4º DOMINGO DE CUARESMA

ciclo C

Nexo entre las lecturas

"Dejaos reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos litúrgicos de este domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.

Mensaje doctrinal

1. La iniciativa divina en la reconciliación. La palabra griega traducida por reconciliación significa etimológicamente cambio desde el otro. Reconciliarse quiere decir cambiar a partir del otro, en nuestro caso, a partir de Dios. Es Dios quien reconcilia consigo al pueblo de Israel, haciéndole atravesar el Jordán como si fuera un nuevo Mar Rojo, renovando con él la Pascua y la Alianza como en el Sinaí, dándole como alimento no ya el maná sino los frutos de la tierra que conquistarán y en la que definitivamente se asentarán. Es el padre bueno de la parábola lucana quien reconcilia consigo al hijo menor, abrazándole y besándole, y logrando de esta manera que el hijo se reconcilie consigo mismo. Es también el padre bueno el que toma la iniciativa de reconciliar al hermano mayor con el menor, pasando por encima del pasado y valorando debidamente el arrepentimiento del corazón. ¿Y qué es lo que Pablo escribe a los cristianos de Corinto? Dios reconciliaba consigo al mundo en Cristo, sin tener en cuenta los pecados de los hombres, y nos hacía depositarios del mensaje de la reconciliación. Reconciliarse, en definitiva, es decir a Dios: Gracias por haber dado el primer paso. Acepto tu perdón, acepto tu amor.

2. Reconciliarse mirando hacia el futuro. Reconciliarse con Dios significa primeramente reconocer que algo no ha andado bien en nuestras relaciones con Él en el pasado. Significa además que hay un interés en restablecer buenas relaciones con Dios en el presente y para el futuro. Para los israelitas del desierto pasar el Jordán significa dejar atrás un pasado de rebeldía, de quejas, de inseguridad, y renovar con Dios la alianza de fidelidad y la entrega a la conquista de la tierra prometida. Los dos hijos de la parábola tienen que romper con los últimos años de vida, en las relaciones con su padre y en sus mutuas relaciones, para poder entrar en el futuro con la recobrada dignidad de hijos. La reconciliación del cristiano con Dios mira al plazo de vida que le queda para hacer el bien, y se proyecta sobre todo hacia la otra ribera de la vida. Y el mensaje de reconciliación que Dios ha depositado en nuestras frágiles manos, ¿no es un mensaje que hemos de hacer eficaz ahora en el presente y en el futuro que llama continuamente a nuestra puerta? Me reconcilio en el presente, pero los efectos de la reconciliación tienen que prolongarse en el futuro; sin esta eficacia en el futuro, reconciliarse no deja de ser una palabra tal vez bonita, pero hueca, sin repercusiones eficientes, y por consiguiente una auténtica frustración.

3. Cristo, paz y reconciliación nuestra. Cristo es el mediador último y definitivo de la reconciliación con Dios. En el bautismo de Jesús las aguas del Jordán son purificadas, y el nuevo pueblo tiene la posibilidad de reconciliarse con el Padre. La vida de Jesucristo, sobre todo su muerte y resurrección es el camino elegido por el Padre para reconciliarnos con Él y con todos los redimidos. Sólo en Cristo y por Cristo logramos sentir la fuerza salvadora de Dios, que nos quiere reconciliar consigo. Cristo es la última palabra de reconciliación que el Padre dirige al hombre y al mundo. Por eso, quien vive reconciliado con Dios en Cristo, es una nueva creatura. Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo, como nos recuerda san Pablo. El pasado no cuenta; lo que importa ahora es el futuro, en el que llevar una vida reconciliada con Dios y con los hombres; en el que ser verdaderos evangelizadores de la reconciliación.

Sugerencias pastorales

1. El largo camino de la reconciliación. Reconciliarse es hermoso, pero puede llegar a ser duro y difícil. Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas hechos, dejar caminos trillados, abrir nuevas brechas, roturar nuevos campos. En definitiva, salir de nuestra dulce comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir día tras día en la ruta nueva que Dios nos va trazando, ruta de donación y amor desinteresados. Reconciliarse con Dios, reconciliarse con los demás, implica estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejarlo sin miramientos, por más que nos siga siendo atractivo. Para reconciliarse de verdad con Dios y con nuestros hermanos, no basta acudir al sacramento de la reconciliación, recibir el perdón de Dios y... ¡santas pascuas! Esto es sólo el comienzo. Ahora sigue el trabajo diario y constante por arrancar del alma las causas profundas, a veces muy ocultas, del distanciamiento, de la desavenencia y de la lejanía de Dios, y cualquier signo de ellos en nuestra conducta. Ahora viene la labor tenaz por conquistar nuestro corazón y nuestra vida para el amor, la concordia, la avenencia y la armonía filiales para con Dios y fraternas para con los hombres. Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.

2. Una Iglesia reconciliada y reconciliadora. El Papa nos ha enseñado con su ejemplo a no tener ningún reparo en pedir perdón. La Iglesia es santa, pero sus hijos somos pecadores. Y los pecados de los hijos dejan huella en el rostro de la Iglesia. Por eso, el sacerdote, en nombre de la Iglesia y como representante suya, cada día en la santa misa la reconcilia con Dios. Por otra parte, la Iglesia, en cuanto comunidad de los que creen en Cristo Señor, es muy consciente de las divisiones y de los contrastes, de las diferencias y desarmonías doctrinales y prácticas que bullen en su seno. Se han dado algunos pasos en el camino de la reconciliación. Quedan muchos todavía. Hay que seguir avanzando en la reconciliación entre diversas comunidades eclesiales, entre los miembros de una misma comunidad eclesial, entre diversas órdenes, congregaciones o institutos religiosos, entre diversas diócesis... Sólo una Iglesia reconciliada verticalmente con Dios y horizontalmente con sus hermanos en la fe, podrá ser fermento de reconciliación en la sociedad. ¿Vives reconciliado con Dios? ¿Es tu parroquia una parroquia internamente reconciliada? ¿Eres agente de reconciliación en tu familia y en el ambiente de trabajo?

padre Antonio Izquierdo - Catholic.net

 

«Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba

muerto y ha revivido»

Este domingo está impregnado de la alegría por la proximidad de la Pascua. El Señor quiere que la pregustemos en nuestro esfuerzo de conversión. Como imagen, la primera lectura nos narra la llegada de Israel a la tierra prometida, gustando ya sus frutos: El Señor dijo a Josué: “Hoy os he despojado del oprobio de Egipto”. Los israelitas celebraron la Pascua en la estepa de Jericó. Ese mismo día comieron del fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná y comieron ya de la cosecha de la tierra de Canaán. Era el signo manifiesto del amor fiel de Dios, que cumplía su palabra y les situaba en la libertad, a pesar de los retrocesos y desconfianzas del pueblo.

Mejor que nadie, nos expresa hoy Jesús este amor irrevocable del Padre. También por los pecadores, frente al escándalo de los escribas y fariseos que murmuraban: Ese acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús, que es él único que conoce a fondo al Padre Dios, nos lo explica hoy con la mejor parábola sobre su amor. Aquél hijo menor quiso vivir la libertad a su antojo. Reclamó del padre su herencia y se emancipó. Se fue a un país lejos de Dios, donde podía vivir conforme a sus apetencias. Así, derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Malgastó los dones que del padre recibió y experimentó también el hambre y la necesidad en aquella tierra, lejana a Dios. Era todo un símbolo del hombre, cuando da la espalda a Dios por pensarlo el rival de su libertad. Todo un reflejo de esa liberación que proclama, como condición radical, olvidarse ya de Dios. Todo un síntoma de lo que ocurre cuando ya se vive sólo para satisfacer las apetencias, lo que me venga en gana... hasta acabar en el hastío, en ese vacío e insatisfacción ineludible, cuando nos falta Dios y la experiencia de su amor. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. Y es que, en aquel país alejado de Dios, los que tenían iban a lo suyo, a sus ganancias y a su negocio, y contaban más los cerdos que los hombres: había explotación. Ante aquel panorama y en aquella situación, aquel muchacho no se desesperó ni se conformó, sino que recapacitó. Se acordó de cómo en la casa, donde su padre era el Señor, cualquiera tenía más derechos y se reconocía la dignidad de cada uno. Y reflexionando, se decía: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Finalmente, decidió lo mejor: Me pondré en camino a donde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. Y se puso en camino. Aquel muchacho volvió sobre sus pasos, en busca de la libertad perdida y la dignidad que otros pisoteaban...

No se encontró con un padre enfadado u olvidado ya de él. Sino anhelante de su vuelta y conmovido por su regreso. Un padre que corrió a su encuentro, apenas lo vio, y lo abrazó llenándolo de besos. Un padre que no dejó ni que se excusara. ¡Estaba tan contento porque su hijo se había decidido a volver! Así, mientras su hijo le decía que ya no merecía ser hijo, mandó a los criados vestirlo de señor y le puso el anillo para que dispusiera de sus bienes con pleno derecho. Y montó una fiesta, con música y baile, para compartir su alegría con todos... Hasta a su hijo mayor, que no lo entendía, le tuvo que recordar: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Sí, Jesús ha venido a este país que se alejó de Dios. A estos hijos que se habían emancipado reclamando libertad, para devolverles a la dignidad de hijos de Dios. No le ha importado padecer la cruz y el oprobio, probando así hasta el colmo la misma suerte de los hermanos pequeños, con tal de darle a su Padre la alegría del regreso. Con su Muerte y Resurrección nos ha devuelto al Padre, de quien somos. Con la Cuaresma, nos ofrece la ocasión de recapacitar. Con el sacramento del perdón de los pecados, confiado a sus apóstoles, nos da la oportunidad de probar esa alegría del Padre y la vuelta a nuestra verdadera condición. Con la Eucaristía nos sienta en la gran fiesta del amor de Dios.

Radio Vaticano

 

En la primera lectura, los israelitas, ya acampados en la tierra prometida, celebran la Pascua. En aquellos días, el Señor dijo a Josué:”Hoy os he despojado del oprobio de Egipto”.

El Salmo responsorial invita a gozarse en Dios: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. “Bendigo al Señor en todo momento, mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren”.

San Pablo enseña a los Corintios que Dios nos reconcilió, por medio de Cristo. “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo… Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados… Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a Él, recibamos la justificación de Dios”.

El evangelio, nos trae hoy una de las páginas más hermosas de la Biblia y de la Literatura Universal. Es por su factura sencilla y exquisita un texto subyugante y, en su profundidad teológica, expresión sintética del mensaje de Jesucristo. Ya lo dice San Juan: “Deus charitas est” (1 Jn 4,8). La parábola del Hijo Pródigo entra en la esencia de la Divinidad. Dios es amor, el amor es de Dios y el que ama ha conocido a Dios.

Jesucristo muestra con esta parábola la misericordia, la bondad, la ternura siempre dispuesta y expectante de entrega y abrazo de Dios, Padre, hacia el hijo que vuelve arrepentido. El padre siempre acoge con amor, aunque tenga que imponer en algún caso su autoridad, pero, inmediatamente, abraza, perdona y protege; la madre atenta, escucha, llora la ausencia y recubre de dulzura el rostro del hijo. Esta es la imagen de Dios. Dios es amor, porque es Padre y Madre. Todas esas prerrogativas de la paternidad y de la maternidad, están refundidas en la afirmación teológica de San Juan: Dios es amor. Piensa el muchacho: “Me pondré en camino, a casa de mi padre, y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo’”. Y ante la respuesta de rechazo e incomprensión del hermano, que se mantuvo fiel al padre, que no había marchado ni pecado, el padre roto de emoción y cariño por los dos, dice: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado".

Dios, que concedió al hombre la libertad, no lo coacciona nunca. El pequeño quiso ser libre y el padre lo permitió. El mayor se quedó, y el padre lo tuvo y gozó de su presencia, tú siempre estás conmigo y yo soy feliz con ello. El padre actúa como el mar, se va retirando y se va acercando, dejando que los hijos sean ellos mismos. La inflexión está en la misericordia y en la conversión que lo movió a volver a Padre, aunque la decisión la haya tomado por el interés, por la necesidad. Pero eso no es inmoral, buscar nuestro propio bien es parte de nuestro ser. Santo Tomás dice que "a Dios le ofendemos cuando obramos contra nuestro propio bien". Dios siempre nos está esperando, incluso antes de la conversión. Espera con los brazos abiertos, para abrazar con amor, con gozo y perdón.

CamiloValverde Mudarra

 

El Padre misericordioso (Hijo pródigo)

El Evangelio del Hijo pródigo nos da un testimonio maravilloso de la misericordia de Dios-Padre.

La primera parte de la parábola muestra la conducta pecadora y penitente de hijo menor. Hay que ver que fuertes fueron sus pecados contra el Padre.

Por la pretensión de recibir su parte de la fortuna paternal, rompe sus relaciones filiales con el padre. Porque según las leyes judías esta pretensión era imposible e insolente. Al hijo pródigo le falta así totalmente el amor y la obediencia a su padre.

Y después emigra con su parte de la fortuna paterna y la malgasta hasta el último centavo.

Bajo el peso de esta culpa, hay que ver la actitud del padre: El padre no deja que el hijo haga todo el camino, sino que sale a su encuentro. Tampoco le deja terminar su acusación, ni le reprocha nada.

Sino lo besa como signo de perdón. Le da sandalias, que distinguen al libre del criado. Hace vestirlo con el mejor traje, como honor extraordinario. Y le regala, incluso, un anillo - expresión del poder que le confiere. Así le sigue considerando como hijo y celebra con una fiesta su vuelta a la casa.

En el padre de esta parábola, Cristo quiere mostramos la imagen de Dios Padre. Y esta actitud del Padre celestial se puede comprender sólo desde su amor paternal. Porque sabemos que todo el actuar de Dios es motivado y conducido por amor y mediante amor.

Pero nosotros, quizás, confiamos demasiado en el amor justiciero de Dios: que Él nos ama en razón de nuestros esfuerzos y méritos propios. Contamos con nuestro ser bueno, para recibir el amor de Dios, para recibir nuestra recompensa bien merecida.

Pero cuando somos sinceros, debemos declaramos como “siervos inútiles” (Mt. 25,30). Así debemos reconocer siempre de nuevo que somos pecadores, que quedamos con nuestras limitaciones y debilidades, que no logramos superarlas a pesar de todos nuestros esfuerzos. Entonces comprendemos que tenemos que vincular nuestra miseria personal con la misericordia de Dios.

Porque lo más profundo del amor paternal de Dios es su misericordia. Él ama a sus hijos no tanto por sus méritos, sino porque es Padre. Él no quiere más que amar a sus hijos sin límites. Un verdadero padre no abandona, cuando uno de los suyos está en la miseria. Al contrario, entonces lo ama con preferencia, porque sabe que necesita del padre, sobre todo en esa situación difícil. Así lo hace el padre en la parábola con su hijo perdido. Así lo hace el Padre celestial con nosotros, sus hijos.

No quiere decir que nosotros mismos no debamos esforzarnos - pero no tengamos por demasiado importante nuestra propia obra. En el fondo sólo es importante el amor de Dios, su misericordia y su perdón paternal. Por eso, también la parábola del hijo pródigo debiera llamarse mejor “parábola del Padre misericordioso”.

Para que Dios pueda actuar, Él exige de nosotros una condición, tal como lo hizo el hijo en la parábola: Que conozcamos y reconozcamos en humildad nuestra culpa; que nos arrepintamos de nuestros pecados y faltas; que confiemos en la misericordia de Dios; que volvamos a la casa del Padre. Es la misma actitud que el sacramento de la confesión pide de nosotros.

Así entendemos que la parábola del hijo pródigo y del padre misericordioso es la parábola e historia de la vida humana, la parábola e historia de nuestra propia vida: de nuestra miseria y de la misericordia de Dios para con nosotros.

Tenemos un Padre tan bueno en el cielo quien nos ama a pesar de toda nuestra debilidad, más aún: quien nos ama a causa de nuestra debilidad.

Volvamos, por eso, filialmente hacia ese Padre tan bueno, entreguémonos sin reservas a Él, pongamos nuestras vidas en sus manos misericordiosas. Entonces Él nos acogerá de nuevo como sus hijos predilectos y nos hará experimentar su fidelidad, su amor y su generosidad sin límites.

Queridos hermanos, ese sabernos y sentirnos hijos de Dios Padre es un regalo, una gracia de Dios. Es una gracia que sólo el Espíritu Santo puede darnos. Él es el Espíritu de la filiación. Él nos regala un amor profundo, sencillo y humilde al Padre. ¡Qué así sea!

padre Nicolás Schwizer

 

Los tres personajes representan

distintos aspectos de nosotros mismos

La liturgia propone la parábola del “hijo pródigo” con la intención de que nos identifiquemos con el hijo pródigo. Pretende hacernos tomar conciencia de nuestros pecados, e invitarnos a la conversión.

Sin embargo, hay que tomar buena nota de que esta parábola no va dirigida a los publícanos y pecadores, sino a los fariseos y letrados que murmuraban de Jesús porque acogía a los pecadores y comía con ellos.

Descalifica a los que se creen buenos y son incapaces de aceptar a los que no son como ellos.

Se trata de un relato ancestral que se encuentra en todas las culturas. Es un producto del subconsciente colectivo que expresa realidades escondidas de nuestro ser profundo. Es un prodigio de conocimiento psicológico de la persona humana, pero también, un alarde de experiencia religiosa.

Desde el punto de vista personal, la comprensión de esta parábola ha sido para mí una verdadera iluminación. He visto reflejada en ella de manera sublime todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser.

Pero también, la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros, aunque sea padre misericordioso, sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros mismos y actuando desde dentro. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar,  acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso.

El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale­za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos y que se relaciona con nosotros desde nuestro centro.

Esa verdadera realidad que somos está siempre abierta y esperando abrazar a todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera abrazar y fundir todo el hielo que encuentra en nosotros. Esa realidad fundante, nunca lucha contra nada sino que lo intenta abarcar todo e integrarlo en ella misma.

Los tres personajes represen­tan distintos aspectos de nosotros mismos.

El hijo menor simboliza nuestro “yo”, nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo "yo". Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por ese camino nunca podrá satisfacerle.

El hijo mayor representa también nuestro “ego”, pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio.

Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los  demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser.  El “yo” y el “ser verdadero” aún siguen separados. El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano).

El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder el cariño del Padre y no es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre.

Todos tenemos que dejar de ser “hermano menor”, y también tenemos que superar el estadio de “hermano mayor”, para convertirnos finalmente en “Padre”.

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera reduccionista. Es un error llamar a este relato la parábola del “hijo pródigo”. Si nos fijamos en el contexto, veremos que el motivo de la narración es que los fariseos y letrados critican a Jesús porque acoge a los pecadores y come con ellos. No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios.

Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para cada uno de nosotros, seamos “buenos” o “malos”. En la manera de actuar con los dos  hijos, el Padre de la parábola hace presente a Dios; de la misma manera que Jesús al acoger a los pecadores está haciendo presente a Dios.

Normalmente hemos considerado la parábola como dirigida a los “hijos pródigos”. Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. La verdad es que el mayor no sale mejor parado que el menor y debía de ser objeto de una atención más cuidada.

Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo. Es fácil tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado antes de haberlo merecido. Como el hijo menor, es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y a la casa, hemos deseado que estuviera muerto para heredar, hemos traicionado a la familia, hemos renegado del entorno en que se había desarrollado nuestra existencia.

Todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa­cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor. El fallo estrepitoso del hijo menor de la parábola, y la situación desesperada a la que le ha llevado, facilita la toma de conciencia de que ha ido por el camino equivocado. Le hace entrar dentro de sí y descubrir que hay que rectificar.

Más complicado es el caso del hijo mayor. También está alejado del Padre, pero le será mucho más difícil descubrirlo. Había obedecido en todo, pero esa actitud externa no iba acompañada de una maduración interna. Es más difícil que descubramos en nosotros al hermano mayor, y sin embargo, todos tenemos muchos más rasgos de éste que del menor.

Con frecuencia, no entendemos el perdón del Padre para con los pródigos, nos irrita y molesta que otras personas que se han portado mal, sean, a la postre, tan queridas como nosotros. No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No sólo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos, por todos los medios, que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor.

Desde esa perspectiva tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense inquietante la respuesta del hermano mayor. No nos dice si el hijo hace caso al padre y se incorpora a la fiesta. Esto nos tiene que hacer pensar.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser motivo de alegría para uno y para otro.

El llegar a ser Padre, no supone el ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor, hay que aceptarlo, hay que saber convivir con lo que aún hay en nosotros de imperfecto. Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que aceptarlo y sobrellevarlo desplegando el amor incondicional del Padre.

Tanto el hermano menor como el hermano mayor que hay en cada uno de nosotros, debe ser objeto del mismo amor. La parábola no exige de nosotros una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. Lo que pretende es ponernos en el camino de la verdadera conversión: la superación de todo egoísmo e individualismo.

El descubrimiento de que somos el hermano menor y, la vez, somos el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es el Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús. (Aquí podemos descubrir un profundo significado de la frase de Jesús: “Yo y el Padre somos Uno”).

Nuestra maduración personal tiene que encaminarse a reproducir la figura del Padre. "Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso". El relato nos tiene que hacer ver, que siempre habrá en nuestra vida, etapas que hay que superar por imperfectas.

Nuestra atención no debemos centrarla en la superación de la condición de hermanos sino en aproximarnos al Padre, que imita a Dios. Para Jesús, el que Dios sea Padre no significa que es una persona a la que se le puede aplicar la cualidad de padre. Se trata más bien de descubrir en la relación padre-hijo lo esencial de Dios. Podíamos decir que Dios no es un padre, sino la paternidad. Ser Padre-Amor, pertenece a la misma esencia de Dios.

Resumiendo: Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es alejarse de Dios y caminar en dirección opuesta a nuestra plenitud. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo e imitarlo, es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta, pero creyendo que caminamos hacia ella; lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

fray Marcos

 

la religión planteada como

“cumplimiento con Dios”

¿Entraría finalmente el hijo mayor a la fiesta? La parábola deja la cuestión abierta, de modo que sea el oyente o lector quien tome su propia decisión.

Lo que “perdió” al hermano mayor, rígidamente observante y cumplidor, pero más endurecido que el pequeño, fue su ignorancia y su resentimiento.

Toda su vida había estado en la “casa”, pero ignoraba que “todo lo mío es tuyo”. Había vivido como un siervo en casa ajena, cumpliendo escrupulosamente con todo, pero desde una idea de la “exigencia” y el “mérito”. Todo lo hacía, al parecer, para conseguir “un cabrito”.

Por otro lado, al vivir desde la exigencia, no podía tolerar que su hermano viviese a su antojo. Cuando se obra desde el “debería”, es imposible que no surja, antes o después, la comparación y el resentimiento.

Quien vive desde la exigencia, tiende a percibirse a sí mismo como “cumplidor” y, por ese mismo motivo, a despreciar a quienes “no cumplen”. La exigencia que busca el “mérito” es lo opuesto a la gratuidad.

La exigencia de ser “perfecto” creará en él una pesada “sombra”, en la que recluir todos aquellos aspectos suyos que no “casan” con la imagen de sí que quiere dar. Y posteriormente la proyectará en los otros, para condenar en ellos lo que es incapaz de ver en sí mismo: se ha creado el tipo “fariseo”, presente en todas las religiones que hacen del “cumplimiento” y de la “perfección” su meta.

El sujeto de la exigencia es el ego que ha creído encontrar en ese comportamiento un modo de asegurarse su “valor” (y su permanencia). “Vale quien cumple”, sería su lema. Y está esperando que eso le sea reconocido en forma de “recompensas” de cualquier tipo.

En la medida en que logramos situarnos “más allá” del ego, podemos vivir la gratuidad. Y entonces experimentamos que el “premio” está en la acción misma.

Mientras giramos en torno al yo, vivimos preocupados por él y nos hallamos a su merced. Cuando lo trascendemos y emerge a la conciencia nuestra identidad más profunda –la Conciencia infinita, el “Padre” de Jesús-, entramos en el “reino de Dios”, en el Presente atemporal, donde todo es de todos: en la fiesta, cualquiera que sea la trayectoria de cada cual, no falta nadie.

¿Cómo se explica que la religión tienda a producir, a partes iguales, personas cumplidoras y resentidas?

La causa habría que buscarla en el hecho de que se suele plantear la relación con Dios en clave de rivalidad. Dios y el ser humano aparecen, en el imaginario colectivo, como seres cuyos “intereses” se hallarían enfrentados.

El “conflicto de intereses” genera necesariamente rivalidad: “o tú o yo”. Y todo lo que se vive así, cuando hace crisis, termina en sometimiento castrante, rebeldía militante o resentimiento amargado. En el primer caso, la persona vive negándose, de un modo infantil; en el segundo, se subleva y corta la relación (la figura del hijo menor); en el tercero, vive sometida pero, al no atreverse a cortar, va almacenando un resentimiento larvado que luego se manifestará contra los otros (el hijo mayor de la parábola).

Aquel planteamiento de base –tan común, por otro lado, en la religión- olvida que Dios no tiene ningún “interés”: no es un gran Narciso que viviera reclamando pleitesía. Al contrario, si lo tuviera, su único “interés” sería sencillamente el bien de la creación y la felicidad del ser humano.

Pero hay algo más radical todavía: aquel planteamiento ha caído en la trampa de pensar a Dios como un ser separado y, por eso mismo, “enfrentado” a los humanos. Sin embargo, decir “Dios” es decir no-separación: Dios-está-en-todo y todo-está-en-Dios, y no puede ser de otra forma, a no ser que lo objetivemos y hagamos de Él un ídolo.

Cuando la religión se ha planteado como “cumplimiento con Dios” ha producido fariseísmo y resentimiento, porque había convertido a Dios en un ídolo devorador.

Jesús nunca plantea las cosas de ese modo. Para él, parece que lo importante no es ser “religioso”, sino “humano”. Por eso tampoco pone las bases de una nueva religión, sino un proyecto de fraternidad que denominará “reino de Dios”.

Desde nuestra perspectiva, podemos entender ese “reino” como la Unidad-sin-costuras de lo Real, que ya somos, pero que todavía no reconocemos. Sólo podremos percibirla en la medida en que dejemos de identificarnos con nuestro “yo individual”, como si se tratara de nuestra identidad definitiva.

Lo que llamamos “yo” es sólo una forma en la que se expresa y manifiesta la Vida que nos constituye, la Presencia infinita, la Conciencia omniabarcante, Dios… Por eso, es absolutamente cierto que “todo lo mío es tuyo”. Cuando esto lo olvidamos, caemos en el orgullo resentido que nos aísla y encierra.

En todos nosotros vive un “hijo menor” y un “hijo mayor”, con sus reacciones características, en vaivenes dolorosos y estériles. Pero en nosotros vive también el “padre” que, porque sabe, acoge y abraza, invita y ensancha… El “padre” es el que sabe ver la vida como una fiesta para todos.

Enrique Martínez Lozano

 

EL OTRO HIJO

Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del "padre bueno", mal llamada "parábola del hijo pródigo". Precisamente este "hijo menor" ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del "hijo mayor", un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «se indignó y se negaba a entrar» en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora sólo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Ésta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular... Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El "hijo mayor" es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?

José Antonio Pagola

 

El padre de la parábola usurpa el rol de la madre

Diríamos que no hay nada que comentar, que no hay más que leer, admirar, y dejarse penetrar de la Palabra. Y es lo que debemos hacer: releer una y otra vez y dejar que el Espíritu de Jesús nos vaya invadiendo. Sin embargo, es tanto el contenido y tan revolucionario, que necesariamente debemos explicarlo un poco.

Ante todo, Jesús es el mejor narrador de todos los tiempos. Es el Maestro de los maestros al inventar narraciones para hablar de Dios. Jesús es el que sabe hablar de Dios, porque le conoce. Jesús es el que sabe hablar del hombre, porque le conoce.

Lo primero que se nos ofrece es sin duda una preciosa definición del pecado y de la conversión.

¿Qué hay en la casa del padre? Trabajo, cariño, responsabilidad, sentirse bien, tener alimento, ser alguien, ser hijo.

¿Qué hay lejos de la casa del Padre? Engaño, apariencia de felicidad, todo insatisfactorio y perecedero.

El hijo pequeño ha cometido un grave error. Le ha parecido que hay cosas mejores que trabajar en la Casa del Padre. Es una definición del pecado: un grave error, sentirse atraído por algo que, a la larga, te va a decepcionar, te va a hacer desgraciado. Y sobre todo, no ser nadie, haber perdido la dignidad y la identidad.

¿Por qué quiere el hijo volver? Por hambre. Porque se acuerda de que en casa de su Padre se estaba mucho mejor. Ni siquiera por su Padre, ni por cariño. Porque se acuerda de lo bien que estaba en su casa.

Hasta aquí, Jesús nos ofrece todo un tratado de sicología del pecado y de la conversión. El pecado es error: pensamos que fuera de la Ley de Dios se está mejor. Buscamos la felicidad fuera de lo que Dios propone. Debilidad y error que conduce al ser humano a la indignidad y a la pérdida de identidad.

Pero el mensaje es mucho más amplio y profundo: el mensaje básico no es el hijo, sino el padre. El mayor de los errores del hijo es que no conoce a su padre. Piensa que tendrá que rogarle, que convencerle, que quizá consiga ser admitido como un criado... ¡Qué sorpresa, cuando empieza a recitar su cantinela "padre, he pecado contra el cielo y contra ti...."  y se da cuenta de que su padre ni le escucha, sino que grita de alegría a todo el mundo, que traigan buena ropa, que maten el ternero, porque mi hijo ha vuelto!

Quizá hayamos olvidado que la parábola es paradójica. Tuvo que sonar muy mal ante aquel auditorio acostumbrado a que el "Paterfamilias" fuese ante todo "el amo", el que imparte justicia, el conservador de la hacienda. Para todos los oyentes, el que tiene razón es el hijo mayor, que es trabajador, fiel a su casa, justo. La misericordia esperable sería que el hijo que vuelve fuese admitido en casa como peón... por pura bondad. Entonces podríamos hablar de un padre justo y misericordioso. Pero el padre de la parábola es mucho más que eso.

Ese padre que destroza la herencia, perjudica los intereses del hermano justo y trata al hijo pequeño "como si no hubiese pasado nada" (y todavía mejor) no es un buen ejemplo para el orden ni para la educación de los hijos ni para el mantenimiento de la estabilidad de la hacienda familiar.

El padre de esta parábola usurpa el rol de la madre, que debería estar ahí para interceder por el hijo descarriado; pero no hace falta, porque el padre no es el paterfamilias justo sino la madre emocionada por el regreso del hijo.

Pero el hijo mayor no es como su padre; es un estricto cumplidor. Y tiene razón, sus frases son perfectas: “yo he cumplido siempre en todo, y ahora que viene ese hijo tuyo que ha tirado la herencia con prostitutas, lo vuelves a aceptar como hijo, sin más. Es injusto”. Y tiene razón, es injusto. Tiene razón, pero el padre tiene corazón: la última frase significa: “Tienes razón hijo, pero ¿de verdad no te alegras de haber recuperado a tu hermano?”

La parábola se inscribe pues junto a las otras en que el mensaje radica precisamente en "Dios no hace justicia", como los viñadores de la última hora o la invitación al banquete, y a los hechos de Jesús en que prefiere a los pecadores antes que a los justos. Los pecadores que se acercan a Jesús son acogidos inmediatamente, aunque no hagan nada por "merecer" el perdón, como la mujer adúltera.

Lo esencial en la parábola es sin duda que el hijo es restituido a su condición de hijo sin ningún mérito propio; solamente porque el Padre está deseando hacerlo así. En cuanto el hijo da pie para ello, recibe la plenitud del cariño del padre: no tiene más que acercarse, aunque sea sólo por hambre, y encontrará al Padre feliz de recuperarle como hijo.

Y éste es el secreto: no se trata de perdonar cosas pasadas y decir que no tienen importancia, sino de recuperarle como hijo. No estamos ante un tribunal "blando" que quita importancia a los errores o maldades anteriores. Esto deformaría esencialmente la imagen del padre. Se trata de que no estamos ante un tribunal, sino ante el estupendo milagro de que el cariño del Padre ha recuperado a un hijo. Ha recuperado a un solo hijo.

Al otro hijo no parece poder recuperarlo ni el cariño del padre: seguirá viviendo en el árido reino de la justicia. No olvidemos que estas parábolas las provocan los fariseos y escribas que murmuran porque Jesús acoge a los publicanos y pecadores que acuden en masa a Él.

Si alguien cree que esta manera de entender a Dios es permisiva, que ancha es Castilla, que no hay que preocuparse por los pecados... es que no se ha enterado de nada. Porque nada hay más exigente que el amor.

Porque todas las leyes y obligaciones del mundo se quedan pequeñas y ridículas ante la exigencia que supone el querer, porque la madre hace mil veces más que aquello a lo que está obligada, y lo hace disfrutando, y cuanto más tiene que esforzarse más disfruta, porque el amor sólo se satisface dando y esforzándose.

Y ésa es la vida y la religión a la que Jesús llama, infinitamente más exigente que todos los preceptos, infinitamente más satisfactoria que todos los premios, infinitamente más humana y más divina, porque Jesús conoce a Dios y al hombre, y ha establecido una relación entre ellos objetiva, no basada en lo que nosotros nos imaginamos de Dios y del hombre, sino en lo que Dios y el hombre son en realidad.

En resumen, un cristiano se define por haber aceptado la misión.  No te conformes con menos: la vida es para trabajar en las cosas de tu padre, para anunciar a los hombres el Reino; cómo compensa dar la vida por las cosas del padre, entrar por la puerta estrecha, tomar la vida cuesta arriba, no dejarse aprisionar por el dinero, renunciar a la venganza y superar la justicia, disfrutar más en dar que en recibir, fiarse de Dios en medio del mal...

¿Quieres trabajar en las cosas de tu padre? Decir que sí es vivir como hijo, metiéndose en todos los líos de los demás hijos, porque eso, los hijos, son "las cosas de mi padre". Si alguien piensa que esto es permisivo, hablamos diferente idioma.

Así que hemos dado con una hermosa descripción de "El Reino". El Reino es "estar en las cosas de mi padre".  Y de aquí surge una sana, sencilla y comprometedora teología de la ecología y de la solidaridad, tan lejana de esas teologías trinitarias y cristológicas tan presuntuosas como estériles.

José Enrique Galarreta

 

Las lecturas de este cuarto domingo de Cuaresma siguen teniendo como tema la conversión, idea central de toda la Cuaresma. El Evangelio nos trae la muy favorita parábola del hijo pródigo.

La primera lectura del Libro de Josué (Jos. 5,9 - 12) nos presenta la celebración de la primera Pascua de los hebreos ya en la Tierra Prometida. “Todo lo viejo ha pasado.  Ya todo es nuevo” (2 Cor. 5,17 -21), nos dice san Pablo en la segunda lectura. En efecto, atrás quedó la purificación de 40 años en el desierto y el maná como alimento diario.  Dios ha perdonado las infidelidades de su pueblo y les ha dado un suelo del que comerán frutos sacados de la tierra.

En el Evangelio, también “lo viejo pasa y ya todo es nuevo” al regresar el hijo pródigo a la casa del padre y al ser perdonado por ese padre terrenal de esta bella historia, con el cual Jesús trata de describirnos cómo es su Padre, nuestro Padre, Dios.

Pero ... ¡cuántas veces no nos hemos escapado de Dios, huido de El ... y hasta hecho como el hijo pródigo, el cual tuvo la osadía de pedir su herencia antes de irse de la casa de su padre!  ¡Y qué lección tan bella nos ha dejado Jesús en su Evangelio con esa historia del hijo pródigo para explicarnos cómo es con nosotros nuestro Padre, Papá Dios. (Lc. 15,1 - 3 y 11 - 32).

Esa parábola, junto con la de la oveja perdida, nos hablan con maravillosa elocuencia sobre el Amor y la Misericordia de Dios.  La del hijo pródigo tal vez sea una de las parábolas más conocidas del Evangelio.  El hijo que gastó toda la herencia, herencia que ni siquiera le correspondía.   Es la historia de cada uno de nosotros cuando hemos desperdiciado las gracias que Dios nuestro Padre nos ha dado, sin siquiera merecerlas.

El hijo, lleno de egocentrismo, de deseos de libertad, sin pedir opinión -mucho menos permiso-  y sin importarle cómo se sentiría su padre, se va de la casa con el mayor desparpajo.  Y ya sabemos la historia.  Tenía que sucederle lo que le sucedió:  despilfarró todo y llegó a la indigencia total. Tan grave era su necesidad que quiso comer de la comida de los cerdos, pero no lo dejaban.  No le quedó más remedio que regresar a casa.

¡Cuántas veces no hemos hecho nosotros lo mismo con nuestro Padre Dios!

Nos hemos ido de su lado, en busca de independencia, sin contar con lo que son sus deseos e instrucciones.  Deseos e instrucciones que son para nuestro bien.  Pero como no las analizamos con un mínimo de sabiduría, solemos pensar que son para limitarnos, molestarnos o causarnos inconvenientes.

Peor aún es nuestra falta de agradecimiento y consideración para con Dios. ¡Todo los que nos ha dado y nos sigue dando en gracias! Y ¡cómo las despilfarramos! Además, ¿hemos pensado alguna vez cómo se ha sentido nuestro Padre con nuestra huída de casa?

Y no nos digamos - para aplacar nuestra conciencia o para jugar a ser teólogos - que Dios no siente. No sentirá como nosotros, pero es un hecho cierto que es el mismo Jesús, Dios Hijo, Quien nos cuenta esta historia -inventada por El para enseñarnos cómo es Su Padre, nuestro Padre- es el mismo Jesús, Dios Hijo. Y dentro de esa historia inventada y contada por El, nos da a conocer algunos detalles del corazón paterno de Dios, entre éstos, el dolor del padre y la nostalgia por la falta de su hijo.

Regresa el hijo a casa y la verdad sea dicha que no regresa por amor, sino por pura necesidad.  Y aquí nos da Jesús la escena más conmovedora:  “Estaba todavía lejos cuando el padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él y, echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.” ¡Cuántas veces no se habría asomado el padre triste al camino para ver si por acaso al hijo se le ocurría regresar!

¡Cuántas veces no se asoma nuestro Padre Dios y nos ve descarriados por los caminos de nuestra indiferencia para con El, de nuestras preferencias por todo lo que nos aleja más de la casa y, triste, se vuelve para otearnos desde lejos en algún otro momento! (Es lenguaje figurado, pues Dios conoce hasta nuestros más insignificantes movimientos y nuestros más íntimos pensamientos.  Podríamos decir que  nos tiene “en pantalla” constantemente).

Y lo que esperaba de su padre el hijo que regresa, no sucede.  ¡No recibe lo que merece su culpa! No hay reprensión, ni el más mínimo reclamo:  sólo amor, perdón y ternura.  Lo mismo pasa cuando nosotros, cual “hijos pródigos”, nos levantamos de nuestro error, de nuestras andanzas lejos de casa y decidimos regresar.

Por eso hemos cantado en el responsorio del Salmo: Haz la prueba y verás ¡qué bueno es el Señor!

¿Qué sucede, entonces, si arrepentidos, pedimos perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión? Dios nos perdona, y nos perdona de tal manera, que ni siquiera nos reclama, ni nos pone a pagar lo que despilfarramos. Sin tomar en cuenta nada, nos invita a comenzar de nuevo.

Todo es amor y ternura para con el hijo que vuelve. Ropas nuevas que se nos dan con la absolución de nuestras culpas en la confesión.

Y celebraciones y fiesta, “porque este hermano tuyo estaba muerto  (muerto por el pecado) y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Por cierto san Pablo en la segunda lectura (2 Cor. 5,17 - 21) nos habla del “ministerio de la reconciliación”, clara alusión al Sacramento de la Confesión.  En efecto, el Catecismo de la Iglesia Católica así lo ve, y al referir esta cita de San Pablo, (CIC # 1442) nos dice que Cristo “confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico (obispos y sacerdotes), que está encargado del ‘ministerio de la reconciliación’ (de que nos habla san Pablo).  El Apóstol es enviado ‘en nombre de Cristo’ y ‘es Dios mismo’ quien a través de él, exhorta y suplica: ‘Déjense reconciliar con Dios’”.

Y termina San Pablo su súplica a todos nosotros de arrepentimiento y confesión de esta manera: “Les suplicamos que no hagan inútil la gracia de Dios que han recibido ... Este es el momento favorable, éste es el día de salvación” (2 Cor. 5,1 - 2). La Cuaresma es tiempo propicio para convertirnos y “volvernos justos y santos”, como también nos pide San Pablo en esta lectura (2 Cor. 5,21).

www.homilia.org

 

Primera meditación

Cuenta Antony de Mello en uno de sus libros que una vez le preguntaron a un hobre santo qué es lo que la Gracia le había dado. Y les respondió que cuando se despertaba por las mañanas se sentía como un hombre que no está seguro de vivir hasta la noche. Entonces, le volvieron a responder: Pero eso, ¿no lo saben todos los hombres? Y replico: Sí, lo saben, pero no todos los sienten.

La historia acaba con una reflexión que decía que jamás se ha emborrachado nadie a base de comprender intelectualmente la palabra VINO.

¿Por qué esta historia en este dia? Por lo siguiente. Imaginemos que alguien nos hace la siguiente pregunta: ¿Dios te ama? Seguramente todos responderíamos que sí, que Dios nos ama. Pero si nos preguntasen si sentimos que Dios nos ama porque lo hemos experimentado, si sólo al pensar que Dios nos ama cambia algo dentro de nosotros, quizá responderíamos que no.

La triste realidad es que esta experiencia del amor de Dios es una experiencia que a muchos nos falta descubrir. Hemos aprendido en los libros o de oídas esta idea, pero quizá muchos no hemos dado el salto a la experiencia. Y es que:

  • Es muy difícil sentir que Dios me ama, cuando soy cristiano sólo porque quiero salvarme al final de mi vida. Esto está muy presente, sobre todo indirectamente cuando pensamos "luego me confieso y ya está".

  • Es muy difícil sentir que Dios me ama cuando para mí ser cristiano es cumplir únicamente con unos mandamientos pero me olvido de que tan importante como eso es la persona de Jesús, el encontrarme con él.

  • Es muy difícil sentir que Dios me ama, cuando no tenemos dentro de nosotros esa necesidad por superarnos día a día, por ser cada vez mejores personas.

En esta linea, la parábola del hijo pródigo viene a recordarnos en primer lugar precisamente esto: que Dios nos ama; y en segundo lugar nos muestra la historia de nuestra vida.

En primer lugar muestra el amor que Dios nos tiene bajo la figura del Padre dentro de la parábola. Esto lo podemos ver en muchos detalles aunque hay uno que resalta por encima de todos y es que cómo el padre espera diariamente a su hijo y cómo cuando lo ve venir de lejos va corriendo hacia él para darle un abrazo. Quizá así dicho puedan parecer sólo palabras bonitas pero seguramente aquellas familias que tienen hijos fuera de casa lo comprendan mejor ya que también ellas experimentan ese deseo de que lleguen las vacaciones para ver al hijo; o los que están saliendo con un chico o una chica también cuando están deseando verse cada día; cada uno puede buscar una historia parecida.

Lo importante es que con ese mismo sentimiento nos ama Dios, sólo que mucho más. Por un lado, por tanto nos habla de esto: que Dios nos ama. Pero la parábola también nos muestra nuestra propia historia. Y cual es nuestra historia: que en el fondo no nos acabamos de creer que Dios es quien nos puede hacer felices del todo y preferimos construir nuestra vida lejos de Dios. Pero al final qué ocurre. Al final pueden ocurrir dos cosas: que sigamos prefiriendo construir nuestra vida lejos de Dios o que entremos dentro de nosotros mismos, pensemos en nuestra vida, cómo nos va y empecemos a añorar y a recordar aquellos tiempos tan buenos en los que eramos realmente felices cuando estabamos en la onda de Dios. Es entonces cuando decidimos volver.

La parábola acaba con un gesto muy bonito. El hijo empieza a idear todo un discurso: Padre he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros. Se dirije a su Padre y cuándo éste lo ve de lejos se le echa al cuello y empieza a besarlo. Es entonces cuando el hijo empieza su discurso pero no le deja ni acabar. Cuando iba a decir que le tratase como a uno de sus jornaleros, el Padre, que representa a Dios, hace todo lo contrario, los viste con los mejores trajes y celebra una fiesta. Esta es sin duda una imagen muy bonita que muestra hasta qué punto ama Dios y hasta qué punto perdona. Esto se expresa muy bien en una historia que cuenta que en un pueblo había una mujer que decía que se le aparecía Dios y el cura, que no la creía, para ponerla a prueba le dijo que le preguntase a Dios que cuáles eran sus pecados. Al día siguiente vino la mujer pero le dijo que Dios no se acordaba de sus pecados.

Segunda meditación

Se ha dicho de esta parábola que constituye un pequeño evangelio dentro del Evangelio. Es exagerado porque no encierra en sí todas las riquezas de la doctrina cristiana.

En todo caso, a través de esta parábola nuestro Señor dirige una emotiva llamada a la conversión, a recomenzar con un nuevo ardor en nuestra vida cristiana.

Arrepentirse, convertirse, recomenzar: tres etapas necesarias y sucesivas en el itinerario de nuestra vida espiritual.

Veamos, para poder estimular nuestro arrepentimiento, lo que la parábola nos enseña, de la desgracia del pecado y de la miseria del pecador.

Hay que reconocer que, si esta parábola no tuviese un significado oculto –que vamos a intentar descubrir-, sería la más inverosímil de las historias.

Comienza diciendo “Un hombre tenía dos hijos” y podemos preguntarnos a cuál de los dos hijos nos gustaría parecernos: uno no había sabido entregar su alma; el otro no había sabido entregar su corazón. Ambos han entristecido a su padre; ambos se han mostrado duros con él; ambos han ignorado su bondad. Uno por su desobediencia y el otro “a pesar” de su obediencia.

¿A cuál nos gustaría parecernos? ¿Al dilapidador? ¿Al calculador?

No hay en la parábola un tercer hijo al que pudiéramos referirnos y, por lo tanto, nos vemos obligados a convenir en que somos el uno o el otro... o tal vez el uno “y” el otro.

Se nos muestran dos hijos muy singulares, pero también un padre singular, un padre al que no preocupa su propia dignidad... Un padre que no hace nada para oponerse al capricho insolente y estúpido de su hijo menor, sin reprocharle nada.

Y el final de la historia no es más edificante que el comienzo. Cuando el hijo mayor se niega a tomar parte en el banquete, es el padre quien tiene que molestarse en rogarle que entre.

¿Qué clase de casa es ésa, en la que son los hijos los que mandan? ¿Cuándo se decidirá de una vez ese padre a decir: “quiero”, “mando”?

Parece realmente que este padre es un padre que no ha sabido educar a sus hijos.

Pero...., no nos encontramos en una casa de la tierra. Ese padre  que pide en lugar de mandar, que da y no sabe decir no, que perdona en lugar de castigar...  Ese padre que no tiene igual aquí abajo: es nuestro Padre el Cielo. Ese Padre de quien San Juan nos ha dado a conocer el nombre: “Dios es amor”.

Es fácil reconocerlo en la parábola. Ese Dios que calla y desaparece, ese Dios que da y que perdona... nos ha puesto una sola ley: amarás.

El amor, es la única ley en la casa del Padre.

Pero el amor tiene por condición la libertad. No hay ser humano que pueda ser obligado a amar. La libertad es condición del amor. Dios, que nos ama y porque nos ama, y porque espera de nosotros amor y no quiere de nosotros más que amor; ha corrido el gran riesgo del amor; y para nosotros el gran riesgo de la libertad.

Tenemos –quizás por desgracia -, ese prodigioso y triste poder de negarle o regatearle a Dios nuestro amor. Es la historia de esos dos hijos de la parábola: la historia del pecado. Nuestra propia historia.

El hijo menor abandonó a su padre, no porque deseara llevar una vida disoluta, sino porque no quería seguir obedeciendo a su padre; quería ocupar el puesto de su padre.

Su pecado comenzó el día en que dejó de amar a su padre por encima de todo y más que a sí mismo. El pecado estuvo antes en su espíritu. Ahí es donde siempre hay que descubrir el pecado. El pecado es la rebelión del “yo” contra Dios.

Después del pecado del rebelde, del infiel;... viene el pecado discreto, insospechado, el pecado de la mayor parte de nosotros, el pecado del hijo mayor, pues él era exteriormente el modelo de obediencia.

Ese hijo no ha desobedecido nunca, justo al revés que el hijo menor. Se le podría citar como ejemplo; y seguramente que los vecinos lo hicieron cuando buscaban la manera de consolar al padre en su desgracia. Y no tendríamos más que elogios para él... si no fuera por aquel incidente imprevisto que iba a poner su corazón al desnudo.

Asimismo pasa con nosotros. Quizás nos toman por mejores que los demás. Nosotros mismos pensamos con naturalidad que, cuando se habla de pecadores, se trata de los demás. Y he aquí que se presenta la ocasión, inesperada, sorprendente, que nos convence de que también nosotros pertenecemos a la familia de los pecadores.

Los santos, sabían muy bien que eran pecadores y lo decían con frecuencia porque eran conscientes de que así es.

Sin embargo, para que los que nos cegamos con nuestros propios méritos, la Providencia se complace en suscitar inopinadamente la ocasión de desengañarnos, como le sucedió al hijo mayor.

Detrás de ese exterior suyo virtuoso, se muestran de repente los malos sentimientos. En un instante, ese modelo de obediencia va a revelarse como ambicioso, envidioso, avaro, malvado, duro.

Todos somos egoístas, todos somos pecadores. Habría motivos para desesperarse, si nuestro Señor no hubiera venido a llamar a los pecadores y no a los justos.

Por eso esta parábola, que en lugar de llamarse “El hijo pródigo”, debería llamarse la parábola del “Padre misericordioso”, nos deja una enseñanza y es que nuestro Padre, siempre nos espera, la vuelta a Dios es siempre posible, por disparatados que hayan sido nuestros caminos en el pasado.

Pidamos al Señor hoy, la gracia de una sincera conversión que nos haga capaces de volver a Dios, desde el lugar en que estemos hoy.

www.agustinos-es.org

 

El Evangelio de hoy es un completo manual para entender el camino de la conversión personal. La parábola nos ofrece todos y cada uno de los aspectos necesarios para emprender de nuevo el camino de regreso al Padre.

Este Evangelio lo aplicamos con mucha facilidad a las personas que evidentemente son alejados, personas que no les vemos en la Iglesia ni en nuestras reuniones, pero permítanme hermanas y hermanos, que la lectura que yo haga hoy de este texto sea para aplicarlo a nosotros, a los que estamos dentro del camino, a los que aparentemente estamos sin marcharnos de la casa del Padre, pero que sin embargo la conversión no se ha hecho del todo en nosotros. Puede ser que este Evangelio desde esta lectura nos duela más de lo acostumbrado, no en vano todos somos pecadores. Los que están lejos de Dios y nosotros, los que estando cerca, quizá no experimentamos (como el hermano mayor) la grandeza del Dios Padre que tenemos.

En mi tierra, en las Islas Canarias-España, no se dice "Dios Padre"; nosotros decimos "Padre Dios". Si el primer título es verdad, el segundo no lo es menos. Permítanme que use el segundo con el mismo respeto y veneración que tengo al primero.

Padre Dios es ambas cosas para todos, es un Padre común para los de cerca y los de lejos. Siempre está asomándose a los caminos de la vida para ver cuál de sus hijos regresa hoy. Muchas veces me he preguntado por qué el Padre no dejó su casa y fue a la búsqueda de su hijo para tratar de convencerle y volver con él. Pero me doy cuenta que el Padre respeta la libertad del hijo, sabe que el auténtico amor muchas veces es un camino de regreso. Regresar es volver a los orígenes, es ir a nuestro principio en la vida curtidos ya de arrepentimiento y con el convencimiento que la vida no nos ofrece nada mejor. Hoy el Padre ya ha mandado a su Hijo más querido a buscar al menor pero éste no le hizo caso... hoy tiene que regresar por el camino que el Hijo amado le dejó trazado. El trayecto de Jesús es de la Palabra a la cruz y de ahí a la resurrección; el de los pecadores es siempre a la inversa y la conversión es volver a poner el orden de Jesús.

Muchas personas se acercan a nosotros buscando al abrazo de Padre Dios. Nosotros los creyentes tendremos siempre un camino de vuelta constante al Padre. En algunas ocasiones nos apartamos bien por despiste o bien por cansancio, pero ser creyentes es hacer siempre de nuevo el camino de vuelta.

Quien no ha experimentado a Padre Dios hace siempre el camino de ida y se pasa largo tiempo sin preocuparse por la vuelta. Cada persona es distinta. Cada persona tiene un camino de ida y otro de vuelta que sólo él y Dios conoce. El hijo menor cuando vuelve no se había olvidado del camino que le llevaría a su Padre.

Los agentes de pastoral tenemos que tener mucho cuidado para no desviar a nadie del camino hacia Padre Dios. Puede que lo hagamos con la mejor intención del mundo, que ofrezcamos nuestra experiencia para que los demás vuelvan por el mismo camino, pero no es así: cada persona tiene que encontrar el sendero de donde hace años se despidió cargado de ilusiones y de aparentes riquezas, a la búsqueda de la felicidad. Los caminos de la vida son muchos pero el Camino sólo es Jesús.

Muchas veces me pregunto si mi forma de ser y mi traicionera condición humana puede alejar del camino a los demás, puede retrasar el encuentro de quien quiere ser encontrado.

El hijo pródigo es la persona que desperdicia y consume su hacienda en gastos inútiles, sin medida ni razón. ¡Cuántos bautizados derrochamos sin pena los senderos que llevan a Dios! Tenemos luces y pistas, señales más que suficientes en el camino: la Iglesia, la fe, la Palabra, los sacramentos... pero algunos siempre están como si algo les faltara, como si tuviesen que descubrir aspectos que Padre Dios les hubiese ocultado. Piensan que el camino de la Iglesia no es suficiente y se meten por otros senderos como son la superstición, las sectas, la filosofía... todos caminos pero ninguno es el Camino.

Hay muchos aspectos en el hijo mayor que nos tienen que hacer reflexionar y que tienen más de un parecido con muchos cristianos insatisfechos de hoy. ¿Se han fijado ustedes del gran nivel de queja que existe entre los católicos? Hemos entrado en lo que yo llamo "la pastoral de la queja..." No significa que tenemos que ser borregos acríticos con lo que vemos y oímos, pero tampoco debemos de ser tan simples en los análisis que hacemos. La casa del Padre puede estar salpicada por los defectos de sus hijos, pero lo importante es que es la casa de mi Padre y del tuyo... y estamos bajo el mismo techo escuchando la misma Palabra sólo que uno la escucha y el otro la interpreta a su manera...

El pecador derrocha lo bueno que posee. Lo bueno es lo que viene del Espíritu Santo. En la mayoría de las ocasiones las quejas no vienen del Espíritu de Dios.

Los cristianos en activo tenemos que tener cuidado de no ser engreídos, ni de tener una opinión muy alta de nuestra propia suficiencia. Somos lo que somos no por nuestros méritos sino por el amor del Padre que es paciente, que espera, que cree en nuestro retorno. ¿Tenemos nosotros estas actitudes para con los alejados que buscan acercarse de nuevo al Padre? ¿Somos acogedores con el hermano que llega roto y mal oliente de cuidar los cerdos del pecado? ¿Somos capaces de dar un abrazo fraterno al hermano que estaba lejos y a vuelto? Tenemos que aprender del Padre a esperar, sobre todo a esperar.

El estado del pecador es de miseria y soledad; el del creyente riqueza espiritual y compañía ¿Ofrecemos el calor del hogar a los que se acercan a nuestras comunidades o mas bien el orgullo indecente de nuestra aparente fidelidad a Dios? Hay cristianos que se creen con derecho a despreciar al nuevo que llega; es como si la adhesión del nuevo al Padre tuviese que ser también sumisión a él. Nada más lejos de la vivencia cristiana de la fe. Acoger al otro es tener un corazón grande y admirarse cariñosamente del que llega y del gran amor del Padre para con el que regresa.

Tenemos que lograr que esta magnífica parábola del "Hijo pródigo" y del "Padre Bueno" sea también la del "Hermano alegre"...

www.buzoncatolico.es

 

Dios Padre espera ansioso el regreso de sus hijos

Por más que alguien se empeñe, no le será posible encontrar, en la literatura universal de todos los tiempos, una página como el capítulo quince de Lucas. Sólo por ella se le hubiera concedido, sin discusión alguna, el Premio Nobel de Literatura. Son incontables las lágrimas que ha hecho derramar. Es el retrato más espléndido que pintor o fotógrafo alguno haya podido sacar del rostro de Dios. Y éste es el Evangelio que la Iglesia nos propone en este Domingo de Cuaresma. Lo narramos —¡ay, quién lo pudiera hacer como el mismo Jesús, que le debió dar un todo fascinante!—, lo narramos, y después a meditar...

Jesús empezaba a estar harto de los fariseos, cuya mayor acusación era ésta:

- ¡Mirad a ése! Siempre rodeado de publicanos, prostitutas, de gente perdida, de pecadores reconocidos... ¡Hasta se sienta a su mesa para comer con ellos!...

En vez de discursos, aptos para el olvido, Jesús prefirió, para contestarles de una vez, recurrir a la parábola. Y esta vez le salió más que bordada. Se la vamos a oír a Él mismo.

* Un padre, dueño de una gran finca, tenía dos hijos. Y el más joven, soñador alocado, se le presenta un día:

- Padre, dame la parte de la herencia que me toca, pues me quiero ir de casa.

- ¡Hijo mío! Pero, ¿qué dices?

- Lo que oyes papá, que me voy. Estoy aquí más que aburrido. He aguantado hasta ahora. Soy mayor de edad, y hago lo que me viene bien.

El padre, con el derecho en la mano, reconoce la triste verdad. El muchacho es mayor, y puede irse. Como hijo menor, le toca una tercera parte de la herencia, y al mayor le quedan las otras dos. Y como no se puede llevar las tierras en el bolsillo, hace cuentas el padre, y al cabo de días, arreglado todo según la ley, le entrega en efectivo todo lo que le corresponde. Con el corazón desgarrado le da el último ¡adiós!, y sigue con ojos llorosos la marcha de aquel hijo que se pierde por el camino... ¡Hacia dónde irá!...

El muchacho se lo ha pensado todo. Me voy a una ciudad lejana, lejana..., donde nadie me conozca. ¡Lo bien que la voy a pasar!... Y, sí; la pasó muy bien. Como había mucho dinero en la bolsa, pronto vinieron los amigotes. Las amigas, contentísimas con aquel galán tan generoso. Pero el muchacho, por lo visto, no sabía sumar ni multiplicar, sino sólo restar. Iba saliendo el dinero a puñados, y no entraba en compensación ni un centavo... Hasta que se quedó sin nada. Los amigos le dejan solo: ¡Si tú no sueltas, la fiesta no te la hacemos nosotros!... Y las amigas: Si no pagas..., ¡tú verás!...

Sólo, abandonado, degradado por el vicio, muerto de hambre, no tiene más remedio que ponerse al servicio de un granjero brutal, que le encomienda el cuidar la piara de cerdos.

Y, al pronunciar Jesús la palabra “cerdos”, al auditorio, sobre todo a los escrupulosos e hipócritas fariseos, se les debieron estremecer los oídos y rechinar los dientes, porque el cerdo era un animal inmundo, prohibido por la ley. Un judío ni lo podía tocar. Y ahora, el chico se ve en la última degradación, cuando para poder vivir tiene que cuidar a los aborrecidos animales...

El amo le ha dado una orden criminal:

- ¡Y cuidado con comerte las bellotas y algarrobas de los animales! Son para ellos, no para ti. Tú, a contentarte con el pan que se te da...

Hambriento, lleno de mugre, triste, avergonzado de sí mismo, empieza a reflexionar:

- ¡Ay! Cuántos criados en la casa de mi padre están hartos de rico pan, y yo aquí me muero de hambre... ¿Y si volviera a mi padre?... ¡Me mata, después de lo que he hecho!... Pero, ¿si volviera a mi padre, con lo bueno que es?... Si llegara a casa, y le dijera: ¡Padre, perdóname! No soy digno de llamarme hijo tuyo, porque he pecado contra el Cielo y contra ti. Recíbeme, y trátame como a uno de tus jornaleros...

Y, dicho y hecho, hacia el padre que se va.

El padre sale cada tarde a otear el horizonte: ¡Por allí se fue mi hijo! ¡Si volviera algún día!...

Y aquel día se le empezó a anublar la vista. El corazón le decía más que los ojos.

- Aquel pordiosero que viene por allá... Pero, si parece él. ¡Si es él!...

Se le echa al cuello, se lo come a besos, y no le deja hablar cuando el muchacho empieza su discurso.

- ¡Padre, no soy digno de llamarme hijo tuyo!...

- ¡Cállate!...

Y a los criados:

- Tú, corriendo, tráele un vestido nuevo... Tú, unas sandalias. Mira cómo las trae destrozadas...

- ¡Pero, padre!...

- ¡Calla!, te digo... Y tú vete corriendo, matad el toro más gordo que tenemos en los establos, preparad un gran banquete, llamad a los músicos y danzantes, y organizad una gran fiesta, porque hay que celebrar la vuelta de este mi hijo, que lo creía muerto y lo veo resucitado, se había perdido, y lo he vuelto a encontrar...

Bueno, aquí me quedo. Ya sé lo que me van a decir todos ustedes, una vez oída esta mi desgarbada narración, que dista tanto de aquella del mismo Jesús. Ustedes me dicen: ¡Esto, ya lo sabíamos! ¡Hubiéramos preferido algún comentario sobre la parábola!...

Y no me mantengo en mi idea. ¡No; no lo quiero hacer! Primero, porque no sabría hacerlo. Y segundo, porque tampoco lo quiero hacer. Pues nadie tiene derecho a profanar, con palabras propias, la página más bella dictada por nuestro querido Jesús... ¡Dejémosla como está!

Pedro Garcia cmf