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Las lecturas de hoy son toda una profesión de la fe, un "credo". Los israelites profesan su credo en el templo: "Mi padre fue un arameo errante...Él (el Señor) nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos que tú, Señor, me has dado". (Primera Lectura). Jesús responde tres veces a Satanás como reafirmación de lo que él cree: "no sólo de pan vive el hombre". "Al Señor, tu Dios, adorarás y él solo darás culto" "No tentarás al Señor, tu Dios". Finalmente la segunda lectura contiene una antigua profesión de la fe cristiana: "Jesús es el Señor". Mensaje doctrinal 1. Jesús afirma la fe. El momento de la tentación es un momento existencial. Es un momento en que las circunstancias inclinan hacia una caída. Jesús conquista en su momento la tentación afirmando la palabra de Dios vivo. En la primera tentación, material y económica (Dile a esta piedra que se convierta en pan), Jesús afirma que hay bienes mayores que el alimento, y que el hombre no es sólo un consumidor, un oeconomicus homo. En la segunda tentación, una invitación de utilizar medios ilícitos e injustos para ganar el poder y la influencia (Todos los reinos de la tierra te daré), Jesús afirma que solamente el poder de Dios es absoluto (Adorarás al Señor, tu Dios). En la tercera tentación, Satanás lo provoca, con la Escritura y la religión, a forzar un milagro de Dios, y Jesús afirma que nunca se debe poner a Dios a prueba (No tentarás al Señor, tu Dios). Las tentaciones que Jesús experimenta en este texto del Evangelio son las tentaciones de los israelitas en el desierto y las tentaciones de toda la humanidad. Los israelitas sucumbieron, pero Jesús conquistó las tentaciones y nos permite a nosotros conquistarlas si aceptamos el misterio de la Redención. 2. La fe cristiana es historia, no sólo una serie de ideas. La profesión de fe que hacemos en la liturgia no está compuesta de una serie de ideas elevadas de la esencia de Dios, de las cualidades, de los conceptos del hombre o del mundo. El credo de los israelitas, de Jesús y de la comunidad cristiana refleja los altibajos de la historia. El credo de Israel comienza con la historia de Jacob, un arameo errante, y sus descendientes, conducidos por Dios, a través de los siglos, a la tierra prometida. El credo de los cristianos está fundado en la historia de Jesús de Nazaret, resucitado de entre los muertos y hecho Señor por su Padre. Las ideas están para pensar, no para creer. La historia de la salvación debe ser ambas cosas: alimento para el pensamiento y una profesión de fe. 3. Dios quiere dos fidelidades unidas. La liturgia claramente demuestra la increible fidelidad de Dios hacia el hombre. En medio de los tiempos oscuros y de los momentos aparentemente desesperados de la historia, Dios camina fielmente con su gente en Egipto, en el desierto, y en la tierra le prometió a Abraham (primera lectura). Cuando Cristo es tentado por el diablo y más adelante cuando parece derrotado por la muerte, su Padre le fue fiel. Dios desea unir su fidelidad con la del hombre; Jesús unió su fidelidad a la del Padre de una manera extraordinaria. Sugerencias pastorales 1. Afirmando la fe en un mundo de tentación. La tentación nos acompaña a través de nuestra vida. El tentador está solo, y es tan arrogante que no tiene ningún escrúpulo en tentar incluso al Hijo de Dios. Mientras que las culturas y las costumbres cambian él ha ido cambiando sus tácticas, pero los ingredientes son siempre iguales: poder, conocimiento y placer. La sociedad moderna ofrece al tentador una avalancha de posibilidades para influir en la humanidad, y a menudo estamos indefensos y desprotegidos. Como creyentes afirmamos con orgullo nuestra fe en un mundo que se olvida a ratos de ella, la sofoca, o la deja de lado. Las tentaciones son una oportunidad de dar testimonio de Jesucristo, nuestro Señor y Dios, y a través de nuestro testimonio conquistar la tentación con el poder de Dios. No debemos asustarnos de la tentación. "Tu fe es la victoria que conquista el mundo". 2. No nos dejes caer en la tentación. Los cristianos somos débiles como cualquier persona y lo sabemos. Pero también sabemos que tenemos gran poder de Dios, y que si confiamos en él podemos estar seguros que los ataques del tentador, no importa cuan poderosos sean, no pueden derrotarnos. ¿Por qué si no, pediríamos al Padre en nuestra oración diaria "No nos dejes caer en la tentación"? El supermercado de la religión y de lo sagrado está hoy día lleno de dioses y de ídolos que prometan todo pero no lo cumplen, y mucha gente escoge y elige basándose en sus caprichos o gustos. Hay muchos católicos "culturales" que adoran el trabajo, la ciencia y la política más que a Dios. Como individuos y miembros de la Iglesia debemos rezar fervientemente el Padre Nuestro cada día, pidiendo al Señor humildemente "no nos dejes caer en la tentación". P. Antonio Izquierdo - Catholic.net |
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Y en ese combate estamos incluidos todos los seres humanos, cada uno en su respectivo bando, según estemos en amistad con Dios o en amistad con el Demonio. Ahora bien, por la verdad contenida en la Sagrada Escritura, ya sabemos cuál será el bando ganador, aunque el Demonio, el Engañador, inventor de la mentira, pretenda hacer creer que será él quien vencerá. Ya Cristo ha vencido al Demonio: lo venció en la Cruz y con su Resurrección. Cristo ya ganó de antemano esa victoria para nosotros, pero debemos alistarnos en el bando ganador, siendo de Dios, obedeciendo su Voluntad, aprovechando todas las gracias que nos otorga para nuestra salvación eterna, que es nuestra victoria. Cristo, además, quiso someterse El mismo a esta batalla espiritual. Cristo “no permanece indiferente ante nuestras debilidades, por haber sido sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero que, a El, no lo llevaron al pecado” (Hb. 4,15). La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual. ¿Cuáles son nuestras armas? ¿Cuáles son nuestros pertrechos? Entre otros, los medios que nos ofrece la Iglesia en este tiempo cuaresmal: la oración, la penitencia, los ayunos, las limosnas, medios todos que nos ayudan a la conversión o cambio interior que requerimos para ir ganando este combate. Los ejercicios del ayuno como respuesta a la sensualidad, de la limosna para atajar la avaricia, y de la oración contra la autosuficiencia, quieren ayudarnos a desprendernos de lo que impide la acción de Dios en nosotros. La liturgia de Cuaresma se nos abre precisamente con la batalla espiritual que Cristo libró contra el Demonio después de haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, en preparación para su vida pública de predicación al pueblo de Israel, entregándose a la Voluntad del Padre, en una misión que en poco tiempo lo llevaría a la muerte. Y ¿qué es el desierto? Según la Sagrada Escritura, el desierto es el sitio privilegiado para encontrarse con Dios, para dejarse transformar por El. Tal fue el caso del pueblo de Israel que vivió cuarenta años en el desierto. Y el desierto no sólo fue la travesía para llegar a la tierra prometida, sino también fue el sitio donde Yahvé fue moldeando al pueblo escogido para hacerlo depender sólo de El. Otro ejemplo es el Profeta Elías (1 Rey. 19,1 - 18), quien pasó también cuarenta días en el desierto, a donde huyó obligado para salvar su vida. Después de muchas vicisitudes, se encuentra con Dios en el Monte Horeb, en el mismo sitio que Moisés, y allí Dios lo prepara para la misión que le encomendara. Otro habitante del desierto fue San Juan Bautista. Allí vivió prácticamente toda su vida y allí lo preparó Dios para ser el Precursor de su Hijo y preparar el camino del Salvador de Israel. Sin embargo, el desierto, que para nosotros puede significar lugar de retiro, de silencio, de oración, no sólo es lugar de encuentro con Dios, sino también de lucha con el Demonio. Porque, a veces un encuentro privilegiado con Dios puede ir precedido de una lucha fuerte contra el Maligno, que se opone por todos los medios a ese encuentro nuestro con el Señor. Pero no hay que temer. Recordemos: nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas (cfr. 1 Cor. 10,13). Jesús, al terminar su retiro, nos dice el Evangelio de hoy, “fue tentado por el Demonio” (Lc. 4,1 - 13). ¡Tal es la soberbia del Maligno: pretender tentar al mismo Dios! Lo primero que se nos ocurre es pensar en su tremenda osadía, osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad: ¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes! Allí en el desierto, Jesús hizo que Satanás probara su derrota, derrota que completó con su Cruz y su Resurrección, y que será plena y terminante el día de su venida gloriosa cuando venga a establecer su reinado definitivo y ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (394) que el Demonio pretendió desviar a Cristo de su misión. ¡Qué osadía! Y pretendió esto con las tres tentaciones que le presentó, las cuales se basaban en ofrecerle poder, gloria, triunfo, bienestar material: lo mismo que el Demonio ofrece hoy en día a todos los que quieran estar en el bando perdedor. Con la primera tentación, el Demonio invita a Jesús a convertir las piedras en pan para calmar su hambre. Es una tentación de poder, con la que el Demonio apela también al bienestar material, a la complacencia de los sentidos, a consentir el cuerpo. ¿Para qué sufrir, si con poder puedes aliviar cualquier cosa? Tentación también muy presente en nuestros días. La segunda tentación fue de avaricia y poder temporal, por supuesto acompañada de su siempre presente mentira: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de (todos los reinos de la tierra) y yo los doy a quien quiero”. ¡A cuántos no ha engañado el Demonio con esa mentira de ser el dueño de lo creado y de que si se le rinden y lo adoran a él, les dará lo que le pidan! La avaricia o búsqueda desordenada de riquezas y el apego a los bienes materiales es una tentación siempre presente. Sólo el apego a Dios, poniéndolo a El primero que todas las cosas nos protege de esta peligrosa tentación. La tercera tentación fue de orgullo y soberbia, triunfo y gloria. Y en ésta sí se pasó de osado: tentó al mismo Dios con la Palabra de Dios. Le sugirió que se lanzara en pleno centro de Jerusalén de la parte más alta del Templo porque, de acuerdo a la Escritura, los Ángeles vendrían a rescatarlo. Imaginemos lo que hubiera sucedido con un milagro así: Jesús se hubiera ganado la admiración y la aprobación de todo el mundo, hubiera sido la “super-estrella” del pueblo de Israel. Pero el camino señalado por el Padre era otro muy distinto: no de triunfos, sino por el contrario, humillaciones, ataques injustos, cruz y muerte. ¿Cómo oponernos a las tentaciones de orgullo y vanidad? El mejor remedio es practicar lo opuesto: la humildad. Por ejemplo: no buscar posiciones con el fin de llegar a ser personas importantes, no hacer las cosas con el fin de procurar el reconocimiento de los demás. Cuando vengan las humillaciones, que Dios suele enviarnos para hacernos crecer en humildad, no excusarnos, sino más bien aceptarlas, reconociéndolas como medios privilegiados de crecer en santidad. Las tentaciones de Jesús en el desierto nos muestran una cosa muy importante. Los ataques del Maligno son muy variados. He aquí algunos a los que estamos muy inclinados los seres humanos de este tercer milenio, relacionados con las mismas tentaciones de Jesús en el desierto: . culto al cuerpo, . gusto por el placer, . complacencia de los sentidos, . rechazo del sufrimiento, . avaricia, . apego a lo temporal, . ambición de poder, . ansia de poderes, . búsqueda de triunfo, . deseos de glorias, . reclamo de reconocimientos, . orgullo en todas sus otras formas, etc., Y no creamos que vamos a poder estar libres de tentaciones. La santidad y el camino hacia Dios no consiste en no ser tentado, sino en poder superar las tentaciones. Y ese combate es persistente. El Demonio y los demonios y demás espíritus malignos no cejan en su lucha. San Pedro compara al Demonio con un león enfurecido que anda dando vueltas alrededor nuestros deseando devorarnos para llevarnos a la condenación eterna (cfr. 1 Pe. 5,8). Nos dice el Evangelio que el Diablo se retiró de Jesús “hasta que llegara la hora”, hasta el momento oportuno. Para Cristo ese momento fue el de la Cruz, ya que durante la Pasión, el Demonio hizo que toda la maldad del pueblo de Israel se volcara contra su Mesías, a quien no pudo el Maligno engañar ni seducir. Pero Cristo al morir, obedeciendo la Voluntad del Padre en ese camino de humillación y sufrimiento, quitó el poder al Maligno y liberó a la humanidad del secuestro en que estaba por el pecado original. Y para salir nosotros de ese secuestro, debemos cumplir el mandato con el que Jesús muy bien responde al Demonio: “Adorarás al Señor tu Dios y a El solo servirás” (Dt. 6,13). Adorar a Dios consiste en reconocerlo como nuestro Creador y nuestro Dueño, en reconocernos en verdad lo que somos: hechura de Dios, posesión de Dios. El es mi Dueño. Yo le pertenezco. Consecuencia lógica de esa dependencia es entregarme a El y a su Voluntad. Y ser siempre fieles a El. Esta instrucción de adoración la vemos en la primera lectura (Dt. 26,4 - 10), la cual nos trae la profesión de fe del antiguo pueblo de Dios. Todo hebreo debía presentar a Dios “las primicias” o primeros mejores frutos de su cosecha, pronunciando una oración que sintetizaba la historia de Israel. Esta oración termina con la orden del Señor: “te postrarás ante El para adorarlo”, que es lo que responde Jesús a Satanás. El Salmo 90 nos trae las palabras que el Demonio osó utilizar para tentar a Jesús con la gloria y el triunfo, si se lanzaba del Templo de Jerusalén. Y en la segunda lectura (Rom. 10,8 - 13) san Pablo también nos invita a hacer profesión de nuestra fe: creer y confesar que Jesús es el Señor y que resucitó. Seremos, entonces, salvados por esa fe que nos lleva a confiar en Dios y a poner todo nuestro empeño para responder a las gracias que Dios nos da para nuestra salvación. Con nuestra fe y nuestra respuesta a la gracias; es decir, con nuestra fe y con nuestras obras, somos salvados por Cristo. Y es así como Dios ha querido que también el combate espiritual contra las fuerzas del mal, sea para nosotros fuente de gracia y de salvación, porque venciendo las tentaciones acumulamos méritos para la Vida Eterna (cfr. St. 1,2 - 4 y 12). En esa lucha inevitable, no olvidemos algo muy importante: contamos con toda la ayuda necesaria de parte de Dios para ganar las batallas espirituales y la batalla final. Que así sea. www.homilia.org |
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mientras era tentado» Cuando Moisés determinaba las fiestas litúrgicas del pueblo de Israel, les recomendaba cómo habían de presentar al Señor, cada año, los primeros frutos de la cosecha: El sacerdote –decía– tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás al Señor: “Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció... Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron... Con mano fuerte y brazo extendido, con signos y portentos, nos sacó de Egipto. Nos introdujo en este lugar y nos dio esta tierra. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo, que tú, Señor, me has dado”. Sí, aquella ofrenda iba acompañada de la confesión de fe en las maravillas realizadas por Dios en su historia. No quería Moisés que aquel pueblo perdiera su conciencia olvidándose de Dios. Un pueblo que en realidad había sido puesto como signo de su presencia en la historia de los hombres. Es siempre nuestra tentación: disponer y disfrutar de las cosas olvidándonos de quien nos las proporciona. Es un peligro que siempre nos acecha: creer que se trata de nuestra vida y del fruto de nuestros esfuerzos. Es un riesgo que corremos también los cristianos en medio de un mundo que va a lo suyo: perder la conciencia de ser signo de aquél de quien somos y a quien vamos. Justo porque el Bautismo nos hizo pertenencia suya, destinados a su gloria. Y por eso cada año se nos ofrece una ocasión especial para renovar nuestro Bautismo: la Cuaresma que culmina en la Noche Pascual. Porque, como hoy nos dice San Pablo: Si tus labios confiesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Se trata de una renovación de la vida según la fe. Y por eso, comenzamos hoy con la Iglesia un camino de sincera conversión. Así como aquel pueblo fue llevado por Dios durante cuarenta años por el desierto, para prepararlo a la posesión de la tierra. Así también Jesús fue llevado por el Espíritu durante cuarenta días por el desierto para prepararse a su misión. Hoy entramos con él en el desierto, para vencer con él esas tentaciones, que siempre amenazan nuestra identidad cristiana. Son las tentaciones de todos los hombres que también Cristo, como hombre, tuvo que vencer: Sintió hambre Jesús y el diablo le tentó: “Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Es la tentación de vivir para satisfacer las apetencias, de andar pendientes de cubrir las necesidades, de vivir para consumir. Y Jesús le contesta, y nos enseña así, a vencer esta tentación: Está escrito por Dios: “No sólo de pan vive el hombre”. No, no somos nosotros para las cosas, sino las cosas para nosotros, porque nosotros somos de Dios. Pero el Diablo ataca ahora por otra de las apetencias radicales del hombre. Y, así, llevándolo a lo alto, le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dice: “Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si te arrodillas ante mí, todo será tuyo”. Otra debilidad del corazón humano: la codicia y el poder. Algo que algunos sacian porque, sin escrúpulos, secundan la tentación. Por eso, el Diablo le pone como condición: “Si me adoras lo tienes fácil”. Pero es un embustero, porque el mundo no es suyo, sino de Dios. Y Jesús le vence diciendo de quién son las cosas y de quién el poder, y así vence la tentación afirmando: Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto. Pero el Diablo no se da por vencido y ataca ahora de modo más sutil. Lo lleva al alero del Templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito que Dios no permitirá que te pase nada malo”. Es la tentación que nosotros podemos sentir, cuando acudimos a Dios queriéndolo poner al servicio de nuestros planes; marcándole la pauta de cómo ha de comportarse con nosotros; diciéndole, en definitiva, lo que esperamos que haga para seguir confiando en él. Y por eso Jesús nos ayuda a vencer esta tentación que está en la base de muchas personas que dieron la espalda a Dios, porque no les solucionó sus problemas. Con su respuesta nos enseña a ponernos de verdad en las manos de Dios rechazando de raíz toda tentación: Está mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”. Radio Vaticano |
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Empieza la cuaresma y debemos tomar conciencia de lo que esto significa para nuestra vida espiritual. Aunque debemos superar el sentido luctuoso que ha tenido durante demasiado tiempo, podemos seguir descubriendo un sentido que nos puede hacer mucho bien en nuestra religiosidad. No debemos insistir en el aspecto de sacrificio, pero sí en la necesidad que tenemos todos de retirarnos al desierto para conocer mejor nuestro verdadero ser y así abrir nuevas rutas que llenen de sentido nuestra existencia. Jesús fue tentado como nosotros, porque la tentación no es algo que viene de fuera, sino que es inherente a todo ser humano. El mayor peligro que tenemos a la hora de interpretar las tentaciones de Jesús es pensar que era un extraterrestre. El mismo evangelio nos dice que el diablo se marchó "hasta otra ocasión". Los evangelistas tematizan las tentaciones en un momento y lugar determinado, pero dejan bien claro que fueron una constante en su vida, como lo son en todos y cada uno de los hombres. Ni Jesús ni nosotros necesitamos que venga nadie a tentarnos. La lucha es contra nuestro falso ego. EXPLICACIÓN No debemos escandalizarnos cuando los exegetas nos dicen que estos relatos no son historia sino teología. Marcos, que fue el primero que escribió su evangelio, reduce el relato a menos de tres líneas. No son crónicas de sucesos externos, pero son descarnadamente reales. Empleando símbolos conocidos por todos, nos quieren hacer ver una verdad teológica fundamental: La vida humana se presenta siempre como una lucha a muerte entre los dos aspectos de nuestro ser; por una parte lo instintivo o biológico y por otra lo espiritual o trascendente. Si no hay lucha, es que hemos aceptado la derrota. El mito del mal personificado (diablo), ha atravesado todas las culturas y religiones hasta nuestros días y por lo que se puede adivinar, tiene cuerda para rato. La realidad es que no necesitamos ningún enemigo que nos tiente desde fuera. El diablo nace como necesidad de explicar el mal, que no puede venir de Dios. Sin embargo, el mal no tiene ningún misterio; es inherente a nuestra condición de criaturas. La voluntad sólo es atraída por el bien, pero como nuestro conocimiento es limitado, la inteligencia puede presentar a la voluntad un objeto como bueno, siendo en realidad malo. El mal es consecuencia de una inteligencia limitada. Sin conocimiento, la capacidad de elección sería imposible y no podía haber mal moral. Si el conocimiento fuera perfecto, también sería imposible porque sabríamos lo que es malo y el mal no puede ser apetecible. Si la voluntad va tras el mal, es siempre consecuencia de una ignorancia. Es decir, creemos que es bueno para nosotros lo que en realidad es malo. Recordar lo que dice el evangelio: “la verdad os hará libres. La libertad de elección solo se puede dar entre dos bienes. Plantear una lucha entre el bien y el mal, es puro maniqueísmo. La lucha se da entre el bien aparente (mal), y el bien real. La primera observación que debíamos hacer sobre el relato, es que al empezar se hace mención por dos veces del Espíritu. Lleno del Espíritu Santo quiere decir lleno de Dios. Jesús es un ser humano en el que Dios lo es todo y que actúa como lo haría el mismo Dios. El tiempo de desierto es precisamente un tiempo en que esa presencia de lo divino se activa y se potencia, para que nada de lo sensible, caduco, terreno, tenga la fuerza suficiente para no dejar actuar lo divino en él. Si dejamos actuar al Espíritu, la victoria está asegurada. Que las tentaciones sean tres, no es casual. Se trata de un resumen perfecto de todas las relaciones que puede desarrollar un ser humano. La tentación consiste en entrar en una relación equivocada con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Una auténtica relación humana con los demás, que es lo que se manifiesta en nuestra vida real, depende, querámoslo o no, de una adecuada relación con nosotros mismos y con Dios. PRIMERA TENTACIÓN: poner la parte superior de nuestro ser al servicio de la inferior. Si eres Hijo de Dios... No se debe entender desde los conceptos dogmáticos acuñados en el siglo IV. No hace referencia a la segunda persona de la Trinidad. Significa hijo en el sentido semita. Jesús no es fiel a Dios porque es Hijo, sino que es Hijo porque es fiel... Si tú has hecho en todo momento la voluntad de Dios, también Él hará lo que tú quieres. Fíjate bien que la tentación de hacer la voluntad de Dios para que después Él haga lo que yo quiero, no tiene que venir ningún diablo a sugerírnosla; es lo que estamos haciendo todos los días. Di que esta piedra se convierta en pan. La tentación permanente es dejarse llevar por los instintos, sentidos, apetitos. Es decir hacer en todo momento lo que te apetece. Es negarse a seguir evolucionando y superarse a sí mismo, porque eso exige esfuerzo. Los instintos nos ayudan a garantizar nuestro ser animal. Si ese fuera nuestro objetivo, no habría nada de malo en seguirlos, como hacen los animales. En ellos los instintos nunca son malos. Pero si nuestro objetivo es ser más humanos, sólo a través del esfuerzo lo podremos conseguir, porque debemos ir más allá de lo puramente biológico. El fallo está en utilizar la inteligencia para potenciar nuestro ser animal. No sólo de pan vive el hombre. El pan es necesario, pero, ni es lo único necesario ni es lo más importante. Para el animal sí es suficiente. Nuestro hedonismo cotidiano demuestra que no hemos aceptado aún estas palabras de Jesús. Dar al cuerpo lo que me pide es para muchos lo primero y esencial, descuidando la preocupación por todo aquello que podría elevar nuestra humanidad. El antídoto de esta tentación es el ayuno. Privarnos voluntariamente de aquello que es bueno para el cuerpo, es la mejor manera de entrenarnos para no ceder, en un momento dado, a lo que es malo. SEGUNDA TENTACIÓN: Si me adoras, todo será tuyo. Olvídate de Dios y adora al ídolo. Por él conseguirás cumplir tus deseos de dominio y poder. El poder, en cualquiera de sus formas, es la idolatría suprema. El poder lleva siempre consigo la opresión, que es el único pecado que existe. Adorar a Dios y darle culto no significa ir en busca del dios exterior que necesita incienso y alabanza. Se trata de descubrir lo que de Dios hay en nosotros y potenciarlo, cultivarlo hasta que se haga visible a través de todos los poros de nuestro ser. Nuestro auténtico ser no está en el ego aparente, en nuestra individualidad, sino más a lo hondo. Si descubro mi ser profundo, no me importará desprenderme de mi yo y, en vez de buscar el dominio de los demás, buscaré el servicio a todo el que encuentre en mi camino. El antídoto es la limosna. Para no caer en la tentación de aprovecharnos de los demás, debemos hacer ejercicios de donación voluntaria de lo que tenemos y de lo que somos. Tercera tentación: Tírate de aquí abajo. Realiza un acto verdaderamente espectacular, que todo el mundo vea lo grande que eres. Demuestra que tienes a Dios en el bolsillo y que eres más que nadie. Todos te ensalzarán y tu (vana) gloria llegará al límite. Es curioso que en esta tentación el mismo diablo utilice la Escritura para tentar. Nos está diciendo que utilizar la Escritura también puede ser diabólico. La respuesta es que dejes a Dios ser Dios. Acepta tu condición de criatura y desde esa condición alcanza la verdadera plenitud. Dios no tiene que darte nada. Mucho menos podrá tener privilegios con nadie. Ya se lo ha dado todo a todos. Eres tú el que debes descubrir las posibilidades de ser que tienes sin dejar de ser criatura. Ya es hora de que dejemos de acusar a Dios de haber hecho mal su obra y exigirle que rectifique. El antídoto es la oración. Al decir oración no queremos decir “rezos” sino meditación profunda. Descubrir al verdadero Dios, me librará de utilizar al dios ídolo. Sin duda este relato es el mejor pórtico para entrar en la cuaresma. Nos obliga a plantear los tres temas que caracterizan este tiempo litúrgico: ayuno (relación con tu verdadero yo), oración (relación con Dios), limosna (relación con los demás). No debemos plantearnos la lucha contra el mal desde el voluntarismo, sino desde un mejor conocimiento de la persona, de la realidad y de Dios. El pecado no consiste en la trasgresión de una ley, sino en deteriorar tu propio ser. La ley lo único que puede hacer es advertirte de que esto o aquello puede hacerte daño; pero eres tú el que tienes que descubrir la razón de mal si quieres que la voluntad deje de apetecer lo que te daña. Debemos desmitificar el pecado. No se trata de ninguna ofensa a Dios sino de un deterioro de mi propio ser. El pecado sólo en una segunda instancia tiene connotación religiosa. Su primer impacto es simplemente humano.
También el que no cree se deteriora como ser humano cada vez que da preferencia al gozo inmediato dejándose llevar de los instintos que le empujan a la animalidad, perdiendo la posibilidad de una plenitud de ser. A cada tentación Jesús responde con palabras de la Escritura. Si tenemos en cuenta que es un relato simbólico, descubriremos lo que los evangelistas nos quieren decir con esto. Dios por medio de su palabra quiere orientarnos en la toma de decisiones. Pero como decía Pablo: esa palabra está cerca de ti, la tienes en los labios y en el corazón. fray Marcos |
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IDENTIFICAR LAS TENTACIONES Según los evangelios, las tentaciones experimentadas por Jesús no son propiamente de orden moral. Son planteamientos en los que se le proponen maneras falsas de entender y vivir su misión. Por eso, su reacción nos sirve de modelo para nuestro comportamiento moral, pero, sobre todo, nos alerta para no desviarnos de la misión que Jesús ha confiado a sus seguidores. Antes que nada, sus tentaciones nos ayudan a identificar con más lucidez y responsabilidad las que puede experimentar hoy su Iglesia y quienes la formamos. ¿Cómo seremos una Iglesia fiel a Jesús si no somos conscientes de las tentaciones más peligrosas que nos pueden desviar hoy de su proyecto y estilo de vida? En la primera tentación, Jesús renuncia a utilizar a Dios para «convertir» las piedras en panes y saciar así su hambre. No seguirá ese camino. No vivirá buscando su propio interés. No utilizará al Padre de manera egoísta. Se alimentará de la Palabra viva de Dios. Sólo «multiplicará» los panes para alimentar el hambre de la gente. Ésta es probablemente la tentación más grave de los cristianos de los países ricos: utilizar la religión para completar nuestro bienestar material, tranquilizar nuestras conciencias y vaciar nuestro cristianismo de compasión, viviendo sordos a la voz de Dios que nos sigue gritando ¿dónde están vuestros hermanos? En la segunda tentación, Jesús renuncia a obtener «poder y gloria» a condición de someterse como todos los poderosos a los abusos, mentiras e injusticias en que se apoya el poder inspirado por el «diablo». El reino de Dios no se impone, se ofrece con amor. Sólo adorará al Dios de los pobres, débiles e indefensos. En estos tiempos de pérdida de poder social es tentador para la Iglesia tratar de recuperar el «poder y la gloria» de otros tiempos pretendiendo incluso un poder absoluto sobre la sociedad. Estamos perdiendo una oportunidad histórica para entrar por un camino nuevo de servicio humilde y de acompañamiento fraterno al hombre y a la mujer de hoy, tan necesitados de amor y de esperanza. En la tercera tentación, Jesús renuncia a cumplir su misión recurriendo al éxito fácil y la ostentación. No será un mesías triunfalista. Nunca pondrá a Dios al servicio de su vanagloria. Estará entre los suyos como el que sirve. Siempre será tentador para algunos utilizar el espacio religioso para buscar reputación, renombre y prestigio. Pocas cosas son más ridículas en el seguimiento a Jesús que la ostentación y la búsqueda de honores. Hacen daño a la Iglesia y la vacían de verdad. José Antonio Pagola |
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tener, poder y aparentar, las tres pulsiones del ego El relato de las tentaciones de Jesús aparece en los tres evangelios sinópticos, aunque con variantes. Marcos, simplemente, lo menciona, sin especificar el contenido de las mismas: “Allí estuvo cuarenta días, viviendo entre la fieras y siendo tentado por Satanás; y los ángeles le servían” (1,13). Mateo y Lucas narran las tres tentaciones pero, aparte otros cambios menores, las presentan en un orden distinto (Mateo 4,1 - 11; Lucas 4,1 - 13). El motivo parece ser el interés de Lucas porque acaben en Jerusalén, en el templo. Parece claro, en cualquier caso, que no se trata de una “crónica” de lo ocurrido, ya que no hubo testigos de la misma. Lo cual indica que nos hallamos ante una narración portadora de un contenido simbólico que trasciende tiempo y lugar. Para empezar, el relato está inspirado y, en cierto sentido, reproduce la triple tentación que vivió el pueblo en la travesía del desierto, tal como quedó expuesta en el Libro del Deuteronomio (8,3-4; 6,13; 6,16). Con ese trasfondo, Lucas busca mostrarnos a Jesús como aquél que, a diferencia del pueblo, superó las mismas pruebas. Por otro lado, la narración presenta la forma de un “rito de iniciación”, algo conocido por diferentes culturas, y en el que el sujeto se aleja del grupo y es sometido a una serie de pruebas físicas y psicológicas, de las que habrá de salir airoso, antes de alcanzar el estatus de miembro adulto de la comunidad. Lucas tiene cuidado en señalar que es el Espíritu el que “fue llevando” a Jesús. Desde el inicio mismo, Jesús aparece como el hombre que “se deja mover” desde dentro por el Dinamismo divino –eso es el Espíritu-, precisamente porque no está aferrado a –identificado con- su yo. Es el hombre desegocentrado –libre de conceptos previos y de intereses egoicos- en el que Dios puede expresarse con libertad. El texto habla de “cuarenta días”. Se trata de un número cargado de resonancias bíblicas – desde los cuarenta años que pasó el pueblo en el desierto (Libro de los Números 14,33 - 34), hasta los cuarenta días del ayuno de Moisés (Libro del Éxodo 34,28) o de Elías (Libro primero de los Reyes 19,8) - que puede entenderse como “un tiempo largo de prueba”. El tentador es nombrado como “el diablo” –personificación de las fuerzas del mal que, etimológicamente, significa “el que divide o separa”-; Marcos lo había nombrado como “Satán”, que significa “Adversario”. La triple tentación recoge, de un modo sabio y sintético, las pulsiones más importantes que el ser humano experimenta y que pueden alejarlo de lo mejor de sí: el tener, el poder y el aparentar. El autor del evangelio parece querer transmitir, con este relato, varios mensajes importantes: Jesús no vive para sus intereses, sino en docilidad a la Voluntad de Dios. Jesús no es un Mesías que se impone por el poder ni por el éxito; el suyo es un mesianismo desprendido de todo eso y cuya fuerza no es otra que la fidelidad. Las tentaciones acompañarán a Jesús –como a todos los humanos- durante toda su vida; de hecho, el relato termina anotando que “el demonio se marchó hasta otra ocasión”. Al colocar el relato de las tentaciones inmediatamente después del bautismo, puede que Lucas quisiera responder también a una cuestión que inquietaba a la primera comunidad: “¿Cómo podemos ser tentados después de haber sido bautizados?”. Esas tentaciones acechan a todo ser humano, porque el ego busca afirmarse ansiosamente. Pero como en sí mismo es inconsistente y vacío, únicamente logra una “sensación” de existir cuando –y porque-, a través de los mecanismos de identificación y apropiación, se aferra a los objetos, al poder o a la imagen…, y empieza a decir: “yo tengo”, “yo puedo”, “yo soy esto”… Decir frecuentemente “yo”, suele ser síntoma de hallarse identificado en el estadio egoico –cuando no en un narcisismo infantil-, e implica una apropiación de la acción y de sus resultados. Cuando lo cierto es que nadie hace nada, sino que todo se hace a través de alguien. Todo se hace, pero no hay un “yo” que sea dueño de la acción. El sol y la luciérnaga dan luz, cada cual a su medida, pero ni el uno ni la otra saben que brillan, ni presumen de ello. La luz “pasa” a través de ellos. El ser humano desapropiado brilla más que la luciérnaga y más que el sol. Pero, en cuanto hay apropiación, la luz queda opacada: se ha interpuesto el ego. Y esto puede ocurrir del modo más sutil y, por eso mismo, más difícil de detectar. En el colmo de su “ingenio” y de su necesidad de autoafirmación, el ego llega a apropiarse incluso de la aparente no-apropiación y decir: “yo soy sólo canal, cauce…”. Estamos entonces en el territorio del “materialismo espiritual”, cuando el yo se cuela haciéndonos creer –¡incluso al propio interesado!- que ha desaparecido. Se llama “materialismo espiritual” porque el yo, en una última pirueta, llega a identificarse nada menos que con su propia supuesta disolución, apropiándose de ella, como si dijera: “Yo soy el que no tiene yo”; o, en otra expresión, más sutil: “yo estoy iluminado/realizado”. A algo de esto nuestros mayores llamaban “falsa humildad”. Porque no hay “nadie” que se realice ni que se ilumine; cuando esto ocurre, no hay ningún “yo” que diga: “eso ha ocurrido a través de mí”, sino que, sencillamente, el yo ha desaparecido por completo. Si todo esto no se tiene en cuenta de un modo lúcido, puede ocurrir que, tras un trabajo psicológico de años, las personas no sólo no se desidentifiquen de su yo, sino que permanezcan en un narcisismo –aunque maquillado, no menos evidente- que las hace estar “encantadas de haberse conocido”. Algunos blogs de contenido “religioso” aparecen, a veces, como un desfile de egos inflados que, instalados en actitudes narcisistas y paternalistas –probablemente inconscientes-, creen tener respuestas para todos y soluciones para todo…, llegando en algunos casos a la osadía de decir que las “reciben” de Dios. Aprender la desapropiación significa crecer en comprensión de que es la Vida, la Conciencia, Dios… quien realmente obra, y que no existe un “hacedor individual”. Por eso, cuando no hay apropiación, se produce la “acción correcta”. Se trasciende la moral “relativa” (al yo), la moral convencional… y se hace “lo que se tiene que hacer”. Entre tanto, el ego busca seguridad. Y dado que no puede hallarla en sí mismo, la proyecta fuera de sí: - en el tener, como si quisiera hacer verdad el dicho: “tanto tienes, tanto vales”; en la medida en que tiene, parece disfrutar de una cierta sensación de existencia; - en el poder que, siendo reconocido o temido, parece otorgarle igualmente una ansiada sensación de estabilidad; - en el aparentar, porque cree disimular e incluso ocultar su vacío esencial tras el disfraz de una imagen idealizada –eso es el ego-, con la que busca, consciente o inconscientemente, el aplauso que lo sostenga. Y mientras dure la identificación con el yo, es imposible eludir esas tentaciones: son el “alimento” del que el yo no puede prescindir. Sólo podremos superarlas en la medida –y al mismo tiempo- que podamos tomar distancia de él. Por eso, lo que, de entrada, apreciamos en Jesús es la libertad característica de quien no coloca su “identidad” en el “yo”. Desidentificado de él, aparece como un hombre desegocentrado, porque se reconoce como Conciencia unitaria, en comunión compartida con el Ser que todo entreteje y unifica, y al que él llamaba “Abba” (Padre). Es el reconocimiento de esta identidad profunda la que capacita para tomar distancia del yo y, con él, de todas sus identificaciones y apropiaciones. Por ese motivo, frente a las tentaciones, Jesús puede responder como lo hace: desde la sabiduría sencilla de quien “ha visto” y tiene conciencia de Quien es. Para avanzar en el descubrimiento de quienes somos, quizás necesitemos empezar por observar eso que llamamos nuestro “yo”. Si soy más que mi cuerpo, más que mis pensamientos, más que mis sentimientos, más que mis reacciones…, más que mi mente…, ¿quién soy? Y, “buscando” a quien observa, es probable que llegue al “silencio” donde la pregunta se agota. Lo que entonces queda –el Silencio elocuente, la Presencia consciente, el Vacío habitado-, eso que no puede ser atrapado ni pensado, y que sin embargo posibilita todo lo demás, eso es lo que realmente soy. Lo que emerge de esa “visión” es liberación, amplitud, paz, gozo, bondad… Se deshacen los estrechos límites del yo y se atisba la Unidad, hasta poder decir como Jesús: “El Padre y yo somos uno” (evangelio de Juan 10,30). Enrique Martínez Lozano |
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Jesús experimenta las tentaciones y busca fuerza en la oración El Evangelio "narra" el retiro de Jesús en el desierto, en oración y ayuno, inmediatamente después del Bautismo en el Jordán, antes de empezar su predicación, con las tentaciones. Mateo y Lucas presentan dos relatos prácticamente iguales, mientras Marcos lo hace de una manera mucho más escueta. "Y el espíritu le hizo salir para el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días tentado por el diablo. Y vivía con las fieras, y los ángeles le servían." El relato falta completamente en Juan, que empalma el Bautismo en el Jordán con la llamada de los primeros discípulos. El relato es histórico-simbólico. Se trata sin duda de un retiro a la soledad, de un período de oración y ayuno, frecuente en las personas religiosas de la época, y practicado después por la iglesia. Pero es aquí, sobre todo, la preparación inmediata de Jesús para lanzarse a su trabajo. Treinta años de vida oculta terminan en el bautismo del Jordán. Ahora, arrastrado por del Espíritu, se va a lanzar a su misión de curar y predicar. El espíritu de Jesús necesita alimentarse en la oración. El relato de las tentaciones parece mucho más simbólico. Se reúnen aquí y se simbolizan las tentaciones de Jesús: el mesianismo fácil, el poder, el éxito. Jesús está "aceptando la gracia del bautismo" y sintiendo la tentación de rechazarla. Tiene para nosotros el mensaje, fuerte e inquietante, de que Jesús sufre tentación, como cualquier ser humano, y la supera con la fuerza del espíritu. Tiene también un mensaje que aquí aún no se desarrolla: el poder, el éxito, el espectáculo, como tentaciones graves para la religión, fueron tentaciones incluso para Jesús. La escena de las tentaciones nos hace reflexionar sobre varios temas fundamentales para nuestra fe. Jesús experimenta las tentaciones y busca fuerza en la oración. Verdaderamente, es un ser humano. Algunas cristologías parecen mostrar a Jesús como nosotros, pero menos, porque la presencia de la Divinidad altera la humanidad. Es el peligro de algunas cristologías derivadas del cuarto evangelio (que omite estas tentaciones, como omitirá la angustia de Getsemaní y el abandono de la cruz). En cristologías de este tipo, que profesamos inconscientemente, Jesús pasa por la vida terrestre pareciéndose a nosotros, pero con "poderes especiales" que le hacen invulnerable, conocedor de todo futuro; cuando ora no hace más que actualizar y expresar su unión hipostática; camina, pero podría volar... Las tentaciones en el desierto, la tentación de Getsemaní, la tentación de la cruz nos hacen sospechar de esa "fe" en la apariencia humana de Jesús. Es un hombre; nos parecemos en lo más íntimo de nuestro ser humano: la tentación y la necesidad de alimentar el espíritu en la oración. Todo ser humano es un caminante. Jesús camina hacia la Resurrección. Tendrá que superar la cruz y entonces llegará, llegará hasta ser constituido Señor y glorificado a la derecha del Padre. Jesús es también modelo de caminantes, porque es caminante. Toda cristología que anule o disminuya la humanidad de Jesús es una falsa cristología. En el hombre Jesús descubrimos a Cristo el Señor. En el hombre Jesús vemos la fuerza del Espíritu divinizando sin deshumanizar. Quizá sea éste el centro más esencial de nuestra fe: humanizar y divinizar es lo mismo. Por eso creemos en Jesús tan verdadero Dios como verdadero hombre. Decía nuestro viejo catecismo: "Sin dejar de ser Dios quedó hecho hombre". Podríamos darle la vuelta y decir que nuestra fe en Jesús cree en su divinidad "sin dejar de ser hombre". Creemos en la divinidad de ese hombre. Esto es iluminador para nuestro camino hacia la resurrección: el camino que es toda nuestra vida y el camino representado en la Cuaresma. Ninguna deshumanización, sino divinización, que es liberación de todo lo que deshumaniza. El camino de Jesús se inicia en el seno de su madre, pero su entrega incondicional y definitiva a la Misión arranca en el bautismo. ¿Podemos imaginar que en sus años oscuros Jesús va sintiendo la llamada a la Misión, y que en el Bautismo el Espíritu se le hace imperioso y definitivo, y Jesús se sumerge en la Misión, se tira de cabeza al agua de una vida total y definitivamente entregada a lo que el Padre le pide? Es ir demasiado lejos, es forzar los textos, pero no deja de ser una imagen subyugadora. Y en el momento mismo de lanzarse a su misión Jesús da muestras de que sabe bien lo que esa misión significa. En el horizonte del monte de la tentación está el calvario. Como siempre hará en su vida, Jesús afronta todos los momentos difíciles preparándose con la oración. Éste es el más difícil de todos los momentos que ha vivido hasta ahora. Podríamos decir que Jesús siente una vocación y sabe cuál va a ser el riesgo de seguirla. El Espíritu se le ha mostrado en el Jordán, se sabe Hijo, conoce su misión. Y el Espíritu es fuerte, pero la carne es débil. La oración hará que el Espíritu sea más fuerte que la debilidad de la carne. Es frecuente desmenuzar las tentaciones que presentan los evangelistas y presentarlas como tentaciones de falso mesianismo. También es frecuente recordar que la tentación estará presente en toda la vida de Jesús. Pero es necesario que nos detengamos también en este arranque de la vida pública de Jesús, y en su primera tentación: soslayar su vocación, eludir la misión. Los discípulos le seguirán “dejándolo todo”. Y él también está ahora en el trance de dejarlo todo y dejarse llevar por el Espíritu. Es una hermosa imagen para nuestro comienzo de Cuaresma. En nuestra vida está siempre el Espíritu invitando a más: a más misión, a ser más hijos. Se nos ofrece un magnífico destino: entregarnos al Reino. Pero la carne es débil, habrá que dejar algunas cosas, muchas cosas quizá. Nos encontramos quizá en la situación de aquel joven rico invitado por Jesús al Reino, y sentimos la gran tentación de retroceder hacia la vulgaridad de nuestra vida, cerrar las alas al Espíritu. En esa misma situación, Jesús cobra fuerzas en la oración. Bajará del monte y no volverá a Nazaret: ha vencido a la tentación y se entregará a la misión. En este primer domingo de Cuaresma se nos ofrece la oportunidad de contemplar la vocación de Jesús, y nuestra propia vocación. José Enrique Galarreta |
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Todo empezó en un desierto “La tentación es el atractivo que ejerce sobre nosotros el mal y la inducción a aceptar las propuestas que vienen del demonio, de nuestra concupiscencia y del mundo que nos circunda”. Cuaresma viene del verbo latino “quaerere” que significa buscar, desear, empeñarse. San Agustín decía a los fieles de Hipona al inicio de la Cuaresma, ”Orar más, ayunar más y dar más”. Este es un tiempo privilegiado para saber quién es Dios, quiénes somos y dónde estamos nosotros: “¡Dónde estas!”, preguntó Dios a Eva y Adán cuando se separaron de Dios. Pregunta que no tiene una fácil respuesta cuando sólo nos interesa el pan material y el dinero para tener más, la suficiencia de la razón que nos hace tan autosuficientes como para no echar de menos a Dios. Como no creemos en el mal hace tiempo no decimos: “No nos dejes caer en la tentación”. El demonio no hace parte de nuestra vida. Todos los males se nos explica racionalmente con análisis económicos, políticos o sociales. Los análisis anularon la presencia del diablo. Las tentaciones son un contraste de espíritus: Jesús es guiado por el Espíritu Santo, por eso busca la voluntad de Dios. Las tentaciones son el reconocimiento de la presión del espíritu del mundo para aislar y anular cualquier otra interpretación. Lo importante es el espíritu que habita en el corazón del hombre. Según la Palabra de Dios esta Cuaresma debe comenzar con tres actitudes: el discernimiento, el agradecimiento y la proclamación de la fe. El reconocimiento escoge el camino, lo llena de dones y la fe asegura la meta; la liturgia nos recuerda la Pascua, el bautismo y el sentido del pecado. Qué hacer con nuestros desiertos Hay muchas clases de desiertos: geográficos, como el de La Guajira, el Sahara, el Sinaí; sociales como la pobreza, el desempleo, la falta de techo y estudio, o la violencia, el narcotráfico y la corrupción. También los hay económicos y políticos. En cualquiera de esos desiertos pueden ocurrir las tentaciones y experiencias de salvación que propone Jesús en el evangelio de hoy. Todos esos desiertos pueden ser providenciales para amigables encuentros con Dios. En el desierto venció Jesús las tentaciones, también conocieron a Dios Moisés y Elías y lo podrán reconocer las autodefensas y sus amigos de la narcopolítica, los corruptos y los narcos, y cualquiera de nosotros que quiera dejarse amar por Dios para que nos convierta. En las tentaciones y victorias de Jesús se anuncian y vencen nuestras propias victorias. Casi siempre nos asusta y le ponemos más cuidado al mal que hay en el mundo que al veneno que hay en nuestros corazones y en nuestras relaciones personales. Mientras que buena parte de Israel, incluso Moisés, pereció en la prueba del desierto sin entrar a la tierra prometida, Jesús salió victorioso de la prueba. El desierto tiene también la característica de ser un lugar de itinerario temporal. El único lugar de provisoria habitación fue “la tienda” como signo del carácter cristiano de la precariedad. Cuaresma es una experiencia de lo provisional para que el hombre no se apegue a cosas pasajeras y no vaya a echar raíces en cosas secundarias. Por el contrario el hombre del desierto anda ligero de peso para aligerar la marcha: “Caravana que va por el mundo como el pueblo de Dios en destierro pero en busca a través del desierto de otra tierra que Dios prometió”. La Cuaresma nos enseña a caminar como peregrinos, viviendo con sentido evangélico lo provisorio por medio de la Palabra, el ayuno, la oración y la limosna. Las experiencias más profundas de la fe siempre tienen como prólogo un desierto. A Jesús lo encontramos en un desierto antes de iniciar su misión. “Quien ama el peligro morirá en el” La tentación es el atractivo que ejerce sobre nosotros el mal y la inducción a aceptar las propuestas que vienen del demonio, de nuestra concupiscencia y del mundo que nos circunda. Hay que distinguir la tentación, del pecado. La tentación da gusto y es fácil aprobarla, el pecado produce sufrimiento y lo desaprobamos en general. En palabras del Padre Nuestro, la tentación lleva al pecado: ”Y no nos dejes caer en la tentación...”. Para que haya tentación tiene que ser percibida como tal, es decir, que induzca al mal. De lo contrario se trata de ilusiones o errores de valoración de algunos aspectos. En la tentación se sabe, así sea vagamente, que una cosa está equivocada y que su resultado será negativo; es la droga que da una satisfacción inmediata pero produce una destrucción. “No moriréis sino que se os abrirán los ojos”, les había dicho la serpiente en el paraíso (Gn3,4-5). “Quien ama el peligro morirá en él”, atestigua la sabiduría bíblica. Satanás le hizo ver a Jesús todos los reinos de la tierra para introducir en la tentación lo que hoy es más actual que nunca: la imagen. No se trata sólo de imágenes de sexo cuanto todas aquellas que son signo del consumismo, del lujo, del mercadeo ostentoso. En las tentaciones Jesús no es sólo un ejemplo de lucha sino de cómo vencerlas. Porque en Jesucristo estábamos nosotros venciendo al enemigo y esa victoria nos la podemos apropiar ahora por medio de la fe y el Espíritu que también nos conduce al desierto y nos ayuda a vencer al tentador. Lo más grave del diablo es que le propone a Jesús lo que Él espera como Hijo de Dios y nosotros como herederos de la promesa: protección, ayuda, servicio y poder. Cómo solucionar el problema del hambre
“No sólo de pan vive el hombre”, puede recordarnos esta
semana, y el tiempo de cuaresma, que Dios es el sumo
bien, que la Palabra es el medio para entrar en contacto
con El y que las cosas como criaturas de Dios son sólo
medios y no fines. Todo lo que significa pan debe tener su puesto e importancia como medio, ayuda, garantía y tranquilidad pero no como felicidad total. El hombre se merece mucho más. Hacer que las piedras se convirtieran en pan coincidía con el hambre de Jesús. Seguramente es correcto y compasivo vencer la injusticia social porque por ese camino se podría llegar al Reino. Pero Jesús no va a centrar su misión en una cruzada económica; no va a abandonar la cruz por una panadería. El hombre vive por el pan y la justicia es la principal preocupación social, pero el hombre no vive sólo de pan; vive por el pan pero no principalmente por el pan. El pan es el medio, no el fin. La primera tentación consiste en utilizar todo para sí, consumir todo. Es usar para uno incluso lo sagrado. Todo nos tiene que dar una ganancia así sea la fe o la oración. Todo se mide por su utilidad, todo nos tiene que servir y satisfacer nuestras necesidades. En la sociedad actual el consumo no es sólo un indicador de mercado sino que conforma y configura el modelo de persona y sociedad. El consumismo genera necesidades ilimitadas haciendo posible la economía de la producción. El consumismo devora todo. Deseo equivale a necesidad y por eso son infinitos los deseos. El consumismo nos ha acostumbrado a malgastar, usar y tirar las cosas, a sentirse insatisfecho incluso con “lo último”. Así se llegan a considerar obsoletos todos los seres humanos que no producen o no consumen al máximo: los pobres, ancianos, enfermos terminales, enfermos crónicos, personas con capacidad de pago decreciente. Jesús remite al demonio a la palabra de la Escritura: “El hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios” (4, 4). La verdadera hambre del hombre es de carácter espiritual. Dejar a Dios ser Dios La segunda gran tentación es la del dominio y el poder. Nadie mejor que este país para saber lo que ha sucedido con el poder y la política en manos del dinero. El poder verdadero es el respeto por el ciudadano, su cuidado y su valoración. Con Jesús se puede vencer la tentación porque reconocemos que uno solo es el Señor. En la segunda tentación Jesús debe mostrar cómo comprende su relación con Dios y su poder universal con respecto al mundo; lo único que le interesa es la fidelidad a Dios. En la segunda tentación quizás el demonio pensaba que el Mesías aparecería en un pináculo. Esta tentación nos vuelve a recordar que el hombre no tiene derecho a forzar la mano de Dios. Con frecuencia queremos no sólo decirle a Dios cuál debe ser el camino de la providencia, sino también le expresamos cuál es nuestra propia providencia. Ese fue el pecado que traicionó a Israel en el desierto. (Dt 6, 13-14). Jesús no quiso desfigurar la nueva alianza; no podría escoger su propio camino cuando su itinerario era creer y confiar en Dios. La segunda tentación se refiere al acto por el cual uno se apropia de Dios. Si se puede abusar de Dios para obtener el reconocimiento de los hombres ya no se trata de Dios sino del propio ego. Jesús responde con otra cita bíblica: “No tentarás al Señor tu Dios” (4, 7). Muchas cosas que hoy se venden en el mercado espiritual, como caminos de acercamiento a Dios, refuerzan sólo el ego sin dejar al hombre abrirse a Dios. La tentación no terminó para Jesús en el desierto, volvería a menudo, como en Getsemani; pero El ya había dado la respuesta del desierto y había escogido su camino: “No se haga mi voluntad sino la tuya”. “Aparecer o ser” En la tercera tentación el diablo aprovecha la particular cercanía de Jesús con Dios para que haga un espectáculo que impresione y se imponga emotivamente, pero para Jesús la protección de Dios no es para prevenir o ser excepción del sufrimiento o de la muerte, sino protección en la muerte o a través del sufrimiento. La tentación de la espectacularidad para llamar la atención a cualquier costo es eso lo que lleva a mucha gente a hacer cosas extrañas y hasta inútiles. El aparecer se convierte en algo más importante que el ser. Lo que provoca Satanás es lo mismo que ocurre con la magia, el ocultismo, los ritos satánicos, los milagros como rebaja de la fe. Frente a la tentación del culto al ego, Jesús hace pensar en la libertad del hombre pero no en la independencia de Dios : “No tentarás al Señor tu Dios”. El hombre acrecienta su poder vendiéndose al diablo. Esas alianzas tienen su precio. El hombre pierde su amor por lo que hace y su propia libertad, se vuelve frío e interiormente se muere. Jesús renuncia a todo poder y toda fuerza reaccionando de una manera no violenta para conservar su filiación, como confianza en Dios-padre. Jesús rechaza la tentación del poder citando las palabras del libro del Deuteronomio con el cual Moisés exhortó al pueblo de Israel a servir al verdadero Dios. “Te postrarás delante del Señor tu Dios y sólo a él servirás” (4, 10). En la cruz son los enemigos los que quieren tentar a Jesús “si tu eres hijo de Dios (...) sálvate a ti mismo y desciende la cruz”. El monte de las tentaciones es el monte del paraíso. Donde resistimos a las tentaciones es el paraíso porque allí experimentamos la cercanía del amor salvífico de Dios como se manifiesta en los ángeles. Porque Jesús no cedió a la última tentación desde la cruz en la resurrección es llevado por Dios al paraíso, en la gloria cerca al Padre. La tentación tiene más Interés como punto de encuentro con el amor de Dios que como un escándalo. Así la experiencia de Jesús es un aviso de navegantes o una voz de la torre de control para todos los que hemos decidido emprender el viaje de la Cuaresma a la Pascua. La tentación, un olvido de Dios Todas las tentaciones tienen en común el pertenecer a un tipo de propuestas que nos hacen olvidar de alimentarnos de Dios y vivir sólo de nuestros planes y proyectos. Queremos que la conversión sea a la inversa: que Dios se convierta a nuestros proyectos y gustos, no importa que lo que necesitemos sea otra cosa, lo importante es que Dios nos dé gusto. Son las mismas las tentaciones que perdieron a Israel y hoy siguen perdiéndonos a nosotros. A Jesús no le perdieron porque estaba centrado en Dios y en su Palabra que era el A. Testamento. Para Jesús todo lo demás hacía parte de la larga lista de cosas secundarias, relativas y muchas de ellas arbitrarias. ¿Cómo vencer al tentador? Es muy significativo que la controversia entre el diablo y Jesús se den en el contexto de la Palabra y en forma de exégesis. La diferencia está en que la Palabra de Jesús tiene el testimonio del Padre como verdad mientras el demonio da testimonio sólo de sí mismo con una palabra ambigua y difícil de creer por falta de signos. La palabra del demonio tiene que ver con todo cuanto fue posible para Israel por parte de Yahveh en el desierto: pan y hambre, servicio a Dios o a otros dioses. Las tentaciones no son un problema de mesianismo o servicios sino un contraste de espíritus; Jesús es conducido por el Espíritu Santo porque su interés está puesto en la voluntad de Dios. Las tentaciones son la propuesta del Espíritu del mundo para que el hombre tenga en su vida una inspiración, un proyecto distinto al de Dios. Lo importante es entonces el espíritu que hay en el hombre y hacia dónde lo impulsa. Aunque no sustituye el trabajo del hombre si tiene el sentido de orientación. Charles Baudelaire, que no era ningún creyente, decía que “la mayor astucia del demonio es hacer creer que no existe”. Pbro. Emilio Betancur Múnera |
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"Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo". Llevados por el Espíritu En los escritos de San Lucas resalta con fuerza la actuación del Espíritu en la vida de Jesús y en la comunidad de los seguidores del Resucitado, nacida de la Pascua. En el evangelio de este domingo, el Espíritu es el que lleva y acompaña al Hijo Amado por el desierto, antes de iniciar la misión que le ha sido encomendada por el Padre. Ese mismo Espíritu es el que ha sido derramado en nuestros corazones y nos ha hecho hijos e hijas de Dios. Tal vez, podríamos iniciar el camino cuaresmal tomando conciencia de la presencia del Espíritu en nosotros, de la vida a la que nos llama, de la fuerza que nos comunica. Pedirle humildemente su ayuda para no poner resistencia a su acción en nosotros y colaborar con él en todo lo que contribuya a que nuestra vida y la de las otras personas sea más plena, más humana, más esperanzada… El desierto El desierto en la Biblia recubre una amplia gama de significados. Es el lugar donde Israel vive la tentación en su marcha hacia la tierra de la promesa; donde experimenta el silencio de Dios, el vacío y la soledad; donde se rebela y abandona a su Dios para volverse a los ídolos. Pero el desierto es, también y ante todo, el lugar de oración, de encuentro con Dios, del primer amor, de la misericordia y fidelidad de Señor a pesar del pecado de su pueblo; lugar del don de la alianza. ¿Encontraremos durante la Cuaresma algunos momentos tranquilos para orar desde nuestro propio desierto y los desiertos de la humanidad? ¿Nos atreveremos a hacer una cura de silencio para acallar los ruidos que nos impiden escuchar el latido de nuestro corazón y el del prójimo? ¿Seremos capaces de dejarnos llevar por el Espíritu al desierto y prescindir de tantas cosas que nos mantienen en la superficialidad y el divertimiento? Yendo a lo hondo, lograremos descubrir los oasis fértiles que esconde el desierto. La tentación En el éxodo hacia la tierra prometida, Israel sucumbe a las múltiples tentaciones que el desierto ofrece. Jesús nos muestra que existe una alternativa distinta ante les trampas del maligno, la de resistir firme en la opción fundamental de la vida, hallando la fuerza para ello en la unión a la voluntad del Padre y el dialogo fecundo con la Palabra a través de la cual Dios se ha revelado a los seres humanos. “Está escrito…”, “Está mandado…”, responderá Jesús a quien intenta apartarle de la misión que le ha sido encomendada. Si el pueblo elegido busca su protección en el becerro de oro, el Hijo de Dios puso toda su confianza en el Padre. Las tres tentaciones que presenta el relato evangélico afectan a dinamismos muy profundos del ser humano: el deseo de tener y acumular bienes, el deseo de dominar y del éxito, y el deseo de dominar a Dios. No es difícil reconocer estas mismas tentaciones a lo largo de la historia de la humanidad y de la historia de la Iglesia, pero existen otras muchas: la desesperanza que surge en tiempos de crisis, el creernos mejores que los demás, el juicio inmisericorde a la debilidad ajena, el imponer como voluntad de Dios lo que se funda en nuestros criterios humanos, cerrar los ojos al dolor ajeno y refugiarnos en una vida confortable… ¿Cuáles son las tentaciones personales, comunitarias, eclesiales que nos asaltan en este hoy que vivimos? ¿De dónde sacamos la fuerza para hacer frente al mal? Hasta otra ocasión El evangelista termina el relato diciendo que “el demonio se marchó hasta otra ocasión”. Jesús no fue tentado una sola vez como tampoco lo somos nosotros. El momento crucial de la pasión y de la muerte en la cruz será la ocasión propicia para que el tentador vuelva a la carga “Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate! (Lc 23, 37), “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti mismo y a nosotros!” (Lc 23, 39). Necesitamos la fuerza del Espíritu para permanecer unidos a Dios en todo momento y, especialmente, cuando el mal muestra sus garras crueles y la confianza en la bondad de Dios flaquea. Después de la catástrofe del terremoto de Haití, ha vuelto a surgir en muchas personas la misma pregunta: ¿dónde estaba Dios? Jesús, consciente de la dificultad que supone resistir en la prueba, enseñó a sus primeros discípulos, y en ellos a todos nosotros, a pedir con confianza al Padre que no nos deje caer en la tentación y que nos libre del mal. Hagamos con insistencia esta súplica. Hna. Carmina Pardo Benín |