2º DOMINGO DE ADVIENTO

ciclo C

 

En la Navidad la Palabra de Dios se hará carne, pero ya en la liturgia del Adviento la Iglesia quiere que meditemos sobre la Palabra y la vayamos interiorizando en nuestra alma. San Lucas nos dice que la Palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (Evangelio). El profeta Baruc contempla a los hijos de Jerusalén que vivían en el destierro "convocados desde oriente a occidente por la Palabra del Santo y disfrutando del recuerdo de Dios" (primera lectura). San Pablo muestra su alegría a los filipenses por la colaboración que han prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy, es decir, a la Palabra de Dios convertida en Buena Nueva para los hombres (segunda lectura).

Mensaje doctrinal

1. Las etapas de la Palabra. "En el principio existía la Palabra". Esa Palabra divina, antes de encarnarse en Jesús de Nazaret, ha hecho un largo recorrido por la historia humana. La liturgia nos presenta algunas de esas etapas milenarias:

1) La Palabra que habla del futuro, un futuro transformado por el poder de Dios, para dar ánimo y consolación a los hombres. Es la Palabra, por ejemplo, del profeta Baruc. En lenguaje poético imagina el profeta a Jerusalén vestida como una madre en luto por haber perdido gran parte de sus hijos. Baruc entona un canto a la ciudad de Jerusalén renovada, transformada por la mano poderosa de Dios: "Vístete ya con las galas de la gloria de Dios".

2) La Palabra que habla al presente en el que el pasado llega a su cumplimiento. En Juan Bautista se cumple el oráculo de Isaías: "Voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor, enderezad sus sendas". Llega al presente de la vida de los judíos (Pilatos procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, regiones habitadas en gran parte por los judíos) y de la vida de los paganos (Filipo tetrarca de Iturea y de Traconítide, Lisanias tetrarca de Abilene, regiones paganas). La Palabra dirigida al futuro es sobre todo Palabra de aliento y consolación; la Palabra encaminada hacia el presente es más bien Palabra de exhortación y compromiso, de conversión para el perdón de los pecados.

3) La Palabra que diariamente se vive y con la que se colabora con amor y gozo. La Palabra de Dios se hace vida en la cotidianidad de los cristianos y en sus quehaceres diarios. Y todos están llamados a colaborar con el Evangelio, con la Palabra de la Buena Nueva, para que llegue a todos los rincones del imperio romano y hasta los confines del mundo.

2. Las cualidades de la Palabra.

1) La Palabra de Dios es universal en su destino, porque siendo Palabra de salvación va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos: a los judíos y paganos de tiempos de Juan el Bautista y de Jesucristo, a los americanos, asiáticos, africanos, europeos y oceánicos de nuestros días (Evangelio).

2) La Palabra de Dios es unificadora: une a todos los dispersos de Israel para ponerse en camino desde oriente y occidente a fin de formar el pueblo de Dios que le rinde culto en Jerusalén (primera lectura). Tiene fuerza para unificar a todos los cristianos de nuestros días y a todos los hombres.

3) La Palabra de Dios es personalizada y a la vez comunitaria: apela a un hombre, pero para que la haga llegar a todo el pueblo (Evangelio). Hoy como ayer sigue habiendo hombres carismáticos a quien Dios dirige su Palabra, pero en función de la comunidad eclesial y de la misma comunidad humana.

4) La Palabra de Dios es como una semilla que va creciendo hasta lograr convertirse en espiga: "Quien inició en vosotros la obra buena, la irá consumando hasta el día de Cristo Jesús" (segunda lectura).

5) La Palabra de Dios no es para ponerla bajo un cacharro, sino para proclamarla públicamente como hizo Juan: "Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (Evangelio) y como luego hará Jesús, que recorrerá todas las ciudades y aldeas proclamando el Evangelio de Dios.

Sugerencias pastorales

1. La Palabra de Dios hoy. La carta a los Hebreos nos dice que la Palabra de Dios es viva y eficaz, cortante como espada de doble filo (4,12). El texto sagrado no dice fue o será, sino es. Dios sigue hablando a los hombres en el hoy de la historia. La misma Palabra que habló por medio de los profetas, que resonó en los labios de Juan el Bautista, que se encarnó en Jesucristo, que fue proclamada por los apóstoles. Dios desea continuar su diálogo con el hombre. Si en nuestro tiempo no se percibe la Palabra de Dios, no es que haya dejado Dios de hablar, sino que hemos silenciado consciente o inconscientemente su voz. Dios nos habla por medio de la Escritura sagrada leída e interiorizada en la oración; nos habla en las acciones litúrgicas de la Iglesia, sobre todo en la celebración eucarística, cuya primera parte está dedicada a la liturgia de la Palabra. Dios nos habla por medio de los pastores, de los obispos en sus diócesis, del Papa en toda la Iglesia como pastor universal. Dios nos habla por medio de los profetas, esos hombres de Dios que interpretan los acontecimientos de la vida y de la historia desde Dios y movidos por el mismo Dios. Dios nos habla por medio de los mártires y de los santos, que con su sangre y su vida gritan a la humanidad el misterio insondable de Dios, del tiempo y de la eternidad, del vivir histórico del hombre. Dios habla por medio de la conciencia, para que en fidelidad a ella seamos salvados y colaboremos con Cristo en la obra de la salvación. Dios prosigue hablándonos a los hombres de muchas maneras. ¿Escuchamos su voz? Hagámoslo antes de que sea tarde...

2. Palabra de salvación. La Palabra de Dios viene a la historia, se encarna en Jesús de Nazaret para hablarnos de salvación. En el Evangelio la cita de Isaías ha sufrido un cambio significativo: en lugar de "todos verán la gloria de Dios" san Lucas dice: "Todos verán la salvación de Dios". En la Navidad, los cristianos, todos los hombres de buena voluntad, vemos esa salvación de Dios. En la Navidad resuena una Palabra de salvación. Digamos mejor: es la única Palabra que resuena en esa noche santa. Estamos muy acostumbrados por la historia a dividir a los hombres en buenos y malos, en conservadores y progresistas, en de izquierda y derecha, en bandos e ideologías. La Palabra de Dios parece pasar por encima de todas esas divisiones. La Palabra de Dios no divide, une a todos en el anhelo y en la gozosa posesión de la salvación, que Dios nos manda encarnada en un Niño. Dios quiere que su Palabra de salvación sea eficaz en nuestros días y en nuestras vidas. Dios nos impulsa a que dejemos obrar eficazmente su Palabra de salvación. ¿Qué obstáculos encuentro en mi vida y en mi ambiente? ¿Qué hago o qué puedo hacer para que la Palabra de Dios sea viva y eficaz en mí y en mis hermanos?

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«Preparad el camino del Señor»

Por boca del profeta Baruc, Dios invitaba a su pueblo a envolverse en el manto de su justicia, porque quería mostrar en él su esplendor a todos los pueblos. Y, por eso, lo disponía a recibir su liberación con esta arenga: Ponte en pie Jerusalén, sube a la altura, y contempla a tus hijos, reunidos a la voz del Espíritu, gozosos porque Dios se acuerda de ti. Sí, es Dios mismo quien los traerá con gloria como llevados en carroza real. El mismo ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad guiado por la gloria de Dios.

Cuando era ya inminente la entrada en escena del que venía a “reunir a los hijos de Dios dispersos por el pecado”, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto y recorría toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión. La liberación, tantas veces anunciada, iba a cumplirse y ésta era la señal: Una voz grita en el desierto, preparad el camino del Señor, allanad sus senderos, elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios. Era la invitación de siempre para decidirse a entrar por ese camino, en el que podemos encontrarnos con el Señor que viene a salvarnos.

Comentando este pasaje, un antiguo Padre de la Iglesia decía: “Sí, somos nosotros mismos los que hacemos ásperos los senderos del Señor, con nuestros deseos perversos como guijarros cortantes; Sí, nosotros somos los que abandonamos absurdamente la calzada real, construida con piedras proféticas y apostólicas y allanada con las pisadas de los santos y del mismo Señor, para seguir caminos torcidos, llenos de zarzas; para andar con los ojos ciegos por el encantamiento de los placeres de aquí abajo. Y ya lo dijo el Señor por el profeta: Mi pueblo me ha olvidado y queman incienso a la vanidad para caminar por veredas, por una vía no trazada (Jer 18,15).” (Juan Casiano).

Este cambio de ruta es, ante todo, un don. Nos lo acaba de decir el profeta: es Dios mismo el que nos reúne a la voz de su Espíritu para llevarnos por su camino. Por eso, por boca de S. Pablo, se nos pide hoy: Que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios. Sí, se trata de salir de la superficialidad, penetrando en los verdaderos valores; salir de lo aparente, apreciando lo que vale de verdad; salir de esa inconsciencia a que nos arrastran los afanes por lo inmediato, sin tener en cuenta lo que valdrá de veras ante el Señor. Esos valores que podemos descubrir y hacer crecer en la comunidad del amor cristiano, como dice el Apóstol. Por eso, hoy pedimos con la Iglesia: Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente del esplendor de su gloria.

Y es que, sólo así podremos experimentar con el salmista que el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Sólo así podremos vivir nuestra vocación de ser esa Iglesia, a la que Dios ha puesto como esplendor de su gloria en medio de las naciones. Sólo así llegaremos al día de Cristo, limpios y cargados de frutos para gloria y alabanza de Dios. Hagamos hoy muy nuestra la petición de la Iglesia después de comulgar: Danos, Señor, sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo.

Radio vaticano

 

El Señor vendrá...

LA FE DE LA IGLESIA

«La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (1817).

«La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna» (1818).

TESTIMONIO CRISTIANO

«El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la Voluntad del Padre» (S. Ireneo de Lyón) (53).

Cada uno de nosotros estaba torcido. Por la venida de Cristo, ya realizada, lo que estaba torcido en nuestra alma se ha enderezado. ¿De qué te sirve a tí que Cristo haya venido históricamente en la humanidad si no ha venido también a tu alma? Roguemos pues para que cada día se realice en nosotros su venida de manera que podamos decir: Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí (Orígenes, In. Lc. 22,1 - 5).

SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

Apunte bíblico-litúrgico

Las tres lecturas convergen en un mismo mensaje: Esperanza. «Todos verán la salvación de Dios» (Evangelio).

«Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, contempla a tus hijos... gozosos, porque Dios se acuerda de ellos». Son bellísimas imágenes de la esperanza en Baruc.

«Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús». La salvación anunciada se realizó y se realiza en Cristo (seguna lectura).

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:

Los preparativos para la venida del Salvador: 552 - 524.

La esperanza, virtud teologal: 1817-1821.

La respuesta:

La virtud de la esperanza: 2090 - 2092.

La oración «venga a nosotros tu Reino»: 2816 - 2821.

C. Otras sugerencias

La antífona de Entrada: «Pueblo de Sión: mira el Señor que viene a salvar a los pueblos. El hará oir su voz gloriosa en la alegría de vuestro corazón», son la respuesta al «a Tí levanto mi alma...» del primer domingo.

Apoyados en el texto de Baruc (Primera lectura) contemplamos que «Dios se acuerda de nosotros» «nos ama» nos conduce por los caminos de la historia, por en medio de tribulaciones y dificultades, como un Dios salvador y liberador en Jesucristo.

La virtud de la esperanza se alimenta en la oración: «venga a nosotros tu Reino».

Homilía basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

 

1. Tenemos experiencia de preparar algo: nos preparamos para salir a la calle, preparamos la comida de cada día, una clase, una evaluación, las herramientas de trabajo. En nuestra vida ordinaria tenemos también la experiencia de preparar acontecimientos especiales: un viaje, uma reunión familiar, una entrevista de trabajo. La preparación tiene su encanto y su dinámica; constituye un anticipo real de lo que se va a celebrar. Si es positivo se anticipa en el gozo; si es negativo se anticipa en el temor. Si el acontecimiento que preparamos es excepcional como puede ser el 25 aniversario, el día de la boda, un centenario de la fundación, la preparación es más exigente y el gozo más duradero. Pero siempre la preparación de alguna celebración constituye un ejercicio de espera y esperanza, de creatividad y expectativa de lo nuevo. Uno de los acontecimientos de estos días, en los cuales la preparación es menos significativa, es el sorteo de la lotería de Navidad.

Compramos las papeletas y a esperar que llegue. Esperamos esa especie de salvación en forma secular, que nos libere de las preocupaciones económicas, e incluso de la servidumbre de tener que trabajar y así podamos dar rienda suelta a nuestros deseos. Por eso hay mucha gente que sueña con la suerte de la lotería, con ser ricos, ser libres…

2. En esta dimensión de nuestras experiencias humanas puede resonar y arraigar el mensaje evangélico de hoy.: preparad el camino del Señor… Y todos verán la salvación de Dios (Lc 3,6). Se trata de preparar para poder ver. Solamente quienes preparan y avivan su esperanza pueden ver lo mejor de la realidad: sus momentos de gracia y de salvación.

3. Este ejercicio de preparar y avivar la propia esperanza para ver se basa en la memoria. Es verdad, la esperanza tiene su propia memoria: hay muchas esperanzas en el pasado; hay muchas promesas cumplidas, otras diferidas, otras aparcadas. Narrar y recordar esas promesas, nunca amortizadas del todo por la historia, es lo que hace hoy el texto de Baruc. Al pueblo de Israel Dios le ha abierto el camino del regreso a casa. Ha terminado el tiempo del exilio, del luto, de la aflicción; ha finalizado el tiempo de oscurecimiento de la gloria de Dios. Va a resplandecer su gloria y su justicia. Israel regresará a su tierra y la gloria de Dios volverá a habitar en medio de ellos: “guiado por la gloria de Dios”… Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia”.

4. Siguiendo los relatos de vocación profética, el evangelio de hoy nos presenta a Juan el Bautista.

Resalta sobre todo su vocación y misión:”vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías en el desierto”. Y este acontecimiento de la Palabra es real, se deja datar y localizar en la historia profana. Entra en las coordenadas del espacio y del tiempo del Imperio Romano y de la religiosidad judía. El evangelista Lucas tiene especial cuidado en contextualizar al profeta Juan. Su misión es continuación del profeta Isaías. Si todos los profetas encaminan al pueblo hacia su futuro, Juan está en la misma línea. Pero tiene conciencia de la cercanía y la inmediatez de la salvación. De ahí la insistencia: preparad el camino por el que ya viene.

5. Acoger la palabra de Dios hoy en nuestros corazones implica dejarnos tomar el pulso de nuestras esperanzas: ¿qué espero yo de la vida? ¿Qué espero yo en esta etapa de mi vida? Los caminos que recorro cada día, ¿están llenos de escepticismo, de rutina o están llenos de suemos y esperanzas? ¿Me atrevo a soñar y a comprometerme para lograr lo soñado? ¿Cómo voy haciendo los preparativos para recibir el gran acontecimiento de la Navidad?

La palabra de Dios hoy nos llama a preparar, allanar, enderezar, nivelar los caminos por lo que nos llega la salvación de Dios.

Desde la perspectiva personal ello significa abrir nuestra mente a la admiración y nuestro corazón a las sorpresas. Sólo el que espera puede ver. Sólo el que ama experimenta y saborea la salvación. Y desde esa experiencia podemos dar pleno sentido a la oración actualizada del salmo: “El Señor há estado grande con nosotros y estamos alegres”. Y podemos personalizar cada uno la convicción de Pablo: “que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús”.

Bonifacio Fernández, cmf

 

Cuando ruego por vosotros -les escribió san Pablo a los cristianos de la comunidad eclesiástica de Filipos-, lo hago lleno de alegría" (Flp. 1,4) Hoy empezamos a celebrar la segunda semana del tiempo de Adviento, así pues, sólo faltan 15 días para que el Señor Jesús nazca en nuestros corazones. Las palabras del Apóstol Pablo con las cuales hemos empezado esta meditación, nos recuerdan que el tiempo litúrgico que estamos conmemorando, es para nosotros un periodo de penitencia, esperanza y oración. No existe mejor forma de contribuir con Dios a nuestra purificación que orar, y no existen mejores oraciones que las obras que hacemos en favor nuestro y de nuestros hermanos los hombres. El Adviento es semejante a una carrera durante la que hay que superar una serie de obstáculos para alcanzar la meta, es decir, hasta llegar a la Navidad después de haber superado un estado anímico que nos parecía insalvable, o después de haber logrado un propósito, algo que nos parecía Imposible de obtener. Dios viene a nuestro mundo, a nuestro ambiente, a nuestra vida. ¿Cómo recibiremos este año a Jesús? No existe mejor manera de recibir a nuestro Hermano en su Natividad que seguir al pie de la letra las recomendaciones que San Pablo nos hace en la segunda lectura de la Eucaristía que estamos celebrando.

El Apóstol nos dice: "No en vano os habéis afanado conmigo en la difusión del mensaje de salvación desde el primer día hasta hoy" (Flp. 1,5) ¿Constituye la Palabra de Dios un mensaje útil para los hombres del siglo XXI? ¿Es alentador para nosotros el Evangelio frente al rechazo de las utopías por parte de quienes se admiran ante los avances científicos? El autor de los Salmos nos dice con respecto a los interrogantes que nos estamos planteando: "Me consumo ansiando tu salvación y espero en tu palabra" (Sal. 119,81) ¿Qué dádivas esperamos recibir de la Palabra de Dios? ¿Por qué esperamos día y noche a que venga a nosotros Jesús, el "Sol de justicia"? (Lc. 1, 78) Siempre hemos sido víctimas de la enfermedad, el dolor, el error y la muerte. En Navidad conmemoraremos la primera venida de Jesús, un acontecimiento que simboliza la Parusía del Señor, el día en que seremos librados de los enemigos que nos acechan. Gracias a la fe que Dios nos ha concedido, aunque aún vivimos en este valle de lágrimas, de alguna manera, estamos siendo vivificados por los dones y virtudes que hemos recibido de nuestro Padre y Dios. Por nuestra fe sabemos que sólo esperamos de Dios que El sea uno más entre nosotros, porque sólo nos queda esperar que la vida sobrenatural de nuestra alma espiritual, abarque también a nuestro cuerpo mortal. Bajo esta óptica, la muerte es para nosotros una tentación que resulta difícil de rechazar, aunque no por ello debemos de abandonar nuestra actividad diaria, pues, cuanto más purificados seamos, más pleno será nuestro gozo con respecto a la vida que nos espera en el Reino de Dios. San Pablo les escribió a los cristianos de Filipos en estos términos: "Sé que, gracias a vuestras oraciones y a la ayuda del Espíritu de Jesucristo, todo contribuirá a mi salvación. Así lo espero ardientemente, seguro de no quedar defraudado y de que en todo momento, tanto si estoy vivo como si estoy muerto, Cristo manifestará su gloria en mi persona. Porque

Cristo es la razón de mi vida, y la muerte, por tanto, me resulta una ganancia. Pero ¿y si mi vida en este mundo fuese todavía provechosa? Verdaderamente no sé qué elegir" (Flp. 1,19 - 22) San Pablo deseaba morir antes que vivir, pero quería quedarse en el mundo, para servir a Dios en sus prójimos los hombres.

San Pablo nos dice: "Estoy seguro de que Dios, que ha comenzado entre vosotros una labor tan excelente, irá dándole cima en espera del día de Cristo Jesús" (Flp. 1,6) Dios quiera que se cumplan en nosotros las palabras que Pablo de Tarso decía con respecto a sí mismo: "Mi vida en este mundo consiste en creer en el Hijo de Dios, que me amó y entregó su vida por mí" (Gál. 2,20) Si vivimos para nuestros familiares, satisfacemos nuestras carencias, y somos útiles para nuestra Iglesia y la sociedad mediante nuestras obras y oraciones, podemos aplicarnos las siguientes palabras de Pablo: "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (Gál. 2,20), es Cristo quien nos ha transfigurado y configurado a imagen suya, para que llevemos a cabo su obra de salvación. Al principio de la Carta a los Hebreos encontramos las siguientes palabras: "Dios habló en otro tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas, y lo hizo en distintas ocasiones y de múltiples maneras. Ahora, Llegada la etapa final, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien trajo el universo a la existencia" (Heb. 1,1 - 2) Dios nos habló a través de Jesús, así pues, después de que nuestro Señor fuera ascendido al cielo, y de que el Espíritu Santo vino a llenar nuestra existencia en Pentecostés, ¿por qué no somos nosotros los nuevos transmisores de la Palabra de Dios para que el mundo vea la luz?

2. San Juan Bautista es uno de los más grandes predicadores del tiempo de Adviento, así pues, Dios le nombró Precursor de Jesús, para que fuera delante del Mesías preparándole el camino, disponiendo el corazón de sus contemporáneos para que se convirtieran al Evangelio. Juan predicaba en el desierto un "bautismo de conversión para perdón de los pecados" (Lc. 3,3) La mejor penitencia que podemos hacer en estos días, consiste en que preparemos a quienes nos rodean para que Jesús nazca este año en el corazón de toda la humanidad. Jesús no sólo vale la pena, vale la vida, y nosotros, si le hemos entregado nuestra vida al Señor de manera que es El quien vive en nosotros, por nosotros y para nosotros, debemos preparar a la sociedad para que acepte al Señor que está por venir. Sólo faltan 15 días para que conmemoremos el Nacimiento de Jesús, así pues, corramos dignamente salvando obstáculos propios y ajenos, porque el Señor está por nacer, y es necesario que hayamos recorrido uma

Parte del camino de nuestra purificación el día de Navidad.

3. En el tiempo de Adviento conmemoramos las dos venidas de Jesús a visitarnos. Teniendo en cuenta el hecho de que los ciclos litúrgicos culminan incitándonos a esperar el acontecimiento de la Parusía del Señor, durante las próximas semanas, pienso que debemos centrarnos en la preparación de la Navidad. El término natividad se traduce como nacimiento, así pues, la Navidad es el nacimiento de Jesús en Belén de Judea.

4. Las más grandes personalidades del Antiguo Testamento recibieron la revelación de Dios con respecto a que el Mesías vendría a visitarnos para "buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc. 19, 10) Nosotros sabemos que Jesús, a través de su Pasión, muerte y resurrección, rompió las cadenas por cuya errónea visión no podemos ser felices. Dios Padre le entregó al Señor un mundo de ovejas perdidas y lo facultó para que reuniera su rebaño, así pues, una vez que Jesús concluyó el trabajo que le fue encomendado, sólo le queda esperar, según palabras del Salmista, sentado a la diestra del Padre, que este ponga a sus enemigos (el pecado, el error, la enfermedad y la muerte), por estrado de sus pies (Sal. 110,1)

5. El próximo 25 de diciembre no celebraremos solamente el Nacimiento de Jesús, pues celebraremos el hecho de que Dios se hizo Hombre, no un hombre cualquiera, sino aquel que había de ser considerado el más despreciable de todos los más marginados de todos los tiempos. Al recordar la Encarnación del Verbo o Palabra de Dios, recordaremos también el inicio del cumplimiento del plan salvífico de Dios por parte de nuestro Jesús. Un año más, el 25 de diciembre, Jesucristo nacerá en nuestros corazones murmurando una oración: "Aquí vengo yo para hacer tu voluntad" (Heb. 10,7) "Cese la maldad de los culpables y apoya al inocente, tú que sondeas corazón y entrañas, Dios justo" (Sal. 7,10) "Te daré gracias con sincero corazón cuando aprenda tus justos mandamientos; Quiero guardar tus leyes exactamente, no me abandones" (Sal. 119,7 - 8) "Fuiste tú quien me sacó del vientre, me tenías confiado en los pechos de mi madre, desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno tú eres mi Dios" (Sal. 22,10 - 11)

6. A pesar de que la posición social de José no era mala, Dios quiso que su Hijo naciera siendo pobre. José y María no pudieron festejar el Nacimiento de Jesús durante una semana según tenían los judíos por costumbre, así pues, Dios quería celebrar aquella fiesta a su manera. Jesús nació en un tiempo en el que no había guerra en ningún país. No podemos decir que en aquel tiempo la paz mundial era absoluta, pero sí podemos decir que no había guerra en ningún país cuando nació el Señor. Jesús, en la primera Nochebuena, se rodeó de sus pobres, pastores tan miserables que quizá tuvieron que robar en más de una ocasión para poder sobrevivir, hombres de corazón joven que corrieron al portal de Belén salmodiando intuitivamente en los siguientes términos: "¿Cómo podrá un joven proceder limpiamente? Cumpliendo tus palabras; te busco de todo corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos" (Sal. 119,9 - 10) Quizá alguno de nosotros se quedará sin asistir a la Misa de la Vigilia de la Natividad del Señor, quizá comeremos y beberemos para festejar la Nochebuena, sin caer en el detalle de pensar que muchos de los que leerán este texto pueden tener problemas con la Justicia de su país de residencia, o quizá que alguno de nuestros hermanos tiene problemas sicológicos que le impiden ser feliz... ¡No podemos celebrar la Navidad pasivamente! Tenemos que asemejarnos a Jesús, el Hombre que estaba facultado para cautivar a mucha gente. ¿Qué le dijo Jesucristo a Mateo el publicano para que este abandonara su trabajo de recaudador de impuestos? "Vente conmigo" (Mc. 2,14) ¿Por qué no les decimos a quienes viven en nuestro hogar que los invitamos a conocer a Jesucristo? ¿Por qué no salimos a la calle para decirles a quienes nos quieran escuchar que "el Reino de Dios ya está entre nosotros" (Lc. 17,21) y que "en casa de mi Padre hay lugar para todos" (Jn. 14,2)?

José Portillo Pérez

 

Una de las figuras que más se destaca durante el Adviento es la de Juan Bautista, quien aparece como el último de los profetas del Antiguo Testamento. Llama la atención su rigurosa austeridad que se manifestaba en su vestido y en la forma como se alimentaba. Su mensaje invitaba a la penitencia y a la conversión para prepararse a la venida de Jesús.

El texto evangélico que hemos escuchado consta de dos secciones claramente diferenciadas: en la primera, Lucas enmarca la actividad profética de Juan Bautista dentro de la historia política y religiosa; en la segunda sección, se hace una síntesis de la predicación de Juan. Los invito a profundizar en estos dos temas.

Empecemos por la primera sección, en la que se enmarca la actividad profética de Juan, como también la acción salvadora de Jesús, en un momento particular de la historia:

El evangelista nos explica cómo estaba constituida la pirámide del poder político.

En la cúspide, se encontraba el emperador Tiberio, en el año decimoquinto de su reinado; debajo de él estaba Poncio Pilatos, gobernador de Judea, quien representaba al poder romano; y más abajo aparecen tres figuras locales, que detentaban pequeñas cuotas de poder: Herodes, Filipo y Lisanio.

Así estaba constituido el organigrama del poder político.

El evangelista Lucas también identifica al poder religioso de ese momento: se refiere a Caifás, quien era el sumo sacerdote ese año, el cual era un títere de Anás.

Al identificar a estos personajes, el evangelista Lucas nos está diciendo que la salvación que se hace presente en Jesús de Nazareth no fue un accidente, sino que tuvo lugar en un momento preciso de la historia. En la perspectiva de la fe, la historia no es una colcha de retazos de eventos fortuitos. Los creyentes vemos en la historia el lugar de encuentro entre Dios y la humanidad. De ahí que cada acontecimiento tiene un sentido profundo, espiritual, que no siempre es percibido por la gente que va por la vida de manera distraída.

Pasemos ahora a la segunda sección del relato evangélico, donde se describe la acción profética del Bautista:

Llama la atención que Lucas, que ha sido tan minucioso en la identificación de los personajes históricos, sea tan impreciso respecto al lugar donde actúa Juan. Se contenta con dar unas indicaciones muy generales: dice que recibió la Palabra de Dios en medio del desierto y que recorrió la comarca del Jordán.

La referencia al desierto no es geográfica sino simbólica. En la Biblia, el desierto significa soledad, meditación, encuentro con uno mismo y con Dios. Aunque vivamos en medio del ruido de la ciudad, debemos crear espacios de recogimiento que nos permitan escuchar la voz de Dios, quien se comunica en el silencio de la oración.

La predicación de Juan Bautista tuvo gran acogida, y atrajo a personas de todos los estratos sociales. La austeridad de su vida, el vigor de su llamado a la conversión y la coherencia entre lo que decía y hacía causaban un profundo impacto entre sus contemporáneos.

El evangelista Lucas cita un pasaje muy sugestivo del profeta Isaías para mostrar la continuidad del mensaje de Juan con la tradición profética del Antiguo Testamento: "preparad el camino del Señor, allanad sus sendas".

Esta invitación a preparar el camino del Señor expresa el sentido del tiempo litúrgico del Adviento, que es la preparación para acoger la Palabra de Dios que se encarna en Jesús de Nazareth.

La tarea que nos propone Juan enfrenta mil obstáculos porque a nuestro alrededor domina la apatía religiosa. La gente tiene otros intereses materiales, y los valores espirituales están sepultados bajo el alud de las preocupaciones diarias.

El texto continúa con unas imágenes muy curiosas: "elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios". Parecerían las instrucciones dadas por un ingeniero civil que quiere adecuar un terreno para construir en él…

Las expresiones de Juan Bautista piden unas modificaciones importantes en la geografía del desierto. A través de este lenguaje simbólico nos invita a transformar nuestro paisaje interior, así como el paisaje exterior, pide conversión individual y estructural, personal y social.

En la propuesta de Juan Bautista, la preparación para la venida del Señor consiste en la conversión interior y en la nivelación de las relaciones humanas, que han de pasar de la desigualdad a la igualdad, de la injusticia a la justicia. Tal es el mensaje que nos da el evangelio a través de este lenguaje simbólico sobre la necesidad de nivelar el terreno.

Es hora de terminar nuestra meditación dominical. Juan Bautista es uno de los grandes protagonistas del Adviento. El evangelista lo ubica en un momento preciso de la historia política y religiosa de su tiempo. Nos exhorta a prepararnos para la venida del Señor, y para ello nos invita a modificar nuestra vida interior y las relaciones sociales en términos de superación de las desigualdades y contrastes.

Padre Jorge Humberto Peláez S.J.

 

SÓLO DESDE LA EXPERIENCIA PERSONAL DESCUBRIREMOS NUESTRA SALVACIÓN

Las tres figuras de la liturgia de Adviento son: Juan Bautista, Isaías y María. La liturgia de hoy empieza por el primero. La importancia de este personaje está acentuada por el hecho de que hacía, por lo menos, trescientos años que no aparecía un profeta en Israel. Al narrar Lucas la concepción y el nacimiento de Juan antes de decir casi lo mismo de Jesús, está manifestando lo que este personaje significaba para los cristianos de la época. La idea de precursor inmediato es la clave de todo lo que nos dicen de él.

Todos los evangelistas resaltan esa importancia, aunque todos están interesados en resaltar también, la superioridad de Jesús. Parece que en este hecho se advierte una cierta polémica en las primeras comunidades, a la hora de dar importancia a Juan. Para los primeros cristianos no tuvo que ser fácil aceptar la importancia del Bautista en la trayectoria de Jesús, sobre todo desde que se aceptó el carácter divino de su mesianismo.

El hecho de que Jesús acudiese a Juan para ser bautizado, nos manifiesta que Jesús tomó muy en serio la figura de Juan, y que se sintió atraído e impresionado por su mensaje. Juan fue un personaje que tuvo una influencia muy grande en la religiosidad de su época. Relatos extrabíblicos lo confirman. En el momento del bautismo de Jesús, él era ya muy famoso, mientras que a Jesús aún no le conocía nadie.

CONTEXTO

Estamos en el capítulo 3. Lucas nos ha relatado en los dos capítulos anteriores, de una manera poco realista, la infancia de Jesús. Es muy importante el comienzo del evangelio de hoy. Hay un intento de situar en unas coordenadas concretas de tiempo y lugar, los acontecimientos que se van a narrar; como para dejar claro que no se saca de la manga los relatos.
Hay que notar bien que el “lugar” no es Roma ni Jerusalén ni el Templo, sino el desierto. También se quiere significar que la salvación está dirigida a hombres concretos de carne y hueso, y que esa oferta implica, no sólo al pueblo judío, sino a todo el orbe conocido: “todos verá la salvación de Dios”.
Como buen profeta, Juan descubrió que para hablar de una nueva salvación, nada mejor que recordar el anuncio del gran profeta Isaías. Él anunció una auténtica liberación para su pueblo, precisamente cuando estaba más oprimido en el destierro y sin esperanza de futuro. Juan intenta preparar al pueblo para una nueva liberación, predicando un cambio de actitud en la relación con Dios y con los demás.
El mensaje de Jesús se aparta en gran medida del de Juan. Juan predica un bautismo de conversión, de metanoya, de penitencia. Habla del juicio inminente de Dios, y de la única manera de escapar de ese juicio, su bautismo. No predica un evangelio -buena noticia- sino la ira de Dios, de la que hay que escapar.
No es probable que tuviera conciencia de ser el precursor, tal como lo entendieron los cristianos. Habla de "el que ha de venir" pero se refiere al juez escatológico, en la línea de los antiguos profetas.
Jesús por el contrario, predica una “buena noticia”. Dios es Abba, es decir Padre-Madre, que ni amenaza ni condena ni castiga, simplemente hace una oferta de salvación total. Nada negativo debemos temer de Dios. Todo lo que nos viene de Él es positivo. No es el temor, sino el amor lo que tiene que llevarnos hacia Él.
Muchas veces me he preguntado, y me sigo preguntando, por qué, después de veinte siglos, nos encontramos más a gusto con la predicación de Juan que con la de Jesús. ¿Será que el Dios de Jesús no lo podemos utilizar para meter miedo y tener así a la gente sometida?
Hay un aspecto de su doctrina que sí coincide con el mensaje de Jesús. Critica duramente una esperanza basada en la pertenencia a un pueblo o en las promesas hechas a Abrahán, sin que esa pertenencia conlleve compromiso alguno. Para Juan, el recto comportamiento personal es el único medio para escapar al juicio de Dios. Por eso coincide con Jesús en la crítica del ritualismo cultual y de la observancia puramente externa de la Ley.

APLICACIÓN

Al ser humano se le ofrecen hoy infinidad de caminos por los que puede desarrollar su existencia. ¿Cuál será el que le lleve a la verdadera salvación?
Como decía Pablo: más que nunca necesitamos hoy crecer en sensibilidad para apreciar los auténticos valores humanos. Precisamente porque las ofertas engañosas son más variadas y mucho más atrayentes que nunca, es más difícil acertar con el camino adecuado.
Dios no tiene ni pasado ni futuro; no puede “prometer” nada. Dios es la salvación que se da a todos en cada instante. Algunos hombres (profetas) experimentan esa salvación según las condiciones históricas que les ha tocado vivir, y la comunican a los demás como promesa o como realidad. La misma y única salvación de Dios, llega a Abrahán, a Moisés, a Isaías, a Juan Bautista o a Jesús, pero cada uno la vive y la expresa de acuerdo con el desarrollo espiritual de su tiempo.
No encontraremos la salvación que Dios quiere hoy para nosotros, si nos limitamos a repetir lo políticamente correcto. Sólo desde la experiencia personal podremos descubrir esa salvación.
Cuando pretendemos vivir de experiencias ajenas, la fuerza de placer inmediato acaba por desmontar la programación. En la práctica, es lo que nos sucede a la inmensa mayoría de los humanos. El hedonismo es la pauta: lo más cómodo, lo más fácil, lo que menos cuesta, lo que produce más placer inmediato, es lo que motiva nuestra vida.
Más que nunca, nos hace falta una crítica sincera de la escala de valores en la que desarrollamos nuestra existencia. Digo sincera, porque no sirve de nada admitir teóricamente esta escala y seguir viviendo en el más absoluto hedonismo. Tal vez sea esto el mal de nuestra religión, que se queda en la pura teoría.
Hace ya tiempo, un ministro del gobierno, hablando de los problemas del norte de África, decía muy serio: “es que para los musulmanes, la religión es una forma de vida”. Se supone que para los cristianos, no.
Cuando nos enfrentamos a la celebración de una nueva Navidad, podemos experimentar en nuestro interior la esquizofrenia. Lo que queremos celebrar es la venida de nuestro Salvador. Su salvación apunta a una superación del hedonismo, del placer y del egoísmo. Lo que vamos a hacer es todo lo contrario. Intentar que en nuestra casa no falte de nada en estas Navidades. Nos dejamos llevar del consumismo. Si no disponemos de los mejores manjares, si no podemos regalar a nuestros seres queridos lo que les apetece, no habrá fiesta.
De esta manera, sin darnos cuenta, caemos en la trampa del consumismo y de la falsa religiosidad, al mismo tiempo. Cuando las “necesidades” que experimentamos, podemos satisfacerlas en el supermercado, ¿qué necesidad tenemos de otra salvación?
Las lecturas bíblicas nos tienen que servir de referencia para descubrir en ellas una experiencia de salvación. No quiere decir que hoy tengamos que esperar para nosotros la misma salvación que ellos anhelaban. La experiencia es siempre intransferible. Si ellos esperaron y experimentaron la salvación que necesitaron en un momento determinado, nosotros tenemos que encontrar también la salvación que necesitamos hoy. No esperando que nos venga de fuera, sino descubriendo que está en lo hondo de nuestro ser y que tenemos capacidad para sacarla a la superficie. Dios salva siempre. Cristo está siempre viniendo.
El ser humano no puede, de una vez por todas, planificar su salvación trazando un camino claro y directo que le lleve a su plenitud. Su capacidad intelectual es limitada, sólo tanteando puede conocer lo que es bueno para él: “Tengo muchas cosas más que deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora, el Espíritu os irá llevando hasta la plenitud de la verdad”.
Nadie puede dispensarse de la obligación de seguir buscando. No sólo porque lo exige su propio progreso, sino porque es responsable de que los demás progresen. No se trata de imponer a nadie los propios descubrimientos, sino de proponer nuevas metas para todos. Dios viene a nosotros siempre como nueva salvación. Ninguna de las salvaciones anunciadas por los profetas puede agotar la oferta de Dios.
Es importante la referencia a la justicia, que hace por dos veces Baruc y también Pablo, como camino hacia la paz. “Paz en la justicia, gloria en la piedad”, dice Baruc. “Que vuestra comunidad siga creciendo en penetración y sensibilidad para apreciar los valores; así llegaréis al día de Cristo cargados de frutos de justicia”, dice Pablo.
El concepto que nosotros tenemos de justicia, es el romano, que era la restitución según la ley, de un equilibrio roto. El concepto bíblico de justicia es muy distinto. Se trata de dar a cada uno lo que espera, según el amor.
Normalmente, la paz que buscamos es la imposición de nuestros criterios, sea con astucia, sea por la fuerza. Mientras sigan las injusticias, la paz será una quimera inalcanzable. Nivelar es la clave. Sólo cuando los de arriba bajen y los de abajo puedan subir, se verá la salvación de Dios.

Fray Marcos  Fe Adulta

 

Todo mortal verá la salvación de Dios

Bar 5, 1-9: “Dios mostrará tu esplendor”

Sal 125: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Flp 1,4-6. 8-11: “Que lleguen al día de Cristo limpios e irreprochables”

Lc 3,1-6: “Todo mortal verá la salvación de Dios”

El tiempo de adviento es tiempo de esperanza y de apertura al cambio: cambio de vestido y de nombre (Baruc), cambio de camino (Isaías). Cambiar, para que todos puedan ver la salvación de Dios.

En un bello poema Baruc canta con fe jubilosa la hora en que el Eterno va a cumplir las promesas mesiánicas, va a crear la nueva Jerusalén, va a dar su salvación. Jerusalén es presentada como una “Madre” enlutada por sus hijos expatriados. Dios regala a Sión, su esposa, la salvación como manto regio, le ciñe como diadema la “Gloria” del Eterno. La Madre desolada que vio partir a sus hijos, esclavos y encadenados, los va a ver retornar libres y festejados como un rey cuando va a tomar posesión de su trono. Le da un nombre nuevo simbólico: “Paz de Justicia-Gloria de Misericordia”; es decir, Ciudad-Paz por la salvación recibida de Dios. Ciudad-Gloria por el amor misericordioso que le tiene Dios.

Haciéndose eco de los profetas del destierro, Baruc dice una palabra consoladora a un pueblo que pasa dificultad: “El Señor se acuerda de ti” (5,5). Ya el segundo Isaías se había preguntado: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura? (...) pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré” (Is 49,15). El Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a despojarse del luto y vestir “las galas perpetuas de la Gloria que Dios te da” (5,1). Es la salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda en su amor.¿Dónde está nuestro profetismo cristiano? El profeta no es un adivino, ni alguien que pre-dice los acontecimientos futuros. El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende siempre que haya justicia. Obviamente le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Los profetas surgen en los momentos de crisis y de cambios para avizorar una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz.
La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” contrarios al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (vive encarnado) y contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.

En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6). Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.
Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo” (pueblo en silencio) que renunció al “sacerdocio” (a los privilegios de la herencia), y de una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” estando apartado del poder y en el contacto con la bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparad el camino del Señor”). ¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?

La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc, nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a cambiar. Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, en el amor para “aquilatar lo mejor” (Flp 1,10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos las exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro “llenos de los frutos de justicia” (1,11).

Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “abajan los montes”, se llenan los valles, se endereza lo torcido y se iguala lo escabroso (Bar 5,7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar 5,5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué renuncias impone el enderezar lo torcido o abajar montes o rellenar valles. Nuestros caminos deben ser rectificados para que llegue Dios.

Adviento es el tiempo litúrgico dedicado por antonomasia a la esperanza. Y esperar es ser capaz de cambiar, y ser capaz de soñar con la Utopía, y de provocarla, aun en aquellas situaciones en las que parece imposible.

Dejémonos impregnar por la gracia de este acontecimiento que se nos aproxima, dejemos que estas celebraciones de la Eucaristía y de la liturgia de estos días nos ayuden a profundizar el misterio que estamos por celebrar.

Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro con Dios. Pero al mismo tiempo, Él camina con nosotros señalando el camino porque “Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su Gloria, con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9).

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 3, «Una voz en el desierto», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí.

Puede ser escuchado aquí.

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En el segundo domingo del Tiempo de Adviento, las lecturas de la misa de hoy nos presentan el Anuncio de la llegada del Señor y la preparación que debemos tener para recibirlo.

El tiempo del Adviento es el tiempo de la preparación para las solemnidades de Navidad, cuando conmemoramos la primera venida del Hijo de Dios a los hombres. Pero también dirige la atención hacia la segunda venida del Señor al final de los tiempos. En el Prefacio de Adviento rezamos: por Cristo Señor nuestro, quién al venir por primera vez en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de salvación; para que, cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos, que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar.

Durante el tiempo de adviento aparece el significado de la misión de San Juan Bautista. Su figura se impone como una actitud de fidelidad y de respuesta a la nueva manifestación de Dios que se avecina. San Juan, en el Evangelio de hoy, nos habla de la necesidad de la conversión, del cambio de mentalidad, para poder hallar y seguir a Jesús.

La figura de Juan el Bautista aparece como la señal de la llegada de la salvación de Dios. Y es que la llegada del Reino de Dios se produjo cuando el Precursor empezó a predicar la conversión y a anunciar la Buena Nueva.

San Juan es una figura enigmática. Es un profeta movido por el Espíritu de los profetas, que llama a un bautismo en señal de penitencia, porque detrás de él viene el que bautizará con el Espíritu Santo. Es testigo de la luz, cuyo testimonio anuncia la llegada de los tiempos mesiánicos.

En el Evangelio de hoy, en Lucas, se nos presenta la imagen de Juan el Bautista.
San Juan señala la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: es el último de los Profetas que anuncia la vendida del Señor, y el primero de los testigos de Jesús. Su particularidad consiste en que, mientras los demás Profetas habían anunciado a Cristo desde lejos, Juan Bautista lo señala ya con el dedo.

Juan el Bautista se presenta predicando la necesidad de convertirse. El bautismo de Juan tenía un marcado carácter de conversión interior, que disponía para recibir la llegada de Jesús.

Juan prepara el camino del Señor. Es el anunciante de la Salvación. Pero es simplemente la voz que anuncia. El Bautista proclama: Viene aquel a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias.

Cuando en una familia se espera el nacimiento de un nuevo miembro todos viven los preparativos con intensidad. Hasta los más alejados de la pareja se preocupan por preguntar como van las cosas, y los más cercanos colaboran en la preparación del nido.
Arreglar la habitación donde va a estar el bebé, conseguir un moisés para que tenga donde dormir, comprar algunos pañales descartables para ahorrarle trabajo a mamá, tejer una batita o escarpines...

En fin, no hace falta abundar en detalles sobre todo lo que se puede hacer para preparar el nacimiento de un niño. Y lo más importante: si hay hermanitos, hablar con ellos para preparar el corazón. Si no los hay, soñar en pareja, imaginar el futuro, rezar a Dios por la nueva vida...

Preparar el nacimiento de Jesús debe ocasionar similares preparativos y conmocionar de manera parecida el hogar.

Por eso, es bueno preguntarnos cómo nos estamos preparando para el nacimiento de Cristo. ¿Cómo le hacemos un lugar en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestro corazón?

Arreglemos la habitación acercándonos al sacramento de la reconciliación, tejamos una gran red de oraciones y consigamos todo lo necesario para que nuestra propia existencia sea una casa agradable donde pueda venir el Señor. Allanemos los caminos para que todos sean testigos de la salvación.

Durante el Adviento del año 1980 el Papa Juan Pablo II estuvo con más de dos mil chicos en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis:

- ¿Cómo es que se preparan para la Navidad?

- Con oración,- responden los chicos gritando.

- Bien, con la oración, les dice el Papa, pero también con la Confesión. Tienen que confesarse para acudir después a la Comunión. ¿Lo van a hacer?

- Si, lo haremos!

- Si, deben hacerlo - les dice Juan Pablo II. Y en voz más baja agrega: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño-Dios.

Que bueno sería que para prepararnos para la llegada del Señor en la próxima Navidad, dentro de unas pocas semanas, nos propongamos algún propósito semanal para ayudar a nuestro prójimo y prepararnos interiormente. Podríamos visitar algún enfermo, ayudar en alguna tarea de la parroquia, confesarnos y comulgar, rezar más, llevar a nuestros hijos a presenciar con recogimiento algún pesebre viviente.

Pidamos a María y a San José, que tan esmeradamente prepararon en sus corazones la llegada de Jesús, que nos ayuden a que en nuestras familias todos nos dispongamos a recibirlo como ellos.

www.agustinos-es.org