas por tanto tiempo que acababan borrachos. Para empeorar las cosas, al momento que llegaba la clase trabajadora de creyentes, retrasados por las restricciones del empleo, toda la comida ya se había acabado y ellos regresaban a sus hogares con hambre (11,21-22). Algunos de los corintios fallaban en reconocer lo sagrado de la Cena, una comida de pacto (11,23-32). Los abusos eran tan escandalosos que había dejado de ser la Cena del Señor y a cambio se había convertido en su "propia" cena (11,21). Es así que Pablo pregunta, ¿acaso no tenéis casas donde comer y beber?" Si el objetivo era simplemente comer su propia comida, eso se hubiera resuelto con una cena en casa. Su egoísmo de clases y divisiones, cuando no de envidias, traicionó, de manera absoluta, la esencia misma de lo que significaba la Cena del Señor.

II.2. Sea como fuere, aquí tenemos en Pablo la tradición de las palabras de la última cena, unos de los pocos testimonios que nos ofrece el apóstol sobre el Jesús histórico, de sus palabras o de sus hechos. Sabemos que esta tradición está presente en Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,15-20. Pablo y Lucas forman una variantes al respecto de la que forman Mc y Mt., que quizás responde a sus orígenes, la paulino-lucana se conoce como "antioquena" y la de Mc-Mt como "jerosolimitana". Pero es uno de los momentos decisivos de la vida de la comunidad, de la liturgia y de la espiritualidad, donde la comunidad "recordando" las última palabras de Jesús experimenta todo su vida histórica y la fuerza de la vida nueva que ahora nos entrega como Señor resucitado. No es un simple recordatorio del pasado, sino un verdadero "zikkaron" que actualiza todo un proceso espiritual-salvífico. El ser humano puede hacer "memoria viva" y con ello logra una presencia real, verdadera, como promesa del mismo Jesús en ese mandato de "haced esto en memoria mía".

II.3. Por tanto, es un acto memorial por medio del cual el creyente se reafirma en el "pacto", en la "alianza" misma que Cristo quiso hacer presente en aquella noche en que les entregó a los suyos su vida antes de que se la quitaran o se la robaran injustamente por un proceso legal según ellos, pero injusto. Los profetas siempre han creado gestos extraordinarios que van mucho más allá de un significado cerrado. Este pacto une a la Iglesia con Jesús, a todos sus discípulos; hace a la misma Iglesia, como Pablo quiere recordar en todo el conjunto de 1Cor 10-11. E salgo que acontece en la celebración litúrgica con la comunidad de fe a través del tiempo y el espacio, y con toda la humanidad por la cual Cristo murió; ese es el sentido de su entrega, de su muerte de dar la vida y entregarla en el pan y en la copa de la alianza. En la celebración de la Cena del Señor expresamos la plenitud de nuestra fe, es decir, dramatizamos el evento decisivo de nuestra fe: ¿Cómo? Afirmando la presencia del Señor en medio de su Iglesia. Nos unimos como miembros de la familia de Dios alrededor de la mesa comunitaria. Tenemos un momento de comunión personal con el Señor. Afirmamos nuestra unidad con el cuerpo de Cristo. Proclamamos la victoria final de Jesucristo como Señor de lo creado y vencedor sobre la muerte. Renovamos nuestro pacto con Dios por medio de Jesucristo. porque todo lo mejor del ser humano en relación con Dios, debe renovarse continuamente.

III. Evangelio: Juan 13, 1-15: El servidor del amor, ceñido para la lucha

III.1. Juan no nos ofrece la tradición de las palabras de la última cena, pero sí una relato asombroso, un gesto profético que está lleno de sentido como lo estaba la entrega de su vida en el pan y en la copa de aquella noche última de su vida. San Juan dice que había llegado su “hora” de pasar de este mundo al Padre… y esa hora no es otra que la del amor consumado. El lavatorio de los pies tiene toda la dimensión de entrega que la misma acción del pan partido y repartido y la copa de la alianza nueva. Son dos gestos que pueden perfectamente complementarse. No sabemos por qué los sinópticos no nos han ofrecido esta tradición, este gesto, ni podemos conocer su origen, aunque podríamos rastrear algunos aspectos bíblicos que lo llenan todo de un sentido especial, profético y creador. Es la escena inaugural de la pasión según San Juan, que si bien es la parte más semejante a la de los sinópticos, tienes varias cosas muy diferentes, y una es esta del lavatorio de los pies. Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre (¡que espléndida teología joánica de la muerte!). Esta muerte, pues, ya no es una tragedia, como lo es para muchos… sino un triunfo que se apunta desde este comienzo de la pasión joánica.

III.2. Jesús está dispuesto «a pasar de este mundo al Padre» y a vivir «su hora» (v. 1) con la clarividencia de su libertad divina (¡alta cristología joánica!). Para dar fuerza a su decisión personal inquebrantable, incluso a riesgo de no ser entendido por sus discípulos, va a poner en práctica una acción simbólica en tres actos, como los antiguos profetas: despojándose de su manto, ciñéndose un paño (léntion) y lavando los pies a sus discípulos secándoselos con el paño que se había ceñido. Todo esto se encierra apretadamente en los vv. 4-5. Normalmente se ha dado relevancia casi exclusivamente al lavatorio de los pies, porque además de ser el acto más humillante, culmina de forma escandalosa esta narración. Pero los otros signos no están ahí como adorno estético, sino que merecen nuestra atención, porque de lo contrario, la narración simbólica quedaría empobrecida. Juan quiere decirnos algo mucho más profundo cuando nos ofrece el dato de que Jesús «se ciñó un paño» (léntion) y cuando les seca los pies con el paño que se había ceñido (kai ekmássein tô lentíô ô ên diezôsménos). Como acción simbólica de la muerte que se quería significar hubiera bastado con que se hablara exclusivamente de que Jesús fue lavando los pies de sus discípulos uno a uno. Sin embargo, ¿por qué se vuelve a insistir en el léntion con que se había ceñido? Tampoco era necesario repetir esto cuando hubiera bastado con decir que se los fue secando, puesto que se supone que se los tenía que haber secado con un paño o toalla. Pero se vuelve a hablar del ceñimiento en el v. 5 en correspondencia con la acción del v. 4 entre las cuales se encierra el lavatorio. Si estamos ante una narración simbólica de carácter profético, entonces debemos desentrañar todas las acciones significantes. Y, sin duda, la acción de ceñirse es mucho más significante de lo que aparece a primera vista, aunque hasta ahora apenas se haya hecho notar.

III.3. La hora de Jesús, que es la hora del amor consumado, exige una lucha, una guerra con los que le quieren imponer el destino ciego del odio. Jesús no está dispuesto a que nadie le imponga su muerte, sino que es El quien impone su hora como voluntad y proyecto de Dios. El Padre se lo ha entregado todo en sus manos (v. 3) y no es posible que nadie se lo arrebate, porque la suya no es una muerte más, un asesinato de tantos como impone el odio sobre el mundo, sino que es la muerte soteriológica por excelencia. No vienen las cosas como si se tratara de una simple condena legal, como después aparecerá ante el juicio del procurador (Jn 19,7). Jesús, ciñéndose como los antiguos guerreros, debe ganar la batalla de la muerte; he ahí la paradoja, pero de la muerte redentora. Jesús no lucha para no morir, sino para que su muerte tenga sentido y no sea ciega y absurda como la muerte que da el mundo.

III.4. Si, como parece la mejor explicación, el lavatorio de los pies es una acción simbólica de la muerte de Jesús, entonces vemos cómo el Maestro se entrega a ellos, cuando deberían ser los discípulos los que deberían estar dispuestos a dar la vida por el maestro, como ocurre en las mentalidades pedagógicas de entonces, incluso de los fariseos. De ahí que en los vv. 6-11 se nos quiera explicar que Pedro no pueda entender que Jesús dé su vida por los suyos; sólo lo entenderá después (v. 7), tras la muerte y la resurrección. De ahí que podamos optar porque los vv. 6-10 representan la interpretación más antigua y acertada del lavatorio de los pies, según el recurso estilístico de las falsas interpretaciones joánicas. Esta debería ser la interpretación del diálogo entre Jesús y Pedro: «hay que aceptar la muerte de Jesús como una muerte salvífica». La interpretación posterior de un acto de humildad no es desacertada, porque en realidad la muerte de Jesús a los ojos del mundo es una humillación, un acto de humildad y un servicio de esclavo que hace el Hijo de Dios a los hombres. Pero la significación inmediata es la libertad de Jesús de morir por nosotros, tal como se pone de manifiesto en el lavatorio de los pies a sus discípulos, y para eso también era necesario que él se ciñera, porque era una guerra contra lo proyectado por el mundo. Por consiguiente, los tres gestos van unidos los unos a los otros, dando como resultado una acción profético-simbólica perfecta recogida en la narración de los vv. 4-5.

III.5. Es así como el lavatorio de los pies adquiere esa dimensión tan particular que representa su muerte, como signo del amor consumado a sus discípulos. Diríamos que Jesús se ciñe para no morir odiando, sino amando. Esta es la guerra, como hemos dicho, entre la luz y las tinieblas, entre el proyecto de Dios y el del mundo. Jesús va hacia su propia muerte, representada prolépticamente (adelantada proféticamenmte) en el lavatorio de los pies, luchando, ceñido con el cinturón de la paz. Va a morir por todos, por eso lava también los pies a Judas que está sentado a la mesa. Y Jesús les seca los pies con el paño ceñido, sin quitarlo, porque muere luchando; no le han impuesto la muerte desde fuera según la visión joánica. Ese cinturón no volverá a quitarlo, es una imagen más, como deja traslucir Jn 13,12, en el sentido de que lo llevará hasta el momento de la cruz en que se cumple real y teológicamente su hora (cf. Jn 7,30; 8,20), que es también la hora de la glorificación (cf. Jn 12,23). Jesús, pues, se ciñe para su muerte, para su hora, porque en su muerte está la victoria divina sobre el odio del mundo. En su muerte está su glorificación, porque no es una muerte absurda, sino que se la ha impuesto el mismo Jesús como una consecuencia de su vida entregada al amor de este mundo. Este mundo no deja que viva el amor. Jesús también va a ser sacrificado por el mundo, como tantos hombres, pero no dejará que le arrebaten el amor con que ha actuado en su vida. Por eso se ciñe antes del lavatorio de los pies que representa su muerte soteriológica. Toda esta explicación se deduce por haber optado en el ceñimiento de Jesús por la tradición del cinturón de la lucha, y de haber leído todo ello en la clave de Jn 13,1-3. Es posible que a algunos les parezca una exégesis rebuscada, pero se debe considerar que estamos ante uno de los relatos más simbólicos de todo el evangelio de Juan, que ya de por sí es bastante simbólico. Además, los gestos proféticos dan pie para ello y son ciertamente inagotables en algunos aspectos. En Juan siempre nos encontramos con posibilidades insospechadas. Con ello no ponemos en duda, aunque tampoco tratamos de excedernos, la tradición histórica recogida en Jn 13,4-5 sobre el lavatorio de los pies.

fray Miguel de Burgos Núñez - Dominicos.org

 

Pautas para la homilía

1. Pascua judía y Pascua de Cristo

El triduo Pascual celebra el paso de la muerte a la vida, morir con Cristo al pecado para renacer con él a la vida de la gracia.

La Primera Lectura de hoy, nos recuerda la Pascua Judía, Cristo, en el primer Jueves Santo de la historia, se reunió con los apóstoles para celebrar la Pascua. En ella, los judíos hacen memoria de los hechos de liberación realizados por YHWH a favor del pueblo de Israel, para pasar de la esclavitud de Egipto a la libertad de los hijos de Dios, aquella pascua es solo una imagen de nuestra liberación . Cristo desea celebrar esta Pascua ardientemente, Él mismo lo dice:”Ardientemente he deseado celebrar con vosotros esta Pascua” En ella, como recuerda la oración inicial de este día, Cristo, antes de de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el Banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna.

2. La Eucaristía., el banquete del Cordero pascual

El cordero Pascual, que se inmola al Padre sellando la Nueva y Eterna Alianza, es lo que la Iglesia celebra desde los primeros días de su nacimiento la Eucaristía Así nos lo recuerda la 2ª lectura, tomada de la Carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor 11,23 - 25).

La pascua judía era el rito del paso de la esclavitud a la libertad. Nuestra Pascua, la Pascua de Cristo es el tránsito del pecado a la vida de la gracia, de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, del hombre viejo al hombre nuevo. La sangre de Cristo canceló toda la deuda que la humanidad tenía con Dios, por eso, la Iglesia, ha hecho del misterio Pascual, celebrado en la Eucaristía, el centro del culto cristiano. Nos reunimos para comer el cuerpo de Cristo y beber su Sangre, verdadero y único cordero de la Nueva Alianza, Cordero pascual y anunciamos su muerte y resurrección hasta que vuelva.

3. El sacramento de la entrega de la vida por amor

Celebración de entrega y comunión fraterna, que se traduce en servicio según el ejemplo de Cristo: En el evangelio del lavatorio de los pies nos enseña: “Si yo, que soy vuestro maestro y Señor, os he lavado los pies, así también debéis lavaros los pies unos a otros”.

Este día es verdaderamente el día del Amor: Cristo se entrega por Amor al Padre y a la humanidad, pero a la vez, nos recuerda que, los que queremos seguirlo, hemos de vivir este amor, por eso nos dejó su testamento: “Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado, en esto, en el amor que os tengáis unos a otros, conocerá el mundo que sois mis discípulos”.

Durante estos días Santos, procuremos vivir en recogimiento de acción de gracias por su amor y reflexionemos si verdaderamente los que nos rodean, conocen que somos cristianos por el amor que les tenemos.

Hna. Maria Pilar Garrúes El Cid - Dominicos.org

 

EL PERDÓN EN EL JUEVES SANTO

1.- Me vais a permitir que la homilía de hoy sea un camino de reflexión para el perdón, para la reconciliación con Dios y los hermanos. Muchos os confesareis hoy; otros, mañana: otros, cuando sea… Pero ojalá estas palabras os puedan servir de algo.

Primer Mandamiento: Amarás a Dios. Sin retóricas. Como a tu padre o como a tu amigo. No tengas una Fe que no se traduzca en amor. Porque tu Dios no es la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar.

Segundo Mandamiento: No usarás en vano las grandes palabras: Dios, Amor, Patria, Tocarás esas grandes realidades de año en año y con respeto, como la campana gorda de una Catedral. No las uses jamás contra nadie, jamás para sacar jugo de ellas, jamás para tu propia conveniência.

Tercer Mandamiento: Piensa siempre que el domingo está muy bien pensado, porque tú no eres un animal de carga creado para sudar y morir. Impón al éxodo de trabajo que te domina, pausas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la Naturaleza, con tu propia alma, con Dios. Hay flores que sólo crecen con el trabajo, y otras que solo viven en el ocio fecundo.

Cuarto Mandamiento: Recuerda siempre que lo mejor de ti lo heredaste de tus padres. Todos tus esfuerzos personales jamás serán capaces de construir el amor y la ternura que te regaló tu madre, ni la honradez y el amor al trabajo que te enseñó tu padre.

Quinto Mandamiento: Vive despierto para no hacer daño a nadie, ni hombre, ni animal, ni a cosa alguna. Sabes que se puede matar negando una sonrisa, y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie.

Sexto Mandamiento: Tu vida no es una película del Oeste, en que el cuerpo sería el malo y el alma sería el bueno. Tu cuerpo es tan limpio como tu alma y necesita tanta limpieza como ella. No temas a la amistad y el amor. Pero no caigas en esa gran trampa de creer que el amor es recolectar placer para ti mismo, cuando es transmitir alegría a los demás.

Séptimo Mandamiento: No robarás a nadie nada, ni su derecho a ser libre. Recuerda que te dieron el alma para repartirla y que roba todo aquel que no la reparte.

Octavo Mandamiento: De todas tus armas la más peligrosa es tu lengua. Rinde culto a la verdad sin olvidar que nunca la tendrás completa, y que en ningún caso debes imponerla a los demás.

Noveno Mandamiento: No desearás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su coche, ni su sueldo. No conviertas tu corazón en cementero de chatarra, de deseos estúpidos.

Décimo Mandamiento: No codiciarás los bienes ajenos, ni tampoco los propios. Recuerda que sólo los que no desean nada lo poseen todo.

Blog católico de oraciones y reflexiones pastorales sobre la liturgia dominical. Para compartir y difundir el material brindado. Crremos que Dios regala Amor y Liberación gratuita e incondicionalmente.

José María Maruri, SJ

 

LA EUCARISTÍA Y EL LAVATORIO,

SÍMBOLOS DE LA ENTREGA

Considero que la liturgia del Jueves Santo es la más significativa de todo el año. Para mí, es la que mejor expresa la esencia de lo que fue Jesús y su mensaje. Mañana recordaremos la muerte de Jesús, pero hoy se plantea el significado de esa muerte, que es mucho más importante para nosotros que la misma muerte.

Ese significado lo encontramos en el relato que los cuatro evangelios hacen de la última cena. La protesta de Pedro, en el relato de Juan, deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada. No podemos reprochárselo, porque tampoco nosotros, después de dos mil años, somos capaces de desentrañar todo el profundo significado de lo que estamos celebrando hoy.

Efectivamente, no sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. El mismo Jesús le dice a Pedro que no lo puede entender “por ahora” (prueba evidente de lo que pensaban los cristianos de finales del siglo I).

• Sabemos que no fue un rito de purificación (antes de comer estaba mandado lavarse las manos, no los pies).

• No responde a una necesidad urgente (los discípulos podían seguir con los pies más o menos sucios).

• Tampoco podemos reducirlo a un acto formal de humildad. Jesús pasaba de todo formalismo.

Fue, sin duda una acción profética. Esta es la razón por la que, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena, se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe.

Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras está encerrado todo lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. Por eso la liturgia de este día es de las más densas de todo el año.

En el mismo relato que acabamos de leer queda muy clara la importancia que para aquella comunidad tenían los acontecimientos que quieren recordar. Lo pone de manifiesto, la grandiosa obertura con que arranca el texto:

“Consciente Jesús de que había llegado su “hora”, la de pasar de este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor en el más alto grado”.

Pero no es menos sorprendente el final del relato:

“¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el “Maestro” y el “Señor”; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”.

En estas frases tenemos la clave de la celebración de hoy.

Recordamos lo sucedido en la Última Cena, sobre todo la institución de la eucaristía y el lavatorio de los pies. Nuestra reflexión va a comenzar por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor.

En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Esto que acabo de decir no es una frase bonita. Si entendemos esta equiparación, estaremos en condiciones de ahondar en el significado de los dos hechos.

Lavar los pies era un servicio que sólo hacían los inferiores a los superiores. Normalmente sólo desarrollaban ese trabajo los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como el señor.

Esto es lo que había hecho Jesús durante toda su vida, pero ahora quiere hacer un signo que no deje ningún lugar a la más mínima duda. Es importante el hecho en sí, pero mucho más, lo que quiere significar.

Juan, el más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundizó en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Esto debía hacernos pensar en la importancia del signo de lavar los pies. Sospecho que Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega.

"Yo estoy entre vosotros como el que sirve." Jesús no renuncia a ninguna grandeza humana. Pero denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder. La verdadera grandeza humana está en parecerse a Dios que se da sin condiciones ni reservas.

Todo ser humano, también Jesús, es un proyecto que tiene que ser llevado a la realización completa. Esa plenitud a la que puede llegar, está marcada por su capacidad de darse a los demás sin reservarse nada. Ser más humano es ser capaz de amar más.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús:

“Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Cuando seguimos insistiendo en los diez mandamientos de Moisés o los de la Iglesia, nos quedamos a años luz del mensaje de Jesús. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaros!

No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amarnos, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó.

Una eucaristía celebrada como devoción que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús. Celebrar la eucaristía es aceptar el compromiso de darse hasta el final. La eucaristía no es más que el signo (sacramento) de la entrega. Si no se da esa entrega, lo que hacemos se queda en un puro garabato.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato de la eucaristía, pero corremos el peligro de quedarnos en la espiritualización del misterio, de quedar deslumbrados por la presencia real de Cristo en el pan y en el vino, y no buscar el verdadero mensaje de ese gesto y de esas palabras.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi¬cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Meteos bien en la cabeza, que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dándome a los demás.

Yo soy sangre, (vida) que se derrama para todos, que llega a todos que da vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que se deja empapar por esa Vida.

Las palabras finales son muy importantes. Jesús no dice que repitamos el gesto para “conmemorar” el hecho, sino para que tomemos conciencia de su significado. Eso soy yo, eso tenéis que ser vosotros.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir a todos. Manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana sólo la alcanzaría cuando se diera totalmente, cuando llegara al sacrificio total con la muerte asumida y aceptada.

De ahí la profunda relación que tienen los acontecimientos del Jueves Santo con los del Viernes. Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Solo cuando muramos a todos nuestros egos, llegaremos a la plenitud del amor.

Aunque Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, no se ha desentendido de un sacramento que tuvo tanta importancia para la primera comunidad.

En el capítulo 6 del evangelio de Juan, encontramos la verdadera explicación de lo que es la eucaristía. “Yo soy el pan de vida”.

Para explicar esto, dice a continuación: “Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que me presta su adhesión, nunca pasará sed”.

Está muy claro que comer materialmente el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo verdaderamente importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre, resumida en el servicio a los demás hasta deshacerse por ellos.

En el mismo capítulo 6, dice un poco más adelante: “El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me “come” Vivirá por mí”.

Para mí, no hay en todo el Nuevo Testamento una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también la misma Vida, la definitiva, la trascendente, la que no se verá alterada por la muerte biológica.
Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la “muerte”, no la física (aunque también), sino la muerte a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber verdadera Vida.

No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo, al elegir la más alta posibilidad de plenitud humana. Ahora podéis comprender el sentido que tiene esta celebración, en mitad de Semana Santa.

Volviendo al lavatorio de los pies, esta actitud de Jesús a los pies de sus discípulos, pulveriza la idea de Dios “Señor” al que hay que servir. Jesús hace presente a un Dios que no actúa como soberano celeste, sino como servidor del hombre.

Dios está a favor de cada hombre no imponiendo su voluntad desde arriba sino trasformando al hombre desde abajo, desde lo hondo del ser humano y levantando al hombre a su mismo nivel.

Todo poder, sobre todo el ejercido en nombre de Dios, es contrario al mensaje de Jesús. Ni siquiera el deseo de hacer bien, puede justificar ponerse por encima de los demás para violentarles. Toda imposición queda deslegitimada, aunque esta verdad sea muy difícil de asumir.

fray Marcos - Fe Adulta

 

Homilía de Jueves Santo: en la escuela de la Eucaristía

La conocida, certera y repetida frase “La Eucaristía hace a la Iglesia. La Iglesia hace la Eucaristía” bien podríamos traducirla y parafrasearle por esta otra: “La Eucaristía hace a los cristianos. Los cristianos hacen la Eucaristía”. Y dentro de la grandeza y de la hermosura de estos axiomas, surge también el reto y el desafío: ¿Cómo hacemos los cristianos la Eucaristía? ¿La hacemos como debemos hacerla, esto es, dejamos que sea ella quien nos haga a nosotros? Nuestra vivencia de la Eucaristía nos modela, nos transforma, nos retrata, nos perfila y hasta nos delata. Una Eucaristía rutinaria, despistada, con prisas, sin la atención precisa, irá poco a poco modelando de este mismo modo nuestra vida cristiana.

Por ello, en esta tarde del Jueves Santo, en esta tarde del cumpleaños de la Eucaristía, bueno será nos hagamos y nos dejemos examinar por la Eucaristía. Y es que la Eucaristía es la escuela de la vida. Simplemente desde los mismos ritos, partes y significados de la Eucaristía, he aquí diez actitudes cristianas al estilo de la Eucaristía, diez actitudes eucarísticas para hacer de la vida eucaristía y de la eucaristía vida.

1.- Una actitud orante. A la Eucaristía vamos a rezar, a tratar de amistad con quien sabemos nos ama. El –el Señor de la Eucaristía- nos mira con amor en la Eucaristía. ¿Cómo le miramos nosotros? ¿Cómo es nuestra mirada? Esta actitud orante se traduce a la alabanza (el Gloria), es impetración e intercesión (Preces u oraciones de los fieles). Es acción de gracias (Doxología final). Es Padre Nuestro. Es diálogo de intimidad (Oración de postcomunión).

2.- Una actitud, un estilo comunitario, eclesial. En la Eucaristía nunca estamos ni vamos solos. Ni siquiera en las llamadas misas privadas. La Eucaristía es la fiesta de la Iglesia. Estamos con los hermanos. Somos asamblea, reunión, “Ecclesia”, Iglesia. La Eucaristía nos hace más “iglesia”, más hermanos, más solidarios. La Eucaristía es y nos introduce en el banquete de la fraternidad y de la nueva humanidad.

3.- Un actitud, un estilo humilde y penitente. Toda celebración de la Eucaristía –a través de sus distintas formas y ritos- comienza por el rito penitencial. Nos hace sentirnos humildes, pequeños, pecadores, necesitados del perdón y de la gracia de Dios. “Quien esté limpio de pecado…”. Vivir la Eucaristía como la Eucaristía es nos ha de hacer humildes, ha de fomentar en nosotros la humildad, virtud religiosa capital, virtud clave del cristianismo.

4.- Una actitud escuchante. Es la Palabra de Dios la que se proclama en la Eucaristía. Dios nos habla a través de los textos bíblicos elegidos por la liturgia para las distintas ocasiones. Dios tiene algo muy importante y vital que contarnos. Debemos abrir bien los oídos y el corazón. En la Eucaristía, Dios mismo nos habla. Nos da su Palabra, la fuente y el manantial de la verdadera sabiduría.

5.- Una actitud confesante. La Palabra proclamada, sentida, escuchada, dispuesta a traducir en vida nos lleva a confesar y a proclamar nuestra fe. Es el Credo. La Eucaristía es escuela de la fe. Es escuela del testimonio de esa fe que es también Eucaristía. La Iglesia y la humanidad necesitan de cristianos de la Eucaristía, de cristianos confesantes.
6.- Una actitud oferente. El ofertorio de cada Eucaristía nos enseña a ser también nosotros ofrenda permanente. Pone en valor y en relieve la importancia de nuestro trabajo y de nuestro afán. Habla asimismo de solidaridad a favor de los que menos tienen. Y nos muestra que la ofrenda agradable a Dios siempre se transforma en vida y en fruto para nosotros mismos y para los demás.

7.- Una actitud sacrificada, abnegada, entregada, generosa, hecha oblación. Es la consagración. Es la memoria y la actualización sacramental del único y perfecto sacrificio de Jesucristo, que nos da ejemplo y nos llama a ser también nosotros sacrificio de expiación. Es la reiteración de la parábola, de la imagen del grano de trigo que, al caer en la tierra -en la besana abierta de nuestra vida- y al ser enterrado en ella, no muere sino que solo es puede brotar y florecer en la espiga de oro.
8.- Una actitud pacífica y pacificadora. Tiene su emblema en el momento del rito de la paz. A ejemplo y modelo de Jesús, el Príncipe de la Paz, quien hizo con su sangre derramada en la cruz. La Eucaristía es paz, la Eucaristía sella la paz, es compromiso de paz. Es promesa y prenda ciertas de paz.

9.- Un actitud comulgante, un estilo de cristianos de comunión. No de cristianos por libre, sino de cristianos de comunión con el Señor a quien recibimos sacramental en la Eucaristía de su Iglesia. De comunión con El, sí, y con su Iglesia. Con su Iglesia, representada por sus pastores y fieles. De una Iglesia que es tanto más Iglesia cuánto más comunión es. De una Iglesia que es misterio como la Iglesia y que es misión desde el misterio y la comunión.

10.- Un actitud y un estilo misioneros. La Eucaristía es para la vida. La Eucaristía es vida. Y la Eucaristía nos lleva a la vida. Nos trae de ella, no nos abstrae de ella mientras participamos en la misma y nos devuelve, transformados como misioneros, a la vida. La Eucaristía es misión. “Glorificad a Dios con vuestras vidas. Podéis ir en paz” reza la fórmula de despedida de la Misa, una fórmula que nos envía a la misión: a glorificar a Dios con nuestras vidas. Y –sabido es- la gloria de Dios es la vida del hombre, de todo hombre. Y la Eucaristía nos pone al servicio incondicional de la vida, de toda vida y de toda la vida.

Jesús de las Heras Muela

 

JESÚS, PAN MOLIDO EN LA CRUZ

El Jueves Santo se centra en la Cena Pascual. Tenemos el peligro, (hemos caído de hecho en él) de celebrar ante todo "la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento", reduciendo la celebración de la Cena del Señor a la adoración del Santísimo Sacramento.

La celebración se debe centrar, por tanto, en la Cena de despedida, y en nuestra Cena. Es realmente preocupante la tendencia del pueblo cristiano a reducir los sacramentos a acciones físicas que deben tener el poder de producir efectos por sí mismas, "por su propia virtud", y para el individuo.

En la eucaristía, apenas ponemos el acento en la reunión, en la oración, en el perdón, en el encuentro con la Iglesia... tendemos a poner el acento en la unión personal con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Incluso tendemos a entender la presencia "real" de Cristo en la Eucaristía como una presencia casi "física" del Cuerpo de Cristo en la Hostia y de la Sangre de Cristo en el Vino... que demanda, ante todo, la adoración.

Una hermosa frase de Panikkar lo resume bien: "No es que en la Eucaristía el pan se transforme en Cristo, sino que Cristo es pan, y como tal se le reconoce en la liturgia eucarística".

Aplicándolo a la celebración diríamos que no se trata tanto de que nosotros comemos ese pan sino que aceptamos ser pan, grano triturado y entregado para la vida del mundo. Sin esta dimensión de compromiso, de entrega al servicio, ni la vida ni la pasión de Jesús, ni nuestra vida ni la celebración de la eucaristía tienen ningún sentido.

Por esto resultan tan acertadas las lecturas. Nos recuerdan ante todo la celebración, la reunión, la Cena del Señor, que es lo que celebramos cada domingo. Y, por encima de ello, el espíritu de esta celebración, la comunidad de la Iglesia con su Cabeza, en aquello que define precisamente a Cristo, ser pan y vino, servicio que se entrega para dar vida.

Hoy es día para emocionarse. Dios es tan "para nosotros" que lo que mejor le representa es el pan. Jamás nadie ha sido tan osado como Jesús. Jamás nadie se ha atrevido a tanto. Jesús pan molido en la cruz, Jesús nuestro alimento, Jesús levadura de nuestra masa insípida, Dios nuestro pan. Ahora entendemos mucho mejor lo que decimos al rezar:

"Danos hoy nuestro pan de cada día"

Es también preocupante que la legislación de la Iglesia haya insistido tanto en asistir a Misa y tan poco en comulgar con Jesús: “oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar”, “comulgar por Pascua Florida”, los dos mandamientos de la Iglesia que aprendíamos de niños.

Para la teología catequética habitual hace algunos años, la Misa era ante todo “El Santo Sacrificio” y su momento culminante era la Consagración.
La teología oficial actual sigue insistiendo fuertemente en el aspecto sacrificial y añade, generalmente a modo de verdadero añadido, el aspecto “convivial”. Pero no es suficiente: el aspecto que llaman pomposamente “convivial” es lo esencial de nuestra reunión eucarística. El aspecto sacrificial es la esencia de la vida entera de Jesús, y esto se simboliza perfectamente en el pan y el vino.

En la misa no estamos ofreciendo a Dios el Sacrificio de Cristo en la cruz. Estamos uniéndonos a la entrega completa de toda la vida de Jesús.

La veneración del Santísimo Sacramento y la Hora Santa.

Después de la celebración de la Eucaristía, hay dos costumbres tradicionales y muy hermosas del pueblo cristiano: la veneración del Pan y el Vino de la Eucaristía, y la Hora Santa.

Guardar el Pan y el Vino de la Eucaristía para los enfermos, los ausentes... fue una costumbre que la Iglesia fue adquiriendo. Era lógico venerarlo con sumo respeto. De aquí hemos ido muy lejos, tan lejos que a veces algunos cristianos se parecen mucho a los paganos que creían tener a sus dioses guardados en casa. Nosotros no tenemos a Dios guardado en una cajita, ni Jesús necesita compañía. Jesús está resucitado a la diestra de Dios y Dios está en todas partes, no lo olvidemos.

Nuestra veneración del Pan y el Vino de la Eucaristía debe remontar esas imágenes, que pueden ser válidas, pero que son insuficientes. El centro de nuestra atención es la Celebración de la Cena del Señor, y el Mensaje: Dios es el Pan y el Vino de la Vida, y esto lo hemos descubierto en Jesús.

La increíble novedad de ese mensaje es muy superior a todo lo demás. La veneración del Pan y el Vio eucarísticos tienen poco sentido si los desligamos del sentido mismo de la celebración eucarística.

En la "Hora Santa" prevalecen algunas veces en demasía los aspectos sentimentales excesivamente subjetivos e imaginativos. "Acompañamos a Jesús en su desamparo". Está muy bien como aplicación de nuestros sentidos, y nos ayuda a identificarnos con Él, pero hay que ir más lejos, eso no es más que el ambiente: se nos ofrece una magnífica oportunidad de asimilar el profundo mensaje del abandono de Jesús, de su oración angustiada, de la noche del hombre... Y es una preparación magnífica para vivir intensamente la celebración del Viernes.

Tradicionalmente se dedica parte de esta "Hora Santa" a la consideración del lavatorio de los pies. Y es claro que en ese relato del cuarto evangelio se encuentra una admirable síntesis. Tan admirable que, como hemos visto, para el evangelista puede desplazar incluso el relato mismo de la Eucaristía.

Se nos muestra, muy acertadamente, que la contemplación de Jesús no termina en el sentimiento, ni en el acompañamiento emocionado: termina en la Misión. "Os he dado ejemplo para que, como yo lo he hecho con vosotros, así también vosotros lo hagáis".

Por eso, la veneración del Santísimo Sacramento y la Hora Santa deben estar orientadas a unir el jueves y el viernes. Comulgamos con Jesús, el que se entrega hasta la muerte, el que sirve hasta la muerte, el que se pone a los pies de todos aunque le cueste la vida.

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José Enrique Galarreta sj

 

Jueves Santo: Cena del Señor

Con la celebración vespertina llamada “Misa en la Cena del Señor”, evocamos y hacemos presente la última cena de Jesús con sus discípulos antes de su Pasión. Así entramos en el corazón del año litúrgico, que es el gran Triduo Pascual.

Precisamente el triduo pascual se coloca en el centro del año litúrgico por su función de “memorial” de los eventos que caracterizan la Pascua “cristiana”. Como la comunidad de Israel, también la Iglesia mantiene viva la memoria de la misericordia de Dios que “pasa” continuamente por su historia y refunda su existencia como “pueblo de Dios” con base en esta perenne voluntad de reconciliación.

El centro de este “memorial” es el Misterio Pascual, la muerte y resurrección de Jesús. En la muerte de Jesús, Dios ha asumido la naturaleza humana hasta la muerte, “hasta la muerte de Cruz” (Filipenses 2,8). A través de ella, Jesús “se convirtió en causa de salvación eterna para todos aquellos que le obedecen” (Hebreos 5,9; idea importante del Viernes Santo). De hecho, la cruz de Jesús no se puede separar de la resurrección, fundamento de nuestra esperanza. Y este es nuestro futuro: “Sepultados... en su muerte, para que también nosotros vivamos una vida nueva” (Romanos 6,4; idea central de la Vigilia Pascual).

Todo esto se recoge en la gran Eucaristía que se celebra entre hoy y el Domingo de Pascua. Hoy hacemos “memoria” de aquella primera Eucaristía que Jesús celebró y al mismo tiempo la actualizamos como recuerdo del pasado, como presencia en el hoy de nuestras comunidades, al mismo tiempo de esperanza y profecía para el futuro.

El cuerpo y la sangre eucarísticos de Jesús nos aseguran su presencia a lo largo de la historia. Es Jesús mismo quien establece de manera concreta, en la Eucaristía, la permanencia visible y misteriosa de su muerte en la Cruz por nosotros, de su supremo amor por la humanidad, de su venida continua dentro de nosotros para salvarnos y santificarnos. Es así como en cada celebración su corazón, traspasado por la lanza, sea abre para derramar el Espíritu Santo sobre la Iglesia y el mundo.

Para profundizar en esto, se nos propone leer hoy el relato del “lavatorio de los pies” (Juan 13,1-15). Notemos que en la última cena, el evangelista Juan no habla de la institución de la Eucaristía (que se encuentra ampliamente tratada en el discurso del “Pan de Vida” en Jn 6). Juan prefiere colocar aquí un gesto que indica el significado último de la Eucaristía, como acto de amor extremo de Jesús por los suyos, manifestación de un servicio pleno hacia los discípulos.

(1) Introducción: la hora del amor supremo (13,1)

La última parte del evangelio de Juan (13-21) se abre con una introducción solemne: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (13,1).

El evangelista Juan nos ayuda a recorrer atentamente el último día de Jesús con sus discípulos. Así nos hace comprender que efectivamente ha llegado la “hora” tan esperada por Jesús, la “hora” ardientemente deseada, cuidadosamente preparada, frecuentemente anunciada (ver 12,27-28). Es la “hora” en que manifiesta su amor infinito entregándose a quien lo traiciona, en el don supremo de su libertad.

Dos aspectos se ponen de relieve:

- Esta es la hora en que Jesús regresa a la casa del Padre: “había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. Él conoce el camino y la meta.

- Esta es la hora en la que Jesús da la máxima prueba de su amor: “los amó hasta el extremo”.

Juan señala que el amor de Jesús viene de Dios y es, por lo tanto, un amor gratuito y total. La cruz de Jesús será la manifestación de este amor divino, afecto supremo que ama hasta las últimas consecuencias, hasta el extremo de sus fuerzas.

 El marco es el de la Pascua hebrea: “Antes de la fiesta de la Pascua”. En ella el pueblo de Israel celebra con gratitud los beneficios de Dios, quien lo liberó de la esclavitud y lo hizo su pueblo. Jesús lleva a su cumplimiento esta liberación, arrancando al hombre de la esclavitud del pecado y de la muerte y dándole la comunión plena con Dios.

El gesto simbólico del lavatorio de los pies muestra la significación de la entrega de su vida y el valor ejemplar que ésta tiene para todo discípulo.

(2) El lavatorio de los pies (13,2-5)

El episodio del lavatorio de los pies es un “signo” que revela un misterio mucho más grande que lo que una primera lectura inmediata puede sugerir.

El gesto contiene una catequesis bautismal y al mismo tiempo una enseñanza sobre la humildad, una ilustración eficaz del mandamiento del amor fraterno a la manera de Jesús: el amor que acepta morir para ser fecundo.

“Durante la cena” (13,2ª). En la cena, donde el vivir en comunión encuentra su mejor expresión, pesa la sombra de la traición que rompe la amistad. Pero mientras el traidor se mueve orientado por el diablo (13,2b), Jesús lo hace dejándose determinar por Dios (13,3). Lo que Jesús ha hecho y va a hacer proviene de su comunión con Dios. Ahí radica la libertad que hará que la muerte que le aguarda sea realmente un don de amor por los suyos y por los hijos de Dios dispersos.

“El Padre le había puesto todo en sus manos” (13,3ª). El amor del pastor (10,28-29) protegerá los discípulos de un mundo que quisiera poder arrancarlos de la comunión de vida con su Maestro. Y aunque ellos lo traicionen, Jesús reforzará los vínculos con ellos y les ofrecerá un perdón pleno. Por lo tanto, lavar los pies constituye una promesa de aquel perdón que el Crucificado le ofrecerá a los discípulos en la tarde del día de la resurrección (ver Jn 20,19ss).

“Y se puso a lavar los pies de los discípulos”. Notemos en el v.4 los movimientos de Jesús. Para demostrar su amor: (a) se levanta de la mesa, (b) se quita los vestidos (el manto), (c) se amarra una toalla alrededor de la cintura, (d) echa agua en un recipiente, (e) le lava los pies a los discípulos y (f) se los seca con la toalla que lleva en la cintura.

El lavatorio de los pies está enmarcado por el “quitarse” (13,4) y “volver a ponerse” los vestidos (13,12). Este movimiento nos reenvía al gesto del Buen Pastor de las ovejas, quien se despoja de su propia vida para dársela a sus ovejas. De hecho, se puede notar que los verbos que se usan en el texto son los mismos verbos que se utilizan en el capítulo del Buen Pastor, cuando se dice que “ofrece su propia vida” y “la retoma” (ver Jn 10,18).

El despojo del manto y del amarrarse la toalla son, por lo tanto, una evocación del misterio de la Pasión y de la Resurrección, que el lavatorio de los pies hace presente de manera simbólica. Jesús se comporta como un servidor (a la manera de un esclavo) de la mesa ya que su muerte es precisamente eso: un acto de servicio por la humanidad.

Así llegamos a entender que el lavatorio de los pies sustituye el de la institución de la Eucaristía precisamente porque explica precisamente lo que sucede en el Calvario. En el lavatorio de los pies contemplamos la manifestación del Amor Trinitario en Jesús que se humilla, que se pone al alcance y a disposición de todo hombre, revelándonos así que Dios es humilde y manifiesta su omnipotencia y su suprema libertad en la aparente debilidad.

(3) El diálogo con Pedro (13,6 - 11)

La reacción de Pedro no tarda. En el evangelio de Juan, Pedro representa al discípulo que tiene dificultad para entender la lógica de amor de su Maestro y para dejarse conducir con docilidad por la voluntad de su Señor.

Pedro no puede aceptar la humildad de su Maestro: se trata de un acto de servicio que, según él, no está a la altura de la dignidad de su Maestro (13,6). En la cultura antigua los pies representan el extremo de la impureza, por eso lavar los pies era una acción que solo podían realizar los esclavos. Pedro se escandaliza de lo que Jesús está haciendo y dicho escándalo pone en evidencia la distancia entre su modo de ver las cosas y el modo como Jesús las ve.
Jesús entonces le explica a Pedro que él ahora no puede comprender lo que está haciendo por él, pero en sus palabras le hace una promesa: “¡Lo comprenderás más tarde!” (13,7). A la luz de la Pascua no se escandalizará más por todo lo que el Señor hizo por él y por los otros discípulos. Más bien, aquel gesto constituirá un comentario brillante al misterio de amor “purificador” de la Pasión: amor que los hace capaces de amor en la perfecta unión con Dios (13,8-11). De esta forma se podrá tomar parte en su propio destino.

(4) El valor ejemplar del gesto de Jesús (13,12-15)

Los vv. 12 a 15 hacen la aplicación del lavatorio de los pies a la vida de los discípulos, para sugerir el estilo de la comunidad de los verdaderos discípulos: cómo debemos comportarnos los unos con los otros (ver 13,12).

Precisamente aquél que es el “Señor y el Maestro” (13,13) se ha hecho siervo por nosotros y por tanto la comunidad de los discípulos está llamada a continuar esta praxis de humillación en los servicios –a veces despreciables a los ojos del mundo- para dar vida en abundancia a los humillados de la tierra.
Este estilo de vida estará marcado por la reciprocidad, irá siempre en doble dirección, ya que se trata de estar disponibles para hacerse siervos de los hermanos por amor, pero también para saber acoger con sencillez, gratitud y alegría los servicios que otros hacen por nosotros.

Juan subraya que tal servicio será un “lavarse los pies unos a otros” (13,14); en otras palabras consistirá en aceptar los límites, los defectos, las ofensas del hermano y al mismo tiempo que se reconocen los propios límites y las ofensas a los hermanos.

En fin, retengamos la doble lección: Sólo del reconocimiento del gran amor con el cual hemos sido amados podremos madurar nuevas actitudes de perdón y de servicio con todos los que nos rodean. Por lo tanto, dejémonos aferrar por el amor de Cristo para que nazca de nuestro corazón una caridad y una alabanza sincera.

Jesús pide que lo imitemos para que a través de los servicios humildes de amor a los hermanos podamos transformar el mundo y ofrecerlo al Padre en unión con su ofrenda en la Cruz. Ésa es la raíz de la sacerdotalidad.

P. Fidel Oñoro, cjm

 

SIGNIFICADO PROFUNDO, SORPRENDENTE, ROMPEDOR

1.- Todas las actuaciones de Jesús de Nazaret tenían un significado profundo, sorprendente, rompedor para las personas de la comunidad judía de aquellos tiempos. Está claro que muchas de las cosas que nos narran los evangelios adquieren para nosotros una dimensión profunda, grande y que nos deja huella, pero, tal vez, no apreciamos esas fórmulas radicales que afectaban, sorprendían y, por supuesto, irritaban a muchos judíos de entonces. En fin… es sabido pero es bueno reseñarlo. Entre el pueblo judío solo los esclavos lavaban los pies al resto de los mortales. Si no había esclavos en una casa, cada uno limpiaba el polvo del camino de sus pies por si mismos. Cuando Jesús, anudándose una toalla a la cintura, decide lavar los pies a sus discípulos sabe lo que hace: se convierte en esclavo de sus discípulos, de sus “alumnos”. Por eso Pedro se escandaliza. Comprende perfectamente el gesto y con su habitual sinceridad se opone a que Jesús, su Maestro, le lave a él los pies. Y este episodio de una gran belleza plástica nos lo narra el Evangelista San Juan. Su evangelio se escribió mucho después de los otros tres Sinópticos y por eso Juan pudo meditar más ese significado de servicio de Jesús a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.

2.- El lavatorio se produce durante la cena de Pascua y fue durante su celebración cuando Jesús realizó otra prueba de amor, perfectamente correspondiente –y aún superior, si se quiere—con el regalo sublime de dejarnos su presencia total en el Pan y en el Vino consagrado. Fue la primera Eucaristía de la historia y el relato preciso de la misma la hemos escuchado en la Primera Carta a los Corintios, uno de los textos más antiguos de los evangelios. Y, obviamente, el texto nos resulta conocido porque las palabras de Jesús, que transcribe San Pablo, son la fórmula litúrgica utilizada para la Consagración, para la conversión del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. La primera lectura, procedente del Libro de Éxodo narra las instrucciones dadas por Dios a Moisés para la celebración de la Pascua y es correspondiente, entonces, con la Cena que celebró Jesús y cuyo ritual utilizó.

3.- Con esta celebración de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual, en el cual vamos a asistir a ese milagro de amor que es la muerte y la Resurrección de Jesús. Esta celebración nos prepara para esas horas y nos deja con la tristeza de lo que ocurrirá un poco después de la cena. Getsemaní aparece en el horizonte y también la detención, la tortura y la falsa condena a muerte de un hombre justo. No hemos de perder la oportunidad de entrar fuerte, con toda nuestra alma y todo nuestro corazón, en lo que se abre para nosotros a partir de esta hora. El sacrificio de Jesús nos ha hecho libres, pero hemos de tener conciencia y consciencia de lo que significa. No perdamos, hoy esa oportunidad. No es difícil es tan sólo un lenguaje de amor, de supremo amor.

Y hemos de ser coherentes con ese amor. No sólo vivir esta celebración como un culto más, como un rito al uso. Jesús de Nazaret nos ha dado una lección de amor supremo. Se ha hecho esclavo de nosotros al lavarnos los pies. Y si esa radicalidad sorprendía al pueblo judío de hace más de dos mil años, el amor por los hermanos, y a toda costa y con un muy alto precio, también marca una diferencia radical con nuestro tiempo, en el que cada uno va a lo suyo, y a lo sumo se practica una solidaridad pública, por ser lo habitual y políticamente correcto. No se trata de decir que nadie ama. No es así hay muchos ejemplos del amor de Cristo a nuestro alrededor: aquellos que cuidan enfermos hasta enfermar ellos mismos, esas madres –y padres—que en estos tiempos de crisis comen menos de lo necesario, para que sus hijos no noten que hay menos alimentos por culpa de la crisis, esas personas que dan –como la viuda del templo de Jerusalén—todo lo que tienen para las víctimas de Haití y Chile… Pero también –tal vez nosotros mismos—que ejercita su egoísmo en todo momento, que hace un uso farisaico de ese principio un tanto dudoso de que “la caridad comienza por uno mismo”. Lo he dicho antes. Hoy el Día del Gran Amor. Entremos en ello. No lo dejemos a un lado. Nadie es cristiano de verdad si no ama. Y hoy en ese día especial que el desamor se presenta como el gran mal de la humanidad. ¡Remediémoslo!

Blog católico de oraciones y reflexiones pastorales sobre la liturgia dominical. Para compartir y difundir el material brindado. Corremos que Dios regala Amor y Liberación gratuita e incondicionalmente.

Ángel Gómez Escorial

 

SE BUSCAN “LAVADORES DE PIES”

1.- Dentro de un momento repetiremos el gesto de Jesús de lavar los pies de sus discípulos. Fue una acción simbólica de Jesús, pero fue reflejo de aquello a lo que dedicó toda su vida: lavar pies “sucios”, corazones “sucios”, personas “sucias”. Jesús iba siempre con los “sucios”: pecadores, publicanos, enfermos, pobres, prostitutas…; y había muchas suciedades que lavar: hambre, violencia, exclusión, enfermedad, tristeza...

Cuando Jesús hace este gesto les dice a sus discípulos: se buscan “lavadores de pies”, ¿quién quiere serlo? Hoy de nuevo hace el mismo gesto delante de nosotros y nos vuelve a preguntar: necesito “lavadores de pies”, ¿tú quieres serlo?

2.- AL SERVICIO DE LA HUMANIDAD. - Los “lavadores de pies” que Jesús busca han de ponerse a los pies de la humanidad, a la altura de los más pequeños, de los más necesitados, a los pies del hermano que necesita ayuda. Caritas, en un día tan señalado como hoy, nos recuerda que Dios es amor, que un cristiano que no ama, no está a la altura de Jesucristo. El amor de Jesús por los más pobres nos hace tratar con veneración al prójimo, procurar los cuidados necesarios que toda persona merece, comprometernos con los más necesitados. “Lo que hagáis a uno de estos, a mi me lo hacéis”.

La Eucaristía está unida a la Caridad. “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Y la Caridad va de la mano con el Servicio. Por eso San Juan sustituye el relato de la institución de la Eucaristía por el gesto del lavatorio de los pies. El “lavador de pies” alimenta su fe y su amor en la Eucaristía, y lo desgasta en el servicio a los demás. Se buscan “lavadores de pies” que no tengan miedo de mancharse las manos en el barro de la vida, ¿tú quieres ser uno de ellos?

3.- COMO PARTE DE UNA COMUNIDAD DE HERMANOS. - El Jueves Santo es el día de la unidad, de la comunidad. Jesús nos invita a vivir su amor en comunidad, fraternalmente, con las manos unidas a las de nuestros hermanos, a los que están a nuestro lado en este momento, uniendo las manos y el corazón y haciéndonos prójimos. Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

El “lavador de pies” que busca Jesús, promueve y procura la unidad. Jesús nos invita a afrontar solidariamente los retos de la vida, a ser Iglesia viva en el corazón del mundo, en comunión, haciendo parroquia, haciendo Iglesia, haciendo comunidad. Se buscan “lavadores de pies” que no vayan a la suya, sino que lo hagan con otros, que inviten a otros a unirse, que siempre sumen y no resten, que acojan a todas las personas sin mirar sus papeles, el color de su piel, su condición sexual, legal, civil o política. “Haced esto en memoria mía”. ¿Quieres ser un “lavador de pies” al estilo de Jesús?

4.- CELEBRANDO LA FE YLA VIDA. No hay nada más grande que vivir la fe con el corazón de par en par, agradecidos por descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas, su paso, su Pascua. El pueblo de Israel recordaba cada año el acontecimiento que les había marcado para siempre, la intervención de Dios a favor suyo liberándolos de la esclavitud de Egipto. “Decretaréis que sea fiesta para siempre”.

Nosotros recordamos su Pascua, pero celebramos la nuestra, la de Jesús, la resurrección. Y lo celebramos hoy y siempre, cada día, en cada Eucaristía, porque Dios sigue vivo y presente en medio de nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra familia, entre nuestros amigos y compañeros. Se buscan “lavadores de pies” que den gracias a Dios cada día por poder hacerlo, que tengan por guía la Palabra de Dios, que se sientan acompañados y acompañantes de otros cristianos que también leen la Palabra, que vivan a Dios en su vida de cada día y lo muestren a los demás con un testimonio valiente y agradecido. “Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. ¿Estás dispuesto a responder con generosidad a la invitación de Jesús a ser “lavador de pies”?

Nada de esto ha de ser impuesto, sino como fruto del encuentro amoroso con Jesucristo. En ese momento nos convertimos en “lavadores de pies”, de manera natural, sin forcejeos, sino sólo y únicamente por amor. Por amor a los más pobres, a los más necesitados, a los “sucios”, a los favoritos de Dios, a aquellos con los que iba Jesús. En este momento del lavatorio, que vamos a hacer a continuación, se nos invita a sentir esa cercanía amorosa de Dios con cada uno de nosotros. Siente como te llama y te invita a remangarte las manos, a ser “lavador de pies”. Pero antes, déjate lavar por él. No seas reacio, si quieres ser de los suyos, déjate lavar. Dile como Pedro: “Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Ahora eres “lavador de pies”, lavador especialmente de los más pobres, por puro amor, como Dios hace contigo.

Pedro Juan Díaz

 

UNA SEMANA SANTA UNIDA

Católicos y protestantes se rigen por el calendario gregoriano,

y los ortodoxos por el juliano; este año coinciden, como en 2007.

Las celebraciones son similares, salvo el Vía Crucis del viernes

que no existe para mayoría de protestantes.

Católicos, protestantes y ortodoxos celebrarán este año en las mismas fechas las Pascuas, uno de los mayores festejos del cristianismo, que se abren tras el periodo de meditación de la cuaresma.

Generalmente hay dos fechas de Pascua entre los cristianos: una para los católicos y protestantes, la otra para los ortodoxos porque los primeros se rigen por el calendario gregoriano (del papa Gregorio XIII - 1502-1586) y los segundos por el calendario juliano (de Julio César) más próximo al calendario lunar.

En ambos casos, Pascua se celebra el domingo siguiente a la primera luna llena desde que comienza la primavera boreal. Este año, los dos calendarios coinciden, como en 2007.

Pascua es la principal fiesta de la liturgia cristiana, punto culminante de una semana que se inicia con la conmemoración de la entrada de Cristo a Jerusalén (domingo de Ramos), su arresto, su juicio, su muerte en la cruz (viernes santo) y su resurrección (domingo).

Pascua es una "fiesta de obligación" es decir que los cristianos tienen la "obligación" de asistir a la misa. Es durante la noche del sábado -en la vigilia pascual- que se celebran los bautizos de los adultos.

Las celebraciones (misas y vigilias de oración) son casi las mismas para las tres religiones, salvo el Vía Crucis del viernes que no existe para los protestantes.

Pascua marca también el fin de la cuaresma, que ya no es muy estricto: los católicos sólo ayunan el miércoles de Cenizas (día en que comienza la cuaresma) y durante el viernes santo. Antes era obligación la abstención de comer carne durante cuarenta días.

Sin embargo, la tradición está bien asentada: se continúa comiendo y regalando huevos porque la Iglesia católica los prohibía (tal como la carne) durante la Cuaresma.

La fiesta cristiana de Pascua tiene sus orígenes en la Pascua judía (Pessah - el paso) que conmemora el momento en que los judíos salieron de Egipto y cuando Moisés recibió la Torah en el Monte Sinaí.

Es sobre todo una fiesta privada, marcada sobre todo por una comida durante la cual se come pan ácimo (sin levadura) y "hierbas amargas". El pan ácimo significa que los judíos partieron con tanta prisa que no tuvieron tiempo para esperar que el pan se levantara y las "hierbas amargas" se refieren al rigor de la esclavitud en el país de los faraones.

Jesús fue a Jerusalén para festejar Pessah. La Pascua judía dura una semana y este año se celebra a partir del lunes.

Chantal Vallette (AFP)