3º DOMINGO DE CUARESMA

ciclo C

 

Nexo entre las lecturas

Las lecturas de hoy nos describen algunos rasgos del Dios cristiano. En la primera lectura Dios aparece como fuego que no se consume y se define a sí mismo: Yo soy el que soy.

El evangelio por su parte nos presenta un Dios misericordioso que desea ardientemente la conversión del pecador, que sabe esperar antes de intervenir con su justicia. El Dios cristiano es también un Dios providente, que nos pone ante los ojos la historia de Israel para que estemos atentos y nos mantengamos en pie (segunda lectura).

Mensaje doctrinal

1. Dios es fuego que no se consume. En la mentalidad antigua el fuego es símbolo de poder y de fuerza divinos. En el Antiguo Testamento es además símbolo de la presencia divina en la creación (el sol, el rayo...) y en el entramado histórico de los hombres. Puesto que Dios es eterno, el fuego de su presencia y de su poder no puede consumirse.

¡Qué hermosa manera de expresar la cercanía constante de Dios para con Moisés y para con los descendientes de Israel! La presencia poderosa de Dios entre los suyos, llega a plena realización en el momento en que el Verbo mismo de Dios se encarna en el seno de María y se hace en todo semejante al hombre, a excepción del pecado.

Jesús, durante su vida pública, dirá: He venido a traer fuego a la tierra y ¿qué es lo que quiero sino que arda?. Se trata del fuego que es Dios mismo, en su misteriosa proximidad al hombre; un fuego, que debe llamear, como una bandera enhiesta, en el corazón de la historia y de cada ser humano.

2. Dios se define a si mismo como EL QUE ES. Yahvéh dice a Moisés: Dirás a los israelitas: Yo Soy me envía a vosotros. El fuego de Dios no es destructor, sino amigo y benefactor del hombre, en quien el hombre puede poner su confianza.

Sin excluir una posible interpretación esencial del nombre divino revelado a Moisés, parece más apropiada, teniendo en cuenta el contexto, una interpretación existencial.

Como si Moisés dijera a los israelitas en Egipto: Me manda a vosotros el Dios en quien podéis tener la confianza y total seguridad de que os va a liberar. No sólo para los israelitas en Egipto, sino también para los judíos en otras épocas de su historia y para los cristianos en diversas ocasiones de estos veinte últimos siglos, la situación puede aparecer desesperada.

No hay horizontes, no hay casi esperanza. ¿Quién podrá salvarnos? ¿Quién podrá sacarnos de esta situación angustiosa? Dios ha repetido y seguirá repitiendo hasta el fin de los tiempos las mismas palabras que hallamos en la primera lectura: Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: ´Yo Soy´ me envía a vosotros. La confianza en estas palabras divinas renueva constantemente la historia.

3. Un Dios que anhela la conversión del hombre. Primeramente Moisés ´se convierte´ a Yahvéh y se pone en marcha hacia Egipto para llevar a cabo, de parte de Dios, la liberación de los israelitas. Jesús en el evangelio nos advierte que Dios no ama el castigo (los galileos asesinados en el templo y los 18 jerosolimitanos muertos al desplomarse la torre de Siloé, no murieron porque Dios los castigó), sino el arrepentimiento y la conversión. La historia de Israel y la historia del cristianismo son para todos nosotros una invitación fuerte a la conversión. Porque, como nos dice el evangelio, si no os convertís, pereceréis.

4. Un Dios paciente, que sabe esperar. Dios sabe que convertirse de verdad no es fácil, ni cosa de unas horas o días. Porque conoce el interior del hombre, Dios sabe esperar, no tiene prisas, cuando ve una disposición sincera para la conversión.

La parábola de la higuera, narrada por Jesús en el evangelio, es de gran consuelo para el hombre débil, y no pocas veces estéril en sus esfuerzos de conversión. Dios no sólo espera, además actúa en la conciencia humana para que se convierta y dé frutos.

¿Será el hombre tan ingrato ante tanta bondad y misericordia de Dios? Somos cristianos. No olvidemos que con Cristo ha llegado la plenitud de los tiempos, como nos recuerda la segunda lectura. Con la plenitud de los tiempos llega también la plenitud de la paciencia divina. ¿La rechazaremos? Señor, líbranos de este mal, el mal supremo.

Sugerencias pastorales

1. Saber esperar al estilo de Dios. Un gran pecado del apóstol, del cristiano comprometido, del misionero es o puede ser la impaciencia, la incapacidad para esperar el momento de Dios.

Un párroco, por ejemplo, puede sentirse impaciente ante ciertas situaciones por las que pasa la parroquia: padres que no bautizan a sus hijos, bautizos más sociológicos que religiosos, parejas de hecho o casadas sólo civilmente, notable disminución de la natalidad, ignorancia religiosa de los fieles, presencia activa y destructiva de los Testigos de Jehová, desintegración familiar, disenso sobre ciertas verdades de fe y de moral cristianas... ¿Para qué seguir, si son problemas diarios en la vida de un párroco?

Ante todo, conviene decir que junto a los problemas existen hechos confortantes dentro de la misma parroquia: una fe más madura y responsable, núcleos de vida cristiana renovada y floreciente, presencia generalmente positiva de grupos y movimientos eclesiales, creciente ayuda económica y moral a los más necesitados, etc. ¿No son estos hechos signos claros de esperanza?

Ante los problemas, que son muy reales, no perder los estribos; mucho menos, gastar las propias energías en lamentarse, impacientarse, mirar hacia el pasado... Hay que actuar, sí, actuar y saber esperar.

Actuar con fe y con amor, los medios más eficaces para cambiar la vida de los hombres. Esperar, sin prisas y sin pausa. Jamás decaer en la espera y esperanza. En la paciencia, nos dice Jesús, poseeréis vuestras almas; en la esperanza encontraremos nuestra salvación y la de nuestros hermanos.

2. No cesar de predicar al Dios cristiano. Dios es uno solo, por eso el Dios cristiano tiene rasgos comunes con el Dios en el que creen los judíos o los musulmanes. A pesar de ello, hay también aspectos diferenciales, que de ninguna manera deben ser callados.

Hay que hablar del Dios presente y cercano al hombre, del Dios misericordioso que sabe esperar... Y hay también que hablar del Dios que, siendo uno, coexiste en tres personas, algo que constituye el rasgo más diferencial de nuestra concepción cristiana de Dios. Por otro lado, es verdad que hay que hablar de problemas morales, de cambios de mentalidad, de laicismo y liberalismo ideológicos..., pero ¿no será algo mucho más importante hablar de Dios?

El cristianismo no es un sistema moral, que implica una religión; el cristianismo es ante todo y sobre todo una religión, una fe, de la que se deduce una moral, un modo de vivir y estar presente en el mundo y en la sociedad.

Puede ser que hablando más del Dios vivo y verdadero, algo cambie también el modo de vivir y de pensar de nuestros contemporáneos. ¡Acepta el reto!

www.es.catholic.net

 

DIOS NO CASTIGA

El mensaje de hoy es muy sencillo de formular, pero muy difícil de asimilar. Con demasiada frecuencia seguimos oyendo la fatídica expresión: ¡Castigo de Dios! El domingo pasado decíamos que no teníamos que esperar ningún premio de Dios. Hoy se nos aclara que no tenemos que temer ningún castigo.

Premio y castigo son dos realidades correlativas, si se da una, se da la otra. Si Dios es el que manda la lluvia, la sequía es necesariamente un castigo. Es muy difícil superar la idea de “el Dios que premia a los buenos y castiga a los malos”, pero hay que intentarlo. La dinámica en la que hemos metido a Dios, es un callejón sin salida, para Él y para nosotros. Nuestra primera obligación sería, dejar a Dios ser Dios.

En la primera lectura, la gran teofanía de Yahvé a Moisés, indica el principio de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Debemos tener mucho cuidado al leer estos textos. No son relatos históricos tal como entendemos hoy la historia.

Los acontecimientos a los que hace referencia sucedieron en el s. XIII a. de C. No se escribieron de una vez, sino que fueron elaborándose durante más de siete siglos. Seguramente que los primeros relatos fueron orales hasta el reinado de David (s. X), cuando ya aparecerían los primeros escritos dispersos sobre el tema. La última redacción se produjo en el siglo V en tiempos de Esdras y Nehemías.

Se trata de vivencias plasmadas después de siete siglos de haber ocurrido. No podemos esperar que respondan a los acontecimientos tal como sucedieron, sino que reflejen la experiencia religiosa de liberación de un pueblo.

El éxodo es la experiencia central de todo el AT. Dios salva a su pueblo y en esa salvación, el pueblo se reconoce como elegido y mimado por Dios.

En primer lugar, fíjate bien, Dios responde a las quejas del pueblo. No es un Dios impasible trascendente que le importa muy poco la suerte de los seres humanos. Es un Dios que interviene en la historia a favor del pueblo oprimido. Así lo creían ellos. Otra cosa es como tenemos que interpretar esa actuación de Dios.

En segundo lugar, se sirve de los seres humanos para llevar a cabo la obra de salvación. Aunque Moisés se declara incapacitado, es enviado. Esto es muy importante a la hora de aplicar a Dios la liberación. Somos nosotros los responsables de que la humanidad camine hacia una liberación o que siga hundiendo en la miseria a la mayoría de los seres humanos. Estas dos verdades son claves para entender al Dios de Jesús.

“Yo soy el que soy”. Estamos ante la intuición más sublime de toda la Biblia, y seguramente de todo el pensamiento religioso: Dios no tiene nombre, simplemente, ES. El nombre de Dios es una expresión verbal: “El que es y actúa”.

En aquella cultura, conocer el nombre de alguien era dominarlo. La enseñanza es que Dios es inabarcable y nadie puede conocerle ni manipularle. Es una pena que, sin tener esto en cuenta, hayamos intentado durante dos mil años “conocer” a Dios y meterlo en conceptos para manipularlo. Las pretensiones de la “teología”  han sido y siguen siendo descabelladas. Todos sabemos que el discurso sobre Dios es siempre analógico, es decir: sencillamente inadecuado, y sólo “sequndum quid” acertado. Pero a la hora de la verdad, olvidamos esto y defendemos nuestros ridículos conceptos sobre Dios como si se tratara de la mismísima realidad divina.

Partiendo de la experiencia de Israel, Pablo advierte a los cristianos de Corinto, que no basta pertenecer a una comunidad para estar seguro. Nada podrá suplir la respuesta personal a las exigencias de tu ser. El ampararse en seguridades de grupo, puede ser una trampa.

Esta recomendación de Pablo está muy de acuerdo con el evangelio. Pablo dice: “El que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.” Y Jesús dice por dos veces: “si no os convertís todos pereceréis”. La vida humana es camino hacia la plenitud, que necesita de constantes “rectificaciones”, si no corregimos el rumbo equivocado, nos precipitaremos al abismo.

El evangelio de hoy nos plantea el eterno problema, ¿Es el mal consecuencia del pecado? Así lo creían los judíos del tiempo de Jesús y así lo siguen creyendo la mayoría de los cristianos de hoy. Desde una visión mágica de Dios, se creía que todo lo que sucedía era fruto de su voluntad. Los males se consideraban castigos y los bienes premios. Incluso la lectura de Pablo que acabamos de leer se puede interpretar en esa dirección.

Jesús se declara completamente en contra de esa manera de pensar. Lo expresa claramente el evangelio de hoy, pero lo encontramos en otros muchos pasajes; el más claro es el del ciego de nacimiento en el evangelio de Juan, donde los discípulos preguntan a Jesús, ¿Quién pecó, éste o sus padres?  Para Jesús la relación de Dios con nosotros está en un ámbito más profundo.

Debemos dejar de interpretar como actuación de Dios lo que no son más que fuerzas de la naturaleza o consecuencia de atropellos humanos. Ninguna desgracia que nos pueda alcanzar, debemos atribuirla a un castigo de Dios; de la misma manera que no podemos creer que somos buenos porque las cosas nos salen bien. El evangelio de hoy no puede estar más claro, pero como decíamos el domingo pasado, estamos incapacitados para oír lo que nos dice. Sólo oímos lo que queremos escuchar desde nuestros prejuicios.

Insisto, debemos salir de esa idea de Dios Señor o patrón soberano que desde fuera nos vigila y exige su tributo. De nada sirve camuflarla con sutilezas. Por ejemplo: Dios, puede que no castigue aquí abajo, pero castiga en la otra vida... O, Dios nos castiga, pero es por amor y para salvarnos... O Dios castiga sólo a los malos... O merecemos castigo, pero Cristo, con su muerte, nos libró de él.

Pensar que Dios nos trata como tratamos nosotros al asno, que sólo funciona a base de palo o zanahoria, es ridiculizar a Dios y al ser humano

Claro que estamos constantemente en manos de Dios, pero su acción no tiene nada que ver con las causas segundas. La acción de Dios es de distinta naturaleza que la acción del hombre, por eso la acción de Dios, ni se suma ni se resta ni se interfiere con la acción de las causas físicas.

Desde el Paleolítico, se ha creído que todos los acontecimientos eran queridos y por lo tanto realizados puntualmente, por “un dios”  todopoderoso. Pero resulta que  Dios, por ser “acto puro”, por estar haciéndolo todo en todo instante, no puede hacer nada en concreto. No puede empezar a hacer nada, porque una acción es enriquecimiento del ser que actúa, y si Dios pudiera ser más, antes no sería Dios. Tampoco puede dejar de hacer nada de lo que está haciendo, porque perdería algo y dejaría de ser Dios.

Y si no os convertís, todos pereceréis. La expresión “os convertís”, no traduce adecuadamente el verbo griego metanohte, que significa más bien: “si no cambiáis de mentalidad, si no veis la realidad desde otra perspectiva…”

No dice Jesús que los que murieron no eran pecadores, sino que todos somos igualmente pecadores y tenemos que cambiar de rumbo. Sin una toma de conciencia de que el camino que llevamos nos lleva al abismo, nunca estaremos motivados para evitar el desastre. Si no tomamos conciencia de que tenemos algo que rectificar, no hay salvación posible.

Si soy yo el que voy caminando hacia el abismo, solo yo puedo cambiar de rumbo y evitar el desastre. Cada uno tiene la responsabilidad de sus acciones u omisiones y debe esforzarse por acertar en lo que hace o deja de hacer.

No somos marionetas en las manos de Dios, sino personas, es decir seres autónomos que debemos apechugar con nuestra responsabilidad, sin esperar que seres extraterrestres nos saquen las castañas del fuego en los momentos de dificultad. Pero sin temor a que, por habernos equivocado, tomen represalias contra nosotros.

La parábola de la higuera arroja mucha luz sobre el tema. Recordemos que la higuera era uno de los símbolos del pueblo de Israel. El número tres es símbolo de plenitud. Es como si dijera: Dios te da todo el tiempo del mundo y además un año. Pero por mucha paciencia que tenga Dios, el tiempo para dar fruto es limitado. Dios es amor total, don incondicional, pero no puede suplir lo que tengo que hacer yo. Soy único, irrepetible. Tengo una tarea asignada; si no la llevo a cabo, esa tarea se quedará sin realizar y la culpa será solo mía.

No tiene que venir nadie a premiarme o castigarme. El cumplir la tarea será el premio, no cumplirla el castigo. La tarea del ser humano no es hacer cosas sino hacerse, es decir, tomar conciencia de su verdadero ser y vivir esa realidad a tope. Claro que si ese proceso de concienciación no se traduce en “frutos”, será la prueba de que no se ha dado.

¿Qué significa dar fruto? ¿En qué consistiría la salvación para nosotros aquí y ahora? Tal vez sea ésta la cuestión más importante que nos debemos plantear.

No se trata de hacer o dejar de hacer esto o aquello para alcanzar la salvación. Se trata de alcanzar una liberación interior que me lleve a hacer esto o dejar de hacer lo otro porque me lo pide mi auténtico ser.

La salvación no es alcanzar nada ni conseguir nada. Es tu verdadero ser, estar identificado con Dios. Descubrir y vivir esa realidad es tu verdadera salvación.

Una persona le preguntó a un místico, famoso por los milagros que hacía: ¿Tú eres Dios? Él contestó sencillamente: “Sí, soy Dios; y tú también lo eres. La única diferencia consiste en que yo lo sé y tú no lo sabes.” Mientras no lo “sepamos”, Dios seguirá siendo un ídolo para nosotros.

fray Marcos

 

¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?

Unos desconocidos le comunican a Jesús la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más los horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.

No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su propio templo?

Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas  por la caída de un torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma advertencia: «si no os convertís, todos pereceréis».

La respuesta de Jesús hace pensar. Antes que nada, rechaza la creencia tradicional de que las desgracias son un castigo de Dios. Jesús no piensa en un Dios "justiciero" que va castigando a sus hijos e hijas repartiendo aquí o allá enfermedades, accidentes o desgracias, como respuesta a sus pecados.

Después, cambia la perspectiva del planteamiento. No se detiene en elucubraciones teóricas sobre el origen último de las desgracias, hablando de la culpa de las víctimas o de la voluntad de Dios. Vuelve su mirada hacia los presentes y los enfrenta consigo mismos: han de escuchar en estos acontecimientos la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.

Todavía vivimos estremecidos por el trágico terremoto de Haití. ¿Cómo leer esta tragedia desde la actitud de Jesús? Ciertamente, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que puede encaminarnos hacia una conversión no es "¿por qué permite Dios esta horrible desgracia?", sino "¿cómo consentimos nosotros que tantos seres humanos vivan en la miseria, tan indefensos ante la fuerza de la naturaleza?".

Al Dios crucificado no lo encontraremos pidiéndole cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimas. No lo descubriremos protestando de su indiferencia o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar el dolor en Haití y en el mundo entero. Entonces, tal vez, intuiremos entre luces y sombras que Dios está en las víctimas, defendiendo su dignidad eterna, y en los que luchan contra el mal, alentando su combate.

José Antonio Pagola

 

la conversión que pide el evangelio

El presente relato, exclusivo de Lucas, plantea una reflexión sobre la conversión, en forma de parábola, tomando pie de unos sucesos dramáticos que habían conmocionado a la población.

Para entender la “novedad” de la respuesta de Jesús, es preciso conocer que, en la mentalidad judía, la enfermedad y el mal, en general, eran consecuencia del propio pecado. La ausencia de mal, por el contrario, era considerada signo de la bendición divina.

Jesús se desmarca de esa idea tradicional, desatando el nudo “religioso” entre sufrimiento y pecado. Al haber anudado ambas realidades, quienes sufrían cualquier calamidad se convertían automáticamente en objeto de juicio condenatorio por parte de los demás y ellos mismos se veían abocados a un angustiante sentimiento de culpabilidad y desesperanza. La desgracia los limitaba; la culpabilidad terminaba hundiéndolos.

Es sabido que la autoridad tiende con facilidad a generar sentimientos de culpa, porque un sujeto culpabilizado se convierte en alguien sumiso y dispuesto a seguir los dictados del superior. Desde los papás que amenazan al hijo con no quererlo si no hacen lo que le mandan, hasta la religión que habla de castigos, lo que se está buscando –consciente o inconscientemente- es “obediencia” y sumisión.

La culpabilidad, sin embargo, hace daño. Entre ella, que suele acabar en el hundimiento, y la irresponsabilidad que infantiliza y, en forma de autojustificación, fortalece el narcisismo, la actitud sana es la responsabilidad, como sentimiento maduro de quien entiende la vida como “respuesta” –ésa es su etimología- coherente con las distintas situaciones que se le presentan.

Es la responsabilidad la que produce pesar y dolor en las ocasiones en que, alejándonos de la fidelidad a lo mejor de nosotros mismos, provocamos daño a los otros o a nuestro medio. Pero ese pesar doloroso –a diferencia de la culpabilidad- no paraliza ni hunde, sino que moviliza para el cambio.

Así entendido, me parece que es sano desenmascarar radicalmente cualquier sentimiento de culpabilidad de un modo tajante: “Somos responsables de todo aquello en lo que intervenimos y de aquello otro que omitimos, pero no somos culpables de nada”.

Es a esta responsabilidad a la que podemos asociar con la conversión que pide el evangelio. Porque el “perecer” de que habla no hay que entenderlo en clave de amenaza ni castigo, sino sencillamente como la consecuencia de una actitud y un comportamiento desajustados.

Por decirlo de un modo simple: si no somos responsables –si no respondemos humanamente a los diferentes desafíos que la vida nos presenta-, nos estamos cerrando la salida, creando infelicidad para nosotros mismos, haciendo la convivencia imposible y destruyendo el planeta; es decir, estamos provocando nuestro propio desastre.

A eso precisamente apunta la parábola de la higuera plantada en la viña. Parece que, como trasfondo, estaría un rito habitual que consistía en acercarse a un árbol para convencerle, hacha en mano, de que fructificara el próximo año, amenazándolo con cortarlo si esto no ocurría.

La parábola, sin embargo, pone también de relieve la paciencia del viñador. A pesar de llevar “tres años” –un tiempo “definitivo”- sin dar fruto, todavía el viñador sigue confiando en ella, a la vez que le ofrece todos los cuidados con esmero: “cavaré alrededor y le echaré estiércol”.

Jesús parece subrayar la paciencia divina, porque comprende y respeta el momento y el ritmo de cada persona. Conocedor del corazón humano, sabe de los condicionamientos de todo tipo que pesan sobre él:

sufrimientos pendientes o no elaborados,

mecanismos de defensa puestos en marcha a lo largo de la vida para poder sobrevivir,

ignorancia básica de quiénes somos y de lo que nuestro ser quiere vivir…

Necesitamos tiempo y paciencia para crecer en lucidez y en consciencia, así como en libertad interior –frente a los propios miedos y necesidades-, para poder ser coherentes y fieles a lo mejor de nosotros mismos.

Desde esa fidelidad, todo empieza a cobrar sentido: nos abrimos a quienes somos y vamos construyendo relaciones armoniosas. Eso es lo que significa, según el evangelio, “dar fruto”, y que queda admirablemente sintetizado en las palabras de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (evangelio de Lucas 6,36).

Por eso, cuando la religión ha olvidado (olvida) este principio tan elemental, se ha pervertido: ha generado demasiado sufrimiento y ha provocado ateísmo. Se ha alejado de su núcleo espiritual, que no es otro que la compasión y la libertad, para convertirse en “religión de poder”, centrada en la norma, el credo, el rito o el miedo.

En esta misma dirección señalan las sabias palabras del Dalai Lama, en el relato de Leonardo Boff.

Cuenta el teólogo Leonardo Boff, una de las figuras sobresalientes de la teología de la liberación, que, en una ocasión, le preguntó al Dalai Lama: "Santidad, ¿cuál es la mejor religión?”.

El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió y le contestó:  “La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito. Es aquella que te hace mejor”.

Para salir de la perplejidad ante tal respuesta, volvió a preguntarle:  “¿Qué es lo que me hace mejor?". El respondió: “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético... La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión”.

Y Boff concluye: “Hasta el día de hoy estoy rumiando su respuesta sabia e irrefutable. No me interesa, amigo, tu religión, o si tienes o no tienes religión. Lo que realmente me importa es tu conducta delante de tu semejante, de tu familia, de tu trabajo, de tu comunidad, delante del mundo”.

No hay otro criterio más acertado: “La mejor religión es la que hace mejores personas”. O, como dijo el propio Dalai Lama, en otra ocasión, “mi religión es la compasión”. Una respuesta totalmente “cristiana”, porque fue eso –y no otros supuestos “intereses religiosos”- lo que Jesús vivió y enseñó.

De Jesús son palabras tan inequívocas como éstas: “No todo el que me diga «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de Dios, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre” (evangelio de Mateo 7,21).

O, citando a Oseas: “Misericordia quiero, y no sacrificios” (Mateo 12,7).

Y, con toda rotundidad: “Lo que hayáis hecho a estos mis hermanos, me lo hicisteis a mí… Lo que no hicisteis a uno de estos más pequeños, no me lo hicisteis a mí” (Mateo 24,40.45).

No podía haber otro criterio para aquél, a quien se definió de esta forma: “Pasó por la vida haciendo el bien” (Hechos de los Apóstoles 10,38).

Sin falsos o trasnochados espiritualismos, aquí se halla lo decisivo del cristianismo: lo que cuentan no son los “discursos religiosos”, sino “hacer el bien”, en lo que coincide la llamada “regla de oro”, presente en todas las grandes tradiciones de sabiduría: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros” (Mateo 7,12).

En una época de “ocaso religioso”, debido a un cambio en el “nivel de conciencia” –las formas religiosas conocidas son deudoras de estadios anteriores-, me parece importante centrarse en la sabiduría espiritual que está en el origen de todas aquellas tradiciones.

Enrique Martínez Lozano

 

UNA FE ESTÉRIL

Se nos plantea el tema básico: la conversión, vista desde un ángulo práctico y de exigencia: "Ya conocemos a Dios, ya sabemos cómo vivir; ahora ¿qué hacemos?".

Conocemos a Dios, pero esto puede no servir para nada.

Hemos visto cómo el texto del Éxodo presenta el encuentro de Moisés con Dios. “Conocer el nombre de Dios” equivale a “conocer a Dios”. El Antiguo Testamento lo resolvió con toda lógica: “No es posible conocer a Dios sin morir”, “no es posible para el ser humano ver el rostro de Dios”.

Por eso, en La Morada, Yahvé permitirá que Moisés le vea “de espalda”. Es preciosa la expresión de Agar, la esclava de Abraham expulsada al desierto con su hijo Ismael, cuando un ángel le socorre proporcionándole agua y ella, aterrada, se pregunta: “¿Habrán visto mis ojos la espalda de Aquel que me ve?”.

Todo esto es superado de manera inconcebible por Jesús. Nuestros ojos lo han visto. Nuestros oídos le han escuchado, nuestras manos han podido palpar. Y no han visto ni palpado terrores, nubes ardientes, lejanías temibles: han visto bondad, compasión, arriesgarse para curar, solidaridad con el pobre, capacidad de entrega incondicional: la revelación de Dios en Jesús pone patas arriba todas las fantásticas y temibles imaginaciones de la Antigua ley.

Pablo retoma el tema desde una perspectiva personal y urgente: "no todos los israelitas que salieron de Egipto agradaron a Dios". Pertenecer al pueblo, salir de Egipto... ¿Se creían seguros? ¿Pensaban quizás "somos el Pueblo elegido, somos superiores, estamos salvados, Dios está con nosotros", y esto era toda su religión? Si esto era así, cometieron el mayor error: pensar que "la salvación" es algo que viene de fuera, que religión es pertenecer a un pueblo, conocer a Dios, cumplir unos ritos... No agradaron a Dios.

Y el evangelio de Lucas lo plantea ya de manera polémica y "actual". Le cuentan a Jesús el fin desgraciado de unos "guerrilleros antirromanos" y de un accidente de la torre de Siloé. Jesús aprovecha estos sucesos para una "catequesis" doble.

En primer lugar, a la "gente bien", que ve con malos ojos a los guerrilleros y piensan que bien merecido tienen el castigo. En segundo lugar a los que, superficialmente, piensan que todo mal es "castigo de Dios".

Jesús desarrolla dos ideas: "¿Os creéis mejores que esos guerrilleros?". "¿Os creéis que los males del mundo son los castigos de los pecados?". Y aprovecha la oportunidad para decir: "Vosotros, que sois “los que conocéis a Dios”, os creéis 'justos', pero sois como una higuera bien cuidada, en buena tierra, bien abonada... Si no da fruto no vale más que para leña".

Una más de las "parábolas" vegetales, agrícolas, de Jesús. El sembrador, el grano de mostaza, la cizaña, la cosecha abundante, el árbol bueno y malo... Y prácticamente todas ellas apuntando a un mensaje: frutos.

Es la vertiente exigente, radical y práctica de la Buena Noticia.

Nosotros tenemos la tendencia a pensar que estamos salvados porque hemos tenido suerte, porque Dios nos ha querido más que a otros, porque estamos bautizados, porque tenemos el modo de que se nos perdonen los pecados... Son todo cosas exteriores, que nos vienen de fuera, que no suponen nuestra conversión.

Pertenecer a la Iglesia, conocer a Dios, participar en la Eucaristía... son la buena tierra, la poda, el riego, el abono de la higuera. Si no dan fruto, no sirve para nada más que "para cansar la tierra". No estamos "salvados"; lo que estamos es bien cuidados, bien abonados, bien podados, bien alimentados... en espera del fruto.

Y no podemos menos que recordar en este contexto otras palabras de Jesús: (Mt. 23) "Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de Dios; porque vosotros no entráis, y les impedís la entrada a otros.

"Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas que pagáis el diezmo de la menta y del comino y habéis descuidado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia, la fidelidad.

"Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis el exterior de la copa mientras el interior está lleno de rapiña y de intemperancia..."

Y quizá la más expresiva de todas: (Mt. 7,22) “Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis”.

«No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!"

Es claro que nuestra situación es más de debilidad que de hipocresía. Pero no pocas veces resulta intolerable la desproporción entre nuestro conocimiento de Dios y la escasa transformación de nuestra vida.

Pienso que la fe sin obras es un tema teológico estéril. Pero pienso también que la mediocridad de nuestra vida, nuestro servicio a dos señores es una característica de nuestra religiosidad que la hace estéril. ¿Qué poder de transformación de la vida tiene de hecho la Palabra de Dios entre nosotros? Sin querer responder a esta pregunta, porque debe ser respondida personalmente, pienso que se debe plantear como test de sinceridad religiosa. Somos cristianos exactamente en la medida en que la Palabra tiene poder para cambiar nuestra vida.

De aquí se derivaría otra consideración más general sobre la Iglesia Católica Romana y su poder de transformación de la sociedad. Hay un texto estremecedor de Dibelius que me parece oportuno citar: "En mi opinión, la causa del fracaso de la Iglesia en el siglo XIX... hay que buscarla ante todo en el hecho de que la Iglesia siempre estuvo tan estrechamente ligada a los poderes de este mundo que no se atrevió a desatar revoluciones espirituales.

El Sermón del Monte es una "cámara del tesoro" de una radical energía espiritual, pero cualquiera que se hubiera atrevido a aplicar esas fuerzas a la civilización o a la existencia humana en el mundo moderno, habría aparecido como si quisiera echar a pique el mundo; y esto hizo que el cristianismo dudara en atreverse.

En esta situación, el cristianismo no era revolucionario, sino relativamente conservador, unas iglesias más que otras. Pero, en conjunto, las iglesias actuaron más bien como "buena conciencia" en lugar de actuar como "conciencia crítica". Prefirieron apoyar el orden reinante en el mundo, en vez de criticarlo: fortalecer a los poderes dominantes, en lugar de oponerse a ellos.

La Iglesia, que antaño había sido de los predicadores del Evangelio para la Vida Eterna, se convirtió en un poder de este mundo, monstruosamente conservador."

 ALGUNAS PRECISIONES IMPORTANTES

Sigue preocupando a muchas personas el hecho de que en muchas parábolas y dichos de Jesús aparezcan expresiones de condena. Aquí concretamente, “todos pereceréis del mismo modo”, repetido dos veces, y la imagen de la higuera cortada. Respecto a ello, debemos recordar:

a) Nunca debemos sacar conclusiones de una frase del evangelio fuera de todo el contexto: la línea de fuerza más notable de todo el Evangelio es sin duda Dios – Abbá, que desplaza radicalmente a Dios-Juez Severo. Conforme a esta línea prioritaria hay que entender todo lo demás.

b) Las expresiones de condenación están todas en las parábolas, y, dentro de ellas, no en el mensaje central de la parábola sino en sus aplicaciones concretas. Sabemos que esas aplicaciones son redaccionales, es decir, la aplicación que el redactor del evangelio hace del mensaje de Jesús.

c) En consecuencia, entendemos esas expresiones como aplicación de un aspecto del mensaje de Jesús: la importancia, la urgencia de dar buenos frutos. Sin embargo, no se expresa en ellas otra parte del mismo mensaje: el amor de Dios que trabaja constantemente para que se realice su sueño: que todos sus hijos lo sean definitiva y completamente. En la unión de los dos mensajes está el mensaje completo, sin que uno pueda desplazar al otro, pero conservando la jerarquía: lo fundamental es que Dios me quiere.

Por otra parte, me permito hacer una interpretación de la parábola, absolutamente personal y no derivada de Jesús, pero que nos puede hacer pensar. Si hiciéramos una interpretación alegórica de la parábola, y quisiéramos identificar en ella personajes concretos, pensaríamos sin duda que yo soy la higuera, de quien se espera fruto, y que Dios es el Amo, que los espera, y si no los encuentra, la corta.

Pero ¿no podríamos pensar que ese amo es el sentido común, la justicia humana, y que Dios está representado en el viñador, que tiene paciencia, que espera un año más... porque le tiene cariño a la higuera?

Desde luego, no hay que hacer interpretaciones alegorizantes de las parábolas, pero si caemos en la tentación de hacerlas...

José Enrique Galarreta

 

Libres porque Dios nos libera

Me van a disculpar que comience recordando una de las tiras cómicas de Quino y de su personaje emblemático Mafalda. Es una de las veces en que Mafalda está contemplando el globo terráqueo y siente un natural pesimismo. Tiene presente todo lo que pasa en nuestro mundo: guerras, injusticias, opresión, enfermedad. Y muchas de esas cosas causadas por la misma mano del hombre. Así que echa la vista hacia arriba como invocando la ira y el castigo de Dios. Pero enseguida se arrepiente y en la última viñeta de la tira sale su pensamiento en un globo: “¡Es que nos tiene una paciencia!”.

En esa tira Quino ha sabido recoger algo que es central en el Evangelio y en la Biblia entera: la misericordia y la paciencia de Dios con nosotros no tienen límite. Dios es así por la sencilla razón de que somos sus criaturas y nos ama infinitamente y sin condiciones. Desde esta perspectiva deberíamos leer la primera lectura y el Evangelio de este domingo.

Yo soy el que libera

La primera lectura nos acerca a los primeros momentos del relato de la gran historia del Éxodo. Dios se dirige a Moisés. Se identifica como el Dios de sus padres. Anuncia su intervención en favor de su pueblo. Les va a liberar de la opresión de los egipcios, les va a sacar de aquella tierra de opresión e injusticia para llevarlos a una tierra de libertad, que mana leche y miel. Dios se define a sí mismo como “el que soy” y se le conoce únicamente por la acción que va a ejecutar: liberar a su pueblo.

Dicho con otras palabras, Dios es el que libera. Y libera porque se apiada de los que sufren opresión e injusticia. Ahí está la motivación profunda de la acción de Dios. No se lleva a su pueblo de Egipto para tener sus propios esclavos. No se trata de una lucha entre el faraón y Dios para determinar quién es el amo del pueblo. Dios quiere la libertad para su pueblo. Y así ha pasado el testigo de generación en generación hasta nuestros días.

En el Evangelio parece que Jesús pretende en primer destruir una imagen falsa de Dios que se ha ido creando entre los judíos –y también entre nosotros actualmente–: que la enfermedad, la muerte, el sufrimiento son castigo de Dios. Si así fuese, Dios sería una especie de juez terrible que iría repartiendo castigos a diestro y siniestro a todo el que no cumpliese a la perfección sus leyes. Ante él habría que estar llenos de temor y temblor porque su presencia supondría siempre una amenaza para nuestra vida.
“Déjala un año más”

Muy al contrario, la parábola que cuenta Jesús ofrece la imagen opuesta de Dios. No es el juez terrible siempre dispuesto a dictar sentencia condenatoria. La idea central de la parábola es que el viñador intercede para conceder una nueva prórroga, un nuevo plazo, a la higuera. Siempre se puede hacer algo más en su favor, siempre se puede abonar más y cavar más. Y esperar a que llegue el tiempo en que dé su fruto.

Definitivamente, así es Dios: lleno de misericordia y paciencia, amor incondicional para todos y cada uno de nosotros. Dios desea nuestra vida y que nos liberemos de todo lo que nos oprime y nos impide vivir con la dignidad de hijos e hijas de Dios. Dios nos ha hecho para ser hijos e hijas suyos. Dios nos ha creado para ser libres. Y cuando vivimos en la esclavitud, Dios sufre y se rebela. Con mano fuerte y brazo poderoso interviene en favor de los oprimidos y lucha con ellos por su liberación. Ese es el Abbá de Jesús, ese es el Dios en quien creemos.

Las lecturas de hoy, en el marco de la Cuaresma, nos ayudan a seguir purificando nuestra imagen de Dios. Y a recordarnos que nuestro comportamiento, nuestras actitudes, se deben modelar sobre la misma forma de ser de Dios. Ahí es donde nos tenemos que convertir. Para que ni nosotros seamos esclavos de nadie ni de nada ni hagamos esclavos a los demás. Para que nos comprometamos a vivir, nosotros y todos, como hijos e hijas de Dios.

Fernando Torres Pérez, cmf

 

Cortar la higuera (¿qué higuera?) o darle otra oportunidad

Tras dos breves historias de muerte (Pilato mata a unos galileos; una torre de Siloé se desploma sobre 18 personas que mueren), el evangelio cuenta una parábola sobre la higuera que no da fruto:

«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas».

Este es el dilema. O cortar la higuera y plantar en su lugar otra que dé frutos… o cuidarla con mimo, esperando un año más (¡han pasado tres!), para ver si da fruto. Es difícil decidir. El amo (que entiende menos de agaricultura) siente compasión por el árbol. El viñador (la higuera está en la viña), que entiende más y es quién trabaja, piensa que es mejor cortar el árbol.

En el fondo de esta breve parábola está toda la historia de Israel y el mensaje (movimiento) de Jesús. Y estamos nosotros. Unos más compasivos, otros más dispuestos a echar abajo con todo lo que nos parece que sobra o hace daño. Además, tenemos visiones distintas de la higuera. Por poner unos ejemplos muy simples: Dicen algán famoso obispo está empeñado en cortar la higuera de Pagola... y hay otros quieren “segar” la higuera del Vaticano. Normalmente, cada uno está dispuesto a sacar el hacha y derribar la higuera de su prójimo. Por eso es bueno pensar más sobre esta parábola, para situarnos desde ella y ante ella.

a. La parábola tiene una larga historia israelita

La historia de la higuera y del árbol que debe cortarse porque no da fruto viene de la tradición israelita. Son numerosos los pasajes de la Biblia (sobre todo en Isaías y en Ezequiel) que hablan de árboles sin fruto que deben ser talados… y que quizá pueden revivir, por la misericordia de Dios.

b. El profeta del hacha que corta la higuera (el árbol sin fruto) es Juan Bautista

Había dicho que viene el Más Fuerte con el hacha (y con el bieldo…) para cortar de raíz y quemar los árboles sin fruto (Mt 3 y Lc 3). Se refería al Árbol seco de un Israel sin fruto, a los árboles sin fruto de sacerdotes y funcionarios sagrados…¡Todo árbol que no dé fruto será talado…!

c. Según Marcos, Jesús no quiso talar la higuera… sino darle vida… Pero al final de su vida se dio cuenta de que no había más remedio que cortar una higuera…

Se refería a la higuera del Templo de Jerusalén y de sus funcionarios sagrado… Se acercó a Jerusalén, observó lo que pasaba y dijo, de un modo solemne: ¡Que nadie más coma nunca del fruto da esta higuera! (11, 12-14).

o mejor que le podía pasar a la higuera sagrada (templo y sacerdotes) era cortarla… Y así lo vieron sus discípulos, descubriendo el día siguiente que la higuera estaba seca. Toda compasión en este campo era (¡y es!) una mentira, pues esa higuera-templo mata a muchos inocentes. Para que los inocentes vivan tiene que caer ese sistema de higuera-templo, ya, inmediatamente, sin esperar tres años, ni siquiera un día….

Ciertamente, según Marcos, la higuera se secó… pero se secó matando a Jesús… en un sentido, aunque en otro no pudo matarle y Jesús sigue vivo.

d. El evangelio de Mateo sigue en la línea de Marcos:

Hay que cortar esta mala higuera de templo y sacerdotes…

Tiene que caer este templo de Jerusalén, para que puedan venir todos, salvarse los pobres…

La mejor compasión es la del hacha, el cambio de sistema.

e. Pero Lucas pensó que aún había tiempo de misericordia…

Lucas viene de fuera (no es judío, como Marcos y Mateo….). Viene de fuera y toma otro hilo en el gran tejido del mensaje de Jesús… el hilo de la misericordia… Y por eso, a pesar de que la higuera lleva tres años sin dar frutos (¡tres es todo el tiempo de la historia!) piensa que se puede esperar todavía.

El hortelano/viñador es partidario del hacha: cortar y sembrar allí otro árbol… Pero el amo, que es Dios, quiere dar tiempo, tiempo para cuidar de nuevo a la higuera, tiempo para el cambio.

f. Contexto: de la higuera en el majuelo a los galileos de Herodes y a la torre de Siloé.

Lucas ha situado esta parábola de la higuera, es decir, del árbol de Israel, en el contexto de las catástrofes políticas y cósmicas, por eso, cita ese “caso” al lado de otros dos casos de “fatalidad”, vinculada al terror político y cósmico

a) Estamos bajo el terror político. Estamos bajo la amenaza de los portadores del gran Terror militar y político:

¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo».
Estamos bajo un tiempo de terror, representado por Pilato, delegado del Gran Imperio, que puede ahogar en sangre cualquier intento de libertad. Ciertamente, el Imperio llamará terroristas a los galileos, diciendo que llevaban intensiones asesinas… Pero el texto no dice que ellos mataran, sino que mató el Imperio (al servicio del Orden llamado “mundial”… Pues bien, en este contexto, el Jesús de Lucas nos pide comprensión, que entendamos lo que pasa. No dice que matemos a Pilato (como quizá debía hacerse, sino que nos convirtamos).

b) Estamos bajo la amenaza del terror cósmico, de las Torres que caen, la vieja Torre de Siloé, las nuevas Torres Gemelas… Pueden caer por fatalidad geológica o terremoto (o también por atentado).

«Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

El texto no dice por qué caen las torres, sino sólo que caen, añadiendo que los que mueren bajo ellas no son más pecadores que los otros. ¿Qué se puede hacer en esta situación? Evidentemente, en un primer momento, tener paciencia… y en un segundo momento edificar, quizá, mejor la torre… o no edificarla.

g. Conclusiones

Ahora podemos volver a la higuera, que en aquel tiempo era el Templo de Jerusalén con sus sacerdotes y que ahora pueden ser otras cosas:

1. ¿Dónde está la verdadera compasión: en cortar la higuera, para plantar otro árbol, como parece que quería el Jesús de Marcos, o en conservar todavía el árbol viejo, al menos un año más? Jesús vino a “cortar” un tipo de higuera de templo de Jerusalén (Pablo diría un olivo…); pensó que lo mejor que podía hacerse con esta higuera era segarla de raíz (como pensó Isaías en Is 6)… Pero Lucas juzgó que quizá tenía que dársele tiempo.

2. ¿Qué higuera se debe cortar? Unos (siguiendo la imagen de Jesús y aplicando al Vaticano lo que él dijo del Templo) quieren segar-cortar la higuera del Vaticano, porque dicen que lleva siglos sin dar frutos… Pero otros (quizá del Vaticano) quieren segar la higuera de la Teología de la Liberación o de otro tipo de movimientos cristianos… ¿Habría que sentarse y hablar… o que cada uno camine por ahí con su hacha?

3. Aplicación social. Unos quieren cortar la higuera del Capitalismo mundial… pero los representantes del Capitalismo parecen estar dispuestos a seguir con su higuera, caiga quien caiga, sin preocuparse de los pobres debajo de la higuera. ¿Tiene posible futuro la higuera del capitalismo? ¿Cómo se la puede cortar, sin que vuelva con más fuerza….?

4. El gran terror. En el fondo del tema de la higuera puede estar el terror… El terror de cortarla (es doloroso cortar higueras que son gente…)… o el terror de los representantes de la higuera, que quieren mantenerse por encima de todo, y que aplastan/matan a los otros.

Blog católico de oraciones y reflexiones pastorales sobre la liturgia dominical. Para compartir y difundir el material brindado. Crremos que Dios regala Amor y Liberación gratuita e incondicionalmente.

El Blog de X. Pikaza

 

"Conviértete y cree en el Evangelio"

En tiempos de Jesús prevalecía la idea de que al pecado sigue el castigo. Si aparece el mal, castigo en un pueblo, familia o individuo es porque antes pecaron: ¡quien la hace, la paga! Jesús hace lo contrario: exculpa a los pacientes de los daños sufridos y a todos nos invita a la propia revisión y conversión. No somos quienes para juzgar y condenar a los demás: eso pertenece a Dios.. Rompe con el planteamiento tradicional, y acepta que todos somos frágiles y que la vida puede truncarse en cualquier momento. No lanza una amenaza, sino que aprovecha la narración para invitar al arrepentimiento, al cambio de mente y de corazón.

En nuestros días pueden oírse lamentaciones parecidas, o preguntas sin respuesta, que vinculan la acción directa de Dios con las calamidades. En la vida diaria es elocuente la capacidad para enjuiciar con descaro los comportamientos ajenos: Surgen opiniones generalizadas para evitar la crítica de las propias acciones, que lleven a asumir serenamente lo que haya de desorden, egoísmo, error o pasión en las raíces de su conducta personal.

La vid y la higuera tienen en la tradición bíblica un simbolismo especial: Hablan de la relación amorosa del Señor-Dios con el pueblo elegido, y las traiciones e infidelidades que tuvo como respuesta. En la parábola de la higuera se ofrece otra oportunidad para que pueda ofrecer su fruto adecuado: Higos o brevas a su debido tiempo. Curiosamente se subraya que el dueño tan sólo buscaba recoger higos o brevas, y no otra clase de frutas.

No basta con escuchar la Palabra y sentencias divinas, sino que se ha de traducir en cambios prácticos en la vida cotidiana, dando frutos de buenas obras.

Comentario bíblico: Merece la pena convertirse al Dios de la salvación

Iª Lectura: Éxodo (3,1-15): Yahvé, el Dios que da su nombre al hombre

I.1. La lectura de Éxodo nos introduce en uno de los momentos más significativos de la historia del pueblo de Israel: la revelación de Dios a Moisés, para que éste comunicara al pueblo su decisión y su proyecto liberador. Es un episodio determinativo de ese pueblo, que ha definido siempre su vida en razón de su fe en el Dios, Yahvé, que lo sacó de la esclavitud de Egipto y le dio una tierra para que pudiera vivir en libertad. También es un episodio que, en el conjunto de las experiencias religiosas de la humanidad, marca un hito decisivo y original. Este capítulo, pues, prepara la gran narración de la liberación de Egipto, que es el momento culminante de las relaciones de Dios, Yahvé, con Moisés y con su pueblo.

I.2. El Dios, Yahvé -nombre misterioso, que puede tener muchos significados-, no se revela para dar a conocer un nombre extraño e impenetrable, sino porque ha escuchado el clamor de un pueblo en esclavitud y quiere comprometerse con los pueblos que viven esa opresión. Egipto, entonces, era una potencia impresionante, y sus dioses, los más magníficos del mundo. Sabemos que en el trasfondo de esta narración, que corresponde a la llamada tradición elohista, se apunta a la magia de conocer el nombre de la divinidad, que en las religiones ancestrales tenía un significado especial; quien conocía el nombre de la divinidad lo atrapaba de alguna manera. Podíamos señalar que en nuestro texto el nombre de Yahvé (el famoso tetagramaton divino, compuesto de cuatro letras yhwh, impronunciable para los judíos) tiene una raíz verbal, es decir, dinámica. No es, pues, una definición. Pero en Dios quien dice su nombre, quien se revela, quien descubre el misterio. No es un Dios egoísta de su nombre o de su esencia, al menos aquí. Es un Dios que se da: es el que hace existir, el que crea, el que desvela el misterio… pero eso no significa que ese Dios pueda ser manipulado por el hombre a su antojo. Ahora lo dice para poder conducir a Moisés desde la zarza ardiendo hasta la esclavitud de Egipto para liberar.

I.3. Por tanto el Dios, Yahvé, es un Dios que se da nombre a sí mismo, no lo ha descubierto el hombre escrito en un templo (y eso que los especialistas piensan que podía ser un dios local de Madián). No es ahora el momento de explicar en sus pormenores el origen del yahvismo como religión. En realidad es el que hace venir a la existencia lo que no existe; es quien da libertad a quien no la tiene; es quien libera de la esclavitud; es un Dios que se compromete en la historia, con los hombres y con los pueblos de la historia. Esta es la fuerza de la lectura de este domingo de Cuaresma. En las narraciones de la liberación de Egipto, y una de ellas es nuestra lectura, Israel nos trasmite una teología bien determinada: la experiencia que su Dios, Yahvé, se manifiesta como un Dios que no solo salva de las amenazas de los enemigos, sino que también viene en ayuda de las cosas más elementales de la vida: libertad, pan, paz y justicia. Por eso Israel aprenderá en esta teología a identificar el “pan de la vida” con el “pan de la salvación”. Todo eso es lo que significa esta revelación de Yahvé a Moisés.

IIª Lectura: Iª Corintios (10,1-12): El pasado se revive, se actualiza

II.1. Pablo, que había comenzado una polémica sobre la carne sacrificada a los ídolos (1Cor 8,1), comienza aquí (1Cor 10,1) un nuevo período de reflexión para llevar a sus últimas consecuencias cómo tienen que comportarse frente a la idolatría. Para ello se ha valido de un proceso exegético, que se llama midrash, una actualización de un texto del AT, en este caso la epopeya del éxodo; en realidad son varios textos los que Pablo comenta y actualiza (Ex 13,20-22; Ex 14,19; Sal 104,39). Entiende que todo aquello fue un “bautismo” para renacer como pueblo en la libertad que Dios le ofrecía. Pero no todos los vivieron así, sino que murmuraron contra Moisés y contra Dios. El desierto era duro, es verdad; pero la libertad siempre debe tener un precio.

II.2. Todo eso era un anticipo, un “tipos” para lo que ahora deben vivir los cristianos. Ahora Pablo intenta sacar las consecuencias parenéticas para la comunidad de Corinto que de nuevo, como el pueblo en desierto, no está lejos de ciertas actitudes idolátricas. La tipología es un ejemplo para que aprendamos, quiere decir Pablo, porque algunos pueden ir a banquetes paganos y comer de algo que se ha consagrado a los ídolos. Esta es una tentación constante en todos los procesos religiosos. Una lectura actual ya no podría referirse a un problema de carnes y participaciones en banquetes sagrados, sino en otros banquetes de poder y de gloria que pueden robar la identidad cristiana.

Evangelio: Lucas (13,1-9): Vivir con sentido siempre

III.1. El evangelio de Lucas viene hoy a hacer una llamada a la fidelidad de ese Dios salvador de la historia, que se ha jugado todo su prestigio y toda su divinidad con el pueblo. Se narran dos episodios de acontecimientos que ocurrieron, muy probablemente en tiempos de Jesús: unos galileos que el Prefecto romano mandó masacrar mientras ofrecían un sacrificio. Algunos apuntan a la sospecha de tipo político que tenían que ver con el terrorismo zelote, pero no es fácilmente aceptable esta tesis. Sí es importante el dato de que ocurrió mientras ofrecían un sacrificio, un acto religioso. No sabemos a qué se refiere, aunque tenemos noticias de que Pilato (por Flavio Josefo especialmente), responsable directo de la crucifixión de Jesús, fue uno de los políticos más perversos y venales de la administración romana. El otro episodio es mucho más normal, un accidente de trabajo, de tantos como ocurren en la vida, en el trabajo y ante los que uno se pregunta por qué.

III.2. ¿Qué pueden significar estos episodios narrados por Lucas? ¿Tiene que ver algo Dios en estos? ¡Desde luego que no! Eso es lo primero que debemos inferir en la lectura del texto ¿Por qué, pues, son narrados? Pues sencillamente para poner de manifiesto que Dios no es venal como Poncio Pilato y no tiene nada que ver con el accidente de la torre de Siloé del muro que rodeaba la ciudad de Jerusalén; esas cosas pasan en la vida. Eso nos descubre que somos lábiles y que no podemos vivir nuestra vida sin sentido. Todo el conjunto del evangelio de hoy va en esa dirección de una llamada a la conversión y a contar con Dios en nuestra vida. Jesús no ve en los samaritanos sacrificados, ni en los obreros de la torre maldad alguna para ser castigados por ello. No es el anuncio del Dios juez el que aquí aparece. Jesús habla de los “signos” de terror de la vida. Es una lectura realista de lo que ocurre y de lo que siempre ocurrirá, unas veces por la maldad humana y otras porque no podemos dominar la naturaleza. Pero ¿acaso esto no nos debe hacer pensar que debemos estar preparados siempre? ¿Para qué? No diríamos que para morir (aunque pueda parecer que ese es el sentido del texto), sino para vivir con dignidad, con sabiduría, con fe y esperanza. Y si llega la muerte, no nos ha de afanar con las manos vacías.

III.3. El tercer momento de la lectura evangélica se centra en una especie de parábola sobre la higuera plantada en una viña que, al cabo de tres años, no da fruto y se la quiere arrancar. La parábola de la higuera estéril es de la tradición (cf Mc 11, 12-14.20-26; Mt 21,18-22). Es curioso y original que Lucas se haya decidido por unirla a esos episodios anteriores. ¿Por qué? Para dar a entender que nuestra vida es como un tiempo que Dios permite (el dueño de la higuera) hasta el momento final de nuestra vida. Los Santos Padres entendieron que Jesús era el agricultor que pide al dueño un tiempo para ver si es posible que la higuera saque higos de sus entrañas. Sabemos que la higuera era símbolo de Israel en el AT, concretamente en los profetas. Por tanto resuena aquí, de alguna manera, la interpelación profética a la conversión. Nuestro evangelista le da mucha importancia en su obra al “hoy” y al “ahora” de la salvación. Por eso ese tiempo concedido a la higuera… es para un hoy y un ahora de salvación y de gracia.

III.4. Las conexiones de estos episodios se establecen en razón de la necesidad de estar siempre en actitud de responsabilidad y preparados para cambiar de vida, para arrepentirse; unas veces porque los hombres perversos aniquilan y otras porque ocurren catástrofes. Jesús, con sus palabras, exculpa a los que han sufrido la maldad de Pilato o la mala suerte del accidente, en el sentido de que no son responsables individualmente de lo que ha sucedido. Esto era importante entonces, donde todo se explicaba en razón de conexiones entre responsabilidad personal y castigo. No, los galileos o los trabajadores de la torre de Siloé no eran peor o más responsables que los que no les sucedió nada. Por el contrario, todos debemos estar siempre en actitud de conversión, porque Dios siempre ofrece oportunidades, como es el caso de la parábola de la higuera estéril. Siempre, con el Dios de la salvación, tenemos oportunidad de convertirnos y de buscar el bien.

fray Miguel de Burgos Núñez - Dominicos.org

 

* Cambio inmediato y profundo

Juan el Bautista y Jesús exhortan desde el principio con su predicación, a caminar en actitud de conversión: Dios siempre ofrece oportunidades para buscar el Bien y orientar personalmente la vida hacia su principio y fin último. Cambio radical que hemos de realizar libremente ante la presencia del Reino de Dios anunciado por Jesucristo.
No se trata de atemorizar a nadie, ni quitar la paz interior de la conciencia, sino todo lo contrario: Es hora de despertar del sueño, para vivir en plenitud la Luz que ilumina las tinieblas de la mente y del corazón. Se trata de reconocer con más claridad el tiempo maravilloso de la gracia, del amor, del perdón, de la reconciliación que gratuitamente se ofrece.

Es tiempo de gracia, tiempo teológico de salvación, encerrado en el día presente, en las acciones individuales, con un antes y un después salvadores. Son oportunidades continuas y sucesivas, orientadas en doble dirección:

a.- Vertical: Aceptando la presencia de Dios en la propia vida, como Señor y dador de todo bien, Amor increado que derrama bondad sobre las criaturas, que por su propia naturaleza sintonizan y cooperan felizmente a la consecución de sus objetivos innatos.

b.- Horizontal: Asumiendo los valores fundamentales del Reino, (en cuanto hijos de Dios) redimidos por Jesucristo, hermanos unidos en sintonía armoniosa para alcanzar el mismo fin y felicidad personalizada. Amor, justicia, veracidad, perdón, fraternidad, solidaridad…

* Ayudados por el Espíritu.

Cualquier obra humana que tenga repercusiones trascendentes tiene que estar “animada” por el mismo Espíritu Señor y dador de vida. Somos frágiles y limitados, pecadores y redimidos, en camino de salvación al que unimos nuestras fuerzas, allí hasta dónde alcancen.

Vivamos conscientes de que solos no podremos hacer nada, pero con la ayuda de Dios, todo lo que Él quiera encomendarnos. Nos corresponde mantener una escucha atenta para responder con fidelidad en el instante oportuno; será la forma eficaz de superar los obstáculos. Será la fuerza de su Amor quien moverá la piedra del sepulcro… inesperadamente y nos conceda una renovada decisión hacia la fidelidad, a pesar de las oscuridades, aparentes fracasos, abandonos o limitaciones, siendo conscientes de no ser probados más allá de nuestras fuerzas.

* Claves de salvación.

La salvación procede del infinito amor misericordioso de Dios, eficaz desde antes de la creación del mundo, concedido a la naturaleza humana al hacerle partícipe de su propia naturaleza divina.

No serán los méritos propios quienes alcancen la bondad divina, para realizar obras liberadoras, aunque sí sea necesaria su presencia y mediación. No estamos ante la imposición de un código alienante sino el compromiso con la humanidad, que pide al creyente ser fermento (revulsivo) de transformación de la misma naturaleza creada: Luz que ilumina el camino, amor que genera vida.

Cada cristiano se convierte así en conductor (como Moisés por el desierto) de sus hermanos, ayuda del hombre al hombre, al vecino o deficiente, al diferente…

a.- Ayuda eficiente hacia quien sufre hambre, sed, soledad, dependencias…

b.- Compromiso existencial, dinamismo creativo y fecundo de tipo humanitário

c.- Como si todo dependiera del quehacer generoso, silencioso, desprendido, cualificado.

* Los resultados.

Los modos, tiempos, calidad y abundancia de los frutos mesiánicos quedan fuera de nuestro sistema de pesas y medidas. Cuidado con las iras, afanes de justicia, rapidez en el desarrollo, eficacia en los medios evangelizadores: Dios paciente y misericordioso permanece fiel, y es conocedor de sus insondables designios creadores-bienhechores para cuanto ha creado.
a.- La Iglesia asume la misión reconciliadora del hombre con Dios, con los demás hombres y con la creación; descubre, después, que el pecado es la causa radical de toda laceración humana o hacia Dios, y termina señalando algunos medios para promover la conversión reconciliadora.

b.- Es preciso aceptar que en la vida familiar, en la comunidad civil y en las estructuras sociales existe una fractura, como fruto del pecado. Quien sea capaz de reconocer que puede existir desorden en su vida podrá rectificar cuando llegue el caso, y comportarse de otra manera. Desde allí promoverá la reconciliación en cada una de sus variantes: con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con toda la creación.

c.- El cristiano no condenará a nadie: ni a sí mismo. La confianza en Dios clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, que colma de gracia y de ternura, le llevará a descubrir el camino de la conversión; al mismo tiempo desarrollará acciones propias de su corazón contrito y humillado.

* Para reflexionar:

a.- Perdón, sí; conversión, también. Justicia, sí; reconciliación también: Son actitudes y compromisos reales, a la luz del evangelio de hoy, en aras de la paz y convivencia.

b.- En la conversión personal ¿procuramos integrar el “mal” que nos llega impuesto desde agentes externos: enfermedades, tormentas, terremotos…?

c.- Positivamente: ¿de qué manera fomentamos el cambio interior para construir nuevas relaciones sociales, laborales, políticas…?

d.- En la pequeña comunidad: ¿cultivamos estrategias válidas para aunar la oración con la acogida-aceptación de tan variados elementos?

fray Manuel González de la Fuente

 

«Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera»

Huyendo de la persecución del faraón, Moisés se refugió en el desierto. Hasta que un día, mientras conducía el rebaño de Jetró, fue llamado por Dios desde aquella zarza ardiente: Moisés, Moisés... Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob... He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa. Sí, el Dios vivo de la historia, que ya se manifestó a Abraham y prometió la salvación, tomaba la iniciativa y elegía a Moisés como instrumento para arrancar a su pueblo de la esclavitud y conducirlo a la libertad. Y, cuando Moisés le preguntó su nombre, le reveló: “Soy el que soy”... y así me habréis de invocar. Es decir, soy el que siempre está. Allí donde estéis vosotros, allí donde están los hombres, y siempre dispuesto a salvar. Aquél en quien se puede confiar, de quien todos se pueden fiar... Y Moisés, apoyado en la palabra y en la fuerza de Dios, dejó aquel rebaño y volvió sobre sus pasos. Y fue junto a sus hermanos para conducirlos como pueblo hacia la libertad...

S. Pablo nos recuerda hoy cómo aquel pueblo antiguo, sacado por Dios de la esclavitud, no supo luego afrontar bien las pruebas para lograr su destino. Y nos advierte que todo aquello sucedió como un ejemplo para nosotros y todo fue escrito para escarmiento nuestro, para que no caigamos como cayeron tantos en aquel camino sin alcanzar la promesa. Se conformaron con quejarse y protestar por las dificultades del camino, sin poner su total confianza en el Señor y en sus planes últimos de salvación. No quiere que nos pase lo mismo a nosotros. Dios nos quiere llevar a la libertad definitiva y conducirnos a su gloria, por medio de Jesús y su tránsito pascual. La cuaresma es una llamada a la revisión de nuestras verdaderas actitudes ante la vida y sus dificultades, como camino de salvación.

Hoy es Jesús, el enviado por Dios como salvador definitivo, el que nos quiere arrancar de nuestras miradas estrechas, para llevarnos a la libertad de los hijos de Dios. Ante él vienen unos que le cuentan cómo Pilato mató a algunos peregrinos galileos, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Quizás buscaban una reacción de Jesús contra aquella infamia. Pero se equivocaban. Él les recuerda, entonces, otra desgracia reciente de la que no tenían culpa los hombres: aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé. No, no se trata de quejarse o lamentarse inútilmente. Y mucho menos de juzgar si se lo merecían o no pensando en un castigo de Dios. Por eso les dice: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos? ¿O que aquellos que murieron aplastados bajo la torre eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. El Señor quiere mostrarnos cuál es la verdadera postura ante los acontecimientos de la vida y sus dificultades.

Quiere enseñarnos a valorarlos a la luz de Dios y de lo que para Él es lo peor. Las opresiones y las desgracias naturales hacen patente la fragilidad humana y la brevedad de la vida. Son signos y llamadas para tomar postura nosotros mismos de cara a Dios. No son pretexto para la revolución exterior, sino ocasión para la conversión interior. Nos impulsan a recuperar la confianza en el Señor, que se interesa más que nadie por nosotros y nuestra verdadera salvación. Aquella que es definitiva y que da el verdadero sentido a la vida, porque Él es su futuro. Por eso, les propone la parábola de la viña que el dueño quería cortar porque no daba fruto. Pero el viñador, que es Jesús, le ruega: Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas. Es el tiempo que nos ofrece ahora el Señor en su misericordia para revisar hasta qué punto sólo nos quejamos inútilmente, o estamos pendientes de lo inmediato, sin preocuparnos de lo único importante: ese amor liberador donde nos jugamos la vida eterna. Es el tiempo de comprender sí sólo confiamos en nuestras fuerzas y proyectos, en los éxitos fugaces, sin pensar en los frutos que presentaremos a Dios. Es el tiempo de revisar nuestra vida y los acontecimientos como llamadas de Dios.

Radio Vaticano