
|
Desterrado en Babilonia, el pueblo de Israel pudo escuchar por boca de Isaías la promesa de Dios. El profeta les recordaba la bondad y fidelidad de Yahvé. Como antaño liberó a los padres de la esclavitud de Egipto, también ahora libraría a su pueblo de esta nueva esclavitud: Como abrió camino a través del mar, extinguiendo a los enemigos, así abrirá un camino por el desierto y ríos en el yermo. Apagará la sed de su pueblo escogido y formado para proclamar su alabanza. Estas palabras del profeta nos las dirige hoy el Espíritu como anuncio de la Pascua. Un año más, la Iglesia como pueblo de Dios se dispone a celebrar la gran novedad de la salvación; el cambio de lo que es desierto y camino sin salida en paraíso, por fin, hallado. Hasta poder exclamar con el salmista: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. A experimentar esta alegría nos prepara hoy el Señor. Frente a otras expectativas, Jesús, el Mesías de Dios, no vino a condenar sino a salvar. Vino a inaugurar el tiempo de la gracia y del perdón misericordioso de Dios. Contemplemos hoy con gozo su actitud que refleja los verdaderos sentimientos del Padre frente a otras ideas sobre Dios. Viene del huerto donde se ha pasado la noche en intimidad de oración con Aquél de quien se sabe el hijo. Amanece y entra en el Templo para transmitir su vivencia, esa experiencia del amor de Dios, a los que acuden con ganas de escucharle. Justo entonces los escribas y los fariseos le traen una mujer y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; Tú ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. No, no le traían también al adultero, como hubiera sido lo justo, sino sólo a la mujer. A aquellos doctores no les importaba la ley, que de hecho no habían cumplido apedreando a los adúlteros, como estaba prescrito. Y mucho menos la persona, a la que humillaban en público. Sólo querían coger a Jesús y desprestigiar su fama de Maestro. Frente a su forma de entender a Dios le oponen el precepto de la ley que mandaba castigar al pecador. La reacción de Jesús es sorprendente. No dice nada sino que inclinándose escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.” E inclinándose siguió escribiendo. Ellos, al oírlo se fueron escabullendo hasta quedar sólo Jesús, con la mujer, en medio. Y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?”; ¿ninguno te ha condenado? Pues tampoco yo. Anda y en adelante no peques más. Esa mujer somos hoy nosotros si nos reconocemos pecadores perdonados por Dios. No, Jesús no anula la ley sino el pecado; no condena sino que otorga el perdón. Y es que Él sabe que quien así experimenta la misericordia de Dios está capacitado para saber perdonar y amar sin acusar. Es la transformación del amor de Dios que no puede dar la ley. Esta actitud de Jesús es lo que inspira hoy a san Pablo, aquel fariseo, perfecto conocedor y cumplidor de la ley, que confiaba en la justicia de sus propias obras hasta que se encontró con el Señor. Y por eso nos dice hoy desde su propia experiencia: Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios. Por eso olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús. No tengamos miedo a reconocer nuestras miserias. Acojámonos al amor del Señor y olvidemos ya el pecado. Experimentemos hoy lo que aventaja la misericordia de Dios a la ley, su perdón a nuestra justicia. Sólo una comunidad, que se sabe perdonada ante Él y acogida así por Dios, puede ser testimonio y signo sacramental de esa paz profunda que transforma el mundo. Corramos hacia delante, dejando lo que queda atrás. Vayamos hacia la Pascua, que es la fuente de la salvación, para transformar este desierto, las asperezas entre los hombres, en ese paraíso prometido por Dios. Radio vaticano |
|
La escena sucede en el templo. Nosotros también acostumbramos a llevar al templo nuestros pecados y los de los demás. En algunas ocasiones oímos como el predicador condena reiteradas veces a las mazmorras eternas a los pecadores temporales... Era una mujer que había cometido un pecado gravísimo: era una adúltera. Parece que esta narración coincide con la historia de Susana (Dan. 13). Se repite la escena pero esta vez con personajes bien distintos. Los acusados del crimen de adulterio habían de ser condenados a muerte tal y como lo prescribía la ley judía. Los fariseos aparecen aquí extremadamente celosos contra el pecado, cuando en realidad ellos mismos no estaban libres del mismo pecado u otros del que acusaban a la mujer. Muchas veces encontramos entre los cristianos actitudes parecidas. Los que son indulgentes con sus propios pecados muchas veces son muy severos con los pecados de los demás. Esta pobre mujer no tiene excusa, no puede alegar que es mentira ya que la Palabra nos dice que fue "sorprendida en el acto mismo de adulterio" (ver 4). En la ley (Lev. 20,10; Dt 22,22 - 23) mandó Moisés apedrear a tales mujeres. La perversidad del adulterio está en razón directa de la santidad del matrimonio, pues es la violación de la primera institución divina en el estado de inocencia. Le piden que dé su veredicto. Jesús trae una nueva ley superior a la de Moisés en contenido y exigencias. No se trata de cumplir mecánicamente lo que hay que hacer, sino ir poco a poco teniendo un corazón limpio y una mirada limpia de la que salga todo el amor y bondad de la que se es capaz. Tener un corazón limpio es la mejor manera de entender las exigencias del Evangelio y saber aplicar las normas con una recta justicia. Hay ocasiones que en la pastoral de Iglesia se producen acciones que nos despistan o que pueden incluso confundirnos. Si entendemos mal lo que es la justicia que Jesús quiere y, llevados de una falsa comprensión de la caridad dejamos que el pecado siga estando en el pecador, y lo que es más triste, que tratemos de justificar el pecado en nombre de la comprensión humana, estaremos haciendo un flaco servicio al amor de Dios. Es delicado tratar el pecado sin la comprensión de Dios porque siempre podemos encontrar explicaciones racionales a las cosas que hacemos. Mirar el pecado más allá de nuestras limitaciones humanas es darnos cuenta que la libertad del ser humano no siempre va orientada hacia su libertador. Ser profeta es descubrirle al otro la dimensión de su pecado y la llamada a la misericordia de Dios en un cambio real de vida. No estamos llamados los cristianos a ser catalogadores de pecados ni de pecadores, estamos invitados a ser los proclamadores de las misericordias de Dios para con los que se arrepienten. No caigamos en la trampa de pensar que utilizando la sola comprensión de las ciencias humanas (psicología, sociología...) llegaremos a entender la hondura real del pecado. El pecado es otra dimensión que sólo los espirituales pueden sondear y sanar indicando al pecador el camino del encuentro con Jesús. Peco y soy como soy no porque haya nacido en una familia desestructurada y mi infancia esté llena de dolor, y en mis años de juventud tuve todo tipo de vicios... El pecado está presente en mi vida, soy presa del pecado, porque todavía no he tenido un encuentro cara a cara con el Señor que sea tan fuerte que transforme mi vida... El origen del pecado no es el pasado de mi vida. El pecado siempre es presente, siempre es ausencia de Dios en este momento de mi vida... Superar el pecado es comenzar una vida nueva donde el pasado queda ya olvidado y sólo queda mirar hacia adelante. La vida nueva es el encuentro real con Jesús. Si Jesús perdonaba a la mujer le acusarían de contradecir la ley de Moisés y fomentar el pecado, cosa indigna en quien profesaba la rectitud y la pureza de un profeta. ¿Cómo solucionó Jesús este laberinto donde se confunde ley con misericordia? Al principio se comportó como si no le diese importancia al asunto. Es la única vez que la Palabra menciona al Señor escribiendo. Cuando nos proponemos cosas difíciles no hemos de precipitarnos a la hora de responder sino contar diez antes de hablar. El Maestro nombrado juez por aquellos da un salto espiritual y va más allá de lo meramente jurídico, va al corazón de los acusadores y allí encuentra las mismas miserias que condenaban en aquella mujer. Le insisten nuevamente con más preguntas. Esperan una respuesta. Jesús volvió contra ellos mismos el veredicto que formulaban contra la mujer. Ellos pedían un veredicto legal y Jesús les ofrece un veredicto desde sus conciencias. La conciencia es la luz de Dios depositada en el interior de cada persona, y una palabra de Cristo puede reavivar esa luz y poner la oscuridad del pecado a la amorosa presencia de Dios. El pecado nunca podrá ocultar la luz de Dios. Pase lo que pase en la vida de una persona siempre podrá volverse a la luz limpiadora de Cristo. Les dijo que el que no tenga pecado que tire la primera piedra. No les está hablando de los pecados que habían cometido en el pasado, les está preguntando por sus pecados de hoy. Uno a uno se marcharon. La mujer se quedó a solas con Jesús. Ella no trata de culpar a los otros ni disculparse con elaborados razonamientos. Sólo se quedó esperando el veredicto que los otros demandaban. El Señor no le dijo "Vete y haz lo que quieras", sino que le urgió: "Vete y no peques más". Ya saben ustedes que en el camino de nuestra vida material el encuentro con Jesús no es definitivo; una y otra vez estaremos escuchando esa frase de "Vete y no peques más..." hasta llegar al encuentro definitivo donde la frase de Dios será otra: "Vengan benditos de mi Padre..." No es suficiente reconocer el pecado; hay que cambiar el pecado por vida nueva. Miro mi vida siempre al borde de la tentación y me miró frágil en mis adentros. Desde mi ministerio sacerdotal tengo que predicar a otros la perfección del seguimiento de Cristo y el amor que Dios nos tiene. Mi misión es predicar el amor de Dios pero me encuentro muchas veces con normas , reglamentos, ideologías, que quieren imprimir en mí otra mirada distinta a la de Jesús. Pido a Dios que no me haga juez de los demás, que me dé mirada limpia para saber que más allá del pecado siempre hay un ser humano sediento de misericordia. Pido a Dios su sabiduría para ser un fiel testigo del justo amor de Dios. Una persona puede tener muchos pecados, pero los cristianos, incluso en esas situaciones que nos sumergen en el lodazal del pecado, tenemos que decirnos una y otra vez: "no estoy orgulloso de mis pecados... me avergüenzo de ellos..." Este ejercicio lo hago con frecuencia en mi vida. No quiero estar orgulloso de mis pecados, sólo quiero estar orgulloso de lo que Cristo con su sangre hace cada día por mí. Hay personas que creen que nunca van a superar sus pecados y miserias humanas. A estas personas hay que recordarles que es necesario ese encuentro, ese silencio meditativo, ese saber estar cerca de Jesús para sentirse perdonado por Él y ese perdón nos llevará siempre a un cambio real de vida. No hay cambio si no hay encuentro con Él, aunque sea que por motivo de un pecado nos hayamos acercado al encuentro con su misericordia... www.buzoncatolico.es |
|
Mensaje doctrinal 1. La vieja novedad de Dios. Algo nuevo puede hacerlo quien tiene en sí la fuente de la novedad. Un poeta tiene en sí la fuente de la poesía, y por eso puede en cualquier momento ser poéticamente creativo. Un genio político puede sorprendernos con su creatividad en cualquier momento de su vida. Un hombre carismático del espíritu puede poner en juego su carisma, incluso cuando menos se pudiera esperar. Esto que acontece con hombres extraordinariamente dotados, ahonda sus raíces en Dios mismo, la novedad por excelencia y fuente de toda novedad. En la historia de Israel la novedad divina no se ha agotado en el gran acontecimiento del Éxodo. Siete siglos después del Éxodo egipcio Dios mueve los hilos de la historia para crear una nueva situación y hacer volver a Jerusalén a los desterrados en Babilonia (primera lectura). Para la pobre mujer sorprendida en adulterio y condenada a la lapidación, debió ser una gozosa novedad la actitud de Jesús para con ella: "¿Nadie te ha condenado?... Tampoco yo te condeno". No menos novedosa debió de ser para los acusadores de la adúltera el comportamiento de Jesús: "Quien de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra... Al oír esto se marcharon uno tras otro, comenzando por los más viejos..." (Evangelio). ¿Quién es éste que se atreve a ponerse por encima de la ley de Moisés? A nuestros oídos, finalmente, suena bastante conocido eso de "la novedad cristiana". Pablo, que la ha experimentado hasta el fondo, la resume así: conocer a Cristo (conocimiento que es fruto de la experiencia de fe), experimentar el poder de su resurrección, compartir sus padecimientos y morir su muerte, alcanzar así la resurrección de entre los muertos (segunda lectura). Se puede decir que la historia de la salvación se resume en la historia de las nuevas intervenciones de Dios en vistas siempre de la salvación de los hombres. 2. La novedad divina no parte de cero. Es verdad que ninguna novedad religiosa, política, social o económica parte de cero. Lo nuevo hunde sus raíces en lo antiguo, sin destruirlo, pero asumiéndolo en modo creativo. Una novedad sin raíces se seca y desaparece en poco tiempo. Lo nuevo para que sea fecundo tiene su paternidad en la historia. Tampoco Dios, en las nuevas maravillas que va realizando con el correr de los años y de los siglos, actúa desde cero. Si así fuera no podríamos hablar de una historia de la salvación, sino de acciones puntuales de Dios, desligadas unas de otras, intervenciones de un Dios francotirador que actúa a impulsos, al margen de todo plan. Por eso Isaías ve en la nueva intervención de Dios en favor de los desterrados de Israel en Babilonia no una novedad absoluta, sino un nuevo éxodo, estableciendo así una pasarela entre el pasado y el presente. Jesús con su comportamiento no liquida sin más la ley mosaica, sino que se sitúa por encima de ella y la interpreta en su verdadero sentido: "Vete y no vuelvas a pecar". Las acciones nuevas de Dios en la marcha de la historia de los pueblos y en la vida de cada persona no prescinden jamás de lo que ya se ha construido. El hombre de Dios, el cristiano, es aquél que sabe leer la historia y la vida de los hombres en una continuidad constante, sin rupturas, aunque no sin sorpresas. Por ello, en la visión cristiana de la historia el presente no es sino la unión de dos riberas, la del pasado en el que está enraizada y la del futuro hacia el que se proyecta. Sugerencias pastorales 1. Sin miedo a la novedad de Dios. El cristianismo desde sus mismos orígenes ha experimentado una sana tensión entre el pasado y el futuro, entre lo nuevo y lo viejo, entre la tradición y el progreso. Aquéllas formas de vida cristiana que logren mantener ambos polos de la tensión serán auténticas. Aquellas otras que, de tal manera acentúen uno de los polos que pierdan el equilibrio, caminan por un sendero equivocado. No tengamos miedo en modo alguno a la tradición, pero tampoco al progreso, a la novedad que Dios va creando en cada período de la historia. La novedad, si es de Dios, trae consigo siempre una superación de lo ya existente. La tradición, si es auténtica, da peso y solidez a las nuevas aportaciones. El cristiano es "como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas" (Mt. 13,52). Dos ejemplos de novedad en nuestro tiempo: la inculturación, los movimientos eclesiales. Son, en efecto, fenómenos nuevos, pero que "vienen de lejos". San Pablo es, en cierta manera, el primer campeón de la inculturación del Evangelio en categorías y mentalidad helenísticas. No cabe duda de que cada época histórica ha debido realizar esa misma labor, hasta nuestros días. Una mayor conciencia del pluralismo cultural, hoy vigente, y el desafío de iluminar con el Evangelio culturas ancestrales ajenas al cristianismo, infunden al proceso actual de inculturación un nuevo rostro. Por otra parte, los movimientos arraigan por igual en los orígenes del cristianismo. Los estudios sociológicos del Nuevo Testamento han mostrado que sea Jesús de Nazaret, sean los primeros cristianos fueron en gran parte predicadores itinerantes, al estilo de los filósofos populares contemporáneos. En la espiritualidad de muchos movimientos eclesiales se halla la intención de "volver a las fuentes", "volver a los orígenes del cristianismo". Sí, sociológica y canónicamente los movimientos eclesiales son algo nuevo en la Iglesia, pero su ascendencia no es de ayer. En la entraña misma del cristianismo está presente la osadía de insertar los nuevos esquejes en el viejo tronco. 2. La novedad siempre nueva. Las novedades humanas, como todas las cosas de este mundo, tienen su ciclo vital desde el nacimiento a la muerte. Son novedad, y dejarán de serlo. Por vía de extinción o de desgaste y decaimiento. La moda es como el escaparate en que se presenta la fugacidad de las novedades humanas. Pero hay una persona, Jesucristo, que lleva la novedad dentro de sí, que es novedad siempre presente sin desaparecer en el pasado y sin perderse en el futuro: Jesucristo, la novedad absoluta, "ayer, hoy y siempre". Vive, eternamente joven, con la vida de quien definitivamente ha derrotado a la muerte. Vive, infundiendo una pujante fuerza de novedad, en quienes le abren su corazón y asimilan su estilo de vida. Verdaderamente Cristo es en todo momento de la historia el Hombre Nuevo, que tiene el mismo mensaje eterno de Dios, pero siempre nuevo y renovador del hombre. ¿Por qué a veces los cristianos somos o nos creemos viejos? Sé siempre nuevo, siguiendo los pasos del Hombre Nuevo. padre Antonio Izquierdo - Catholic.net |
|
Esto nos trae al recuerdo a San José, hombre bueno, esposo virginal de la Virgen María, quien al notar que ella estaba embarazada, sin saber que el bebé en su vientre era el Hijo de Dios, engendrado por el Espíritu Santo, pensó “dejarla en secreto para no ponerla en evidencia”. Distinto fue el caso de los acusadores de la mujer adúltera, que nos trae el Evangelio de hoy (Jn. 8, 1-11). Estos hombres llevaron a la mujer pecadora, arrastrada hasta donde se encontraba Jesús, con la intención, nos dice el Evangelio de “ponerle (a Jesús) una trampa y poder acusarlo” ¿En qué consistía la trampa? Si ordenaba apedrearla, ¿dónde quedaban el perdón y la misericordia?, y si no accedía al castigo mortal, ¿dónde quedaba el cumplimiento de la Ley que lo estipulaba? Pero Jesús, con su Sabiduría infinita por ser Dios, no hace ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario. Nos cuenta el relato de San Juan que sin siquiera levantar la mirada para ver a la mujer culpable, ni tampoco a sus acusadores, comienza a escribir sobre el polvo del suelo. Como creen que Jesús no les está haciendo caso, vuelven a insistir. Entonces el Señor se incorpora y les responde: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Luego se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo. Poco a poco, uno tras otro comenzaron a escabullirse. ¿Cuál sería esa escritura misteriosa que con aparente desdén Jesús hacía sobre el polvo? Algunos piensan que escribía los pecados de los acusadores. Por supuesto, no les quedó más remedio que escabullirse. Vemos, entonces, que Jesús hace algo absolutamente nuevo no contemplado por la Ley: sólo el que esté libre de pecado puede lanzar piedras. ¿Y quién es el único libre de pecado? Solamente El, el Inocente que cargó con todos los pecados: los que posiblemente escribió en el suelo, los de la mujer adúltera y los de cada uno de nosotros. Y El no pronuncia sentencia, no condena a la mujer. Se quedan solos la pecadora y Jesús. ¡Qué conmovedora escena! Ella no se excusa, se sabe culpable, está de pie frente a El. Jesús vuelve a levantarse y le pregunta: “¿Dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado? ... Tampoco yo te condeno. El, que sí hubiera podido tirar la primera piedra, no la condena, la perdona. Pero agrega algo muy importante: “Vete y no vuelvas a pecar”. Jesús no la apoya en su pecado. Muy por el contrario: le ordena que no peque más. Muchas enseñanzas en este impactante relato bíblico. Dios conoce todos nuestros pecados, hasta nuestros más escondidos pecados. Y sólo espera que estemos a sus pies para perdonarnos y pedirnos que no volvamos a pecar. No debemos temer, por más grave que pueda ser nuestro pecado, por más fea que pueda ser nuestra falta. Dios lo único que desea es la aceptación de nuestra culpa y nuestro arrepentimiento. La mujer adúltera no le dijo nada a Jesús, pero su silencio fue la aceptación de su falta su mejor actitud fue que no buscó excusarse. ¿Cuántas veces nos buscamos atenuantes y damos excusas para nuestras faltas, en vez de reconocernos culpables? Jesús escribió las faltas de los acusadores sobre el polvo. Así escribe las nuestras. No las escribe en algo permanente. Quedan allí, en el polvo, hasta que la gracia del perdón, obtenida por el reconocimiento de nuestros pecados, humedece el polvo, y nuestras faltas perdonadas pasan al olvido. El Señor no quiere acusar, ni llevar la cuenta, sino perdonar y olvidar. Espera que nos arrepintamos de veras y que nos acerquemos a El en el Sacramento de la Confesión. Nadie tiene derecho a condenar a nadie. Nadie puede tirar la primera piedra. Todos somos culpables de algo. Reconocer nuestras culpas nos ayuda a no estar pendientes de las de los demás. No acusar es ya el camino hacia la compasión y el perdón de los demás. Dios, Quien sí podría acusarnos, no lo hace, pero espera que nos acerquemos arrepentidos a la Confesión para perdonarnos. Reconocimiento de nuestros pecados, sin excusas, arrepentimiento, Confesión e intención de no volver a pecar es lo único que Dios nos pide. Y así el Señor hace “algo nuevo”, como nos dice la Primera Lectura (Is. 43, 16-21). “No recuerden lo pasado, ni piensen en lo antiguo Yo voy a realizar algo nuevo”. ¿Qué es ese “algo nuevo”? Lo que va haciendo la gracia de Dios en nosotros cuando, aceptando nuestras culpas, nos arrepentimos y nos enmendamos de veras. “Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en la tierra árida”. Así puede fluir su gracia, abriendo caminos e irrigando el desierto de nuestra alma. Ese “algo nuevo”, dejando atrás lo viejo es lo que nos explica San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 3, 8-14). Dejar atrás lo viejo es lo que pidió Jesús a la mujer adúltera: “No peques más”. Para ella, en ese momento, era dejar su vida de pecado. El comienzo es no pecar más. La continuación puede ser mucho más que eso: es preferir a Dios por encima de cualquier otra cosa o persona. Con mucha crudeza lo expresa San Pablo, pero con mucha veracidad: “Nada vale la pena, en comparación con el Bien Supremo ... he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de estar unido a Cristo”. Ese “todo basura” de San Pablo no es sólo el pecado. Es todo lo que no nos lleva a amar a Cristo. San Pablo renunció a todo para amar a Dios sobre todo lo demás y sobre todos los demás. Nosotros debemos comenzar por el “no peques más” de la adúltera, pero no debemos quedarnos en eso. Una vez ubicado “el Bien Supremo&rdquo ¿qué hacemos tras otras cosas que no nos llevan a El? No creamos, sin embargo, que el amar a Dios sobre todas las cosas y personas, sea una acción automática. Preferir a Dios se convierte en un proceso que suele llevarnos toda una vida. En eso consiste el camino de la santidad, bien descrito por San Pablo: “No quiero decir que haya logrado ya ese ideal ... pero me esfuerzo en conquistarlo ... Todavía no lo he logrado. Pero, eso sí, olvido lo que he dejado atrás y me lanzo hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que nos llama Dios desde el Cielo”. En el Salmo 125 reconocemos “las grandes cosas que ha hecho por nosotros el Señor”, cómo nos regresa del “cautiverio” del pecado, cómo cambia nuestro dolor en júbilo, referencias de lo que es la conversión y el perdón. www.homilia.org |
|
La principal característica de las tres lecturas de hoy es que nos invitan a mirar hacia adelante. Isaías desde la opresión del destierro, promete algo nuevo para su pueblo. Pablo quiere olvidarse de lo que queda atrás y sigue corriendo hacia la meta. Jesús abre a la adúltera un horizonte de futuro que los fariseos estaban dispuesto a cercenar. El encuentro con el verdadero Dios nos empuja siempre hacia lo nuevo. En nombre de Dios nunca podemos mirar hacia atrás. A Dios no le interesa para nada nuestro pasado. A mí debería interesarme, solo en cuanto me permite descubrir mis verdaderas actitudes del presente y ver lo que tengo que rectificar. En este tiempo de cuaresma, que es camino hacia la Pascua (plenitud), es interesante que recordemos esto. CONTEXTO El texto que acabamos de leer, está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y, seguramente ha sido añadido al evangelio de Juan. No aparece en los textos griegos más antiguos y ninguno de los Santos Padres lo comenta. Está más de acuerdo con la manera de redactar de Lucas; incluso aparece incorporado a este evangelio en algunos códices. Está garantizado que es un relato muy antiguo y su mensaje está muy de acuerdo con todos los evangelios, incluido el de Juan. Puede ser que la supresión y los cambios se deban a su increíble mensaje de tolerancia y perdón, que se podía interpretar como lasitud o permisividad, en un tema tan sensible como el sexual. EXPLICACIÓN En el relato, se destaca de manera clara el “fariseísmo” de los letrados y fariseos, acusando a la mujer y creyéndose ellos puros. Si con toda certeza saben que es culpable, ¿por qué no la ejecutan ellos? No aceptan las enseñanzas de Jesús, pero con ironía le llaman “Maestro”. El texto nos dice expresamente que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, no sólo perdería su fama de bondad y misericordia, sino que iría contra el poder civil, que desde el año treinta había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba abiertamente en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente. Como tantas veces, en el evangelio, los jefes religiosos están buscando la manera de justificar la condena de Jesús. También queda patente el absoluto menosprecio por la mujer. Si los pescaron “in fraganti”, ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba apedrear a ambos). Hay que tener en cuenta que se consideraba adulterio la relación sexual de un casado con una mujer casada, no la relación de un casado con una soltera. ¿Por qué? Muy sencillo: la mujer se consideraba propiedad del marido, con el adulterio se perjudicaba al marido, por apropiarse de algo que era de él (la mujer). Cuando el marido engañaba a su mujer con una soltera, su mujer no tenía ningún derecho a sentirse ofendida. ¡Cómo iba a estar de acuerdo Jesús con esta aberración! ¡Como iba a considerar venida de Dios, una Ley que estaba de acuerdo con esta desigualdad humillante! ¡Qué poco han cambiado las cosas en dos mil años! Hoy seguimos midiendo con distinto rasero la infidelidad del hombre y de la mujer. Aparentemente, Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. De ese modo se quería implicar de una manera rotunda en la ejecución y evitar que se acusara a la ligera a personas inocentes. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución. Nos está diciendo que aquellos hombres todos acusaban, pero nadie quería hacerse responsable de la muerte de la mujer. En una ocasión, Jesús tuvo que advertir que no vino a abolir la Ley sino a darle plenitud; porque buscando la auténtica justicia algunos le acusaban de falta de legalidad, por ir más allá de la Ley. En contra de lo que nos repetirán hasta la saciedad durante estos días, Jesús perdona a la mujer, antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón, sino que es el descubrimiento del amor incondicional lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida. Tenemos aquí otro gran margen para la reflexión. El perdón por parte de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor y está en mí. APLICACIÓN Es incomprensible e inaceptable que después de veinte siglos, siga habiendo cristianos que se identifiquen con la postura de los fariseos. Sigue habiendo “buenos cristianos” que ponen el cumplimiento de la “Ley” por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el Dios de Jesús, el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la “Ley”. El PADRE estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor. La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores, no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios justiciero. Para ellos el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. La persona estaba sometida al imperio de la Ley. Por eso no tienen ningún reparo en sacrificarla en nombre de ese Dios inmisericorde. Por el contrario, Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada. Todo tiene que estar al servicio de los individuos. Ésta es la enseñanza más original de Jesús. Desde el Paleolítico, los seres humanos buscaron verse libres de sus culpas por medio de un “chivo expiatorio”. En todas las culturas y en todas las religiones, podemos encontrar esta exigencia de los dioses. El colmo de esta servidumbre fue el sacrificio de un ser humano como medio de aplacar a los dioses. Una persona “elegida” como instrumento de propiciación y sacrificada, garantizaba la supervivencia y el bienestar del resto del pueblo. Jesús nos dice que lo más preciado para Dios es precisamente la persona concreta. Que la causa del Dios es la causa de cada ser humano. Lo más contrario a Dios es machacar a un ser humano, sea con el pretexto que sea. En esta celebración de Semana Santa, es muy importante que seamos capaces de no aplicar a Jesús precisamente lo que vino a desbaratar. Explicar la muerte de Jesús como sacrificio exigido por Dios para poder amarnos, va en contra de la esencia del mensaje del mismo Jesús. La muerte de Jesús es fruto de la estupidez humana, no exigencia de Dios. Ni siquiera debemos estar mirando a lo negativo que ha habido en nosotros. El pecado es siempre cosa del pasado. No habría pecado ni arrepentimiento si no tuviéramos conciencia de que podemos hacer las cosas mejor de lo que las hemos hecho. Con demasiada frecuencia la religión nos invita a revolver en nuestra propia mierda, sin hacernos ver la posibilidad de lo nuevo, que seguimos teniendo, a pesar de nuestros fallos. Dios es plenitud y nos está siempre atrayendo hacia Él. Esa plenitud hacia la que tendemos, siempre estará más allá. Será como un anhelo que nos dejará sin aliento por lo no conseguido. Será como el horizonte que se aleja en la medida que queremos alcanzarlo. En la relación con el Dios de Jesús tampoco tiene cabida el miedo. El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. Miedo a no conseguir lo que deseamos, o miedo a perder lo que tenemos. Una y otra vez Jesús repite en el evangelio: "no tengáis miedo". El miedo paraliza nuestra vida espiritual, metiéndonos en un callejón sin salida. El acercamiento al verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, y no con Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos. El evangelio nos descubre la posibilidad que tiene el ser humano de enfocar su vida de una manera distinta a la habitual. La “buena noticia” consiste en que el amor de Dios al hombre es incondicional, es decir no depende de nada ni de nadie. Me ama porque es amor. Su esencia es el amor y no puede dejar de amar sin destruirse a sí mismo. Pero nosotros seguimos empeñados en mantener la línea divisoria entre el bueno y el malo. Fijaros que Jesús lo que hace es destruir esa línea divisoria. ¿Quién es el bueno y quien es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro hasta la muerte? El fariseísmo sigue arraigado en lo más hondo de nuestro ser. La parábola del domingo pasado nos puede dar pistas para entender el episodio de hoy, que no es una parábola, sino un suceso concreto. La adúltera ha desplegado su hermano menor y se cree digna de condena. Los fariseos actúan desde su hermano mayor y se creen con derecho a condenar. Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres. Tanto el menor como el mayor tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor. Seguimos empeñados en echar la culpa al otro, y naturalmente es el otro el que tiene que cambiar. Los tres personajes conviven en cada uno de nosotros y, aunque esa sea la meta, nunca nos podremos desembarazar, del todo, de los dos hermanos para llegar a ser el Padre. fray Marcos |
|
El fragmento se inserta en la penúltima estancia de Jesús en Jerusalén, con motivo de la "Fiesta de las Tiendas", una gran fiesta religiosa anual que se celebraba desde antes del Exilio. Es la fiesta del cumplimiento de la Promesa, la fiesta mesiánica por excelencia. El símbolo fundamental era el agua, como signo de abundancia y de bendición de Dios, y las chozas de ramaje que se hacían alrededor de la ciudad, recordando la peregrinación por el desierto, desde las que se hacían procesiones rituales a las fuentes de Gijón, que brotaban en la ladera sudeste de la colina del Templo y derramaban el agua a la piscina de Siloé. Jesús ha aprovechado este simbolismo para declararse: Si alguno tiene sed, que venga a mí, que beba el que cree en mí. Como dice la Escritura, de su seno brotarán corrientes de agua viva. Todo ello provoca la áspera disputa con las autoridades sobre la autoridad de Jesús, y discusiones entre la gente acerca de Jesús. Finalmente, los jefes mandan una patrulla para prenderle, pero los guardias se vuelven sin arrestarle diciendo: "¡Jamás hombre alguno ha hablado como ese hombre!". ¡Qué admirable poder de la presencia y la palabra de Jesús, que deja embobados e inermes incluso a los policías que van a detenerle! En este contexto se inserta el pasaje del evangelio de hoy. No es un texto original de Juan: es una adición posterior. Por sus características internas y literarias se parece mucho a Lucas. Incluso en algunos manuscritos antiguos se coloca en Lucas, después del 21, 38, es decir, al final de las últimas discusiones en el templo, inmediatamente antes del relato de la Pasión. De todas maneras nadie discute su autenticidad y es seguro que es un relato contemporáneo a los Evangelios, desplazado aquí por razones que conocemos mal. El relato se podría incluir entre las "trampas" que se van poniendo a Jesús para desautorizarle. La discusión sobre el tributo al César, la cuestión de la Resurrección, el primer Mandamiento, el cuestionamiento de su autoridad... Esta vez la trampa es mortal. Condenar a la mujer, aparte de posibles problemas jurídicos sobre autoridad para condenar a muerte, supone que toda la doctrina del perdón no se lleva a la práctica. Perdonar a la mujer significa quebrantar la Ley de Moisés, "autorizar" el pecado. Es una trampa perfecta, rabínica, un callejón sin salida. Jesús tenía una escapatoria; como lo hizo en Lucas 12,13 podía decir: ¿quién me ha nombrado a mi juez en Israel? Pero entonces lapidarían a la mujer. Y es eso lo que quiere evitar Jesús, a toda costa. La escena, por otra parte, es soberbia, incluso literariamente: el escenario, un pórtico del Templo. Multitud de gente rodeando a Jesús, sentado, como un rabino prestigioso. Un espacio libre en el centro, y allí, la mujer en pie y los sabios y santos del pueblo acosando a Jesús... Como siempre, sin embargo, Jesús demuestra que todas esas dificultades están situadas en plano jurídico humano muy inferior, y "vuela" sobre ellas en una interpretación mucho más profunda. Varias son las frases determinantes. "Aquél de vosotros que esté sin pecado, que tire la primera piedra" ¿Quién es el hombre para juzgar de los pecados de los hombres? La primera tremenda verdad que pasaban por alto aquellos jefes religiosos es que se consideran jueces de la conciencia de los demás. Y esto pertenece sólo a Dios. Pero, por encima de esto, hay otra lección más profunda, repetida en varios momentos por Jesús: ¿Por qué te consideras justo? La humanidad no está dividida en "justos" y "pecadores". La humanidad es una comunidad de pecadores, por lo que necesita del perdón para sobrevivir. (La viga en tu ojo y la paja en ojo ajeno - El Fariseo y el Publicano - La parábola de los dos deudores - Todo ello culminación de la estupenda intuición del libro de Jonás: "pues si tú te contristas porque muere un arbusto, ¿no se va a preocupar Dios de la muerte de tantos hombres...?" Y, por encima de todo, la Parábola del Hijo Pródigo, que leímos el domingo pasado, en que muestra cómo es Dios respecto a los pecadores.) Pero hay que recordar aquí que los escribas y los fariseos no hacen más que aplicar la ley, la ley de Moisés, la ley de “Dios”: § LEVÍTICO 2,10: si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto, tanto el adúltero como la adúltera. § DEUTERONOMIO 22,22: si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos... Así harás desaparecer de Israel el mal. ¿Es que para Jesús La Ley no es válida? ¿No hay que cumplir la Ley de Dios? ¿No es Palabra de Dios? Al responder a esta pregunta nos encontramos con dos sorpresas, fundamentales para entender lo de Jesús: 1. Que sólo podemos afirmar que el Antiguo testamento es Palabra de Dios cuando es recogido por Jesús. Cuando es superado, corregido o negado por Jesús (recordemos Mateo 5,43 “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos...”) no podemos entenderlo más que como pura provisionalidad, la manera, imperfecta, de entender la Palabra que se hizo en un tiempo muy lejano a la mentalidad de Jesús. 2. Que Jesús supera la Ley en un sentido muy profundo: salvar a la persona es antes que cumplir la ley. Los escribas y fariseos quieren observar la ley matando a la persona. Jesús quiere salvar a la persona aun forzando la ley. No es el hombre para el Sábado sino el Sábado para el hombre. Así, Jesús revela a Dios. Dios no es el que busca la justicia por el castigo. Dios es el que quiere salvar del pecado. Y nosotros los hombres o somos así o vamos contra Dios. Salvar al pecador, liberar del pecado es la obsesión de Jesús. Y por eso se indigna contra los "justos", porque en primer lugar no lo son, sino que son tan ciegos que no saben que son pecadores; y en segundo lugar porque, si lo son, es porque han recibido de Dios mucho más que otros, para que puedan salvar más. "Tampoco yo te condeno. Vete en paz y no peques más" Una vez más, Jesús ha actuado como Salvador, como Médico. Intenta ante todo curar a la mujer, y curar a los orgullosos letrados y fariseos, que son pecadores, están enfermos, pero no se dan cuenta, y ésa es su más grave enfermedad. Es importante, sin embargo, darnos cuenta de que el mensaje no es que el pecado no tiene importancia. El pecado es una grave, quizá gravísima enfermedad. Quizá una enfermedad mortal. Una cosa es perdonar y otra decir que el pecado es indiferente. Todo el Antiguo Testamento muestra esta doble línea: la gravedad del pecado, que hace que el hombre pierda el paraíso, que desencadena el Diluvio (y así, cientos de textos) y el incesante trabajo de Dios por salvar al hombre del pecado. Esta misma línea se recoge en el Nuevo Testamento. El pecado del mundo es el que le cuesta a Dios la Encarnación ("Tanto amó Dios al mundo que... no escatimó ni a su propio Hijo..."), el que le cuesta a Jesús la muerte en cruz. El pecado es la muerte del hombre, y por tanto la preocupación de Dios, que no quiere que nadie se pierda (El Buen Pastor, la Oveja Perdida, la Mujer y las Cinco Monedas...). Pero Dios está para salvar, para evitar que el hombre se pierda. Nos viene a la memoria la "última acción de Salvador" de Jesús. Mientras le crucifican va diciendo "Perdónales porque no saben lo que hacen". Y casi justo antes de morir, acepta al ladrón que no le dice más que "no te olvides de este pecador". Por ello, recordamos que Jesús no revela a Dios simplemente con sus palabras, con su mensaje. Es Él mismo el que revela a Dios. En Él vemos cómo es Dios. Y Dios es así: capaz de jugarse la vida - y de perderla - por una mujer pecadora. Después de este texto, el Evangelio de Juan coloca dos acciones salvadoras de Jesús, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, y una áspera polémica con los fariseos y letrados. A continuación, se reúne el Consejo y le condenan a muerte. Retornamos al texto de Pablo. "Todo es pérdida ante el conocimiento sublime de Jesús": Conocido Jesús, todo lo demás es basura. Éste es el Jesús tras el cual corremos, el que da tal sentido a la vida que todo lo demás es basura. Corremos tras Él no por nuestras obras justas ante la ley, sino porque es agua fecunda, porque vivir así es vivir, porque esta es una Nueva Vida mejor y más dura y más limpia, y porque creemos - al verle resucitado - que es LA VIDA. Si Jesús es Médico Salvador es porque en Él resplandece el Espíritu de Dios Médico y Salvador. Y si nosotros seguimos a Jesús, en nosotros ha de resplandecer ese mismo Espíritu. Dios es mi médico y mi salvador. Esto significa ante todo que la luz de Dios descubre el pecado que hay en mí. Medio a oscuras no se ven las manchas. Con buena luz se ve enseguida que estamos manchados. Es la primera consecuencia del conocimiento de Dios: sentirnos pecadores. Esto lo vio claramente el Antiguo Testamento, poniendo enorme distancia entre el Dios Santísimo y el hombre pecador, y representándolo en el Templo, con su Santuario inaccesible, oculto tras el Velo. Pero el Antiguo testamento no vio tan claramente que entre los hombres pecadores y Dios Santísimo no debe haber lejanía, porque Dios Santísimo es el Médico Salvador. Por tanto, nuestra actitud ante todos los hombres nunca es de condena, porque sabemos que no son culpables sino enfermos, como nosotros mismos. Y no les ofrecemos la salud nosotros los sanos, sino nosotros tan enfermos como ellos. Ninguna soberbia, ninguna superioridad, ningún sentido de que nosotros somos más que nadie: sedientos como todos, sabemos dónde está la fuente y compartimos el agua que hemos recibido. Oscuros como todos, nuestra mecha se ha encendido en el Fuego del Espíritu y procuramos que todo se encienda en él. Porque hemos entendido el sentido de la vida cristiana: dejar atrás todos los valores intrascendentes para dedicarse a la gran Misión: colaborar con el Salvador, ayudar a curar el mal del mundo. La fuente de todo esto es el descubrimiento del amor de Dios. Dios ama. En el comportamiento de los fariseos y de Jesús frente a la mujer adúltera hay una diferencia esencial. A Jesús le importa la mujer, le quiere, quiere que salga de sus pecados. A los otros les importa sólo que se cumpla la Ley. Y éste es el secreto: si descubrimos que Dios nos quiere empezaremos a querer, nos sentiremos hermanos en la enfermedad y procuraremos compartir la medicina. Esta es la diferencia entre Jesús, el hombre lleno del Espíritu, y nosotros, en quienes el Espíritu aún lucha con las tinieblas. Jesús es la Salud plena, el Agua pura, la Luz total, porque "en Él reside toda la plenitud de la Divinidad". Nosotros somos enfermos en camino de curación, luz y sombras, agua no muy limpia. Quizás, sin embargo, por eso mismo podemos ser buenos médicos, porque sufrimos en nuestra propia carne la enfermedad y comprendemos bien lo que necesitan otros enfermos como nosotros. José Enrique Galarreta |
|
¿Qué es más importante: la norma o la persona? La ley judía, tal como indican quienes llevan a la mujer ante Jesús, exigía la muerte de los adúlteros: “Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte” (Libro del Levítico 20,10); “Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos” (Libro del Deuteronomio 22,22). Aunque en una cultura machista, quien realmente moría era la mujer. Con frecuencia, la violación de la norma se ha pagado con la muerte. De ese modo, los grupos humanos buscaban protegerse frente a comportamientos “desviados” que podían poner en peligro la estabilidad social. A nivel individual, el motivo tiene que ver también con la seguridad: el individuo se siente seguro y resguardado de imprevistos cuando ve que las normas son respetadas. Desde el lado religioso, la norma se reviste de un “manto sagrado” que puede hacerla “intocable” e infinitamente más rígida, al ser presentada y considerada como expresión de la voluntad divina. Nos encontramos, de nuevo, con lo que aparecía en el comentario de la semana pasada: la religión suele entender la norma como expresión de los “intereses de Dios” frente a los intereses del ser humano, dando como resultado un planteamiento en clave de rivalidad. En esa confrontación, es claro que los supuestos intereses de Dios han de estar siempre por encima de los humanos; lo contrario es considerado “pecado”. Y, por esa misma razón, la persona religiosa puede convertirse en fanática, arrogándose nada menos que la defensa de la Voluntad divina. Así se explica la obcecación cruel de quienes, en nombre de la Ley, no dudan en apedrear a una mujer hasta la muerte. Mientras la persona se halla identificada con ese modo de ver, no se cuestiona su actitud: aunque sea dar muerte a alguien, eso es “lo que se debe hacer”. Pero apenas tomamos un mínimo de distancia, empiezan los interrogantes: ¿Qué religión es esa en cuyo nombre se pueden matar personas y que no defiende al ser humano por encima de cualquier otro valor? Se trata, sencillamente, de una religión que, al absolutizarse, se ha pervertido, porque se ha confundido de Dios, olvidando que Dios no puede ser sino Vida para todos sus hijos. Ese riesgo suele acechar a la persona religiosa…, mientras no desmonta sus ideas sobre Dios. Una prueba de ello es que este pasaje que comentamos fue omitido en la mayoría de los códices y a punto estuvo de perderse. Finalmente, ya en el siglo V, recaló en el cuarto evangelio, aunque ciertamente no es joánico; parece más propio de Lucas. Quizás el motivo por el que terminó aterrizando aquí sea el texto que vienen un poco más adelante: “Yo no juzgo a nadie” (Juan 8,15). Lo que la peripecia de este texto pone de relieve es la tendencia humana a asegurar el cumplimiento de la norma, así como el miedo a admitir excepciones a la misma. En definitiva, aquella comunidad primera, probablemente por su rigidez frente al adulterio, tuvo miedo de la actitud libre y perdonadora de Jesús, hasta el punto de silenciar (censurar) su novedad. Es esa novedad precisamente la que destaca el relato. Frente a una religión que condena, Jesús es perdón sin reservas. Sus palabras a los acusadores parecen reproducir aquellas otras cargadas también de sabiduría: “¿Cómo te atreves a decir a tu hermano: déjame sacarte la mota del ojo, mientras llevas una viga en el tuyo?” (evangelio de Mateo 7,4). A lo largo del evangelio, Jesús ofrece perdón gratuito, mostrando de ese modo a un Dios “diferente”: no amenazante ni condenador, sino compasión incondicional. Esta manera de ofrecer el perdón pareciera indicar que es también nuestro mismo concepto de “pecado” el que debemos modificar. Para una religión basada en la norma –y, en consecuencia, en el “mérito”-, el pecado aparecía revestido de malicia consciente y deliberada, por lo que la persona se hacía acreedora de la culpa y el castigo. Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que el pecado se vincula, antes que nada, a la ignorancia. ¿Por qué hacemos el mal? Porque, como diría el propio Jesús, “no saben lo que hacen” (evangelio de Lucas 23,34). No en vano, el término griego “hamartía” (pecado) significa literalmente “errar el blanco”. Al Buda se le atribuyen también estas palabras: “Si realmente supiéramos lo que es el bien, lo haríamos siempre”. Similares a las que dijera Sócrates: “Nadie hace el mal salvo por ignorancia de su lugar en el mundo o del bien”. Evidentemente, la ignorancia de la que aquí se habla no es el mero “no saber” el código de moral o la lista de mandamientos. Se trata más bien de la “oscuridad” e inconsciencia en la que se halla nuestra mente, objeto de un sinfín de condicionamientos de los que, en la mayoría de los casos, ni siquiera somos conscientes, porque ocurren en la zona oscura de nuestro psiquismo. No hemos elegido nuestros genes, tampoco a nuestros padres ni el entorno en el que hemos nacido y crecido, con toda la serie de “mensajes” que se han grabado, casi indeleblemente, en nuestro interior: ¿dónde queda la supuesta libertad? Por otro lado, los neurólogos nos dicen que el pensamiento se produce cinco segundos antes de que nos demos cuenta de él; si tampoco elegimos nuestros propios pensamientos, ¿a qué se reduce la libertad? Pero incluso, desde la perspectiva no-dual, si no existe el “yo” como una entidad independiente, sino sólo como una ficción creada por nuestra mente, al apropiarse de sus propios contenidos mentales, ¿”quién” sería el supuesto sujeto libre? Finalmente, cada persona puede experimentarlo por sí misma. Si vuelvo la vista atrás, hacia mi pasado, ¿puedo decir, de un modo riguroso, que fui yo quién decidí mis actos, o no fueron más bien ellos los que sencillamente ocurrieron? Si analizo sólo “mis” acciones de ayer, ¿puedo decir con verdad que fui yo el hacedor libre de ellas, o no fue sencillamente una serie de reacciones condicionadas por los diferentes estímulos, de acuerdo a la programación recibida de los genes y de los diferentes condicionamientos padecidos a lo largo de mi historia? Es indudable que, a un nivel relativo, jugamos a la ficción de pensar que somos libres, y sobre esa ficción descansa, en cierto sentido, nuestra sociedad. Sin embargo, a un nivel profundo, a ese mismo nivel en el que descubrimos la inconsistencia del “yo”, venimos a reconocer que no existe lo que llamamos el “hacedor individual”, sino que los “yoes” son sencillamente diferentes “papeles” que crea la Conciencia en toda esta representación que es el mundo que conocemos. En esta perspectiva, no hay lugar para el mérito ni para el orgullo; tampoco para la culpa ni para el juicio o condena del otro. Todo está sencillamente “programado” por la Conciencia. Todo es un “juego” o “sueño” de Dios. Siendo así, ¿cabe otra actitud que no sea la del perdón? De entrada, el ser humano tiende a despreciar este tipo de afirmaciones, porque venimos de una identificación con el yo, o mejor, con una “idea del yo” como entidad independiente, consistente, libre y, por tanto, responsable, merecedora de premio o castigo. Y es ese “yo” el que, después de haberse considerado como protagonista autónomo, se resiste a ver su propia inconsistencia. Porque negar su presunta libertad equivale a reconocer su carácter de “marioneta”. Pero, como decía antes, cualquier persona puede empezar a experimentarlo por sí misma, con tal de que analice rigurosamente lo que llama “sus” acciones. Descubierto el carácter vacío del yo, no sólo desaparecen el orgullo, el miedo, la culpabilidad, el juicio y el odio –que no es poco-, sino que nos apercibimos de que somos la Conciencia atemporal, la Presencia ilimitada, que se expresaba en esta forma concreta. Hemos nacido a nuestra identidad más profunda. Enrique Martínez Lozano |
|
Le presentan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Todos conocen su destino: será lapidada hasta la muerte según lo establecido por la ley. Nadie habla del adúltero. Como sucede siempre en una sociedad machista, se condena a la mujer y se disculpa al varón. El desafío a Jesús es frontal: «La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú ¿qué dices?». Jesús no soporta aquella hipocresía social alimentada por la prepotencia de los varones. Aquella sentencia a muerte no viene de Dios. Con sencillez y audacia admirables, introduce al mismo tiempo verdad, justicia y compasión en el juicio a la adúltera: «el que esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Los acusadores se retiran avergonzados. Ellos saben que son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad. Entonces Jesús se dirige a la mujer que acaba de escapar de la ejecución y, con ternura y respeto grande, le dice: «Tampoco yo te condeno». Luego, la anima a que su perdón se convierta en punto de partida de una vida nueva: «Anda, y en adelante no peques más». Así es Jesús. Por fin ha existido sobre la tierra alguien que no se ha dejado condicionar por ninguna ley ni poder opresivo. Alguien libre y magnánimo que nunca odió ni condenó, nunca devolvió mal por mal. En su defensa y su perdón a esta adúltera hay más verdad y justicia que en nuestras reivindicaciones y condenas resentidas. Los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que encierra la actuación liberadora de Jesús frente a la opresión de la mujer. Desde una Iglesia dirigida e inspirada mayoritariamente por varones, no acertamos a tomar conciencia de todas las injusticias que sigue padeciendo la mujer en todos los ámbitos de la vida. Algún teólogo hablaba hace unos años de "la revolución ignorada" por el cristianismo. Lo cierto es que, veinte siglos después, en los países de raíces supuestamente cristianas, seguimos viviendo en una sociedad donde con frecuencia la mujer no puede moverse libremente sin temer al varón. La violación, el maltrato y la humillación no son algo imaginario. Al contrario, constituyen una de las violencias más arraigadas y que más sufrimiento genera. ¿No ha de tener el sufrimiento de la mujer un eco más vivo y concreto en nuestras celebraciones, y un lugar más importante en nuestra labor de concienciación social? Pero, sobre todo, ¿no hemos de estar más cerca de toda mujer oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente y protección eficaz? José Antonio Pagola |
|
No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo… En nombre de Dios, Isaías se dirige al pueblo – aburrido, cansado, desanimado –, que repasa una y otra vez los prodigios realizados por Yahvé al sacarlos de Egipto y conducirlos por el desierto, pero que ahora se deshace en lamentos por la nueva y larga esclavitud que supone su destierro en Babilonia. El profeta les recuerda que Dios es fiel, y de la misma forma que en el pasado no abandonó a su pueblo así ahora “abrirá un camino por el desierto, ríos en el yermo…, ofrecerá manantiales de agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza”. También el cristiano, al final la Cuaresma, ha de mirar al futuro. En medio de tantos contratiempos y calamidades, Dios es fiel, su promesa de salvación está a punto de cumplirse. Cristo, con su muerte y resurrección, va a levantar a la humanidad caída. A pesar de las catástrofes naturales y la creciente crisis económica mundial, la fe y la esperanza cristianas animan al creyente a mirar hacia delante. Yo sigo corriendo… Después de haber sufrido persecuciones de todo tipo por dedicarse al anuncio y predicación del Evangelio, san Pablo – preso y atado con fuertes cadenas – escribe a los Filipenses explicándoles su situación. Su confesión es sincera y contundente. No teme a nadie. Está dispuesto a continuar su misión a pesar de las múltiples dificultades que se le interponen. Desde el cautiverio, está dispuesto a seguir corriendo para ganar el premio de conocer mejor a Jesús mediante la comunión con sus padecimientos, y muriendo su misma muerte para llegar un día a la resurrección… La fidelidad a la misión evangelizadora y profética que el cristiano recibe en los sacramentos de la iniciación no ha de abandonarse cuando circunstancias adversas la pongan en peligro. Los ejercicios cuaresmales están ordenados a fortalecer a los discípulos de Jesús para no sucumbir ante la tentación del miedo o del abandono por lo arduo de la tarea. Como san Pablo todos hemos de estar dispuestos a seguir corriendo con ilusión y la fuerza del Resucitado. ¿Ninguno te ha condenado?... Tampoco yo te condeno. Una de las prácticas cuaresmales más recomendadas por la liturgia es la penitencia. Cuántas veces hemos escuchado en nuestros hogares la voz de los mayores que nos recordaban: “has de confesarte para cumplir con Pascua”. La confesión que se realiza sólo POR CUMPLIR corre el riesgo de no ser auténtica penitencia. En el evangelio de hoy Jesús corrige la mentalidad de los estrictos cumplidores de la Ley. La pecadora se muestra arrepentida y humillada, pero los letrados y fariseos se niegan a reconocerlo en público. Quizás algunos de ellos, en privado y a escondidas, han caído en el mismo pecado u otro similar que nunca han confesado. Dios Padre, y su Enviado Jesús, actúan de otra manera. Para ellos lo importante es el corazón del hombre. Comprenden su miseria, su condición pecadora y, porque la comprenden, cuando uno se muestra arrepentido, lo perdonan y lo abrazan. Anda, vete en paz y no peques más La verdadera penitencia implica un intento sincero, un propósito firme de cambio de vida. En la celebración del misterio pascual, Cristo nos ofrece su Gracia, su Fuerza, su Espíritu para vivir de otra manera, para orientar la vida de otra forma. Cristo nos da la posibilidad de un desarrollo integral de nosotros mismos en relación con Dios y con el prójimo. Cristo no nos pide más actos penitenciales, ni más rezos... Lo que la celebración de la Pascua debe producir en nosotros es un Cambio, una Renovación, una VIDA NUEVA. fr. Roberto Ortuño O.P. |