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Mensaje doctrinal 1. Relaciones de Jesús. Ser y existir como hombre es estar y entrar en relación. Las relaciones humanas pueden ser sumamente variadas, pero al final se reducen a tres fundamentales: relación con Dios, con el hombre y con el mundo que lo rodea. A la liturgia interesan las dos primeras relaciones. La relación fundamental de Jesús es con su Padre. Es una relación filial de obediencia: "Yo vengo para hacer, oh Dios, Tu voluntad" (segunda lectura). Es la obediencia de un hijo que trata de agradar en todo a su padre. Esta obediencia filial llegará hasta el extremo del sacrificio. No se puede separar, en el misterio cristiano, la Navidad de la Pasión, la Navidad de la Pascua. Jesús mantiene su obediencia al Padre mediante su relación con la profecía, una relación de cumplimiento. El profeta Miqueas apostrofa a Belén, diciéndola que no será la ciudad más pequeña de Judá, porque en ella nacerá el dominador de Israel. Jesús, naciendo en Belén, lleva a cumplimiento la profecía, en actitud de obediencia a la historia salvífica trazada por el Padre. La relación de Jesús con María es una relación oculta, extraordinaria: La de quien alimenta su fe y se alimenta de su sangre. El Evangelio nos habla, finalmente, de una relación misteriosa de Jesús, en el seno de María, con Juan Bautista, en el seno de Isabel. En la presencia de Dios en la historia, mediante María santísima, llena de gozo al último de los profetas de Israel y representante último y cualificado del Antiguo Testamento, Juan Bautista. Es el gozo mesiánico, que preanuncia la hora de la salvación. La obediencia filial de Jesús, que asume la condición del tiempo y de la historia, fructifica en la alegría redentora que aporta a los hombres. 2. Relación de María. Hay dos relaciones de María, que no aparecen en los textos litúrgicos, pero que están implícitas: la relación con el Espíritu Santo y con el Verbo encarnado en su seno. Sin estas dos relaciones no se explica el episodio de la visita de María a su prima Isabel. La relación íntima y personal del Espíritu Santo con María ha hecho posible que el Verbo de Dios asuma carne y se vaya formando hombre en su seno materno. La relación de María con el Verbo de Dios es extremamente misteriosa y delicada: Misteriosa porque la fecundación de su seno es obra de Dios mismo; delicada, porque está dando a Dios su carne y su sangre, pero sobre todo su amor, su dedicación, su entrega total. La relación de María con Isabel es de servicio. Viene a ayudarla en los últimos meses de embarazo. Viene movida por los lazos naturales, pero sobre todo por el Espíritu de Dios y por el Verbo que siente presente en su seno: un movimiento natural y pneumático, al mismo tiempo. En el canto del Magnificat, María eleva su voz a Dios para alabarle y agradecerle con gozo el misterio que encierra en su seno, a pesar de su pequeñez y de su humildad. ¿Cómo no alabar a quien se ha dignado acudir a ella para llevar a cumplimiento su designio de salvación, y la aspiración más sublime e intensa de los hombres? Por último, en María se lleva a cabo también la profecía de Miqueas: Ella es aquélla que "dará a luz cuando deba dar a luz" al Mesías. La relación de maternidad, a través de la cual se expresa toda la feminidad de María en relación con Jesús. Sugerencias pastorales 1. Saber relacionarse. En la conversación humana es frecuente escuchar: "Hay que saber relacionarse". Con ello se quiere decir que es bueno tener muchas relaciones, y sobre todo relaciones con gente influyente. La razón es evidente: así se tiene la posibilidad de que se abran muchas puertas en los diversos ámbitos de la vida humana: político, financiero, social, profesional, educativo, religioso...Yo quiero invitar a mis hermanos en la fe y en el sacerdocio a saber relacionarse con personas de extraordinaria influencia: con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; con María santísima, nuestra madre y nuestra reina; con los santos, nuestros hermanos y protectores desde el cielo. Estas relaciones no te dan acceso, claro está, a excelente puesto de trabajo, ni a un negocio redondo. Estas relaciones, más bien ejercen su influjo en tu interior, transformándolo; en tu visión de las cosas y de la vida, haciendo que sea según Dios; en tu relación con los hombres y con las cosas, de forma que esté siempre inspirada por el amor y por el servicio; en tu relación con tu propia historia, convirtiéndola, tal vez, de una historia sin sentido a un sentido con historia. ¡Cuántos bienes nos pueden venir -y podemos obtener para los demás-, si sabemos relacionarnos con Dios, con la Virgen, con los santos! En el campo de la historia es importante saber relacionarse, ¿no lo va a ser igualmente en el campo del espíritu? Bienaventurados los que saben relacionarse, porque serán como un árbol frondoso que dé frutos en sazón: frutos de bien, de felicidad, de salvación. 2. Relacionarse por el Reino. Los cristianos vivimos en el mundo, en el reino de la historia, aunque pertenecemos al Reino de Dios. Y en el reino de la historia no poco cuentan las relaciones humanas. No tenemos por qué despreciarlas. Tampoco hemos de abusar de ellas, poniéndolas al servicio de nuestros intereses egoístas. Hemos de servirnos de ellas para la edificación del Reino de Dios. Hemos de relacionarnos con quienes tienen poder, para que nos ayuden en favor de quienes no sólo no tienen poder, pero ni siquiera alimento, casa, vestido, derechos. Hemos de relacionarnos con los necesitados, para que tomen conciencia de que el Reino de Dios les pertenece y les invita a poner todos los medios para hacer más humana su existencia, más digna, más libre, más feliz. Hay que relacionarse con las fuerzas vivas y poderosas de un pueblo, de una ciudad, de un estado, de un país, para convencerlas, si no lo están todavía, de que son hijos del Reino de Dios en la medida en que utilizan sus fuerzas y su poder en beneficio de los más necesitados. Y una vez convencidos, que pongan manos a la obra. Si todos los cristianos utilizáramos nuestras relaciones para ponerlas al servicio del Reino, seguramente que el mundo caminaría por derroteros más humanos, y más marcados por nuestra fe en Jesucristo. Jesucristo entró en contacto con la historia para instaurar el Reino de su Padre. Después de más de 2000 años, ¿qué hacemos nosotros los cristianos? www.es.catholic.net |
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La liturgia de este domingo nos quiere preparar a recibir con alegría cristiana al que nacerá en Belén. Esa ciudad pequeña entre las aldeas de Judá, como nos recuerda hoy el profeta. Pero elegida por Dios para el nacimiento entre nosotros de su propio Hijo, hecho carne. Nadie mejor que la Virgen Madre nos puede enseñar a cómo alegrarnos del nacimiento del Señor. Es ella la que nos puede transmitir su propia alegría ante la llegada inminente de Jesús. Lo escuchamos hoy en el Evangelio. Cuando María llega a casa de Isabel, todo es una explosión de alegría: la alegría de verse las dos hechas madres por obra de Dios; la alegría de encontrarse los dos hijos que van a nacer; la alegría, sobre todo, por la salvación en ciernes que Dios va, por fin, a realizar... "¡Dichosa tú, que has creído!" -le grita Isabel-, "porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Sí, María se alegra porque se cumplen los planes de Dios, cambiando la suerte de los que la habían perdido y poniendo en evidencia la falsedad del disfrute de los satisfechos... aquellos que parecen los felices y contentos y que siempre nos quieren hacer creer que la alegría viene de la mano del dinero, de la fama, del poder o del placer. Es gozarse en un amor de Dios volcado en los sencillos, aquellos de los que siempre se abusa, aquellos que no creían tener futuro, porque no cuentan para el mundo... aquellos que nunca alcanzan sus mejores ideales porque son aplastados por los más "listos" y "avispados" que logran subir a costa de pisar a otros... Es la alegría de comprobar un amor que desborda todo cálculo y que desconcierta toda la lógica basada en la ley del más fuerte... Es la alegría de toparse con la misericordia de Dios para con los que eran continuamente excluidos por aquellos que se sentían los únicos justos, con derecho a la salvación... Era la alegría de un Dios que se acerca tanto, tantísimo a todos y a cada hombre, que se identifica con el que no cuenta, el último en quien menos se podía pensar... ¡Hasta hacerse como él! Es así, hermanos, como María nos dice hoy dónde está el secreto de la alegría, el camino de la auténtica felicidad. No la que nos ofrecen esos rostros sonrientes pero que enmascaran insatisfacción y vacío interior. Esos hombres y mujeres que consideramos felices en las revistas de sociedad, o en la prensa del corazón, o en las entrevistas de la tele, pero que no es verdad, sino sólo fachada o propaganda en la que montan el rollo del que viven... A la corta o a la larga nos enteramos que aquello mismo de lo que alardeaban, con rostro henchido y satisfecho para envidia de muchos, se vuelve a romper o termina por aburrirles. Y comienzan otra aventura, otro camino, otra ilusión... para volverse a quebrar después. María nos grita hoy dónde está el secreto escondido de esa alegría pura y auténtica, que nada ni nadie nos puede quitar, que nunca nos puede cansar; esa aventura y esa libertad para la que está hecho cada hombre y cada mujer; esa que ni nos esclaviza a lo que no nos puede saciar, ni esclaviza a otros al tratar de conquistarla; esa que está al alcance de cada uno y tan cerca de cada corazón. Y es que, en el fondo, el amor es la fuente del gozo y el motivo que da sentido a la libertad. Pero es ese amor fiel de Dios que no falla, que es seguro, que es inmenso, el único que no nos puede defraudar, sino más bien llenar... Sólo tiene un inconveniente: está oculto, no es superficial... se halla en lo profundo de cada uno y enterrado en lo pequeño que nos roza cada día. Y, por eso, no suele contar y pasa desapercibido para los ojos engreídos de mirar arrogante; y, por eso, no puede ser experimentado por los corazones egoístas y raquíticos, faltos de grandeza y generosidad, que se conforman con la satisfacción fugaz de los sentidos y el disfrute de las apetencias del momento. Pero que está claro, muy claro y contundente para los que saben mirar como Isabel, como María, apreciando el amor inmenso del Señor que se hace presente, tan de verdad, en ellas mismas: ¡dichosa tú, que has creído y has consentido con tu "sí"! Porque lo que te ha dicho el Señor, seguro, seguro, con toda seguridad, se cumplirá. No es una alegría exclusiva y suya nada más. Es la alegría de saber que Dios viene para todos... viene para salvar no a unos pocos privilegiados, sino a colmar de sus bienes, hasta saciar, a todos los hambrientos de verdad, de justicia y de bondad. Radio vaticano |
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2.- Intervención humilde e indicadora. El verdadero creyente es humilde porque sabe medir la distancia existente entre él y Quien le propone su amistad. María es un modelo inigualado. Atrae por su humildad y pobreza de corazón. La gente más necesitada y afligida se siente cómoda con ella; busca su amparo, reclama dulce e insistentemente su atención. Sin palabras vuelve, una y otra vez, a señalar a su Hijo divino como el único Salvador, a Quien hay que obedecer para resolver lãs crisis humanamente insuperables que pesan sobre las personas y sus comunidades. No es mágica su intervención, es discreta y humildemente indicadora. Considerarla Madre sin comportarse como hijo, aunque pródigo, es tan absurdo como negar la realidad. La acción evangelizadora copia el gesto mariano de indicar a Cristo como Salvador. Estamos en plena misión eucarística. La meta es el Congreso Eucarístico Nacional y, desde ya, su intensa preparación. El Papa Juan Pablo II llama a María: “Mujer eucarística”: “Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer “eucarística” con toda su vida”.[3] 3.- Ser eucarísticos como María. Nos resta aprender de ella y hacer del próximo Congreso la ocasión de adoptar sus actitudes interiores para ser también “eucarísticos”. Cristo quiere incorporar a todos sus hermanos a su Eucaristía. Es su “acción de gracias” al Padre por el don que Él mismo constituye. La Eucaristía envuelve el proceso de salvación de los hombres. Es la base y la cumbre, el alfa y la omega de la vida humana que, por lo mismo, es esencialmente cristiana aunque Cristo no sea todavía conocido por todos. Ser eucarísticos es ser cristianos de veras. Compartir el Don de Dios, o sea Cristo, identificándose de tal manera con Él que haga de los comulgantes expresiones fraternas del mismo Don. El “Denles ustedes de comer” equivale a: “sírvanlos de mi parte, háganse conmigo Pan y sostén de quienes quieran seguir peregrinando con ustedes”. Todo gesto fraterno es expresión eucarística y encuentra en el Sacramento de la Cena del Señor su sentido y alimento sustancial. Cuando la celebramos, y la ofrecemos a la devoción del pueblo, concretamos el cumplimiento de la fraternidad y de la justicia verdadera que producen definitivamente la paz social. El entusiasmo por celebrar el Congreso Eucarístico Nacional tiene su origen en la seguridad de que sólo Dios puede restablecer con eficacia la armonía social, hoy extremadamente debilitada. 4.- Jesús acerca a los dispersos y lejanos. Es el aporte de la Iglesia al reclamo angustioso de una sociedad contradictoria. Mientras la fe no prenda en los corazones, más que en el intelecto, será una oferta ininteligible. Muchos, de diversas edades y condiciones sociales, han logrado entender cuando se produjo la aparición misteriosa de la fe en sus vidas. Algunos provenían de situaciones espirituales muy lejanas, identificados con la desesperación y el desengaño a que su sociedad había descendido. Jesucristo acerca a los dispersos y lejanos, les ofrece la posibilidad de rehacer el diálogo y, con él, lãs condiciones ideales para volver a ser pueblo e intentar un destino común. Por ello la Iglesia lo presenta con amor y orienta uma relación personal con Él para que toda otra relación humana sea íntimamente saneada. Se producen resistencias, hábilmente argumentadas, que se mezclan con la intriga y la maledicencia. Es preciso no distraer la marcha e insistir en la necesaria presentación de Jesús a todo el mundo, incluso a quienes explícitamente lo niegan. El sendero eficaz no es la polémica, ni la habilidad de una respuesta que deje sin palabras al adversario; es el testimonio de la santidad. 5.- El rostro verdadero de Dios. A través de él se manifiesta el núcleo indeformable de la Verdad llamado kerigma o el contenido sustancial de la Buena Nueva.[4] De inmediato se produce el contacto personal en el que Cristo ofrece amigablemente su Espíritu. Es el “rostro visible del Dios invisible” y, por lo mismo, la mejor noticia sobre Dios. La ola agnóstica que invade las expresiones más importantes de la sociedad constituye una reacción comprensible contra deformaciones de la imagen de Dios. Quienes creemos hemos ofrecido, quizás, un Dios que dista mucho del ofrecido por Jesús tanto en su enseñanza: la parábola del hijo pródigo; como en sus gestos: el perdón a la Magdalena, a la Samaritana y a la mujer adúltera. ¡El rostro de Dios en el de Cristo! Imaginemos la bondad, en el rostro del Maestro bueno; la belleza y la ternura de su misericordia. Quizás nos aproximemos a dibujar el rostro de Cristo sin artilugios ni exageraciones teatrales. El Dios que nos enseña Jesús nos ama de verdad, sin egoísmos ni cobardías. Es un Dios Padre que nos conquista con su presencia revelada, que espera con paciencia, que responde en “un abrir y cerrar de ojos” al llamado más débil e indeciso de sus pobres hijos. Los santos se enamoran de Él y lo testimonian admirablemente. mons. Domingo Salvador Castagna [1] Lucas 1, 45. [2] Padre Carlos de Foucauld [3] “La Iglesia nace de la Eucaristía” Nº 53 [4] Diccionario de la Real Academia Española |
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"En el mundo antiguo, la madre de un soberano tuvo una influencia que una madre en situación semejante no tendría hoy. Una vez alguien preguntó porque nosotros los católicos ponemos tanta énfasis en María. "Al final de las cuentas," la persona dijo, "ella es solamente la madre de Jesús." Pues, esta objeción puede parecer chistoso. Ser madre de Jesús, que es Dios y Salvador del mundo, es algo bien especial, No te parece? A pesar de no ser acertada, la objeción indica una problema que tenemos hoy en entender quien es María. Para nosotros el papel de una madre es mucho menos que en tiempos anteriores. En el mundo antiguo - el mundo en que la Biblia fue escrita - una madre tenía un papel significante no solamente cuando los niños eran pequeños, sino también cuando eran adultos. Hoy, cuando un niño llega a la madurez, ella no quiere entrometerse en las vidas de sus hijos adultos. El lazo de afecto sigue, pero la mamá no se pondría en sus asuntos. El papel reducido es particularmente claro en el caso de un hijo que tiene un puesto público. Un libro sobre la presidencia de George W. Bush muestra el papel limitado de una madre hoy. Según el libro, Barbara Bush estaba bien preocupado que su hijo (el presidente) se involucraría en una guerra con Irak. A pesar de visitar la Casa Blanca y dar un discurso durante un evento social, no le dijo nada directo a su hijo sobre Irak. Pues, para nosotros hoy, esto parece normal. El hecho ser madre del presidente, no da a Barbara Bush un derecho de entrometerse en asuntos nacionales. Pero no era así en los tiempos antiguos. Una madre, especialmente, la madre de un soberano, tenía un papel significativo. Podemos verlo en el libro de los Reyes. Cuando David era rey, su esposa Betsabé se quedó al fondo. Pero, cuando murió David y su hijo Salomón asumió el trono, las cosas cambiaron. Cuando David era rey, Betsabé "se inclino ante el rey hasta tocar el suelo con su frente." (1 Reyes 1,16) Sin embargo, cuando su hijo Salomón llegó a ser rey, el se inclinó ante su madre. (2,19) Era la Reina Madre. Como madre del señor y dueño de Israel, tenía un papel poderoso. En el evangelio de hoy, Isabel dice "¿Quien soy yo, para que la madre me Señor venga a verme?" Ese titulo "Madre de mi Señor " tiene un trasfondo rico en el Antiguo Testamento. Significa un papel de gran influencia. María es madre de nuestro Señor, el dueño del cielo y la tierra. Pues, María no es "solamente la madre de Jesús." Ella es hija de Israel e hija de Dios Padre. Es esposa de San José y del Espíritu Santo. Pero, aun si fuera solamente la madre de Jesús, eso sería mas de suficiente para querer su intercesión. Como San Isabel podemos, con cariño, llamarle madre de nuestro Señor. Y confiadamente pedimos su intercesión. Mientras celebramos este último domingo de Adviento, con la celebración del nacimiento de Cristo tan cerca, pedimos a la madre de Jesús que rece por nosotros. Padre Felipe Bloom |
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Lo normal es ir andando. Si llegamos tarde al trabajo y nos pueden llamar la atención, aceleramos; pero hay pocas cosas que nos puedan hacer correr. Corría la gente que le había tocado la lotería el día 22 de diciembre, para comunicarlo al resto de la familia, a los amigos y vecinos. Sales corriendo también cuando un familiar cercano y muy querido sufre un accidente grave. Los jóvenes corren muy aprisa y hacen kilómetros para presenciar y coger el mejor sitio en un concierto del cantante favorito o en el partido de fútbol importante. Para ir aprisa, para correr necesitamos una motivación que sea muy fuerte. La Virgen María tenía esa motivación: iba a servir, a ayudar, a echar una mano. En el Evangelio de hoy encontramos a María que sale corriendo y cuesta arriba (a la montaña) porque le ha comunicado el Ángel que su prima Isabel va a dar a luz; y como Isabel es muy mayor, ella deduce que le puede echar una mano; y allá se lanza, sin miedo a lo incómodo del viaje, sin pensar en ella misma ni en su propio embarazo. Que la ayuda al prójimo nos haga correr es motivo de bendición. Los listillos corren para pegar el ‘pelotazo’ económico; los ‘trepas’ corren para ganar puestos en el escalafón o en la estima de su jefe o superior, que, a largo o corto plazo se traduce en mejores puestos o en retribuciones mayores. Si tenemos la desgracia de pertenecer a estos grupos, si vemos a cualquier persona que nos pueda necesitar y no nos puede ofertar riqueza, halagos, poder, puestos mejores, satisfacciones personales, etc., haremos la vista gorda, y, en lugar de correr, ralentizaremos el paso o daremos un rodeo para evitarlo. La Virgen, en el Evangelio de hoy nos anima a que se haga el milagro en nosotros: que cualquier necesitado de verdad nos haga correr en su ayuda, como Cristo se apresura siempre en nuestra ayuda. Gracias a Dios convivimos con personas que nos dan ejemplo de entrega y se brindan para correr y hacer el bien. He visto estos días en nuestra parroquia a los preadolescentes y jóvenes correr para vaciar carros y bajar rápidamente las bolsas de comida para después ordenarlas en cajas, entregarlas y que sirvan de ayuda a mucha gente necesitada. Todos conocemos en nuestros ambientes verdaderos testigos del Evangelio que son capaces de correr, volar y hacer lo aparentemente imposible por ayudar a los demás. Quien ama de verdad a Dios corre aprisa cuando alguien le necesita. A María nadie le dijo que fuera ni se le reclamó en ningún sitio; pero ella sabía que debía estar allí, ayudando. Es curioso pero siempre que olemos beneficios o ganancias materiales corremos y no preguntamos si está bien o está mal…, si debo o no debo ir…, si es oportuno o no lo es… ; simplemente voy lo más rápido que puedo y ¡ya!, aunque algunas veces se roce el ridículo y la indiscreción. Sin embargo cuando se trata de ayudar: miramos si es el momento, el día, si nos recibirá, si le sentará mal… Total que terminamos sin prestar nuestra ayuda pero con una gran profusión de justificaciones. En la Palabra de Dios de hoy vemos que hasta la ‘criatura’ de Isabel saltó en su vientre: ya estaba Juan Bautista preparándose para ayudar desde el seno de su madre. María recibe la profecía y el reconocimiento de Dios por medio de Isabel: “¡Bendita tú, bendito el fruto de tu vientre! … Dichosa tú porque has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. El evangelio de esta noche y el de mañana nos lo dirá de distintas maneras: pastores que acogen desinteresadamente y otros que le negaron sitio en la posada, vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a los que lo recibieron los llenó de gracia y de verdad. padre César Tomás Tomás |
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diálogos sobre el evangelio del domingo El Evangelio del domingo de hoy nos presenta a la Virgen, que sale de viaje. ¿Adónde va? ¿A hacer turismo? ¿A distraerse? ¿O a hacer un gran favor? Escuchémoslo. Lectura del santo evangelio según San Lucas (Lc 1, 39-45) Narrador/a – En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: Isabel – ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Pregunta 1 – Dice el evangelio que María salió de prisa para la casa de su parienta Isabel. ¿Por qué tanta prisa? El ángel le había dicho: “Vas a quedar encinta: tendrás un hijo. Y esto ocurrirá conservando tu virginidad. Pues para Dios todo es posible. Mira tu prima Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril.” María le creyó al ángel, y salió de prisa para compartir su alegría con Isabel, y ayudarle en las faenas de casa: traer agua de la fuente, cuidar el corral de gallinas y conejos, preparar la comida, etc. Este viaje no sería un paseo. Isabel vivía en Ain Karem, una aldea situada en las montañas de Judea, a unos 7 kilómetros y medio al oeste de Jerusalén. Duraría varios días de camino ininterrumpido a través de las montañas, sin excluir los peligros, los imprevistos y las diversas dificultades de un viaje. Pregunta 2 – ¿Cómo la recibe Isabel? La alegría de Isabel es desbordante. Dice a María: “¡Bendita tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre. ¡Bendita tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!”. Isabel, llena del Espíritu Santo, fue la primera en llamar a María „bendita‟, "madre de mi Señor". Fue la primera en conmoverse ante la presencia de Jesús, que traía María. Pregunta 3 – ¿Cuántas veces la llama ‘Bendita’? Isabel llama a María „Bendita‟ tres veces: - La primera fue: "Bendita entre todas las mujeres". Dios la eligió entre los pobres para ser la madre de su Hijo. - La segunda: "Bendito es el fruto de tu vientre". A partir de ahora, una historia nueva se va a escribir, empieza el Nuevo Testamento, empieza el tiempo de Jesús, fruto que madura en las entrañas de María y se nos da como bendición a todos nosotros. - La tercera: "Bendita tú por haber creído". María es bendita no por su papel biológico sino por su fe, por ser discípula, por haberse puesto incondicionalmente en las manos de Dios, por su disponibilidad, considerándose „esclava‟ del Señor. María e Isabel, dos mujeres bendecidas por Dios, son para nosotros verdaderos modelos de la espiritualidad de la espera y de la confianza en Dios. Pregunta 4 – Navidad es el tiempo de los regalos. ¿Qué piensas de ellos? Te cuento esta historia: “Anita tenía un papá tecnócrata, que hacía mucho dinero, pero tenía poco tiempo para su familia. Cada noche Anita le pedía a su papá que le leyera un cuento, antes de irse a dormir. Así lo hizo por algún tiempo, hasta que encontró una „solución‟ para no tener que leer los cuentos: compró un grabador y un locutor le grabó algunos de los cuentos favoritos de Anita. Y así cada vez que Anita le pedía un cuento, apretaba el botón, y a escuchar. A Anita le pareció bien esto por unos días. Pero de golpe rehusó escuchar tales cuentos grabados. - ¿Por qué?, preguntó su papá. Y Anita respondió: - Porque no me puedo sentar en las rodillas del grabador. El papá de Anita le regaló un grabador, pero no se dio a sí mismo, su presencia, su tiempo, su disponibilidad.” Pregunta 5 – Entonces, ¿qué conviene regalar? El Padre Eterno comienza regalándonos a su único Hijo, para que creyendo en Él, tengamos vida eterna. (Juan 3,16). En este evangelio María visita a Isabel. ¿Qué regalo le trae? No lo sabemos. Pero le llevó, la alegría y el gozo del Espíritu. Ciertamente sabemos que las dos, María e Isabel, cantaron la grandeza de Dios que estaba actuando en sus vidas. Su regalo principal era ella misma, su presencia, su inspiración. Y éste es el mejor y el más costoso regalo: sacar tiempo para estar con alguien. Muchos quisieran este regalo, pero no lo reciben en Navidad. Los Magos trajeron también sus regalos más bien simbólicos al Niño Jesús. Pregunta 6 –¿Qué necesita más hoy la gente? La gente tiene incertidumbre, miedo. Hay una desconfianza que pulula hoy por todas partes. La gente necesita ánimo, coraje, entusiasmo, ilusión, inspiración, seguridad. Todos necesitamos paz interior y la alegría que viene del Espíritu Santo. Cuando visitemos a gente en Navidad, llevémosle inspiración a sus vidas, procuremos llevarlos más cerca de Dios, compartamos el Espíritu de la Consolación, del entusiasmo, de la paz y de la alegría, como María lo hizo. Pregunta 6 – ¿Cuáles son los criterios para hacer regalos de Navidad? Está bien regalar. Pero, ¡cuidado con los regalos! He aquí algunas reflexiones: - Sus hijos no necesitan un nuevo juguete, le necesitan a usted. - Su esposa no necesita el último perfume, le necesita a usted. - Sus padres ya mayores no necesitan más cosas; necesitan que usted les caliente sus manos con su calor. - Dar cosas es fácil (cuando hay dinero), darse uno mismo es lo difícil. ¿Qué le vamos a regalar a Jesús? ¿Le daremos un poco de nuestro amor, de nuestro tiempo, de nuestra vida a las personas, donde está Él? ¿Le haremos una visita al Nacimiento? ¿Le adoraremos como nuestro rey y Señor? ¿Nos decidiremos a amarlo y servirlo en nuestros hermanos, sobre todo en los pobres? Ojalá nuestras visitas, en este tiempo de visitas y de compartir, sean como la de María a Isabel, visitas en las que el Espíritu hace saltar de gozo, de amor y de paz. Despedida Les invitamos a la misa, a la Eucaristía, sacramento del amor. Allí veremos el Nacimiento, pero sin el Niño aún, pero que lo espera ya con las luces encendidas, y con cantidad de figuras sonrientes. Nosotros también lo esperamos, y nos llenará de vida, de optimismo, de amor. El Padre Eterno nos regala a su Hijo, el mensajero del amor, y la Virgen nos lo presentará. José Martínez de Toda, S.J. |
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La “llena de Gracia” se pone en camino para visitar a su prima Isabel y esta reconoce en ella la mano de Dios. Aceptar la voluntad de Dios, como María, no es fácil sin ayuda de la Gracia. La RAE define gracia en una de sus acepciones como el “favor sobrenatural que Dios concede al hombre para ponerlo en camino de la salvación”; y añade el catecismo que uno de sus efectos es que “hace posible que Dios habite en nuestra alma”. Tanto María como Isabel son receptoras de la Gracia de Dios. A nosotros todo esto nos suena tan teológico, teórico y poco cercano, arcaico y desfasado, que somos incapaces de reconocerlo habitualmente en nuestra vida. Más aún, interpretamos la “Gracia de estado” -definida como la fuerza necesaria para cumplir con las responsabilidades propias según el estado de vida de cada quien o su vocación. Son influjos, en la inteligencia o en la voluntad, por los cuales el hombre percibe lo que debe de hacer o dejar de hacer y se siente atraído para conseguirlo, recibiendo las fuerzas para lograrlo- como una ayuda de la providencia divina que nos da fuerza para asumir y sobrellevar una situación concreta. Pero, ¿sabemos vivirla como camino de salvación?, ¿cómo salvadora? La gracia es saber descubrir y vivir la fuerza y la situación como ocasión salvadora, igual que María e Isabel. Hace ya una semana mi madre, de 73 años, se cayó en las escaleras del patio de su casa y se rompió el tobillo. La ingresaron en el servicio de Traumatología del HCU y allí está, esperando la intervención quirúrgica. Como ya supondréis toda la familia nos movilizamos de inmediato y, tras el susto inicial, nos organizamos para acompañarla a ella y no dejar desasistido a mi padre, de 75 años, que, aún autónomo, tiene una movilidad ya limitada por el estado de su espalda y por la edad. Al principio creí que se me caería el mundo encima por el descoloque de vida que estas cosas suponen y que mi madre se angustiaría por lo que de distorsión ocasionaba su percance a nuestras vidas. Mi sorpresa ha sido la alegría, confianza y paciencia que ella no para de transmitirnos y la alegría, paciencia, cariño y entrega que soy capaz de vivir gracias a ella. No es una situación deseada pero me concede el don de priorizar mi ajetreada y cotidiana vida y de reencontrarme en el amor que ambas sentimos. Ella no está acostumbrada a recibir sino a dar, y para ella está siendo un aprendizaje el aceptar con alegría el amor, cariño y cuidados que esta situación ha hecho resurgir en nosotros. Y cómo, ante la demora y la espera de su intervención, nos da lecciones de paciencia, aceptación, alegría, confianza y esperanza. Creedme, sólo puedo vivirlo como Gracia, como ocasión salvadora para ambas de reencontrar el amor de madre e hija que tantas veces la vida pone en segundo plano. CONCHA MORATA
DIOS HABLA MIQUEAS 5,1 - 4ª Así dice el Señor: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz». HEBREOS 10,5 - 10 Hermanos: Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”». Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad». Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación de cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre. LUCAS 1,39 - 45 En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá»
EXEGESIS - PRIMERA LECTURA Si se quieren leer estos versos sin más, conformándose con saber que se habla de Belén y se dicen cosas un tanto ininteligibles, pero bonitas, del Mesías... y que de esto debieron hablar los entendidos a quienes consultó Herodes en la escena evangélica de los magos... habrá quien ahorre tiempo. Porque los capítulos 4-5 de Miqueas son duros de pelar. Para percatarse del contexto del que se ha extraído el texto conviene fijarse antes en el capítulo 2 de Isaías, donde se reproducen casi al pie de la letra buena parte de los versos que el editor de Miqueas agrupó en este punto del librito; y también el capítulo 28 de Jeremías, una escena en la que el de Anatot se enfrenta a otro profeta, Ananías, en torno al simbolismo de un yugo. Leyendo Is 2 cabe suponer que Miqueas copia a Isaías o Isaías a Miqueas, o ambos a un autor anónimo previo. Lo que resulta claro es que Miqueas, modesto aldeano de Moréset-Gat, coincidó con el gran Isaías de la corte jerosolimitana y al parecer recibió su influjo literario. Jr 28, por su parte, puede ayudarnos a entender la sucesión de oráculos de Miqueas 4-5. Si suprimiéramos de ese capítulo 28 la voz del narrador y nos quedáramos sólo con las intervenciones de ambos profetas, Ananías y Jeremías, tendríamos algo parecido. Dicho de otro modo: Miq 4-5 ofrece una disputa profética entre Miqueas y lo que dicen otros profetas. Algunas biblias nos dan indicaciones (conjeturas) sobre cuándo habla uno y cuándo los otros. Los profetas cómplices y lisonjeros de la casa real predicen una restauración inmediata, cargados de un optimismo bélico e ilusorio. Miqueas mira más adelante, a un futuro un tanto incierto. Aquéllos hablan de Sión, esa cima-ombligo del mundo en que se fue convirtiendo Jerusalén. Éste, de Belén, la humilde aldea (que Mateo 2,6 engrandecerá añadiendo un sutil “no eres ni mucho menos la más pequeña...”) de la que surgió el pastorcillo David. Ellos del poder de las fuerzas armadas, él de la fuerza que da la confianza en el poder Dios; un Dios que entabla juicio con su pueblo (“Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿en qué te he ofendido? Respóndeme: 6,3), que indica el camino para aplacar su enojo (“que defiendas el derecho y ames la lealtad y que seas humilde con tu Dios: 6,8), un Dios, en suma, que “ama la misericordia” (7,18). El nuevo David, el ungido capaz de sacarnos de la crisis, será, contra el pronóstico de los catedráticos, un aldeano de raíces insignificantes, que guiará al pueblo con el cayado (7,14), no con el cetro, el efod o la espada. JEREMÍAS LERA BARRIENTOS
SEGUNDA LECTURA El texto se encuadra en la parte central de Hebreos (7,1 - 10,18) que trata, como es sabido de Cristo mediador. Es una presentación un tanto antropomórfica e imaginativa con los elementos de “entrar en el mundo” o el “diálogo entre Padre e Hijo, pero lo esencial es el contenido en lo tocante a la actitud y obra de Cristo, expresada de ese modo. Toma como punto de referencia la liturgia del templo de Jerusalén, pero eso no debe desorientar haciéndonos pensar en una mediación sacerdotal en el sentido cúltico, que es lo más lejano de la concepción de Hebreos, pese a la terminología de “oblación”, holocaustos, etc.. Precisamente se trata de acentuar la diferente y mejor condición de la obra de Cristo. Por tanto se puede prescindir las referencia al culto. Ello se aplica especialmente al tema del sacrificio.. Pero cuando se ve en qué consiste el “sacrificio de Cristo” se niega toda acción cultual ( en una línea que prolonga la visión profética sobre el culto) para poner todo el acento en la actitud personal de Cristo, realizada supremamente en su muerte, no como expiación en el sentido más corriente, para aplacar a un Dios “ofendido”, sino como consecuencia aceptada de su vida y actuación a favor de los seres humanos, que es lo que consistía realmente la voluntad del Padre. El hijo cumple los designios de salvación que el Padre tiene haciéndose hombre perfecto, asumiendo todos los rasgos humanos no incompatibles con su propio se. La voluntad del Padre es que los seres humanos se salven por medio de su Hijo hecho hombre y participando en la situación real de la humanidad y de sus miembros más desfavorecidos, como aparece en el cruz. Estamos muy lejos de todo lo ritual, sacro y litúrgico en el sentido ordinario y cerca de lo existencia e histórico. Es un texto que nos obliga a revisar nuestros conceptos más corrientes, comenzando por el de “sacrificio” que, en nuestro tiempo y cultural, debería olvidar durante varios siglos, inclusive en lo tocante a la Eucaristía. FEDERICO PASTOR
EVANGELIO 1. Aclaración a la traducción La traducción litúrgica dice así en el versículo 45 "Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá." La dinámica del texto y la propia sintaxis hacen posible la siguiente traducción: Dichosa tú que has creído que tendría cumplimiento lo que te había dicho el Señor. 2. Texto Viene inmediatamente precedido por estas palabras de María: "Aquí está la esclava del Señor." ¡Que se cumpla en mí tu palabra! (v. 38). Desde esta total apertura y disponibilidad para con Dios va María a casa de su pariente Isabel. Al saludar María a Isabel, ésta siente moverse al niño que lleva dentro. Impulsada por el Espíritu, Isabel ve en este hecho la señal de que también María lleva dentro de sí un niño y de que este niño es el Señor. Así se lo hace saber a María. En su interpretación de la situación, Isabel da todavía un paso más y declara dichosa a María por haber creído que se cumpliría lo que Dios le había dicho. Basándose ciertamente en el caso concreto de María, el texto griego trasciende el caso y apunta a una formulación de principio: Dios es fiable, no obstante las evidencias en contra. 3.Comprensión actualizante Aun recogiendo una innegable situación familiar, el texto va mucho más allá de esa situación. La prisa de María ahonda su explicación en el carácter de signo con que le había sido presentado el embarazo de Isabel. El embarazo de Isabel es signo de un Dios que sorprende más allá de toda previsión. De este Dios se ha fiado María y sale a dar crédito de su fe. De esta manera, la fe en Dios se convierte en la actitud protagonista del texto, un texto que, a su vez, quiere dejar constancia del feliz desenlace de esa fe. María, que se ha fiado de Dios, es sorprendida más allá de toda previsión. María, por haberse fiado de Dios, es sorprendida con lo imprevisible de Dios. No son juegos de palabras; son realidades que sólo tienen curso cuando se tiene de verdad fe en Dios. ALBERTO BENITO
NOTAS PARA LA HOMILIA “El Señor ha visitado a su pueblo” Con estas palabras se expresa ya en el A.T. la salvación de Dios después de una desgracia, pecado o victoria de Israel. Se trata de un símbolo que pretende dar a conocer el cambio de rumbo de una historia en la que el pueblo había experimentado dolor o impotencia. Dolor e impotencia sentimos cada día los que aspiramos a la paz, el amor o simplemente el bienestar, cada vez que escuchamos noticias en prensa o TV. Dolor e impotencia que nos dejan ante la fragilidad del barro humano necesitado de la salvación de Dios. “La criatura saltó de gozo”. (Evangelio) La madre de Jesús entra en la casa cuya puerta se abrió de par en par y sus habitantes, hasta el más pequeño no nacido aún, quedaron inundados del Espíritu de Dios. ¿ Qué aporta esta mujer al mundo de hoy ? La salvación de Dios: su hijo Jesús. Pequeña y humilde, pero llena del Espíritu que obró en ella maravillas misteriosas, sigue siendo canal de gracia y esperanza. Acerquémonos a ella con oración y abrámosle también la puerta del alma. “Todos quedamos santificados“.(2ª lectura) La presencia del Salvador nos afecta positivamente a toda la humanidad porque, gracias a su nacimiento, “Dios está con nosotros”. “No quiere sacrificios ni ofrendas“, porque no los necesita. En cambio sí que necesita nuestra obediencia para “hacer tu voluntad”, la del Padre. La obra de Dios es obra de su amor, pero necesita el nuestro para alcanzar se plenitud. Estamos en días de especial sensibilidad al amor entre todos, comenzando por los más necesitados de solidaridad, de compañía o de esperanza. “Belén... de ti saldrá el jefe” (1ª lectura) Las palabras del profeta Miqueas anuncian el cumplimiento de las promesas de Dios. Abraham fue el primer testigo de la promesa que en Jesús de Nazaret se ha realizado con creces, ya que la ha universalizado y llenado del Espíritu Santo. “ Se mostrará hasta los confines de la tierra... será nuestra paz “. ¿Cuándo llegará esta paz de Dios al mundo? Cuando la queramos todos los hombres; entre tanto nosotros ya podemos extenderla desde nuestro corazón hacia los que tenemos cerca. LORENZO TOUS |
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En estos domingos hemos leído fragmentos del evangelio de Lucas, pero "al revés", empezando por el capítulo 3º (la predicación del Bautista) para retroceder ahora al capítulo 1º, en que el Bautista (y Jesús) están aún en el seno de su madre. Lucas ha construido el principio de su evangelio como un anuncio del Mesías, haciendo un paralelismo sistemático entre Juan y Jesús: • el capítulo 1º se dedica a la concepción y nacimiento del Precursor; • el capítulo 2º a la concepción y nacimiento de Jesús; • el capítulo 3º, en su primera parte, a la predicación del precursor; en su segunda parte, presenta a Jesús, señalado por el Bautista como "el que ha de venir". Así, Juan, desde el seno de su madre y en su predicación, es el Profeta enviado por Dios para "preparar el camino". Nuestra liturgia ha invertido el esquema de Lucas: en los domingos anteriores vimos la predicación de Juan, y ahora retrocedemos a tiempos en que Juan y Jesús están en el vientre de sus madres. Esto se hace sin duda para preparar inmediatamente el acontecimiento del nacimiento de Jesús, puesto que la escena que leemos sucede nueve meses antes de él. La clave de interpretación de estos textos nos la da la mención expresa y repetida de "El Espíritu Santo". Aquí es Isabel la que, llena del Espíritu, reconoce quién es la que le visita y quién es el que está ya en el seno de María. Es la intención común de Lucas (y Mateo) con sus evangelios de la infancia: Jesús es "fruto del Espíritu". Primero en Juan Bautista como Precursor y luego en Jesús como Mesías, se está realizando la Obra de Salvación de Dios. Los ojos de carne no ven más que dos mujeres embarazadas, como más tarde en Belén sólo verán un niño pobre recién nacido; los ojos de la fe, por la fuerza del Espíritu, reconocen ahí la presencia de Dios Salvador. Es una pena que el texto de Lucas haya quedado en la liturgia tan mutilado. A continuación de las palabras de Isabel vienen las de María, el cántico que llamamos el “Magnificat”, en que se expresa la totalidad del anuncio: el Espíritu no muestra solamente un milagro de presencia sino un modo de presencia: el anuncio a los pobres y el rechazo a los poderosos. Es también el mismo mensaje del relato del nacimiento: la señal ofrecida por Dios no es coro de los ángeles ni las luces celestiales sino un niño pobre que nace en una cuadra. En el último Domingo de Adviento, la Iglesia centra su atención, más que en las ideas de "la venida del Señor", en "El que viene". El que viene es Jesús, y el anuncio más inmediato de la venida se hace en el Evangelio de Lucas que leemos hoy: María está embarazada y su pariente Isabel es la primera "mensajera" humana del que va a nacer. Isabel proclama ya quién es el niño que aún está en el vientre de María, y para reconocerlo apela a la fe: hay que saber quién es este niño, que para los ojos normales será un niño normal y para los ojos de la fe será "El Señor". Todo esto se introduce con el bello texto de Miqueas y se interpreta en el texto de la carta a los Hebreos. Las palabras que pone Lucas en boca de Isabel forman parte, junto con las palabras del ángel en la Anunciación, de nuestra más bella oración a María: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre". Y las últimas palabras de la escena resumen extraordinariamente bien un eje esencial de nuestra fe: "Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá" Estas palabras nos centran en lo esencial de nuestra preparación de la Navidad: tiempo de creer, de intensificar nuestra fe en Jesús, en Dios Salvador. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Estas palabras pueden entenderse como referidas a Israel. El nacimiento histórico del Mesías cumple sus esperanzas. Pero a nosotros nos importa más otro significado. Dios no nos va a defraudar. La vida humana nos tienta a veces de desesperanza, y la contemplación de la locura del mundo nos lleva a pensar que Reino es una utopía forjada por la mente de un iluso, que pagó con su muerte en la cruz sus fantasías de salvación universal. Las dos preguntas más vitales son: ¿qué va a ser de mí? y ¿tiene remedio la humanidad? El panorama de nuestra propia vida es de mediocridad consentida. No creemos en nuestra capacidad de cambiar. No sentimos la fuerza de la semilla, no experimentamos la levadura de Dios que va fermentando nuestra masa. El panorama de la humanidad es trágico: • inmensas multitudes de desamparados, de muertos de hambre • enfermedades que podemos curar y siguen matando a los más pobres porque no es lucrativo fabricar los medicamentos adecuados • niños que no saben más que matar • enormes intereses económicos que fabrican muerte para hacer inmensas fortunas • estados que proclaman alianzas de civilizaciones y fabrican y venden armas a los países más pobres para esclavizarlos más • economías dilapidadoras que sólo creen en comprar, gastar, disfrutar, enteramente ajenas al dolor del mundo • religiones que sólo parecen atender su propio prestigio, que procuran imponerse por la fuerza incluso matando… ¿tiene remedio todo esto? Es verdad que en nuestro tiempo hay profetas, quizá más que en ningún otro tiempo de la historia; profetas a los que vamos matando, físicamente o desautorizándolos o amordazándolos. El poder civil, el poder económico, nuestra desaceptación práctica y aun el poder religioso se encargan de silenciarlos y hasta de eliminarlos. Son una llamita frágil y vacilante en un océano agitado y poderoso. Todo esto siembra en nosotros la desesperanza, la resignación, y es un llamamiento a la vulgaridad de la fe y a la mediocridad. Y éste es precisamente el desafío de Jesús, de nuestra fe en él, y el mensaje básico de los evangelios de la infancia y de la cruz: creer en él, creer que, a pesar de todo lo que se ve, “Dios estaba con Él”. Si Dios estaba con él, es que Dios apuesta por la humanidad. Delante del niño indefenso y pobre, delante del crucificado, decir “Creo en ti” es una apuesta valiente. Y delante del niño y del crucificado, decir “creo en ti” significa “quiero ser como tú” y “creo que vivir como tú es lo mejor para mí y para el mundo”. “Ser como tú” es creer en la semilla y en la levadura y es también creer en la humanidad como Dios mismo ha creído en ella. La fe en el niño crucificado lleva a la esperanza. Es la fe en el amor de Dios que resplandece en el niño crucificado lo que nos hace creer en el amor como fuerza definitiva de la humanidad. José Enrique Galarreta sj |