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Con este domingo iniciamos el ciclo B y nos introducimos en el tiempo fuerte del adviento. Se nos ofrece el tema de la salvación y su anhelante espera como vínculo de unión de las lecturas. En la primera lectura nos encontramos con una bellísima oración, en forma de salmo, que expresa los sentimientos de los israelitas que volvían gozosos a su patria después del destierro, pero advertían que, extrañamente, se retrasaba la intervención salvífica de Dios: ¡Ah si rompieses los cielos y descendieses”! En esta petición hay simultáneamente angustia y confianza. Hay dolor de la realidad actual, pero esperanza inquebrantable en la promesa del Señor(1L). La segunda lectura, por su parte, expone que los corintios no carecían de ningún don; en Cristo habían sido colmados con toda clase de bendiciones. Más aún, por gracia de Dios, poseen el mayor de los dones: la participación en la vida de su Hijo Jesucristo. ¡Y Dios es fiel!. Esto es precisamente la salvación (2L). El evangelio de Marcos indica que la espera vigilante de la manifestación de Cristo es aquella que debe acompañarnos en nuestra vida mortal. ¡El Señor puede llegar en cualquier momento: velemos, no durmamos! ¡El Señor está por llegar! Mensaje doctrinal La salvación y la espera. «¡Ah si rompieses los cielos y descendieses!». La gran invocación de Isaías (63, 19), que sintetiza muy bien la espera de Dios presente, ante todo, en la historia del pueblo de Israel de la Biblia, y en el corazón de todo hombre, no fue pronunciada en vano. Dios Padre ha cruzado el umbral de su trascendencia: mediante su Hijo Jesucristo se ha echado a las calles del hombre y su Espíritu de vida y de amor ha penetrado en el corazón de sus criaturas. ( Juan Pablo II, Audiencia general del 26 de julio del 2000). Sí, en Cristo, tenemos la salvación y el acceso al Padre. “Dios Padre ha cruzado el umbral de su trascendencia” para hacerse uno como nosotros, más pobre que nosotros. ¡Admirable caridad que para rescatar al esclavo ofreció al Hijo! Esta salvación ha tenido lugar en el sacrificio redentor de Cristo. Sin embargo, nos encontramos todavía “en camino” hacia la posesión eterna de Dios. Nos encontramos entre la primera venida de Cristo en la humildad de nuestra carne, haciéndose uno de nosotros, y la venida gloriosa al final de los tiempos, cuando llegará como juez universal. El tiempo de nuestra vida se puede definir, por tanto, como un tiempo de espera, un tiempo de anhelo por ver a Dios cara a cara. Este tiempo de espera, en el evangelio de Marcos, se expresa con tres actitudes: • La primera: estad atentos. Cristo Jesús nos invita a “vivir atentamente”, es decir, nos invita a adoptar una actitud de reflexión, de recogimiento, de silencio interior. Prestar atención quiere decir concentrarse en una realidad con toda el alma y dar unidad a todas las capacidades de la persona humana. Un hombre atento es un hombre reflexivo y bien dispuesto para entrar en relación con Dios, con sus semejantes y consigo mismo. Lo opuesto a la “atención” es la “distracción”, la “dispersión”, tan común en nuestro mundo contemporáneo, lleno de ruidos, de imágenes y de sensaciones transitorias. En la distracción se pierde la unidad interior de la persona, se pierde la calma y la paz del corazón. Un hombre distraído dispersa sus capacidades humanas y se encuentra a la deriva de las sensaciones que lo solicitan. El peligro más grave es el de vivir distraídos ante el tema fundamental de la vida: la preparación para la venida de Cristo Nuestro Señor al final de los tiempos, la preparación para la eternidad que está cada vez más cercana.
• La segunda: Velad . En el
original griego velad equivale a “quedarse sin dormir”.
La gran tentación que nos asecha es la de quedarnos
dormidos en medio de la noche. En la Biblia, la noche es
símbolo de la acción del maligno que siembra la cizaña
(Mt 13, 24-30); es el tiempo del sufrimiento, de la
prueba, de los ataques por sorpresa (Job 7,3; Is 15,1;
Jer 6,5); es el tiempo de la angustia ante la venida del
Hijo del Hombre (Rm 13,12; 1 Ts 5,4-6), de rechazo de la
luz y de la traición de Judas. Por eso, dice Pablo: Pero
vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que
ese Día os sorprenda como ladrón, pues todos vosotros
sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos
de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos
como los demás, sino velemos y seamos sobrios. (1 Ts
5,4-6). El cristiano es un hombre para la luz, un hombre
que huye del mal y de la tinieblas; un hombre que no
conoce el mal, sino para nombrarlo y combatirlo, pero
nunca para dejarlo entrar en el corazón. Quien se duerme,
se deja llevar por la fuerza del enemigo, por la fuerza
de las pasiones, por los atractivos del mundo. No vela y
se pierde. Que sea pues nuestra consigna: ¡velad en la
noche del mundo para estar preparados al encuentro del
Señor! 2. El pecado. Con frecuencia, al tratar del pecado, se pone de relieve la “responsabilidad de quien lo comete ” alterando el orden establecido. Esto es correcto, pero no es suficiente. No se ha tocado aún la esencia más profunda del pecado. La primera lectura del profeta Isaías nos ofrece la oportunidad de profundizar en el tema. El profeta expone con gran sensibilidad que el pecado es, ante todo, una “ruptura” con la voluntad salvífica de Dios; una ruptura de la relación de amistad con Dios y de obediencia que debemos a su santa voluntad. Señor, Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla, tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. No te excedas en la ira, Señor; no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo. El profeta, tomando la voz del pueblo, clama al Señor indicándole que comprende que se ha roto esa amistad entre el Señor y su creatura; entre el Padre y su hijo; entre el alfarero y la arcilla. Por eso, quien quiera comprender afondo su pecado y ser perdonado, debe considerar este camino del “amor roto”, “del amor olvidado”, de la ruptura de amistad con Dios. Cuando el Hijo pródigo hizo experiencia del amor de su Padre, el camino de conversión estaba totalmente desembarazado. El Catecismo nos dice: “Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia”. (Catecismo de la Iglesia Católica 386) Sugerencias pastorales El cristiano debe vivir como centinela de esperanza en la noche del mundo. Algo que debe caracterizar la vida del cristiano es su esperanza gozosa en el triunfo de Cristo sobre el mal y sobre el pecado. En verdad, son muchos los motivos de sufrimiento y de “noche” para los hombres. Los dolores morales profundos, las enfermedades, las desgracias personales, el “tedio de la vida”, las grandes catástrofes que se abaten sobre pueblos enteros. Parece que todo nos invita a perder el ánimo. Sin embargo, Cristo sale al paso de nuestra vida y nos hace presente que la noche ha sido vencida y que debemos vivir como hijos de la luz. Cristo nos invita a ser “centinelas de la mañana”, centinelas de la esperanza, pregoneros de la buena nueva de la salvación. En este sentido habría que alimentar la capacidad de maravilla ante todo el mundo creado. El Papa Juan Pablo II nos invitaba de este modo: “Es necesario abrir los ojos para admirar a Dios que se esconde y al mismo tiempo se muestra en las cosas y que nos introduce en los espacios del misterio. La cultura tecnológica y la excesiva inmersión en las realidades materiales nos impiden con frecuencia percibir el rostro escondido de las cosas. En realidad, para quien sabe leer con profundidad, cada cosa, cada acontecimiento trae un mensaje que, en último análisis, lleva a Dios. Los signos que revelan la presencia de Dios son, por tanto, múltiples. Pero para que no se nos escapen tenemos que ser puros y sencillos como los niños (cf. Mateo 18, 3_4), capaces de admirar, sorprendernos, maravillarnos, encantarnos con los gestos divinos de amor y de cercanía para con nosotros. En cierto sentido, se puede aplicar al tejido de la vida cotidiana lo que el Concilio Vaticano II afirma sobre la realización del gran designio de Dios a través de la revelación de su Palabra: «Dios invisible, en su gran amor, habla a los hombres como a sus amigos y se entretiene con ellos para invitarlos y admitirlos en la comunión con él» («Dei Verbum», n. 2). ( Juan Pablo II, Audiencia general del 26 de julio del 2000) ¡Admirable enseñanza capaz de dar luz e iluminar nuestros caminos! www.es.catholic.net |
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"Verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad" «A Tí levanto mi alma» I. LA PALABRA DE DIOS Jr 33, 14-16: «Suscitará a David un vástago legítimo». Sal 24: «A Tí, Señor, levanto mi alma». 1 Ts 3, 12-4, 2: «Que el señor os fortalezca interiormente para cuando Jesús vuelva». Lc 21, 25-28. 34-36: «Se acerca vuestra liberación». II. LA FE DE LA IGLESIA «Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos» (668s). «Cristo es el Señor del Cosmos y de toda la Historia» (668). «Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la ``última hora''. El final de la Historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable...» (670). «El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo no está todavía acabado. Este reino aún es objeto de los ataques de poderes del mal, a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo...» (671). III. TESTIMONIO CRISTIANO «La Luz luce en las tinieblas. Las tinieblas son el error y la muerte... Abramos las puertas para que aquella Luz nos ilumine con sus rayos y siempre gocemos de la benignidad de Nuestro Señor Jesucristo». (S. Juan Crisóstomo, PG, 59, 57 ss). «Nuestro Redentor y Señor anuncia los males que han de seguir a este mundo perecedero, a fin de que nos hallemos preparados...Nosotros, que sabemos cuáles son los gozos de la Patria Celestial, debemos ir cuanto antes a Ella y por el camino más corto... No queráis, pues, hermanos, amar lo que no ha de permanecer mucho» (S. Gregorio Magno, PL. 76, 1077 ss). IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA A. Apunte bíblico-litúrgico El anuncio profético de Jeremías se cumple en Jesucristo «retoño de David» (Ap 5,5), que ha dado al mundo la «justicia», es decir, la salvación. Los males, el miedo, la angustia, etc. afligen a los hombres a lo largo de su historia contingente (Evangelio) y evidencian la necesidad que tienen de ser liberados. Con la plegaria del «pobre» y «pecador» nos dirigimos a Dios que nos salva (Salmo responsorial). A Dios pedimos, mientras cominamos hacia nuestra plena liberación, que nos conceda «crecer y abundar en el amor... portándonos de modo que agrademos a Dios» (Segunda lectura). B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica La fe: Venida final de Jesucristo: 668-677. La respuesta: La vigilancia: 2612; 2849. C. Otras sugerencias Toda la Creación gime (Rom 8). Los hombres gemimos en ella. Los creyentes en Jesús nos sentimos estimulados en el primer Domingo de Adviento a transmitir al increyente y al alejado los caminos del Señor, que son «misericordia y lealtad». Es un aspecto de la «Nueva Evangelización», que tiene por núcleo la realidad de que Dios se hizo Enmanuel para salvarnos (cf CEE, Para que el mundo crea) Desde el primer domingo de Adviento ha de contemplarse la triple venida de Jesucristo Salvador: la histórica, la futura y la actual. Necesitamos vigilar, disipar las sombras, para que el anuncio que transmitimos, se potencie con la luz y testimonio de nuestra vida. Ha de salir, además, de nuestro corazón la plegaria «muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». homiletica.org/catecismoCicloC.htm |
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Situación Aumentan los suicidios de quienes no le encuentran sentido a la vida y a sus sufrimientos. Muchos campesinos abandonan sus tierras y sus pueblos, porque no ven perspectivas de que su situación mejore. Los partidos políticos no logran ponerse de acuerdo en muchos asuntos de trascendencia para el país, como las reformas fiscal, eléctrica, laboral y electoral. No son rentables los precios del café, de la copra y de otros productos de los pobres, lo que provoca una migración creciente. Se desboca la agresividad social, sobre todo en marchas y manifestaciones. Hay angustia, miedo, terror y angustiosa espera, como dice el Evangelio. Dice Jesús: “Pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación”. Por tanto, no hemos de escondernos cómodamente en nuestros asuntos personales, sino poner atención a lo que sucede y levantar la cabeza, para estar pendientes de los acontecimientos. La hora de la liberación llegará cuando aceptemos de corazón a Jesús como nuestro Salvador, porque El puede quitarnos las cadenas del pecado, del egoísmo y de la injusticia, para llevar esperanza a los decaídos. En Jesús se cumple lo prometido en Jeremías: “Yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra. Entonces Judá estará a salvo, Jerusalén estará segura” (Primera lectura: Jer 33,14-16). El Evangelio dice: “Estén alerta para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente”. Esta es una recomendación oportuna para todo el año, pero en especial para las fiestas navideñas, cuando algunos entorpecen su mente por el alcohol, por el ansia de comprar y llenarse de placeres. También nos dice: “Velen y hagan oración continuamente”. Hay que estar atentos, pues, ya que las tentaciones nos acechan por todos lados. La oración constante nos hace abrir el alma a la Palabra de Dios, a las inspiraciones del Espíritu, a las necesidades de los pobres. Quien ora, encuentra paz, fortaleza y esperanza. Atendiendo a estas recomendaciones, podremos “comparecer seguros ante el Hijo del hombre”. Si hacemos caso a la Palabra del Señor, saldremos liberados cuando nos presentemos ante el tribunal de Dios, libres de tristezas y temores. Por lo tanto, debemos preparar nuestra Navidad de un modo cristiano, no pagano; que no se quede todo en adornos de la casa, de los comercios y de las calles, sino que haya una conversión de la propia vida. Evitar vicios y borracheras. Hacer una buena confesión sacramental, ante un sacerdote, para que el Señor nos libere de nuestros pecados y, así, el alma esté bien dispuesta para celebrar la venida del Salvador. Preocuparse por lo que acontece a nuestro alrededor, y no entretenerse sólo con comedias y programas vulgares de la televisión. Hacer más oración, tanto personal como familiar y comunitaria. Organizar unas “posadas” donde no falten lecturas bíblicas y oraciones. El Rosario en familia conserva unidos los hogares. Amar a los prójimos más cercanos, como es la propia familia, pero también a los que viven solos, tristes y sin esperanza. Visitar ancianos y encarcelados. Consolar huérfanos y viudas. Orar por los legisladores y las autoridades civiles, para que el Señor les ilumine la mente y les mueva el corazón, y así encuentren soluciones a los graves problemas que enfrenta el país. Velemos pues para que no se nos embote la mente, ni se nos entorpezca el corazón y mantengamos el dinamismo de la espera. mons. Felipe Aguirre |
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1. Un tiempo en el que se nos invita a la conversión Una costumbre tradicional para expresar el espíritu de este tiempo es la llamada Corona del Adviento, un círculo de ramas verdes del que surgen cuatro velas, tres de ellas moradas -color que emplean en sus ornamentos litúrgicos los sacerdotes y diáconos, y que representa la actitud de conversión con que nos preparamos para la Navidad- y una blanca -color que significa alegría por la llegada y la presencia del Señor con su nacimiento-. Cada domingo se va prendiendo una vela, hasta encender la blanca que simboliza a Cristo, Luz del mundo que nos libra de la oscuridad espiritual. También hay coronas con 5 velas: 4 moradas alrededor de una blanca en el centro que representa a Cristo y se enciende en la noche de Navidad. Este símbolo, que se suele usar en muchas parroquias y podemos usar también en nuestros hogares, es una forma significativa de expresar el espíritu del Adviento, tiempo en el que se nos invita a la conversión, a la esperanza y a la vigilancia. El libro del profeta Jeremías nos presenta en la primera lectura (33, 14-16) un anuncio del Mesías prometido, descendiente del rey David, cuya misión es poner en práctica la justicia con todo lo que ella implica: reconocer efectivamente la dignidad y los derechos de todos los seres humanos, empezando por los más débiles y excluidos. Para quienes creemos en Jesucristo esta profecía comenzó a cumplirse hace poco más de veinte siglos. Sin embargo, hoy como entonces necesitamos que la acción redentora de Jesús llegue hasta nosotros como resultado de una disposición sincera a convertirnos, dejándonos transformar por su Espíritu. Por eso el tiempo del Adviento es una ocasión muy propicia para revisar nuestra vida y expresar nuestra disposición de convertirnos a Dios mediante el Sacramento de la Reconciliación. 2.- Un tiempo en el que se nos invita a la esperanza La venida de Dios hecho hombre a la tierra no es sólo un hecho que sucedió hace poco más de 20 siglos con el nacimiento de Jesús. Él sigue llegando a cada persona dispuesta a recibirlo. Cada vez que celebramos la Eucaristía repetimos después de la consagración la misma invocación con que los primeros cristianos expresaban la esperanza en su venida gloriosa y que quedó escrita al final del Nuevo Testamento en el penúltimo versículo del Apocalipsis: ¡Ven, Señor Jesús! (22, 20). De modo similar, en la novena de Navidad que pronto volverá a resonar con sus gozos, decimos: Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto. Así en el Adviento se nos invita a proclamar nuestra esperanza en el Reino de Dios, que ya vino en la persona de Jesús, que sigue llegando a nosotros cuando lo recibimos en la comunión, y que se manifestará plenamente en su venida gloriosa al final de los tiempos. Para cada uno de nosotros, el final de los tiempos será el momento de nuestro paso de la vida presente a la eternidad. Mientras tanto, tenemos que experimentar los problemas propios de esta vida presente. El lenguaje de la Biblia llamado apocalíptico describe el paso de este mundo al futuro con las imágenes simbólicas de un cataclismo universal, pero no para que nos sumamos en el pesimismo, sino para que, animados por nuestra esperanza, en lugar de agachar nuestras cabezas como esclavos oprimidos, las levantemos para que el Señor nos libere de las cadenas del egoísmo y, como dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura, estemos bien preparados para “el día en que venga Jesús, nuestro Señor” (Tesalonicenses 3, 12 - 4,2). 3.- Un tiempo en el que se nos invita a la vigilancia El tiempo de las fiestas de Navidad, que la publicidad comercial inicia incluso desde antes del Adviento con sus anuncios y decoraciones, suele ser para muchos un tiempo de rumba en el que abunda el licor y se multiplican los afanes materiales, mientras lo que verdaderamente significa la conmemoración del nacimiento y la infancia de Jesús pasa a un segundo plano o simplemente desaparece. Frente a este olvido del sentido auténtico del Adviento y la Navidad, la palabra de Dios nos invita a no dejarnos encadenar por el libertinaje, la embriaguez o el ajetreo de las preocupaciones materiales, como dice también san Pablo en la segunda lectura. Renovemos, pues, al iniciar el Adviento, nuestra disposición a celebrar las fiestas navideñas de fines de este año y de comienzos del año nuevo, como una oportunidad de renovación en la que tenga prioridad para cada uno de nosotros la dimensión espiritual de nuestra vida.- Gabriel Jaime Pérez, S.J. |
Dios cumple sus promesasNos hemos ido acostumbrando a que las promesas no se hacen para cumplirlas, sino para quedar bien o para lograr otros propósitos. Las páginas de los periódicos y los ecos de otros medios están llenas de promesas incumplidas o, lo que es peor, de promesas que se hicieron sin ánimo de cumplirlas. Ya apenas nos escandalizamos de ello, pero esto nos ha hecho ir perdiendo la confianza en la palabra. Y esto es serio. El viejo Aristóteles decía que la palabra es lo que nos permite convivir en la ciudad, mientras que la voz sólo hace posible la coexistencia de los animales en su grupo. Por eso no basta con tener voz, es más importante tener palabra. Convivir es mucho más que coexistir. En este panorama de promesas incumplidas, de palabras sin hondura ¿quedan aún promesas de las que nos podamos fiar, sabiendo que no nos sentiremos defraudados? Jeremías, y la tradición profética, que tanto influyó en la experiencia religiosa de Jesús de Nazaret, presenta a Dios como quien cumple su promesa, quien da solidez a sus palabras. Su compromiso es serio. Y esto llena de tranquilidad a sus fieles, porque el Señor será nuestra justicia y promoverá la justicia. Es un Dios que se hace creer porque cree en lo que dice y en lo que hace. Que el Señor os haga rebosar de amor mutuoEsta fidelidad de Dios no suscita sólo fe y esperanza en Él. Nuestro Dios no es un coleccionista de afectos, un gran y solitario narcisista. No busca aduladores, sino testigos. ¿Qué testifica ante el mundo que es cierta nuestra confianza en Dios? ¿Qué nos hace creíbles a nosotros como creyentes? En el evangelio hay respuestas para eso. La más radical y clara: que amamos a los hermanos. Sólo el amor es digno de fe, según el decir de Von Balthasar. Si en nuestro mundo está en crisis el valor de la palabra es porque también está en crisis el valor del amor. El amor que es fortaleza interior para seguir apostando por el otro, por su dignidad personal, por todo lo que le hace insustituible. Alguien dijo que amar a otro es decirle: tú no morirás. El amor es una opción por la vida, porque el otro se sienta vivo y con ganas de recomenzar constantemente su aventura. Creemos en la promesa del Dios que libera cuando amamos al hermano para que vaya siendo liberado de sus temores y sus angustias. Creemos en la promesa de Dios que es nuestra justicia cuando amamos comprometidamente al hermano que aún espera poder vivir en condiciones más justas. Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberaciónEl evangelio de este domingo pone en boca de Jesús palabras apocalípticas. No debieran servir para meter el miedo en el cuerpo a nadie. Aunque haya un cierto morbo en todo ese tipo de narraciones sobre el fin del mundo. Jesús no es un literato de quiosco. Es un testigo del amor de Dios, que ama al mundo hasta el extremo de no dejarle abandonado a su suerte. El género apocalíptico destaca, en el dramatismo de sus palabras y sus imágenes, que Dios está cerca también cuando los acontecimientos se tuercen. Entre las angustias de las gentes, entre el miedo que nos deja sin aliento, ante lo que se le viene encima al mundo, es posible mantener la fe. No la fe en que saldremos de “esta” crisis, sino la fe de que el Señor nos abrirá paso en las crisis de la vida. Es la fe adulta para los tiempos difíciles, cuando la historia se hace inhóspita, cuando la vida se torna compleja y poco amable. La fe no nos lleva a escabullirnos de las dificultades, a agachar la cabeza o meterla bajo el ala, sino a hacerles frente con audacia y fortaleza. Porque no estamos solos. Los hermanos, y Dios con ellos, son nuestra fuerza. Por eso, el Dios que viene, no abate las esperanzas humanas. El Dios que llega nos invita a levantarnos, a alzar la cabeza, a estar siempre despiertos, lúcidos, acertando a leer con sabiduría el sentido de los avatares del mundo y los chispazos de luz en medio de la oscuridad. A ser solidarios esforzados, desde el amor, con quienes el desorden de este mundo hace vivir entre tinieblas y sombras de muerte. Dios llega y se queda cuando sembramos esperanza. Vivir el Adviento es abrir el corazón y la mente a la luz de Dios que está siempre ahí, pocas veces cegadora, casi siempre conviviendo con las sombras de nuestra vida y nuestra historia. fray Fernando Vela López |
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La lectura del libro de Jeremías nos sitúa en el tiempo inmediatamente posterior a la destrucción de Jerusalén en el año 587 a.C. El pueblo está desolado y empieza a tomar conciencia de su situación. Jeremías dirige su palabra profética a su pueblo para decirle que Dios no los ha abandonado, que hará regresar a los cautivos y los perdonará, se construirán de nuevo las ciudades, los campos volverán a granar y los ganados a pastar. Es esos días el Señor hará brotar en rey justo, no como los reyes que los llevaron al destierro, el cual será llamado «Dios es nuestra justicia». Vendrá un rey justo a restaurar al pueblo de Israel. El salmo responsorial expresará que esa esperanza que leemos en la primera lectura, no quedará defraudada, pues quien espera y quien es fiel al Señor no queda defraudado. Yahvé siempre lleva al cumplimiento su palabra. Por esta razón el salmo enfatiza la idea de Jeremías, el rey de justicia que esperamos sí llegará. Ese rey esperado es para nosotros los cristianos, Jesús el señor. El Segundo Testamento a partir de la novedad de Jesús nos introducirá en otro tipo de espera y esperanza. Supone claramente que el rey esperado del Primer Testamento es Jesús, pero abre la puerta a una espera en el esperado, hacia el final de los tiempos. Jesús vino en humildad, como el campesino de Nazaret que fue obediente al Padre, y que por esa obediencia fue muerto y resucitado. Pero al final de los tiempos, él regresará a manifestar su gloria. Por eso en la carta de los Tesalonicenses, Pablo exhorta a la comunidad a mantenerse fieles a Jesús y prepararse para esa segunda venida. El evangelio de Lucas describe de manera metafórica, los acontecimientos que precederían a esa segunda venida de Jesús. Por este acontecimiento final es que Lucas invita a los hermanos y hermanas a mantenerse fieles y vigilantes para mantenerse en pie (fieles) ante el Hijo del Hombre. El texto del evangelio de hoy es un texto difícil: la liberación llega. En los versículos anteriores Lucas nos hablaba del asedio a Jerusalén (21,20 - 23). Ahora, alude a la segunda venida de Jesús: es decir a lo que llamamos la parusía. El discurso de Jesús es apocalíptico y adaptado a la cultura de su tiempo (apocalipsis no significa catástrofe, como tendemos a pensar, sino revelación), y nosotros tenemos que releer esas señales del mundo natural en el mundo de la historia, que es el lugar en que el Espíritu se manifiesta. La segunda venida del Señor revelará la historia a sí misma. La verdad que estaba oculta aparecerá a plena luz. Todos llegaremos a conocernos mejor (1Cor 13,12b). En nosotros existe la angustia, el miedo y el espanto, no causados por “las señales en el sol, la luna y las estrellas”. Nuestras angustias e inseguridades están causadas más bien por las crisis económicas, por los conflictos sociales, por el abuso del poder, por la falta de pan y trabajo, por la frustración... de tantas estructuras injustas, que solo podrán ser removidas por el paso -del amor de Dios y su justicia- en el corazón del ser humano. El mensaje de Jesús no nos evita los problemas y la inseguridad, pero nos enseña cómo afrontarlos. El discípulo de Jesús tiene las mismas causas de angustia que el no creyente; pero ser cristiano consiste en una actitud y en una reacción diferente: lo propio de la esperanza que mantiene nuestra fe en las promesas del Dios liberador y que nos permite descubrir el paso de ese Dios en el drama de la historia. La actitud de vigilancia a que nos lleva el adviento es estar alerta a descubrir el “Cristo que viene” en las situaciones actuales, y a afrontarlas como proceso necesario de una liberación total que pasa por la cruz. Por eso el Evangelio nos llama a “estar alerta”, a tener el corazón libre de los vicios y de los ídolos de la vida (la conversión), para hacernos dóciles al Espíritu de Cristo que habita las situaciones que vivimos en nuestro entorno. Nos llama a “estar despiertos y orando”, porque este Espíritu se descubre con una Esperanza viva, punto de encuentro entre las promesas de la fe y los signos precarios que hoy envuelven esas promesas. La esperanza es una memoria que tiende a olvidarse, se nutre con la oración, nos adhiere a las promesas de la fe y nos inspira, cada día, la búsqueda de sus huellas en las señales del tiempo. La Esperanza cristiana se hace por nuestra entrega a trabajar para que las promesas se verifiquen en nuestras vidas. El adviento es tiempo de preparación de espera. Jesús cumplió las promesas del Antiguo Testamento con su vida y predicación. No esperamos su nuevo nacimiento. Esperamos que el vuelva a juzgar la creación. Es ese momento el que esperamos, y para ese momento en que creemos que la justicia, que la igualdad, que la solidaridad se impondrán. Dos esperas han marcado la historia de nuestra fe desde nuestro padre Abraham hasta nuestros días. La primera espera, la espera del AT, es la espera del Mesías, del rey que restauraría el esplendor del pueblo de Israel, una vez destruido por Asiria y Babilonia. Para que este Mesías apareciera era necesario una vida transparente, el cumplimiento de la alianza del pueblo con Yahvé, fidelidad a Dios, en último término. Esa espera llegó a su cumplimiento en Jesús de Nazaret. La segunda espera, la espera del NT, es la espera de la parusía, del retorno del señor en gloria para reinar sobre su pueblo, cuando el sea todo en todos y en todo. Esta Parusía esta asociada a la idea del juicio universal de las naciones: El Señor vendrá a juzgar. Esa escatología inminente fue lo que en la Iglesia primitiva dio pie para enfatizar en la preparación moral para ese momento. Nosotros hoy continuamos expectantes esperanzados esperando la Parusía. Seguimos de camino. Preguntémoslos: En las situaciones de muerte que vive el mundo (guerras, epidemias, hambre, injusticia) ¿nos preguntamos por el sentido de la vida y de nuestra existencia? ¿Qué interpretación hacemos de estas tragedias como signos apocalípticos o como situaciones de injusticia que merecen ser rechazadas? En mi vida personal, ¿cuál es el ideal que me anima a continuar luchando hacia el futuro? Servicios Koinonia |