
|
Nexo entre las lecturas Sugiero como centro unificador de las lecturas el concepto de plenitud. Jesucristo en el evangelio revela la plenitud de la Ley y de la Profecía apareciendo a los discípulos entre Moisés y Elías; revela igualmente su plenitud más que humana que resplandece en su ser resplandeciente y transfigurado. En Jesucristo llega también a su plenitud la promesa extraordinaria hecha a Abrahán (primera lectura). En la segunda lectura san Pablo nos enseña que la plenitud de Cristo es comunicada a los cristianos, ciudadanos del cielo, que "transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo". Mensaje doctrinal 1. Jesucristo, plenitud sublime. Sabemos que el término "plenitud" es relativo a la capacidad del objeto o de la persona a que se refiere. Por otra parte, no es sólo un término con valor cuantitativo (capacidad de un vaso o de una jarra), sino principalmente con valor cualitativo (plenitud del amor, de la salvación...). Finalmente, el concepto de plenitud no está al margen de la historia, sino que está íntimamente ligado a ella (plenitud de un ciclo histórico, de un imperio...). Todo lo dicho nos proporciona una ayuda para captar mejor lo que significa decir que Jesucristo es plenitud sublime. Ante todo, su plenitud humana ha llegado al grado máximo en la transfiguración, en la que el resplandor de la divinidad ha penetrado toda su humanidad, y una voz del cielo le confiesa su "Hijo predilecto". En esa misma experiencia de la transfiguración, Jesús alcanza la plenitud de la revelación, concentrada en dos figuras del Antiguo Testamento, representantes de las dos grandes partes en que se dividía la revelación divina: la Ley o tradición escrita, cuyo representante es Moisés, y la profecía o tradición oral, representada por Elías. Jesucristo es el vértice hacia el que se orientaban tanto la Ley como la profecía. Cristo es también la plenitud de la promesa hecha a Abrahán: bendición, tierra, fecundidad. En efecto, el Padre nos ha bendecido con toda clase de bendiciones en Cristo, nos ha hecho partícipes de un cielo nuevo y una tierra nueva, ha hecho de nosotros un pueblo nuevo fecundado con su sangre redentora. Jesucristo es, igualmente, plenitud de la historia. La marcha de la historia ha llegado a la terminal en la vida histórica de Jesús de Nazaret. Antes de su presencia histórica, todos los acontecimientos marchaban y miraban hacia Él; después de su partida de este mundo, Jesús es el portaestandarte de la historia y los hombres marchan tras él con la conciencia de no poder sobrepasarle en su plenitud humana y divina. Jesucristo, finalmente, llena con su plenitud no sólo la historia, sino también el más allá de la historia. En efecto, la plenitud de Cristo, de la que ya participamos en el tiempo por la gracia, nos inundará y nos dará la plenitud correspondiente a nuestra capacidad de ser hijos en el Hijo. El cielo en realidad no es otra cosa sino la plenitud de Cristo presente en cada uno de los salvados. 2. La plenitud de Cristo nos interpela. Interpela al mismo Abrahán, porque la promesa y la alianza de Dios para con él sólo tendrá el cumplimiento pleno en Jesucristo. Abrahán creyó en Dios, le obedeció y de esta manera abrió las puertas de la historia a Cristo. Interpela a Moisés, cuyo Decálogo anhela, por así decir, su plenitud en la Ley de Cristo, coronamiento del decálogo y de toda ley humana. Interpela a Elías, el fiel intérprete de la historia, como lo serán todos los verdaderos profetas, cuyo sentido más genuino y definitivo será dado por Cristo desde el madero de la cruz y de la salvación; Cristo, en efecto, no es un intérprete más de una parcela de la historia, sino el intérprete último y definitivo de la historia, de toda la historia humana. Interpela a Pedro, Juan y Santiago, a quienes fue concedida una experiencia singular del misterio de Cristo en orden a su misión futura; en ellos nos interpela a todos los discípulos y apóstoles. Interpela a Pablo y a los cristianos que, habiendo sido elevados por Cristo a ciudadanos del cielo, han de vivir en conformidad con lo que son, y no convertirse en "enemigos de la cruz de Cristo". Cristo, de cuya plenitud todos hemos recibido, interpela a todo hombre, porque él es el hombre en plenitud y él es a la vez la plenitud del hombre. Sugerencias pastorales 1. De su plenitud todos hemos recibido... La plenitud total de Cristo y la participación de todo hombre a esa plenitud no se la han inventado ni el Papa ni los obispos; forma parte de la revelación cristiana. Si a un budista, a un judío, a un musulmán se le pidiese renunciar a parte de sus libros sagrados, o a una doctrina que ellos consideran revelación divina, ¿cómo reaccionarían? ¿Se puede renunciar a algo en lo que el mismo Dios está comprometido? A nosotros, cristianos, se nos pide ser los primeros en mostrar coherencia con la revelación cristiana, que abarca el Antiguo y el Nuevo Testamento. Nosotros, cristianos, por coherencia con nuestra fe, hemos de ser respetuosos con los creyentes de otras religiones, pero hemos de pedir también a los no cristianos el respeto debido a nuestra fe. Sería una buena iniciativa por parte de los cristianos explicar, de modo sencillo y convincente, la pretensión cristiana de la plenitud de Jesucristo: qué es lo que significa, cómo influye en la relación con las otras religiones, en qué manera explica la salvación universal querida por Dios, cómo podemos conocernos mejor unos a otros para evitar así malentendidos, confusión, manipulación... Se habla de diálogo ecuménico, interreligioso, y esto es estupendo, pero, es bien sabido que la base de todo diálogo no puede ser otra sino el respeto de la persona y de la identidad del interlocutor. Digamos la verdad cristiana con caridad, con respeto. Sólo entonces podrá comenzar el diálogo auténtico y fructuoso con quienes busquen y amen la verdad. 2. Una vida transfigurada. La experiencia de Pedro, Juan y Santiago duró sólo un rato. Sus efectos, sin embargo, permanecieron a lo largo de toda la vida. ¿No fue algo inolvidable y eficazmente transformante? En nuestra vida ha habido y podrá haber momentos también de "transfiguración", de experiencia viva y gratificante de Dios. A veces esa experiencia de Dios se prolonga por un tiempo o incluso una vida, pero con no poca frecuencia la intensidad con que se ha experimentado a Dios pasa. Debe, sin embargo, dejar su huella. A esta huella llamo yo "vida transfigurada". En otras palabras, vida de quien ha visto y ve el rostro de Dios en las realidades y acontecimientos de la existencia. Ve el rostro de Dios en ese niño sonriente y activo, como lo ve igualmente en ese otro pequeño minusválido. Mira a Dios en los ojos transparentes de una joven limpia de alma, que ha consagrado a Dios su vida entera; pero lo mira también en los ojos de una prostituta, obligada a ese trabajo forzado para sobrevivir y sostener a sus padres y hermanos. Descubre al Viviente en las especies del pan y del vino, no menos que en las chispas de redención que saltan del pedernal de una conciencia endurecida y pecadora. Todo está transfigurado, porque todo porta consigo de alguna manera la marca original: made in God. padre Antonio Izquierdo - es.catholic.net |
|
La liturgia de este domingo nos habla de la Transfiguración del Señor. Nos habla de cómo serán nuestros cuerpos cuando seamos resucitados al final del tiempo y al comienzo de la eternidad, porque en ese momento maravilloso seremos transformados, seremos también transfigurados. Es lo que nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 3,17 - 4,1). Nos habla del momento de cuando vuelva Jesús del Cielo, en que “transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo”. Y ¿cómo es ese cuerpo glorioso de Jesús? El momento en que pudo verse mejor esa gloria divina en Jesús fue en el Monte Tabor cuando, en virtud de su poder, se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan. Entonces ¿de dónde sabemos cómo seremos al ser resucitados? Entre otros pasajes de la Escritura, lo sabemos por boca de ellos tres, que fueron los testigos de ese milagro maravilloso: la Transfiguración del Señor. Ese milagro fue preludio de la Resurrección de Cristo y es a la vez anuncio de nuestra propia resurrección. Nos cuenta el Evangelio (Lc. 9,28 - 36) que Jesús se llevó a esos tres discípulos al Monte Tabor. Allí se puso a orar y, estando en oración, sucedió ese milagro de su gloria: “su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras se hicieron blancas y fulgurantes”. Se entreabrió -por así decirlo- la cortina del Cielo y se nos mostró algo del esplendor de la gloria divina, la cual conocemos por el testimonio de los allí presentes. Y decimos que se vio “algo” del esplendor de Dios, pues ningún ser humano hubiera podido soportar la visión completa de Dios. Recordemos una de las experiencia de Moisés en el Monte Sinaí (Ex. 33,7 - 11 y 18 - 23; Dt. 5,22 - 27). Moisés le pidió a Dios que quería ver su gloria y Yahvé le contestó: “Mi cara no la podrás ver, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo ... tú, entonces, verás mis espaldas, pero mi cara no se puede ver”. Ahora bien, no fue sin motivo que Jesús invitó a Pedro, Santiago y Juan a subir con El al monte. Días antes les había hecho el anuncio de su próximo juicio, Pasión, Muerte y posterior Resurrección. Era necesario, entonces, reforzar la fe de sus más allegados, mostrándoles el fulgor y el poder de su gloria divina. Era necesario reforzar la fe en la próxima Resurrección de Cristo y la fe en la futura resurrección de los seres humanos, fe que los Apóstoles transmitirían en sus enseñanzas. Ciertamente, seremos resucitados. Pero para ser así transformados, el camino es el mismo de Cristo, el que El comunicó a los Apóstoles con la Transfiguración y con el anuncio previo de su Pasión y Muerte: primero la cruz y luego la resurrección. Calvario y Tabor van juntos. Rostro herido y desfigurado por la Pasión, y rostro refulgente en la Transfiguración. Cuerpo ensangrentado y desangrado en la Cruz, y cuerpo cuya luz transforma su rostro y traspasa sus vestiduras en la Transfiguración. Vemos como, para convencer a los Apóstoles de la necesidad de la Pasión (recordemos que días antes Pedro se había opuesto a que Jesús pasara por eso -Lc. 8,31 - 11), en el momento de la Transfiguración aparecen conversando con Jesús dos importantísimos personajes del Antiguo Testamento: Moisés y Elías, “hablando de la muerte que le esperaba a (Jesús) en Jerusalén”. Transfiguración de Jesús en el monte Tabor, con Moisés y Elías También nosotros hemos de ser convencidos que no hay resurrección sin muerte, no hay transfiguración sin cruz, no hay gloria sin negación de uno mismo. Justo una semana antes de este milagro, Jesús había dicho, “no sólo a sus discípulos, sino a toda la gente: ‘Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame ... porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?’” (Lc. 9,23 - 25). El papa Juan Pablo II recordó estas palabras de Jesús en la Cuaresma del 2001: Ante el modelo cultural imperante en nuestros días hay que estar en abierto contraste con la mentalidad del “mundo”. Y a esa mentalidad el papa opone las palabras que Jesús le había dicho a todos los que le seguían, precisamente unos días antes de la Transfiguración: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la Vida Eterna” (Lc. 9,24). Y explicaba el Papa: “En realidad la ‘Vida’ se encuentra cuando se sigue a Cristo por ‘el camino estrecho’ . Quien sigue el ‘el camino ancho’ y cómodo confunde lo que es ‘vida’ con satisfacciones efímeras”. San Pablo también nos habla sobre el apego a las cosas de esta vida en la Segunda Lectura: los que viven “como enemigos de la cruz de Cristo, acabarán en la perdición, porque su dios es el vientre ... sólo piensan en las cosas de la tierra”. Pero, volvamos a la escena del Evangelio. San Pedro, el impetuoso y resuelto, como estaba tan encantado con la visión divina de Jesús, propone quedarse allí, y se apresura a ofrecer construir tres tiendas: una para Jesús, una para Moisés y otra para Elías. “No sabía lo que decía”, nos comenta el Evangelio. Y ¿qué sucede, entonces? “No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió y ellos al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo”. Por cierto ese “miedo”no es propiamente miedo, sino ese temor reverencial ante la presencia de Dios que sobrecoge. Es la misma nube que en otros pasajes de la Escritura (cfr. Ex. 19 y 1 Re. 8,10) indica la presencia majestuosa y omnipotente del Padre. Y sólo se oyó su voz: “Este es mi Hijo, mi escogido. Escúchenlo”. Es decir, en cuanto Pedro propone quedarse en lo agradable de la vida del espíritu, cuando pide quedarse sobre el Monte Tabor gozando de los consuelos espirituales, Dios mismo interviene y le responde diciéndole que escuche y siga las enseñanzas de su amado Hijo. ¿Qué nos dice esto? Que cuando hay consolaciones y gustos espirituales, si es que los hay así sensibles como en la Transfiguración, debemos tener en cuenta que Dios no los da para que nos quedemos solazándonos en esos regalos. Esos dones no son para quedarnos a vivir en el Tabor, como pretendió Pedro. Son gracias especiales para animarnos, para fortalecernos, para impulsarnos a la entrega a Dios y a su servicio. Lo mismo se aplica para las gracias consideradas menos extra-ordinarias, como pueden ser las gracias de virtud, de Sabiduría, de escogencia, etc. que no suelen ser sensibles, pero que tienen la misma finalidad. Todas son para impulsarnos al amor a Dios y al amor a nuestros semejantes: entrega y servicio ... escucha y seguimiento de Cristo. Porque escuchar a Cristo es seguirlo a El en todo. Sea en el Calvario y en el Tabor. Sea en las penas y en las alegrías. Sea en los triunfos y en los fracasos. Sea en lo fácil y en lo difícil. Sea en lo agradable y lo desagradable. Sea en los aciertos y en los errores cometidos. Todo, menos el pecado, es Voluntad de Dios. Todo está enmarcado dentro de sus planes. Y sus planes están dirigidos a nuestro máximo bien que es nuestra salvación y futura resurrección al final del tiempo. La primera lectura (Gn. 15,5 - 18) nos narra la alianza de Dios con Abraham. Y ¿qué significa que Dios hace una alianza con seres humanos? Significa algo así como lo que hoy día es un contrato. Cada parte se compromete a algo. Dios se comprometió a darle una tierra en posesión y una descendencia numerosísima a Abraham. Y es así como en esta oportunidad, al profetizarle por tercera vez esa abundante descendencia, le muestra además la tierra que le dará. Abraham, acostumbrado a los acuerdos que hacían los pueblos nómadas de aquellos tiempos y siguiendo las instrucciones de Dios, prepara unos animales. Era usual que cuando se sellaba un pacto, los pactantes pasaban por entre las dos mitades de un animal sacrificado. Abraham hizo su parte y Dios en forma de fuego cumple la suya. Ahora bien, a Abraham Dios le prometió una tierra aquí en este planeta. Esa fue la promesa hecha al antiguo pueblo de Israel en la persona de Abraham. La tierra prometida fue la promesa. En esa vieja alianza aparecen animales como víctimas. Pero, posteriormente, Dios hizo una Nueva Alianza, en la que Cristo es la Víctima, por cuyo sacrificio en la Cruz todo el género humano tiene derecho a una patria que es mucho mejor que la antigua tierra prometida: es el Cielo, el gozo de la Visión Beatífica, cuando seremos transfigurados por la resurrección que Cristo prometió a los que le amen. El día de nuestra resurrección al final de los tiempos, los seres humanos seremos transformados con el poder renovador de Dios, glorificados por su gloria, iluminados por su luz ... Es decir, transfigurados, de la misma manera como Jesús se mostró a los tres Apóstoles. Pero, el papa Juan Pablo II nos decía lo siguiente: “No se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte ... si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia. Podemos preguntarnos ¿cómo son los hombres y mujeres ‘transfigurados’? La respuesta es muy hermosa: son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en El y se dejan inundar por la gracia que El nos da” (JP II, 14-3-2001). Sin embargo, tenemos que tener en cuenta algo muy importante: no todos seremos resucitados para una vida de gloria y máxima felicidad, en cuerpos transfigurados y refulgentes. Hay condiciones para optar a esa transfiguración cuando llegue el momento. Nos lo dice el Señor a través de San Juan Evangelista, testigo de la Transfiguración: “Los que hicieron bien resucitarán para la Vida; pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5,29). www.homilia.org |
|
No acabamos de dar el salto del Dios del AT al Dios de Jesús En la liturgia de este domingo se nos proponen dos teofanías, (manifestaciones de Dios) una a Abrahán y otra a los tres apóstoles. En realidad, toda la Biblia es el relato de la manifestación de Dios. En el caso de Abrahán, estamos ante el hecho más significativo en la historia del pueblo judío, la Alianza sellada por Abrahán con el mismo Dios. Hay un detalle muy significativo. Dios no llegó a la cita hasta que vino la noche y Abrahán cayó en “un sueño profundo y un terror intenso y oscuro...” Fue una experiencia interior de Abrahán que para él era más cierta que la misma realidad, que podría ver con los ojos abiertos. Es significativo que muchas de las experiencias de Dios en el AT se relatan como sueños. Tampoco la transfiguración debemos entenderla como una puesta en escena por parte de Jesús. Va en contra de toda su manera de ser y de actuar. No tiene ni pies ni cabeza que Jesús montara un espectáculo de luz y sonido ni para tres ni para tres mil. El domingo pasado se proponía una espectacular puesta en escena (tírate de aquí abajo) como una tentación. No tiene mucho sentido que hoy se proponga como una “gracia” en beneficio de los tres apóstoles. Una cosa es la experiencia, y otra muy distinta cómo nos la cuentan. Es clave para la comprensión del relato la advertencia final. "Por el momento no dijeron nada de lo que habían visto". En el relato de Mateo y Marcos, el mismo Jesús les prohíbe decir nada a nadie "hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". Seguramente se trata de una experiencia pascual. Las experiencias pascuales se narran como si fueran acontecimientos de la vida normal, pero son vivencias internas que se intentan comunicar a los demás con el lenguaje que se utiliza para contar hechos que no se pueden constatar por los sentidos. Con el tiempo este relato se insertó en la vida de Jesús. La versión litúrgica nos ha escamoteado el comienzo que dice “unos ocho días después…” se trata de indicar que estamos en el primer día de la nueva creación. En este episodio, se emplean los mismos elementos que se habían utilizado en todo el AT para relatar las repetidas teofanías de Dios. · El monte, lugar de la presencia de Dios. · El resplandor signo de que Dios estaba allí. · La nube en la que Dios se manifestó a Moisés y que después les acompañaba por el desierto. · La voz que es el medio por el que Dios comunica su voluntad. · El miedo que siente todo aquel descubre la presencia de Dios. · Las chozas, alusión a la fiesta más importante en tiempo de Jesús para los judíos. Fiesta mesiánica en la que se conmemoraba el paso por el desierto, de la esclavitud a la tierra prometida. · Moisés y Elías que son símbolos: la Ley y los Profetas, los dos pilares sobre los que se asentaba la religiosidad del pueblo judío. Moisés y Elías conversan con Jesús, pero se retiran. Han cumplido su misión y en adelante será Jesús la referencia última. Pedro no está en es dinámica y pretende hacer tres chozas, para que Moisés y Elías puedan continuar Deja muy claro que se trata de una transfiguración. Lo que cambió fue la figura, no la sustancia. En lo esencial, Jesús siguió siendo el mismo. Fue la apariencia lo que los tres discípulos experimentaron como distinto. En Jesús, lo verdaderamente importante, es el ser divino que no puede ser percibido por los sentidos. Lo que normalmente ven en él, es lo accidental. En los relatos pascuales, se quiere resaltar que ese Jesús que se les aparece, es el mismo que anduvo con ellos en Galilea. En la transfiguración, se dice lo mismo, pero desde el punto de vista contrario. Ese Jesús que vive con ellos es ya el Cristo glorificado. Quiere demostrar que lo que descubrieron de Jesús después de su muerte, ya estaba en él durante su vida, pero no fueron capaces de apreciarlo. Lo que hay de divino en Jesús, está siempre en su humanidad, no añadido a ella en un momento determinado. La inmensa mayoría de las interpretaciones de este relato, apuntan a una manifestación de la “gloria” como preparación para el tiempo de prueba de la pasión. En mi opinión, esto sería una manifestación trampa. Cuando interpretamos la “gloria” como lo contrario al “sufrimiento”, nos alejamos del verdadero mensaje del evangelio. El sufrimiento, la cruz no puede ser un medio para alcanzar la gloria. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación. No descartes el meditar una hora (o doce veces cinco minutos cada vez) este punto. Lo que llamamos gloria de Dios no tiene absolutamente nada que ver con la gloria humana. En Dios, su “gloria” es simplemente su esencia, no algo añadido. Dios no puede estar ni ser glorificado, por la sencilla razón de que nunca puede estar ni ser sin gloria. Con nuestra mente no podemos comprender esto. Cuando hablamos de la gloria divina de Jesús, aplicándole el concepto de gloria humana, tergiversamos lo que es Jesús y lo que es Dios. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, como dice Pablo, quiere decir que Dios y su gloria nunca se separaron de él. Jesús, como ser humano, si podría recibir gloria humana: cetros, coronas, solios, poder, fama, honores, etc. etc. Pero todo eso que nosotros nos empeñamos en añadirle no es más que la gran tentación. El evangelio nos dice que no tenemos nada que esperar para el futuro. La buena noticia no está en que Dios me va a dar algo más tarde aquí abajo o en un hipotético más allá, sino en descubrir que todo me lo ha dado ya. “El reino de Dios está dentro de vosotros”. En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad. Lo divino que hay en Jesús no se puede percibir por los sentidos. De fenómenos externos no puede venir nunca una certeza de la realidad trascendente, por muy espectaculares que parezcan. Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, resulta que ahora lo volvemos a reivindicar con creces, sólo que un poco más tarde. Renunciar ahora para asegurarlo después, y para toda la eternidad... Es la mejor prueba del valor que seguimos dando a nuestro falso yo, y de que seguimos esperamos la salvación a nivel de nuestro ego. Jesús acaba de decir a los discípulos, justo antes de este relato, que tiene que padecer mucho; que el que quiera seguirle tiene que renunciar a sí mismo; que el grano de trigo tiene que morir... Jesús nos enseñó que debemos deshacernos de la escoria de nuestro falso yo, para descubrir el oro puro de nuestro verdadero ser. Nosotros seguimos esperando de Dios, que recubra de oropel o purpurina esa escoria para que parezca oro. Lo que tenemos que hacer es descubrir, más allá de la purpurina que nos envuelve, el oro de nuestro verdadero ser; ver el diamante que somos, escondido tras el lodo que nos envuelve. Lo divino que ya está dentro de nosotros, no es lo contrario de las carencias que experimentamos. Es una realidad que ya somos y es compatible con las limitaciones de todo tipo (físicas, síquicas y morales), que son inherentes a nuestra condición de criaturas. Después de Jesús, es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Se ha dado Él mismo y no tiene nada más que dar (Sta. Teresa). Claro que esto da al traste con todas nuestras aspiraciones de “salvación”. Pero precisamente ahí debe llegar nuestra reflexión: ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús nos propone, o seguimos empeñados en exigir de Dios la salvación que nosotros desearíamos para nuestro falso yo? La única esperanza que cabe es la de que descubra la realidad que soy. ¡Escuchadle a él solo! Para nosotros, los cristianos del siglo XXI, no es nada fácil cumplir esa recomendación de la “voz”. Seguimos, como Pedro, aferrados al Dios del AT y nos da miedo soltar amarras y fiarnos sólo de lo que dice Jesús. Dos mil años de cristianismo han velado de tal forma el mensaje de Jesús, que es casi imposible distinguir lo que es mensaje evangélico y lo que es adherencia ideológica. Los prejuicios que tenemos sobre Jesús, nos impiden acercarnos a él con la mente abierta. Esa tarea de discernimiento es más urgente que nunca. La creciente relación entre culturas y religiones hace que podamos comparar y descubrir lo mucho de relleno que se nos ha vendido como evangelio. Jesús buscaba odres nuevos que aguantaran el vino nuevo. Hoy lo que abunda son odres nuevos que esperan vino nuevo, porque no aguantan el vino viejo que se les ofrece. El hecho de que Moisés y Elías se retiraran antes de que hablara la voz, es una advertencia para nosotros que no acabamos de dar el salto del Dios del AT, al Dios de Jesús. Jesús ha dado un salto en la comprensión de Dios que debemos dar nosotros también. En realidad, en ese salto consiste todo el evangelio. El Dios de Jesús es un Dios que es siempre y para todos amor incondicional. El Dios de Jesús nos desconcierta, nos saca de nuestras casillas porque nos habla de entrega incondicional, de amor leal, de desapego del Yo. El Dios del AT ha hecho una alianza al estilo humano y espera que el hombre cumpla la parte que le corresponde. Sólo entonces, premia al que la cumple y castiga al que no la cumple. Con este Dios sí nos identificamos, porque es lo que haríamos nosotros si estuviéramos en su lugar. Esa es la trampa; nos empeñamos en hacer un dios a nuestra medida. fray Marcos |
|
ESCUCHAR SÓLO A JESÚS La escena es considerada tradicionalmente como "la transfiguración de Jesús". No es posible reconstruir con certeza la experiencia que dio origen a este sorprendente relato. Sólo sabemos que los evangelistas le dan gran importancia pues, según su relato, es una experiencia que deja entrever algo de la verdadera identidad de Jesús. En un primer momento, el relato destaca la transformación de su rostro y, aunque vienen a conversar con él Moisés y Elías, tal vez como representantes de la ley y los profetas respectivamente, sólo el rostro de Jesús permanece transfigurado y resplandeciente en el centro de la escena. Al parecer, los discípulos no captan el contenido profundo de lo que están viviendo, pues Pedro dice a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a los dos grandes personajes bíblicos. A cada uno su tienda. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón. La voz de Dios le va a corregir, revelando la verdadera identidad de Jesús: «Éste es mi Hijo, el escogido», el que tiene el rostro transfigurado. No ha de ser confundido con los de Moisés o Elías, que están apagados. «Escuchadle a él». A nadie más. Su Palabra es la única decisiva. Las demás nos han de llevar hasta él. Es urgente recuperar en la Iglesia actual la importancia decisiva que tuvo en sus comienzos la experiencia de escuchar en el seno de las comunidades cristianas el relato de Jesús recogido en los evangelios. Estos cuatro escritos constituyen para los cristianos una obra única que no hemos de equiparar al resto de los libros bíblicos. Hay algo que sólo en ellos podemos encontrar: el impacto causado por Jesús a los primeros que se sintieron atraídos por él y le siguieron. Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Son "relatos de conversión" que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto. Por eso piden ser escuchados en actitud de conversión. Y en esa actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y de cada comunidad. Una comunidad cristiana que sabe escuchar cada domingo el relato evangélico de Jesús en actitud de conversión, comienza a transformarse. No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros. José Antonio Pagola |
|
la experiencia de la oración contemplativa El llamado “relato de la transfiguración” parece estar construido a partir de la narración del Libro del Éxodo (34,29 - 30), según la cual Moisés “tenía el rostro radiante” por “haber hablado con el Señor”. No sabemos si se trata de un “relato de aparición” del Resucitado, traído a este lugar; de una “visión” de los discípulos o, simplemente, de una narración simbólica a través de la cual el autor pretende mostrar la identidad de Jesús, como el “Hijo escogido”, avalado como tal por la Escritura Sagrada, aludida al uso judío: “la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías)”. Tal como ha llegado a nosotros, la narración se sitúa expresamente en un contexto de oración. Es ahí donde los discípulos perciben la luminosidad de Jesús, que se transparenta en su rostro y hasta en sus vestidos. Orar es el arte de venir al Presente y descansar (permanecer, sólo estar) en él, sin intervención de la mente, en lo que san Juan de la Cruz llamaba una “advertencia amorosa”. La actividad mental queda entonces “suspendida” y el orante, tal como enseñaba, en el siglo XIV, el anónimo autor de “La Nube del no-saber”, permanece descansadamente anclado en la “pura consciencia de ser”. Es una “nube oscura” –nada, vacío- para nuestra mente, porque ya no hay “objetos” mentales –pensamientos, imágenes, sentimientos, afectos…-, a los que ella pueda aferrarse. Pero, en realidad, es una experiencia luminosa y plena: es la Plenitud del Presente, el “no sé qué” inigualable, del que hablaba el propio Juan de la Cruz: “Por toda la hermosura, nunca yo me perderé, sino por un no sé qué, que se alcanza por ventura”. Mientras estamos en la mente, permanecemos en el pensamiento y, por tanto, atrapados en el pasado o proyectados hacia el futuro, identificados con nuestras “películas mentales”, la inestabilidad y el sufrimiento que conllevan. En la oración silenciosa o contemplativa, se da el paso del “pensar” al “estar”, del pasado a la Presencia, del sufrimiento a la paz, de la ignorancia a la comprensión. Pero esto requiere adiestrarse en la capacidad de permanecer en el Presente, “viniendo” sencillamente al “aquí y ahora”. Sin pensarlo, sin pretender apresarlo, sino sólo estando. Sesha ha sabido expresarlo de un modo hermoso y ajustado: “Querer poseer el Presente impide experimentarlo; querer estar atento a él lo aleja. Sitúate en el “aquí y el ahora” y no intervengas queriendo poseerlo. Cuando el ser humano logra situarse en una condición permanente de percepción del Presente, afloran el saber, la existencia y el amor no-diferentes”. Es entonces cuando se descubre que, “mientras se piensa no se sabe; y mientras se sabe no se piensa”. No somos la “ola” que fluctúa impermanente, sino el “océano” en el que las olas aparecen y desaparecen. Ahora bien, “¿podrá conocer una ola lo que es el mar? Cuando ustedes piensan, son olas; cuando comprenden, son mar”. Permanecer en el Silencio y la Presencia, en la oración-sin-objeto, eso es la oración contemplativa. Cuando todavía no hemos aprendido a “tomar distancia” de nuestra mente y no hemos empezado a “saborear” la belleza y plenitud del Silencio, lo que llamamos “oración” no es sino una cavilación mental –aunque gire en torno a “contenidos” religiosos- y, al querer estar, lo que suele ocurrir es que aparezca el sueño. Es lo primero que les ocurrió a los discípulos en aquella experiencia teofánica. Pero no fue lo único. En el camino espiritual –y en la práctica de la oración contemplativa-, acecha otro riesgo: el de hacer “tres chozas” (o peor todavía, una sola) para el propio ego. Como de cualquier otra cosa, el ego puede hacer de la oración o de la meditación un “paraíso narcisista” a su medida, en el que nadie le molesta y donde se encuentra a salvo de cualquier interpelación o cuestionamiento. El texto ofrece una salida a esa trampa: “escuchar” a Jesús, es decir, atender a lo que fue la práctica del Maestro de Nazaret, para dejarnos interpelar por ella. Probablemente, los tres rasgos que más atrayente hacen el mensaje de Jesús son los siguientes: su sencillez, la prioridad que da a la práctica y el hecho de que ésta se centre en la bondad o compasión. Todo ello puede resumirse en la respuesta que el propio Jesús da al doctor de la Ley que le pregunta por el mandamiento “más importante”. Tras contar la parábola “del buen samaritano”, Jesús simplemente le dice: “Ve, y haz tu lo mismo” (evangelio de Lucas 10,37). En la historia posterior, el cristianismo se fue convirtiendo en una religión marcada por el “doctrinarismo”, como si las “creencias” hubieran ido ocupando el lugar de la “práctica”. “Escuchar a Jesús” –como pide el relato de hoy- significa volver a lo que fue el evangelio y sus prioridades. Ahora bien, si somos honestos, percibiremos que el riesgo de caer en actitudes narcisistas no radica en la oración contemplativa, sino en la identificación con la mente (con el yo). Cuando ésta se da, todo lo que hagamos, sin excepción, no servirá sino para inflar el propio ego. Por el contrario, cuando la oración es tal, su característica primera es la desapropiación del yo –el “desasimiento”, de que hablaba Teresa de Jesús-. Es entonces cuando emerge la Presencia divina, hasta “ocuparlo” todo. El ego desaparece y se experimenta lo que decía el místico sufí: “El ego y Dios no caben juntos; donde está el uno, no cabe el otro”. El “estar” de la oración contemplativa –o de la meditación- es Presencia desnuda de pensamientos que, transformando desde dentro a la persona, la lleva al re-conocimiento interior de su identidad profunda, en la que se descubre no-separada de lo Real. A veces, algunas personas religiosas dudan de esta “oración desnuda”, del mero “estar” sin objeto, porque piensan que “les falta algo”, una referencia expresa a Dios, a Jesús o a los santos. Es innegable que, en cada uno de nosotros, pueden estar influyendo muchos factores, que hacen que nos encontremos en un lugar determinado del camino. Por eso, parece sabio seguir la propia intuición –es la voz de Dios en nuestro interior-, siempre que haya lucidez, humildad y desapropiación del yo. Sin embargo, creo importante subrayar la importancia de no cerrarnos, de entrada, a la oración completamente silenciosa –en el silencio de las palabras, los afectos y los pensamientos-, en la que se nos puede revelar la Belleza y la Plenitud del Misterio que llamamos “Dios”. Cuando pensamos, tenemos pensamientos sobre Dios; cuando acallamos la mente, lo experimentamos. En una palabra: si el estar es verdadero estar, todo lo que queda es Dios: aquel “no sé qué, que se alcanza por ventura”. En el silencio del no-pensamiento no falta Dios –es sólo nuestra mente o nuestro yo quien puede añorar una fórmula o una palabra que le es familiar-; al contrario, es entonces cuando permitimos que, en ausencia del yo separador, su Presencia lo ocupe todo. El ser humano desapropiado del ego puede dejar que Dios se viva en él y, habiendo descubierto que no hay un “hacedor individual”, asiente a todo lo que es, como expresión de la Voluntad divina. Enrique Martínez Lozano |
|
En Jesús conocemos el corazón del Padre Jesús se retiraba a menudo a orar al monte. Algunas veces se llevaba consigo a los discípulos, sobre todo a los más íntimos, como volvemos a ver en Getesemaní. Quizá en esos momentos Jesús les parecía a los discípulos transfigurado, como evidentemente lleno de Dios al que oraba… Sobre un suceso de ese tipo se ha construido una escenificación de la fe de los apóstoles en Jesús, presentada además con todos los signos de las "Teofanías" o manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento. El monte, Moisés y Elías, la nube, la voz, el resplandor de la Gloria del Señor, las mismas manifestaciones e incluso los mismos personajes que acompañan la revelación de Yahvé en el Sinaí, y también las mismas palabras que acompañan la manifestación del Espíritu en el Jordán: "Este es mi Hijo... escuchadle". Así pues, el género literario de este fragmento sería: relato muy teológico, sobre algún suceso poco determinable, lleno de personajes y palabras simbólicas tomadas del Antiguo Testamento. Estamos ante uno de los “discernimientos” de Jesús, que se producen en los momentos más cruciales de su vida. Ante las elecciones más determinantes de su vida, Jesús se prepara refugiándose en la oración: en la cuarentena del monte, Jesús tiene que optar por volverse a su carpintería de Nazaret o lanzarse a una vida de Profeta sanador y predicador ambulante; en Getsemaní, Jesús tiene que elegir entre esperar a los que lo van a detener o escapar perdiéndose en la noche. En el relato de hoy, Jesús se enfrenta a la decisión de subir a Jerusalén, donde sabe que le espera la muerte. En los tres casos, se refugia en la oración. Pero el mensaje es claro: Jesús está a punto de tomar la decisión más grave de su vida: subir a Jerusalén. Mientras se limite a ser el profeta rural, al que sigue mucha gente en Galilea, producirá más o menos inquietudes. Pero si se atreve a predicar en Jerusalén, y más aún en el Templo, su enseñanza será una confrontación directa con las autoridades de Israel. Jesús sabe que esto puede llevarle a la muerte, pero afrontará ese riesgo porque considera que su misión es ofrecer La Buena Noticia a Israel en el mismo Templo. Y será rechazado y crucificado. El evangelista sabe todo esto, sabe que Jesús sube a Jerusalén a morir, y prepara la pasión y la muerte con una Teofanía, para mostrar que ése que va a morir no es un falso profeta fracasado sino el Hijo rechazado por Israel. El relato es por tanto fuertemente teológico y simbólico, aprovechando una escena sin duda real: las largas noches de oración que le costó a Jesús tomar esa decisión, acompañado -mal, como siempre- por sus discípulos más íntimos. Y los personajes hablan con Jesús acerca de su muerte. No es casual este tema de conversación. Estamos en el capítulo 9 de Lucas, que marca un momento de inflexión en la vida de Jesús. Contiene la confesión de Pedro (18), la Transfiguración (28), dos anuncios de la pasión (21 y 44), y la decisión de subir a Jerusalén porque "se iba cumpliendo el tiempo de que se lo llevaran". Nos encontramos por tanto ante un capítulo que resume muy bien la fe de los discípulos y el escándalo de la cruz. Se trata de anunciar que el que va a morir en la cruz es el Hijo Predilecto, que aunque sus enemigos parecen poder con él, “Dios estaba con Él” (Hechos 10,38) Lucas va preparando ya la manifestación de la fe esencial de la primera comunidad: su fe en el crucificado/resucitado. La resurrección, más aún que un suceso, será una revelación, que dará respuesta a la pregunta "¿Quién es éste...?". La respuesta la dan las palabras en la cima del Monte: "Mi Hijo, el escogido". Y la consecuencia ineludible: “Escuchadle". Es el punto de arranque básico de toda vida cristiana correcta: le fe en Jesús. ¿Quién es este hombre? es la pregunta maravillada que se hace todo el que toma contacto con Jesús de Nazaret. De la respuesta que demos a esa pregunta depende nuestra condición de creyentes. Podemos aceptar a Jesús como un héroe de leyenda, capaz de hacernos soñar, pero sin afectar a nuestro modo de vida. Es la consecuencia de películas o libros sensibleros sobre Jesús, que producen admiración o pasajero entusiasmo sin más. Podemos aceptar a Jesús como maestro de Sabiduría. Persuadidos por sus palabras y sus hechos, los tomamos como ejemplo, convencidos de su acierto. Seríamos seguidores de Jesús, y estaría muy bien que esto sucediera. Podemos quedar más inquietos ante sus hechos y dichos, preguntarnos quién es ese hombre y participar de la respuesta que da el texto de Lucas y constituyó la fe de las primeras comunidades: "El Hijo, el Enviado, la Palabra del Padre". Aceptar a Jesús como Maestro de Sabiduría, haciendo nuestras las palabras de los policías del Templo ("jamás ha hablado nadie como ese hombre") o participando de la admiración de sus contemporáneos ("todo lo hace bien... ") es una magnífica base en nuestro camino de encuentro con Jesús. Me atrevería a decir que es la mejor base, el mejor punto de arranque. Y puede culminar en la confesión de fe: "Tú eres el Enviado, el Hijo del Dios Vivo". Es entonces cuando el seguimiento de Jesús adquiere dimensión plenamente religiosa, de relación con el Padre. (Me gustaría insistir en que la palabra "ENVIADO" es un símbolo. No se debe tomar al pie de la letra, interpretándola como "estaba antes en otra parte y ha sido enviado aquí". Esta es la aplicación que hará luego el cuarto evangelio y llevará a una cristología de la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad. También "Hijo" es un símbolo, como es un símbolo "pastor", como es un símbolo "Abbá". La misma expresión simbólica que se utiliza para los profetas, que son “enviados por Dios a su pueblo”. Eso es lo que significa propiamente la palabra hebrea “nabí”). Quizá sea ése nuestro camino de la fe en Jesús, como fue el camino de los discípulos, y lo que hizo nacer los evangelios: conocer a un hombre fascinante, entusiasmarse con él, seguirle… descubrir quién es, reconocerle como enviado, admitir que “Dios está con él”… y volver a leer sus hechos y sus dichos como obra y mensaje de Dios mismo. La aceptación de Jesús, el Hijo, se convierte entonces en la aceptación de Dios. No seguimos a un maestro convincente, sino que recibimos, por medio de Jesús, la Palabra de Dios. Esto trae dos consecuencias básicas: 1. nuestro conocimiento de Dios no es solamente por lo que Jesús dice sino porque vemos cómo es Jesús. Tenemos una buena manera de conocer al Padre: conocer al Hijo. En este "hombre lleno del Espíritu" vemos actuar al Espíritu, que es el mismo Espíritu del Padre. Así, en Jesús conocemos a Dios, en quien resplandece plenamente la divinidad. Naturalmente que no resplandece en nubes radiantes, sino en bondad, energía, valor, perdón... En Jesús no conocemos los resplandores del trono celeste de Dios, sino el corazón del Padre. Cuando, al final de la Cuaresma, veamos a Jesús en la cruz, no contemplaremos su aparente fracaso, ni tampoco solamente su enorme consecuencia y valor: contemplaremos el corazón de Dios, capaz de lo que haga falta por sus hijos. 2. nuestro seguimiento de Jesús no es solamente porque nos convencen todas o algunas de sus doctrinas, sino porque previamente le decimos que sí a todo, por ser quien es. Ya no elegimos lo que nos gusta, sino que nos esforzamos por aceptar incluso lo que no entendemos o no nos gusta. Intentamos convertirnos, cambiar nuestro corazón, porque tomamos al suyo como norma. El resumen podría ser la frase de Pablo: "Sé de quién me he fiado". Y es aquí donde empalmamos con los grandes "confiados" del AT. de los que nos ofrecía una muestra la primera lectura. Salir de tu casa, de tu parentela, de la tierra de cultivo, de Egipto... salir al desierto, incluirse en una nueva nación, hacerse caminante por el desierto, buscar otra patria. Términos todos ellos tan reales como simbólicos en que se expresa nuestra conversión: me he fiado de Dios y salgo de donde estaba a otra manera de estar en el mundo, caminando hacia donde la Palabra diga, quizá teniendo que apartarme de costumbres, amistades, modos sociales... intuyendo al final una Patria, es decir, un lugar adecuado a nuestros deseos y nuestras más íntimas maneras de ser, que han sido puestos en peligro mientras andábamos por "tierra extranjera". Una hermosa imagen la del emigrante, en peligro de perder su identidad y cuyo mayor deseo y bien es regresar, no al tiempo pasado sino a la esencia añorada o (quizá) olvidada. La Revelación de quién es Jesús lleva consigo nuestra propia revelación. Quién es Él lleva consigo saber quién soy yo, quiénes somos nosotros. Y la revelación es paralela: Jesús es el Hijo, el Enviado. Yo soy el hijo, el enviado. La Iglesia somos los hijos, los enviados. Todos los humanos deben saber que son hijos, y para eso necesitan que los que lo saben sean enviados. Jesús, el Hijo Enviado, está aquí para cambiar el mundo; cambiarlo desde dentro hacia fuera, naturalmente. El Reino de Dios es que todos sean hijos, lo sepan, vivan así: la gloria de Dios son sus hijos. El resplandor de la gloria de Dios no son lucecitas de neón sino la bondad, la fortaleza, la misericordia... de sus hijos. La gloria de un padre no es una lápida ni una condecoración ni una ceremonia: la gloria de un padre son muchos hijos adultos, logrados, realizados, felices... Ese es el Reino. Que se enteren todos de que ese mundo es posible, que se vaya realizando ese reino, desde dentro, como crecen las semillas, como actúa la levadura, es la Misión: a esa misión es enviado Jesús, a esa misión estamos enviados. La primera misión de la iglesia, de nosotros la iglesia, es ser el reino, hacer visible el reino, hacerlo convincente, atrayente. La alta eclesiología suele afirmar pomposamente que la iglesia es el Reino de Dios en la tierra. Se equivoca: eso no es una definición sino una vocación, una misión: nosotros la iglesia nos hemos comprometido por el bautismo a esforzarnos por ser el reino, es decir, a vivir según los criterios y valores de Jesús… para que el reino sea creíble, atrayente. Esa misión tropieza con la cruz, que fue y es una realidad, y es y fue un símbolo. El reino de Dios se construye haciendo y haciéndose violencia. Violencia por parte de las luces despistantes de otros reinos que atraen de modo más seductor e inmediato. Violencia por parte de los que sirven a otros reinos o a otros dioses... El reino de Dios se construye con esfuerzo. A Jesús le costó cruz. Pero en el crucificado también vemos al hombre lleno del Espíritu. Y en el Resucitado vemos qué reino es verdadero. La Cuaresma, la vida, el monte. Van ya dos montes en estos dos domingos de Cuaresma: el monte de la tentación vencida por la fuerza del Espíritu; el monte de la Revelación en el que se habla de la cruz. Nos faltan otros dos: el monte calvario, en que la cruz será escándalo y revelación; y el monte de la Ascensión, que será antes que nada el Monte de la Misión. Y no podemos menos que recordar las palabras de Isaías: "Sucederá en días futuros que el Monte de la Casa de Yahvé se asentará en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones y acudirán pueblos numerosos y dirán: Venid, subamos al monte de Yahvé, a la casa del Dios de Jacob, para que Él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos" Que son, insistamos una y otra vez, preciosas palabras simbólicas. Todas las palabras que hemos usado acerca de la transfiguración de Jesús y de la transfiguración de nuestra vida son simbólicas, son verdaderas como símbolos. Los excesos de algunas teologías consisten a veces en entender los símbolos como realidades, estar persuadidos de que están contemplando cara a cara el rostro de Dios, creer que Jesús caminaba por Galilea despidiendo resplandores. Nuestro conocimiento de Dios es lo que conocemos de Jesús de Nazaret, aquel hombre que se cansaba, dudaba, sentía tentaciones y se sintió desamparado de su Padre. Nuestra fe confiesa que ese hombre es el Hijo. José Enrique Galarreta |