FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

ciclo C

 

Tú eres mi Hijo amado.

El cielo se rasgó y el Espíritu bajó sobre él

El cielo se rasgó y el Espíritu bajó sobre él

Tal vez la palabra más curiosa del Evangelio de este domingo, en que celebramos el Bautismo del Señor, sea esta que dicen Mateo, Marcos y Lucas “Se abrió el cielo”. El cielo se rasgó. ¿Qué quiere decir el evangelista? “Apenas salió del agua, el cielo se rasgó, se abrió…”. Después de esta palabra, cuasi apocalíptica, san Marcos dice que Jesús vio bajar el Espíritu para confirmarle como Hijo amado, predilecto.

En la Segunda Lectura leemos: “Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo…”. San Juan Bautista es el gran profeta del Nuevo Testamento, pero pertenece todavía al Antiguo. Su misión era preparar a aquellos que estuvieran dispuestos la llegada inmediata del Mesías. Jesús ha ido al Jordán, donde está bautizando Juan, como uno más de los que deseaban con ansia la llegada del Reino de Dios a la tierra. He aquí como Marcos, posiblemente el autor de estas dos lecturas de este domingo, narra la unión, el alzo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Este paso del Antiguo al Nuevo Testamento, viene introducido con esa palabra enigmática de el Cielo rasgado, roto, como si se hubiera abierto el cofre misterioso y cerrado desde siglos, propiedad sólo de los dioses, y al cual nos está prohibido el acceso a los humanos. Desde este momento, el Cielo, el lugar donde habitan los dioses primitivos, el lugar reservado al Dios de Moisés, ya no es inaccesible, se ha abierto, y el hombre Jesús, a quien Juan acaba de bautizar, es presentado como el Hijo amado y preferido, por esa voz que viene de lo alto. El Espíritu baja del cielo, en forma de paloma y rompe la secular barrera de todas las religiones de la Tierra. Las relaciones del hombre con Dios, viciadas desde el pecado original, han quedado restablecidas. El hombre, lo humano de Jesús, ha abierto el paso para una relación del hombre con Dios más cercana, a través el Hijo. Dios y el hombre ya no están separados, y la aspiración de Eva y todos los humanos por esa comunicación directa ya se ha realizado, en Jesús. “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

Termina el tiempo de Navidad, pero continúa la acción del Espíritu Santo. Dejamos atrás los días entrañables del Niño en el Pesebre, del cuidado de María y José, de las ofrendas de los pastores y los Magos de Oriente. Jesús se manifiesta al mundo, y lo hace ahora, una vez rasgado el cielo por el Espíritu de Dios, con su predicación y con su vida. Hay tanto que aprender que, a pesar de transcurridos más de veinte siglos, la novedad de Cristo en nuestra vida debe seguir siendo algo que nos ha de sorprender todos los días. Pero no lo veamos del lado exclusivamente humano, porque en Cristo también se une la divinidad, y eso es lo que nos garantiza sabernos, además de queridos, salvados. Somos hijos en el Hijo, dirá san Pablo; así pues, cada uno de nosotros también goza de esa predilección del Padre.

Isaías, uno de los grandes profetas de Israel, y sus relatos del siervo de Yahvé, donde anticipa la figura del Mesías, son particularmente bellos. Pero el profeta invita a una reflexión más profunda para los que esperan la llegada del Mesías. Dios no va a enviarnos un Mesías con poderes suprahumanos, a nuestro estilo terreno. Los poderes recibidos por el Ungido se entrecruzan con los sufrimientos y padecimientos a los que será sometido como hombre. Esto último no lo aceptará la mayoría, pretendían un nuevo David que, con su fuerza y espíritu guerrero, impusiera la ley y el orden ante todas las naciones.

El Ungido de Isaías, para traer el derecho y la justicia de Dios, y renovar así este mundo: “no gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará y no apagará el pabilo vacilante”. El Antiguo Testamento es una forma espléndida de entender cómo Dios ha ido configurando sus planes sobre los hombres, expresando como nosotros hoy esa aspiración por hacer de esta tierra un cielo o que las leyes cielo funcionen aquí. Jesús ha roto esa barrera que nos separaba de Dios.

El cielo se ha rasgado para que Dios y los hombres podamos relacionarnos como Padre y como hijos.

Radio vaticano

 

Sin que aparezca la palabra novedad, nuevo en los textos litúrgicos, todos ellos se refieren, en cierta manera, a la novedad de la acción de Dios en la historia. Es nuevo el lenguaje de Dios en Isaías: “ha terminado la esclavitud..., que todo valle sea elevado y todo monte y cerro rebajado..., ahí viene el Señor Yahvéh con poder y su brazo lo sojuzga todo”. Es absolutamente nuevo que Jesús sea bautizado por Juan, que el cielo se abra, que el Espíritu descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo: “Tú eres mi hijo predilecto”. Es nueva la realidad del hombre que ha recibido el bautismo: “un baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Señor”.

Mensaje doctrinal

1. La novedad viene de Dios. El hombre, desde los mismos inicios, lleva en sí el deterioro y la vieja carne del pecado. En ella está inmerso, como en un pozo profundo, del que es imposible salir por sí mismo. Como se trata de una realidad común a toda la humanidad, tampoco nadie, por su propio valer y querer, puede ayudar a otros a salir. Esta es la triste condición humana. El hombre puede gritar, desesperarse, blasfemar; o puede sentir el peso de la culpa, pedir perdón y ayuda, esperar. Lo que está claro es que sólo Dios puede echarle una mano; sólo Dios puede cambiar su vieja carne en pura novedad de gracia y misericordia. Está igualmente claro que Dios quiere echar una mano y actuar en favor del hombre, porque “ha sido creado a imagen y semejanza suya”. La liturgia presenta tres momentos históricos de la intervención de Dios: primero interviene para liberar al pueblo israelita de la esclavitud de Babilonia (primera lectura), luego para revelar al mundo la filiación divina de Jesús (evangelio), finalmente para manifestar a los hombres la nueva situación creada en quienes han recibido el bautismo (segunda lectura). La consecuencia es lógica: Si Dios ha intervenido en el pasado con una irrupción de vida y esperanza nuevas, Dios interviene en el presente e intervendrá en el futuro, porque el nombre más propio de Dios es la fidelidad.

2. La novedad es invisible. La novedad que Dios infunde en el corazón de los hombres incide y repercute en la historia, pero en sí es invisible, interior, netamente espiritual. Primero hace nuevo el corazón, luego desde el corazón del hombre y con la ayuda del hombre, trasmuta también la realidad histórica. En los exiliados de Babilonia primero creó la añoranza de Sión, el deseo y la decisión del retorno, luego dispuso los hilos de la historia para que tal deseo y decisión llegase a cumplimiento. En el caso de Jesús, la teofanía del bautismo nos hace descubrir una novedad inicial, que se irá desplegando a lo largo de toda su vida pública y sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. La novedad del bautizado sólo se irá percibiendo con el tiempo, en la medida en que exista una coherencia vital entre la novedad infundida por Dios y la existencia concreta y diaria del cristiano. Para quienes juzgamos desde fuera, no pocas veces resulta difícil desvelar la relación entre la novedad interior y sus manifestaciones históricas en la vida ordinaria de cada ser humano. Por eso, ¡cuán difícil es juzgar sobre la vida verdadera, la interior, de los hombres, y con cuánta facilidad nos podemos equivocar!

3. La novedad es eficaz. Si viene de Dios, no puede ser de otro modo. La acción de Dios se lleva a cabo, si el hombre no la obstaculiza. La teofanía que nos narra el evangelio supuso el que Jesús, Hijo de Dios, fuese bautizado por un hombre, Juan; sin esta acción de Jesús, tal teofanía no hubiese tenido lugar. La regeneración y renovación interior del hombre están aseguradas, “si el hombre renuncia a la impiedad y a las pasiones mundanas” (segunda lectura), que como tales impiden cualquier acción del Espíritu de Dios. Por otra parte, hemos de admitir que la eficacia de Dios no es manipulable a nuestro antojo y arbitrio. Dios muestra su eficacia cuando quiere y como quiere. No son los exiliados en Babilonia los que ponen a Dios los plazos y modos de actuar para librarlos de la esclavitud; es Dios quien los determina y los realiza.

Sugerencias pastorales

1. Bautismo, epifanía de Dios. En el evangelio el bautismo de Jesús es una epifanía. Eso mismo debe ser el bautismo del cristiano: una epifanía de lo que Dios es y de lo que Dios hace en el hombre. El bautizado, podríamos decir, es un hombre en quien se manifiesta el Dios trinitario, en virtud de la relación personal que mantiene con cada una de las personas divinas. Como hijo del Padre vive una verdadera relación filial, sobretodo en la oración y adoración. Como redimido por el Hijo y sumergido en su misma vida, entabla con él una relación principalmente de seguimiento e imitación. Como templo del Espíritu Santo, vive con la conciencia de una relación sagrada, santificante, vivificadora de su existir cotidiano, modeladora de su vida familiar, profesional y social. El bautizado es al mismo tiempo epifanía de la acción de Dios en el hombre: una acción purificadora, que manifiesta el perdón de Dios; una acción transformante, que pone de relieve el poder de Dios; una acción unificadora de las energías y capacidades del cristiano, que subraya el misterio unitario de Dios; una acción vivificante, que revela, por medio del hombre, la extraordinaria vida de Dios uno y trino... Es importante que la predicación y catequesis tengan muy en cuenta y desarrollen y expliquen estos aspectos espirituales y pastorales del sacramento del bautismo. Así el bautismo no será el sacramento de la “inconsciencia”, sino el sacramento de la epifanía diaria de Dios en la vida, en la fe y en el obrar del bautizado.

2. Bautizados para siempre. En el catecismo se dice que el bautismo imprime carácter, es decir, el bautismo se recibe una sola vez y para toda la vida. ¿Qué pasa, entonces, cuando no se vive como cristiano? ¿cuando se reniega de la propia fe? ¿cuando se cambia de religión y credo? La huella de la impresión bautismal queda. Una huella que es memoria, y es invitación: “Recuerda que eres un bautizado”, “Sé lo que eres, vive lo que eres”. Eres libre, pero la huella divina te indica el verdadero camino para tu libertad, lejos de los espejismos engañosos. ¿Y qué pasa con el bautizado que quiere vivir como bautizado? Tiene que ratificar cada día con la vida la huella divina, que lleva impresa. Tiene que testimoniar decididamente y con valentía la transformación que Dios ha operado en su ser por el bautismo. Tiene que ser un bautizado que viva consciente de su bautismo día tras día, por siempre

P. Antonio Izquierdo - Catholic.net

 
 

Los cuatro evangelistas dejan constancia de la presencia de Jesús en el Jordán, en el entorno del Bautista, y la manifestación del Espíritu que allí tuvo lugar. Esta reiteración indica a las clareas el carácter histórico de este acontecimiento, tan significativo que, después de la resurrección, se tiene por condición para ser considerado “Testigo de Jesús”, el hecho de haber estado con él (con ellos) desde el principio, es decir, desde el Jordán. Pero el interés de estos relatos está, más que em la circunstancia histórica, en la manifestación del Espíritu, que indica, en el arranque mismo de la vida pública “QUIEN ES ÉSTE”. Jesús queda definido por el Espíritu, el Hijo predilecto, y la lógica invitación a escucharle, que sirve como presentación del resto del evangelio.

R E F L E X I Ó N

El tema fundamental que nos plantean las lecturas de hoy es el mismo de la Epifanía: la manifestación de Jesús. Tradicionalmente, la Iglesia, dependiendo de sus orígenes judaicos, ha entendido la manifestación de Jesús al mundo en dos etapas: la manifestación a Israel y la manifestación "también" a los gentiles. La primera está representada en el anuncio del Ángel a los pastores: "Os anuncio una gran alegría "para todo el pueblo". La segunda, se representa en la Epifanía, la manifestación a los Magos de Oriente, y en el Bautismo de Jesús, que es la Manifestación suprema puesto que se dice quién es éste: el Hijo, el Predilecto.

El resumen de todo el mensaje es, por tanto: JESÚS, LLENO DEL ESPÍRITU DE DIOS, EM QUIEN SE MUESTRA EL ESPÍRITU.

Creo que hay para nosotros dos niveles de reflexión muy importantes en estas lecturas:

- Jesús, el hombre lleno del Espíritu.

- qué Espíritu se muestra en Jesús.

JESÚS, EL HOMBRE LLENO DEL ESPÍRITU

"Acostumbrados" a una cristología meramente descendente, en la que Jesús se nos há presentado como "El Logos hecho carne", descuidamos con frecuencia estos mensajes, tan antiguos y originales.

Un hombre, hijo de una mujer, que crece y sufre y siente tentaciones y ora y se desanima y muere... Un hombre. Si no partimos de aquí, nuestra fe en Jesús corre mucho peligro: si la fe en la divinidad destruye la humanidad de Jesús, no creemos em Jesús sino en otro.

Lleno del Espíritu. El Espíritu es "la ruah", el viento de Dios, tan presente en todo el AT, desde Génesis 1 como presencia creadora, hasta la fuerza que suscita e impulsa a los jueces y profetas. La fuerza de Dios, poderosa e invisible, que alienta en el mundo y lo anima: es la fuerza de Dios Creador/Salvador.

Los evangelios y los Hechos presentan a Jesús como "lleno" de esa fuerza, de esse viento. Juan habla de que en él reside "en plenitud". Son magníficas imágenes, nada más que imágenes. Cuando, fascinados por los hechos, los comportamientos, lãs palabras de Jesús, surge en nosotros la pregunta: ¿quién es este hombre?, la respuesta es "el hombre lleno del Espíritu, lleno del Viento de Dios”.

Hasta tal punto está "lleno" del Espíritu, que en él podemos ver cómo es el Espíritu de Dios. No podemos ver a Dios, pero podemos ver su Espíritu en Jesús. Jesús es así, luego Dios es así, porque el Espíritu es el mismo. Este es un sólido fundamento para nuestra fe. Personalmente, lo tengo por un fundamento y un proceso de fe imprescindibles.

QUÉ "ESPÍRITU" SE MUESTRA EN JESÚS

En los evangelios se muestra ese Espíritu en todas las ocasiones y en múltiples aspectos: es pobre, lleno de mansedumbre, sabe sufrir, sabe perdonar, trabaja por la paz, es limpio de corazón, sufre por la justicia, es valeroso, se arriesga por curar y por perdonar, dice la verdad sin importarle cómo lo tomen, es capaz de afrontar la muerte ...

Todo ello se resume en "es Hijo". Dios es Abbá, y Jesús es "el hijo perfecto". El Espíritu de Jesús es ante todo espíritu de hijo, no de criado, no de sometido, no de temor, no de asalariado.

Este Espíritu de Hijo le hace "estar en las cosas de su Padre". Y las cosas de su padre son los demás hijos. Y aquí es donde la escena del bautismo cobra enorme valor simbólico, como probablemente lo tuvo en sentido histórico: Jesús asume su condición de Hijo, se deja invadir del Espíritu, rechaza toda tentación de mesianismos falsos y se entrega, en absoluto a las cosas de su Padre, a los demás hijos.

Cuando Jesús habla del Bautismo no se refiere a la institución de un rito de iniciación. Lo hace de manera muy distinta: "Con un bautismo tengo que ser bautizado. y ¡cómo se estremece mi alma mientras esto llega!" (Lucas 12,50) "¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber y ser bautizados con el bautismo que yo he de recibir?..." (Marcos 10,38) Recordemos que el bautismo se hacía por inmersión, metiendo al neófito en agua para sacarlo después. Para Jesús, el bautismo es "sumergirse de cabeza" en su misión de Hijo, entregar la vida hasta la muerte por los demás hijos. Y en eso se muestra El Espíritu, ése es el Espíritu de Dios. Por eso creemos en Jesús, porque vemos en él la obra del Espíritu: hacer que un hombre se entregue totalmente a sus hermanos.

Este domingo, por tanto, cierra maravillosamente el ciclo de Navidad. Luego vendrá la vida pública de Jesús, su trabajo como Hijo en favor de los hijos. Pero ya sabemos quién es éste, y ya empezamos a ver, en Él, cómo es Dios. Esto lleva a un proceso de conversión. Como hemos sido educados en el conocimiento de Jesucristo, y hemos aceptado - mucho antes de saber lo que decíamos - que Jesús es "Dios y hombre a la vez", no nos resulta disonante esta afirmación, tan evidentemente contradictoria para cualquier mente medianamente pensante. También sucede que nos hemos acostumbrado a pertenecer a la iglesia sin que se nos haya pedido a cambio um compromiso real y profundo con los demás. Se nos bautizó sin enterarnos de nada, nos confirmamos quizá sin hacer una verdadero opción de vida, comulgamos con Jesús sin comulgar mucho con los hermanos.... Extraña manera de "ser de Jesús".

El bautismo de Jesús es un acto de comunión: Jesús comulga con las demás personas, se tira al agua con ellas, tira su vida por todos. Y ¿qué es nuestra comunión con Jesús, la que celebramos en la Eucaristía cada domingo, si no es comunión con los demás? Si nuestra comunión es comulgar a Jesús para nuestro alimento personal, pero no es comulgar con todos como Jesús, por su mismo Espíritu de Comunión, nuestro acto no es más que una "acción sagrada", un rito con escaso o ningún poder de transformación, de comunicación del Espíritu.

Lo de Juan Bautista era agua, nada más: la ley, el cumplimiento, el castigo... Bueno, pero sólo agua. Lo de Jesús es "Espíritu y fuego". El fuego es el amor de Dios, el amor que mueve el corazón de Jesús. Si miramos y remiramos la vida de Jesús, lo que hace y lo que siente y lo que dice, tendremos una evidencia: este hombre es inexplicable sin El Espíritu.

Pero de todo esto se desprende una pregunta, la más básica, la que de verdad nos importa: ¿Quién es Jesús PARA MÍ?. Nos la hemos hecho muchas veces, y la renovamos una vez más, porque es la primera piedra, sobre la que se construye todo el edificio de la fe y toda nuestra manera de vivir.

Habremos llegado a la fe en Jesús por muy diversos caminos, todos buenos si llegan a Él. Pero la fe en Jesús no es una tranquila y definitiva posesión, sino algo así como um territorio en que se entra, y cada vez se va uno adentrando más en él. Cada día se descubriendo más, se va purificando más, se va haciendo más íntimamente innegable.

Quizá fue al principio una fe muy histórica y muy mítica. Aceptamos la historia y aceptamos a Jesús como Palabra de Dios, y ya está. Vimos los evangelios como narraciones históricas que ni quitaban ni ponían nada por cuenta de los autores. Incluso vimos a Jesús como si fuera "el Todopoderoso disfrazado de hombre".

Pero hicimos algo bueno: le seguimos. Intentamos hacerle norma de nuestra vida.

Incluso en este aspecto, quizá entendimos el Evangelio como unos nuevos Mandamientos, como preceptos más perfectos y más difíciles, de cuyo cumplimiento Dios nos pediría cuentas.

Poco a poco entendimos más. Entendimos que los evangelistas nos han transmitido su fe, y la de la primera comunidad. Y entonces nos gustó más que antes el relato, porque ya no era algo mítico, dictado por Dios e infalible en todas sus comas, sino el testimonio de la fe de hombres como nosotros. Luego entendimos más a Jesús: no como um misterio incomprensible, una divinidad aparentemente humana, sino como un hombre lleno del espíritu de Dios, en el cual resplandece lo divino de manera incomparable, cualitativamente distinta a lo que sucede en cualquier otro ser de la creación, que también refleja a Dios. Entonces empezamos a comprender que en Él se ve cómo es Dios mismo. Y descubrimos que Dios trabaja por los hombres, no rompe la caña quebrada, es luz para la vida, quiere la vida plena para todos, nos ofrece un destino impensable... y nos invita a trabajar para que todo eso se haga realidad.

Y nos enganchamos a la tarea de Jesús. Y por eso nos metimos en la iglesia, la comunidad de mujeres y hombres que ha dado su asentimiento a Jesús, que acepta el Dios que resplandece en Jesús, que está animada por el mismo espíritu salvador de Jesús, que entiende la vida y la muerte como Él la entendía.... Y nos damos cuenta que, si somos sinceros, "eso" va creciendo en nosotros cada día, se hace cada vez más evidente que no hay imagen de Dios y del hombre más convincente, ni modo de vida más humano ni más exigente ni más tranquilizador... Y renovamos cada día nuestra adhesión a Él, y seguimos descubriéndole y queriéndole y convirtiéndonos y trabajando más....

Este domingo, pues, en la Eucaristía, se nos ofrece una vez más la oportunidad de "comulgar con Jesús", explicitar nuestra adhesión y nuestro compromiso con Él, renovar nuestro bautismo, comulgar con la Iglesia, sintiéndonos unidos a toda esa enorme comunidad de gente que cree en la bondad, en la austeridad, en la sencillez, en la verdad... que forman, sabiéndolo o sin saberlo, la gran familia de los que luchan por el Reino.

IMAGINANDO

Esta escena del Bautismo de Jesús en el Jordán nos viene muy bien para aprender a leer mejor los evangelios. Imagínese a las personas que escribieron este relato, imagínenlos en varios momentos de su vida.

Escena primera: junto al Jordán, año 28 dC. Nuestro personaje (vamos a llamarle Andrés) está en la orilla, a la sombra de un palmeral, contemplando a Juan, el Bautista.

Juan, vestido con su piel de camello, está en el río, metido hasta las rodillas. Una fila de gente espera a ser bautizada. Van pasando delante del Bautista, confiesan ser pecadores, y Juan los sumerge en el agua y los saca después. Y van pasando, uno y otro y otro … Entre los de la fila hay un buen grupo de galileos. Se les nota en su aspecto un poco aldeano, y, cuando hablan, en su acento inconfundible. De todas clases: labradores un poco encorvados tostados por el sol, un tipo alto de unos treinta años, con pinta de obrero de la construcción, algún soldado, un publicano … un poco de todo. El obrero de la construcción está muy ensimismado, cuando sale del agua se queda concentrado, como metido en la oración. Luego se aleja del río hacia el desierto.

Andrés acaba aburriéndose de la escena y se marcha.

Escena segunda: en algún lugar cercano a Jerusalén, año 41 dC, en la sala grande del piso superior en una casa bastante grande. Un grupo está sentado alrededor de uma mesa baja. En la mesa no hay más que pan y vino. Andrés, un poco canoso ya, está hablando:

- De todas estas cosas, nosotros somos testigos; nosotros, los que estuvimos con él desde el bautismo en el Jordán. Entonces no le conocíamos. Más tarde le tratamos a fondo, nos invitó a que le siguiéramos, nos fue entusiasmando.

Cuando murió en la cruz tuvimos un trauma terrible: no podíamos imaginar que fracasara de una manera tan terrible. Más tarde aún, llegamos a creer em él. Y ésta es la fe que os comunicamos: que Dios estaba con él, que fue um hombre “lleno del Espíritu”, que es el que esperábamos, “la Palabra del Padre”.

Un jovencillo, /vamos a llamarle Mateo, aunque también podría ser Cleofás o Rufo…) escucha muy atento. Parece un chico culto, hasta podría ser un estudiante de escriba.

Saca de vez en cuando una tablilla de cera y anota en ella rápidamente algunas cosas.

Cuando Andrés termina de hablar, todos recitan y cantan oraciones y luego comen del pan y beben de la copa ,y dan gracias a Dios.

Escena tercera: en Pella, Transjordania (¿o es quizás Antioquía?) Estamos en el año 70, en invierno, y las tropas romanas han puesto cerco a Jerusalén. Un escriba ya entrado en años (no sabemos cómo se llama, si Leví o Joachim o Mateo quizá, en fin que no lo sabemos) ejerce su oficio, está escribiendo, en finas hojas de papiro cuidadosamente preparadas. Escribe: comienza la Buena Noticia de Jesucristo el Hijo de Dios: Conforme a lo que escribió el Profeta Isaías ‘yo envío mi mensajero delante de ti para prepararte el camino’, apareció Juan Bautista en el desierto… Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan.

El escriba se ha detenido, con el cálamo en la mano derecha, ha levantado la cabeza y se acaricia la barba con la izquierda. Está presentando a Jesús, el Hijo de Dios, y no quiere que parezca inferior a Juan, ni que se le considere un pecador más. Quiere dejar claro desde el principio quién es, no quiere que sus lectores se queden con la mera noticia de un suceso, sino presentarles a Jesús, en quien el escriba cree. Y sigue escribiendo: cuando salió del agua, Jesús vio que los cielos se rasgaban, que el Espíritu, como una paloma, bajaba a él, y oyó una voz que decía: “Tú eres mi hijo querido”.

Cuando, el domingo siguiente, el escriba leyó a la comunidad, mientras celebraban la Cena del Señor, lo que había escrito, les gustó mucho a todos. Había allí un anciano que se llamaba Andrés, y todos le tenían gran respeto porque había sido de los íntimos de Jesús. Se volvieron a él para ver qué le parecía. Andrés estaba sonriendo. Miró al escriba:

- Muy bien, muy bien, has escrito estupendamente lo que vieron mis ojos, y además, lo que creemos de Jesús. ¡Y con símbolos preciosos! Los cielos rasgados y la voz, como en el Sinaí… Y lo de la paloma representando al Espíritu … ¿de dónde hás sacado esa imagen tan bella?.

Y el escriba sonrió también, satisfecho de la aprobación de Andrés, el Testigo, y decidido a seguir por ese camino, hasta contar muchos hechos y dichos de Jesús, recogidos de las palabras de los testigos, para expresar así su propia fe y la de todos aquellos que también habían creído que “Dios estaba con Él

P. José Ignacio Ruiz de Galarreta, S.J.

 

La bolsa de las medicinas.

Tradición de los indios americanos.

Cuando nacía un niño en una familia india recibía un regalo especial. El padre hacía una pequeña bolsa de cuero, era la bolsa de las medicinas del hijo.

La madre metía en la bolsa dos cosas y el padre otras dos. Y se la entregaban al hijo que la guardaba en un lugar especial. Cuando moría, la bolsa de las medicinas también se enterraba con él.

Cuando eran capaces de comprender los padres le decían lo que había en la bolsa.

La madre siempre ponía un poco de tierra y un trozo de cordón umbilical para recordar a sus hijos que venían de la tierra y de una familia y que nadie se hace a si mismo.

El padre ponía una pluma de ave que había quemado un poco y la mezclaba con las dos cosas de la madre.

La pluma de pájaro simboliza el vuelo y que cada uno tiene que encontrar su lugar en el mundo.

Ninguno sabía nunca la segunda cosa que el padre había puesto. Los hijos intentan adivinarlo pero nunca se les decía.

Representa el misterio de la vida. Y el centro de todos los misterios es Dios.

Hermoso regalo, símbolo que da que pensar y nos vincula a una tierra, a una familia y a Dios.

Cuando alguien se va a Confirmar o a casar acude a la parroquia en busca de un certificado de bautismo. Otros lo piden porque quieren saber quiénes eran sus antepasados y trazar sus raíces.

Todos sabemos que el bautismo es mucho más que un trozo de papel, pero para tantas cosas se nos pide algún documento que nos identifique.

Antes decían que nuestras huellas digitales son únicas y nos distinguen de cualquier otro ser humano. Si esto se pone hoy en duda nos queda el DNA que nos hace únicos y diferentes.

Hoy celebramos el bautismo del Señor.

El día en que Jesús dejó su casa y se fue al río Jordán para ser bautizado por Juan en un bautismo general.

El primer día de su vida pública y de su ministerio.

En su bautismo Jesús descubrió quién era. Tuvo la experiencia cumbre, la de sentirse amado por Dios.

"Los cielos se abrieron y el Espíritu Santo descendió sobre él y se oyó una voz del cielo que decía: Eres mi hijo amado, el predilecto."

Me imagino a Jesús tiritando como una hoja y preguntándose qué había pasado.

Aquel día, Jesús descubrió quién era, su identidad y su misión.

Aquel día su vida tenía un nuevo significado, una nueva dirección, un nuevo centro y una nueva finalidad.

Su Padre habló y él oyó su voz.

A partir de aquel día tenía una nueva causa por la que luchar y un nuevo Padre con el que conversar. En manos de su Padre tenía que servir al reino del amor.

El bautismo fue el giro copernicano en su vida. Dejó todo atrás y comenzó una vida nueva.

Nosotros tenemos un certificado de bautismo pero ¿tenemos las obras del bautismo?

Nuestro bautismo fue un comienzo no un final.

Nuestro bautismo fue una promesa no una realización.

El bautismo está llamado a un crecimiento en comunión con todos los bautizados, los iluminados por el mismo Espíritu.

El bautismo es un regalo porque se da a los que nada tienen que poner de su parte.

El bautismo es una gracia porque se da incluso a los pecadores y entierra el pecado.

El bautismo es una unción sacerdotal y regia.

El bautismo es una iluminación porque irradia la luz divina.

El bautismo es un vestido que cubre nuestra vergüenza.

El bautismo es baño que nos purifica.

El bautismo es sello que nos guarda y signo del señorío de Dios sobre nuestras vidas.

Nosotros, como Jesús, tenemos un nuevo Padre. Tenemos una nueva misión en la vida: amar a Dios y al prójimo. Somos los hijos amados y predilectos de Dios.

¿Puedes oír su voz? Abre el oído. Te dice: "Tú eres mi hijo amado, mi predilecto. Sobre ti descansa mi favor".

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

 

San Juan Bautista predicaba e impartía un Bautismo de conversión: ese Bautismo era como la aceptación de la conversión que se realizaba en aquéllos que, motivados por su predicación, deseaban cambiar de vida.

De allí que llama la atención el que Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, se acercara a la ribera del Jordán, como cualquier otro de los que se estaban convirtiendo, a pedirle a Juan, su primo y su precursor, que le bautizara. Tanto es así, que el mismo Bautista, que venía predicando insistentemente que detrás de él vendría “uno que es más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias” (Lc. 3,15 - 16 y 21 -22), se queda impresionado de la petición del Señor.

En esta escena en el Jordán podemos entender esas palabras de San Pablo: “Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió el pecado” (2ª Cor 5,21).

¡Jesucristo se humilla hasta pasar por pecador, hasta parecer culpable, pidiendo a San Juan el Bautismo de conversión!

Por eso Juan Bautista al ver venir a Jesús a hacerse bautizar exclamó: “He ahí el Cordero de Dios, el que carga con el pecado del mundo” (Jn. 1,29). Antes de Cristo los israelitas sacrificaban corderos, buscando la expiación de sus pecados. Cristo, al cargar con nuestros pecados, se hace el verdadero Cordero de Dios, para salvarnos de nuestros pecados. Es lo que nos dice el Sacerdote al presentarnos a Cristo en la Hostia Consagrada antes de la Comunión: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…”.

Y, al Cristo ser bautizado en el Jordán, como una respuesta a esta actitud de humillación de Jesús, “se abrió el Cielo, bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma y vino una voz del Cielo: ‘Tú eres mi Hijo amado, el predilecto’” (Lc. 3,15 - 16 y 21 - 22)). El Padre revela al mundo Quién es ese bautizado: su Hijo, el Dios-Hombre.

Y en este bellísimo pasaje de la vida del Señor y de su Precursor, no sólo vemos la revelación de Jesucristo, como Hijo de Dios, sino también la revelación de la Santísima Trinidad en pleno: el Padre que habla, el Hijo hecho Hombre que sale del agua bautizado y el Espíritu Santo que aleteando cual paloma se posa sobre Jesús.

San Juan Bautista nos da el testimonio de lo que ve y escucha: por una parte, puede ver el Espíritu de Dios descender sobre Jesús en forma como de paloma. Las palabras del Bautista describiendo el Espíritu Santo hacen recordar la mención del Espíritu de Dios en el Génesis, antes de la creación del mundo, cuando “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1,2). Tal vez ese “aletear” del Espíritu Santo hace que San Juan compare ese “aletear” con el aletear de la paloma.

Un punto importante a notar en el Bautismo del Señor es que al sumergirse Jesús en las aguas del Jordán, le confirió al agua un poder de sanación espiritual, le dio significación especial al agua. De allí que el agua sea la materia del Bautismo Sacramento, instituido después por Cristo, el cual nos borra el pecado original con el cual todos nacemos.

Pensar en el Bautismo de Jesucristo, el Dios-hecho-hombre, nos debe llenar de gran humildad: si todo un Dios se humilla hasta pedir el Bautismo de conversión que San Juan Bautista impartía a los pecadores convertidos, ¿qué no nos corresponde a nosotros, que somos pecadores de verdad?

Recordar el Bautismo del Dios-Hombre es, además, recordar la necesidad que tenemos de conversión, de cambiar de vida, de cambiar de manera de ser, de pensar y de actuar, para asemejarnos cada vez más a Jesucristo. Es recordar la necesidad que tenemos de purificar nuestras almas en las aguas del arrepentimiento y de la confesión de nuestros pecados. Es recordar que en todo momento y bajo cualquier circunstancia necesitamos la humildad y la docilidad que nos llevan a buscar la Voluntad de Dios por encima de cualquier otra cosa.

Que nuestra vida se convierta en una continua entrega a la Voluntad de Dios, de manera que así como los cielos se abrieron para Jesús al recibir el Bautismo de Juan, se abran también para nosotros en el momento de nuestro paso a la otra vida y podamos escuchar la voz del Padre reconociéndonos también como hijos suyos, porque como su Hijo Jesucristo, hemos buscado hacer su Voluntad.

www.homilia.org

 

El día de nuestro Bautismo es el más importante de nuestra vida, ya que nos hacemos hijos de Dios. Con él recibimos un nuevo nacimiento, por eso se llama también el sacramento de la re-generación.

Jesús fue al encuentro de San Juan Bautista, que estaba predicando con gran éxito la conversión. Era normal que en un ambiente de expectación ante la venida del Mesías, la gente se estuviera preparando.

Iban tantos, que los fariseos acuden para ver qué pasa (Jn 1,19-26). Y en medio de tanta gente también el Señor aparece por allí: «Vino Jesús al Jordán desde Nazaret de Galilea» (Mt. 1,9). Juan el Bautista cumplió su misión de mover a la penitencia, como preparación de la llegada del Reino de Dios.

Muchas veces uno se asombra de por qué el Señor se bautizó si no le hacía falta. Jesús, sin tener necesidad de conversión, se sometió al rito del Bautismo, de la misma manera que lo hizo a los mandatos de la Ley.

UN CRISTIANO ES UN BAUTIZADO

Y precisamente, Jesús, el día de su Ascensión también quiso que los cristianos enseñaran y bautizaran en su nombre. Les dijo: «Id por todo el mundo y enseñad a todas las gentes bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt. 28,16).

La ceremonia del Bautismo ha cambiado mucho. Antes, en los primeros tiempos, la mayor parte de las personas que se bautizaban eran adultos, y el Bautismo se hacía por inmersión: la gente se iba al Jordán o a cualquier otro riachuelo que estuviera a mano, y el sacerdote los sumergía enteramente en el agua.

Todo eso significaba que el que se bautizaba era sumergido bajo el agua y, al salir, resucitaba como Jesús. Y así se convertía en una nueva persona de pies a cabeza.

Nosotros llegamos a la salvación a través del agua. Eso es el Bautismo: lanzarse al agua para obtener la liberación.

UN ATEO COMO DIOS MANDA

Te voy a contar una historia real. En tiempos del más duro comunismo en la antigua Unión Soviética, un oficial de la marina de 21 años, se lanzó al mar desde su barco para huir del sistema y llegar a la costa de Canadá.

Era huérfano. Había pasado por tres orfelinatos y nunca había rezado. Le habían repetido hasta la saciedad que Dios no existía. Lo más que un hombre podía aguantar en esas aguas era hora y media, y se confundió de dirección. Cuando llevaba varias horas nadando y no podía más, se detuvo.

Te leo lo que él mismo cuenta: «Sentí que estaba perdido, totalmente perdido. “Serguei has acabado (se dijo). Vas a morir. Nadie está al corriente de esto. Nadie está preocupado por ti. Nadie”.

Me habían educado en la doctrina de Marx, de Engels y de Lenin. Ellos eran mis dioses. Me había arrodillado varias veces ante el cuerpo de Lenin en Moscú, era mi dios y mi maestro.

Pero ahora, al final de mi vida, mi espíritu se volvió hacía ese Dios que no conocía. Rogué instintivamente: “Dios, no he sido nunca feliz en esta tierra. Ahora que me estoy muriendo acoge, si te place, mi alma en el Paraíso. Dios, quizá, podrías darme allí un poco de felicidad. No te pido que salves mi cuerpo, pero en el momento en el que se hunda, acoge mi alma en el cielo, por favor, ¡Dios!

Cerré los ojos completamente, convencido de que todo había acabado. Ya estoy preparado, pensé en lo más profundo de mi alma. Ahora me puedo dormir. Me relajé y cesé de luchar. Mi pelea había concluido».

A TODO EL MUNDO LE LLEGA SU HORA

Hay una oración que han rezado durante siglos los cristianos y que muestra la protección de Dios por sus hijos: «¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas que me llegan hasta el cuello! Me hundo en el cieno del abismo, sin poder hacer pie; he llegado hasta el fondo de las aguas, y las olas me anegan» (Sal. 68).

Sigue diciendo el ruso de nuestra historia: Lentamente, muy lentamente, sentí que algo extraño estaba sucediendo. A pesar de que toda mi energía se había gastado hasta la última gota, una fuerza nueva invadió mis brazos extenuados. Sentí como si en el agua me rodearan los brazos recios y amorosos del Dios vivo, como si me encontrara una boya enviada del cielo.

Yo no era creyente. Jamás antes había dirigido mi oración a Dios, pero noté que brotaban en mi cuerpo agotado nuevas reservas: podía nadar».

LLEGAR A DIOS A TRAVÉS DEL AGUA

Algo así, y mucho más es la fuerza que recibimos en el Bautismo. Por eso, el día de nuestro Bautismo, es el más importante de nuestra vida.

Conozco un sacerdote que celebraba su cumpleaños el día de su Bautismo porque lo consideraba como el día de su nacimiento. San Josemaría, a veces, cuando pasaba al lado de su pila bautismal la besaba, porque allí había empezado a nacer.

Gracias al sacramento del Bautismo somos hijos de Dios. Es lo mismo que le ocurrió al Señor en el Evangelio. Dios nos dice: «Eres mi hijo muy amado» (cfr. Mc. 1,11). Por eso es un momento tan trascendental.

Todo esto normalmente se nos olvida, aunque alguna vez nos lo hayan explicado. Lo que sucede en el Bautismo, que nos hacemos hijos de Dios, no lo pensamos con frecuencia.

Conozco el caso de un niño de ocho años, también ruso, al que adoptó una familia de Madrid. Se le acercó una chica pija, y le dijo, sin saber que era adoptado: –Oyesss ¿quiénes son tus padres? Y el niño de ocho años, que había pasado por varios orfelinatos y tenía mucha vida, le respondió a la adolescente: –Si yo te contara…

Necesitamos fe para darnos cuenta de que somos hijos adoptivos de Dios. Es bueno que repitamos eso: Yo soy hijo de Dios, hijo de Dios. Y porque somos sus hijos el Señor nos da todo: «Tú eres mi esperanza, mi seguridad desde mi niñez» (Sal. 70).

A TRAVÉS DEL AIRE

Un cardenal filipino cuenta que, durante un viaje en avión, se encontró en medio de una violenta tormenta tropical y el avión empezó a dar unos tumbos espectaculares.

Todos los pasajeros estaban tremendamente asustados. A su lado se encontraba un niño. Y el cardenal le preguntó: –¿Tú por qué no estás asustado? Efectivamente era muy raro que un niño estuviera tan sereno en una tempestad así. Y el chaval le respondió: –Es que el piloto es mi padre.

CON LOS PIES EN LA TIERRA

Después de todo lo que hemos dicho es fácil comprender el interés que ha tenido la Iglesia de que los niños reciban cuanto antes el principal regalo de su vida. Hemos de agradecer a nuestros padres que al poco de nacer nos llevaran a recibir este sacramento.

A veces vivimos intranquilos sin saber que Dios es nuestro Padre, el Amo del mundo. Y nos ponemos nerviosos por muchas cosas: los exámenes, que será de mí el día de mañana, o perdemos la paz cuando nos regañan o no nos ha salido algo como queríamos.

Con frecuencia nos comportamos como un niño sin padres, que va de sobresalto en sobresalto porque no tiene nadie que le dé seguridad.

LA INTELIGENCIA DEL ORDENADOR

La historia que contábamos del oficial de la marina rusa termina en Canadá. Allí un funcionario del gobierno le preguntó: «Kourdakow, hemos estudiado su historia con todo detalle, hemos introducido sus datos en un ordenador especialmente programado para analizar estos casos: la temperatura del agua, la dirección y la fuerza del viento, la violencia de la tempestad, la distancia del barco la altura de las olas, y también su fuerza física.

El resultado del análisis es que usted no pudo haber sobrevivido. ¿No habrá algo, aunque sea una insignificancia, que se haya usted olvidado de decir concerniente a aquella noche?

Reflexioné unos momentos, y a continuación dije: –La sola cosa que no he mencionado es que le recé mucho a Dios.

Aquel señor se marchó y volvió al cabo de algunos días. –Sergei, me comunicó, te interesará saber que cuando se introdujeron en el ordenador todos los datos, incluyendo el de tu oración, la máquina respondió que tu éxito y tu supervivencia eran posibles. Ahora creemos tu historia».

SIEMPRE CON ESCOLTA

Con esto se entiende mejor que la Iglesia, refiriéndose a la protección de Dios por sus hijos, nos invite a rezar: «Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas encontrarás refugio, porque ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en todos los caminos. Te llevarán en sus palmas para que no tropiece tu pie en piedra alguna» (cfr. Sal 90).

Así vivió desde siempre la Hija predilecta de Dios, la Virgen María. El Espíritu la cubrió con su sombra en el momento de la Encarnación y la protegió siempre, también en las horas tremendas de la Pasión. Nadie se metió con Ella, nadie la insultó ni se burló de la Madre del Condenado. Su Padre Dios, el Señor de la Historia, no lo permitió.

forodemeditaciones.blogspot.com

 

1. NOTA PREVIA

Este domingo está plenamente en la órbita de las celebraciones de Navidad-Epifania. Lo que ante todo debe aún subrayarse es la manifestación de JC. Y esta manifestación adulta de JC puede compensar la presentación predominantemente centrada en la infancia (las fiestas de Navidad-Epifania hablan de la infancia de JC y son también fiestas en las cuales nuestros niños ocupan un primer lugar). La predicación hoy, complemento del ciclo navideño y pocos días después de la Epifanía, debería ser una seria presentación del hecho de que la misión de JC y nuestro seguirle, no son sólo "cosas de niños" sino una tarea -una lucha- plenamente adultas, plenamente conscientes y responsables.

TRASFONDO BÍBLICO

Los tres ciclos dominicales repiten hoy las dos primeras lecturas y varían el evangelio. Las dos primeras lecturas indican que no se trata fundamentalmente de celebrar el bautismo de J. (y menos el nuestro) sino de la manifestación de Dios que autentica la persona y la misión de JC. Todo lo que el pueblo de Dios esperaba (1.lectura) y todo lo que J. hizo y la Iglesia cree y anuncia (2. lectura) está incluido en la proclamación del Jordán: J. es el hombre lleno del Espíritu de Dios que podrá manifestar y comunicar al Padre, al Dios del amor (ya que él es el Hijo, el amado, "en quien he puesto mi amor "=" el que es el predilecto").

La escena del bautismo nos es presentada por Lc con evidente intención del paralelismo con la que él mismo describirá como acontecimiento inicial de la Iglesia (Pentecostés). De ahí que Lc atribuya a Juan la profecía de que "el os bautizará con Espíritu Santo y fuego". Se trata, por tanto, de subrayar el inicio de la misión profética de JC, que después continuará en la Iglesia de sus discípulos.

Es preciso tener también en cuenta la importancia que la primera comunidad cristiana daba a este hecho del bautismo de J. como inicio de la realización eficaz de su misión (véase la 2. lectura: el resumen característico de la predicación de Pedro = el esquema fundamental de los sinópticos = el esquema básico de la primera predicación cristiana). 

EL BAUTISMO DE JESÚS Y NUESTRO BAUTISMO

Un peligro fácil de la predicación de hoy sería el de abandonar el tema y el hecho del bautismo de JC para dedicarse a hablar catequéticamente de nuestro bautismo. Peligro porque -como decíamos antes- se omitirá una importante complementación del ciclo Navidad-Epifanía que es a la vez introducción para los domingos de durante el año que vamos a comenzar (JC, el hombre lleno del Espíritu que nos revela el amor del Padre), y peligro también porque podría identificarse excesivamente el bautismo de Juan con el bautismo de la Iglesia. El bautismo de la Iglesia es más asimilable al hecho de Pentecostés que no al hecho del Jordán.

Con todo, ello no significa que no quepa una posibilidad de relacionar uno y otro. No tanto en sus aspectos objetivos como en los subjetivos (aunque unos y otros estén siempre vinculados). Me explico: la narración del bautismo de J. permite adivinar en este hecho una toma de conciencia del hombre Jesús de la misión que el Padre le encomienda. Toma de conciencia en la cual indudablemente influye la predicación de Juan y la espera mesiánica de los "pobres de Israel". Y que se manifestará progresivamente (Transfiguración, Pasión con la afirmación ante el Sanedrín). Como dicen los evangelios: Jesús "crece" ante Dios y ante los hombres.

También nuestro bautismo-confirmación tiene un aspecto de toma de conciencia (que no necesariamente coincide cronológicamente con el momento del sacramento: también puede crecer después) del amor gratuito de Dios, de la donación del Espíritu, que nos impulsa a realizar una misión también mesiánica de vivir y comunicar el amor de Dios, continuando el camino de JC. En el bautismo de niños realizado en la Iglesia, es ésta quien lo afirma y reconoce; puede bautizar al niño porque el don del amor de Dios no está condicionado al reconocimiento del niño, aunque el bautismo (y la confirmación, dos realidades íntimamente vinculadas, casi como dos momentos del mismo sacramento) no conseguirá su plena realidad hasta que el niño no lo asuma por la fe. Es un camino que empieza por la iniciativa de Dios, pero la actuación del hombre debe ser respuesta coherente con este amor de Dios.

ESQUEMA POSIBLE

1) Debería comenzarse subrayando la vinculación de esta fiesta con lo que hemos celebrado en los días de Navidad-Epifanía. Aquel niño es un hombre que viene a revelar y realizar la voluntad del Dios que nos ama. Por eso es el ungido con el Espíritu de Dios. Durante todos los domingos del año escucharemos su Palabra para seguir su camino. 2) Porque su camino sigue en nosotros. También nosotros hemos recibido el Espíritu de Dios para manifestar y realizar el amor de Dios. Es lo que significó nuestro bautismo-confirmación. ¿Cómo seguimos este camino? ¿Cómo lo vivimos? 3) La primera y segunda lectura ofrecen amplias posibilidades de concretar qué significa continuar el camino de JC. Se nos habla de "traer el derecho a la naciones", de liberación de los oprimidos (últimos versículos de la 1. lectura), sin quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo vacilante. Y Pedro nos define la tarea de JC como un pasar "haciendo el bien" y liberando "a los oprimidos" por cualquier mal. Nótese también cómo (y es una nueva conexión con la fiesta de Epifanía) ambas lecturas acentúan el carácter universal, abierto a todos, de la manifestación de Dios en JC (y, por tanto, en la Iglesia).

J. Gomis

 

2. FIESTA DE TRANSICiÓN

La fiesta del Bautismo del Señor es una fiesta que comporta una cierta complejidad tanto en su sentido como en su comprensión, y a la vez una gran riqueza de contenidos que la hacen atractiva y sugerente.

Por un lado, es éste un domingo de transición: el Bautismo del Señor cierra el ciclo de Navidad e inaugura a la vez la primera semana del tiempo ordinario. Con la escena del bautismo culmina la manifestación de Jesús como Hijo de Dios que hemos celebrado a lo largo de toda la Navidad, pero a la vez se nos presenta a un Jesús ya adulto, dispuesto a iniciar su ministerio público. Esto comportará, sin duda, alguna dificultad en la ambientación, la cual, aunque continúe siendo navideña, tendrá que eliminar el protagonismo del niño Jesús en el pesebre.

Por otro lado, el bautismo de Jesús tiene un contenido y un sentido propio que lo diferencian del sentido y significado del bautismo cristiano. Pero también es cierto que este bautismo de Jesús de alguna manera prefigura, e inevitablemente evoca, nuestro bautismo, y será oportuno recoger también esta referencia.

- OTRA TEOFANÍA

El bautismo de Jesús es una escena epifánica, que certifica una vez más la divinidad de Jesús. En este sentido el bautismo culmina el ciclo navideño: si la Navidad es la manifestación de Cristo en el ámbito humilde de Belén, y la Epifanía es la manifestación universal, a todos los pueblos, el Bautismo es la manifestación absoluta, en plenitud, de la divinidad de Cristo. De hecho, podríamos afirmar que, propiamente, el Bautismo es un eco o continuación de la fiesta de Epifanía, ya que completa su sentido con otra escena de tipo epifánico o teofánico.

El núcleo de la liturgia de hoy es el texto del evangelio que nos muestra a Jesús en el momento de ser bautizado por Juan en el Jordán, y es ungido por el Espíritu Santo y proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre desde el cielo. Sin duda, esta escena está muy elaborada, presenta un gran contenido teológico, y concretamente trinitario: el Padre revela que Jesús es su Hijo y lo unge con el don del Espíritu. A partir de aquí, Jesús ya puede empezar a llevar a término la misión encomendada por el Padre en medio de los hombres.

Los textos eucológicos insisten en este carácter teofánico de la escena del bautismo: en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado envinndole tu Espíritu Santo (colecta); en este día manifestaste a tu Hijo predilecto (ofrendas); hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres (prefacio)

- EL BAUTISMO DE JESUS Y NUESTRO BAUTISMO

Como decíamos antes, el sentido del bautismo que Jesús recibe es distinto al del bautismo cristiano. El mismo Juan dice en el evangelio: Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espiritu Santo. El bautismo de Juan era un bautismo de conversión, una expresión del deseo de convertirse. El hecho de que Jesús se ponga en la cola de los pecadores es un signo más de la encarnación de Dios entre los hombres: él, que no necesitaba puruficación ninguna, se identifica con todos aquellos que quieren convertirse. Pero el bautismo, en sí mismo, tan sólo tiene este valor simbólico. Lo importante de la escena es la teofanía que se produce en el marco del bautismo de Jesús. En cambio, nuestro bautismo es un sacramento real, que nos hace hijos de Dios y, por la fuerza del Espíritu Santo, nos incorpora a Crsito muerto y resucitado.

A pesar de estas diferencias, no hay duda de que hay resonancias de nuestro bautismo en toda la liturgia de hoy. Si tomamos las lecturas propias del ciclo B, en la 1. lectura tenemos un texto de Isaías que, con la clave del agua, nos anuncia los planes de Dios: Oíd, sedientos todos, acudid por agua ...venid a mí: escuchadme y viviréis. Con la misma imagen del agua, insiste el salmo en la salvación que Dios nos ofrece: Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación. Y en la 2. lectura, de la primera carta de san Juan, se nos explica cómo todos nosotros hemos nacido de Dios por la fe en el hijo.

De alguna manera, pues, el bautismo de Jesús prefigura el nuestro, en el sentido de que, así como en aquel momento el Padre certificó la filiación divina de Jesús ungiéndolo con el Espíritu antes de iniciar su misión, también nosotros en el bautismo somos consagrados hijos de Dios en Jesucristo por el Espíritu Santo. Tal como afirma el prefacio: en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos, para manifestar el misterio del nuevo bautismo. También en la oración colecta pedimos: concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Y en la poscomunión: que escuchemos con fe la palabra de tu Hijo para que podamos llamarnos, y ser en verdad, hijos tuyos.

Así, pues, hoy es un día apropiado para rememorar nuestro bautismo, para agradecerlo a Dios y también para renovar nuestro compromiso bautismal. Con uno u otro signo (el cirio pascual, la aspersión, los bautizos durante la misa, el credo dialogado) hoy hemos de expresar que la Iglesia, pueblo de bautizados, renueva su adhesión a Cristo.

Xavier Aymerich

 

3. FIESTA QUE CIERRA EL CICLO DE NAVIDAD

La fiesta del Bautismo del Señor enlaza con la Epifanía por su condición de celebración de la primera manifestación pública de Jesús, al comienzo de su ministerio. Hemos pasado, en la celebración de los misterios, de la infancia a la edad adulta de Jesús.

La antífona de entrada (Mt 3,16-17) expresa bien el contenido celebrativo de esta solemnidad: "Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él. Y se oyó la voz del Padre que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto".

Hay varios signos epifánicos: el abrirse el cielo, cerrado para la humanidad por su pecado, el posarse sobre Jesús el Espíritu en un gesto que recuerda la primera creación, ungiéndole como Mesías, y la voz del Padre manifestando que aquel hombre, aparentemente pecador, es su Hijo predilecto (prefacio). Esto mismo expresa la oración colecta: "Dios todopoderoso y eterno, que en el Bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo"... El Bautismo de Jesús es la revelación solemne, la epifanía esplendorosa de quién es aquel que forcejea para que Juan le bautice.

Con esta fiesta se cierra el ciclo navideño de las manifestaciones de Dios en la carne, para dar paso al tiempo ordinario.

EL MISTERIO DEL NUEVO BAUTISMO

Jesús se acerca al Jordán para someterse al Bautismo de penitencia, al que Juan invitaba como preparación para recibir el Reino de Dios. Pero en el Bautismo de Jesús tienen lugar "signos prodigiosos" (prefacio). Esos signos se ordenan a "manifestar el misterio del nuevo Bautismo" (prefacio), del Bautismo en el agua y el Espíritu Santo, que trae Jesús. Por él, los cristianos sepultados en Cristo, renacen a él por una vida nueva. Por él quedan libres de todo pecado y se convierten en hijos de adopción; por él, incorporados a Cristo, entran a formar parte de un pueblo sacerdotal que proclama en el mundo las maravillas de Dios.

BAU/QUÉ-ES: Es éste un buen día para presentar a los fieles toda la profundidad del Bautismo cristiano como: el primer sacramento de la nueva Ley, sacramento de la fe, nacimiento a la vida de Dios, sacramento pascual (Ritual del bautismo de niños 3-6; Catecismo 535 - 537).

El Bautismo es el fundamento de la llamada a la santidad, el fundamento del deber y derecho a vivir el culto "en espíritu y en verdad". Es el primera peldaño del proceso de iniciación cristiana, que debe crecer con el don efusivo del Espíritu (Confirmación) y el sentarse por primera vez a la mesa del Señor (Eucaristía).

DEL BAUTISMO DEL JORDÁN, POR EL MISTERIO, A LA CRUZ Y RESURRECCIÓN

Jesús en el Bautismo del Jordán asume "la realidad de nuestra carne para manifestársenos" (2a oración colecta). La asume en aparente condición pecadora, como siervo, poseído totalmente por el espíritu, en condición humilde y paciente. Su misión es promover el derecho y la justicia, siendo luz y liberando de las esclavitudes de los hombres (Is. 42,1 - 4.6 - 7).

El libro de los Hechos resume la misión de Jesús poniendo en boca de Pedro la síntesis del anuncio de la fe (10,37 - 38): "Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo: porque Dios estaba con él". Lástima que el texto de la 2. lectura se corte en ese punto y no continúe la exposición del misterio pascual completo, que incluye la pasión, muerte, resurrección de la que los apóstoles son testigos (Hech 10,39 - 43). Con el Bautismo Jesús comienza su camino ministerial de proclamación de la Buena Nueva, que le llevará a la cruz y resurrección. Es el Espíritu Santo el que, desde el Bautismo, le irá conduciendo cual nuevo Isaac (Gen 22,1 - 2); desde el Jordán Jesús emprende su camino hacia el sacrificio de su vida y la glorificación.

LAS PECULIARIDADES DE LUCAS

Lucas destaca como peculiaridad de su Evangelio que "Jesús también se bautizó", añadiendo la circunstancia "en un bautismo general". Lucas destaca el detalle de solidaridad de Jesús con el pueblo entero que acudía a Juan necesitado de conversión. Lucas precisa algo que los restantes sinópticos no indican: "En aquel tiempo el pueblo estaba en expectación". Se había creado una situación especial de anhelo y de esperanza en torno a Juan. Jesús sintonizando con este "movimiento", haciéndose uno más, mostrándose como un penitente más, se acerca a Juan. Así asume la condición humana, incluso la apariencia de pecado y realiza la profecía de Isaías: "No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará" (1. lectura) y lo que afirma la 2a: "...pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo". Es todo un ejemplo para los bautizados, que renunciando al pecado están llamados a compartir toda la realidad humana en una solidaridad que se concreta en el amor de Dios. Así seremos imagen de Cristo que nos am6 hasta el fin y lo asumió todo, excepto el pecado.

Ramiro Gonzalez

 

Hoy celebramos la fiesta del "Bautismo del Señor". Santo Tomás de Aquino hablaba de los "misterios de la vida de Cristo": el resplandor de Dios en el hombre Jesús de Nazaret. Él será hoy el centro de nuestra celebración y de nuestra contemplación: él, bautizado en el Jordán.

2) Es una fiesta nueva, que aún no tiene tradición y pasa desapercibida por el pueblo. Para la gente, las fiestas de Navidad se han terminado. Pero litúrgicamente se prolongan hoy y el domingo próximo, en el que todavía escucharemos el testimonio de Juan y asistiremos a la "transferencia" de discípulos entre Juan y Jesús (en el ciclo B).

3) El evangelio da el tono, porque incluye el relato del bautismo. El bautismo es, según los estudiosos, uno de los datos históricos más seguros de la vida de Jesús. Los evangelistas están interesados en subrayar que, aun siendo bautizado por él, Jesús es superior a Juan: éste es el sentido de las palabras que Mc pone en boca de éste, en las que contrapone bautizar sólo con agua y bautizar con el Esp. Sto, como ya encontramos en el segundo domingo de Adviento-B.

4) El relato del bautismo tal como figura en los evangelios no es una descripción de lo que acaeció, sino un relato teológico, que va dirigido a unos creyentes (los lectores del libro). Inaugura, con el relato de las tentaciones (cara y cruz), el ministerio público de Jesús, de la misma manera que el relato de la transfiguración (cf. segundo domingo de Cuaresma) da paso a la segunda parte de este ministerio, que desemboca en la muerte en Cruz. Este tipo de textos teológicos que toman forma narrativa ya los hemos encontrado en las fiestas de Navidad. Haríamos un pobre servicio a los fieles si presentásemos el bautismo de Jesús como una historieta maravillosa y no nos esforzáramos en poner de manifiesto su contenido.

5) ¿Quién es Jesús de Nazaret? Aquel en el cual hay comunicación entre cielo y tierra (el cielo no está "cerrado" se ha "rasgado": "¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!": Is/63/19:1er.domingo de Adviento); aquel sobre el cual baja como una paloma el Espíritu de Dios (cf. 1a.lectura); aquél "ungido por Dios con la fuerza del Esp. Sto" (2a.lectura) Este es el sentido de la teofanía del Jordán. Este es el Jesús que escuchamos cada domingo. 6) La colecta da el paso del misterio del bautismo de Jesús a nuestro bautismo: "concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Esp. Sto., perseverar siempre en tu benevolencia": por el bautismo somos incorporados sacramentalmente al misterio del bautismo de Jesús.

J. Totosaus

 

5. J/BAU. LA EPIFANÍA EN EL BAUTISMO DEL SEÑOR ANTICIPA LA PASCUA. CR/APOSTOL ENVIADO DE XTO POR LA UNCIÓN DEL ESPÍRITU. J/LIBERADOR. EL CRISTIANO-COMO XTO-RECIBE EN EL BAUTISMO UNA MISIÓN LIBERADORA.

-Orientaciones para la celebración. Terminamos con este domingo las fiestas de Navidad. En la iglesia ha de mantenerse hasta hoy la decoración navideña. La fuente bautismal ha de estar iluminada y adornada con flores, con el cirio pascual encendido. Es bueno renovar también las promesas bautismales después de la homilía, en lugar de recitar la profesión de fe con el Credo. También sería conveniente celebrar el bautismo en alguna Misa (cf. Ritual, p. 25).

-La gran manifestación. Las iglesias orientales celebran el bautismo del Señor en la fiesta de la Epifanía. La iglesia latina ha preferido en esta fiesta leer el evangelio de la adoración de los magos. Pero, ciertamente la gran Epifanía, tal como consta en los cuatro evangelios, y en la primitiva predicación de los apóstoles (cf. 2a.lect.), es el bautismo en el Jordán. Aquí tiene lugar la gran Teofanía que ya anuncia la Pascua. El Padre manifiesta, proclama, que Jesús es su Hijo, el amado; y el Espíritu desciende del cielo sobre las aguas como una paloma (PALOMA/BAU) recordando el fin del antiguo diluvio y el establecimiento de una Alianza nueva, definitiva.

Fijémonos que todo eso tendrá su plenitud en la Pascua: entonces, en la resurrección, Jesús es declarado Hijo de Dios (cf. Rom. 1,4) y se convierte en emisor del Espíritu (cf. Jn. 20,22).

La Epifanía, celebrada sobre todo en el bautismo del Señor, anticipa la Pascua. Conviene remarcar esta visión sobre todo porque ahora, según la nueva ordenación del año litúrgico, celebramos el bautismo de Cristo el domingo que cierra el ciclo de Navidad. Conviene recordar asimismo que nuestra Pascua empezó el día de nuestro bautismo, porque éste es sepultura y resurrección con Cristo.

Hay que insistir en la valoración del bautismo del Señor como misterio salvador, ya que los fieles occidentales suelen desconocerlo, pues en la liturgia latina nunca se celebraba en domingo y, por esta causa, no se predicaba.

-El Bautismo de Jesús y el nuestro. Conviene aclarar que el bautismo que recibió Jesús no es el primer sacramento de la Iglesia que nosotros hemos recibido y que celebramos. Los fieles suelen armarse un lío con todo eso. Hay que subrayar que el bautismo de Jesús en el Jordán anunció el nuevo bautismo (cf prefacio de la misa). Efectivamente por el bautismo nosotros somos incorporados a Cristo, formamos una sola cosa con Él: miembros de su Cuerpo. Sobre nosotros, pues, baja la voz del Padre: ¡Eres mi hijo! El Espíritu viene también sobre nosotros y nos pone en el corazón la nueva alianza, el amor de Dios que nos hace exclamar: ¡Abba!¡Padre! Por eso es apropiado hoy celebrar el bautismo en la misa con la comunidad reunida, y también renovar las promesas del bautismo después de la homilía con la profesión de fe bautismal. También es conveniente empezar la misa con la aspersión con el agua bendita.

-Según Pedro (2a.lect.), el inicio de la vida evangélica de Jesús, el Enviado (Apóstol) del Padre, fue el bautismo en el Jordán. Dios le consagró, le ungió con el Espíritu y Él empezó a "pasar haciendo el bien" por todas partes y liberando a los que vivían oprimidos por el Maligno.

Nuestra vida de enviados del Padre y de Cristo arranca también de la consagración bautismal, de la "unción del Espíritu". En el A.T el ungido es el elegido de Dios, el enviado, el designado para llevar a término una misión salvadora. Por el bautismo y la confirmación (que forman la unidad sacramental básica, juntamente con la eucaristía, de la vida cristiana) nos convertimos en "apóstoles", enviados. Recibimos de Cristo y con Él la misión de pasar haciendo el bien por todas partes.

No hay que olvidar que hoy especialmente, en esta eucaristía dominical, renovamos los sacramentos recibidos: bautismo y confirmación, según las palabras de Pedro en la segunda lectura, y también en el evangelio: la presencia, la unción del Espíritu en el baño bautismal.

-El Siervo de Dios, liberador. Como primera lectura leemos un fragmento del primer canto del Siervo de Yahvé. Es un RETRATO MAGNIFICO, para nosotros, los creyentes en Cristo, de LA HUMANIDAD DE JESÚS, enviado del Padre.

J/SIERVO: Una magnífica introducción, desde el A.T., al misterio de la nueva Alianza que hoy celebramos. El Siervo está totalmente poseído por Dios, quien se ha complacido en él (cf. Mt 3,17) y le ha dado su Espíritu. El Siervo es el enviado, el ungido, el Mesías por antonomasia. Ha recibido la misión de llevar a término el designio de Yahvé: lo hace con mansedumbre, con humildad, sin gritar. "La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará". Pero permanece firme en su misión: hasta que el designio de Yahvé se haya cumplido. El Siervo-Mesías es el gran liberador: devuelve la vista a los ciegos, la libertad a los presos, saca a la luz a los que vivían en tinieblas.

"Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros" (/Jn/20/21). Los que somos una sola cosa en Cristo por el bautismo-confirmacion- eucaristía participamos de su misión, la continuamos en el mundo. Con humildad, mansedumbre y firmeza hemos de llevar adelante NUESTRA MISIÓN LIBERADORA.

P. Llabrés

 

Nueva espiritualidad

"Espiritualidad" es una palabra desafortunada. Para muchos sólo puede significar algo inútil, alejado de la vida real. ¿Para qué puede servir? Lo que interesa es lo concreto y práctico, lo material, no lo espiritual.

Sin embargo, el "espíritu" de una persona es algo valorado en la sociedad moderna, pues indica lo más hondo y decisivo de su vida: la pasión que la anima, su inspiración última, lo que contagia a los demás, lo que esa persona va poniendo en el mundo.

El espíritu alienta nuestros proyectos y compromisos, configura nuestro horizonte de valores y nuestra esperanza. Según sea nuestro espíritu, así será nuestra espiritualidad. Y así será también nuestra religión y nuestra vida entera.

Los textos que nos han dejado los primeros cristianos nos muestran que viven su fe en Jesucristo como un fuerte "movimiento espiritual". Se sienten habitados por el Espíritu de Jesús. Solo es cristiano quien ha sido bautizado con ese Espíritu. «El que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece». Animados por ese Espíritu, lo viven todo de manera nueva.

Lo primero que cambia radicalmente es su experiencia de Dios. No viven ya con «espíritu de esclavos», agobiados por el miedo a Dios, sino con «espíritu de hijos » que se sienten amados de manera incondicional y sin límites por un Padre. El Espíritu de Jesús les hace gritar en el fondo de su corazón: ¡Abbá, Padre! Esta experiencia es lo primero que todos deberían encontrar en las comunidades de Jesús.

Cambia también su manera de vivir la religión. Ya no se sienten «prisioneros de la ley», las normas y los preceptos, sino liberados por el amor. Ahora conocen lo que es vivir con «un espíritu nuevo », escuchando la llamada del amor y no con «la letra vieja», ocupados en cumplir obligaciones religiosas. Éste es el clima que entre todos hemos de cuidar y promover en las comunidades cristianas, si queremos vivir como Jesús.

Descubren también el verdadero contenido del culto a Dios. Lo que agrada al Padre no son los ritos vacíos de amor, sino que vivamos «en espíritu y en verdad ». Esa vida vivida con el espíritu de Jesús y la verdad de su evangelio es para los cristianos su auténtico «culto espiritual».

No hemos de olvidar lo que Pablo de Tarso decía a sus comunidades: «No apaguéis el Espíritu». Una iglesia apagada, vacía del espíritu de Cristo, no puede vivir ni comunicar su verdadera Novedad. No puede saborear ni contagiar su Buena Noticia. Cuidar la espiritualidad cristiana es reavivar nuestra religión.

José Antonio Pagola