El milagro de compartir entre todos

Hoy el mismo evangelio nos hace la composición de lugar y tiempo. Unos versículos antes, Herodes cree, que Jesús es Juan Bautista que ha resucitado. Si lo había matado una vez, bien podía intentarlo de nuevo. Jesús tenía motivos para retirarse a un lugar apartado.

Seis veces se narra en los evangelios un episodio casi idéntico: la multiplicación de los panes y peces. Jesús da de comer a una multitud considerable en un despoblado. Es seguro que algo muy parecido a lo que nos cuentan pasó en realidad. Es probable que pasara más de una vez.

Es muy importante para nosotros, acercarnos lo más posible a la realidad de los hechos; solo desde lo histórico, podremos desentrañar su verdadero sentido.

Con los conocimientos exegéticos que hoy tenemos de los textos bíblicos, no podemos seguir entendiendo este relato en sentido literal. Es más, entendido como un milagro material, nos quedamos sin el verdadero mensaje del evangelio.

Podríamos decir que es una parábola en acción. También hacen falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús: “dadles vosotros de comer”. Jesús sabía que eso era imposible. Parece ser que no entraba en los planes del grupo preocuparse de las necesidades materiales de los demás. Por otra parte, ni tenían dinero suficiente para comprar tanto pan, ni había donde comprarlo.

No podemos seguir hablando de multiplicación de panes y peces gracias a un poder divino de Jesús o de Dios manipulado por Jesús. Si Dios pudo hacer un milagro para saciar el hambre de los que llevaban un día sin comer, con mucha más razón tendría que hacerlo para librar hoy de la muerte a millones de personas que van a morir de hambre en el Cuerno de África.

Tampoco podemos utilizar este relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El sentido de la vida de Jesús salta hecha añicos cuando suponemos que era un ser humano, pero con el comodín de la divinidad guardado en la chistera.

Lo que pasó no fue un milagro en sentido estricto, que es como lo entendemos normalmente. Realmente fue un verdadero “milagro”, que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tenían hasta conseguir que nadie pasara necesidad de alimento.

Hay que tener en cuenta que en aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa para un tiempo, iba provisto de alimento para todo ese tiempo. Fijaos bien que los apóstoles tenían cinco panes y dos peces; seguramente, después de haber comido ese día.

Si el contacto con Jesús y el ejemplo de los apóstoles les empujó a poner cada uno lo que tenían al servicio de todos, estamos ante un ejemplo de respuesta a la compasión y generosidad que Jesús predicaba. Éste es el verdadero milagro.

Debemos tomar conciencia de la importancia que tienen, en los relatos bíblicos, las comidas. Con muchísima frecuencia se hace referencia a los tiempos mesiánicos con la imagen de un banquete. El mismo Jesús se dejaba invitar por las personas importantes. Algunos exegetas creen que las parábolas son charlas de sobremesa que Jesús relataba en ese ambiente cálido de una comida de amigos.

Él mismo organizaba comidas con los marginados; esa era una de las maneras de manifestarles su aprecio y cercanía. La última cena fue una comida de despedida en la que se abrió en la intimidad de los que consideraba más amigos. La más importante ceremonia de nuestro culto cristiano está estructurada como una comida.

Que todo un día de seguimiento haya terminado con una comida no nos debe extrañar. Lo verdaderamente importante es que en esa comida todo el que tenía algo que aportar, colaboró, y el que no tenía nada, se sintió acogido fraternalmente.

Si tenemos “ojos” y “oídos” abiertos, en el mismo relato podemos hallar las claves para una correcta interpretación.

Los discípulos se dan cuenta del problema  y actúan con toda lógica. Como tantas veces decimos o pensamos nosotros, se dijeron: es su problema, ellos tienen que solucionárselo. Jesús no acepta esa postura, sino que les propone una solución mucho menos sensata: “dadles vosotros de comer”.

Él sabía que no tenían pan para tantas personas. Aquí empieza la necesidad de entenderlo de otra manera. Ya Moisés, Elías y Eliseo dieron de comer a la multitud en el desierto o en períodos de sequía y hambre. Se quiere sugerir que Jesús cumple en plenitud las figuras del AT. También hay que tener en cuenta que la Escritura era la comida espiritual del pueblo.

Doctrina se dice en arameo “hamira”. Pan se dice “amira”. Junto al lago, los alimentos básicos de la gente, eran el pan y los peces. Los libros de la Ley eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número siete (5+2) es símbolo de plenitud (seguramente el más empleado en la Biblia. También el número de los que comieron (cien grupos de cincuenta) es simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. Es el pan compartido el que debe alimentar al nuevo pueblo de Dios. La mirada al cielo, el recostarse en la hierba… Ya tenemos los elementos que nos permiten interpretar el relato, más allá de la letra.

El evangelio nos da continuos ejemplos de cómo Jesús se preocupó de las necesidades materiales de la gente. Pero también se quejó de que le entendieran mal, y terminaran creyendo que había venido para eso. "Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros".

El mensaje del evangelio de hoy no es que, al ver el milagro, concluyamos que Jesús es Dios; ni que podamos esperar de él que nos va a sacar las castañas del fuego.

Cuando Jesús se retiró al desierto, después del bautismo, la conversión de las piedras en panes, se presenta como una tentación. El ver a Jesús como un "taumaturgo" hacedor de milagros, está ya muy criticado en los mismos evangelios.

Seguir creyendo en el siglo XXI en milagros (tal como la mayoría los entiende) para solucionar los problemas, es la mejor demostración de nuestra falta de madurez religiosa. Es también una demostración de que nuestra idea de Dios sigue siendo arcaica e interesada.

El verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal de la vida nos dice que el “pan” indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino, más que cumpliendo unas condiciones que el que lo acaparó impone: el “precio”. Lo que hace Jesús es librar el pan de ese acaparamiento injusto. La mirada al cielo y la bendición son el reconocimiento de que Dios es el único dueño y que a Él hay que agradecer el don. Liberado del acaparamiento, el pan, imprescindible para la vida, llega a todos sin tener que pagar un precio por él.

Jesús, nos dice el relato, primero siente compasión de la gente, y después invita a compartir. Jesús no pidió a Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. “Dadles vosotros de comer”.

Aunque en su esquema mental no encontraron solución, lo cierto es que, todo lo que tenían, lo pusieron a disposición de todos. Esta actitud desencadena el prodigio: La generosidad se contagia y produce el “milagro”.

Cuando se deja de acaparar los bienes, llegan a todos. Los hombres, no deben actuar de manera egoísta.

Curiosamente hoy son la primera y la segunda lectura las que nos empujan hacia una interpretación espiritual del evangelio. Los interrogantes planteados en las dos primeras lecturas podrían ser un buen punto de partida para la reflexión de este domingo.

La primera nos advierte que la comida material, por sí misma, ni alimenta ni da hartura. Sólo cuando se escucha a Dios, cuando se imita a Dios, se alimenta la verdadera vida.

En la segunda lectura nos indica Pablo, dónde está lo verdaderamente importante para cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.

Después de un día con Jesús, aquella gente fue capaz de compartir todo lo que tenían, que en aquella circunstancia no era más que unos pedazos de pan duro, y unos peces resecos. Para nosotros ese es el verdadero mensaje. Nosotros, después de años y años junto a Jesús, ¿qué somos capaces de compartir?

No debemos hacer distinción entre el pan material y el alimento espiritual. Sólo cuando compartimos el pan material, estamos alimentándonos del pan espiritual. En el relato el nivel espiritual y el material se entremezclan y no hay manera de separarlos. La compasión y el compartir son la clave de toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el evangelio.

El verdadero mensaje del evangelio de hoy está en que, cada vez que se comparte el pan, se hace presente a Dios que es amor. No hay otra manera de acercarnos a Dios y de acercar a Dios a los demás.

La eucaristía es memoria de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que verdaderamente alimenta, no es el pan que se come, sino el pan que se da. El primer objetivo de compartir, no es saciar las necesidades de otro, sino identificarse con Dios, descubierto en el otro. Es afirmar que Dios y el necesitado son uno. Bien entendido que a la hora de compartir, no hay diferencia alguna entre bienes materiales y bienes espirituales.

fray Marcos

 

 

Necesidades de la gente

Mateo introduce su relato diciendo que Jesús, al ver el gentío que lo ha seguido por tierra desde sus pueblos hasta aquel lugar solitario, «se conmovió hasta las entrañas». No es un detalle pintoresco del narrador. La compasión hacia esa gente donde hay muchas mujeres y niños, es lo que va a inspirar toda la actuación de Jesús.

De hecho, Jesús no se dedica a predicarles su mensaje. Nada se dice de su enseñanza. Jesús está pendiente de sus necesidades. El evangelista solo habla de sus gestos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente.

El momento es difícil. Se encuentran en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es muy tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos va revelar la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente.

Los discípulos le hacen una sugerencia llena de realismo: «Despide a la multitud», que se vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús reacciona de manera inesperada. No quiere que se vayan en esas condiciones, sino que se queden junto a él. Esa pobre gente es la que más le necesita. Entonces les ordena lo imposible: «Dadles vosotros de comer».

De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen.

Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.

No hemos de olvidar los cristianos que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.

En nuestras comunidades cristianas son hoy más necesarios los gestos de solidaridad que las palabras hermosas. Hemos de descubrir también nosotros que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda.

José Antonio Pagola

 

 

Alimento  para  todos

Al menos en tres ocasiones, Mateo habla de alguna “retirada” de Jesús: en medio de una discusión con los fariseos (12,9), si bien en esa circunstancia no se trata de una huida, ya que vuelve a insistir en su mensaje, incluso dentro de la sinagoga; ante la noticia de la muerte del Bautista a manos del rey de Herodes (14,13); y tras un nuevo enfrentamiento con los fariseos y doctores de la ley, a propósito de las tradiciones (15,21).

Sin duda, la ejecución del Bautista era un aviso grave de peligro, y así debió entenderlo Jesús, que se aleja a un lugar “tranquilo y apartado”.

Parece seguro que el profeta de Nazaret fue bien consciente, desde muy pronto, de la amenaza que se cernía sobre él: no sólo por el enfrentamiento hostil por parte de la autoridad religiosa, sino porque conocía bien la historia de su pueblo, en la que no pocos profetas habían acabado su vida de un modo trágico.

De pronto, era como si esa amenaza tomara cuerpo a partir de lo que sucedido con Juan. A diferencia de lo que hará en su último viaje a Jerusalén, del que le intentarán disuadir, en este momento decide huir.

La circunstancia va a servir al evangelista para poner de manifiesto la actitud de Jesús ante la gente –que resaltará más, debido al contraste con la que adoptan los discípulos-.

En el texto, Jesús es presentado como compasión, salud y alimento. Pero todo nace de la compasión: la conmoción ante el sufrimiento, que se traduce en ayuda eficaz. No se trata de una “lástima” pasajera, ni de un mero movimiento voluntarista, sino de algo mucho más profundo que nace de la comprensión: cuando acallamos el runruneo de los pensamientos y el vaivén de los sentimientos, emerge la Quietud que somos y aparece el Núcleo de lo Real, que se muestra como Amor y Compasión.

Todo se manifiesta con una admirable coherencia: el núcleo de lo real constituye nuestra “identidad compartida”. Al experimentarlo, empezamos a notar que todo nos afecta como si nos ocurriera a nosotros mismos. Es similar a lo que sentimos en nuestro cuerpo: cuando nos duele un dedo, no lo vemos como algo “ajeno” que tal vez sería bueno socorrer. Al contrario, no dudamos un solo instante que ese dedo es también cuerpo, por lo que la persona entera se moviliza en su favor.

Esto parece indicar que únicamente viviremos la compasión y creceremos en humanidad en la medida en que, gracias a la transformación de la conciencia, nos hagamos conscientes de nuestra identidad más profunda. Cuando dejemos de percibirnos como “células individuales”, aisladas una de otra, cuando no enfrentadas, y seamos capaces de reconocernos como “organismo”, en el que cada célula ocupa su lugar. 

Frente a la actitud de los discípulos –que, desde una conciencia egoica, son partidarios de que cada cual “se busque la vida” por su cuenta-, Jesús asume el problema como propio y los compromete en la búsqueda de una solución.

Salta a la vista que Jesús no se vive como “célula aislada”, sino como “conciencia unitaria”: no se encuentra encerrado en los límites de su “yo individual”, sino que es consciente de la identidad ilimitada en la que nos encontramos con todos y con todo, en la no-dualidad.

Y en este marco Mateo narra el relato conocido como “multiplicación de los panes”.

¿Cuál es el trasfondo histórico del mismo? No podremos saberlo con seguridad. Probablemente, se halle detrás el recuerdo de las comidas de Jesús con la gente; o incluso el magnetismo de su personalidad, que provocaba fácilmente un movimiento a compartir… Porque el texto no habla de “multiplicar” comida, sino de “dividirla”: cuando se comparte, suele sobrar.

El texto, sin embargo, deja claras dos cosas: una referencia a la eucaristía –usando la fórmula técnica: tomar el pan, alzar los ojos al cielo, pronunciar la bendición, partir los panes y repartirlos- y el trasfondo bíblico del relato –una cuestión muy importante en el evangelio de Mateo-.

En efecto, la hierba –una alusión directa a las “verdes praderas”, del Salmo 23-, los cinco panes, los doce cestos, los cinco mil hombres… -tanto el cinco como el doce son números que representan al pueblo judío- le evocan inmediatamente al lector la tradición del Éxodo y el alimento del maná. Como Yhwh en el desierto, Jesús alimenta al nuevo pueblo.

No sólo eso. Detrás del relato de Mateo, no es difícil adivinar tampoco las figuras de Elías y de Eliseo. El primero había proporcionado pan y aceite que no se acababan (Libro 1 de los Reyes 17,7-16); el segundo había dado de comer milagrosamente a cien hombres (2 Reyes 4,42-44).

Muy por encima de ellos, Mateo viene a proclamar a Jesús como el Mesías: no alimenta a “cien hombres”, sino a “cinco mil”, es decir, a la totalidad del pueblo (si el número cinco representa al pueblo, al multiplicarlo por mil se intensifica la idea de “totalidad”).

La referencia a la eucaristía podría ofrecernos una clave importante sobre el modo de celebrarla: no tanto como el “santo sacrificio de la Misa” –una expresión cuyo origen hay que buscar en influjos posteriores ajenos al evangelio-, sino como la celebración de la Unidad que somos, de cuya conciencia brota una compasión activa.

No se trata, por tanto, de un rito cerrado –exclusivo para los cristianos-, sino de una celebración inclusiva, en el Abrazo de la No-dualidad, que es así, simultáneamente, celebrado y potenciado.

La constatación de tanta injusticia, hambre y desigualdad en nuestro mundo constituye un acicate más para salir de la modorra del ego y abrirnos a comprender la Unidad que somos. 

Hoy resuena también con fuerza la palabra de Jesús: “Dadles vosotros de comer”. La nueva hambruna que azota a Somalia y a toda la región del Cuerno de África nos hace constatar, una vez más, la injusticia de nuestro sistema socioeconómico, constituye una llamada al compartir y espolea la urgencia de crecer en conciencia, que haga posible un nuevo modo de relacionarnos, un nuevo sistema económico y un orden internacional más humano.

Indudablemente, la aproximación al evangelio y a la figura de Jesús renueva nuestra manera de creer. Conectamos con su novedad y frescor, con su espíritu de “buena noticia” para todos, al tiempo que, al contacto con la conciencia del propio Jesús, nos abrimos cada vez más a experimentar aquella “identidad unitaria” en la que él se vivía, y que descubrimos compartir con él. Por eso lo celebramos, lo agradecemos y lo vivimos como “espejo” nítido de lo que somos todos.

Enrique Martínez Lozano

 

 

Jesús, el Mesías y el Reino

Es un relato que está presente en los cuatro evangelios, Mc. 6. Lc. 9. Jn. 6, y se repite en Mt. 16 y en Mc. 8. En las seis narraciones (menos explícitamente en Lucas), este episodio supone un momento de inflexión en el seguimiento de las multitudes. Desde aquí, el seguimiento va a ser selectivo, porque Jesús va a defraudar las esperanzas que se están poniendo en él.

De hecho, estos textos se sitúan en todos los evangelistas un poco antes de la confesión que Jesús provoca "¿quién dice la gente - quién decís vosotros - que soy yo?". Y en Juan, la multiplicación es el pórtico del sermón del pan de vida, catequesis que se ha dado como eucarística, pero que trasciende este sentido: se trata de aceptar a Jesús como el venido del cielo: ya no es el maná, es Jesús. Se trata de la adhesión a Jesús o su rechazo como Mesías.

Y se producen tres reacciones: las multitudes, en gran parte, ven que el mesianismo de Jesús no es un reinado con abundancia de pan fácil, y se irán alejando; los jefes, sacerdotes, letrados y fariseos, entienden bien el mensaje y rechazan a Jesús, le piden signos, le exigen que dé pruebas de su autoridad; incluso en sus discípulos hay una crisis, y muchos se apartan y ya no van con él, sin duda porque han entendido la ruptura que Jesús supone. Y unos pocos creen en él ("¿a quién iremos, tú solo tienes palabras de vida eterna").

Inmediatamente, en todos los evangelios, Jesús hace una catequesis del mesías dejando claro que el mesías será crucificado. (Mt. 16,21; Mc. 8,31; Lc. 9,21; Jn. 6,70). Es decir, que el esquema prácticamente idéntico en todos los evangelios es: multiplicación – se escapa de la gente - confesión de mesianismo - anuncio de la cruz.

El evangelio, por tanto, está situando la figura de Jesús en su contexto correcto: quién es Jesús, quién es el Mesías, qué es el Reino. Y rechazando explícitamente toda interpretación política, de abundancia material; incluso anunciando que el Reino sufre rechazo y persecución. El Reino es abundancia, pero de dones espirituales, y será carencia, renuncia o persecución, incluso muerte, en lo material.

"Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Yo soy el pan vivo bajado del cielo: el que coma de este pan no morirá para siempre". Es la esencia: todos los aspectos materiales, políticos, de supremacía de Israel, de Dios-para-nosotros, todas las bendiciones materiales como signo de las espirituales... han pasado. Frente a eso, alimentarse de este pan será aceptar la cruz y la oscuridad de Dios. Y ponerse al servicio.

1.- LA RELIGIÓN DE JESÚS.

Desaparecen aquí los últimos rasgos míticos y tribales de la religión de Israel. Dios protector del pueblo, la alianza que produce efectos de bendiciones terrenas, abundancia, salud, larga vida, éxito, reconocimiento, poder... Se acabó.

El que come de este pan pasará por la cruz, y ése - no las prosperidades materiales - será el signo de que se está en el reino. Lo de Jesús va por tanto muchísimo más allá de lo que han soñado todas las religiones antiguas, incluida la religión de Israel. Mucho más allá, porque está mucho más aquí. Más allá, más de Dios, porque está mucho más cerca del ser humano. Porque no se trata de sacar al ser humano de su condición, de situarlo en contextos de mitos, poderes, intervenciones milagrosas de la divinidad...

Se trata, simple y sorprendentemente de "encender la luz" para ver qué significa vivir. No se trata de añadir divinidades para explicar misterios, se trata de iluminar la vida. No se trata de que Dios hace milagros esporádicos bendiciendo con cosas terrenas al justo. Se trata de que Dios nos hace comprender y ser capaces de llevar adelante la vida.

Lo más oscuro de la vida es que es camino que recorrer, que hay cruz, que no se ve a Dios por ninguna parte. Y que a nosotros nos apetece sentarnos, no caminar, disfrutar, no llevar la cruz, y ver a Dios, no estar sometidos al esfuerzo y al riesgo de creer. Jesús no nos deja sentarnos, no nos quita la cruz, no hace que se nos aparezca Dios.

Jesús da fuerza para caminar, alimenta al caminante, lleva la cruz y muestra cómo llevarla, da fuerzas para ello, y nos deja ver todo lo que de Dios podemos y necesitamos ver. Y eso es todo.

Es un modo de vivir, no una escenografía milagrera para ocultar o soslayar la vida.

Es un modo de vivir más arriesgado, apostando por valores que contradicen la lógica normal. Un modo de entender a Dios menos lógico, porque no se basa en el amo-legislador-juez, sino en el amor, impredecible y ajeno a toda lógica.

Las religiones se basan en la supremacía de Dios que exige tributos bajo pena de justo castigo. Lo de Jesús se basa en salvar la vida entera del ser humano. Verdaderamente, Dios se ha hecho hombre.

2.- JESÚS PAN DE VIDA

No pocas veces tendemos a pensar que los relatos de los Sinópticos son meramente históricos, crónica de sucesos. Sabemos que el cuarto evangelio utiliza los sucesos como soporte del símbolo, pero pensamos que los Sinópticos no lo hacen. Y es un grave error.

Es evidente que para el cuarto evangelio los sucesos son sobre todo “SIGNOS”, pero los Sinópticos también utilizan ese género.

Concretamente en la multiplicación de los panes, el valor de signo es muy superior al valor de crónica.

El suceso sirve de pista de despegue para el mensaje. El suceso es que Jesús se retira con los discípulos a un lugar solitario, que la gente le sigue, hambrienta de su palabra y de sus curaciones, que Jesús – como siempre – siente compasión y se dedica a hablarles en vez de tomarse el día libre, “porque estaban como ovejas sin pastor”, que se produce el inexplicable suceso de que comen todos con poco y que Jesús rechaza sus aclamaciones mesiánicas, los despide, a la gente y a los discípulos, y se queda de noche solo en el monte, orando.

El mensaje que subrayan los cuatro evangelistas es el que explicita perfectamente el cuarto evangelio en el Sermón del Pan de Vida: Jesús no es sólo el nuevo Moisés sino el nuevo Maná. No se trata de que Dios da un alimento material para sobrevivir en el desierto, sino de que Dios da el alimento definitivo, el alimento que no alimenta al cuerpo sino al espíritu. Jesús se define como pan, pan regalo de Dios.

Los evangelistas escriben estos relatos unos cuarenta años después de que sucedieran, y estos relatos se leen en la Cena del Señor, en la eucaristía. Es evidente que los relatos sirven magníficamente para ilustrar qué es la Fracción del Pan: alimentarse de Jesús, compartir el pan y el vino con Jesús.

Y también ahora podemos hacer, a propósito de estos relatos, una catequesis eucarística profunda. Los que participamos en la eucaristía vamos a ella a alimentarnos (no preferentemente a cumplir, a adorar, a ofrece…). Nos alimentamos de muchas cosas que son en el fondo la misma: nos alimentamos del perdón celebrado, de la comunidad que acoge y ora en común, de la palabra… de todo Jesús presente en la comunidad, en la iglesia. Y comulgamos con él.

El pasado día 25, a propósito de la fiesta de Santiago, leíamos la petición de los Zebedeos (tronos ministeriales en el reino del Mesías) y la contra-propuesta de Jesús: beber su cáliz. En la eucaristía comemos su pan y bebemos su cáliz, es decir, que Jesús nos propone lo mismo que a los Zebedeos: ¿Estáis dispuestos a beber mi cáliz, a comer mi pan? Y contestamos, con hechos, que sí.

El significado del pan y del vino es el más profundo de todas las expresiones parabólicas con las Jesús habla de sí mismo (y de Dios). Jesús se define como agua, como luz, como pastor, como médico… Pero en su cena de despedida expresa cómo se ve él a sí mismo, definitivamente: como grano de trigo molido para ser pan, para ser comido y ser alimento. Como granos de uva estrujados para ser vino para que todos tengan qué beber. Y no son signos para admirar, sino alimento y bebida para comer y beber… con él.

Eso es comulgar con él: compartir su pan y su vino, aceptar que también nosotros, porque comulgamos con él, hacemos de nuestra vida trigo molido y granos estrujados, para que el mundo entero tenga menos hambre y menos sed.

3.- LA SOLEDAD DE JESÚS

Después de todo esto, de la comida abundante etc etc, Jesús despide a todo el mundo y se queda solo, porque los discípulos (probablemente) aprovechan el entusiasmo para promover una aclamación popular, para elegir a Jesús Rey.

Una vez más, no se han enterado de nada; van en la línea de los Zebedeos pidiendo poltronas ministeriales.

Cuando Jesús explica que seguirle es hacerse pan para el mundo, aunque haya que beber el cáliz, se queda solo. La gente, y los discípulos, quieren ante todo alimento fácil para el cuerpo y triunfar sobre los enemigos. Es la tentación de mesianismo facilón, terreno, que pone a Dios a nuestro servicio para darnos gusto, para que se haga nuestra voluntad, no la suya.

Jesús invierte radicalmente el planteamiento: no se trata de qué esperamos nosotros de Dios, sino de qué espera Dios de nosotros. Buscar la voluntad de Dios, no lo que a nosotros nos gusta; no pretender que el poder de Dios se acomode a nuestra voluntad y a nuestros gustos. Esto se llama conversión, cambiar de sentido, darse al vuelta; hasta Jesús, muchos en Israel han entendido que Dios es para Israel, el éxito de Israel, la salud, la larga vida, la prosperidad, el sometimiento de las naciones… mesianismo fácil y halagador. Jesús es el anti-Mesías. Y por eso le rechazarán.

Podríamos sacar consecuencias abundantes: señalaremos dos caminos de reflexión, y que cada uno piense:

· a nivel personal: para qué quiero yo a Dios. Para responder a esta pregunta basta con analizar nuestra oración de petición: dime cómo pides y te diré cómo es tu fe. Basta con reflexionar si nuestra oración de petición es el Padre Nuestro o nos pasamos la vida cansando a Dios pidiendo lo que a nosotros nos parece que Él nos tiene que dar …

· a nivel eclesial: el éxito, el esplendor del culto, la influencia social, las multitudes aclamando, los poderosos de las naciones haciendo homenaje… ¿seguro que todo eso es de Jesús? ¿No será un resto de falso mesianismo?

Que cada uno se lo piense y se lo aplique. Recordando que es más fácil ver la paja en ojo ajeno (la Iglesia) que la viga en el propio (mi conversión).

José Enrique Galarreta

 

 

El tema de la Liturgia de hoy es el de la Providencia Divina y la confianza que debe tener el cristiano de que Dios, que es Padre... y Padre infinitamente Misericordioso, se ocupa de todas nuestras necesidades: tanto espirituales, como materiales.

El cristiano que confía en Dios sabe que nada le faltará, pues Dios Padre se ocupa de cada una de sus criaturas: se ocupa de los lirios del campo y de las aves del cielo, y más aún se ocupa de cada uno de nosotros, sus creaturas que, como El mismo nos dice, valemos mucho más que las flores y los animales (cfr. Mt. 6, 28).

En la Primera Lectura de hoy, tomada del Profeta Isaías (Is. 55, 1-3),  podemos apreciar el cuido amoroso de un Dios que es Padre, ocupándose de sus creaturas.  Así nos dice el Señor a través del Profeta: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, venga, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar.  ¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan, y salario en lo que no alimenta?  Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platos sustanciosos.  Préstenme atención, venga a Mí, escúchenme y vivirán”  (Is. 55, 1-3).

En esta Lectura podemos intuir, tanto los bienes y alimentos materiales, como los espirituales.  Y todos ellos nos vienen de Dios, aunque nos toque trabajar un poco para obtenerlos.  Tal vez no nos damos cuenta de que es Dios Quien nos los provee.

Para los bienes materiales, El nos da la posibilidad de encontrarlos poniendo nosotros nuestro aporte, que es el trabajo cotidiano.  Para los espirituales nuestro aporte consiste en nuestra respuesta a la Gracia Divina, es decir, nuestro “sí” a la Voluntad de Dios.  Recordemos esto cada vez que recemos el Padre Nuestro, pues “el Pan nuestro de cada día” que pedimos en esa oración con que Jesús nos enseñó invocar a Su Padre, nuestro Padre, se refiere al alimento material y también al alimento espiritual.

El Salmo nos recuerda esa confianza en la Providencia Divina.  Así hemos rezado:“Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores ... A todos alimentas a su tiempo ... Todos quedan satisfechos”.  (Sal. 144)

Dentro de esa confianza que debe tener el cristiano de que Dios todo lo provee y de que Dios no permite nada que no sea conveniente para nuestra salvación, está la Segunda Lectura del Apóstol San Pablo a los Romanos (Rm. 8, 35, 37-39).  

Nada -absolutamente nada- puede apartarnos del amor que sabemos que Dios nos tiene: ni las tribulaciones, ni las angustias, ni la persecución, ni el hambre, ni el peligro, ni la guerra... Nada... Ni la muerte, ni la vida, ni los demonios, ni el presente, ni el futuro ... En todo confiamos en Dios y no dudamos de su Amor.  Así es la seguridad del cristiano que confía en su Padre, Dios.

El Evangelio nos trae uno de los milagros más recordados de Jesús, el de la Multiplicación de los Panes y los Peces: alimento multiplicado y gratis para saciar a todos los que le seguían en ese momento.  Pero, más allá del milagro multiplicador, es interesante descubrir en este texto del Evangelista San Mateo (Mt. 14, 13-21), algunos detalles que rodearon este impresionante milagro.

Lo primero que llama la atención es el hecho de que para el momento de este acontecimiento, Jesús se acaba de enterar de la muerte de su primo, su Precursor, San Juan Bautista.  Nos dice el Evangelista que “al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar solitario”.

Es decir, que en ese momento el Señor estaba de duelo y quería retirarse a solas, seguramente a orar, o simplemente a recuperarse de la tristeza de este hecho.  Sabemos que, como Dios, Jesús conocía de antemano lo que iba a suceder a su primo.  Pero, como Hombre verdadero que era también, sentía aflicción por tal pérdida y por tan vil asesinato (cfr. Mt. 14,1-12).

Pero ... ¿por qué llama la atención esto?   Llama la atención por lo que de seguidas nos cuenta el Evangelista: al saber la gente que Jesús estaba por allí, lo siguieron por tierra y El, al ver aquella muchedumbre, “se compadeció de ella y curó a los enfermos”.   Y la atención de Jesús para con esa gente no se queda allí, sino que posteriormente, les da de comer a todos. 

Si observamos bien, entonces, nos damos cuenta de que Jesús se olvida de lo que inicialmente iba a hacer, se olvida de su retiro en soledad, se olvida de su duelo, de su dolor, y se somete a la solicitud de una muchedumbre hambrienta de pan material y de pan espiritual.

Y nosotros, que debemos ser imitadores de Cristo, ¿es así como actuamos con relación a las necesidades de los demás?  ¿Qué necesidades ponemos de primero: las nuestras o las de los demás?  ¿Cómo atendemos a quien nos necesita para que le demos una palabra de aliento, una atención porque está enfermo o simplemente porque necesita un trozo de pan?  ¿Hacemos como Jesús?  ¿Nos olvidamos de nuestra tristeza o preocupación personal para atender a otros, aún desde nuestra propia tristeza o preocupación? ...  ¿O buscamos ser nosotros atendidos, olvidando a los demás?  ¿Buscamos ser consolados en vez de consolar?  ¿Ser comprendidos en vez de comprender?  ¿Ser amados en vez de amar?  ...  ¿Cómo actuamos?  ¿Cómo somos?...

El otro detalle que llama la atención de este milagro multiplicador de comida es el hecho de que Jesús le pregunta a sus discípulos cuánta comida tienen.  Y ellos le informan:  son sólo cinco panes y dos pescados.  La muchedumbre era grande: cinco mil hombres, más las mujeres y los niños.  Si tomamos en cuenta que a Jesús lo seguían muchas más mujeres que hombres, probablemente en total podían haber sido unas quince mil personas.  ¿Cómo podían los discípulos, preocupados por el gentío, seguir la indicación del Señor que les dice: “Denles ustedes de comer”?

El Señor les pedía un imposible: dar de comer a quince mil con cinco panes y dos pescados.  Ellos obedecen, aunque parecía imposible.  Y nosotros... ¿cómo actuamos cuando el Señor nos pide algo que creemos imposible?  ¿Confiamos en la Providencia Divina o confiamos sólo en nuestras débiles fuerzas?   ¿Confiamos plenamente en Dios u olvidamos que Dios nunca  nos pide algo que no podamos cumplir con su Gracia?

¿Qué sucedió, entonces, en esta escena evangélica?   ¡Sucedió lo imposible!  Los Apóstoles sí pudieron cumplir la instrucción del Señor, pues,  acto seguido, Jesús efectúa el milagro: de los cinco panes y dos peces iban saliendo muchísimos panes y pescados ... ¡tantos! que al final se recogieron doce cestas de sobras.

Las cifras que pone el Evangelista dan una idea de la espectacularidad del milagro.  Pero este milagro fue ¡nada! en comparación con otro milagro que este milagro pre-anuncia: la Sagrada Eucaristía, en la cual Jesús se convierte El mismo en nuestro “Pan bajado del Cielo” (Jn. 6, 41).   En efecto, Jesús es nuestro “Pan de Vida” que alimenta nuestra vida espiritual, que se da a nosotros como alimento en la Hostia Consagrada, cada vez que queramos recibirlo: diariamente, si deseamos.

Recordemos: Dios provee todas nuestras necesidades... las materiales y las espirituales.  Espera, eso sí, que depongamos nuestros gustos y deseos para dar prioridad a las necesidades de los demás.  Espera, además, que sigamos sus instrucciones... aunque nos parezcan imposibles de cumplir.  Y también espera que pongamos lo poco que tengamos (nuestros cinco panes y dos pescados) para El multiplicarlos para los demás.

 

 

Dadles vosotros de comer

El episodio de la multiplicación de los panes prolonga de otra manera el anuncio del Reino de Dios que en las últimas semanas Jesús nos ha explicado por medio de las parábolas. Y es que la predicación no se realiza sólo con palabras, sino también con acciones y signos que encarnan aquellas, y que también hablan de manera elocuente de que el Reino de Dios se ha hecho ya presente.

La presencia del Reino de Dios no excluye las asechanzas del mal (recordemos la parábola del trigo y la cizaña), incluso sus victorias parciales. El arranque del evangelio de hoy se refiere a ello: Jesús se enteró de la muerte de Juan el Bautista y decidió apartarse. No se trata de una huida, sino de un retiro. De hecho, la muerte de un ser cercano pide retiro y soledad. Y Juan no era para Jesús un cualquiera: unidos en el ministerio profético, Juan le abrió el camino, incluso es posible que Jesús hubiera pertenecido a los círculos del Bautista. La muerte de Juan no podía serle indiferente a Jesús, que veía en aquella muerte una profecía de la suya propia. El lugar tranquilo al que se retira Jesús es el desierto (un despoblado). El desierto, lugar de peligros y tentaciones, es también ocasión para experimentar a Dios sin interferencias.

Sin embargo, “la gente” busca a Jesús y él, que buscaba soledad y tranquilidad, no los rehúye, al contrario, los mira y siente compasión, va al encuentro y los cura. Jesús, como vemos, habla y actúa. Es la Palabra encarnada y, por eso mismo, no se limita a predicar, sino que traduce sus palabras en gestos y acciones que confirman la verdad de su predicación. Son acciones cuyo significado aquella gente entendía, pues veía en ellos el cumplimiento de antiguas promesas, que hablaban de curación: “Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Is 53, 5); pero también de abundancia de alimento: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde… Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos”. Y, a través de esos signos, entendían que se cumplía la promesa de una nueva y definitiva alianza, el advenimiento del Reino de Dios.

En estas acciones se descubre la actitud de un Jesús que no evita los problemas más concretos y perentorios de los que acuden a él. Jesús no predica y después despacha a la gente; no les dice, “yo ya os he alimentado espiritualmente, os he ilustrado en la cuestión religiosa; ahora, el pan material y ese tipo de problemas resolvedlos vosotros mismos, a mí no me incumben”. A Jesús le interesa el hombre entero, cuerpo y alma, y es por el hombre entero con sus problemas más concretos por el que siente compasión y trata de encontrar un remedio. Y lo hace, y esto es muy importante, implicando a sus discípulos. Igual que no dice que estos problemas no le incumben, tampoco dice que esos problemas, como el hambre de la multitud, que superan las normales fuerzas humanas, son sólo cosa suya, ya que sólo él tiene el poder de realizar milagros. Los milagros de Jesús no son cosa de magia. Por eso, ante estas necesidades más inmediatas y materiales, Jesús se dirige a sus discípulos y les lanza un desafío: “no los despachéis, dadles vosotros de comer”. Pero, ¿cómo? Se trata de una multitud y nuestras fuerzas y medios son demasiado escasos. Los discípulos han querido que la gente se buscara la vida por su cuenta, pero Jesús los llama a implicarse en un problema que supera sus posibilidades.

Realmente, ante los enormes problemas del mundo en el que vivimos, nosotros, discípulos de Jesús, podemos tener la tentación de pensar que, puesto que nuestras posibilidades son tan limitadas, nos basta con ocuparnos de la parte religiosa, de la oración y el testimonio, mientras que de lo demás es preciso que se ocupen otros, sean los propios interesados, sean los poderes del Estado. Pero, ante esos mismos problemas, Jesús sigue diciéndonos, hoy como ayer, “no, dadles vosotros de comer”. ¿Cómo?, nos preguntamos de nuevo. Jesús, nuestro Maestro, no nos pide imposibles, sino que nos enseña hoy que para poder repartir primero hay que compartir: traerle y darle eso poco que tenemos, que es lo único que nos pide, y ponerlo a su disposición, él tiene la capacidad de multiplicarlo. Por eso Jesús no se limita a hacer un milagro “mágico”, sólo suyo, que no implica a sus discípulos, sino que los llama y hace el milagro de implicarlos, de hacerlos participar en la compasión que siente hacia las gentes, de despertar en ellos la generosidad de entregarle lo poco que tenían (cinco panes y dos peces para los doce, que les garantizaba a ellos solos  y a duras penas su propio sustento) para que Jesús se lo diera a los hambrientos. Cuando le damos a Jesús lo poco que tenemos, ese poco se convierte en mucho, hasta el punto de llegar para todos.

El milagro que Jesús ha realizado es el milagro de la fraternidad, que incluye la voluntad de responder a las necesidades concretas de nuestros hermanos. Y es este milagro que nos une a Jesús, haciéndonos compartir sus propios sentimientos (cf. Flp 2, 5) y nos abre a las necesidades de los hermanos, convirtiéndonos en colaboradores de Cristo en el ministerio de la compasión, lo que establece un vínculo que, como dice Pablo, nadie puede romper: unidos al amor de Cristo de esta manera, como miembros activos de su fraternidad, nada puede separarnos de él. Porque en esta fraternidad las tribulaciones, sufrimientos y necesidades se convierten en ocasiones para experimentar ese mismo amor de Cristo, que nos ve, se compadece, nos cura y nos da de comer, y nos llama a ver, compadecer, curar, compartir y dar de comer.

Entendemos que el pan multiplicado por Jesús en este milagro de la compasión, el compartir y la fraternidad sacia no sólo el hambre del cuerpo. El milagro no es sólo una multiplicación material, sino que establece nuevas relaciones con Dios y entre los hombres. Dios muestra aquí su rostro compasivo en la humanidad de Cristo que llega a la multitud por mano de sus discípulos. Este pan es también el pan de la Eucaristía, como lo muestran los gestos y acciones de Jesús al repartirlo: “alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos”.

Vivimos en un mundo con muchas, demasiadas tribulaciones: se sigue matando a los profetas, como Juan el Bautista, y multitudes de nuestro mundo siguen padeciendo enfermedades y hambre, siguen buscando a quién los cure y sacie. Son muchos los males que amenazan con separarnos del amor de Dios, de la fe en un Dios bueno y providente. Pero nosotros, discípulos de Jesús, sabemos que, en realidad, nada puede separarnos de su amor, y que esa seguridad nos fortalece para mirar a este mundo nuestro con los ojos de Cristo, sentir con él compasión y escuchar hoy, una vez más, su bondadoso mandato, “dadles vosotros de comer”.

José María Vegas, cmf

 

 

(A)

La abundancia no significa despilfarro. La abundancia no significa que lo que nos sobra se pierda. Jesús, luego que dio de comer a tanta gente, ordenó recoger todo lo que había sobrado de panes y peces. ¿Te imaginas? De cinco panes y dos peces comió todo un pueblo: cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños que, de seguro, no serían menos. Prácticamente una pequeña ciudad. Es que cuando se comparte, Dios hace el milagro de que haya para todos y aún sobre.

Es que lo que a uno le sobra, a otro le falta. Lo que para uno puede ser ya innecesario para otros puede ser algo esencial. Muchos vivirían dignamente como personas con lo que les sobra a muchos otros.

¿Te has puesto a pensar cuántas cosas abundan en tu corazón y que pudieras compartir con los demás? Y no siempre se trata de llenar estómagos vacíos. No solo el estómago tiene necesidades. Hay otras muchas necesidades vitales en el corazón humano. Veamos algo concreto.

En tu corazón abunda y sobra mucho amor. No lo desperdicies dándolo solo a tus amigos, a los que tienes cerca o a los que te caen bien. Hay tanta gente hoy necesitada de un poco de cariño, de un poco de amor. Gente que se muere de hambre de pan, pero también de hambre de un poco de amor y de cariño. Comparte el amor que sobra en tu corazón que es mucho. ¡Que, por favor, no se pierda nada del amor que es capaz de dar tu corazón!

En tu corazón abunda la bondad. No la des solo a quienes ya tienen suficiente. No sé si has logrado reconocer toda la bondad que llevas dentro. ¡Como siempre nos han enseñado a ver todo lo que llevamos de malo, ya nos hemos olvidado de reconocer toda la bondad que brota de nuestro corazón! Porque hay muchos que están necesitados: de una palabra de cariño,

de un gesto de bondad que les haga sentirse mejor.

En tu corazón abunda y sobra el tiempo. ¿Sabes cuánto tiempo tienes de sobra? Examina bien cómo administras tu tiempo y verás que tienes tiempo de sobra. ¿Y por qué no dedicar un poco de ese tu tiempo a quienes viven solos, sin tener con quien hablar, sin que nadie les visite. Que cada día se están muriendo en su soledad, en la soledad de su corazón.

Enfermos que nadie visita. Ancianos que nadie les hace compañía.

Niños que carecen de hogar y de familia.

Regalarles un poco de ese tiempo que a ti te sobra, sería como devolverles un poco de vida que no tienen.

En tu corazón abunda la generosidad. Es posible que haya mucho de egoísmo dentro de ti. Todos llevamos demasiado. Pero aún así, ¿te das cuenta de cuánta generosidad hay dentro de tu corazón? No la repartas sólo con los que ya tienen demasiado. ¡Hay tantos necesitados de eso que a ti te está sobrando!

No te piden que se la regales toda.

Basta que les regales todo lo que tienes de sobra para ti y para los tuyos.

En tu corazón abunda la alegría. Claro que también tú llevas dentro muchas tristezas, muchas amarguras. Pero, ¿no me digas que dentro de tu corazón no hay alegría suficiente para ti y para los tuyos? Y aún después de hacerles felices, todavía queda alegría que te sobra. ¿No podías compartir un poco de ella con tanta gente que vive triste, angustiada, desolada, desconsolada? Nadie te pide que tú vivas triste por regalar tu alegría a los demás. Sólo se te pide compartas la alegría que llevas de sobra en tu corazón.

En tu corazón hay mucha esperanza, aunque muchas veces también tú sientas que se te nubla el horizonte. Pero aún así, en tu corazón hay esperanza para ti y para los demás. ¿No podías compartir esa “cesta de esperanza” que sobra en tu corazón, con quienes viven desesperanzados, viven sin futuro, viven sin horizonte alguno en su vida?

En tu corazón te sobra paciencia. Ya sé que muchas veces también tú te cansas. Sin embargo, si te fijas bien, tienes paciencia para ti y para los demás.

¿Que los viejos son insoportables? Regálales un poco de la paciencia que te sobra.

¿Que los vecinos ya no los aguantas? Regálales algo de la paciencia que te sobra.

En tu corazón hay más capacidad de paciencia que la que realmente consumes cada día. Y esa paciencia la necesita: Tu marido, tu esposa. Tu hijo, tu hija. Tus viejos que ya chochean.

Si te miras por dentro, te darás cuenta de cuántas cosas sobran en tu vida, que no sabes qué hacer con ellas. Cosas que tú mismo ya no consumes e incluso hasta te pueden estorbar y no sabes qué hacer con ellas. No te fijes tanto en tu chequera, ni en los armarios que ya están llenos, ni siquiera en la nevera donde hay muchas cosas que se están echando a perder. Preferible que mires a tu corazón. Porque es ahí donde más abundancia hay en tu vida y la podrías compartir con muchos a los que podrías enriquecer… Hagamos el milagro de compartir todas esas cosas que nos sobran y que tenemos almacenadas en nuestro corazón y veremos cómo se produce el milagro.

(B)

Un día en torno a Jesús se juntó una multitud de hombres, mujeres y niños para oír su divina palabra. La hora era ya avanzada y los apóstoles le dicen: «Estamos en despoblado y es muy tarde. Despide a la multitud para que se vayan a las aldeas y se compren de comer» (Mt 14,15). Jesús les contesta: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).

Respondieron los apóstoles: No tenemos más que cinco panes y dos peces, pero, ¿qué es esto para tanta gente? Y Jesús hizo entonces el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces.

También nosotros, a semejanza de los apóstoles, podemos preguntarnos: ¿Qué podemos hacer con lo poco que tenemos para tanta gente? La verdad es que con lo poco que tenemos podemos hacer milagros. Para que lo veáis, escuchad lo que nos dice un misionero en África, el P. Alejandro:

«Llegué a Togo, en el África occidental. No es fácil al principio acostumbrarse a los cuarenta grados y a una humedad peligrosa. No tienes ganas de moverte ni de hablar.

Conseguí que otro misionero, el P. Manuel, que trabajaba en una sala del hospital, me acompañara a lo largo de una carretera. Decenas de niños chapoteaban en una gran charca. Apenas nos vieron, vinieron a secarse, frotándose contra nuestros hábitos blancos.

El P. Manuel me dijo: "Mira. Esta agua estancada sirve para bañarse, para lavar la ropa, los cacharros y también para beber cuando no hay algo mejor al alcance de la mano. La mayor parte de las enfermedades infecciosas de aquí se explican por esto. Si sometiésemos a estos críos a todos los análisis de laboratorio, como se acostumbra en Europa, en el más sano de ellos encontraríamos no menos de media docena de enfermedades. Aquí trabajamos de día y, con frecuencia, de noche. Prácticamente no tenemos horarios. Y en las horas negras una voz maligna, en medio de nuestro cansancio y de nuestros nervios rotos, parece decirnos que es una batalla perdida de antemano. ¿Oyes esos golpes de tos? Muchos de estos muchachos están enfermos del pulmón. En el hospital tenemos treinta plazas. Y los necesitados son miles. ¿Te das cuenta de nuestra angustia? ¿Qué son treinta plazas para tantos miles. ». Hermanas y hermanos: en estos momentos me vienen a la memoria estas palabras del Evangelio: ¿Qué son cinco panes y dos peces para tanta gente?

Realmente era para darse por vencido. Sin embargo, al atardecer, al P. Manuel se le veía tras las cortinas del ambulatorio con la cabeza apoyada, auscultando un pecho negrísimo.

-Tose..., respira fuerte..., tose otra vez... -repetía sin cesar el misionero.

Fuera había una larga fila que esperaba. Y se oía:

-Que entre otro. Adelante... -y la fila avanzaba un paso.

Era como para decirle al P. Manuel lo que los apóstoles decían a Jesús: es muy tarde. Despide a la multitud. Pero el P. Manuel sólo oía las palabras de Jesús: Dadles vosotros de comer.

Gracias, P. Manuel, porque nos has demostrado que, si hay amor, con lo poco que se tiene se pueden hacer verdaderos milagros.

Sería conveniente que nosotros también nos pusiéramos en fila y que el P. Manuel auscultara nuestro corazón para ver cómo responde en un mundo en el que unos tienen hambre de pan, otros están hartos de pan, de vestidos y de joyas, pero son muchos los que tienen hambre de cariño, de comprensión, de estima y de otras cosas que no se pueden comprar ni vender. Y no olvidemos que lo más importante que hayamos hecho en el mundo será lo que hayamos hecho por amor.

(C)

 “Dadles vosotros de comer”: es la respuesta del Señor a la indicación de los discípulos de que mande volver a sus casas a aquella multitud que se ha agolpado, ávida de su palabra esperanzadora y de su apoyo saludable. Un gentío que busca saciar sus ansias profundas, para las que no encuentra respuesta que le satisfaga. Una muchedumbre que, con el deleite de estar con el Señor, se ha olvidado hasta de avituallarse de provisiones.

 “Dadles vosotros de comer”. Sí, ya sabemos que el hambre que el Señor ha venido a saciar es el hambre integral, que podemos resumir en encontrar el auténtico sentido a la vida. Pero ahora tienen hambre de pan. Sabemos también que el suculento convite anunciado por los profetas, y recordado hoy por la primera lectura, hacía referencia a los tiempos mesiánicos y abarcaba la respuesta de Dios a todas las necesidades de la humanidad. Pero ahora tienen hambre de pan. E incluso sabemos que la escena evangélica proclamada es anuncio y premonición de la eucaristía. Pero ahora tienen hambre.

 “Dadles vosotros de comer”. Jesús ha venido a salvar a todo el hombre y a todos los hombres. Jesús ha venido a liberarnos de todas las estructuras del mal que nos esclaviza. Jesús ha venido a anunciar la buena nueva a los pobres. Estamos de acuerdo en todo. Pero, precisamente por eso, no se queda en palabras bonitas, ni deja la salvación en una nube en manos de los ángeles, ni retrasa la solución hasta que cambien las estructuras, por muy importante que ello sea. Ahora tienen hambre, y aplica su remedio aquí y ahora:

«Dadles de comer». Luego intentará descubrirles ese hambre más profunda y hablará del pan de vida. Ahora, y precisamente cumpliendo los tiempos mesiánicos que él ha inaugurado, se sienta en la ladera con las gentes para comer con ellas.

Hemos venido repitiendo el encargo del Señor, «dadles vosotros de comer», porque la misma escena evangélica se repite hoy en nuestro mundo, pero extendida alarmantemente a millones de seres humanos que también tienen hambre. El mandato que Jesús nos encomienda a sus seguidores es el mismo: «Dadles vosotros de comer».

Sí, ya conocemos aquello de «pan para hoy, hambre para mañana». Somos conscientes de que hemos de trabajar con todas nuestra ganas para que cambien las estructuras de un mundo insolidario, escandalosamente desigual y cruelmente injusto. Y vamos a necesitar toda la fe y toda la esperanza que Dios nos conceda, para creer que ese mundo nuevo es posible, porque Cristo lo hizo posible desde su resurrección. Pero mientras tanto, o a la vez, o como signo de nuestro empeño total, esas gentes tienen hambre y hemos de darles de comer.

Solidaridad sería la primera actitud. Amor debe ser la respuesta cristiana. Un amor que se traduce en ayuda eficaz, sin dejar su empuje hacia una acción transformadora de la sociedad. Un amor que se llama justicia, cuando nos desprendemos de caprichos superfluos para llevar pan a quien tiene hambre y ayuda a quien pasa necesidad.

En este último punto podría condensarse nuestro compromiso de hoy. Durante el tiempo de vacaciones seguramente encontraremos más de un gasto innecesario del que poder prescindir para dedicarlo a quienes nada tienen. Si dicha determinación la tomamos en familia, como determinación solidaria, mejor que mejor. ¡Ah!, y no tengáis miedo a que por eso vayáis a pasarlo un poco menos bien. Os aseguro que cuando Cristo dice «dichosos los desprendidos, los misericordiosos, los justos...», habla completamente en serio y de verdad son felices como nadie.

Sentado con nosotros, el Señor nos invita a su mesa. Este pan y este vino sí que son eucaristía. Son su Cuerpo y su Sangre: pan de vida y bebida de salvación. Y son comida fraterna, que nos une en caridad con todos nuestros hermanos.

(D)

Una inmensa marcha de africanos, latinoamericanos y asiáticos se acerca desde hace unos años a Europa, empujados por el hambre y la miseria.

Europa, sin embargo, no está preparada para responder de manera solidaria a este reto de nuestro tiempo. Esta sociedad europea que cimentó su prosperidad en siglos de explotación colonial, vive demasiado cómoda y confortable para acoger sin temor a estos hombres y mujeres que buscan sobrevivir entre nosotros.

De pronto, han renacido los movimientos racistas y el odio a los extranjeros. Desde los medios de comunicación se alimenta una opinión pública indigna que presenta a los inmigrantes como delincuentes, peligrosos, usurpadores de un trabajo relativamente escaso.

Pero, sobre todo, se va construyendo, poco a poco, una gran muralla que nos defienda del peligro africano, asiático o latinoamericano. Se toman medidas firmes de control sobre los movimientos de los extranjeros. Se incrementa la política de devoluciones y expulsiones. Se implanta la negativa sistemática a legalizar la situación de inmigrantes y refugiados.

Esta insolidaridad inflexible e inhumana es presentada a los ciudadanos como defensa de un «umbral de tolerancia» que es necesario salvaguardar para que no se rompa nuestro equilibrio socio-económico.

El relato evangélico de los panes es aleccionador. Los discípulos, estimando que no hay suficiente para todos, piensan que el problema del hambre se resolverá haciendo que la muchedumbre «compre» comida. A este «comprar», regido por las leyes económicas, Jesús opone el «dar» generoso y gratuito: «Dadles vosotros de comer».

Luego, coge todas las provisiones que hay en el grupo y pronuncia las palabras de acción de gracias. De esta manera, el pan se desvincula de sus poseedores para considerarlo don de Dios y repartirlo generosamente entre todos los que tienen hambre.

Cuando se reconocen los propios bienes como una “bendición de Dios” y se comparten con los necesitados, siempre hay pan para todos...

Esta es la enseñanza profunda del relato.

Por eso es difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita... Y debiéramos sentirnos todos acusados por aquellas palabras de Ghandi: “Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al estómago de los pobres”.

Europa necesita recordar que la tierra es de todos los hombres y no se puede negar el pan a ningún hombre hambriento. Hay suficiente pan para todos, si sabemos compartirlo de manera solidaria.

Los creyentes de Europa debemos aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero al mismo tiempo pidiendo perdón por nuestra insolidaridad.

Y los creyentes, quizá, necesitamos recordar que la vida no se nos ha dado para hacer dinero sino para hacernos hermanos. Y de lo que se trata según el evangelio de hoy, es de que cada cual aportemos nuestro granito de arena (nuestros panes, nuestros talentos...). Porque la solución a muchos problemas no es cuestión de dinero, sino sobre todo de solidaridad, es decir, de corazón.

Lejos de despertar nuevos racismos y xenofobias, hay que educar en la solidaridad a la opinión pública y hay que promover, sobre todo, programas de ayuda y cooperación que vayan sacando al Tercer Mundo de su postración económica.

 (E)

Hemos escuchado el Evangelio que nos relata un Milagro de Jesús: La multiplicación de los panes y de los peces para dar de comer a una muchedumbre hambrienta.

Jesús para realizar el Milagro pide colaboración. Cuando un muchacho ofrece lo que tiene, cuando pone lo suyo a disposición de los demás se realiza el milagro.

Ofrece cinco panes y dos peces, comen todos y sobra. El milagro está en saber repartir y compartir lo poco que cada uno tenemos. Llega para todos y sobra.

En nuestra sociedad, por el trabajo humano y la técnica se está llegando a producir cada vez más. Pero falla el reparto de lo producido y no llega para todos. Falta el amor y la generosidad que se necesitan para repartir bien y para que llegue para todos. O sobra el egoísmo de unos cuantos que acaparan más de lo necesario.

Se suele decir que el amor no resuelve los problemas sociales. Y esto es verdad, si por amor entendemos un simple gesto de beneficencia. Un dar algo de lo que sobra para que se callen los necesitados. Este tipo de amor mal entendido, o de caridad, como se le suele llamar, no resuelve el problema social del reparto.

Este tipo de caridad lo que hace es encubrir o tapar los fallos de un sistema social injusto, pero no es capaz de cambiarlo.

Este tipo de amor no es más que un pretexto para tapar nuestros egoísmos y para dejar tranquilas nuestras conciencias.

Y, sin embargo, sólo el Amor, el verdadero, sólo la generosidad, será capaz de transformar y cambiar la sociedad. Sólo con honradez y generosidad será posible resolver los problemas sociales.

Esto no quiere decir que la Iglesia lo que tiene que hacer es multiplicar panes y peces, multiplicar los alimentos para repartirlos a los necesitados.

Pero sí, quiere decir que su misión es proclamar que el amor es el principio de la convivencia, y que debemos llevar a la práctica esa Lo que sí debemos aprender es que debemos vivir solidariamente y que tenemos que aprender a juntar nuestras cosas y que aunque sean pocas y sencillas, llegará para todos.

Lo que sí tenemos que aprender es que tenemos que juntar nuestros esfuerzos y nuestros trabajos y así lo conseguiremos todo. El alimento llegará para todos si somos generosos.

Domingo tras domingo nos reunimos en la Misa y celebramos la Reunión del Amor. Pero esta señal del amor no será aceptada sino la llevamos a la práctica en la tarea de cada día.

Nuestro amor nos debe llevar a ayudar, repartir, compartir con los demás nuestro pan y nuestra vida.

Esto es duro y cuesta. Pero esto es ser cristiano, seguidor de Jesús. Sólo así el amor que proclamamos en nuestras celebraciones será una realidad y conseguirá ir cambiando la sociedad. Vamos a intentarlo y lo conseguiremos.

Juan Jáuregui Castelo

 

 

La comida” es uno de los simbolismos y componentes fundamentales de todas las culturas. A través del banquete se comunica la alegría de un nacimiento, el gozo nupcial; se refuerza la amistad, se establecen contactos laborables y se celebran rituales oficiales. La liturgia de la Palabra de este domingo es muy expresiva y sugerente en este sentido.

El profeta (primera lectura) subraya insistentemente la gratuidad de la comida y de la bebida: “0id sedientos todos; acudid por agua también los que no tenéis dinero; venido, comprad trigo; comed sin pagar, vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta?”. El agua hace referencia a la vida, a la libertad, al Espíritu, al templo de Jerusalén, fuente de agua viva. El vino y la leche son dos signos de la fertilidad de la tierra de la promesa y de la bendición del Señor. El trigo y el pan es el sustento básico e indispensable para poder subsistir, mientras que los manjares suculentos evocan el banquete mesiánico. El simbolismo de la comida alcanza la plenitud de su expresividad en la narración de la multiplicación de los panes. En el transfondo teológico de este acontecimiento está el maná del Éxodo y los panes de Elíseo, pero sobre todo la institución de la Eucaristía.

En el relato evangélico de Mateo, la mesa del desierto es un anticipo de la cena eucarística, y los gestos de Jesús en la multiplicación son una secuencia de los propios de la cena pascual: 1evantar los ojos al cielo, pronunciar la bendición, partir y repartir el pan”.

Es incompleto el servicio sacramental de la Iglesia si no va acompañado del servicio de la caridad. No podemos partir el pan en la Eucaristía si no nos comprometemos a repartirlo fuera de ella y no nos podemos quedar en repartir el pan para el cuerpo, si no cultivamos y anunciamos también el deseo del pan del espíritu, la Palabra de Dios.

Andrés Pardo

 

 

La primera lectura pertenece a la parte final del segundo Isaías. El tema es la Alianza con Dios, con cuyo cumplimiento se consiguen los bienes de primera necesidad para la salvación. Por encima de las resistencias, Dios tiene un proyecto que lleva adelante. Siempre ha habido unas grave tentación: conjugar la esperanza cristiana y subvenir a las necesidades perentorias. No hay contradicción. La respuesta nos la da Jesús cuando invitó a pedir al Padre, como hijos suyos, el pan de cada día que incluye todos los bienes que el hombre necesita en su totalidad para conseguir la salvación y experimentar la solicitud de la providencia.

Este domingo concluye el capítulo octavo de la carta de san Pablo a los Romanos. El amor de Dios es salvador y liberador para el hombre. En la raíz de la restauración total del hombre, de la posibilidad segura de su esperanza, está el amor incondicional y encarnado del Padre por todos en Jesús. Y la manifestación real tangible y convincente es la presencia de Cristo en nuestra historia. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo son invitados, una vez más, a saborear la gratuidad sin condiciones que Dios le ofrece en Cristo Jesús.

El Evangelio recuerda aquella tarde de la multiplicación de los panes que quedó para siempre en la memoria de los apóstoles. Todo lo que hacía Jesús era a la vez realidad y signo. La multiplicación de los panes fue el acto conclusivo de la misión popular del Señor en Galilea. Gesto de compresión, testimonio de afecto, signo y preludio de la nueva comunidad mesiánica. Cuando los apóstoles daban a conocer a los nuevos creyentes los recuerdos de Jesús. Insistían en el de aquella tarde. Reflejan esta insistencia los evangelios escritos, con sus seis relatos, y también al arte paleocristiano.

Jesús, al enterarse de la muerte del Bautismo, intenta retirarse a un lugar solitario, pero la gente no le deja: siente lastima de ellos. Su actividad misionera es intensa: predica la Buena Nueva de la salvación, cura a los enfermos, atiende a todos y, como vemos, también les da de comer.

Este milagro de Jesús es también un programa para la comunidad de los seguidores del Maestro. La Iglesia no sólo ofrecerá el Pan con mayúscula (Eucaristía), sino el pan con minúscula: preocupación por la justicia a favor de los débiles y la solidaridad de los que tiene con los que no tienen… Jesús con esta dinámica del pan material y del pan espiritual, ayuda a las personas a pasar del hambre de lo humano al hambre de los divino. Lo mismo tendremos que hacer nosotros, los cristianos. El lenguaje de la caridad es el que mejor prepara los ánimos para que acepten también nuestro testimonio sobre los valores sobrenaturales.

Ángel Fontcuberta

 

 

Partir y compartir, mensaje eucarístico de salvación

La palabra de este domingo nos presenta el amor de Dios, con tres lecturas que lo definen como un amor gratuito y universal (Is. 55,1-3), potente e inquebrantable (Rm. 8,35-39) misericordioso y eficiente, que se revela especialmente en el reparto eucarístico del pan (Mt. 14,13-21), realizado por Jesús con sus discípulos en un momento de gran necesidad de quienes los seguían. Este gran milagro del pan repartido nace del amor entrañable de Cristo, que no se queda meramente en un buen sentimiento, ni en un bello discurso, sino que implicando a los discípulos, despliega ese amor en una serie de obras de misericordia que van desde la curación de los enfermos hasta la satisfacción del hambre de la gente.

En los cuatro evangelios tenemos seis versiones acerca de este milagro del reparto de pan entre las multitudes, una comida extraordinaria realizada por Jesús que debió ser memorable en la primitiva Iglesia (Mc. 6,30-44; Mt. 14,13-21; Mc. 8,1-10; Mt. 15,32-39; Lc. 9,11-17; Jn. 6,1-15). También allí Jesús realiza los gestos eucarísticos con el pan (tomar, bendecir, partir, dar) de modo que aquella comida se convirtió en una de las tradiciones principales acerca de la fracción del pan. La multiplicidad y diversidad de testimonios refleja la importancia de la misma en las iglesias del Nuevo Testamento. Con ello la comunidad expresa el dinamismo misionero que la presencia del Señor Jesús imprime en sus discípulos al implicarlos directamente en el partir el pan y repartirlo entre las multitudes hambrientas. El pan partido y compartido es un milagro al alcance de la humanidad y se convierte en un signo que nos da la vida, que refuerza la fraternidad y la solidaridad entre los cristianos y nos interpela sobre el hambre y la miseria que viven grandes masas de la humanidad, particularmente en la olvidada África y en países desolados como Somalia.

El relato del milagro del reparto organizado y solidario del pan como don y signo del Reino de Dios revela que Jesús es el Mesías a través de una narración, que también hoy constituye una auténtica parábola para el mundo pues su mensaje de salvación es una alternativa al sistema social de este mundo globalizado afectado por una crisis fatal. Lo admirable del milagro no es la “multiplicación” de panes, sino el “reparto” del pan partido entre los necesitados. El milagro no consiste en multiplicar sino en dividir. Lo que es digno de admiración y rompe la lógica matemática es el pan compartido y repartido. Y este pan compartido sacia a todos. Éste es el gran milagro que la Iglesia proclama desde el Evangelio y desde la Eucaristía, y ésta es nuestra gran palabra en el mundo. Frente al milagro diabólico del capitalismo salvaje que consiste en multiplicar y superproducir, sosteniendo el crecimiento económico como objetivo prioritario o único del sistema, descuidando la atención a los últimos y más vulnerables, el milagro narrado en el evangelio consiste en dividir y compartir. La Eucaristía es sacramento que anuncia y anticipa una nueva realidad mesiánica, proclamando la muerte de Jesús, un cuerpo roto, como dinamismo liberador en una humanidad injusta y en una sociedad consumista.

En descampado y hambrienta está también hoy la mayor parte de la humanidad, carente de las necesidades más vitales, muchos de ellos, sin pan y sin casa. En el texto de Mateo de este domingo los discípulos piden a Jesús que despida a las multitudes. ¡Cuánta gente en el mundo hoy es despedida! ¿A cuántos se les dice “que se vayan”? Pensemos en los inmigrantes, con papeles o sin ellos, de los países receptores de inmigración. O en los niños de la calle, tantas veces rechazados hasta por sus propios vecinos. O en cualquier tipo y manifestación de racismo o xenofobia. ¿Cuántas veces hemos leído “fuera con ellos” en los graffiti de los muros de las ciudades. Jesús da una respuesta contundente a los discípulos: “No tienen necesidad de irse”. ¿Cómo resuena esta frase entre nosotros? Con Jesús podemos decir que nadie tiene ni necesidad ni obligación de irse en ninguna parte del mundo, pues todos tienen derecho al pan y al trabajo, a la dignidad y a la libertad, a la convivencia en paz y con respeto, al bienestar y la satisfacción de los mínimos de supervivencia en nuestro planeta. El pan compartido es capaz de saciar a todos. La  Eucaristía es símbolo y realidad de la salvación.

Jesús involucra a sus discípulos en una acción capaz de realizar el verdadero milagro: «Dadles vosotros de comer». Probablemente ellos pensarían que el milagro consiste en multiplicar los alimentos, y creerían que el problema es comprar. En cambio Jesús no compra ni multiplica, sino que parte y reparte, es más él mismo se parte y se entrega hasta el fin. Jesús les muestra que, más que despedir o comprar, el camino a seguir es organizarse y planificar el servicio, es saber convivir unos con otros en la tierra en la que estemos viviendo, y entonces partir y compartir el don del pan y los dones de esa tierra.

Jesús da una lección excepcional para que nosotros aprendamos a hacer el milagro y resolvamos esa cuestión que la humanidad tiene pendiente: el hambre. Bendecir el pan significa comprender que los bienes que da la tierra, en especial los que son necesarios para vivir con dignidad, no nos pertenecen, sino que son don de Dios para toda la humanidad, y si obramos en consecuencia y compartimos lo que tenemos, si organizamos nuestras relaciones económicas de acuerdo con esta convicción, si superamos así la injusticia que estructura nuestro planeta, habrá pan para todos y sobrará. Por eso el reparto de los panes adquiere su pleno significado en el reparto del pan eucarístico.

La insuficiencia de los dos sistemas económicos vigentes es evidente. Tal vez el “movimiento de los resignados” lo está sacando a la calle. El sistema capitalista es injusto en su esencia y el socialista lo es porque atenta contra la libertad de la persona. El mundo de la macroeconomía se muestra cada vez más incapaz de resolver el problema de la pobreza de las dos terceras partes de la humanidad porque está basado en la idolatría del dinero, un dios que premia a los que le ofrecen como sacrificio la vida de los pobres. La celebración de la Eucaristía, sin embargo, es la manifestación del Señor en nuestras personas y comunidades, que nos mueve a una solidaridad efectiva con los pobres a través del justo reparto del pan y de la tierra para que todos puedan vivir con dignidad y en libertad.

José Cervantes Gabarrón

 

 

 

Compartir, no despedir

La vida cristiana podemos explicarla desde muchos puntos de vista pero el esencial, el que no admite confusiones ni medias tintas es el de compartir. Podemos caer en la tentación de mirar para otro lado, de "despedir" pero nos estaríamos alejando de lo que Jesús nos enseñó con su vida.

Dice Pedro Casaldáliga: Primero es el pan, después la libertad. La libertad con hambre es una flor encima de un cadáver. Donde hay pan allí está Dios. Dios se hace pan. La tierra es un plato gigantesco de arroz, un pan inmenso y nuestro para el hambre de todos. La Biblia es un menú de pan fraterno. Jesús es el pan vivo. El universo es nuestra mesa.

Después de unos domingos en que Jesús ha ido explicando por medio de sencillas parábolas en qué consiste el Reino de Dios, llega la hora de irlo poniendo en práctica. El evangelista nos explica como Jesús después de la muerte de Juan Bautista decide “tomarse unas vacaciones” pero eso no significa mirar para otro lado y desentenderse de todo. De igual manera podemos ver los días de descanso no como unos días de mirarme el ombligo aunque el año haya sido muy duro sino para compartir mi tiempo, para dedicarlo a la familia, a los amigos, a conocer…

Pero vayamos al punto fundamental que nos quieren trasladar las lecturas de hoy. Lo importante no está en la multiplicación sino en el compartir el pan y la pobreza, el que los discípulos rompan los circuitos de la propiedad para un compartir que satisface tanto a tanta gente. Es experimentar en concreto la presencia de Dios en medio del “hambre” y la necesidad. A ese Dios que se hace pan que nos acaba de decir Casaldáliga. Partir el pan expresaba fraternidad, unidad, compromiso igualdad. Un detalle fundamental está en ver cómo Jesús se coloca en el puesto de anfitrión, Él es quien bendice y parte le pan, lo da y manda distribuirlo.  Jesús toma la iniciativa al invitar a todos compartir la mesa  poniendo en práctica el modelo de Banquete del Reino que había anunciado. Por tanto la imagen que Jesús escoge para hablarnos de lo que es central en el Reino no es una visión estática y beatífica rodeada de ñoñería sino un banquete, una comida festiva. La única forma de glorificar a Dios es creando comunión entre nosotros, compartiendo cuanto somos y tenemos. Esta es la verdadera eucaristía donde Jesús se hace presente y sacia por su abundancia como nos ha dicho el profeta Isaías. Si no lo vemos así, la eucaristía llenará la panza del cumplimiento pero no el estómago de la vida que implica y compromete.

Para llevarlo a la vida os sugiero que nos coloquemos ahora en la posición de los discípulos que contemplan tanta gente hambrienta, al igual que nosotros hoy vemos tantísima gente que carece de lo fundamental. Podemos caer como ellos en la tentación de “despedir a la gente” y mirar para otro lado o de querer solucionarlo con dinero comprando más pan. Mientras ellos piensan en todo lo que les falta, sólo tienen cinco panes y dos peces, Jesús cuenta con lo que tiene, es suficiente. Jesús no habla ni de despedir ni de comprar sino de compartir.

Esta es la gran lección que todos estamos llamados a aprender y a llevar a la vida  pues es la única manera de que la eucaristía sirva en verdad para la transformación del mundo, de esa gran mesa alrededor de la que todos nos sentamos.

Roberto Sayalero Sanz

 

 

- "No es mi problema". Jesús no lo aceptó. Nos sucede con frecuencia a todos. Nos sucede que ante dificultades, problemas o peticiones y pretensiones de alguno de nuestros prójimos, decimos: "No es mi problema". Y es que cada uno de nosotros ya tiene su buen fardo de problemas -en su vida personal, familiar, de trabajo, etc.- como para que tengamos que cargar con fardos ajenos. A veces se nos conmueve el corazón ante las desgracias de alguno de nuestros prójimos, pero, en general, pensamos -si no decimos- que cada uno se resuelva sus problemas.

Algo así pensaron y dijeron los discípulos de Jesús en aquel despoblado, ante el problema de aquella multitud sin comida. Y los discípulos eran buena gente (como la mayoría de los hombres y mujeres de ayer y de hoy son buena gente). Pero una cosa es ser más o menos bueno -un poco aquello de: yo no robo ni mato- y otra bastante distinta es sentir los problemas de los demás como propios.

Jesús, sin embargo, no aceptó el sencillo decir "no es mi problema". Antes de hacer lo que solemos llamar el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, hace como otro milagro, previo y más importante (y quizá incluso mas difícil): el milagro de contagiar su interés por todos, su preocupación por todos, su acción eficaz en favor de todos. No hace falta que la gente se vaya (que cada uno por su cuenta busque la solución de su problema). Traed lo que tengáis, aunque sea poco. "Alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio". Y lo poco compartido, se convirtió en mucho, suficiente para todos y aún sobró. Y es que lo que tenemos -aunque sea poco- si es compartido, siempre es mucho.

- Ante nuestros problemas, jamás Dios dice: "No es mi problema" Pero aquel hecho por tantos conceptos admirable que sucedió en aquel descampado de Galilea, no es sólo un ejemplo de cómo hemos de intentar ocuparnos y preocuparnos nosotros de los problemas de los demás. Es también un ejemplo revelador de cómo se comporta Dios -el Dios que nos reveló Jesucristo- con nosotros, con cada uno de nosotros, sin excepción.

Ante nuestros problemas, nuestras dificultades, nuestros agobios, también ante nuestro personal pecado, Dios, nuestro Padre, nunca dice: "No es mi problema". Nunca nos envía, nunca nos despide, para que resolvamos solos nuestros problemas. Nuestros problemas El los siente y vive como propios. Nunca nos deja solos con ellos.

Esto es lo que explica el maravilloso hecho de que el Hijo de Dios se hiciera del todo hombre. Que compartiera del todo nuestra vida. Es el máximo modo de decirnos que El, Dios, se interesa absolutamente por nosotros, por cada hombre y cada mujer, de un modo que nunca hubiéramos podido imaginar.

Por eso, hermanas y hermanos, sea cual sea nuestra situación, nuestros problemas, lo que nunca debemos hacer es desconfiar del interés de nuestro Padre celestial. Repitámoslo una vez más: ante nuestros problemas, Dios nunca dice "este no es mi problema". Nos pide nuestra colaboración "como pidió los cinco panes y los dos peces- pero, sobre todo, nos da su interés, su ayuda. Es decir, su bendición, que es su amor eficaz en nosotros.

- Nada puede apartarnos del amor de Cristo. El nos da su Alimento Es lo que hemos escuchado en las palabras tan expresivas de san Pablo, en la segunda lectura. "¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?...". Pidamos hoy, con toda confianza, que también nosotros, como el admirable apóstol Pablo, aquel hombre apasionado por Cristo y por los hermanos, podamos estar cada día más convencidos de que "ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni presente, ni futuro, ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús".

De aquel amor por nosotros, por cada uno de nosotros, sin excepción ni exclusión alguna, que cada domingo, en la Eucaristía, se nos concreta y acerca y actualiza cuando también nosotros -y Jesucristo con nosotros- bendecimos el pan, lo partimos y lo compartimos. El Pan que es alimento que nos asegura que nunca Dios deja de compartir nuestros problemas. Para que nosotros aprendamos a compartir -unos con otros- los problemas de todos.

Nexo entre las lecturas

Nos encontramos ante una de las verdades más consoladoras de la Sagrada Escritura: el amor misericordioso de Dios que se revela en el rostro de Jesús. La primera lectura tomada del profeta Isaías (1L) nos habla del gran banquete de los tiempos mesiánicos al que todos estamos llamados. Basta que uno tenga “hambre o sed”, y es candidato apropiado para acercarse al amor de Dios. Es la pobreza humana la que conmueve el corazón de Dios. “Si alguno tiene sed, que venga, si tiene hambre que acuda, no importa que no tenga dinero” El hambre y la sed expresan adecuadamente esa necesidad vital y profunda que el hombre experimenta de Dios y de su amor. En el evangelio también aparece un grupo de hombres sin pan, sin sustento. Así como en el desierto Yahveh multiplicó los medios de sustento del pueblo hambriento, así Jesús hoy dará de comer a una multitud que no tiene con qué satisfacer sus necesidades básicas (EV). El alimento material nos lleva a la consideración de un alimento de carácter espiritual y que responde a la necesidad más esencial del hombre: su deseo de gustar a Dios, su anhelo de sentirse eternamente amado por Dios. El amor esponsal está inscrito en el alma humana con sello indeleble. De este amor ha hecho experiencia Pablo y lo proclama con franqueza y sencillez: ¿Quién podrá apartarme del amor de Cristo? No hay potencia alguna que pueda apartarnos del amor de Cristo. En Cristo se revela el rostro amoroso del Padre (2L).

Mensaje doctrinal

1. La condición para ser alimentado por Dios. El banquete en la biblia es una imagen del amor de Dios. Cuando se habla del banquete escatológico, se habla del amor de Dios que se manifestará al final de los tiempos. Lugar y ocasión de felicidad y de regocijo. Las viandas son símbolos de aquella felicidad que ha vencido las penas de la vida: el agua que refresca y calma la sed; el vino que alegra el corazón del hombre; la leche y miel que expresan la abundancia, suavidad y belleza de la tierra prometida. El hombre tiene una sed profunda, como quedó manifiesto en el diálogo entre Jesús y la Samaritana. “Quien beba de este agua volverá a tener sed. Pero quien bebiere del agua que yo le daré, no volverá a tener sed. Se convertirá en él en una fuente que salte hasta la vida eterna”. El hombre es un eterno viandante y peregrino que conoce la sed y el hambre del camino. Es un ser que busca, que anhela, inquieto por encontrar su paz y su reposo. Sin embargo, no siempre acierta a dar con aquello que apaga la sed de su alma. La contemplación del mundo nos dice que es dramática su situación. Se despeña por cañadas profundas. Se abandona al mal y se hace sumamente cruel para sí mismo.

Por eso, el lenguaje del profeta Isaías es muy actual, es una invitación a no gastar en aquello que no nos da alimento, en aquello que nos deja igualmente hambrientos.

La condición que Dios nos pide para encontrar este agua, este vino, esta leche y miel, es la de escuchar su Palabra. Se trata de “inclinar el oído”, inclinar el alma, inclinar el orgullo, inclinar la vida entera para contemplar el Plan de Dios, la Alianza que Dios ha establecido con su pueblo. La fuente de la vita se encuentra en la Palabra de Dios que se hace precepto, que se hace orientación, que se hace alianza. Dios habla a su pueblo. Lo ama. No permitirá que permanezca en la esclavitud de Egipto, no tolerará que venere otros dioses, no dejará que el pueblo muera de hambre y sed en el desierto. El Señor recogerá a su pueblo de todos los lugares donde se había dispersado. El Señor ama a su pueblo. Él es el esposo fiel. Israel es la esposa infiel. Pero el amor de Dios no conoce arrepentimiento y sus planes subsisten de edad en edad. ¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios?

A nosotros, por tanto, nos corresponde escuchar la voz de Dios. Escuchar es una actitud bíblica. No es simplemente oír como transeúnte distraído y desmemoriado. Escuchar es acoger, es ponderar en el alma, como María. Escuchar es prestar el oído, prestar la aquiescencia de la inteligencia y voluntad. Escuchar es postrarse ante un Dios que habla y se revela. Escuchar es quitarse las sandalias para entrar en el lugar santo. Escuchar es recoger el alma y el espíritu, y decir con humildemente: “Heme aquí”. Ante un Dios que se revela el hombre debe prestar la humilde sumisión. Así pues, escuchar no es sólo abrir el oído, sino abrir el corazón, poner en práctica la palabra de Dios, obedecer su voluntad. El drama del hombre consiste en “no escuchar” la voz de Dios, no querer dar el asentimiento, no confiar en la veracidad y en el amor de quien se revela.

Pero el amor de Dios no se detiene ante nuestras reticencias para escucharle. Así, nos envía a su Hijo, a su unigénito. La Palabra de Dios. En él, Dios hecho hombre, nosotros contemplamos, en rasgos humanos, el amor del Padre, el rostro del Padre. Quien ha visto a Cristo ha visto al Padre. Él nos habla con amor. El nos manifiesta el amor de Dios. El da su vida por amor al Padre y por amor a los hombres. Cuando el evangelio de hoy nos dice que Jesús vio a la multitud, sintió lástima y curó a los enfermos, nos está hablando del amor de Dios que no se detiene ante el pecado, ante la aparente derrota de su creación y de la realidad humana. El viene a rescatar lo que se había perdido. Viene a manifestar que Dios es amor, y no viene a menos en su amor. Por eso, en el Tabor el Padre había proclamado solemnemente: “He aquí, mi Hijo, mi predilecto, escuchadle”. Escuchar la palabra de Cristo, ver su hoja de servicio, inclinar el oído ante sus palabras, alimentar nuestra vida y nuestro espíritu del amor de Dios, he aquí la tarea del hombre en esta tierra. “Venid a beber todos sin pagar”.

2. Tener sed y dar de beber. Tener hambre y dar de comer. He aquí dos experiencias del hombre: la experiencia del hambre y de la sed y la experiencia del dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento. El hombre padece sed y hambre. Ciertamente padece el hambre y la sed físicas. Tiene necesidad del agua y del alimento necesarios para la subsistencia. Pero padece, de modo más profundo, hambre y sed de verdad, de felicidad, de paz consigo mismo y con los demás. Es aquí donde se establece una paradoja: en la medida en que el hombre sacia la sed y el hambre de sus prójimos (próximos), en esa medida va saciando la propia sed. Si esto es así, quiere decir que la propia felicidad, la paz del alma, la realización espiritual, sólo se puede lograr en la entrega generosa a los demás. “Dadles vosotros de comer”. Así, quien se preocupa sólo por su propia sed, está tristemente condenado a no encontrar sosiego a su inquietud, ni bálsamo para sus heridas, ni agua que sacie su seco paladar. La realización personal pasa a través de la entrega sincera de sí mismo a los demás. Quien se busca a sí mismo, se pierde. Y el que se da y se pierde a sí mismo, se encuentra para la vida eterna. ¿Cómo despertar en nosotros el deseo de dar de comer y de dar de beber? ¿Cómo hacer para que la propia vida se convierta en un don de Dios para los demás? Esto es lo que Jesús pidió a sus apóstoles: “dadles vosotros de comer”. No es necesario que sigan padeciendo hambre, dadles vosotros de comer. La gracia vendrá de lo alto, pero los canales por los que se transmitirá sois vosotros: dadles vosotros de comer. En este domingo debe resonar en lo profundo del alma esta invitación: “dadles vosotros de comer”. El mundo está a la espera de la manifestación de los Hijos de Dios.