DOMINGO DE RAMOS

ciclo C

 

«Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya»

«Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya»

Comenzamos la gran Semana que tiene como centro el misterio pascual de Jesucristo. Y la Iglesia nos indica cómo hemos de vivirla: en esta celebración del misterio, la Iglesia por medio de los signos litúrgicos y sacramentales, se une en íntima unión con Cristo, su esposo. No, esta semana no hemos de entender las celebraciones como ceremonias, más o menos emotivas; sino vivirlas como verdaderos signos sacramentales a través de los cuales podemos experimentar en nosotros el misterio del Señor. Porque se trata del tránsito de la Iglesia con su Señor de este mundo al Padre.

Hoy entramos con Jesús en Jerusalén, donde va a consumar su obra; donde va a triunfar del pecado y de la muerte; donde va a alcanzar la salvación para todos los hombres. Y lo aclamamos con ramos en las manos, como aquellos niños y aquellos discípulos lo hicieron la primera vez: ¡porque su victoria es nuestra victoria! En esta esperanza, iniciamos la eucaristía que nos proclama hoy, de forma solemne, la Pasión del Señor; en este espíritu de exaltación, nos adentramos en la contemplación de su entrega generosa.

Las lecturas que anteceden a esta escucha de la Pasión nos quieren disponer a penetrar en los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Porque, si nos impregnamos de ellos, renovaremos nuestra mente, el cambio en nuestros modos de pensar; renovaremos también nuestro corazón para lograr el cambio en nuestros modos de sentir; y renovaremos también nuestra existencia, porque la pasión y la muerte de Jesús es su mejor lección para la vida, la mejor luz para discernir nuestros comportamientos. Se trata, en definitiva, de recuperar la libertad de los hijos de Dios por ese contagio de la libertad y generosidad de la entrega de Cristo.

La primera lectura nos proclama un pasaje de aquellos Cantos del Siervo de Dios que anunció Isaías. Nos introduce en el secreto de la valentía de Cristo: Su total confianza en Dios. Por eso, el profeta pone en boca del Siervo que se entrega: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me abofeteaban, no oculté el rostro a insultos y salivazos: Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido... Sé que no quedaré avergonzado.

También San Pablo nos quiere ayudar a contemplar la humillación de Cristo a la luz de su exaltación a la gloria. Por eso nos proclama el misterio del Señor con aquel himno antiguo, tan elocuente: Siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de siervo... Y se rebajó hasta someterse a la muerte, y una muerte humillante de cruz. Pero, por eso, Dios lo levantó sobre todo, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble... y toda lengua proclame: “Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”.

Este año escucharemos la Pasión según Lucas. Un evangelista que ha insistido en algunos rasgos con los que hoy podemos gustar su escucha: el anhelo de Jesús por celebrar la Pascua con sus discípulos: son las ganas del Señor por la llegada del Reino de Dios, que es lo único que de verdad le interesa. En la Cena se manifiesta como un siervo en medio de los suyos, hasta dar la vida por todos. Y, como signo de ese amor, nos deja la Eucaristía. También la preparación para el combate frente al poder de las tinieblas, esa lucha de Jesús contra Satanás para enseñarnos a vencer con su obediencia. Es Satanás, que lo traicionará en Judas; el mismo que acobardará a Pedro; el mismo que dispersará a sus discípulos abandonándolo. Pero ante el que Jesús manifiesta la libertad y la humildad de quien que se sabe en las manos de Dios; al que Jesús vence con su amor por todos los hombres. Hoy Jesús nos manifiesta la misericordia de Dios: en el perdón por los que no saben lo que hacen; en la promesa del Paraíso al malhechor arrepentido; en la suprema serenidad de quien es reconocido como Hijo por el centurión.

Radio Vaticano

 

No es fácil acercarse a la pasión del Señor cuando todo a nuestro alrededor es un bullicio de invitaciones a alejarse del dolor y del sacrificio por los otros. La televisión nos repite una y otra vez en forma de anuncios que debemos de vivir para nosotros, tener el mejor cuerpo, la mejor salud, el mejor coche, el mejor refresco o la mejor colonia... No es fácil ver nuestro dolor y nuestra miseria por televisión. Bien es verdad que nos dejan ver la de otros, pero sólo momentáneamente entre anuncio y anuncio consumista.

No hace mucho me preguntaban sobre el significado de la muerte de Jesús en la cruz. Al decirle que era para salvarnos se quedó con más dudas. Ya saben que la gente entiende que cuando uno se salva es cuando queda bien, cuando se triunfa, pero ellos ven que Jesús quedó clavado en la cruz...

La semana santa empieza con la entrada triunfal de Jesús, es como un escaparate desde donde se pasa del halago al sufrimiento, de la muerte a la resurrección.

La Pasión de Cristo no ha perdido ni perderá nunca actualidad. Cada uno de los personajes que aparecen en ella se hacen las mismas preguntas de las personas de todos los tiempos. ¿Qué significado tiene dar la vida por los demás? ¿Por qué existe el dolor y el sufrimiento? ¿Qué sentido tiene el sufrir?

¿Qué respuesta nos da la Pasión de Jesús?

Cada ser humano tiene en su vida sus cruces y su cruz. Las cruces normalmente las ponen los demás: el carácter y los traumas del otro; la mala relación con alguien determinado; el día a día lleno de sufrimiento por las incompresiones de los demás; la dificultad en las relaciones humanas...

La cruz, en cambio, siempre es nuestra, está en nuestro interior; casi les diría que vinimos con ella, es nuestra "cruz original". Nuestra cruz es lo que no podemos cambiar fácilmente y que tanto nos entristece y nos duele. En uno será el carácter, en otros el profundo sentimiento de soledad, en muchos la pérdida de la paz interior...

Jesús vino para darnos respuestas a las cruces y a la cruz. Para ello supo unir en sí mismo las cruces de los demás y su propia cruz. No era nada cómodo morir de esa manera cuando la vida te podía ofrecer otros horizontes. ¿Te has preguntado alguna vez por qué Jesús no murió plácidamente en una cama? ¿Qué misterio se encierra en la cruz?

Para superar las cruces, Jesús nos deja el perdón a los demás. Él perdona a todos desde lo alto de la cruz y fue un perdón dirigido a la humanidad entera. No fue solamente a aquellos que le proferían dolor e insultos sino a todos los que me infligen sufrimientos hoy, en este día. En la misma cruz perdona también al buen ladrón que se arrepiente. Ambas escenas son de la misma obra de la humanidad: el perdón al que peca para que su pecado no vaya a más y no haga y se haga más daño y el perdón al que se arrepiente. Arrepentirse significa reconocer que Dios es más que yo y que viendo mi error le dejo que entre a mi vida para que la transforme.

¿Qué actitud tomó Jesús ante este terrible sufrimiento?

Dice el versículo 44: "En medio de un gran sufrimiento, Jesús oraba aún más intensamente, y el sudor le caía al suelo como grandes gotas de sangre."

Sabía lección la que nos deja el Maestro: La oración ejerciendo su valor terapéutico y didáctico donde el dolor es sólo el alumno que tiene que aprender lo que dice un corazón que habla con Dios. El dolor con la oración adquiere una nueva perspectiva. Cuando una persona es capaz de poner el dolor ante Dios, es el propio Dios quien lo transforma en resurrección.

Cuando tengas un dolor, sea moral, sea físico, entra en pleno contacto con Dios y ya verás como no preguntarás el por qué, ni verás el sufrimiento como un fracaso. Descubrirás que ya no es el sufrimiento quien te domina sino es Jesús quien ha tomado las riendas de ese caballo desbocado que se llama dolor.

Jesús murió por mí para que yo entendiera quién soy yo y quién es Él. Supo salvarme sin aniquilarme sino dándome vida. No destruyó mi pasado de pecado sino que lo transformó en presente resucitado.

Hay muchas personas que tienen pendiente la difícil asignatura del dolor y el sufrimiento. Los cristianos no somos partidarios de la eutanasia pero tampoco somos masoquistas. Nuestra actitud va a la frase de Jesús: "Padre, si quieres, líbrame de esta copa de amargura; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya." (v. 42).

Aceptar la voluntad que Dios tiene sobre mí es encontrar un significado al dolor diario.

Puede ser que tú que lees esto hoy estés en la cruz en sus diferentes formas. Yo también lo he estado varias veces. Mi palabra quiere ahora en este comienzo de la semana santa ser para ti.

Deja que tu vida mire a la cruz de Cristo. Pide al Señor en la oración no comprender el sufrimiento sino entender su cruz. Vive intensamente cada momento de esta gran aventura de la Pasión para que encuentres en tu vida no meras explicaciones sino el profundo significado espiritual que tiene.

Tenemos que ir a la cruz de Cristo no para entender sino para contemplar.

El sufrimiento es un misterio que sólo desde la voluntad y la cercanía de Dios tiene sentido.

Te deseo que esta semana santa sea en tu vida la primera semana de cambio en dirección hacia Jesús resucitado.

www.buzoncatolico.es

 

¡El dolor! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro del mensaje del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahvéh (primera lectura) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los filipenses (segunda lectura), canta a Cristo que "se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo". En la narración de la Pasión según san Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello confía al Padre su espíritu.

Mensaje doctrinal

1. Cristo, varón de dolores. El sufrimiento de Cristo puede medirse cuantitativamente, y ya así es enorme. El valor supremo del dolor de Cristo radica sobre todo en su cualidad. Cualidad que se basa sobre tres pilares: Jesús es el hombre perfecto, que experimenta y vive el sufrimiento con perfección; Jesús es el Hijo de Dios, y por tanto es Dios mismo quien sufre en Él; Jesús es el Redentor del mundo y del hombre, que asume el dolor inyectando en él la potencia salvífica de Dios. Por eso, en la vida de Cristo, sobre todo en los acontecimientos de su pasión y muerte, el dolor es una realidad histórica, pero también mística, es solidaridad con el hombre, y a la vez juicio y justificación del hombre pecador, o sea, misterio de salvación. El relato de la pasión según san Lucas nos lleva como de la mano a la contemplación orante de Cristo en los diversos episodios de este misterio de dolor: Contemplamos el dolor contenido, discretamente manifestado, de Jesús en el Cenáculo ante la traición de Judas (Lc 22, 22) o frente a la discusión inoportuna de los discípulos sobre rangos y primeros puestos (Lc 22, 24ss). Vemos el dolor intenso, extenuante y extremo en Getsemaní, hasta el punto de derramar gotas de sangre a causa de la soledad, del abandono de los hombres y de su mismo Padre, el peso del pecado del mundo. Repasamos interiormente el dolor inefable del amor renegado por Pedro, el dolor dignísimo del amor burlado por la soldadesca entre blasfemias y bajezas, el dolor noble del inocente condenado por los jefes del pueblo y por el poder dominante, el dolor sagrado y puro por la deshonra que le ha sido infligida al ser pospuesto a un criminal, el dolor físico de los clavos traspasando sus manos y sus pies, y el último dolor de la agonía. Cristo "varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento". Cristo que recoge en su cuerpo y en su alma, como en un cuenco, todo dolor y toda pena.

2. Cristo no está solo en su dolor. Ya el Siervo de Yahvéh, figura de Cristo, tiene la seguridad de que, en medio de sus dolores, "el Señor le ayuda" (primera lectura). En Getsemaní el Padre le envía un ángel, no para librarle del dolor, sino para confortarlo (cf. Lc 22,43). Camino del Calvario le acompaña un grupo de mujeres, "que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él" (Lc 23, 27). Crucificado a la derecha de Jesús está el buen ladrón, que reprende a su compañero de crímenes y proclama la inocencia de Jesús: "Éste no ha hecho nada malo". A lo largo de la pasión Jesús ha sentido sea el abandono del Padre sea su íntima e inefable compañía y proximidad, y por eso puede exclamar antes de expirar: "Padre, a tus manos confío mi espíritu". La glorificación del dolor de Cristo -y la consiguiente solidaridad con Él- la señala san Lucas después de su muerte mediante la confesión del centurión: "verdaderamente este hombre era justo", mediante el arrepentimiento de la multitud que "volvía a la ciudad golpeándose el pecho" y sobre todo mediante el anuncio a las mujeres que han acudido al sepulcro: "No está aquí. Ha resucitado". La segunda lectura subraya la cercanía de Dios a Cristo obediente hasta la muerte con términos de exaltación: "Le dio el nombre por encima de todo nombre". Ni Dios ni el hombre dejaron a Cristo solo en el dolor. Esta afirmación es válida para todo hombre. El hombre, al igual que Jesús, encontrará en los hombres la causa de su dolor, y en ellos hallará también la presencia amiga y el consuelo solidario.

Sugerencias pastorales

1. El dolor, un tesoro escondido. El hombre actual tiene miedo del dolor. Quisiera eliminarlo, arrancarlo de la vida humana, e incluso de la vida animal. Parece como si el dolor fuera solo mal, un mal abominable, un agujero negro en el gran universo humano que devora todo lo que entra en su campo de acción. Parece como si la gran batalla de la historia actual fuera contra el dolor en lugar de por el hombre. Hay que reflexionar sobre esto, porque a veces resulta que logramos destruir el dolor, pero de tal manera que destruimos también algo del hombre. Los padres, para que sus hijos no sufran, no les niegan nada, les dejan hacer todos sus caprichos, pero... ¿no están de esta manera perjudicándolos a largo plazo? A los ancianos, a los enfermos terminales se les amortiguan los dolores con medicinas que les hacen perder en gran parte la conciencia. ¿No se les hace perder así libertad y nobleza de espíritu ante el dolor? No abogo por el sufrimiento en sí, es necesario aliviarlo lo más posible, abogo por la asunción humana del sufrimiento. No son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que ante el fracaso escolar o profesional, ante una decepción amorosa, ante un escándalo de corrupción, prefieren acabar con la vida, a enfrentarse con el rostro doloroso de la situación. ¿Por qué? No se conoce, no se ha descubierto el tesoro escondido en el dolor. Para el hombre es un tesoro escondido de humanización. Para el cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de valor redentor. Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio del sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con amor.

2. Consuelo en el dolor. La medicina en nuestros días está descubriendo que la presencia amiga junto al lecho del enfermo puede aliviar el dolor más que una inyección de morfina. Hay una relación estrecha entre el alma y el cuerpo, y el consuelo espiritual de una cercanía suaviza los más terribles sufrimientos. Las obras de misericordia espirituales (instruir, consolar, confortar, sufrir con paciencia...) y corporales (dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos...), son formas tradicionales de ayudar al hombre en su dolor. Son formas que continúan siendo válidas e indispensables. Junto a ellas surgen y surgirán nuevas formas según las necesidades de nuestro tiempo. Lo que importa es tener conciencia de que como cristianos hemos de acompañar a los hombres en su dolor, hemos de ser solidarios con sus penas, hemos de aliviar con nuestra cercanía y nuestro consuelo sus sufrimientos. ¿No es una buena forma de alivio el enseñar a los que sufren a dar sentido y valor a sus sufrimientos?

padre Antonio Izquierdo - Catholic.net

 

Mejor dar la vida que matar

“La cruz de Jesucristo es victoria cuando muchos asumen esa victoria cargando con su propia cruz y los males de la sociedad. Ese triunfo es humilde y pacífico; sólo lo obtienen y gustan los sencillos. La victoria de la cruz es el origen de la procesión de ramos”.

Este es un domingo de contrastes que refleja la situación del hombre: La procesión triunfal y la celebración de la Pasión, ilusión y frustración, triunfo y fracaso, adhesión y rechazo, vida y muerte.

Una pintura del Siervo de Yahveh, partiendo de los sentidos corporales, nos da la dimensión exacta de este domingo de Ramos.

La lengua, le sirve para decir palabras de aliento al abatido. El oído: muy abierto para escuchar las palabras más secretas o los gritos más desgarradores. La espalda: para soportar todas las cargas y recibir todos los golpes. El rostro: para encajar toda clase de insultos, palmadas y salivazos. Este siervo, manso y humilde, cercano y misericordioso, fuerte y liberador, es un buen retrato del Mesías paciente.

Todo creyente por la imitación y seguimiento de Jesucristo, es un siervo de Yahveh que aprende en la cruz de Jesucristo a llevar sus cruces y asumir las cruces de los demás.

La semana de Pasión es una semana mucho más que de manifestaciones externas e internas de actitudes personales, muchas veces silenciosas, para retomar nuestras cruces a imagen de Jesús, quien tomó la suya para salvarnos.

Nuestras actitudes frente a nuestra cruz, a imagen de Jesús, tiene sus manifestaciones externas porque la conversión al señor crucificado tiene repercusiones sociales y bien profundas por tratarse de asumir el mal, no sólo propio, sino también la cruz de los hermanos, sobre todo las cruces de los más débiles.

Por la cruz a la paz

En el domingo de Ramos todas las cosas referentes a este Mesías son tan distintas... Jesús escoge un asno para significar su triunfo; sus cualidades son la mansedumbre, la paciencia, la humildad y la pobreza. Basta mirar este animal para darse uno cuenta, cuanto aguanta.

Jesús se presenta como pobre, humilde, no violento. Se deja quitar la vida, antes que matar; construye la paz sin soldados, sin armas, acompañado de gente sencilla y con la paz en sus manos.

Lo lastimoso es que Jerusalén, como nosotros, no se entera, no sabe quién es el que trae la paz, y cómo es esta paz.

¿Qué le ocurriría a nuestra vida personal, profesional, familiar y social si en lugar de ser cargado, cargáramos con las debilidades, pecados, carencias y hasta traumas de los demás? ¿No sería esta la mejor propuesta de paz? La Semana Santa es para mirar a Jesús como siervo de Yahveh y saber quién tiene la paz, cómo podemos recibir la paz y qué significa: “Mi paz os dejo, mi paz os doy; venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”.

La cruz de Jesucristo es victoria cuando muchos asumen esa victoria cargando con su propia cruz y los males de la sociedad. Ese triunfo es humilde y pacífico; sólo lo obtienen y gustan los sencillos. La victoria de la cruz es el origen de la procesión de ramos.

El triunfo y la paz las llevaba en su interior Jesús; los ramos los ponían los niños, signos de los pobres. Llevamos los ramos a casa como signo de victoria de la cruz y el triunfo de la paz.

La procesión es una marcha comunitaria de la violencia ya vencida por Jesús hacia la paz ganada por la cruz.

Salmo 22: mi salmo

“Salmo de David. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?

Dios mío, de día clamo y no respondes; y de noche, pero no hay para mí reposo.

Sin embargo, tu eres santo, que habitas entre las alabanzas de Israel.

En ti confiaron nuestros padres; confiaron, y tú los libraste.

A ti clamaron, y fueron librados; en ti confiaron, y no fueron decepcionados.

Pero yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo.

Todos los que me ven, de mí se burlan; hacen muecas con los labios, menean la cabeza, diciendo: Que se encomiende al Señor; que Él lo libre, que Él lo rescate, puesto que en Él se deleita.

Porque tú me sacaste del seno materno; me hiciste confiar desde los pechos de mi madre.

A ti fui entregado desde mi nacimiento; desde el vientre de mi madre tú eres mi Dios.

No estés lejos de mí, porque la angustia está cerca, pues no hay quien ayude.

Muchos toros me han rodeado; toros fuertes de Basán me han cercado. Ávidos abren su boca contra mí, como un león rapaz y rugiente.

Soy derramado como agua, y todos mis huesos están descoyuntados; mi corazón es como cera; se derrite en medio de mis entrañas.

Como un tiesto se ha secado mi vigor, y la lengua se me pega al paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte.

Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malhechores; me horadaron las manos y los pies.

Puedo contar todos mis huesos. Ellos me miran, me observan; reparten mis vestidos entre sí, y sobre mi ropa echan suertes.

Pero tú, oh Señor, no estés lejos; fuerza mía, apresúrate a socorrerme. Libra mi alma de la espada, mi única vida de las garras del perro. Sálvame de la boca del león y de los cuernos de los búfalos; respóndeme.

Hablaré de tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré.

Los que teméis al Señor, alabadle; descendencia toda de Jacob, glorificadle, temedle, descendencia toda de Israel.

Porque Él no ha despreciado ni aborrecido la aflicción del angustiado, ni le ha escondido su rostro; sino que cuando clamó al Señor, lo escuchó.

De ti viene mi alabanza en la gran congregación; mis votos cumpliré delante de los que le temen.

Los pobres comerán y se saciarán; los que buscan al Señor, le alabarán. ¡Viva vuestro corazón para siempre!

Todos los términos de la tierra se acordarán y se volverán al Señor, y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti.

Porque del Señor es el reino, y Él gobierna las naciones.

Todos los grandes de la tierra comerán y adorarán; se postrarán ante Él todos los que descienden al polvo, aun aquel que no puede conservar viva su alma.

La posteridad le servirá; esto se dirá del Señor hasta la generación venidera.
Vendrán y anunciarán su justicia; a un pueblo por nacer, anunciarán que Él ha hecho esto”.

En este salmo la acción de gracias ocupa casi dos quintas partes.

¿Quién no tiene hoy problemas que los siente como tribulaciones? ¿Quién no sufre hoy, no sólo por uno, sino por muchos motivos?: ¿en qué familia no hay serios problemas, o qué barrio, ciudad o empresa, no pasa por dificultades? Cualquiera que haga parte de la lista de los que sufren puede leer como suyo este salmo.

El Salmo no representa sólo un hecho histórico sino una situación típica, es decir, lo puede usar cualquiera que se encuentre en una situación de sufrimiento.

Este Salmo nos permitirá dar gracias por la confianza que se tiene en la súplica: yo me encuentro con una situación terrible, desesperada, tremenda y yo acudo a Dios y Dios me tiene que librar, pero yo también prometo que le daré gracias porque estoy seguro que Dios me va a ayudar. La confianza va implícita; si el hombre se dirige a Dios es porque Dios puede y quiere librarlo de sus angustias.

Mi acción de gracias es tan profunda que necesito de más gente, la comunidad litúrgica, para agradecer y ampliar mi gratitud.

En la asamblea de Israel yo públicamente voy a dar gracias a Dios. El punto central soy yo, mi experiencia la voy a comunicar para que se propague, para que se contagie.

La acción de gracias no me permite encerrarme en mi sufrimiento, por el contrario, me saca del mismo a espacios más amplios como la gratitud, la alabanza y el reconocimiento a Dios por la cruz de Jesucristo.

Las palabras de Cristo resucitado a María Magdalena (Jn. 20,17) sobre el mensaje pascual a los apóstoles parecen inspiradas en el v.23 de este salmo: “Contaré tu fama a mis hermanos”.

Si yo te confieso como mi Dios ¿por qué tu no me confiesas como tu siervo? ¿por qué me abandonas? ¿por qué la lejanía cuando yo necesito cercanía?

Te quedas lejos de mis clamores; por el clamor el hombre supera la distancia. A una persona que está lejos me acerco a ella con un grito, pero Dios está tan lejos que por más que yo grito no lo alcanzo. En cambio yo confío en el Señor y el Señor no me hace caso. ¿Por qué?

El Salmo invita a la confianza en Dios recordando todo lo que Dios ha hecho por nosotros desde antes. Cuando nacimos pasamos a manos de Dios pues Dios nos esperaba para recibirnos en el mundo y por eso desde el vientre materno ”Tu eres mi Dios”.

Si Jesucristo recitó desde la cruz este Salmo no fue sólo para definir su situación, sino para asumir eficazmente la nuestra.

Jesucristo asumió el abandono en que se sintió el antiguo salmista, y con él el de tantos hombres de todos los tiempos que sufren y se preguntan ¿por qué sufro?... ¿Padre por qué nos has abandonado?

Desde la cruz, cualquier hombre que sufra tiene la certeza de que el Señor está a su lado, y que no está dejado de la mano de Dios, a diferencia de la mentalidad judía, que veía en toda enfermedad o sufrimiento el castigo de un pecado. Dios en Jesucristo nos ha amado hasta la muerte y muerte en cruz.

Para un cristiano rezar este salmo implica la solidaridad de Jesús al asumir la pasión de los que sufren. De lo contrario, Jesús puede decirnos como reproche: ¿Por qué me has abandonado?

La Pasión, un espectáculo

Para los griegos el espectáculo era lo que movía el corazón. El espectador es introducido en el espectáculo. El espectáculo era la manera de purificar las emociones y los sufrimientos de la gente. Allí aparecía lo más elevado y lo más profundo, las luces y las sombras de los seres humanos y todos los abismos de su espíritu. Todo eso para la ”catarsis”, la purificación, la limpieza interior. El espectáculo buscaba transformar el ser humano. Cuando miramos el espectáculo de la Pasión de Jesús nos vamos transformando, nos damos golpes de pecho y nos vamos convirtiendo. Hay que conmoverse de corazón para iniciar un nuevo camino.

En la cruz, Jesús es el hombre justo. Él muestra cómo se comporta un hombre justo y cómo el alma está en su mejor disposición. Jesús es quien cuida de nuestra alma para que estemos en disposición de vivir correctamente.

“Al ver el centurión lo sucedido glorificaba a Dios diciendo: ciertamente éste hombre era justo. Y todas las gentes que habían asistido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho. Estaban a distancia viendo estas cosas, todos los conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea”. ( Lc. 23,47 - 49).

padre Emilio Betancur Múnera

 

DESDE EL SUMO ABISMO A LA CUMBRE TOTAL

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cual quiera- y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de odo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. Filipenses 2,6 - 11.

Sólo merece las rodillas de todo y de todos; sólo merece la confesión y la aclamación universal el Hombre despojado de sí mismo y habitado por los demás. El Hombre, en cuyo corazón caven todas las personas menos él mismo. El Hombre que se desaloja a sí mismo, para alojar al mundo en sus entrañas. El hombre, a quienes le duelen todos los dolores menos el suyo propio. El Hombre crucificado por todas las cruces y muerto con y por todas las muertes. El Hombre, en cuya afectividad irrumpen y emergen los padecimientos generales. El Hombre desvivido de sí, que no vive su propia vida sino que lo viven los demás. El Hombre, cuya pasión mortal es dejarse “apasionar” por todos... ¡Sólo ese Hombre merece genuflexión y confesión totales!

Sólo merece todos los nombres aquel Hombre que, pasando por uno de tantos, da nombradía a todos los mal nombrados. Sólo merece el Nombre-sobre-todo-nombre aquel Hombre que a cada hombre lo nombra por su nombre. Aquel Hombre, para quien nadie es anónimo. Aquel Hombre, ante quien todos recobran su irrepetible y personal denominación. Aquel Hombre que con sólo ser nombrado pone nombres nuevos a los hombres y a las cosas. Aquel Hombre que, en vida y en muerte, fue, es y será el Nombre de Dios, el Eco de Dios, la forma que tiene de oírse Dios. Aquel Hombre, que nunca habló en nombre propio porque siempre habló en nombre de Dios. Aquel Hombre que recibió del Padre el NOMBRE SOBRE TODO NOMBRE, cuando los hombres quisieron borrar su nombre de toda la tierra... Ese Hombre es el “Ecce homo”, la Oferta dada y recibida por Dios Padre, la Ofrenda y el Don universal, la Dote y el Sacerdote perfecto, el único Hombre y el único Nombre bajo el cielo y la tierra, por el que el hombre condenado puede salvarse , por el que el hombre muerto puede resucitar.

A ese Hombre, muerto y resucitado, a Jesucristo el Señor, nuestra rodilla, nuestra aclamación, nuestra confesión, nuestra obediencia, nuestra vida, nuestra muerte. A Él, el honor y la gloria por los siglos de los siglos.

Juan Sánchez Trujillo

 

"..si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad"

La frivolidad del éxito momentáneo el gran engaño

La celebración de este domingo tiene dos partes. Una es la bendición de ramos con la lectura evangélica de la llamada “entrada triunfal de Jesús en Jerusalén” Ramos de olivo, que aluden a la paz, -es el Príncipe de la paz-; de laurel, que alude al triunfo, ¡”Hosanna al Hijo de David!”, de palmera que simboliza el aplauso, las palmas, popular. La otra el aludido relato de la Pasión en la eucaristía tras la procesión triunfal. Hubo un momento de triunfo, pero se debió a un pueblo sencillo, pronto a dejarse a arrastrar por acontecimientos, sin reflexión honda. El aplauso indigna las autoridades religiosas, que sí sabían lo que querían, lo habían meditado detenidamente. Y que acabarán arrastrando al pueblo del “Hosanna” al de “Crucifícale”. Jesús desde el principio de su vida pública – en las tentaciones del desierto- rechazó el populismo. Por superficial.

Lectura y meditación de la Pasión de Cristo, según san Lucas

El relato de Lucas tiene sus propios matices: es menos duro que el de Marcos y Mateo. Aparecen personajes que se apiadan de Jesús, como las mujeres de Jerusalén, el “buen ladrón”; su grito antes de expirar no es el desgarrado “Dios mío Dios mío por qué me has abandonado”, sino el sereno “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús recibe un reconocimiento póstumo de la boca del centurión, “verdaderamente éste era un hombre justo” y de la muchedumbre que volvía a sus casas lamentando lo que habían hecho con él. En fin, si bien a distancia “los conocidos y las mujeres” habían seguido los acontecimientos, no le habían dejado absolutamente solo. El momento quizás más duro fue el de la oración del huerto de Getsemaní, ante la inminencia de lo que le venía encima sudó sangre de angustia; pero sus palabras expresan la grandeza de su ser “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

El sueño del cristiano ante el dolor lo más improcedente

Decepcionante es ver cómo los discípulos dormían ajenos a su agonía, es decir: a la lucha interior que se desarrollaba entre el amor a la vida de Jesús y cumplimiento de su compromiso de amor hasta el final – la voluntad del Padre-. La Iglesia nos exige a los cristianos que no quedemos ajenos a estos acontecimientos, durmiéndonos en nuestro deseo y decisión de descanso, al margen de lo que se celebra, dando un valor exclusivo de vacación a estos días. Las procesiones son una llamada de atención a lo real de la Pasión y a sentirla, vivirla en nuestro corazón. La pasión de Cristo no pierde su dureza porque conozcamos que todo desembocará en la resurrección. “No podemos pensar que la Pasión es sólo un preludio a la Resurrección” (Von Balthasar). Hay que meditar la pasión y la muerte del Hijo de Dios en toda su “terribilidad”, tal como la vivieron los hombres que la causaron, y, sobre todo, quien la sufrió. (Cardenal Martini). Son días de poner a prueba la hondura de nuestra condición cristiana, de saber si es sólo un barniz sociológico, o algo que se asienta en la médula de nuestra conciencia.

No absolutizar el dolor

La pasión de Jesús es auténtica. Como la de tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia y en nuestros días. La Pasión, como el dolor, no tiene la última palabra Tampoco la única. No la tiene si se le encuentra sentido: si se sufre por alguien y con alguien, para alguien. Jesús vivió el dolor con ese sentido, hasta la muerte. Impregnado de amor y solidaridad con todos, incluso con los que le condenan: “Perdónales Señor, no saben lo que hacen”. Al final puede decir al Padre que le acompaña en el dolor: “Todo se ha cumplido”; “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Un espíritu que resucitaría a su cuerpo para restaurar su integridad humana gloriosa y definitiva.

fray Juan José de León Lastra

 

Luego de las dos precedentes semanas en las cuales la Iglesia nos ha concedido escuchar con atención dos pasajes del amor y la misericordia del Padre, en los evangelios de San Lucas y San Juan: la parábola del hijo pródigo y la adúltera sorprendida en adulterio; los que han sido una preparación para poder comenzar a celebrar el misterio de nuestra salvación. Es importante e imprescindible que el hombre de hoy reconozca que tiene necesidad  de la salvación para poder entrar y vivir el Misterio Pascual de Cristo, al que en este Domingo de Ramos la Iglesia nos introduce de manera que podamos vivirlo, celebrarlo y proclamarlo.

Los evangelios precedentes han tenido la  intención de movernos al interno de nosotros mismos para poder realmente desear celebrar el misterio de nuestra salvación; pues en síntesis el evangelio del hijo pródigo nos dijo: «...y entrando en sí mismo se dijo ...». Y en el evangelio de la semana pasada escuchamos: «... quien esté sin pecado que tiré la primera piedra...». En palabras sencillas podríamos decir a todos los que somos creyentes: quién no está necesitado de Cristo. Quiero decir con esto que no hay hombre sobre la tierra que en cuanto Cristo aparece, o se manifiesta, en su vida no comience inmediatamente a reconocer su realidad, porque solamente a través de Cristo el hombre puede conocer realmente quién es.

Entrando en el evangelio de esta semana, la Iglesia nos invita a unirnos a esta  gran multitud que aclamaba a Cristo por los milagros y grandes curaciones que habían visto realizados. El domingo de Ramos nos hace revivir esta entrada de Jesús en Jerusalén, cuando se acercaba la celebración de la Pascua. El pasaje evangélico lo presenta mientras entra en la ciudad rodeado por una multitud jubilosa. Puede decirse que, aquel día, llegaron a su punto culminante las expectativas de Israel con respecto al Mesías. Eran expectativas alimentadas por las palabras de los antiguos profetas y confirmadas por Jesús con su enseñanza y, especialmente, con los signos que había realizado. Nosotros igualmente podemos aclamar a Cristo por los innumerables milagros y curaciones que está realizando en nuestras vidas como signo de nuestra recreación, de nuestra regeneración. No lo aclamamos en un sentido de adhesión simplemente sino porque el sentirnos beneficiarios de su obra de salvación nos hace partícipes de su vida y del amor misericordioso del Padre.

Al entrar en Jerusalén, Jesús sabe que el júbilo de la multitud lo introduce en el corazón del «misterio» de la salvación. Es consciente de que va al encuentro de la muerte, que no recibirá una corona real, sino una corona de espinas. A los fariseos, que le pedían que hiciera callar a la multitud, Jesús les respondió: «Si estos callan, gritarán las piedras».

Se refería en particular, a las paredes del templo de Jerusalén, construido con vistas a la venida del Mesías y reconstruido con gran esmero después de haber sido destruido en el momento de la deportación a Babilonia. Así como el antiguo templo de Jerusalén fue destruido y reconstruido, así también el templo nuevo y perfecto del cuerpo de Jesús debía morir en la cruz y resucitar al tercer día.

Por ello las lecturas de la celebración de hoy relatan el sufrimiento del Mesías y llegan a su punto culminante en la narración que hace San Lucas de la pasión. Este inefable misterio de dolor y de amor, de redención, lo manifiesta también el profeta Isaías, porque este Cristo victorioso que hoy entra a Jerusalén, para someterse a la voluntad del que lo llamó, ha sido probado en  todo y sobre todo en el sufrimiento, pero allí, en el sufrimiento, es  donde hemos visto de manera palpable la autenticidad de su misión, así en el salmo responsorial cantamos: «...Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?...». Lo repite San Pablo en la carta a los Filipenses, en la que se inspira la aclamación que nos acompañará durante todo el «Santo Triduo Pascual»: «Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz».

Por eso que este domingo de Ramos lo podemos considerar también de una manera especial como una confesión de nuestra fe porque esta aclamación, dando un paso de mayor grado, significa confesar a Cristo como Nuestro Señor, Rey y Salvador, Pastor de nuestra vida, que se hace camino nuestro venciendo nuestra muerte para que ésta sea una garantía de la resurrección. En la cruz, Jesús muere por cada uno de nosotros. Por eso, la cruz, escándalo para el mundo, es el signo más grande y elocuente de su amor misericordioso, el único signo de salvación para todas las generaciones y para la humanidad entera. Así también lo manifestó el Papa Benedicto XVI: «...El domingo de Ramos nos dice que el auténtico gran «sí» es precisamente la Cruz, que la Cruz es el auténtico árbol de la vida. No alcanzamos la vida apoderándonos de ella, sino dándola. El amor es la entrega de nosotros mismos y, por este motivo, es el camino de la vida auténtica simbolizada por la Cruz...» (Homilía en la celebración del Domingo de Ramos, 2006)

La muchedumbre aclama a Jesús: «¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor» La gente lanza este grito ante Jesús, y esta expresión: «El que viene en nombre del Señor», de hecho se había convertido en la manera de designar al Mesías, porque en Jesús reconocen a quien verdaderamente viene en el nombre del Señor y trae la presencia de Dios entre ellos. Este grito de esperanza de Israel, esta aclamación a Jesús durante su entrada a Jerusalén, se ha convertido con razón en la Iglesia en la aclamación a quien, en la Eucaristía, nos sale al encuentro de una manera nueva. Así san Agustín dice, en relación al tiempo que estamos viviendo: la cuaresma es el tiempo del hombre terreno, paso previo para la Pascua, tiempo del hombre nuevo.

Es así que en este Domingo de Ramos todos nos unimos a este canto: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!». Bendito eres Tú, oh Cristo, que también hoy vienes a nosotros con tu mensaje de amor y de vida. Y bendita es tu santa cruz, de la que brota la salvación del mundo.

¡Hosanna, Bendito el que ha venido y viene en el nombre del Señor!

padre Oscar Balcázar Balcázar

 

Hoy la Iglesia entera conmemora el domingo de Ramos, que constituye la puerta de la semana santa. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén marca, en cierto sentido, el fin de lo que Jerusalén representaba para el antiguo testamento, y señala el principio de la plena realización de la nueva Jerusalén. Desde este momento Jesucristo insistirá sobre la destrucción de la Jerusalén terrenal, hablará de su juicio, de la que ha de ser la Jerusalén futura. De ella nacerá la Iglesia, ciudad espiritual  que se extenderá por todo el mundo cual signo universal de la redención futura.

A lo largo de la historia de la Iglesia, la celebración de este domingo tuvo connotaciones diferentes. Desde el Siglo V y hasta el siglo X, en Roma, tuvo como tema central  a la Pasión del Señor. En Jerusalén en cambio se celebraba el Domingo de Ramos, recordando la entrada triunfal de Jesús, y dando preponderancia a la procesión con la bendición de los ramos.

Actualmente ya no existen dos celebraciones separadas.  Es verdad que existen la procesión y la misa pero son dos elementos de un todo. De hecho, ni la procesión tiene un final, ni la misa tiene un principio, pues la procesión desemboca en la misa, y esta no tiene un rito de entrada distintivo de la procesión. Se han integrado así dos tradiciones: la de Jerusalén y la de Roma

Por eso, la celebración de este domingo  comienza con el rito de la bendición de los ramos. Sigue la lectura del Evangelio que relata la entrada de Cristo en la Ciudad Santa, y termina con la procesión o la entrada solemne. Se ha simplificado la bendición de los ramos, y se ha dado mucho más realce a la procesión, poniendo de  manifiesto que no se trata tanto del simbolismo de las palmas, cuanto de rendir homenaje a Cristo, Mesías - Rey, imitando a quienes lo aclamaron como Redentor de la humanidad.

La procesión tiene como meta la celebración de la Eucaristía, ya que en ella se reactualiza el sacrificio de Cristo. La entrada de Cristo en Jerusalén tenía la finalidad de consumar su misterio Pascual. La liturgia de la misa insiste en los aspectos de la Pasión y de la Pascua.

Durante la procesión de este domingo, llevamos en las manos olivos como signo de paz y esperanza, porque en el seguimiento de Cristo, pasando nuestra propia pasión y muerte, viviremos la resurrección definitiva de Dios.

Después llevamos a nuestras casas los ramos bendecidos, como signo de la bendición de Dios, de su protección y ayuda. Según nuestra costumbre, se colocan sobre un crucifijo o junto a un cuadro religioso, y este olivo es un sacramental., es decir, nos recuerda algo sagrado.

Pero este domingo de ramos, muchas veces está demasiado marcado con el folklore del ramo bendito que se lleva como talismán contra toda clase de desgracias. El olivo queda entonces mucho más emparentado con la herradura o la cola de conejo que con el misterio de la salvación.

Por eso se da el contrasentido de que quien tiene algo más importante que hacer, encarga a quien va a la Iglesia que le traiga un ramo para protección de la casa. O de aquel que porque está apurado, después de la procesión, regresa antes de que termina la misa.

Es más o menos como se uno le pidiese prestado el anillo de casamiento a alguien que es feliz en su matrimonio, pensando que con eso superará las dificultades que tiene en el suyo.

El ramo que hoy llevamos a nuestras casas es el signo exterior de que hemos optado por seguir a Jesús en el camino hacia el Padre. La presencia de los ramos en nuestros hogares  es un recordatorio de que hemos vitoreado a Jesús, nuestro Rey, y le hemos seguido hasta la cruz, de modo que seamos consecuentes con nuestra fe y sigamos y aclamemos al Salvador durante toda nuestra vida.

Jesús sale una mañana de Betania. Allí, desde la tarde anterior se habían congregado muchos discípulos suyos. llegados en peregrinación desde Galilea para celebrar la pascua. Otros eran habitantes de Jerusalén, convencidos por el reciente milagro de la resurrección de Lázaro, que recordamos el Domingo anterior. Acompañado de esta numerosa comitiva, a la que se van sumando otros por el camino, Jesús toma una vez más el camino de Jericó a Jerusalén.

Las circunstancias se presentaban propicias para un gran recibimiento, pues era costumbre que las gentes saliesen al encuentro de los más importantes grupos de peregrinos para entrar en la ciudad entre cantos y manifestaciones de alegría. Jesús no presenta ninguna oposición a los preparativos de esta entrada jubilosa. El mismo elige la cabalgadura: un sencillo asno que manda traer de una aldea cercana.

El cortejo se organizó en seguida. Algunos extendieron su manto sobre el animal y le ayudaron a Jesús a subir encima. Otros, adelantándose, tendían sus mantos en el suelo para que el borrico pasase sobre ellos. Y al acercarse a la ciudad, toda la multitud llena de alegría comenzó a alabar a Dios por todos los milagros que habían visto: Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el Cielo y gloria en las alturas!

Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un borrico, como había sido profetizado muchos siglos antes. Y los cantos de la gente son claramente mesiánicos. Esta gente llana, y sobretodo los fariseos, conocían bien estas profecías, y se manifiesta llena de júbilo. Jesús admite el homenaje, y a los fariseos que intentan apagar aquellas manifestaciones de fe y de alegría, el Señor les dice: Les digo que si estos callan, gritarán las piedras.

Con todo, el triunfo de Jesús es un triunfo sencillo. Se contenta con un pobre animal por trono.

Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy efímera. Los ramos verdes de marchitaron pronto. El hosanna entusiasta se transformó, cinco días más tarde, en un grito enfurecido: ¡Crucifícale, crucifícale! Que diferentes son los ramos verdes y la cruz. Las flores y las espinas. A quien antes le tendían por alfombra sus propios vestidos, a los pocos días lo desnudan y se los reparten en suertes.

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén nos pide a cada uno de nosotros coherencia y perseverancia. Ahondar en nuestra fidelidad para que nuestros propósitos no sean luces que brillan momentáneamente y pronto se apagan.

Comencemos la Semana Santa con un nuevo ardor y dispongámonos a ponernos al servicio de Jesús. Tratemos de mantenernos con coherencia entre la fe y la vida.

Que nuestro grito de júbilo de hoy, no se convierta en el ¨crucifíquenlo¨ del Viernes.

Que nuestro ramos, que son brotes nuevos de propósitos santos, no se marchiten en la manos y se conviertan en ramas secas..

Caminemos hacia la Pascua con Amor

Por eso esta semana , vivamos la Semana Santa.

Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección.

Vivir la semana Santa es descubrir qué pecados hay en mi vida y buscar el perdón generoso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación.

Vivir la Semana Santa es afirmar que Cristo está presente en la eucaristía y recibirlo en la comunión.

Vivir la Semana Santa es aceptar decididamente que Jesús está presente también en cada ser humano que convive y se cruza con nosotros.

Vivir la Semana Santa es proponerse seguir junto a Jesús todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad.

Semana Santa, es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para preguntarse en qué se está gastando nuestra vida. Para darle un rumbo nuevo al trabajo y a la vida de cada día. Para abrirle el corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrirle el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Cristo, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor.

 

 

Iniciamos la semana santa con este domingo en el que recordamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y a la vez escuchamos el relato de la Pasión. ¿Por qué escuchar el relato de la Pasión desde hoy si lo meditaremos el viernes santo? El motivo es que la liturgia de los domingos debe guardar una continuidad; de tal manera que este domingo escuchamos la muerte de Cristo y el próximo escucharemos la Resurrección. Así, quien asiste sólo los domingos a misa, tendrá una visión completa del Misterio Pascual.

EL TEXTO

Vale la pena detenernos este día a reflexionar en la entrada de Jesús a Jerusalén. Definitivamente que esta entrada es un acto profético y lleno de simbolismo por parte de Jesús. ¿qué estaría pretendiendo al entrar de esa manera a Jerusalén? Podríamos marcar dos intenciones: manifestarse como Mesías rodeado y aclamado por su pueblo; y dejar claro que su mesianismo no posee un carácter escatológico, es decir, de cumplimiento de las promesas de salvación. El no ha venido como un Mesías que pretenda con su poder (terrenal) transformar Jerusalén; sino que se presenta con sencillez, cumpliendo con el pasaje de Zacarías 9,9 que dice: "Salta de alegría Sion, lanza gritos de júbilo, Jerusalén, porque se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un burro.". Así, la entrada de Jesús en Jerusalén nos deja claro que Él pretendía ser reconocido como ese justo y humilde rey que anunciaba la salvación. Por otro lado, escuchamos la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo; patético relato de lo que el hombre puede hacer con el anuncio gozoso y pacífico de salvación. Porque Dios no envío a su hijo a morir, sino a mostrarnos la salvación; pero fue el pecado del hombre (la envidia, el egoísmo, el apego a los ritos, la cerrazón de corazón, el odio, la intriga, la mentira, etc. ) lo que llevó a Jesús a tener que sufrir tal suplicio. La Pasión de Cristo no muestra hasta donde nos puede llevar el pecado cuando no somos sinceros para reconocerlo en nuestras vida; es el absurdo del hombre que rechaza la vida y elige la muerte; es la incoherencia del pecado que prefiere la falsa seguridad de la mentira que la renovación que la verdad pudiera traer; es la victoria de la oscuridad y el pecado sobre la luz y la vida.

ACTUALIDAD

Hoy, Jesucristo se sigue manifestando como Mesías, tal como lo hizo en aquella procesión hacia Jerusalén, con sencillez y paz. Hoy, la palabra de Cristo se sigue haciendo presente para denunciar la muerte y anunciar la vida; su palabra resuena a través de su Evangelio y a través de tantos profetas actuales que denuncian la injusticia, la violencia, y la mentira de la sociedad. Pero la mayoría de nosotros seguimos actuando con la complicidad y el engaño en que vivieron los habitantes de Jerusalén cuando Jesús fue crucificado. Porque, no podemos creer que los líderes de aquel entonces pensaran que estaba mal lo que estaban haciendo; al revés! Ellos sentían que estaban salvando a su pueblo de la herejía de ese Nazareno. Y el pueblo que no hizo nada por defender a quien habían proclamado como Mesías, tampoco pensaba que estaba mal, pues al fin y al cabo, ya vendría otro a seguir hablándonos bonito de Dios. ¿No nos estaremos engañando nosotros mismos también? Cuando ignoramos a quien sufre y está cerca de nosotros; cuando justificamos nuestras agresiones a otros "porque se las merecen"; cuando vivimos tranquilos sin perdonar a quien nos ha ofendido; cuando limitamos nuestro amor a quien nos "caen bien"; cuando hacemos alguna "trancilla" justificándonos en que así todos le hacen; etc. ¿Dónde está el amor, dónde el perdón y la comprensión; dónde está la justicia y la honestidad? Nosotros también hemos rechazado el plan de Dios con nuestras vidas; hemos sido cómplices o inclusive agentes activos en la ineficacia del sufrimiento de Cristo.

PROPÓSITO

Iniciamos la Semana Santa, semana en la que debemos detenernos a reflexionar (seriamente) ¿qué hemos hecho con el amor que Cristo derramó sobre nosotros en la Cruz? Esta semana, ofrece quince minutos cada día para reflexionar sobre todo lo que Dios te ha dado, y cómo le has respondido tu. Por tu Pueblo, Para tu gloria, Siempre tuyo Señor.

www.agustinos-es.org

 

Estamos ya entrando a la Semana Santa. En efecto, este domingo de Ramos se da inicio formal a la semana de la Pasión de Jesús. Su persecución y condenación a muerte ya se había estado planeando desde antes, pero la revivificación de Lázaro en Betania, a poca distancia de Jerusalén que era el centro del poder civil y religioso, fue la gota que colmó el vaso, hasta tal punto que inclusive consideraron dar muerte también a Lázaro.

La entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, que precisamente hoy recordamos, fue un impresionante recibimiento, pues la población lo aclamó como el Mesías, el esperado por tanto tiempo por el pueblo de Israel. Esta aclamación de Jesús por la mayoría del pueblo fue ciertamente provocada por el apoteósico milagro realizado pocos días antes: el haber vuelto a la vida a un muerto ya sepultado y en franco proceso de deterioro.

Hoy, Domingo de Ramos, además de recibir las palmas benditas, la Liturgia nos introduce en los detalles de la Pasión de Cristo. En efecto este año leemos la Pasión según la narra san Lucas (Lc. 22,14 - 23,56).

Meditar la Pasión del Señor es siempre un ejercicio muy provechoso para nuestra vida espiritual. Y resulta más provechoso cuando podemos personalizar los efectos de la Pasión, cuando podemos percatarnos de que cada sufrimiento de Jesús fue por mí y para mí. Caer en la cuenta de que yo personalmente estuve en el corazón y en la mente de Cristo en esos momentos es muy conveniente para aprovechar las gracias de redención que emanan de la Pasión salvadora de Jesús.

Parece que así lo reconoce San Pablo cuando escribe en primera persona: “me amó a mí y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 5,2). Y se entregó al extremo, de manera que su cuerpo mortal quedó vacío de toda sangre y agua, al punto de que sus huesos podían verse y contarse a través de su piel (Sal. 22,18).

Valga esto para resumir los sufrimientos físicos extremos que padeció por cada uno de nosotros ... (personalicemos) por mí, para salvarme, para pagar mi rescate. Y, como leemos en la Primera Lectura, los sufrió sin quejarse en ningún momento. “No he opuesto resistencia ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No respondí a insultos y salivazos ...” (Is. 50,4 - 7).

Pero quedan también los sufrimientos morales ... ¡En qué medida también los sufrió! Para muestra, como introducción basta con detenernos en la oración en el Huerto de los Olivos, la noche antes de su muerte. ¡Qué sufrimiento tan atroz, pues esa noche pudo vislumbrar en qué consistiría su Pasión y Muerte! Podemos decir que sufrió su pasión por anticipado. Allí Jesús, escondida su divinidad, en oración ante su Padre, siente la angustia horrorosa de su próxima muerte en el mayor de los sufrimientos.

La medida de su dolor debe haber sido la misma medida de su amor. Y su Amor es infinito, sin medida. Pensemos solamente en que por su divinidad -aunque medio escondida en estos terribles momentos- Jesús podía conocer todas las ofensas que nosotros los seres humanos habíamos hecho y habríamos de hacer a Dios desde el principio del mundo hasta el final. Como El cargó con todas nuestras culpas, deseaba entonces reparar por nuestros pecados ante el Padre y que así quedaran satisfechas todas nuestras ofensas.

El ofendido era Dios; los ofensores, humanos. Sólo Dios-Hombre podía repara tal ofensa. La falta a un ser Infinito por parte de nosotros los seres humanos, requería una satisfacción infinita que sólo Jesús, Dios y Hombre verdadero, podía dar.

A esta carga se unía el que, dado su infinito Amor por cada uno de nosotros, le invadía una mayor tristeza aún por vernos ofendiendo al Padre. La agonía no quedaba allí, sino que a esto se agregaban nuestros desagradecimientos y falta de correspondencia a todos estos sufrimientos suyos. El ver que ¡tantos! desperdiciarían los indescriptibles tormentos que El padecería en su inminente Pasión y Muerte, pudo haber sido la mayor causa de esa agonía. ¡El desprecio nuestro a su amor y a su entrega tiene que haber sido insoportable!

Tal fue el sufrimiento que tuvo que venir un Ángel para animarlo en su oración. ¿Qué misterioso consuelo traería el Ángel a su Dios? Algunos ha especulado que, ante la angustia por todos los que desperdiciarían las gracias de redención, el consuelo angélico pudo haber sido el haberle recordado los muchos que sí se salvarían por su sufrimiento. De allí que, nuevamente, por tercera vez, Jesús repite: “Padre, si es posible que pase de mí esta prueba, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”

Modelo de oración para todo momento: en alegrías y en tristezas, en las dificultades y cuando no las hay, para uno mismo y para los demás. Modelo de oración para poder cumplir la petición que hizo a sus Apóstoles esa noche: “Velen y oren para no caer en tentación”.

www.homilia.org

 

"Y salió Pedro de allí y lloró amargamente"

En el Evangelio de Lucas leemos lo siguiente: ‘Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!». Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro... Y Pedro, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”.

Yo he tenido unas relaciones bastante buenas con el Señor. Le pedía cosas, conversaba con El, cantaba sus alabanzas, le daba gracias... Pero siempre tuve la incómoda sensación de que El deseaba que le mirara a los ojos..., cosa que yo no hacía. Yo le hablaba, pero desviaba la mirada cuando sentía que El me estaba mirando. Yo miraba siempre a otra parte. Y sabía por qué: tenía miedo. Pensaba que en sus ojos iba a encontrar una mirada de reproche por algún pecado del que no me hubiera arrepentido. Pensaba que en sus ojos iba a descubrir una exigencia; que había algo que El deseaba de mí. Al fin, un día, reuní el suficiente valor y miré. No había en sus ojos reproche ni exigencia. Sus ojos se limitaban a decir: «Te quiero». Me quedé mirando fijamente durante largo tiempo. Y allí seguía el mismo mensaje: «Te quiero». Y, al igual que Pedro, salí fuera y lloré”.

Esta reflexión que nos presenta el famoso jesuita Anthony de Mello, nos invita a fijarnos en dos versículos de la pasión del Señor Jesucristo según san Lucas, que la Iglesia nos propone para el domingo de Ramos este año. Seguramente, más de una vez hemos vivido momentos como los que se describen aquí y hemos sentido la mirada del Señor que no reclama, ni pide nada... sólo nos expresa su amor incondicional. La pasión del Señor nos muestra el amor que llega hasta el extremo. No es un amor que echa en cara el sufrimiento padecido. No es un amor condicionado a nuestra respuesta. El amor con el que Jesús nos ama en su pasión es incondicional, y deja siempre abierta la invitación a trabajar con él y como él, para que no haya crucificados en este mundo. Pero es una invitación libre para personas libres, y no una imposición.

El jesuita chileno, Jorge Costadoat, S.J., envió hace un tiempo una reflexión que tituló ¿Mucha sangre y poco Cristo? En ella hace algunos comentarios sobre la película de Mel Gibson, La Pasión de Jesucristo. Afirma que “hasta el año 1000 aproximadamente, predominó en la Iglesia la teología de los padres griegos que subrayaba la importancia del don de Dios mismo en Cristo crucificado. Para colaborar en su salvación, los hombres debían creer que, al entregarse Dios en la cruz por ellos, los amaba y salvaba libre y gratuitamente. Pero desde san Anselmo en adelante, la teología latina giró en contrario: la salvación Dios la otorga gracias a la satisfacción que Cristo crucificado le ofrece en representación de quienes no pueden, siendo pecadores, reparar la ofensa de su honor divino. En lo sucesivo se desarrollaron teologías que, llevando al extremo la importancia de la entrega del hombre Jesús, terminaron por menoscabar la gratuidad del sacrificio y de la salvación cristiana”.

Tal vez hemos menoscabado la gratuidad del amor de Dios manifestado en Jesús. Por eso, cuando el Señor nos mira, sentimos su reclamo por nuestras negaciones y traiciones. Sin embargo, lo único que dicen sus ojos es lo que vio Pedro en ellos: «Te quiero».

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

"Y salió Pedro de allí y lloró amargamente"

 “En el Evangelio de Lucas leemos lo siguiente: ‘Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!». Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro... Y Pedro, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”.

Yo he tenido unas relaciones bastante buenas con el Señor. Le pedía cosas, conversaba con El, cantaba sus alabanzas, le daba gracias... Pero siempre tuve la incómoda sensación de que El deseaba que le mirara a los ojos..., cosa que yo no hacía. Yo le hablaba, pero desviaba la mirada cuando sentía que El me estaba mirando. Yo miraba siempre a otra parte. Y sabía por qué: tenía miedo. Pensaba que en sus ojos iba a encontrar una mirada de reproche por algún pecado del que no me hubiera arrepentido. Pensaba que en sus ojos iba a descubrir una exigencia; que había algo que El deseaba de mí. Al fin, un día, reuní el suficiente valor y miré. No había en sus ojos reproche ni exigencia. Sus ojos se limitaban a decir: «Te quiero». Me quedé mirando fijamente durante largo tiempo. Y allí seguía el mismo mensaje: «Te quiero». Y, al igual que Pedro, salí fuera y lloré”.

Esta reflexión que nos presenta el famoso jesuita Anthony de Mello, nos invita a fijarnos en dos versículos de la pasión del Señor Jesucristo según san Lucas, que la Iglesia nos propone para el domingo de Ramos este año. Seguramente, más de una vez hemos vivido momentos como los que se describen aquí y hemos sentido la mirada del Señor que no reclama, ni pide nada... sólo nos expresa su amor incondicional. La pasión del Señor nos muestra el amor que llega hasta el extremo. No es un amor que echa en cara el sufrimiento padecido. No es un amor condicionado a nuestra respuesta. El amor con el que Jesús nos ama en su pasión es incondicional, y deja siempre abierta la invitación a trabajar con él y como él, para que no haya crucificados en este mundo. Pero es una invitación libre para personas libres, y no una imposición.

El jesuita chileno, Jorge Costadoat, S.J., envió hace un tiempo una reflexión que tituló ¿Mucha sangre y poco Cristo? En ella hace algunos comentarios sobre la película de Mel Gibson, La Pasión de Jesucristo. Afirma que “hasta el año 1000 aproximadamente, predominó en la Iglesia la teología de los padres griegos que subrayaba la importancia del don de Dios mismo en Cristo crucificado. Para colaborar en su salvación, los hombres debían creer que, al entregarse Dios en la cruz por ellos, los amaba y salvaba libre y gratuitamente. Pero desde san Anselmo en adelante, la teología latina giró en contrario: la salvación Dios la otorga gracias a la satisfacción que Cristo crucificado le ofrece en representación de quienes no pueden, siendo pecadores, reparar la ofensa de su honor divino. En lo sucesivo se desarrollaron teologías que, llevando al extremo la importancia de la entrega del hombre Jesús, terminaron por menoscabar la gratuidad del sacrificio y de la salvación cristiana”.

Tal vez hemos menoscabado la gratuidad del amor de Dios manifestado en Jesús. Por eso, cuando el Señor nos mira, sentimos su reclamo por nuestras negaciones y traiciones. Sin embargo, lo único que dicen sus ojos es lo que vio Pedro en ellos: «Te quiero».

Blog católico de oraciones y reflexiones pastorales sobre la liturgia dominical. Para compartir y difundir el material brindado. Crremos que Dios regala Amor y Liberación gratuita e incondicionalmente.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

COMULGANDO CON CRISTO CRUCIFICADO

LA PROCESIÓN DE LOS RAMOS

La celebración de hoy tiene dos partes: la procesión de los ramos y la eucaristía, que deben unirse en un único mensaje. Tenemos la tendencia a celebrar la entrada triunfal independizándola de la Pasión y Resurrección. Pero forman un conjunto: no sólo los sucesos son un todo sino el mensaje es único.

Nuestra tendencia es celebrar una entrada triunfal, asemejándola demasiado a la entrada de un rey terreno que triunfa de sus enemigos. Más que una entrada triunfal es una entrada mesiánica, y no del mesías que el pueblo y sus jefes esperaban, sino del siervo sufriente que no viene a hacer triunfar al estado sobre sus enemigos sino a convertir los corazones a Dios.

Aunque los rasgos de la entrada mesiánica han sido magnificados por los redactores de los textos, para mostrar su fe en Jesús Señor, todavía podemos descubrir en los textos la modestia de la entrada de Jesús en Jerusalén, y los símbolos de su negación a conformarse con la imagen mesiánica al uso (el borrico como cabalgadura). El cuarto evangelio subraya mucho la actuación de Jesús que se niega a entrar como Rey y viste su entrada con todos los signos de su porfiada negación del Mesianismo Davídico.

No podemos olvidar la secuencia completa de los hechos tal como la narra el evangelio de Lucas que se propone como final de la procesión de los ramos:

- Entrada mesiánica ( bajando el monte de los olivos)

- Llanto por Jerusalén (al acercarse a la ciudad)

- Purificación del Templo

- Enseñanza a diario en el Templo.

- Los jefes se ratifican en acabar con él.

Del conjunto de los textos se puede concluir:

a. Jesús acepta la entrada mesiánica (no va a pie como todos los días...). Pero se preocupa de imponer los signos externos que muestran su rechazo al mesianismo regio triunfal.

b. Jesús anuncia en ese momento el rechazo de Jerusalén y su destrucción.

c. "Toma posesión" del Templo (que será destruido) pero no para triunfar en él sino para purificarlo y enseñar en él.

Es por tanto importante que nuestra celebración de este "suceso" no degenere en superficiales aclamaciones triunfalistas. Los mismos textos, y especialmente la profunda elaboración del cuarto evangelio, nos muestran a los discípulos entusiasmados por un triunfo exterior, y a Jesús empeñado en dar sentido interior a su mesianismo.

Como siempre, los evangelios se preocupan de subrayar que los discípulos no se ha enterado de gran cosa, y siguen pensando en quién es el mayor y en sillones ministeriales a la derecha y la izquierda del Rey.

No podemos caer en la misma tentación, sino atender al mensaje de Jesús. Y para eso están ahí las dos primeras lecturas de la Eucaristía, que nos darán un contexto estupendo en el que enmarcar toda la celebración.

En contraposición con estas lecturas, los dos salmos que se ofrecen para acompañar la procesión (23 y 46) parecen incitar más bien a una celebración triunfal, exterior. Deberemos cuidar de que nuestras aclamaciones a Cristo Señor no hagan olvidar que, al decidirse a entrar en Jerusalén, Jesús está subiendo a la cruz, precisamente por el rechazo de los jefes, el olvido del pueblo y la cobardía de los discípulos. Serían perfectamente aplicables a esta celebración las consideraciones que solemos hacer al celebrar la fiesta de Cristo Rey.

LA LECTURA DE LA PASIÓN

Los relatos de la Pasión, que son sin duda desarrollo de las más antiguas tradiciones orales y escritas sobre Jesús, constituyen el núcleo del Kerygma primitivo, y una de las pruebas más importantes de dos aspectos básicos de nuestra fe en Jesús:

• Son un argumento irrefutable de la historicidad básica de los evangelios. La dificultad que suponía para las primeras comunidades predicar la fe en el ajusticiado muestra bien que no inventan sus relatos a su conveniencia, sino que repiten el mensaje recibido por muy molesto que éste sea. Ejemplos evidentes de esto son por ejemplo la unanimidad de los textos en no ocultar (al revés, en insistir en) las negaciones de Pedro y la desbandada de los Once, más el mismo hecho de los sufrimientos, Getsemaní etc.

• El anuncio de Jesús no tiene ningún matiz mítico. Jesús no es un mito sagrado que se viste luego con narraciones realistas para consumo popular. Ésta es precisamente la vía errada de los Apócrifos, y la razón de su rechazo por las comunidades. Si en otros momentos de los evangelios los aspectos simbólicos o las citas de los profetas hacen casi irreconocible la historia, aquí el mensaje es la historia, lo que pasó, y los añadidos interpretativos o simbólicos son pocos y sirven para señalar el valor y sentido de la historia, de lo que vieron los ojos.

Este año leemos la Pasión según Lucas. Y resulta interesante mostrar las peculiaridades de este evangelista en el relato de la Pasión del Señor.

Lucas es el único que menciona:

• la disputa de los discípulos por quién es el mayor, en la Cena (en paralelo con el lavatorio de los pies, de Juan);

• la frase "haced esto en recuerdo mío", en la Cena;

• la aparición del ángel confortador en Getsemaní;

• la calificación de "agonía" y el sudor de sangre en Getsemaní;

• Jesús mira a Pedro cuando ya éste le ha negado;

• la presencia de Jesús ante Herodes. Como en Marcos y Mateo, Jesús está mudo durante todo el "interrogatorio civil", pero esto se señala más en Lucas por silencio ante Herodes;

• las hijas de Jerusalén en la Vía Dolorosa;

• la primera palabra de Jesús: "Padre, perdónales..."

• el perdón del buen ladrón;

• no cita el "¿por qué me has abandonado?"

- la última palabra de Jesús: "Padre, en tus manos ..." señala la hora de la muerte de Jesús;

- indica que las mujeres que están con Jesús son "las que le habían seguido desde Galilea".

En todo lo demás, su relato es muy semejante al de los otros dos Sinópticos, más especialmente al de Marcos, aunque más de una vez cambia el orden de los acontecimientos. Una vez más, Lucas muestra:

• su peculiar "recogida de materiales", que ya anunciaba en el prólogo a su evangelio;

• su peculiar elaboración de los relatos, conforme a criterios literarios y a las necesidades de sus comunidades.

La lectura de la Pasión suele producir fuerte impacto en los fieles, especialmente si se dramatiza con la recitación alternada. Sería muy interesante que este impacto no se quede en una devoción particular, una conmoción afectiva, que es lógica y santa, pero insuficiente.

Esta lectura, y la que haremos el Viernes Santo, invita a todos los que celebramos hoy la eucaristía a dar un especial sentido a la comunión. Demasiadas veces entendemos el verbo comulgar simplemente como transitivo, y el complemento directo de su acción es el Cuerpo de Cristo. Hay que recuperar el sentido de "comulgar con". Comulgamos con Cristo; y hoy, más expresamente, con Cristo crucificado, lo que debemos entender ante todo así:

CREEMOS EN UN CRUCIFICADO:

Primer mensaje de la comunidad de seguidores de Jesús. Primer terrible escollo para su propia fe y para la predicación: hay que creer en ése a quien rechazó oficialmente la religión y los poderes fácticos de Israel. Creemos en un marginal que fue rechazado por las autoridades, por la religión… por casi todos. Primer cimiento insustituible de nuestra fe: “Dios estaba con Él”.

COMULGAMOS CON EL CRUCIFICADO

Si “Dios estaba con él, sus valores, sus criterios, su Dios, son fiables, merecen asentimiento. Por eso comulgamos con él, porque reconocemos en él un acceso a Dios.

Comulgamos con sus criterios, con sus valores, con su sentido de la vida, con su entrega total, que se expresa al final de modo tan trágico y explícito, pero que ha sido la norma y sentido de toda su vida. Éste es el sentido profundo del "sacrificio de Cristo", la entrega de su vida entera a la misión confiada por el Padre, por encima de otras interpretaciones más veterotestamentarias, juridicistas o vicarias.

 Comulgamos, como él, con los crucificados del mundo. Ninguna comunión personal, individual, con Cristo crucificado es sana si excluye la comunión con los que sufren.

Sería importante que la lectura de la Pasión en el contexto de la Eucaristía lleve a los fieles, más allá del sentimiento, hacia la conversión: en su modo de vivir y en su compromiso con otros.

JESÚS Y EL ÉXITO

En un día en que vamos a celebrar procesiones triunfales, con palmas y cánticos, con los sacerdotes revestidos de preciosos ornamentos de rojo y oro, con los niños sonrientes y felices con sus ramitos, con los eclesiásticos repartiendo sonrisas a los fieles, con mucho ambiente de triunfo, conviene recordar cómo se situó Jesús ante eso que nosotros llamamos triunfo.

Un triunfo es lo que esperaban los que le seguían desde el lago, desde el Jordán. Les dejó tan fascinados que lo dejaron todo y le siguieron porque estaban convencidos de que era el Mesías esperado, el Ungido del Señor. Lo esperaban todo de él. Pero esperaban mal.

Esperaban un nuevo David, el rey por excelencia, el Ungido por excelencia, el conquistador, el unificador, el que tenía que devolver a Israel la Soberanía, la paz, la preeminencia sobre las naciones, la paz, la abundancia. El que haría que todas las naciones vinieran a adorar a Dios en su (¿de Él o de ellos?) Santo Templo de Jerusalén. El Mesías, luz de las Naciones y gloria de tu pueblo Israel. T los discípulos son, naturalmente, como todos. Todo Israel –los que esperan al Mesías– esperan así.

Durante toda su vida pública, Jesús se esfuerza lo indecible para alejarse de esa imagen. Oculta sus milagros, que le están dando fama de legendario curador todopoderoso, evita la propaganda, huye de los que le quieren hacer rey, anuncia reiteradamente que su final es la muerte en cruz rechazado por los jefes. Nadie le cree. Los discípulos, que le siguen más que nadie, los que menos.

La subida a Jerusalén es penosa: Jesús predicando constantemente en contra del mesianismo acostumbrado; la gente imperturbable, los discípulos cada vez más lejos del pensamiento del Maestro, hasta pidiendo sillones ministeriales. Hasta podemos adivinar un conato de triunfalismo davídico en la organización por los discípulos de la entrada en Jerusalén, estropeada por Jesús al dirigirse al Templo y armar el mayor escándalo de su vida. Jesús se ha pasado la vida entera desmontando la idea de triunfo que impera en el pueblo y en sus amigos.

Pero no bastará: para romper definitivamente esa idea será necesaria la cruz: entonces se romperá en mil pedazos la fe de los discípulos: han podido con él, lo han matado… luego Dios no estaba con él. Nosotros esperábamos que éste sería el Libertador de Israel, pero lo han rechazado lo jefes del pueblo, lo han eliminado… Nosotros esperábamos pero… ya no esperamos.

Fue necesaria la muerte en cruz para que los discípulos perdieran la fe vieja. Y ahí nació la fe. Todos los relatos de la resurrección insisten en lo mismo: re-conocerle, re-leer la Escritura.

Re-conocerle, volver a conocerle, conocerle de nuevo. Antes no le conocían, sólo se imaginaban quién era basados en una falsa lectura de la Escritura. Jesús resucitado les enseña a leer las Escrituras, y entonces empiezan a conocerle, empiezan a descubrir que la salvación de Dios no viene del triunfo político, de la aclamación social, de la imposición desde arriba, de la religión desde fuera. La resurrección es ante todo una terrible conversión/inversión de criterios. Y la esencia de esa conversión es: es el crucificado el que nos merece fe, no el Rey David poderoso y triunfante.

El éxito de Jesús consiste en que es capaz de ir hasta el final, de ser consecuente hasta el final, de no echarse atrás, en no ceder a ninguna tentación mesiánica. El éxito de Jesús consiste en no querer triunfar como lo esperan todos.

Importante para nosotros la iglesia hoy, que seguimos queriendo triunfar por fuera, por poder, por prestigio, por influencia social, por espectáculo. Importante para cada uno de nosotros la iglesia. El mesianismo davídico fue una grave tentación para Jesús, una grave dificultad para los primeros seguidores, y es hoy una terrible tentación para nosotros la iglesia y más aún para los que la gobiernan.

Blog católico de oraciones y reflexiones pastorales sobre la liturgia dominical. Para compartir y difundir el material brindado. Crremos que Dios regala Amor y Liberación gratuita e incondicionalmente.

José Enrique Galarreta sj

 

Preguntas ante la muerte de Jesús

La liturgia de este domingo es sencillamente desconcertante. Empieza celebrando una entrada “triunfal”, y termina recordando una muerte de lo más ignominiosa. Es francamente difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Escuetamente podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte.

Todos los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de la actividad pública de Jesús. La muerte en la ciudad santa es considerada como la meta última de toda su vida: “... porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc. 13,33).

En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo: paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Para Jesús, llegar a Jerusalén era acercarse a la muerte (pascua, paso), por tanto a la glorificación definitiva. Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios al hombre, manifestado en el servicio hasta la muerte.

¿Por qué fracasó Jesús tan estrepitosamente? La respuesta es sencilla: Por lo mismo que fracasaría hoy si volviera con la misma propuesta. La salvación que él ofrece no coincide con la salvación que esperamos la mayoría de los humanos.

Jesús pretendió llevarnos a la plenitud, pero en nuestro verdadero ser. Nosotros nos empeñamos en salvar nuestro ser engañoso, nuestro “ego”.

Nuestra pretensión es que Dios se acomode a nuestras apetencias. Para nada nos interesa acomodarnos a la “voluntad” de Dios; preferimos que Dios se acomode a lo que nosotros queremos. Dios “quiere” para nosotros lo mejor. Ni siquiera puede querer lo menos bueno. Y nosotros estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que en la individualidad está nuestro futuro.

No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera, porque no tiene “voluntad” a nuestra manera. Lo que Dios quiere es la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús en su intento de instaurar el Reino de Dios, nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de las limitaciones humanas.

Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no le libró del dolor ni de la muerte.

Cómo podemos interpretar este aparente abandono extremo de Jesús por parte de Dios, sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte. Sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el verdadero sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Mucho menos, si lo consideramos como imprescindible condición por parte de Dios para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad de los hombres. Fue el deseo de poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús.

Murió por nuestro pecado. El pecado del mundo es la opresión. Lo que Dios esperaba de Jesús fue su total fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio, incluida la vida.

La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió, era completamente lógico que lo eliminaran por insoportable. Su idea de Dios era diametralmente opuesta a la que tenía el estamento oficial.

Dios no está sólo en la resurrección, está siempre en el hombre, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres, no como Dios.

Es ésta una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo, sobre todo, en el dolor y la limitación.

Otra clave para orientarnos en estas fechas es esta: Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología extraída de unos hechos, que al relatarlos no tienen como objetivo principal el ser narración estricta de los que pasó, sino el trasmitir la teología sobre la muerte de Jesús que fueron elaborando los primeros cristianos.

Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad en sus respectivas redacciones. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos u otra más antigua que ya utilizó el mismo Marcos, le da un toque de humanización muy significativo.

Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lucas elimina de su relato todos los extremismos y presenta una pasión más humana.

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús, ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de la figura de Jesús en ese trance, fue su actitud inquebrantable de vivir, hasta sus últimas consecuencias, lo que predicó.

Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona.

No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, etc. no eran gente depravada que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía, de buena fe, ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo, era defender al mismo Dios.

La pregunta que se hacían era esta: ¿era Jesús el profeta, como creían algunos de los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le llevaba fuera de la religión judía?

La respuesta no era sencilla. Por una parte veían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra parte, los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él.

El desconcierto de los discípulos ante la condena y muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban un blasfemo?

¿Por qué murió? Sólo indirectamente podemos aproximarnos a la actitud que Jesús adoptó ante su propia muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Tuvo que darse cuenta que los jefes religiosos querían eliminarlo. Lo que nos importa a nosotros es descubrir, que Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro que eso le acarrearía la muerte.

Sabía perfectamente que el pueblo que no le entendía, dejaría de seguirle y punto. Pero también sabía que los detentadores del poder no se iban a conformar con no hacerle caso. Sabía como se las gastaban con aquellos que disentían de su programa. Sabiendo todo eso, Jesús tomo la decisión de ir a Jerusalén, donde estaba el verdadero peligro.

Que le importara más ser fiel a sí mismo y a Dios, que salvar la vida, es lo que nosotros debemos valorar. Eso es lo que Dios esperaba de él, y eso es lo que tuvo siempre claro.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para los apóstoles, fue el verdadero revulsivo que les llevó al descubrimiento de lo que era Jesús. "Os conviene que yo me vaya..."

Durante su vida lo siguieron como el amigo, el maestro, incluso el profeta; pero estaban muy lejos de conocer el verdadero significado de la persona de  Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior y un conocimiento vivencial. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías o Cristo y al Hijo... En esto consistió la experiencia pascual.

Si queremos entender la muerte y la resurrección de Jesús, todos tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior. No hay explicación racional posible ante los acontecimientos que vamos a celebrar.

fray Marcos

 

¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un "Dios crucificado" constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El "Dios crucificado" no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este "Dios crucificado" no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el "Dios crucificado". Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el "Dios crucificado" y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

José Antonio Pagola

 

Is 50, 4-7; Sal 21, 8-9.17-24; Flp 2, 6-11; Lc 19, 28-40

Queridos amigos: ¡Por Fin! Sí. Ya hemos llegado. Y lo más importante es si hemos llegado con nuestros hermanos, nuestras comunidades, de la mano del Señor. Atravesado nuestro desierto cuaresmal, hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén para celebrar la Pascua.

Domingo de Ramos, entrada triunfal en la Ciudad Santa. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Entrada triunfal; bueno, más bien profética, donde los creyentes de aquel momento reafirmaron su fe en el Dios que salva, a través de la persona de Jesús. Cristo entra en Jerusalén aclamado por todos nosotros, aunque muchas veces no nos damos cuenta de que entra para dar su vida en rescate por muchos. La dignidad de Jesús estuvo en sí mismo, en su grandeza y calidad humana, en la profunda y muy peculiar experiencia de Dios, su Padre. Su más grande legado fue Él mismo y su manera de vivir ante Dios y ante los demás. La novedad de Jesús no está en los dones que ofrece, sino en el amor por el cual Él se ha entregado.

Por eso san Pablo, en su carta a los filipenses, nos invita a vivir en el amor, a no hacer nada por vanagloria, a practicar la humildad y a apreciar los valores de los demás, aun más que los propios. A buscar el bien común, impulsados por los mismos sentimientos que tuvo Cristo, cuya grandeza consistió en que: “Siendo de condición divin... tomó la condición de esclavo… y se humilló haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.”

Entrando en la ciudad Santa, Jesús nos enseña que la grandeza del hombre está en la humildad con la que siempre vivió Él y en la forma como permitió que, por medio de su Palabra y de su obra, Dios manifestara su amor misericordioso a toda la humanidad. Cuando hablaba, no lo hacía para ser alabado, sino para enseñarnos el camino de su Padre Dios. No dio fórmulas mágicas para la vida, sino que vivió como uno de tantos, como un hombre cualquiera, con una gran diferencia: lo hizo todo con la grandeza y humildad de quien sabe amar de verdad, hasta dar su vida por cada uno de nosotros. Sin duda, podemos aplicarle el cántico del Siervo de Yahvé que nos presenta el profeta Isaías en la primera lectura.

Él estuvo siempre atento a la voz de Dios. Nunca dio la espalda a las injusticias ni al dolor humano. Dio aliento al abatido, y puso en riesgo su propia vida para guardar la nuestra. Su vida comprometida en cumplir la voluntad del Padre lo hizo sudar sangre, como lo afirma Lucas en la Pasión que leemos este año. Lo llevó a asumir la cruz, no porque la buscara sino porque era una consecuencia lógica de su compromiso con la vida y un camino necesario para llegar a la victoria final.

Hoy, cuando muchos de nosotros vamos a salir a las calles con ramas de olivo aclamando a Jesús, aprendamos a caminar tras Él y asumamos como propios su causa y su compromiso por la vida y el hombre. Vivamos con intensidad esta Semana Santa, participemos de la Oración de la Iglesia, de la Misa Crismal en la Catedral. Comamos la Cena del Señor. Adoremos su cruz Salvadora y gritemos después de tres días ¡Cristo ha RESUCITADO! Feliz y Santa Semana.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

 

No nos salva el dolor sino el amor

Al relatar la pasión de Jesús, cada evangelista coloca sus propios acentos en aquello que le interesa subrayar. Esto explica que, a partir del hecho histórico de la muerte de Jesús, se hayan construido relatos cargados también de intencionalidad teológica.

Lucas, en concreto, pone mucho cuidado en subrayar la inocencia de Jesús: Pilato la declara por tres veces (el número tres hace referencia a la “totalidad”), Herodes lo hace implícitamente (como luego el propio Pilato explicitará) y el centurión romano al pie de la cruz lo confirma por última vez. A Lucas le interesa que la autoridad romana proclame, sin género de dudas, la inocencia de Jesús. Por eso, en el relato lucano, queda claro que los verdaderos enemigos y responsables de la muerte de Jesús son los religiosos, no los políticos. Sin duda, el interés teológico ha “modificado” en parte los hechos.

Por otro lado, Lucas presenta el “camino de la cruz” como una gran procesión litúrgica de la multitud siguiendo al Señor. La expresión “hijas de Jerusalén” abarca (y representa) a toda la ciudad o incluso a toda la nación.

En la crucifixión, Lucas es el único que pone en boca de Jesús las palabras sobre el perdón a quienes lo están crucificando, así como la promesa de vida al compañero de suplicio que se dirige a él. Suprime el grito del salmo 22 (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”), y lo sustituye por el salmo 31,6, que expresa una confianza más explícita (“En tus manos encomiendo mi vida”).

En cuanto a los signos en la naturaleza, para el Primer Testamento, eran muestra del “día del Señor”, que podía presentarse como juicio contra el pueblo. Así lo expresa, por ejemplo, el profeta Joel (2,2): “Ya está cerca el día del Señor: día de oscuridad y tinieblas, día de nubes y nubarrones, como crepúsculo que se extiende sobre los montes…”. También entre los romanos se relacionaba la oscuridad con la muerte de personajes ilustres.

Pero no es sólo la naturaleza; el velo del templo se rasga: la religión queda desautorizada. A partir de ahora, sabemos que Dios no se encuentra en el templo, sino en el patíbulo de la cruz, donde un inocente es ajusticiado.

El relato termina mostrando a la multitud que vuelve “dándose golpes de pecho”, expresión de dolor, de quien ha reconocido la injusticia cometida; y aludiendo a la “distancia” de sus conocidos que se quedan “mirando” lo ocurrido. 

Con todo, más allá de las peculiaridades propias de cada autor, es claro en todos ellos que la muerte de Jesús fue consecuencia de su vida: lo mataron porque estorbó a la autoridad.

El “descuido” grave de la tradición cristiana consistió, precisamente, en desconectar la cruz de lo que había sido la práctica concreta del Maestro. De ese modo, vino a convertirse en un valor “abstracto” en sí misma: lo que nos habría salvado sería la cruz; bastaba creer en ello, aunque se desconociera la vida histórica de Jesús.

Este planteamiento produjo, entre otras, dos consecuencias graves: el dolorismo y el doctrinarismo. El dolorismo consiste en la afirmación de que “el dolor es siempre bueno”. Si lo que nos había salvado había sido la cruz, y la cruz es dolor, la conclusión se imponía por sí misma: el dolor es bueno y a Dios le agrada.

El doctrinarismo hizo del cristianismo “la religión de la cruz”, y parecía que ser cristiano era más una cuestión de creer –en el sentido de creencia o doctrina- que de vivir. Olvidada la práctica de Jesús, en sus rasgos más concretos, críticos, novedosos e incluso subversivos, se instauró una nueva “ideología religiosa”.

Frente a ambos riesgos –de matriz eminentemente “religiosa” y egoica-, haríamos bien en recuperar la sencillez del evangelio y la práctica de Jesús, que me parecen van en la dirección de los sabios y hermosos versos de dos grandes poetas:

Había un hombre que tenía una doctrina.

Una gran doctrina que llevaba en el pecho (junto al pecho, no dentro del pecho),

una doctrina escrita que guardaba en el bolsillo interno del chaleco.

La doctrina creció.

Y tuvo que meterla en un arca de cedro, en un arca como la del Viejo Testamento.

Y el arca creció.

Y tuvo que llevarla a una casa muy grande. Entonces nació el templo.

Y el templo creció.

Y se comió el arca de cedro, al hombre y a la doctrina escrita que guardaba en el bolsillo interno del chaleco.

Luego vino otro hombre que dijo: El que tenga una doctrina que se la coma, antes de que se la coma el templo; que la vierta, que la disuelva en su sangre, que la haga carne de su cuerpo...

Y que su cuerpo sea bolsillo, arca y templo. (León Felipe)

 

Y más que un hombre al uso, que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno (Antonio Machado).

¿Qué significa, por tanto, la cruz, si tenemos en cuenta que fue el resultado cruel de una determinada práctica, de un concreto modo de vivir?

En una lectura creyente, la cruz es:

- Expresión y consecuencia de la solidaridad con los crucificados: el Resucitado no es sólo un difunto; es una víctima.

- Opción por las víctimas: creyentes en un crucificado, los cristianos deberíamos vibrar de un modo especial ante cualquier víctima del sistema.

- Denuncia de un poder inhumano, religioso y político, que tortura y elimina a seres inocentes, justificando esas muertes incluso en nombre de Dios; la cruz de Jesús reivindica a todas las víctimas de cualquier poder injusto.

- Símbolo de esperanza para quienes no tienen esperanza: siempre –aun en las situaciones más “perdidas”- hay una salida.

- Victoria sobre el mal y la muerte: una victoria que no es mágica –no ocurre eliminando el mal-, sino que se produce en medio mismo del mal.

- Expresión de un Dios que es Amor hasta el extremo, tal como subraya especialmente el cuarto evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea no perezca, sino que tenga vida eterna” (evangelio de Juan 3,16). La cruz es expresión de que Dios es Amor también en la negatividad de lo humano, en la desesperación y el abandono… El mal puede convertirse en bien, porque el Fondo último de lo real es Vida y Amor. Por eso, aun en medio de la sensación de abandono, es posible gritar: “Padre, en tus manos encomiendo mi vida”.

- Con todo ello, recuperamos la sencilla y profunda sabiduría del evangelio: lo que nos salva no es el dolor –el dolorismo no tiene ningún sentido-, ni siquiera la “cruz” –entendida en su materialidad-, sino lo mismo que crea: el Amor. No es la cruz lo que tenemos que buscar, sino el amor; la cruz vendrá como consecuencia.

Enrique Martínez Lozano

 

NO TE BAJES DE LA CRUZ

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado se burlaban de él y, riéndose de su sufrimiento, le hacían dos sugerencias sarcásticas: Si eres Hijo de Dios, «sálvate a ti mismo» y «bájate de la cruz».

Ésa es exactamente nuestra reacción ante el sufrimiento: salvarnos a nosotros mismos, pensar sólo en nuestro bienestar y, por consiguiente, evitar la cruz, pasarnos la vida sorteando todo lo que nos puede hacer sufrir. ¿Será Dios así? ¿Alguien que sólo piensa en sí mismo y en su felicidad?

Jesús no responde a la provocación de los que se burlan de él. No pronuncia palabra alguna. No es el momento de dar explicaciones. Su respuesta es el silencio. Un silencio que es respeto a quienes lo desprecian, comprensión de su ceguera y, sobre todo, compasión y amor.

Jesús sólo rompe su silencio para dirigirse a Dios con un grito desgarrador: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» No le pide que lo salve bajándolo de la cruz. Sólo que no se oculte, ni lo abandone en este momento de muerte y sufrimiento extremo. Y Dios, su Padre, permanece, en silencio.

Sólo escuchando hasta el fondo ese silencio de Dios, descubrimos algo de su misterio. Dios no es un ser poderoso y triunfante, tranquilo y feliz, ajeno al sufrimiento humano, sino un Dios callado, impotente y humillado, que sufre con nosotros el dolor, la oscuridad y hasta la misma muerte.

Por eso, al contemplar al crucificado, nuestra reacción no es de burla o desprecio, sino de oración confiada y agradecida: «No te bajes de la cruz. No nos dejes solos en nuestra aflicción. ¿Para qué nos serviría un Dios que no conociera nuestra cruz? ¿Quién nos podría entender?

¿En quién podrían esperar los torturados de tantas cárceles secretas? ¿Dónde podrían poner su esperanza tantas mujeres humilladas y violentadas sin defensa alguna? ¿A qué se agarrarían los enfermos crónicos y los moribundos? ¿Quién podría ofrecer consuelo a las víctimas de tantas guerras, terrorismos, hambres y miserias? No. No te bajes de la cruz pues si no te sentimos «crucificado» junto a nosotros, nos veremos más «perdidos».

Es difícil imaginar algo más escandaloso que un «Dios crucificado». Y tampoco algo más atractivo y esperanzador. No sé si podría creer en un Dios que fuera sólo poder. Creo que los humanos sólo podemos confiar en un Dios débil, que sufre con nosotros y por nosotros, y sólo así despierta en nosotros la esperanza.

Estos días he podido ver con qué arrogancia actúan los poderosos y con qué facilidad se destruye a los débiles; quiénes son los satisfechos y quiénes los desgraciados; dónde están los que deciden y organizan todo, y dónde mueren las víctimas que lo padecen todo.

¿A qué me podría yo agarrar si Dios fuera simplemente un ser poderoso y satisfecho, que decide y organiza el mundo a su antojo, muy parecido a los poderosos de la tierra, sólo que más fuerte que ellos? ¿Quién me podría dar una esperanza si no supiera que Dios está sufriendo con las víctimas y en las víctimas? ¿Quién me podría consolar si no supiera que un «Dios crucificado» es lo más opuesto a estos «dioses» que sólo saben crucificar?

Ese Dios crucificado me ayuda a ver la realidad desde los crucificados. Desde estos hombres y mujeres abatidos sin miramiento alguno, se ve mejor cómo está el mundo y qué le falta para ser humano. El mal tiende a disfrazarse, pero allí donde alguien es crucificado, todo se esclarece. Sabemos dónde está Dios y dónde están los que se le oponen.

Los crucificados no me dejan creer en esas grandes palabras como «progreso», «democracia» o «libertad», cuando sirven para matar inocentes. Siempre se ha matado en nombre de algún «dios». El poder tiende a sacralizarse a sí mismo, se presenta como intocable e indiscutible, se legitima en los votos o en las grandes causas. Da lo mismo. Cuando aterroriza y destruye a inocentes, queda desenmascarado. Ese poder nada tiene que ver con el verdadero Dios.

Esta Semana Santa, al besar la Cruz, quiero besar a todos los crucificados, pedirles perdón y ver en ellos a ese Dios crucificado que me llama a recordarlos y defenderlos siempre.

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José Antonio Pagola

 

La frivolidad del éxito momentáneo el gran engaño

La celebración de este domingo tiene dos partes. Una es la bendición de ramos con la lectura evangélica de la llamada “entrada triunfal de Jesús en Jerusalén” Ramos de olivo, que aluden a la paz, -es el Príncipe de la paz-; de laurel, que alude al triunfo, ¡”Hosanna al Hijo de David!”, de palmera que simboliza el aplauso, las palmas, popular. La otra el aludido relato de la Pasión en la eucaristía tras la procesión triunfal. Hubo un momento de triunfo, pero se debió a un pueblo sencillo, pronto a dejarse a arrastrar por acontecimientos, sin reflexión honda. El aplauso indigna las autoridades religiosas, que sí sabían lo que querían, lo habían meditado detenidamente. Y que acabarán arrastrando al pueblo del “Hosanna” al de “Crucifícale”. Jesús desde el principio de su vida pública – en las tentaciones del desierto- rechazó el populismo. Por superficial.

Lectura y meditación de la Pasión de Cristo, según san Lucas

El relato de Lucas tiene sus propios matices: es menos duro que el de Marcos y Mateo. Aparecen personajes que se apiadan de Jesús, como las mujeres de Jerusalén, el “buen ladrón”; su grito antes de expirar no es el desgarrado “Dios mío Dios mío por qué me has abandonado”, sino el sereno “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús recibe un reconocimiento póstumo de la boca del centurión, “verdaderamente éste era un hombre justo” y de la muchedumbre que volvía a sus casas lamentando lo que habían hecho con él. En fin, si bien a distancia “los conocidos y las mujeres” habían seguido los acontecimientos, no le habían dejado absolutamente solo. El momento quizás más duro fue el de la oración del huerto de Getsemaní, ante la inminencia de lo que le venía encima sudó sangre de angustia; pero sus palabras expresan la grandeza de su ser “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

El sueño del cristiano ante el dolor lo más improcedente

Decepcionante es ver cómo los discípulos dormían ajenos a su agonía, es decir: a la lucha interior que se desarrollaba entre el amor a la vida de Jesús y cumplimiento de su compromiso de amor hasta el final – la voluntad del Padre-. La Iglesia nos exige a los cristianos que no quedemos ajenos a estos acontecimientos, durmiéndonos en nuestro deseo y decisión de descanso, al margen de lo que se celebra, dando un valor exclusivo de vacación a estos días. Las procesiones son una llamada de atención a lo real de la Pasión y a sentirla, vivirla en nuestro corazón. La pasión de Cristo no pierde su dureza porque conozcamos que todo desembocará en la resurrección. “No podemos pensar que la Pasión es sólo un preludio a la Resurrección” (Von Balthasar). Hay que meditar la pasión y la muerte del Hijo de Dios en toda su “terribilidad”, tal como la vivieron los hombres que la causaron, y, sobre todo, quien la sufrió. (Cardenal Martini). Son días de poner a prueba la hondura de nuestra condición cristiana, de saber si es sólo un barniz sociológico, o algo que se asienta en la médula de nuestra conciencia.

No absolutizar el dolor

La pasión de Jesús es auténtica. Como la de tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia y en nuestros días. La Pasión, como el dolor, no tiene la última palabra Tampoco la única. No la tiene si se le encuentra sentido: si se sufre por alguien y con alguien, para alguien. Jesús vivió el dolor con ese sentido, hasta la muerte. Impregnado de amor y solidaridad con todos, incluso con los que le condenan: “Perdónales Señor, no saben lo que hacen”. Al final puede decir al Padre que le acompaña en el dolor: “Todo se ha cumplido”; “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Un espíritu que resucitaría a su cuerpo para restaurar su integridad humana gloriosa y definitiva.

fray Juan José de León Lastra

 

La Pasión y la muerte de Jesús son una verdadera revelación: la manifestación de la misericordia del Pai

El tema central del domingo de Ramos es el Mesianismo. Éste tiene varias etapas en la Biblia. Pero en sí, la idea más profunda de Mesías que el pueblo de Israel asumió es la espera de la aparición salvífica de un líder carismático descendiente de David que habría de instaurar definitivamente en la tierra «el derecho y la justicia».

En el Primer Testamento es Isaías el profeta quien más profetiza y anuncia la llegada del Mesías de Dios. Mesías que él entiende como el Siervo de Yavé que llega. El Mesías es para el profeta la gran realidad de Dios viviendo con nosotros, la realidad del gran restaurador que libera de la esclavitud, de la gran violencia (violencia estructural diríamos hoy), de la gran miseria (pobreza extrema y masiva diríamos actualmente) a la que ha sido condenado el pueblo de Dios (los muchos pueblos de Dios). El Mesías, en su calidad de Ungido de Yavé, no es sino su enviado, su representante, el encargado de promulgar sus designios.

La idea del Mesías y de los tiempos mesiánicos estaba fundada en la esperanza de que Dios cumpliera plenamente las promesa hechas al pueblo elegido, a la nación que se creía a sí misma como elegida por Dios. La llegada del «Mesías» -que significa ungido, siervo, enviado- es la instauración del reinado de Dios en la historia y en el tiempo, y es allí donde, según la concepción judía (según, pues, un pensamiento muy humano, no según una revelación divina), Israel se vengaría de los «paganos» (la mayor parte de ellos tan religiosos como los propios israelitas), de los no judíos.

La idea mesiánica del Primer Testamento está basada en la fuerza político-militar de un enviado del Dios de Israel para dominar a todas las naciones de la tierra y hacer que Israel se convierta en una nación fuerte y poderosa capaz de someter a todos los pueblos que no tienen a Yavé por Dios. Como se ve, un mesianismo muy humanamente comprensible...

El Mesianismo es una de las herencias que el Segundo Testamento recibe de la tradición veterotestamentaria. En tiempo de este Nuevo Testamento, gobernado el mundo de entonces por Roma con toda su fuerza, riqueza y pretensiones, también hay grupos mayoritarios que esperan la llegada definitiva del Mesías que los liberará del domino explotador romano. Todos esperaban entonces la intervención de Dios en la historia a través de un líder que fuera capaz de derrocar el poder imperial y hacer de Jerusalén la gran capital de Israel.

En el ciclo C de la liturgia leemos el relato de la Pasión del Señor según Lucas. Consideremos las características teológicas que nos presenta este relato.

Lucas, como es sabido, es considerado como el evangelista de la misericordia, o lo que es lo mismo, como el evangelista que ha marcado toda la tradición que nos entrega, con el pensamiento del amor infinito de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Ninguno de los evangelistas ha percibido como él la sensibilidad del amor del Padre, que se deja sentir de manera especial entre los pobres, entre los que sufren, entre los marginados. No es difícil constatar en el evangelio de Lucas la preocupación de Jesús por los débiles, por las viudas, por los huérfanos, por los pecadores, por las mujeres.

Este mismo interés se manifiesta en la narración de los acontecimientos de la Pasión del Señor. En primer lugar, porque todo este relato está sustentado por un conocimiento del alma de Jesús, cuya intimidad nos es desvelada por el evangelista cuando nos deja ver su estrecha relación con el Abba misericordioso, en los momentos de oración (Lc 22,42); o cuando su Padre le da valor en medio del sufrimiento (Lc 22,43).

En segundo lugar, la cruz aparece en este relato de la Pasión como un verdadero sacramento del amor divino: la revelación de la misericordia en medio del sufrimiento. Lucas no pone la atención en los aspectos negativos y crueles de esta situación. En su narración se omiten recuerdos o referencias que aparecen en los otros evangelistas como la flagelación o la coronación de espinas que sirven para inculpar a los que llevaron a Jesús a la muerte. Lucas nos quiere hacer descubrir el amor del Padre hacia su Hijo y hacia todos los hombres, aún en esta situación de dolor. Jesús no aparece abandonado en el Calvario (no se cita a Zac 13,6 sobre la dispersión del rebaño): está acompañado de amigos y conocidos (Lc 23,49 en contraposición con Mt 27,55-56 y Mc 15,40-41). Y reemplaza el grito del Salmo 21 (22) que cita Mateo por la manifestación ilimitada de confianza del Salmo 30,6 (31,6): “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

A la luz de todo esto es comprensible el papel que desempeña en este relato de la Pasión la actitud del perdón, sólo explicable desde el misterio de la misericordia. En definitiva todo el mundo queda limpio y se insiste en hechos positivos, sólo explicables desde la virtud reconciliadora del sufrimiento de Jesús o desde su actitud de perdón: el caso de Pilato (Lc 23,4.13-15.20-22); el del agresor a quien Pedro cercenó una oreja y que es sanado por Jesús (Lc 22,51); el de Pedro (Lc 22,61); el de todos los judíos(Lc 23,34); el del malhechor bueno (Lc 23,39-43); el del centurión (Lc 23,47); el de la reconciliación entre Herodes y Pilato (Lc. 23,6 - 12).

Jesús aparece claramente como el inocente, el justo perseguido. Aún en el proceso de los romanos, Pilato proclama la inocencia de Jesús. El centurión también reconoce su inocencia.

Sólo en Lucas Jesús se dirige con palabras consoladoras a las mujeres que de lejos los siguen. Realmente, Lucas ha sido llamado el evangelio de las mujeres y de la misericordia con los más pobres e ignorados, y las mujeres hacían parte de la clase marginada en Israel. Pero, para Jesús, en todo el evangelio de Lucas, las mujeres hacen parte del discipulado y merecen un trato respetuoso. Ahora, camino del Calvario, la fidelidad de las mujeres a su maestro es reconocida por el Señor.

La Pasión y la muerte de Jesús son una verdadera revelación: la manifestación de la misericordia del Padre. Sólo quien ha comprendido una actitud tan conmovedora, como la que nos trae este evangelio en la parábola del padre misericordioso, podrá entender por qué el evangelista ha mirado así el misterio del sufrimiento y de la muerte de Jesús.

Lucas concibió el relato de la Pasión como una contemplación de Jesús. Por eso este relato es una invitación al lector-oyente a aproximarse al Señor, a seguirlo, a llevar con él la cruz de cada día (9,23). En la palabra que dirige en la cruz al malhechor arrepentido, ese ‘hoy’ nos remonta a Lc 4,21 cuando en la sinagoga de Nazaret, Jesús declara que “hoy se ha cumplido” el pasaje de Is 61,1-2 que acababa de leer. El tiempo se ha cumplido y él, que ha venido para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” ha cumplido su misión, porque va a morir colgado de la cruz pero seguirá viviendo en medio de nosotros.

Nota para lectores críticos

El evangelio de hoy es más largo que de ordinario: toda la Pasión de Jesús, por lo que muchas homilías hoy serán más breves. Por otra parte, la homilía debería enfocarse pues hacia el conjunto de la Pasión y su significado. También el viernes santo se leerá la Pasión, según san Juan. Y durante toda la semana, el trasfondo litúrgico-espiritual es ése: la pasión y muerte de Jesús. Es pues un momento apropiado para plantearse algunos criterios críticos respecto a la interpretación de la pasión de Jesús en su significado de conjunto.

Si somos cristianos, y si el cristianismo profesa la convicción de la significación salvadora de Jesús, necesitamos tener un «modelo soteriológico» («sotería» = salvación), o sea, una explicación de cómo Jesús salva a la humanidad y en qué consiste esa salvación. Es claro que esto es el corazón de la fe cristiana.

Pues bien, en la historia ha habido varios modelos soteriológicos.

El modelo que nos ha llegado a nosotros es el que elaboró fundamentalmente san Anselmo de Cartebury en el siglo XI, sobre la tradición jurídica del derecho romano. El ser humano ofendió a Dios con el pecado original, y con ello se rompieron las relaciones de Dios y la humanidad. Dios fue ofendido en su dignidad, y el ser humano, por su parte, quedó privado de la gracia de la relación con Dios y no tenía capacidad para superar esta situación, pues aunque había ofendido a Dios, no tenía capacidad para reparar una ofensa de carácter infinito. En su obra Cur Deus homo? (¿Por qué Dios se hizo hombre?) Anselmo elabora la teoría de la «satisfacción penal sustitutoria»: Jesús muere en sustitución de la humanidad pecadora culpable, para satisfacer con ello la dignidad ofendida de Dios, y restablecer así las relaciones de Dios con la humanidad.

Por una parte, hay que hacer notar que esta explicación, que nos ha llegado a todos nosotros en una tradición tan longeva, no deja de ser «una» explicación, la del siglo XI en concreto; es decir: no es «la» explicación, sino «una» explicación, no la única. Además, no está en el Nuevo Testamento: es una elaboración teológica muy posterior, que asume las categorías y la lógica del derecho romano recepcionado en el mundo feudal europeo de la alta Edad Media: el derecho inapelable y absoluto de los señores, la servidumbre de los siervos, las obligaciones jurídicas relativas a la ofensa y a la satisfacción. Es la teología de la «redención» («re-d-emere»), re-comprar al esclavo para liberarlo de su antiguo dueño.

Esta teología, hoy ya insostenible, es, sin embargo, la que la mayor parte de los cristianos y cristianas, incluyendo a muchos agentes de pastoral tienen todavía hoy día en su conciencia, en su comprensión del cristianismo, o en su subconsciente incluso. Y es para muchos de ellos «la» explicación mayor del misterio cristiano, el misterio de la «redención».

Hay que recordar que los modelos soteriológicos, como todo el resto de la teología, no dejan de ser un lenguaje metafórico, y que la metáfora nunca debe ser tomada literal ni metafísicamente, sobre todo en el segundo término al que traslada el sentido (“metá-fora” = cambio, traslado de sentido). Las teologías y los modelos soteriológicos se apoyan sobre las lógicas y los símbolos de las culturas en las que son creados. Por eso, cuando la evolución cultural cambia de lógica y de símbolos, esos modelos soteriológicos o, en general, esas teologías, aparecen crecientemente desfasadas, se hacen incluso ininteligibles, y finalmente quedan obsoletas. La visión de Dios como «Señor» feudal irritado por una ofensa de la primera pareja humana... para cuyo aplacamiento habría sido necesaria la reparación de la ofensa por medio de la muerte cruel y cruenta de su Hijo, es una imagen de Dios hoy sencillamente insostenible, e inaceptable. La sola idea de que un mítico pecado de Adán y Eva hubiera torcido los planes de Dios, y hubiera sumido en las tinieblas del pecado y del alejamiento de Dios a toda la humanidad desde la primera pareja, durante miles y miles de años –hoy sabemos que serían millones de años-, hasta la aparición de Jesús, es absolutamente inaceptable para la mentalidad actual. La misma fórmula jurídica de la «satisfacción sustitutoria» resulta hoy día inviable desde los mínimos éticos de nuestra época. Un Dios así resulta increíble, provoca ateísmo, con razón.

Si este modelo nos parece hoy día sobrepasado, no debemos dejar de considerar que ha habido otros modelos todavía más inadecuados. En el primer milenio la teología dominante, en efecto, no fue la de la «satisfacción sustitutoria», sino la del «rescate»: por el pecado de Adán la humanidad había quedado «prisionera del demonio», literalmente bajo su poder (sic). Según san Ireneo de Lyon (+ 202) y Orígenes (+ 254) el Diablo tendría un derecho sobre la humanidad, debido al pecado de Adán. Jurídicamente, la humanidad estaba bajo su dominio, le pertenecía, y Dios «quiso actuar con justicia incluso frente al diablo» (Ireneo, Adversus Haereses, V, 1,1), al anular tal derecho sólo mediante el pago de un rescate adecuado. Para ello, entregó a su Hijo a la muerte, a fin de liberar a la humanidad del dominio «legítimo» del diablo. San Agustín lo dice aún más explícitamente: Dios decretó «vencer al Diablo no mediante el poder, sino mediante la justicia» (De Trinitate XIII, 17 y 18).

Este modelo del «rescate pagado al Diablo» para rescatar a la humanidad, aún resuena en las personas que tuvieron una formación cristiana. Pero hoy nos resulta no sólo inaceptable, sino inimaginable, y hasta grotesco: no podemos aceptar un Diablo, concebido como un contra-poder cuasi-divino, que está apostado frente a Dios y que retiene la la humanidad bajo su poder, durante milenios, hasta que es resarcido «justamente» por Dios, nada menos que con la muerte de su Hijo, un Diablo que sólo así será «derrotado por la victoria de Cristo».

¿Qué queremos decir con todo esto? Muchas cosas:

-que las teologías son metafóricas, no narraciones históricas ni descripciones metafísicas;

-que las teologías son muchas, variadas, no sólo una... y que cuando adoptamos una de ellas no debemos nunca perder de vista que se trata sólo de «una» teología, no de «la» teología;

-que las teologías son contingentes, no necesarias;

-que son elaboraciones humanas, no revelaciones divinas bajadas en directo del cielo, y que están construidas con elementos culturales de la sociedad en la que han sido concebidas;

-que son también transitorias, no eternas, y que con el tiempo y los correspondientes cambios culturales pierden plausibilidad y hasta inteligibilidad y pueden acabar resultando inaceptables y hasta desechadas;

-que los agentes de pastoral que atienden al Pueblo de Dios han de estar muy atentos a no prolongar la vida de una teología sobrepasada que ya no habla de un modo adecuado a las personas de hoy;

-que pueden y deben tratar de encontrar nuevas imágenes, nuevos símbolos, nuevas respuestas interpretativas de parte de nuestra generación actual a las preguntas de siempre.

La Semana Santa no es el único momento en el que debemos referirnos a la significación de la salvación operada por Cristo, pues ésta es una referencia central de la fe cristiana; pero sí es una ocasión privilegiada para plantearnos la conveniencia de la revisión de nuestros esquemas teológicos al respecto.

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"..si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad"

Introducción

El Domingo de Ramos tiene aires de triunfo y fiesta en la bendición de los ramos y en la procesión con la que nos acercamos al templo. Celebramos el pírrico éxito popular de Jesús de Nazaret al ser aclamado por parte del pueblo cuando entra en la ciudad santa, en Jerusalén. Pero inmediatamente la Liturgia nos lleva a lo que aconteció días después, su pasión y muerte. Como relatos “teloneros” nos presenta en la primera lectura la epopeya del Siervo de Iahvé de Isaías, el inocente ultrajado, que sólo encuentra ayuda en Dios; y en la segunda el himno de Filipenses, resumen magnífico de la teología del abajamiento de Jesús, convertido en “uno de tantos” a pesar de su condición divina, obediente hasta la muerte y muerte de cruz; lo que le permitió ser constituido por Dios como el centro de toda la creación, aquel que da razón y sentido a todo lo creado; por ello recibe el honor que sólo se tributa a Dios.

Comentario bíblico

Todos los años, durante la Semana Santa, la liturgia de la Iglesia nos invita a introducirnos en el misterio de la pasión y la muerte de Jesús. En este Domingo de Ramos leemos el relato de la Pasión de Lucas, como corresponde al año litúrgico. Es una narración que ha venido precedida por la importancia que Jesús comunicó a los suyos de ir a Jerusalén, porque un profeta no puede morir fuera de Jerusalén (Lc 13,33), la ciudad santa donde se decidían todas las cosas importantes de la religión judía.

Es necesario que el pueblo cristiano escuche la “proclamación” de la Pasión como lo hacían los primeros cristianos. El texto es lo primero. Si fueran necesarias algunas palabras, aquí ofrecemos ciertas claves de la teología de Lucas sobre la Pasión del “profeta” de Galilea. Pues como profeta fue a la muerte, por su vida y por sus palabras.

Un profeta no puede morir fuera de Jerusalén

Algunos rasgos de la teología de la Pasión de Lucas

El relato de la pasión de San Lucas tiene como fuente el texto más primitivo de Marcos, o quizás también un “primer relato” que ya circulaba desde los primeros años del cristianismo para ser leído y meditado en las celebraciones cristianas. A eso se añaden otras escenas y palabras de Jesús que completan una “pasión” profunda y coherente, en la que si bien los datos históricos están más cuidados que en Marcos y en Mateo, no faltan los puntos teológicos claves.

Se pretende explicar, no solamente por qué mataron a Jesús, sino el sentido que el mismo Jesús dio a su propia muerte, como sucede en el relato de la última cena con sus discípulos. Lucas nos ofrece la tradición litúrgica de las palabras eucarísticas en esa cena, que son muy semejantes a las de Pablo en 1 Corintios 11, pero además presenta las palabras de Jesús sobre el servicio en las que considera que su muerte “es necesaria” para que el Reino de Dios sea una realidad más real y efectiva.

El evangelista se ha cuidado de poner en relación muy estrecha al Señor con sus discípulos y con el pueblo, mientras que deja bien claro que son los dirigentes, los jefes, los que han decidido su muerte. Ni siquiera nos relata la huida de los discípulos, quizás porque quiere preparar el momento de las apariciones del resucitado que tienen lugar en Jerusalén.

Por lo mismo, en este relato de Lucas sobre la pasión del Señor, debemos leer algunas escenas especiales con interés, como corresponde al cuidado que ha puesto el evangelista y al sentido catequético que tienen ciertos episodios de la narración. La cena de Jesús es más personal, más testimonial: se pide el servicio, la entrega, como Jesús va a hacer con los suyos.

Una pequeña estructura de Lc 22-23, podía ser esta:

I.- Introducción y preparación (22,1 - 13)

II.- La última cena y despedida de Jesús (22,14   -38)

III.- Getsemaní: oración y prendimiento (22,39 - 53)

IV.- Las negaciones de Pedro (22,54 - 62)

V.- El juicio religioso (22,63 - 71)

VI.- El juicio político ( 23,1 - 25)

VII.- Crucifixión, muerte y sepultura de Jesús (23,33 - 48)

En la cena de Jesús con sus discípulos, Lucas sigue una línea bastante libre con respecto a los otros dos evangelios sinópticos: vemos las diferencias en unos versículos que introducen la bendición del pan y de la copa (22,14 - 18); además pospone el texto de la traición de Judas hasta después de las palabras de bendición (22,21 - 23) y lo ensambla con el testimonio del servicio (22,24 - 27), la promesa del banquete en el Reino (22,28 - 30), el anuncio de la traición de Pedro (22,31 - 34), y el anuncio de su fin (22,35 - 38). En esto podemos notar que Lucas narra la traición de Pedro durante la cena, mientras que Mateo y Marcos después de la cena (Mt 26,30 - 35; Mc 14,26 - 31). Pero lo más específico: Lucas menciona una copa más que los otros dos sinópticos antes de las palabras de bendición (22,17), además agrega las palabras “por vosotros” (22,19b.20c) que Marcos no apunta, mientras Mateo dice “por muchos” (Mt 26,28), y cambia por “Nueva Alianza”(22,20) en lugar de simplemente “alianza” (Mc 14,24; Mt 26,28). Por otra parte, tenemos las semejanzas con el texto de Juan: la actitud de los apóstoles ante el anuncio de la traición de Judas (Lc 22,23; Jn 13,22), un discurso de despedida muy breve (Lc 22,24 - 38; Jn 14 - 17), y la costumbre que tenía Jesús de orar en un huerto (Lc 22,39; Jn 18,2).

El episodio de Jesús en el huerto de Getsemaní nos ofrece el consuelo que supone para Jesús la presencia misma de Dios, simbolizada por el ángel, con objeto de poner de manifiesto que Dios no lo entrega a la pasión ignominiosa, que son los hombres los que quieren deshacerse de él, a causa de la provocación de su mensaje sobre la misericordia y la gracia de Dios. Jesús lucha en su agonía como un atleta que debe cruzar la meta y saldrá victorioso. Debemos resaltar, como sucede en la Transfiguración, la oración de Jesús. Había pedido a los suyos que oraran también, pero… Así, desde la oración entra en “agonía”; todo es bien distinto de la escena de la Transfiguración. Es como si desde la oración viviera todo su sufrimiento. Pero en realidad, este momento en Lucas no es “gore” (sangre coagulada) como ahora está de moda decir, después de esa película reciente que ha leído la Pasión sin elementos críticos y sin llegar al “alma” y a la teología. En realidad es una escena fuerte, pero armoniosa. Cuando Jesús acaba este momento, siempre en oración, sale fortalecido y dueño de todas las situaciones que han de venir. El “trance” de la pasión lo ha vivido en esta escena extraordinaria.

El juicio de Jesús se nos presenta en dos momentos, ante Pilato y ante su señor galileo, Herodes Antipas. En realidad, el Prefecto romano no debería haber enviado a Herodes a Jesús; jurídicamente no tiene sentido. ¿Qué busca Lucas con esta escena? Él nos ha descrito la presencia de Jesús ante Herodes Antipas, el Tetrarca de Galilea, con el simbolismo del vestido blanco para burlarse del nazareno. El silencio de Jesús se hace palabra, quizás evocando el texto de Is 53,7 del Siervo de Yahvé y del Sal 39,10: es un silencio de radicalidad ante la maldad de los poderosos. Jesús dueño de su silencio ante los que está acostumbrados a arrancar las palabras y las entrañas de la gente. Por eso se hacen amigos los que se odian (23,12). Los injustos se “juntan” en la injusticia; el justo vive su injusticia en la dignidad de su silencio.

Los poderosos se burlan de él, pero los sencillos, como las mujeres, le acompañan hasta el lugar donde se revelará el misterio de nuestra salvación y redención. El camino de la cruz está contemplado no desde la soledad de Jesús, sino que acuden las mujeres de Jerusalén, las madres, para compadecerse de aquél que, como en el caso de sus hijos, es injustamente tratado por los poderes religiosos y políticos. Así se cumplen aquellas palabras suyas en las que da gracias a Dios porque ha revelado su proyecto salvador a las gentes sencillas. No podía pasar por alto Lucas esta actitud de las mujeres que han tenido tan gran relevancia en su obra. Y, por otra parte, porque así hubo de suceder en Jerusalén aquél día de la condena a muerte: las mujeres, las madres, tuvieron que llorar por la dureza y la vesania de los poderosos.

La escena de la crucifixión y muerte, en Lucas, es, con respecto a Marcos y Mateo, mucho más humana. De ahí que las palabras de Jesús sean: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (23,46), tomadas del salmo 31; quizás para que no se interprete que Dios pueda abandonar a nadie que sufre, ya que Marcos había usado las palabras del sal 22: “Dios mío ¿por qué me has abandonado?”, que, no obstante, son de plena confianza. Pero Lucas considera que otras palabras de más confianza cuadraban mejor con su oración primera en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (23,34), que es un texto que faltan en buenos manuscritos, pero que encaja perfectamente con la teología de Lucas, como una síntesis de su verdadera teología: ¡no debe desaparecer de nuestras traducciones!

En la escena de la crucifixión sobresale muy especialmente el diálogo de Jesús con el buen ladrón. Esta narración de los dos malhechores con Jesús es un desarrollo del versículo de Marcos y Mateo: “también le injuriaban los que con él estaban crucificados” (Mt 27,44; Mc 15,32). Es uno de los momentos culminantes de la pasión en nuestro evangelista que refleja muy bien su teología: Jesús está siempre abierto a comunicar la misericordia divina. Por eso ha sido considerado como el evangelista de la misericordia. Y además, con la propuesta del “hoy” de la salvación que es también muy determinante en Lucas: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Tiene ese sentido escatológico inmediato para mostrar que la salvación de Dios no está a la espera del fin del mundo. Desde la misma muerte estaremos en las manos salvadoras de Dios.
Pero no habría que olvidar las palabras de perdón a los ejecutores, la confianza que Jesús muestra en Dios en ese momento de la muerte. El evangelista va buscando poner de manifiesto que aquello fue un “espectáculo” (23,48) para el pueblo, porque es allí donde han visto, con sus ojos, que el Dios salvador se revela no desde el poder, sino en la debilidad. El malhechor que supo percatarse de ello le pidió la vida, la vida para siempre, y Jesús, desde su patíbulo de condenación se la ofreció para aquél mismo momento. Es por ello que el pueblo bajo del Calvario arrepentido.

Como decíamos, pues, se ha logrado con este relato explicar, en una catequesis muy apropiada a su comunidad, que la Pasión del Señor no es una tragedia, sino el acontecimiento que imprime a la historia la fuerza necesaria del proyecto salvador para todos los hombres. A la vez, nos explica que Jesús dio a su muerte un sentido de entrega y de fidelidad a Dios, pero para que Dios fuera siempre el Dios de los hombres.

fray Miguel de Burgos Núñez