3º DOMINGO DE ADVIENTO

ciclo C

 

Los textos litúrgicos de este tercer domingo de adviento son un himno a la alegría. Alegría para los habitantes de Jerusalén que verán alejarse el dominio asirio y la idolatría y podrán rendir culto a Yahvéh con libertad (primera lectura). Alegría de los cristianos, una alegría constante y desbordante, porque la paz de Dios "custodiará sus mentes y sus corazones en Cristo Jesús" (segunda lectura). Alegría del mismo Dios que exulta de gozo al estar en medio de su pueblo para protegerlo y salvarlo (primera lectura). Alegría que comunica Juan el Bautista al pueblo mediante la predicación de la Buena Nueva del Mesías salvador, que instaurará con su venida la justicia y la paz entre los hombres (Evangelio).

Mensaje doctrinal

¿Por qué alegrarse?. Son varias las causas que se hallan en los textos litúrgicos.

1) Primeramente, porque Dios ha anulado tu sentencia. Sofonías imagina a Yahvéh como a un jefe de tribunal que, después de haber dictado sentencia condenatoria, la anula. ¿Cómo no alegrarse? Históricamente se refiere a la pesante opresión que el imperio asirio ejercía sobre el reino de Judá en tiempo del rey Josías, y de la que Yahvéh le ha liberado (primera lectura).

2) Alegrarse, porque Yahvéh está en medio de ti. Esa presencia divina de poder y de salvación libra de todo miedo, y renueva al reino de Judá con su amor. Es una presencia protectora y segura (primera lectura).

3) Alegrarse, porque el cristiano posee la paz de Dios que supera toda inteligencia (segunda lectura). Esa fe de Dios, que es fruto de la fe y del bautismo, y que se experimenta de modo eficaz en la celebración litúrgica, cuando "presentamos a Dios nuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias" (segunda lectura).

4) Finalmente, alegrarse porque Juan el Bautista, el precursor, proclama la Buena Nueva de Cristo (Evangelio) y, con él y como él, todos los precursores de Cristo en la sociedad y en el mundo. Por todo ello, podemos decir que el cristianismo es la religión de la alegría. Pero, alegría en el Señor, como nos recuerda san Pablo.

2. La alegría del precursor. La alegría de Juan el Bautista está expresada mediante tres imágenes. La imagen del patrono y del siervo, con lo que indica la superioridad de Jesús sobre Juan. Jesús es como el patrón que cuando llega del campo o de la ciudad tiene a su disposición un siervo (Juan el Bautista) que le desate la correa de las sandalias. Juan está alegre porque el Mesías, su patrono, está por llegar. Usa también la imagen del agricultor que al llegar el verano, siega las espigas, las trilla, separa mediante el bielde el grano de la paja, guarda el grano y quema la paja. La alegría de Juan es la alegría de quien recoge el fruto de su trabajo, el fruto de tantos otros profetas que prepararon junto con él la venida del Mesías. Por último, Juan se alegra porque, mientras él bautiza en agua, el que está por venir, es decir, el Mesías, bautizará en Espíritu Santo y fuego. O sea, en Espíritu santo que es fuego purificador del pecado, fuego impulsor y difusor de grandes empresas. En el bautismo el cristiano recibe al Espíritu, uno de cuyos primeros frutos es la alegría.

3. El evangelio de la alegría. Reflexionando sobre la perícopa evangélica, el Evangelio de la alegría se dirige a todo tipo de personas: a la gente en general, a los publicanos, a los mismos soldados. Este Evangelio consiste sobre todo en la donación y amor al prójimo, que cada categoría debe vivir según sus circunstancias. Así la gente es invitada a compartir con los más necesitados el vestuario y la comida. Los publicanos vivirán el amor fraterno cobrando los impuestos con exactitud y justicia, sin adiciones egoístas de lucro personal. Respecto a los soldados, por un lado que estén contentos con el salario que reciben, suponiendo que es justo; por otro lado, que a nadie extorsionen y a nadie denuncien falsamente. En resumen, el Evangelio de la alegría se implanta y produce frutos magníficos allí donde se vive el mandamiento del amor, cada uno según su profesión y su condición de vida.

Sugerencias pastorales

1. Alegrarse ya del futuro. Sofonías anuncia la liberación de Jerusalén y Judá, pero todavía no ha llegado. Con todo, ya el mismo anuncio debe ser causa de alegría. Juan Bautista goza ya por anticipado de la venida del Mesías, aunque todavía no se haya hecho presente. Los cristianos vivimos con alegría este período de adviento, aun a sabiendas de que la Navidad no ha llegado todavía. Los cristianos estamos afincados en el presente, pero con la mirada puesta en el futuro, que ha de ser siempre fuente de alegría. Hay un viejo refrán que dice: "Todo tiempo pasado fue mejor". Ciertamente no es verdad, y menos para el cristiano. El cristiano, hombre de la esperanza, dirá más bien: "Todo tiempo futuro será mejor" y esto le infunde una grande alegría. Mejor, no precisamente por mérito de los hombres, sino por acción misteriosa y eficaz del Espíritu Santo en la historia y en las almas. Mejor, porque el progreso científico, y sobre todo moral de la humanidad, sin olvidar la ambivalencia y deficiencias del progreso, contribuye de alguna manera al reinado de Dios en el tiempo y en la vida de los hombres. Y ¿cómo no alegrarnos del futuro si estamos convencidos de que el futuro está en manos de Dios, porque Él es el Señor de la historia y quien tiene en su poder las llaves del futuro? Incluso en medio de la prueba y de la tribulación, el futuro sonríe al cristiano maduro en su fe.

2. Alegría y paz. Amor, alegría y paz son dones del Espíritu Santo. En cuanto dones del Espíritu Santo sería un error identificar el amor con el sentimiento amoroso o con los amoríos, la alegría con las alharacas y la paz con la ausencia de guerra, destrucción y muerte. La paz de Dios es algo, nos dice san Pablo, que supera toda inteligencia. Y lo mismo vale para la alegría. Siendo dones del Espíritu Santo, únicamente quien las ha recibido por la fe, está en condiciones de experimentarlas, conocerlas, poseerlas, disfrutarlas, transmitirlas. Hay una cierta reciprocidad entre ambos dones del Espíritu. La paz que habita en el alma del creyente inspira una alegría interior atrayente, que se manifiesta en el talante de la persona, que se contagia hasta con la sola presencia. Por su parte, la alegría de la que el Espíritu dota al creyente, transmite paz y orden en la vida, serenidad y armonía, y sobre todo una especie de ataraxía, de imperturbabilidad espiritual, que provoca en todos admiración. ¿Por qué no pedir al Espíritu Santo que nos conceda más abundantemente estos dones de la paz y de la alegría para prepararnos a la Navidad? Alegrémonos en el Señor. Vivamos la Paz de Dios. La Navidad está ya a las puertas.

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La misión de san Juan el Bautista.

"Vino un hombre, enviado por Dios, llamado Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que creyeran por medio de él. No era él la luz, sino testigo de la luz" (Jn. 1,6 - 8) San Juan Apóstol y Evangelista, nos presenta al Bautista como testigo o mártir de la luz. ¿Qué significaba para el último de los Profetas ser testigo de la luz divina? El ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, se expresó en estos términos: "A muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el poder y el espíritu de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lc. 1, 16-18) Cuando el sacerdote Zacarías recuperó la voz, definió la futura misión de su hijo recién nacido en estos términos: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos" (Lc. 1,76)

El nacimiento de nuestro Profeta fue muy prodigioso, así pues, siendo Isabel y Zacarías muy mayores, cuando la gente decía que la Madre del Profeta era maldita de Dios por cuanto no había podido dar a luz nunca, el Bautista fue concebido por mandato expreso de la Palabra de Dios y la santificadora acción del Espíritu Santo. Nosotros no sabemos qué les llamó más la atención a los judíos, la concepción milagrosa de San Juan, o la curación de Zacarías, quien perdió la voz al no creer las palabras del ángel que le anunció su paternidad en el Templo de Jerusalén.

En los años de su juventud, el Bautista se separó de sus padres, y empezó a formar parte de una comunidad de esenios, los cuales se caracterizaban porque vivían en el desierto, y apenas se comunicaban con quienes no seguían su estilo de vida. Si durante su niñez el Profeta fue preparado por sus padres estrictamente para servir al Señor, al adoptar una nueva forma de vida, fue tan impactante la vida de los esenios para el que había de preparar el camino del Señor, que este se convirtió en precursor de desdichas. Aún en nuestros días hay personas que siguen diciendo que el demonio, el mundo y la carne son nuestros infernales enemigos, pero, en el fondo de sus corazones, sin apreciar los avances de las ciencias relacionadas con el estudio del pensamiento, estos hermanos nuestros se mortifican para adorar a Dios.

Cuando el Profeta consideró que estaba formado espiritualmente para predicar, se retiró de su comunidad contemplativa, y empezó a predicar, haciendo que la gente lo buscara, pues, siendo esenio, no podía mezclarse con los que eran del mundo, para evitar contagiarse con los vicios que formaban parte de la actitud de esas personas. San Marcos nos describe la forma de vestir del Bautista en su Evangelio en estos términos: "Juan iba vestido de pelo de camello, llevaba un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre" (Mc. 1,6)

Juan gritaba en el desierto de Judea: "Convertíos, porque el reino de Dios está muy cerca" (Mt. 3, 2) En aquel tiempo los judíos vivían padeciendo los efectos de la dominación romana y de su rebeldía nacionalista. En el año 63 antes de Cristo, el Emperador romano profanó el Templo de Jerusalén asesinando a todos los sacerdotes que protegían la parte más sagrada del recinto religioso, el Sancta-Sanctorum en la cual estaba contenida el arca de la Alianza, con la intención de adueñarse del conocido tesoro de los israelitas. Para conseguir su propósito, muchos sacerdotes cayeron bajo el poder de las espadas romanas. La sorpresa del Emperador fue mayúscula cuando este descubrió que el tesoro de los judíos sólo eran los libros que componen la Ley mosaica. A partir de aquel hecho, la supervivencia de los judíos fue una batalla muy difícil, dado que estos no les permitían a los romanos que instalaran imágenes paganas de dioses ni de emperadores en el Templo. En el año en que nació Jesús, Tiberio César estaba haciendo un censo de los habitantes del Imperio para cobrar un tributo que sumió a muchos contemporáneos del Señor en el más profundo estado de miseria. Para cobrar los impuestos, Roma se valía de judíos que, a parte de cobrarles a sus hermanos de raza lo que Roma les pedía, se quedaban para enriquecerse con una buena parte de la hacienda de los más desfavorecidos. Muchos judíos vivían con la esperanza de que un Mesías político-militar acabara con aquel estado de frustración nacional, pero, los más fervorosos siervos de Yahvéh, se alegraron profundamente cuando oyeron la voz firme de Juan, el Profeta que anunciaba la llegada del Reino de Dios.

Cuando los fariseos y los saduceos supieron que la gente se dejaba bautizar por Juan, se interesaron por oír la enseñanza del Profeta, por si a caso el mensaje que este predicaba era peligroso para quienes vivían una situación delicada, pues, si querían mantener su privilegiada situación económica, debían ser amigos del pueblo de Dios y de Roma. El Bautista, para no perder la costumbre de hablar con su exagerado tono de esenio, al ver a los colaboradores de Roma que contribuían con los conquistadores a la hora de hacer desgraciados a los más desprotegidos, gritó apasionadamente: "¡Hijos de vívora! ¿quién os ha avisado para que huyáis del inminente castigo¿" (Mt. 3,7) Todos los habitantes del país, exceptuando a los zelotes o sicarios, respetaban profundamente a los fariseos y a los saduceos, ¿qué querría decir Juan al proferir semejante amenaza? Por si los oyentes del Profeta tenían alguna duda con respecto a la causa por la cual El se había expresado en estos términos, el hijo de Zacarías añadió: "Demostrad con hechos vuestra conversión y no os hagáis ilusiones pensando que sois descendientes de Abraham. Porque Dios puede hacer que de estas piedras le broten descendientes a Abraham. Ya está el hacha preparada para cortar de raíz los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego" (Mt. 3,8 - 10) Los oyentes de Juan, pudieron entender claramente que el nuevo predicador hablaba contra ellos, así pues, tuvieron que tomar la resolución de cerrarle la boca al Bautista, antes de que este decidiera que era otro falso mesías de los que ellos en las últimas décadas habían asesinado entre 4 y 6 docenas aproximadamente.

Con el fin de averiguar si Juan se proclamaba mesías a sí mismo, los saduceos le enviaron una comisión de sacerdotes y levitas para que lo interrogaran, pues, la sinceridad y nobleza del testimonio del Profeta, había influído sobre el pueblo de manera que muchos llegaron a creer que Juan era el enviado de Dios que ellos habían esperado durante muchos siglos. El testimonio de Juan fue tajante: "-Yo no soy el mesías" (Jn. 1,19) El público y los seguidores del Profeta se asombraron al oír aquellas palabras. ¿Cómo podía ser Juan un simple Profeta que se expresaba con tanta claridad? ¿Por qué no era Juan el Mesías? Si el Bautista no era el Mesías, ¿por qué se exponía ante quienes tenían poder para segar su vida?

Los enviados de los saduceos no desistían de su intento de hacer que Juan cayera en la trampa que le querían tender. Ellos le preguntaban al hijo de Isabel: -¿Eres Elías, Isaías, Jeremías...? ¿Quién eres? ¿Qué dices de ti y de tu actitud? Como Juan no decía de sí mismo que era un antiguo Profeta encarnado, volvieron a preguntarle: -Si no eres ninguno de nuestros Profetas del pasado y tampoco eres el Mesías, ¿eres el Profeta que harás el trabajo del Mesías? Juan dijo: -No lo soy. Los saduceos, desesperados, preguntaron nuevamente: -¿Por qué no dices abiertamente que eres un nuevo mesías? Quienes nos han enviado a interrogarte, nos han dicho que te pidamos que seas tan claro al definirte como al intentar amedrentarnos con tus amenazas respecto de nuestra futura condenación, así pues, requerimos una respuesta tuya que sea concisa. Juan exclamó: -Yo soy aquel de quien dice Isaías en su Emmanuel que allanará los caminos del Señor. Yo he venido al mundo para allanar los montes de la soberbia humana para disponerle al Señor un pueblo que escuche su Palabra. Los saduceos no necesitaban interrogar más a Juan, pues ya podían acusarle de mentir a la gente haciéndose pasar por uno de los personajes bíblicos más relevantes, como lo era Elías, según podemos leer en la Profecía de Malaquías, quien anunció la encarnación del citado Profeta en la persona de San Juan Bautista.

Algunos de los comisionados para interrogar a Juan eran fariseos. Sabemos que los fariseos se diferenciaban de los saduceos en su apego a la espiritualidad. Los fariseos siguieron acosando a Juan: -Si tú no eres ni el Mesías ni un Profeta relevante, ¿qué créditos tienes para incitar al pueblo a ser bautizado por ti? Juan exclamó: -Yo sólo bautizo con agua, pero en medio de vosotros hay uno a quien ni siquiera conocéis que vino después que yo pero es más grande que yo, El será quien os bautizará con agua y Espíritu Santo.

Los comisionados quedaron perplejos ante la respuesta de Juan, ¿qué sentido tenía que uno de los Profetas del pasado fuese reencarnado para anunciar la venida de otro nuevo Profeta? En el caso de que el personaje vaticinado por Juan fuese el Mesías político-militar tan esperado, ¿no podría el enviado de Yahveh promocionarse por sus propios medios prescindiendo de un personaje tan fanático como molesto? El anuncio del Bautista había sido profetizado en las Sagradas Escrituras, pero la alta sociedad de Israel, no supo conocer al Precursor del Mesías.

Juan repetía todos los días las mismas palabras: Que los ladrones devuelvan lo que roban, que los que tienen bienes repartan la mitad de sus posesiones con los pobres, que los que tienen ropa la repartan con quienes no tienen... Estando el Profeta cierto día anunciando la Palabra de Dios a su modo, oyó una voz que lo dejó perplejo: -Bautista, ¡bautízame! Se trataba de Jesús, aquel de quien el Espíritu Santo le dijo a Juan: "Yo te haré saber quien es el que bautiza con agua y Espíritu Santo cuando El se acerque a ti, porque el Espíritu bajará y permanecerá sobre El" (Jn. 1, 33)

Fueron muchos los que se asombraron al ver cómo los dos primos se disputaban el honor de ser bautizados el uno por el otro. Juan decía: -Bautízame tú, yo no tengo valor ante ti". Jesús decía: "Bautízame tú, no me prives del valor de sentirme sumido en la miseria para valorar y amar más la Divinidad de Dios". Como Juan era reacio a bautizar a Jesús, el Señor exclamó: "Juan, hazme el favor de cumplir las Escrituras y bautízame, dame la dicha de recibir tu bautismo". Juan no pudo oponerse al razonamiento del Señor, y accedió por fin a bautizar al Mesías. Es fácil imaginar la contradicción que Juan tuvo que soportar al tener que decirle a Jesús: "Yo te bautizo para que te conviertas al Señor arrepintiéndote de todos los pecados que hayas cometido en tu vida pasada".

Este es el testimonio que el Bautista dio de su experiencia al bautizar a Jesús: "Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo... He visto como el Espíritu bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él... Puesto que lo he visto, testifico que éste es el Hijo de Dios" (Jn. 1. 29. 32. 34).

2. ¿Por qué oramos durante el tiempo de Adviento?

El Adviento es para nosotros los cristianos católicos semejante al inicio del año cívico. En este tiempo que comenzamos a celebrar hace dos semanas renovamos nuestra fe adquiriendo nuevamente nuestro compromiso bautismal de vivir cerca de nuestro Señor. Con esta intención, al iniciar los estudiantes su trabajo anual, la Iglesia, utilizando actos rituales sencillos y con un amplio significado teológico, intenta concienciar a sus catequistas de la necesidad que todos tenemos de conocer la Palabra de Dios, para predisponerlos a atender a los niños de primera Comunión, a los adolescentes que trabajan en grupos de perseverancia, a los que se preparan arduamente para confirmarse, a quienes se forman llenos de ilusión para recibir el Sacramento del Matrimonio, a los ancianos que se sienten ignorados por sus seres queridos, etcétera.

Todos los días 1 de enero nos marcamos una serie de metas a conseguir, pero, a pesar de ello, nosotros hemos adquirido una serie de costumbres que no deben transformarse, pues, si modificamos los citados hábitos, nuestra vida puede dejar de tener sentido en cierta forma. Sírvanos como ejemplo ilustrativo para comprender esta meditación el crecimiento de las rupturas matrimoniales causado en muchas ocasiones por la inexistencia del diálogo entre los cónyuges. De la misma forma que los matrimonios se disuelven si los cónyuges no se expresan sus sentimientos constantemente y las relaciones entre padres e hijos se debilitan si éstos no dialogan con mucha frecuencia, nuestra fe se extingue de nuestros corazones si no oramos o hablamos con nuestro Padre y Dios.

Una de las razones por la que no podemos comunicarnos con Dios consiste en que, basándonos en nuestros conocimientos mercadotécnicos, nos negamos a comprender la forma de vida que Jesús nos propone en los Evangelios. ¿Cómo podemos ser sencillos como los lirios en un mundo tan sofisticado como el nuestro? Nuestro entorno adopta cada día un aspecto parecido a los componentes de un entorno de programación informático cifrado en los caracteres de un idioma ininteligible.

El autor de los Salmos se cuestionaba con mucha frecuencia: "¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean fracasos? Se alían los reyes del mundo, los príncipes conspiran contra el Señor y su Mesías" (Sal. 2,1 - 2). La soledad a la que nos enfrentamos muchos cristianos practicantes es una de las causas por las que la mayoría de los miembros de la Iglesia somos cada día más partidarios de reunirnos en grupos de Liturgia, meditación y oración, en comunidades físicas yo virtuales, pues, el autismo a que nos enfrentamos en muchas ocasiones, puede servirnos para abnegar de nuestra fe. Todos conocemos casos de políticos que cambian de ideología con cierta frecuencia, pero, cuando un cristiano reniega de su fe y ha vivido en contacto con realidades espirituales superiores a muchos de los actos y acontecimientos que caracterizan nuestra existencia mortal, tiene que admitir que le falta un motivo que le dé a su vida el carácter sobrenatural o imperecedero que únicamente puede gozar al abrazar nuestra fe. Por su parte, Pablo de Tarso, les escribió a los cristianos de Roma la causa fundamental que explica nuestra carencia de fe: "¿Cómo van a invocar a aquel en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en El si no han oído su mensaje? ¿Y cómo van a oír su mensaje que no ha sido proclamado? Y, finalmente, ¿cómo va a proclamarse ese mensaje, si no existen los mensajeros?" (Rom. 10, 14-15). El texto de Pablo que estamos meditando puede ayudarnos a concienciarnos con respecto a la necesidad que tenemos de conocer y predicar la Palabra de Dios a tiempo y destiempo.

¿Qué tenemos que hacer para adquirir el conocimiento de la Palabra de Dios? Para ello lo que tenemos que hacer es leer la Palabra de Dios contenida en la Biblia, atender a la instrucción de la Iglesia, y, finalmente, extraer enseñanzas morales de las circunstancias que vivimos diariamente, así pues, quienes están acostumbrados a comunicarse con Dios frecuentemente, tienen la experiencia de que nuestro Padre común les habla a través de sus vivencias ordinarias, por simples que los citados acaeceres sean a los ojos de ellos.

El mensaje de Dios ha sido difundido por los judíos y los cristianos durante muchos siglos, pero, si no hemos sabido llegar al corazón de todos los hombres, no hemos de considerar que ellos son pecadores, sino que debemos buscar la forma apropiada para hacer que nuestros prójimos confíen en nuestro Criador.

Aunque el tiempo que le dedicamos a la oración depende del ímpetu con que respondemos a nuestra vocación, es conveniente que nos ejercitemos hablando con nuestro Padre y Dios frecuentemente, así pues, además de pedirle por nuestras necesidades y las carencias de nuestros prójimos, es bueno que nos acostumbremos a contarle a nuestro Padre y Dios todo lo que hacemos, de la misma forma que hacemos lo propio con aquellos de nuestros familiares y amigos en quienes confiamos plenamente.

Durante los días de esta primera semana de Adviento vamos a adquirir el compromiso de aumentar nuestro tiempo de oración gradualmente. Para lograr nuestro objetivo, vamos a rezar el Padre nuestro una vez todos los días lentamente, meditando el significado teológico de todas las frases que componen la citada oración que Jesús nos enseñó.

3. Todos necesitamos a Dios.

Todos conocemos la forma en que el pecado entró en el mundo. Adán y Eva desobedecieron a Dios, pues comieron del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal. Adán y Eva no necesitaban vivir la experiencia del sufrimiento ni de la muerte, porque nuestro Padre común les dijo que, si esperaban a que finalizara el tiempo que él fijó para que le demostraran que lo amaban viviendo en su presencia en el Edén, les llevaría al cielo, pero, Adán y Eva, se enfrentaron a lo que desconocían y temían, con tal de llegar a ser iguales a nuestro Criador. A partir de este relato que se encuentra en el capítulo 3 del primer volumen de la Biblia, los hombres de todos los tiempos, hemos vivido alejados de Dios. ¿Cuál es la causa de esta separación?

"Tenía mi amado (Dios) una viña en una ladera fértil -nos dice Isaías en su Emmanuel-. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres" (Is. 5,1 - 2). Nuestro Padre celestial creó un mundo semiperfecto para que nosotros le adoráramos, y viviéramos como hermanos. Dios cercó y despedregó su viña, es decir, dotó a Adán y a Eva con una serie de dones y virtudes, como la inmortalidad de su alma, y la imposibilidad de ceder a las enfermedades y de morir, a este respecto, podemos entender el hecho de que nuestro Padre común plantara vides escogidas en su viña. Dios edificó en medio de su viña una torre y un lagar, es decir, nuestro Santo Padre estableció su morada en nuestros corazones, quiso vivir entre nosotros, para que le convirtiéramos en el centro de nuestra existencia. Dios esperaba que su viña diese uvas, pero sólo dio uvas agraces.

¿Qué sucedió para que no se llevara a cabo el propósito inicial de nuestro Padre común de salvarnos sin que conociéramos las miserias que nos afectan a todos de alguna manera?

"Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de Judá, juzgad ahora entre mí y mi viña. ¿Qué más se podría hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres¿" (IS. 5,3 - 4). ¿Cometió nuestro Padre común algún error al crearnos? ¿Es Dios culpable de la comisión de los pecados con que los hombres marcan su vida? Podemos decir con toda certeza que Dios es culpable de que mucha gente peque porque él nos ha creado libres para que decidamos lo que hemos de hacer en cada momento de nuestra vida, pero, ¿podemos decir que los pecadores hacen el mal porque Dios quiere que ello suceda? Un ejemplo ilustrativo de esta meditación es la traición de Judas, así pues, si el hijo de Iscariote no hubiera vendido a Jesús como si su Maestro hubiera sido su esclavo, ¿cómo hubiera podido llevarse a cabo nuestra redención? Quizá pensamos que si Dios hablara como lo hacemos nosotros podríamos comprender lo que quiere que hagamos, pero ello no es cierto, dado que tenemos una gran tendencia a ignorar los consejos que nos dan nuestros familiares y amigos más cercanos, las personas en quienes más confiamos.

"Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada. Haré que quede desierta; no será podada ni cavada, y crecerán el cardo y los espinos; y aun a las nubes mandaré que no derramen lluvia sobre ella" (Is. 5,5 - 6). ¿Hemos de interpretar los dos últimos versículos del primer Isaías que estamos meditando como la constatación de que hemos sido abandonados por Dios por causa de nuestras transgresiones del cumplimiento de su Ley? Los creadores de la Terapia Cognitiva de la Depresión, antes de aplicarles a sus clientes técnicas cognitivas yo conductuales para ayudarles a superar sus depresiones, les explicaban a los mismos el fundamento teórico de dichas técnicas terapéuticas, con el fin de que ellos pudieran someter los pensamientos que coartaban sus sentimientos a una prueba de realidad. Dios no nos ha abandonado, pero, si él nos explica las razones por las que hemos de esforzarnos para vivir en su presencia y le ignoramos, lo único que puede hacer para impedir que cometamos graves errores, es privarnos de la libertad que nos concedió inicialmente.

Hoy empezamos a vivir la tercera semana del tiempo de Adviento, así pues, sólo faltan ocho días para que celebremos la primera venida de nuestro Hermano y Señor a nuestro encuentro. Hoy hemos de preguntarnos: ¿Necesitamos a Dios? Si respondemos a la pregunta anterior afirmativamente, hemos de preguntarnos: ¿Qué quiere Dios de nosotros? Si nuestro Criador no quisiera nada de nosotros, es obvio que no se nos hubiera revelado. En el Evangelio de San Juan encontramos las siguientes palabras de Jesús: "-Lo que Dios espera de vosotros es que creáis en su enviado" (JN. 6,29). Si Dios quiere que creamos en Jesús, vamos a intentar aumentar nuestra fe durante los días que faltan para que celebremos el tiempo de Navidad. Ahora bien, ¿de qué forma vamos a preparar la celebración del cumpleaños de nuestro querido Hermano? ¿Qué podemos hacer para que Dios se sienta acogido en nuestros corazones? Por una parte, debemos preparar la celebración de la Navidad a nivel material, es decir, hemos de cenar con nuestros familiares y amigos la noche en la que celebraremos la Natividad del Hijo de María, podemos demostrarles a nuestros seres queridos que les amamos haciéndoles algunos regalos, debemos asistir a la celebración de la Eucaristía de la media noche de Navidad, etcétera. Nuestro Señor quiere que vivamos una Navidad cargada de emociones positivas, pero este hecho no ha de hacernos olvidar el texto lucano: "-El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo" (Lc. 3,11). Si Jesús vendrá a nuestro encuentro durante el tiempo de Navidad, nosotros, durante las fiestas que se avecinan, vamos a ir al encuentro de nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo. No vamos a privarnos de ir a algunos centros comerciales para comprar las cosas que necesitamos para celebrar la Navidad ni de ver la TV, pero sería muy constructivo el hecho de que les dediquemos bastante tiempo a nuestros niños, pues ellos

necesitan que juguemos con ellos, y que conozcamos sus problemas. Vamos a dedicarles tiempo a nuestros padres y a nuestros abuelos, vamos a hacer que ellos se sientan amados, que vean que, aunque pasamos mucho tiempo lejos de ellos por causa de nuestro trabajo, no les olvidamos.

Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra santa Madre que nos ayude a sensibilizarnos de nuestros prójimos, pues ella, a pesar de que estaba en estado de gestación, no desestimó la posibilidad de servir a la madre de San Juan Bautista, ya que la mujer de Zacarías dio a luz a su hijo en una edad bastante avanzada.

José Portillo Pérez

 

¿Qué tenemos que hacer?

La tónica dominante de este domingo es la alegría porque viene el Señor. El profeta Sofonías nos la quiere provocar así: Grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás... El Señor tu Dios, en medio de ti es un guerrero que salva. Sí el Señor mismo viene como rey que se pone a la cabeza de su pueblo. Y, por eso, no debe temer a ningún enemigo, ni interno, ni externo. Y es que el Señor viene porque nos ama. Nos lo sigue diciendo el profeta: Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.

Es Juan el Bautista el que nos anuncia ya la gran noticia y nos llama a la decisión para que el Señor nos encuentre bien dispuestos: Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo... Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en la mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga. Sí, Juan anuncia al que derramará el Espíritu del amor de Dios en nuestros corazones, pero también al que trae el fuego para quemar lo que no vale.

Por eso el pueblo, conmovido por sus palabras, quiere saber qué ha de hacer para eximirse del castigo que merecen los pecados; cómo conjurar el peligro de ser eliminado como parva estéril; cómo disponerse, en concreto, al que viene con la fuerza del Espíritu de Dios. Y la respuesta de Juan a todos es contundente: El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo. Se trata de amar en la forma que Dios quiere, es decir, teniendo en cuenta a los demás. Y matar así el egoísmo, que es la primera enfermedad del corazón humano. Sólo así podremos experimentar la alegría de aquél que ha sido enviado por la misericordia de Dios.

También unos publicanos, esos negociantes que se aprovechaban de los impuestos, le preguntan a Juan: Maestro, y nosotros qué hemos de hacer. Y el Bautista les responde: “no exijáis más de lo establecido”. Se trata de no alimentar esa otra enfermedad radical en el hombre, que es la avaricia. Y unos soldados también le consultan: Y qué hacemos nosotros. El les contestó: no hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga. Es decir, no abusar de la fuerza, ni aprovecharse del puesto o la situación para quedarse con lo de los demás. Se trata de conformarse con lo necesario y desterrar la codicia de querer más.

Esa enfermedad tan de moda: la depresión. Ese estado desencadenado en el interior del que pierde la ilusión; esa sensación de fracaso de que nada merece la pena, porque no se cumplieron nuestros cálculos. Muchas veces, es el resultado de las ambiciones sin lograr; es la paga de avaricias truncadas; es el vacío provocado al final por nuestros propios egoísmos. Bacilos éstos que corren como valores de moda que nos pueden contagiar. ¡Tantas veces son las armas que tienen los más fuertes para debilitarnos; que tienen los más poderosos para seguir ingresando ganancias; que tiene los más “listos” para manipularnos y dominar! Y, por eso, el Señor nos quiere inmunizar de raíz el corazón para llenarlo de otra alegría que no se puede perder. Nos la indica hoy San Pablo: Estad siempre alegres en el Señor.

Sí, el que sabe alegrarse por la salvación definitiva alcanzada en Cristo Jesús y su amor, tiene tranquilo el corazón. Y la paz de la amistad con el Señor es como un centinela que custodiará nuestro corazón de toda otra ambición engañosa que termine en el vacío; de todo otro temor que nos hunda en la tristeza; de toda otra desilusión que nos sepulte en la depresión. Hermanos, el Mesías está muy cerca, ¡alegrémonos en el Señor!

Radio Vaticano

 

"Estad siempre alegres... El Señor está cerca”

Alegres como en días de fiesta

La liturgia de este domingo nos invita a cultivar la espiritualidad de la alegría desde la praxis de la justicia. Esperar al Señor supone  desprendimiento de lo que nos ata,  compartir lo que somos y tenemos,  ensanchar nuestra mesa. Esta espera activa, debe ahuyentar la tristeza que nuestro mundo herido nos depara, porque la fuente de nuestra alegría  es el Señor que viene. Radica, también,  en la esperanza de que un mundo más justo y humano es posible, porque  Dios es fiel y cumple sus promesas:”No temas…El Señor tu Dios, en medio de ti…se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta (Sof 3,16 - 18) ¿Me comprometo con las causas justas? Desde ese compromiso ¿trasmito alegría a los demás?

Necesidad de discernir

La predicación testimonial de Juan el Bautista pone a pensar a la gente, suscita preguntas: “¿Qué hacemos nosotros?” han comprendido que no basta escuchar, sino que hay que actuar. Esta pregunta sigue vigente si consideramos el problema del hambre en el mundo, el problema de los desplazados, el tráfico de niños y mujeres, y tantas lacras sociales que contemplamos cada día. Por eso, es necesario cultivar una espiritualidad de ojos abiertos para discernir los signos de los tiempos y ser agentes trasformadores/as de nuestra historia ¿Contemplo y considero la realidad que me circunda? ¿De qué manera me involucro?

Signos de conversión

Generalmente, nos conformamos con no hacer mal a nadie,  algunas prácticas religiosas y dar alguna limosna. Acoger la  venida del Señor requiere ampliar el abanico de nuestros compromisos, para con Dios y para con los demás. Invita a cultivar, con hondura, nuestra interioridad, siendo más gratuitos en los espacios de oración. Respecto a las personas, ser más sensibles, poniéndonos en su lugar y siendo solidarios, particularmente, con las más desfavorecidos. Las clases sociales que nos presenta Lucas: la gente pobre del pueblo, recaudadores de impuestos y militares del ejército de ocupación, siguen vigentes con otros nombres, invitándonos a la solidaridad, a la ética profesional y a una convivencia pacífica. Esta solidaridad debe alcanzar a la Madre Tierra, la cual también grita a causa del mal trato que le damos. ¿Estoy haciendo un camino de conversión?

Precursores/as como Juan

Con frecuencia nos puede el afán de ser los primeros/as, los vencedores/as, dejándonos llevar de la vanidad y olvidándonos de cuál es exactamente nuestro lugar. Juan el Bautista es el prototipo de persona humilde y lúcida: “…viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias” (Lc 3, 16) Tiene claro que su misión es preparar el camino para que el sembrador, Jesús, lo fecunde con su palabra. Ser portador de una Buena Noticia ¿Cómo nos situamos en la Iglesia? ¿En la Comunidad? ¿Nos ponemos detrás o delante de Jesús? ¿Delante o detrás de los demás?

Hna. Teresa Sancho Pascua - Dominica Misionera Sgda. Familia - Venezuela

 

Ya más entrado el Adviento, las lecturas nos hablan de alegría, pues ya está más cerca la venida del Señor.

La primera lectura (So. 3,14 - 18) “Alégrate, hija de Sión, da gritos de júbilo ... No temas ... el Señor tu Dios está en medio de ti.  El se goza y se complace en ti”.  ¿Por qué hemos de estar alegres?  Porque “el Señor ha levantado la sentencia contra ti, ha expulsado a todos tus enemigos”. Es la salvación realizada por Cristo lo que se nos anuncia aquí. Tanto es así que el Arcángel Gabriel hace eco de estas palabras cuando anuncia a la Santísima Virgen María la Encarnación del Hijo de Dios en su seno: “Alégrate, el Señor está contigo ... No temas María, porque has encontrado el favor de Dios ... concebirás y dará a luz a un Hijo” (Lc. 1, 28 y 30)

Desde que Jesús vino al mundo como Dios verdadero y como Hombre también verdadero, podemos decir con san Pablo en la primera lectura (Flp. 4,4 - 7): “el Señor está cerca”, porquecada día que pasa nos acerca más a la venida del Señor.

Entonces ... ¿qué hacer? San Pablo también nos responde: “No se inquieten por nada; más bien presenten sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud”.   La oración es, sin duda, un ingrediente importantísimo de entre las cosas que hemos de hacer para prepararnos a la venida del Señor. Y el Apóstol nos asegura que, siguiendo su consejo, “la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodiará nuestros pensamientos y nuestros corazones en el conocimiento y el Amor de Cristo Jesús”.

Sin temor, en confianza en Dios, en oración seremos preservados en la Paz y en el conocimiento y la entrega a Dios nuestro Señor.

Pero ¿qué más hacer? Con la oración como punto de partida, sostenida por los Sacramentos, especialmente la Confesión y la Comunión frecuentes, debemos realizar el ideal del cristiano que Jesús nos vino a traer y que conocemos de sobra.

Sin embargo, el Evangelio nos presenta a un personaje muy central de esta temporada de Adviento, preparatoria a la Navidad. Se trata de san Juan Bautista, el precursor del Mesías.  El era primo de Jesús, recibió el Espíritu Santo aun estando en el vientre de su madre, cuando la Santísima Virgen la visitó enseguida de la Encarnación del Hijo de Dios.

Llegado el momento, san Juan Bautista comenzó su predicación para preparar el camino del Señor; es decir, para ir preparando a la gente a la aparición pública de Jesús.

Y al Bautista le preguntaban “¿qué debemos hacer?” (Lc. 3,10 - 18) Y él les daba ya un programa de justicia y caridad que parecía un preludio del mandamiento del amor que Jesús nos traería.  “Quien tenga dos túnicas que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”.

A los publícanos, funcionarios públicos les decía: “No cobren más de lo establecido, sino conténtense con su salario”. A los soldados: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente”.

Ahora bien, como el pueblo estaba en espera del Mesías, pensaban que este hombre tan especial pudiera ser el que esperaban.  Pero San Juan Bautista aclaraba: “Viene otro más poderoso que yo”,  en clara referencia al Hijo de Dios, su primo Jesús.

Pero siguiendo la tónica del Adviento, este tiempo preparatorio a la Navidad, las lecturas nos llevan de la primera a la segunda venida del Salvador. El mismo Precursor del Señor nos habla no sólo de la aparición pública del Mesías allá en Palestina hace poco menos de dos mil años, sino que también nos habla de su segunda venida:  “El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Clarísima alusión al fin del mundo, cuando Cristo separará a los buenos de los malos: unos irán al Cielo y otros al Infierno, al fuego que no se extingue.

En la segunda venida de Cristo, seremos resucitados: los buenos a una resurrección de gloria y los malos a una resurrección de condenación para toda la eternidad.  Felicidad o infelicidad eternas.

Pensando en la primera venida de Cristo, cuando nació en la humildad de nuestro cuerpo mortal, recordemos también nuestra futura resurrección al final de los tiempos, de manera que ésta y todas las Navidades nos sirvan para aprovechar las gracias divinas que se derraman en recordatorio del nacimiento de Jesús en la tierra, para que esas gracias se traduzcan en gracias de gloria para su segunda venida, cuando nuestro cuerpo mortal será transformado en cuerpo glorioso en la resurrección del día final.

Es así como la Navidad o primera venida del Mesías continúa siendo un recordatorio y un anuncio de su segunda venida. Que la venida del Señor esta Navidad no sea inútil, de manera que la celebración de su primera venida nos ayude a prepararnos a su venida final en gloria, para ser contados como trigo y no como paja.

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LA PROFECÍA DE SOFONÍAS.

Sofonías es contemporáneo de Jeremías, y predica al pueblo inmediatamente antes y durante el reinado del gran Rey Josías (640 - 609 aC.). En su primera predicación hay una impresionante amenaza a los que no cumplen la Ley. Se presenta el Juicio de Dios, con palabras que han inspirado el famoso "Dies Irae". Habla después de "El Resto de Israel", los que permanecerán fieles al Señor, y anuncia finalmente la salvación de Jerusalén, con las palabras que leemos en la liturgia de hoy, com estupendas imágenes que nos parecen una presencia anticipada de la Buena Noticia de Jesús: Alégrate - El Señor ha alejado a tu enemigo - El Señor, un poderoso salvador, está em medio de ti - No temerás ningún mal. - Él te renueva su amor, Él danza por ti com gritos de júbilo. Magnífica imagen de Dios: en medio de su pueblo, para salvar, bailando de alegría com el triunfo de los suyos.

LA CARTA A LOS FILIPENSES.

En la misma línea de cariño profundo que ya explicamos el domingo pasado, Pablo sigue exhortando a sus queridos filipenses. El texto de hoy subraya quizá más que ninguno los "frutos del Espíritu": Alegría, mesura, confianza en la cercanía del Señor, ausencia de inquietud, oración, paz.

EL EVANGELIO DE LUCAS

Es continuación del domingo pasado: muestra la respuesta del pueblo a la predicación de Juan.

Hay varios detalles muy significativos. La predicación de Juan ha sido una tremenda amenaza: "Dad fruto válido de arrepentimiento y no os pongáis a deciros: 'Nuestro padre es Abrahán', pues yo os digo que de esas piedras puede sacar Dios hijos para Abrahán. El hacha ya está aplicada a la cepa del árbol: el árbol que no produzca frutos será cortado y arrojado al fuego".

Y el auditorio reacciona impresionado pidiendo instrucciones sobre lo que hay que hacer. Es muy notable fijarse en quiénes son las personas que, según Lucas, responden bien al Bautista: "la gente", algunos publicanos, unos soldados. El término usado por Lucas es "la gente", que no se identifica con "el pueblo entero" sino con lãs gentes normales, en contraposición con los estratos superiores de la sociedad. Y com ellos, dos representantes de personas tenidas como "de mal vivir", publicanos y soldados, temidos como exactores y/o violentos y, ciertamente, personas nada religiosas en el sentido corriente de la palabra.

La respuesta del Bautista es moral, no convencional ni cultual: compartir lo bienes com los necesitados, ser justos, no extorsionar...

Y finalmente, Juan anuncia que lo suyo sólo es preparación. Después de él viene algo superior, incomparablemente superior, que será "espíritu y fuego", con que se anuncia la Buena Noticia que está por llegar.

REFLEXIÓN

"Viene el Señor", mensaje-resumen del Adviento. Y dos reacciones ante esa "venida".

La primera es la que proclama Juan Bautista, "el último profeta". El Bautista tiene uma concepción justiciera del Mesías. Está anunciando "los últimos tiempos" con la imagen de la cosecha. Viene el juez definitivo, viene el día temible. Es un anuncio terrorífico. "Cambiad de conducta si no queréis que vuestra vida acabe en desastre".

Esta interpretación es válida, pero no es la Buena Noticia.

Es válida. En efecto, el ser humano puede echarse a perder. Y esto puede entenderse - y ya no es tan válido - como una amenaza divina. Además de las dificultades normales de la vida, hay un juicio sobre las acciones de los humanos.

Un ser humano no puede vivir satisfecho más que fijándose sólo en lo superficial.

Todas las alegrías son pasajeras, todas las satisfacciones son mediocres. El corazón del ser humano solamente se siente feliz cuando no piensa en su caducidad. Y sobre todos pesa la presencia inevitable de lo desagradable, lo doloroso, de la enfermedad, el dolor y la muerte. Y esto, por hablar solamente de lo que sucede al ser simplemente humano, prescindiendo de lo que los humanos producimos a los otros humanos: la explotación, la miseria, el hambre generalizado, el genocidio ... tan presentes en el mundo como los mismo males "naturales".

Sobre todo eso pesa además, la amenaza de lo religioso: Para los males del mundo se da solamente el consuelo de que "en la vida eterna no habrá ya males", pero condicionado a un comportamiento moral correcto, que se presenta como difícil y - frecuentemente - reservado a unos pocos privilegiados muy bien informados que disfrutan de ayudas divinas excepcionales, la minoría selecta de los que se salvan, los "elegidos". Casi podríamos decir que, según una interpretación bastante habitual, además de todos los sufrimientos de la vida, te espera el sufrimiento eterno.

Pero no es ésta la Buena Noticia. La Buena Noticia no es que hay acciones correctas o incorrectas, eso es viejo. La Buena Noticia no son los Diez Mandamientos; eso también es viejo. La Buena Noticia no es que al final hay un juicio y que cada uno es responsable de sus obras. Eso pertenece al mundo de lo jurídico, aplicado a la religión, y es viejo, muy viejo.

La Buena Noticia del Reino es otra manera de entender al ser humano y a Dios, propia y exclusiva de Jesús. Ante ella, lo de Juan está a la altura de las correas de lãs sandalias, es agua comparada con el fuego del espíritu.

El ser humano es un "Hijo en proyecto", un peregrino, a veces ciego y a menudo enfermo, que necesita ayuda para realizar su camino. Dios es esa ayuda. Dios lo lanzó al camino, lo engendró por el amor con que las madres engendran a sus hijos, y lo saca adelante, como los padres sacan adelante a sus hijos. Hay Palabra de Dios para curar la ceguera y hay Espíritu de Dios para empujar hacia adelante.

Esta Buena Noticia es Liberadora. Nos libera de varios intolerables pesos que abruman nuestra vida:

- Nos libera ante todo del temor a Dios. Dios no pesa como una amenaza: podemos contar con Él. Es el que saca de la esclavitud, el que hace pasar el mar, el agua y el pan del desierto, la lámpara que hace posible caminar, el padre del Hijo perdido, el pastor ...

- Nos libera de la culpabilidad ante pecado. Jesús hace un análisis profundo de la sicología del pecado y no se fija precisamente en la culpabilidad y la desobediencia, sino en la ceguera y la esclavitud. Dios no es "el que castiga al pecador" sino "el que quita el pecado". No es el juez, es el médico. Así, son mis pecados los que me amenazan, no Dios. Mis pecados me echan a perder; Dios me salva de eso.

- No nos libera del temor al pecado. Precisamente es a él al que tememos, a nuestros demonios, a nuestra ceguera, a nuestra debilidad que nos estropea.

Tememos a nuestras enfermedades, ya lo creo que las tememos. No tememos al médico, sino que lo deseamos. Sabemos que el pecado mata, por eso mismo necesitamos que nos libren de él.

- Nos libera de la trivialidad de la vida, de "tirar la vida", de dejarnos fascinar por lãs pequeñas satisfacciones, de que la vida no sirva para nada. Hay un destino, hay um sentido, hay una tarea que hacer, que no está en sufrir y resignarse mirando a la vida eterna, sino en trabajar para construir el Reino, la humanidad soñada por Dios, aquí y para siempre.

- nos libera del "problema del mal". No somos capaces de entender por qué hay mal en el mundo y en nuestra propia vida, pero sabemos qué tenemos que hacer frente al mal del mundo y sabemos en que todo ha de acabar en la victoria del amor de Dios. Respecto al mal, Dios no está "arriba y fuera", disponiendo o consintiendo, sino "abajo y dentro", luchando y animando nuestra lucha de liberación, contra los males radicales -el pecado-, y contra los males añadidos,- todos los dolores del mundo.

Esta Buena Noticia es la que resplandece en Jesús, en sus Parábolas, en su curaciones y, sobre todo, en su manera de ser, de vivir, de comportarse con las personas, de relacionarse con "El Padre". La Buena Noticia es Jesús, el primer ciudadano del Reino: en Él vemos cómo es Dios y cómo es el ser humano lleno del Espíritu.

Es interesante comprobar quiénes reciben la predicación de Juan y la Buena Noticia de Jesús. Los mismos: "la gente", "los publicanos", "los soldados" .... Es decir, los que se sienten necesitados de liberación, los que se sienten acorralados por los pecados... Y no los sabios, los sacerdotes, los teólogos, los ricos, los reyes...

"Viene el Señor", mensaje básico de Adviento, puede entenderse como una amenaza.

Pero significa "VIENE JESÚS", y entonces es un alivio. Jesús lo cambia todo. Ahora, hasta podemos volver a tomar la imagen de Dios-Juez como una Buena Noticia, porque sabemos quién es el Juez, podemos decir: ¡Qué alivio, mi juez es Dios, solo Dios, el que me conoce y me quiere más que mi madre!.

Por todo esto, podemos hacer nuestras las palabras de los primeros textos: "Alégrate, lanza gritos de gozo, está en medio de ti tu Salvador" / "Estad siempre alegres en el Señor, el Señor está cerca".

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