En una de las intervenciones de Jesús con aquellas muchedumbres, sucedió lo que era previsible: el problema del horario. Llegaba la hora de comer y eso representaba un problema para la “organización”. El Evangelio de este domingo nos presenta una escena conocida como la multiplicación de los panes y los peces. Una muchedumbre que se arremolinaba en torno a Jesús para escuchar atenta su enseñanza o para presenciar curiosa alguno de sus milagros, en una ocasión se encontraron en plena montaña. El apuro ante semejante responsabilidad de dar de comer a tal muchedumbre, debió abrumar a los discípulos, porque Jesús no comenzó con el milagro multiplicador, sino que comenzó con la provocación a aquellos seguidores suyos: dadles vosotros de comer. Podemos suponer cómo se quedarían sus rostros ante el espectáculo de más de cinco mil personas.

Quizás lo más importante para ser de veras un instrumento de Dios es tener conciencia de la desproporción entre la misión que se nos asigna y nuestra propia capacidad. Cuando hablamos de la paz, del amor, de la esperanza… cuántas veces nos sentimos desbordados, como si fuera imposible semejante empresa de pacificar, enamorar y esperanzar a nuestros hermanos. Esto es lo que aquellos discípulos debieron experimentar hasta el pasmo.

Y es entonces cuando interviene Jesús: hay un chaval que tiene cinco panes y un par de peces. El milagro se haría, y con creces, como acostumbraba Jesús. Y quedaron todos pasmados, sobre todo los discípulos que no sabían dónde meter sus cálculos y sus temores ante semejante gesto del Maestro. Aquel milagro se hizo a partir de ese poco que un muchacho les prestó. Jesús actuará para dar el mucho desde ese poco que los discípulos y el chaval pudieron aportar.

Pienso en los hambrientos de nuestro mundo, sean cuales sean sus hambres. Pienso en los panes y peces que nuestra pequeñez puede ofrecer. El milagro pide entrada también en nuestro mundo, y Jesús está dispuesto a realizarlo. Un pequeño gesto de paz, de fe, de ternura, de misericordia, de amor, de fidelidad… puede ser el diseño pequeño de un mundo pacífico, tierno, creyente, amoroso y fiel. Jesús nos pide nuestro poco, y Él hará el mucho que nuestros contemporáneos puedan necesitar.

El Señor os bendiga y os guarde.

Jesús Sanz Montes ofm

 

 

1. La liturgia de este domingo propone a nuestra consideración el relato de la multiplicación de los panes y los pescados, que es el final feliz de una situación que se presentaba como algo muy difícil. La presencia de esta multitud genera dos reacciones muy diferentes en los discípulos y en Jesús: por una parte, los discípulos estaban muy preocupados por el descomunal problema que se les venía encima y por eso le propusieron a Jesús que disolviera la reunión y cada uno resolviera su problema de alimentación como pudiera; y por otra parte, la actitud de Jesús que leyó esta situación, no con los ojos puestos en la billetera, sino con los ojos de la sensibilidad y la misericordia.

2. Si leemos con atención el texto, veremos que tiene dos significados que están íntimamente relacionados: un significado litúrgico y un significado social.

3. Respecto al primer significado, el litúrgico, es muy interesante observar cómo los gestos y las palabras de Jesús se parecen mucho a sus gestos y palabras durante la Última Cena, cuando instituyó la Eucaristía; nos dice el evangelista Mateo en el texto que acabamos de leer: “Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se les dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente”:

a. Este milagro de Jesús es un anticipo de lo que será el gran regalo del Pan de Vida, que colmará las aspiraciones y necesidades más hondas del ser humano.

b. Además, la abundancia que acompaña a este milagro (“todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos; los que comieron eran unas cinco mil personas, sin contar a las mujeres y a los niños”) recuerda las referencias del Antiguo Testamento que prometen para los tiempos mesiánicos plenitud, generosidad…

4. Las acciones de Jesús en favor de los excluidos no tienen como motivación la filantropía. Jesús ofrece una salvación integral; lo que Él ofrece a la humanidad es la comunicación de la vida divina y también el reto de construir una sociedad nueva donde los seres humanos puedan vivir en paz y dignidad.

5. Por eso debemos superar esa visión desarticulada que separa los valores del espíritu y las realidades materiales; la búsqueda del crecimiento interior debe incluir el desarrollo de todas las potencialidades del ser humano. Por eso la acción social de la Iglesia debe nutrirse de la Eucaristía, en cuanto la comunidad que se reúne para escuchar la Palabra y alimentarse con el Pan de Vida se compromete en la búsqueda de la equidad y la inclusión social. Fe y justicia, Eucaristía y solidaridad con los pobres son binomios inseparables.

6. Jesús se conmovió ante las necesidades de esa multitud formada por personas de una región concreta; en esa ápoca no era posible tener información sobre las necesidades de los pobres de otras provincias del Imperio romano. Hoy sí tenemos acceso a la información; son aterradoras las estadísticas que nos proporciona la FAO, que es la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura:

a. La población mundial se acerca a los 7.000 millones de habitantes; de ellos, 925 millones padecen de hambre crónica.

b. 8 millones de hermanos nuestros colombianos, el 18% de la población, se encuentran en esta condición extrema.

c. Ninguno de nosotros ha padecido “hambre crónica”, que es carecer de la comida que genera la energía esencial para llevar una vida activa; quienes la padecen están terriblemente limitados para estudiar y para trabajar.

7. Hay dos poblaciones particularmente vulnerables al hambre crónica, los niños y las mujeres:

a. Los niños menores de cinco años que no se alimentan adecuadamente, sufren limitaciones muy serias en su desarrollo cerebral, y su sistema inmunológico es muy débil para reaccionar ante las enfermedades; por eso son tan altas las tasas de enfermedad y muerte entre los niños pobres.

b. Las mujeres embarazadas que han estado mal alimentadas dan a luz bebés débiles, que están por debajo del peso normal. Obviamente, estas mujeres desnutridas no puedan producir alimento para sus hijos; recordemos que la leche materna es el mejor alimento; la pobreza priva a los niños de este recurso maravilloso de la naturaleza.

8. ¿Por qué 8 millones de colombianos están mal alimentados? No es porque el país carezca de alimentos. La culpa recae sobre todos nosotros porque somos una sociedad con profundas desigualdades. La inequidad en la distribución de la riqueza es la primera causa de la inseguridad alimentaria que padecen amplios sectores de la población.

9. La segunda causa del hambre crónica que padece el 18% del pueblo colombiano es la corrupción; como lo ha descubierto una opinión pública escandalizada, los corruptos se han apoderado de una tajada sustancial del presupuesto nacional.

10. La tercera causa que explica la pobreza y el hambre de amplios sectores de la población es la violencia. Cientos de miles de hermanos nuestros han tenido que abandonar sus tierras, que les proporcionaban los medios para llevar una vida digna. La violencia ha significado una sensible disminución en las actividades del agro, la concentración de la propiedad rural en manos de los violentos y el desplazamiento hacia los centros urbanos.

11. Que la meditación de este texto sobre el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados, nos sensibilice ante el sufrimiento de millones de hermanos nuestros que se acuestan con hambre y viven en la angustiosa incertidumbre del pan de cada día. Como creyentes debemos poner todos los medios a nuestro alcance para que esta inhumana situación sea superada.

Jorge Humberto Peláez, S.J.

 

 

El mismo evangelista que cuenta esta multiplicación de los panes y pescados, narra más adelante otro milagro similar; asimismo, en cada uno de los Evangelios de Marcos y Lucas encontramos dos relatos parecidos, y otro en el de Juan. Son por lo tanto en total siete las veces que se cuenta en los Evangelios este milagro obrado por Jesús, lo que nos muestra la importancia que tuvo aquella experiencia en la memoria de sus primeros discípulos. Veamos cómo podemos aplicarlo a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas [Isaías 55,1-3; Salmo 145 (144); Carta de san Pablo a los Romanos 8, 35-39].

1.-  Se fue solo en una barca a un lugar apartado

Lo primero que nos presenta el relato evangélico de hoy es algo que igualmente encontramos en otros pasajes de los Evangelios: Jesús busca espacios de soledad que le permitan descansar y alejarse del ajetreo cotidiano para meditar y orar. En esta ocasión se acaba de enterar de una noticia humanamente difícil de asimilar: la muerte de su pariente y precursor Juan Bautista, a quien ha asesinado el rey Herodes mandándolo decapitar.

También nosotros necesitamos el silencio interior para encontrarnos con Dios y ser confortados por Él en medio de las situaciones que constantemente tenemos que afrontar, especialmente en los momentos difíciles. Necesitamos buscar y encontrar espacios para nosotros mismos, para nuestro descanso y renovación personal, en los que podamos escuchar la palabra de Dios que nos reconforta.

2.- Vio la multitud, tuvo compasión de ellos y curó a los enfermos que le llevaban

Todas las personas que buscaban a Jesús ávidas de sus enseñanzas y de sus acciones sanadoras, al encontrarlo experimentaban en Él una actitud siempre disponible, especialmente para los más necesitados. Era una actitud de compasión, en el sentido más pleno de lo que significa compadecer: sentir-con, padecer-con. Y varias veces cuentan los Evangelios que Jesús “tuvo compasión”, empleando en griego un verbo que significa “se le revolvieron las tripas”. Así quiso Dios tener ese sentimiento humano y mostrarnos su amor en carne y hueso.

Por eso, si queremos ser auténticos discípulos y seguidores suyos, debemos disponernos a reproducir en nuestra vida esa misma actitud: una actitud de compasión a imagen y semejanza de Jesús, contribuyendo a sanarnos y ayudarnos unos a otros con una disponibilidad solidaria de servicio y de ayuda mutua.

3.- Partió los panes y los pescados, los dio a sus discípulos y ellos los repartieron

El milagro de la multiplicación de los panes y pescados expresa el cumplimiento de las promesas que Dios había anunciado a través de sus profetas acerca de la abundancia de un alimento renovador que él mismo haría posible para todas las personas que acogieran su Palabra y lo invocaran sinceramente. Tal es el sentido de la primera lectura y del salmo responsorial. Pero detengámonos en algunos aspectos del relato del Evangelio.

- La multiplicación de los panes y pescados es una imagen del sacramento de la Eucaristía, al que los primeros cristianos llamarían fracción del pan o acción de partir el pan, como signo de la presencia de Jesús que nos alimenta con su propia vida. Y él mismo iba a ser representado también desde los comienzos de su Iglesia con la imagen del pez, “ictus” en griego, cuyas letras son las iniciales del nombre y los títulos de Jesús: Iesous, Christos, Theos, Uios, Soter (Jesús, Cristo, Dios, Hijo, Salvador).

- La multiplicación de los panes y pescados es una acción comunitaria. Jesús no los da directamente a todos, sino que los entrega a los discípulos para que los repartan entre la gente. Esto significa que la tarea de contribuir a la alimentación de todos no le corresponde sólo a Él; es una tarea colaborativa en la que cada cual debe aportar.

- La multiplicación de los panes y pescados no es un acto de magia como los trucos de los prestidigitadores –sin demeritar el ingenio recreativo de los profesionales de la llamada “magia blanca”–. Por el contrario, la enseñanza de este milagro podría resumirse así: si existe una sincera voluntad de compartir, aunque haya poco alcanza para todos y hasta sobra; pero si no existe esa voluntad, aunque haya mucho unos pocos acaparan todo y las mayorías padecen hambre. Esto último es lo que sucede cuando las estructuras injustas hacen que unos cuantos se enriquezcan cada vez más a costa de muchos cuyo número crece y que se empobrecen cada vez más. Por eso, para ser coherentes, debemos llevar a la práctica lo que significamos en la Eucaristía: compartir entre nosotros la creación, representada en el pan y el vino, para que se realice entre nosotros la presencia de Dios que es Amor, revelado en su Hijo Jesús.

Dispongámonos, pues, a ser alimentados constantemente con este Pan de Vida que es el mismo Jesucristo resucitado, para que, como escribe el apóstol Pablo en la segunda lectura, nada nos aparte de su amor a pesar de las dificultades que tengamos que afrontar en nuestra existencia cotidiana.-

Gabriel Jaime Pérez S.J.

 

 

Anthony de Mello, cuenta en su libro, El Canto del Pájaro, la historia de un hombre que paseando por el bosque vio un zorro que había perdido sus patas; el hombre se preguntaba cómo podría sobrevivir el pobre zorro mutilado. Entonces vio llegar a un tigre que llevaba una presa en su boca. El tigre ya se había hartado y dejó el resto de la carne para el zorro. Al día siguiente Dios volvió a alimentar al zorro por medio del mismo tigre. De modo que el hombre quedó maravillado de la inmensa bondad de Dios y se dijo: «Voy a quedarme en un rincón, confiando plenamente en el Señor, y éste me dará cuanto necesito». Así lo hizo durante varios días; pero no sucedía nada y el pobre hombre estaba casi a las puertas de la muerte cuando oyó una Voz que le decía: «¡Oh tú, que te hallas en la senda del error, abre tus ojos a la Verdad! Sigue el ejemplo del tigre y deja ya de imitar al pobre zorro mutilado».

Es frecuente que, cuando nos encontramos con situaciones dolorosas, reaccionemos ante Dios pidiéndole que haga algo por nosotros, que nos ayude a solucionar nuestros problemas. Y, ciertamente, Dios hace algo, pero nos invita a colaborar con él en su obra. Cuánta gente, cuando constata las miserias y sufrimientos de nuestros pueblos, no le reclama de Dios una respuesta frente a tanto dolor. La pregunta que muchas veces asoma a nuestros labios es: “¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada?” La respuesta que nos da Dios es: “Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti”.

El texto evangélico de este domingo nos presenta la reacción de Jesús ante el asesinato de Juan el Bautista. “Cuando Jesús recibió la noticia, se fue de allí él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente lo supo y salió de los pueblos para seguirlo por tierra. Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud; sintió compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban”. Jesús no se deja aplastar por su dolor ante el crimen que había acabado de cometer Herodes contra su amigo, el profeta Juan. Siente compasión y no pude cerrar los ojos ante el sufrimiento de aquellos que lo siguen hasta ese lugar apartado.

Los discípulos, viendo que se hacía tarde, y que la gente no tenía dónde encontrar comida, le sugieren a Jesús que los despida para que vayan a las aldeas a comprar comida. Pero Jesús les dice: “No es necesario que se vayan; denles ustedes de comer”. La reacción de sorpresa no se deja esperar: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Esto no alcanzará para alimentar a tantos. Jesús, entonces, toma los pocos panes y peces, manda que la multitud se siente sobre la hierba y “mirando al cielo, pronunció la bendición y partió los panes, los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente”. Jesús parte y los discípulos re-parten lo poco que tenían con una multitud. Y “todos comieron hasta quedar satisfechos”. No podemos seguir imitando al zorro mutilado. Tenemos que imitar más bien al tigre, que alimenta todos los días al que no puede buscar su alimento. Sólo así seremos discípulos de Aquel que no evadía el hambre de su pueblo, sino que partía y repartía con ellos todo lo que tenía.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 

El reparto de panes y peces

Siempre me ha llamado la atención el relato evangélico de la multiplicación de panes y peces. He pensado instintivamente en un Jesús, especie de prestidigitador, pero con poder divino para obrar lo imposible: alimentar a cinco mil con sólo cinco panes y dos peces, sobrando, para colmo, doce cestas. Cinco mil, sin contar mujeres y niños, que ya es gente...

Rebuscando en las páginas de la Biblia veo que Jesús tuvo su predecesor en el profeta Eliseo, quien dio de comer a cien personas con veinte panes. También en aquella ocasión se saciaron todos y sobró. Jesús, no obstante, supera con creces a este antiguo profeta.

Personalmente nunca he llegado a comprender el por qué de este relato. ¿Pudo suceder así como se narra? ¿No será éste un relato simbólico o metafórico? Basado en esta sospecha, voy a proponer otra interpretación; la de siempre ya la conocemos; a pesar de ser muy extraña, a fuerza de oírla nos parece normal y natural. ¿Normal hacer un milagro de este calibre? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene?

Los discípulos de Jesús, en esta ocasión, me parecen sensatos: "Estamos en despoblado -le dicen al Maestro-, y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer". Ellos no esperaban milagros aparatosos. Además, si estaban con Jesús en un lugar apartado de la gente, tenían sus motivos: se habían enterado del asesinato de Juan Bautista por parte de Herodes y temían que a su Maestro le sucediera otro tanto. Como Juan, Jesús no tenía pelos en la lengua. Había que pasar a la clandestinidad. Por eso, la presencia de la gente los incomoda. Lo ideal era despedirlos, disolver la manifestación para que las cosas no fuesen a más. Que Jesús deje de enseñar al pueblo...

Pero Jesús no está de acuerdo con estas sensatas propuestas: "Dadles vosotros de comer", les dice. Me imagino que se mirarían unos a otros, pensando que el Maestro no estaba en sus cabales...

Cinco panes y dos peces son todo un símbolo. Hasta Jesús, el pueblo judío se alimentaba de la doctrina-pan del Antiguo Testamento. (En arameo, doctrina ("hamira") y pan de levadura ("'amira") suenan igual. Cinco son los libros del Pentateuco; dos, el resto de las Sagradas Escrituras: los Profetas y los Escritos. Pan y pez, alimento básico en el norte del país, junto al lago. Los panes y los peces representan la enseñanza contenida en el Antiguo Testamento, alimento que no satisfacía al pueblo que estaba infraalimentado como oveja sin pastor...

Jesús, pan de vida, "tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente".

Esto es lo que Jesús hacía a diario: interpretar las Escrituras, explicarlas a partir de la realidad de su persona.

Y gracias a esta enseñanza, nace el nuevo pueblo de Dios, el pueblo cristiano, formado por cinco mil, como cuenta el libro de los Hechos (4,4), los convertidos al Evangelio.

Jesús, escrutando-interpretando-superando la Antigua Ley, se convierte en el verdadero alimento-pan-doctrina que sacia al nuevo pueblo de Dios, la comunidad cristiana. Un pueblo, que, como el antiguo Israel, también tiene doce pilares -los discípulos- cuya doctrina, recibida de Jesús, sacia a la comunidad. Sobraron doce cestas, una por cada tribu.

Más que ante un milagro o prodigio, estamos, a mi juicio, ante un relato simbólico. Por otro lado, dificilmente podemos afirmar o negar, desde el punto de vista histórico, si Jesús multiplicó los panes o no. La palabra "multiplicar" no aparece para nada en la narración evangélica y no olvidemos que los números juegan un papel muy importante, con categoría de símbolos, en todo el Antiguo Testamento.

Jesús Peláez

 

 

Un buen ejemplo

Decíamos el domingo pasado que la opción por el reino de Dios y la necesaria renuncia a todo lo que es incompatible con él debe ser causa y efecto de la alegría de haber encontrado una mejor manera de vivir. El evangelio de este domingo pre­senta un ejemplo concreto: hay que renunciar a la riqueza no porque sea bueno pasar hambre, sino para que nadie la sufra.

PANES Y PECES

El evangelio de hoy es el relato conocido como «la multi­plicación de los panes y los peces», aunque, como vetemos, sería más acertado el título «el reparto de los panes...».

A continuación del discurso en parábolas, Jesús se entera de que alguien le ha dicho a Herodes que él, Jesús, es Juan Bautista -que había muerto asesinado por orden del rey-, que ha resucitado. El evangelio no explica por qué, pero al conocer esta noticia Jesús se marcha en la barca hacia un lugar despoblado.

La gente no había aceptado el contenido de su predicación, pero, quizá por curiosidad, quizá porque había empezado a despertarse en ellos una cierta inquietud, averiguan el lugar al que se dirige Jesús, se ponen en camino y, cuando él llega, se encuentra con que lo espera «una gran multitud».

Como habían rechazado su mensaje (véase Mt 13,53-58), Jesús no insiste, no sigue enseñando; peto no deja de manifes­tar su amor ofreciendo vida a quienes están faltos de ella: «le dio lástima de ellos y se puso a curar enfermos».

En lugar despoblado, se hace tarde. Los discípulos se dan cuenta de que aquellas gentes no habían traído nada para co­mer y proponen a Jesús que los despida para que «compren» provisiones con las que sustentarse. Pero Jesús les da una res­puesta sorprendente: «No necesitan ir; dadles vosotros de co­mer». Los discípulos, en tono que seguramente revelaba su asombro, le dicen: « ¡ Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces! » Jesús pide que se lo lleven todo, los cinco panes y los dos peces; manda sentar a la gente, «y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos, a su vez, se los dieron a las multitudes. Comieron todos hasta quedar saciados y recogieron los trozos sobrantes: doce cestos. Los que comieron eran hombres adultos, unos cinco mil, sin mujeres ni niños».

La lección que da Jesús a sus discípulos es ésta: si renun­cian a quedarse con aquellos alimentos, que, según los criterios de este mundo, les pertenecen, y, reconociendo que son un don de Dios, los ponen a disposición de todos, su renuncia no les causará hambre; al contrario, saciará el hambre de todos.

EL NUEVO EXODO

La misión de Jesús incluye la realización de un nuevo éxo­do, de un nuevo proceso de liberación abierto esta vez a todos los que estén faltos de libertad.

La mayor de las esclavitudes -¡vigente todavía en nuestro mundo!- es el hambre. Por eso este episodio sirve como modelo del proceso de liberación que promueve Jesús.

La tierra de esclavitud son las ciudades y aldeas de las que procede la gente; allí rige la ley de lo mío y lo tuyo; y siempre hay alguien a quien le pertenece lo que a otros les falta. Allí, quien no puede comprar tiene que pasar hambre o, lo que es peor, tiene que renunciar a su libertad y a su dignidad para conseguir lo mínimo necesario para seguir viviendo. También allí hay una religión que distrae la atención de los pobres con minucias sin importancia y los mantiene quietos mediante el miedo al castigo divino, olvidándose de sus orígenes: la formi­dable intervención liberadora del Señor en favor de aquel pu­ñado de esclavos.

Salir de esa tierra de esclavos, romper con ese sistema so­cial y religioso es dar comienzo al nuevo éxodo, es emprender de nuevo el camino hacia la libertad, ahora definitiva.

En el primer éxodo Dios tuvo que alimentar a los israeli­tas que caminaban por el desierto enviándoles el maná; ahora Dios no va a hacer ningún prodigio. En este nuevo camino la intervención de Dios ya se ha producido: la lección que da Jesús con el reparto de panes y peces (cuando se comparte con amor, hay para todos y sobra) garantiza el alimento para todo el camino.

La meta del primer éxodo fue la tierra de Canaán, la tierra prometida; ahora toda la tierra se convierte en tierra prome­tida: está allí donde hay un grupo que ha comprendido el men­saje de Jesús, ha confiado en su palabra, ha descubierto que ese mensaje es el más valioso de todos los tesoros y se ha pues­to en marcha, camino de la libertad.

DICHOSOS LOS POBRES

A la luz de este relato podemos entender mucho mejor la primera bienaventuranza, «dichosos los que eligen ser pobres» (Mt 5,3). No se trata de buscar la pobreza porque ésta sea una virtud. Se trata de luchar contra ella de la manera más eficaz: renunciando a la riqueza, negándose a aceptar que pueda ser «mío» lo que el otro necesita para vivir, sustituyendo el insa­ciable deseo de tener por la alegría de compartir.

Y ahora se entiende también mucho mejor la respuesta de Jesús a la primera tentación («Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan... Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de todo lo que Dios vaya diciendo»: Mt 4,3-5). Y lo que Dios dice por medio de Jesús es que el hambre no se vence con milagros espectaculares y portentosos, sino con el no menos portentoso milagro de la solidaridad entre los hombres.

R. J. García Avilés

 

 

v. 13: Al enterarse Jesús, se marchó de allí en barca a un si­tio tranquilo y apartado. Las multitudes lo supieron y le siguieron por tierra desde las ciudades. 14Al desembarcar vio Jesús una gran multitud, se conmovió y se puso a cu­rar a los enfermos.

 Jesús se entera de la opinión de Herodes sobre él (el episodio de la muerte de Juan es retrospectivo) y se retira. No enseña a la multitud. Su enseñanza para las masas ha terminado con las parábolas. Las multitudes están ciegas y sordas para el mensaje (13,14s). Sin embargo, cura a los enfermos. A pesar de la falta de respuesta, el amor de Jesús por la multitud no cesa (14: «le dio lástima»).

vv. 15-l8: Caída la tarde se acercaron los discí­pulos a decirle: -Estamos en despoblado y ya ha pasado la hora; des­pide a las multitudes, que vayan a las aldeas y se compren comida. 16Jesús les contesto: -No necesitan ir; dadles vosotros de comer. 17Ellos le replicaron: -¡Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces! 18Les dijo: -Traédmelos.

Mt señala el momento del día: había pasado la hora de la comida. Los discípulos se preocupan de ello y piden a Jesús que despida a la gente. «Comprar» significa volver a la sociedad de la que proceden para someterse otra vez a las leyes económicas que los han mantenido en la miseria. A «comprar» Jesús opone «dar»: son los discípulos los que tienen que dar de comer a la gente. Ellos estiman que no tienen lo suficiente. «Cinco» panes, en relación con los cinco mil hombres (21). Cinco panes y dos pe­ces suman siete, el número que indica la totalidad.

vv. 19-21: Mandó a las multitudes que se recostaran en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos a su vez se los dieron a las multitudes. 20Comieron todos hasta quedar saciados y recogieron los trozos sobrantes: doce cestos llenos. 21Los que comieron eran hombres adultos, unos cinco mil, sin mujeres ni niños...

«Recostarse» para comer era propio de los hombres li­bres y era la postura adoptada para la comida pascual, en recuerdo de la liberación de Egipto. Jesús coge todas las provisiones que tiene el grupo y pronuncia la bendición. Como en Mc, ésta repre­senta la acción de gracias a Dios por el pan; se desvincula el pan de sus posesores humanos para considerarlo como don de Dios, expresión de su generosidad y de su amor a los hombres. Repartir el pan y los peces significa prolongar la generosidad de Dios crea­dor. Cuando se libera la creación del egoísmo humano, sobra para cubrir la necesidad de todos. La saciedad está en relación con la promesa de 5,6; se realiza la liberación de los oprimidos propia del reino de Dios. Las sobras, que llenan doce cestos, indican que compartiendo puede saciarse el hambre de Israel.

La escena está en relación con el éxodo: lugar desierto, falta de comida, gente saciada inesperadamente. Se pensaba que el Me­sías había de cumplir el éxodo, la liberación definitiva. Jesús pro­pone en este episodio su modelo de éxodo. La gente ha salido de las ciudades (13), es decir, de la sociedad israelita (alusión a las ciudades que Jesús increpaba, 11,20). Es éste el punto de partida del éxodo. Al maná corresponden los panes y los peces que sacian a la multitud. No es un fenómeno prodigioso como aquél, sino una lección que da Jesús: el amor manifestado en el compartir todo lo que se tiene asegura la abundancia y libera de la esclavitud a la sociedad injusta. Este episodio se opone directamente a la pri­mera tentación. «El diablo» había propuesto a Jesús la solución milagrosa para el hambre. Jesús rechazó la tentación. La solución no se encuentra en un prodigio efectuado por el Hijo de Dios, sino en lo sencillo, al alcance de todos, en el compartir los bienes de la creación.

La escena prepara la eucaristía, que será la expresión del don total de Jesús y de los suyos. El pan de la eucaristía funda la posibilidad de compartir este pan. El número cinco mil, múltiplo de cincuenta (50 x 100, multiplicador que indica la repetición ili­mitada), alude a las comunidades proféticas del AT (1 Re 18,4.13; 2 Re 2,7); «hombres - adultos», la obra del Espíritu. El número cinco mil es, por tanto, simbólico; significa que, compartiendo el pan, se comunica el Espíritu, que lleva al hombre a su madurez y construye la nueva comunidad. De ahí la ausencia de mujeres y niños (símbolo de los débiles).

Mt describe con estos rasgos las características del éxodo de Jesús: la tierra de esclavitud es la sociedad israelita; la ley es el amor manifestado en el compartir, que continúa la generosidad de Dios y hace sobreabundar sus dones en beneficio de todos; la tie­rra prometida significa ]as comunidades del Espíritu.

Se explica también el sentido de la opción por la pobreza (5,3); «los pobres» son aquellos que no se reservan nada, sino que ponen lo que tienen a disposición de los que lo necesitan. Se cumplen aquí los dichos de Jesús sobre la generosidad (6,22s) y sobre la provi­dencia del Padre (6,25-34).

J. Mateos-F. Camacho

 

 

a) Clave de lectura

Todos los evangelistas relatan la multiplicación de los panes. Mientras Lucas y Juan no narran nada más que una sola multiplicación de los panes (Lc. 9,10-17; Jn 6,1-13), Marcos y Mateo hacen referencia a dos multiplicaciones (Mc. 6,30-44; 8,1-10; Mt. 14,13-21; 15,32-39). Parece que las dos narraciones tanto en Mateo como en Marcos tienen origen de un solo suceso de la multiplicación de los panes, pero que ha sido transmitido en dos versiones según tradiciones diversas. Además la narración de Mateo 14,13-21 y Mc. 6,30-44 parecen ser las redacciones más antiguas. Nosotros aquí nos quedamos con el objeto de nuestra lectio divina, o sea el texto de Mt. 14,13-21.

El texto nos presenta a Jesús, que habiendo oído la noticia de la muerte del Bautista a manos de Herodes (Mt. 14,12), se retira a otra parte “en un lugar desierto” (Mt. 14,13). Muchas veces en los evangelios, Jesús se nos presenta como aquél que se retira a un lugar apartado. Aunque no siempre es así, generalmente este retirarse quiere demostrar un Jesús inmerso en la oración. He aquí algunos ejemplos: “Despedida la gente, subió al monte solo, a orar. Llegada la noche Él estaba todavía solo, arriba” (Mt. 1,23); “En la mañana se levantó cuando todavía estaba obscuro y salido de casa, se retiró aun lugar desierto y allá oraba” (Mc. 1,35); “Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lc. 5,16); “conducido por el Espíritu” Jesús se retira después de su bautismo al desierto para ser tentado por el diablo venciendo sus seducciones con la fuerza de la palabra de Dios (Mt. 4,1-11; Mc. 1,12-13; Lc. 4,1-13) Otras veces Jesús llama consigo a sus discípulos: “Venid a un lugar desierto y apartado y descansad un poco” (Mc. 6,30-44). En este pasaje, Jesús reza antes de la multiplicación de los panes. Los evangelios demuestran que a Jesús le gustaba orar antes de acontecimientos importantes en el curso de su ministerio, como el bautismo, la transfiguración, la pasión.

Esta vez la gente lo sigue al desierto (Mt. 14,13) y Jesús siente compasión por ellos, curando a los enfermos (Mt. 14,14). A veces en Jesús se asoma una compasión por los que le siguen (Mt. 15,32). El Maestro se conmueve porque ellos “eran como ovejas sin pastor”(Mc. 6,34). Jesús en efecto es el buen pastor que alimenta a su pueblo como ha hecho el profeta Eliseo (2Re. 4,1-7, 42-44) y Moisés en el desierto (Ex 16; Num 11). En el evangelio de Juan, Jesús con el discurso sobre el pan de la vida (Jn 6), explica el significado del signo de la multiplicación de los panes. Este prodigio es una preparación al pan que será dado en la Eucaristía. Los gestos realizados por Jesús antes de la multiplicación de los panes, en todos los evangelios nos recuerdan el rito de partir el pan, la eucaristía. Los gestos son: a) tomar el pan, b) alzar “los ojos al cielo”, c) pronunciar “la bendición”, d) partir el pan, e) repartir a los discípulos (Mt. 14,19). Estos gestos se encuentran en la narración de la última cena de Jesús (Mt. 26,26).

Todos comen y se sacian de este pan. Sobran doce cestas de los restos de pan. Jesús es aquél que sacia al pueblo elegido de Dios: Israel, compuesto por las doce tribus. Pero sacia también a los paganos en la segunda multiplicación (Mt. 15,32-39), simbolizados esta vez por siete panecillos, el número de las naciones de Canaán (Act 13,19) y también el número de los diáconos elenistas (Act. 6,5; 21,8) que tenían el deber de proveer a la distribución cotidiana de las mesas. La comunidad recogida en torno a Jesús, primicia del Reino de los Cielos, acoge en sí Hebreos y Gentiles, todos son llamados a aceptar la invitación de participar de la mesa con el Señor. Jesús hace ver esto incluso con su gesto de sentarse a la mesa con publicanos y pecadores y con su enseñanza en las parábolas de los banquetes, donde “muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt. 8,11; ver también Mt. 2,34; Lc. 14, 16-24).

b) Preguntas para orientar la meditación y actualización:

- ¿Qué te ha llamado más la atención en este texto?

- ¿Cuál de los gestos de Jesús te gustan más en este texto?

- ¿Te has parado a reflexionar alguna vez sobre las emociones de Jesús? Este texto se fija en la compasión. ¿Puedes encontrar otros en los evangelios?

- ¿Qué crees que Dios quiera comunicarte con este relato sobre la multiplicación de los panes?

- Jesús provee de alimento en abundancia. ¿Te confías a la providencia del Señor? ¿Qué significa para ti confiarse a la providencia?

- ¿Alguna vez has pensado en la Eucaristía como un sentarse a la mesa con el Señor? ¿Quiénes son los invitados a esta mesa?

CONTEMPLATIO

Hay otro punto aún sobre el que quisiera llamar la atención, porque en él se refleja en gran parte la autenticidad de la participación en la Eucaristía celebrada en la comunidad: se trata de su impulso para un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna. Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor, trastocando todos los criterios de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones humanas, y afirmando de modo radical el criterio del servicio: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc. 9,35). [...] ¿Por qué, pues, no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo? Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres humanos, en las enfermedades que flagelan a los Países en desarrollo, en la soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los emigrantes. Se trata de males que, si bien en diversa medida, afectan también a las regiones más opulentas. No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn. 13,35; Mt. 25,31-46). En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas.

ocarm.org/es

 

 

En esta jornada dominical se recuerda el interesante milagro de Jesús, de dar de comer a una multitud de gente que le seguía. No fue solo una limosna o un regalo. Fue un gesto de poder y de fecundidad. Fue el signo de su palabra y de sus enseñanzas, que sirven para todos los hombres y que parte de un pequeño núcleo de mensajes que fue divulgando a lo largo de su vida y que sus discípulos recogieron luego en los textos escritos de los Evangelio, con capacidad para alimentar a todo el mundo

El signo de unos pocos panes y peces, es emblema de la grandeza visiona de Jesús. En sus pocas palabras hay alimento para miles de personas. La grandeza de Jesús está en la pequeñez de su figura humana, que encierra el misterio grandioso y sublime de un Dios encarnado, pan que satisface los anhelos más profundos del corazón humano

Este milagro de Jesús tuvo una influencia muy grande en la primera comunidad cristiana, que entendió que este gesto de Jesús, al satisfacer el hambre de “cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”, no sólo se refería a la satisfacción de la necesidad física de alimentar a los hambrientos, sino que también hacía referencia a la maravillosa realización de la eucaristía.

Es interesante comprobar que este milagro es de los pocos que está recogido y recordado por los cuatro Evangelios (Mc. 6.30-44, Lc. 9. 10-17, Jn. 6.1-14, además de Mateo). Ello indica el gran efecto o la enorme influencia que tuvo en los primeros seguidores de Jesús y el valor impresionante que tiene en los primero tiempos de la proclamación del mensaje de la salvación.

Para comprender mejor el significado de este milagro de la multiplicación de los panes, es necesario relacionarlo con las actitudes de Jesús: mensajero del Padre, escondido durante año en el trabajo humilde Nazareth, convertido en Rabino o Maestro maravilloso que iba a anunciando el misterio de Dios por Samaria, Judea y por la Galilea donde había pasado su vida.

En este relato encontramos conexiones muy interesantes con el Antiguo Testamento. Jesús recoge y lleva a plenitud hechos que se habían producido en la historia de Israel y que se consideraron entre los cristianos como anuncios o previsiones divinas; tales fueron las acciones de Eliseo, quien también multiplicó panes y alimentos; o la milagrosa producción de maná en el desierto, cuando los israelitas caminaban huyendo de Egipto.

Pero más que al pasado, lo que importa es mirar al futuro. Jesús se presenta como protagonista que reúne a la gente en grupo y reparte pan y peces, de muy poco y de su gran fe, brota el milagro para dar de comer a un gentío

Dar de comer a muchos, hacer que lo poco llenara a muchos, es el símbolo de la palabra de Dios y de la gracia del cielo de gracia a muchos. Es lo que Jesús quiere enseñar a sus discípulos y a todos sus seguidores con aquel portentoso milagro. En el ambiente de los judíos, con el dominio de los romanos, la explotación por parte de Herodes, la pobreza, la miseria, mucha hambre, lo importante era comer. Pero también latía la necesidad de un redentor que viniera a salvarles de tanta indigencia y explotación. Es interesante confortar que al final de este relato, las gentes querían proclamarle rey (Jn. 6.15)

La fama de Jesús creció en virtud de sus milagros. Al leer hoy en el Evangelio los prodigios que el Divino Maestro realizaba, siguen muchos sin comprender cómo es posible que los ciegos recuperaran la vista, los paralíticos el movimiento, los muertos la vida y los poseídos la luz.  Para Jesús no eran sólo milagros para impresionar. Eran signos para que siempre se tuvieran presente sus enseñanzas.

El hombre, en su soberbia, ha tratado de explicar a través de los tiempos cómo pudieron ser realizados esos prodigios; algunos se han conformado con verlos como actos sobrenaturales, otros han intentado explicarlos inclusive como casos de hipnosis colectiva, y pocos, muy pocos, han aceptado que se trata de prodigios generados por los dones que provienen del espíritu.

Entre todos los milagros que presenciaron los hombres de aquel tiempo, hay uno que se repitió en dos ocasiones. Es precisamente este de los panes y de los peces, al cual Jesús aludiría después como signo de su permaente acción de sembrador y de centro de la fe de sus seguidores.

Dar de comer es un gesto natural del padre y de la madre con respecto a sus hijos. Ese es el significado profundo de este portento. Jesús se preocupó de dar comer a los que le seguían para escuchar sus palabras. Es así como se dio el maravilloso milagro de la repartición de los panes y los peces, y es asi como se debe entender el significado del amor infinito del Divino Maestro y de su enseñanza de luz,  que despertó la fe de las multitudes que lo escuchaban.

Haciendo el prodigio de multiplicar el alimento, no como el resultado de un acto de magia, sino como el resultado de un acto de amor infinito, Jesús logró despertar la caridad en el corazón de todos los que escuchaban su palabra. Los Apóstoles actuaron como intermediario de la palabra, de la acción y de la intención. Ellos repartían con la gente lo poco que tenían. El entusiasmo y el amor de Jesús hizo el resto.

Son muchos los simbolismos que pueden sacarse de los panes y de los peces, del alimento propio de la tierra y el del mar… Los peces son el alimento que viene del mar; y como el mar simboliza la inmensidad del mundo. El pan viene de las espigas y son el producto de la siembra, de la labranza, del sudor del que cultiva  y luego cosecha.

El verdadero milagro de Jesús no estuvo tanto en dar pan y comida a tanta gente, sino en entusiasmar a una masa que venía a escuchar sus palabras por diversos motivos: por curiosidad, por interés, por desconfianza o por aburrimiento de la vida. Dar de comer a miles de personas en esas condiciones era muy arriesgado. Jesús logró que todos se entusiasmaran y vinieran luego a proclamarle rey, que es lo mismo que les librara de los invasores y de los tributos terrenos y que les diera la salvación terrena.

Milagro es siempre hacer algo que se comparte. Jesús hizo un acto de apertura y de persuasión para que todos se dieran cuenta de que había algo nuevo sobre la tierra. Y que se anunciaba nueva vida, nueva época, nueva manera de caminar por el mundo.

El egoísmo hace el “milagro doloroso de que lo mucho y abundante” no llegue sino a unos pocos. El amor y la generosidad hacen el “milagro gozoso de que lo poco” llegue a muchos. Nuestro mundo moderno no necesita pedirle a Dios que multiplique el pan para que todos coman. Lo que necesita es que los hombres transformen su corazón.

El mundo moderno tiene pan más que suficiente para que coman todos, si se reparten mejor las riquezas de la tierra y se aprende a gastar menos si se pertenece al mundo de los ricos y se lograr repartir mejor el trabajo y sus beneficiosos resultados.

El mundo moderno necesita del milagro de cambiar nuestros egoísmos e intereses en el amor que comparte con todos, de cambiar nuestros corazones, de darnos la capacidad de compartir, de reconocer que la dignidad humana debe estar por encima de las ganancias.

Multiplicar panes no es ningún milagro. Esos milagros los estamos haciendo nosotros cada día. El auténtico milagro es poner nuestros “cinco panes de cebada” y nuestros “dos peces para que otros coman” Pero para este milagro se requiere otra cosa: “reconocer que Dios ha puesto los bienes del mundo para satisfacer a todos”.

Por eso Jesús: “tomó los panes, dijo la acción de gracias, y los repartió a los que estaban sentados”. Por que bendecir el pan es reconocerlo como un don de Dios, es reconocer que Dios nos lo da para que todos coman, es reconocer que lo que nos sobra les pertenece a los que tienen hambre.

¿No suena todo esto a Eucaristía? ¿No atrae a nuestra mente las palabras también de Jesús en la noche de su despedida: “Y tomando el pan lo bendijo y dijo: Esto es mi Cuerpo que será entregado por todos vosotros”. ¿Y no suena toda esa narración a una “misa celebrada al aire libre”? Jesús no solo nos da pan. Sino que él mismo se hace pan cada día en la comunión.

 

 

Comieron todos y se saciaron

En Isaías, la Palabra de Dios es lluvia vivificadora. En Jesùs, el fruto del trigo será Pan de vida eterna, en el evangelio de San Juan, pero en este de Mateo que leemos en el domingo 18 del Tiempo Ordinario, la multiplicación de los panes, no tiene ese sentido eucarístico, al menos en primera instancia. San Mateo e Isaías toman el hambre y la sed como realidad natural de esta tierra, como mecanismo fundamental de los seres vivos. Todo ser viviente necesita comer y beber, necesidades que tienen un carácter biológico primero y humano, social y espiritual después.

Es que justamente no podemos construir el ser humano comenzando por la vida espiritual, sino desde lo material. Nacemos hijos necesitados de lecha materna que después se convrtirá en afecto filial. Nacemos hambrientos de cuerpo para crecer hasta el amor. Cuando ya uno es viejo del todo, arrugado y sin fuerzas, es que lo ha dado todo. El niño que nació hambriento se ha quedado exhausto, y ese proceso de recibir, primero, y vaciarse despúes, es lo que llamamos el amor. La máxima realidad espiritual que puede alcanzar el ser humano.

Pues bien, este es el esquema o el proceso que narran tanto Isaías como San mateo en las lecturas de este domingo. De las necesidades humanas se hace cargo Dios como un Padre que quiere que el mundo sea un banquete para sus hijos. Dice Isaías: “Oíd, todos sedientos: venid a por agua, y los que no tienen dinero, venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche”.

Que todos tengan, que a nadie le falte, que hay de sobra y es gratis. De ese compartir de la mesa común nace la fraternidad, o mejor dicho, si repartimos y compartimos nos hacemos hermanos y brotará el canto y la danza entre todos los hombres de la tierra, nos daremos la mano seremos hermanos. He aquí el Reino de Dios en la tierra. Es posible, no es un sueño, porque hay para todos y sobra. Y ese Reino, que es el que Dios quiere, es el que nos enseña a pedir Jesucrito en el Pade Nuestro. “Venga a nosotros tu Reino”. Es el Reino que empieza con el compartir el pan de cada día, con lo material de esta tierra común, y el compartir produce el amor, la vida espiritual, la vida eterna a que alude San Juan en su multiplicación de los panes y los peces.

Pero la humanidad, a ese proyecto de Dios ha opuesto proyecto egoísta y acaparador que no genera amor, sino odio y guerras. Es la ignorancia y el egoísmo humanos quienes generan pobres, los empobrecidos, los menos favorecidos. Lo mismo ocurre con la Palabra de Dios, cuando se desoye y desvirtúa, se lanza como un guigarro contra los demás, y de ser lluvia que enriquece la tierra, se convierte en argumento de enemistad entre los puebos y las culturas. El Pan y la Palabra, dos bendiciones de Dios sobre los hombres, las hemos convertido en flechas para herir.

Jesús, en esta multiplicación de los panes, responde a los discípulos que quieren despedir a la multitud: “No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer”. No había más que cinco panes y dos peces, pero el caso es que “comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres ni niños”.

Cuando hay amor se comparte, y el pan material se hace Pan Eucarístico, banquete mesianico anunciado desde Isaías.

 Radio Vaticano

 

 

Compartir requiere organización

Hoy más que nunca la multiplicación de los panes y los peces se hace visible en el día a día. El bendecir, repartir y compartir los dones maravillosos que Dios nos da, es la posibilidad de seguir contando con ellos de forma permanente y con creces.

¿Por qué somos incapaces de compartir con el prójimo lo que Dios nos da como don?.

Siempre nos maravillamos al leer los textos bíblicos, que parecen haber sido escritos para nosotros, pues se dirigen a nuestras más profundas ansiedades y deseos vehementes. Éste es el caso con la primera lectura de hoy, un extracto de la conclusión del “Libro de la consolación de Israel” (Is 55,1-3)

Como todos los oráculos proféticos, este fue escrito para un pueblo que estaba en una situación diferente a la nuestra; sin embargo, a veces para nuestra sorpresa, esos oráculos no tienen fecha. La promesa de una abundancia de “cosas buenas” es un consuelo cuando se tienen hambre y sed físicas; pero estar abastecido con bienes materiales no nos impide sentir sed y hambre de otras “cosas buenas” que nos faltan: Paz interior, razones reales para vivir, esperanza, amor, reconciliación. Ejemplos claros de los deseos del corazón en una sociedad y en un momento de abundancia material.

Es así como el oráculo profético encuentra en nosotros un eco doloroso cuando dice “¿Por qué gastar tu dinero en lo que no es pan, tus salarios en lo que no te satisface?” (Is 55,2). Al mismo tiempo nos invita a mirar sólo a quien puede llenar nuestros deseos más profundos, “vengan a mí los que necesitan atención, oigan que ustedes pueden tener vida”. Buscamos razones para vivir y es la vida la que se nos ofrece, una alianza eterna que confirmará la benevolencia en el amor de Dios que es compasivo con quienes escoge y a quienes lo acogen.

De esperanzas humanas y propuestas de Dios tratan las lecturas de hoy, acerca de ellas el Señor quiere hacernos una propuesta: “Esto dice el Señor: Oíd, sedientos todos, acudid por agua también los que tenéis dinero; Venid, comprad trigo” (Is 55,1). Este ofrecimiento es una promesa gratuita: “comed sin pagar vino y leche de balde” (Ibíd.).

Dios calma el hambre y la sed del hombre, más allá de lo que éste espera, sin contrapartida o condición alguna. Para esta vida de abundancia basta una vida de alianza con Dios, “Inclinad el oído y venid a mí, escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David” (Is 55,3).

No hay que gastar las energías en la búsqueda de bienes que ni alimentan, ni sacian. ¿Para qué correr en busca de dinero o cualquier otro ídolo del consumo si Dios nos ofrece la bebida y el alimento que verdaderamente dejan satisfechos al hombre?.

Éste oráculo del Segundo Isaías no era sólo para los deportados en Babilonia y que soñaban el retorno por concesión de Ciro, sino para todos los que la comida y la bebida son absolutos y no creen que cuanto les falta es la añadidura después de creer.

No hay que comprar, basta compartir

El hambre de la multitud en la época de Jesús es signo del hambre que hoy aumenta en el mundo. La propuesta del evangelio no es de comprar sino de compartir. Cuando los discípulos proponen comprar, es decir, someterse a las leyes de la economía que han producido el hambre, Jesús propone el compartir, lo cual implica varios momentos: Tomar los panes y los peces; pronunciar la bendición, es decir, dar gracias a Dios por el pan, porque éste es un don de Dios y, finalmente, entregar el pan a los discípulos para que ellos prolonguen la generosidad del creador.

“Sentarse en grupos” significa que el compartir va a requerir una organización y no simplemente esperar el don de manera pasiva. Un mínimo de organización es la actitud que permite un mejor desarrollo al acto de la solidaridad; sólo si el don se comparte organizadamente será posible que alcance para todos.

La solidaridad requiere salir de la confusión masiva y de las posturas egoísta que se superan en la organización por grupos; además, es una solidaridad más personal y respetuosa.

Estos signos del compartir, junto al levantar los ojos al cielo, bendecir, partir el pan y darlo a los discípulos para que ellos lo distribuyan a la gente, van previendo y proveyendo el culmen que será la Eucaristía.

Ante el hambre y la necesidad que aumentan hasta desbordar nuestras posibilidades, Jesús pone a sus discípulos una prueba: “Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer” (Mt 14,16). La limitación de los discípulos debe llevarlos a reconocer su precariedad radical de saciar a la gente.

¿Por qué el hombre es incapaz de dar a sus semejantes lo que Dios le da por don?.

El secreto de nuestra existencia es recibir el don, el amor gratuito de Dios que es Jesucristo, para darlo y compartirlo, a ejemplo suyo, renunciando a nuestros cálculos mezquinos y a nuestro miedo de perder. El hombre sólo queda satisfecho compartiendo.

Entre más se tiene, más se necesita y tener la mentalidad de dar en lugar de poseer es el camino para llegar a lo que todo hombre aspira: La abundancia.

La misión requiere apertura al hambre

Jesús advierte a los discípulos antes de enviarlos a la misión que no olviden el hambre de la gente, por eso incluye varias veces la misma catequesis de la multiplicación de los panes.

Hay que tener un máximo cuidado con las necesidades materiales de la gente que vamos a evangelizar, pues lo material puede condicionar e impedir la misión y la evangelización. No se trata sólo de compartir doctrina, también se requiere compartir pan. Esto queda claro cuando Jesús dice: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14,16)

Ésta es la introducción a la gran obra evangelizadora, al inicio de la misión: “Dadles vosotros de comer”. Quien no comparte aumenta la sed personal y social. No compartir porque no tenemos es un rodeo mentiroso, pues con esa mentalidad muchos no hubiéramos recibido comida, vestido y educación.

La bendición, acción de gracias de Jesús por el pan, es el inicio de todo milagro. Para compartir no se puede prescindir de la bendición de Dios, porque no es humano el suceso ni está en el hombre el éxito, somos instrumentos cualificados para una multiplicación que tiene su origen en el Señor, pertenece a Él y es Él quien sostiene y garantiza ésta y las futuras multiplicaciones.

Sólo compartiendo sobra

El resto de los panes, es decir lo que sobra, son las consecuencias del compartir. Éste, que podría ser un plan de emergencia de productividad o uno de los principios más sanos de economía, debe su real y más profunda explicación a todo cuanto puede la fe de la Iglesia y de cada comunidad cristiana cuando de compartir se trata.

La multiplicación de los panes es un signo semántico, teológico, pastoral y social de lo que se puede hacer con el pan, ya sea material, espiritual o intelectual. Multiplicar el pan es la síntesis de muchas posibilidades de vida, de energías, de satisfacciones humanas y espirituales e incluso, de respuesta a la búsqueda insaciable que existe en el corazón del hombre “para que le sobre”.

Compartir crea empleo

Compartir el pan podría dar al hombre la posibilidad de asumir el desempleo, porque compartir más el pan exigiría un mayor número de agricultores, ecologistas, comerciantes, familias para trabajar, clientes para consumir y vendedores; también sería necesario más transporte, colegios y universidades, tecnología, arte, tierra cultivada y más cultura. Más obreros en la mies. Todo pan es posibilidad de trabajo o desempleo, angustia o reposo, compartir o dividir, sumar o restar, no sólo material sino socialmente.

El pan es un signo que está o falta en nuestras manos, bocas, ojos y olfatos; por tanto, humaniza o deshumaniza, nos hace incrédulos o creyentes. Además, si lo compartimos o negamos a quienes no lo tienen, hará creíble o injustificable la fe, porque hoy más que nunca la fe pasa por la justicia. Jesús continúa hoy haciendo el mismo milagro, basta ver la naturaleza, las cosechas y el mar. Eso no es sólo un hecho natural, es el milagro de la multiplicación de los panes. Quizás la costumbre nos obstaculiza la visión de las cosas maravillosas que hace Dios. Assueta vilescunt, decían los latinos, “las cosas acostumbradas se envejecen”.

La ganancia prohíbe compartir

Cuando Jesús hace una multiplicación extraordinaria es para que tengamos discernimiento ante las multiplicaciones ordinarias. Compartiendo lo sencillo de la vida diaria llegaremos a multiplicaciones más grandes y de mayor incidencia en nuestro entorno social.

Pero ¿cómo podemos repetir esta multiplicación de los panes cuando los excedentes son para recapitalizar, venderlos reciclados o sirven de alimento para animales?. Los excedentes de la leche se convierten, paradójicamente, en “polvo” y se venden a mejores precios por fuera, como si las vacas o los dueños de los hatos fueran extranjeros.

En estos días se ha pedido bajar el precio de la leche debido a la abundancia; pero el problema no es que esté sobrando el líquido, sino en manos de quién o de quiénes está tal decisión. Seguro que encontrarán nuevas razones para no hacerlo.

La ganancia como criterio absoluto del consumismo prohíbe hoy, por razones de calidad, excedentes comerciales. A los pobres nos les van a quedar ni los alimentos perecederos.

pbro. Emilio Betancur Múnera

 

 

Las lecturas de hoy nos ayudan a situarnos correctamente delante de Dios. Al venir a misa, al iniciar la plegaria, al meditar la Palabra de Dios nos hace falta actualizar lo que hoy nos dice la primera lectura: “Escuchadme atentos, venid a mí y os saciaré de vida”. Esta convicción: Dios llena mis anhelos más profundos, Dios me da la vida auténtica, es necesario que presida nuestra vida. Aunque no entendamos del todo el momento presente: Dios nos está comunicando vida.

Quizás alguien piense: “pero todo esto yo no lo siento”. Nuestra santificación se apoya en el espíritu, no en la sensibilidad. Lo que rige nuestra vida es la fe, no la sensibilidad.

Por eso, esta convicción de la que hablamos nos  pide poner en juego la fe, actualizar nuestra fe: que sea la fe la que rija nuestra vida, y no la sensibilidad. La sensibilidad, la mayoría de nosotros la tenemos desordenada e infantilizada. Por tanto, nos hemos de hacer presente aquello que la fe nos ilumina: Dios en JC nos da la vida auténtica.

Ya sería una gran cosa si esta eucaristía nos ayudara a crecer en esta convicción. No ir creciendo en esta convicción tiene un gran peligro: buscar compensaciones. La Vida la encontramos en Dios. Pero muchas veces como que no lo vivimos bien nos llenamos de compensaciones: la comida, la televisión, el placer, las compras, el consumo,... Como que no nos sentimos llenos ni felices, porque vivimos mediocremente nuestra vida cristiana, entonces buscamos compensaciones. Compensaciones que nos dan una cierta satisfacción: es verdad. Pero que si buscásemos realmente la santidad entonces esta satisfacción se multiplicaría por mil. Nosotros escogemos: o el camino fácil buscando las compensaciones momentáneas (que en seguida nos dejan vacíos), o el camino de la santidad que lleva a la vida. Nosotros escogemos.

Cuando cogemos este camino de santidad experimentamos lo que nos dice hoy San Pablo: nada, nada de nada, me podrá separar del Cristo. Para el que busca compensaciones, cualquier cosa lo separa del Cristo: la comida, la televisión, el consumo. Para el que ha encontrado la vida en Cristo, nada no lo separa ya de Él. Por esto San Pablo se expresa con esta contundencia. Como decía un cantante cristiano: “encontrar a Cristo es dejar de buscar”.

Es preciso que esta semana volvamos a meditar estas lecturas tan iluminadoras.

Hoy el evangelio nos presenta un texto que nos habla de la salvación desbordante, sobreabundante que Jesús nos ha venido a traer.  El Papa Benedicto antes de ser Papa en su libro « Introducción al cristianismo » hablaba de este texto y de otros con el título de « la ley de lo abundante ». En él nos decía que hay algunas escenas evangélicas donde la desmesura de las cifras nos manifiesta la salvación sobreabundante y desbordante que Dios nos ofrece. La vida que nos ofrece es desmesurada porque el amor de Dios no tiene medida.

Hoy contemplamos la multiplicación de los panes. A partir de cinco panes y dos peces comen 5000 hombres, sin contar niños y mujeres, quedan satisfechos y aún sobran 12 cestos. Estas cifras desproporcionadas manifestarían esta oferta de vida abundante que Dios nos hace. Esta Vida de la que he hablado a lo largo de toda la homilía, tiene un rostro: Jesús de Nazaret.

Acabo con unas impresionantes palabras del Papa Benedicto dirigidas a los jóvenes, y por extensión a todos nosotros: 

“Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro “sí” al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado: ‘Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No!

Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida.

Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana.

Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera”. Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo”.

La escena que hoy hemos contemplado puede parecernos un gran milagro: 2 panes, 5 peces, y comen 5000 hombres. Pues no tengamos ninguna duda que la eucaristía es un milagro aún mucho más grande donde Jesús Resucitado se hace presente en medio de nosotros.

padre Francesc Jordana Soler

 

 

 “Todos Comieron Hasta Saciarse”

I. IMPORTANCIA DE LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES

1. La multiplicación de los panes, que leemos hoy, es el milagro de Jesús más narrado en los Evangelios. Aparece seis veces. Dos en los Evangelios de Mateo y Marcos, y una en Lucas y en Juan. Es también el milagro más leído en la Misa dominical. Mientras muchos milagros son leídos una sola vez, éste se lee cada año, a lo largo del trienio, según las versiones de Mateo, Lucas y Juan.

No se piense que ello responda a la espectacularidad con que habría sido hecho. Porque no hubo tal espectacularidad, como no la hubo en ninguno de los milagros de Jesús. Responde, más bien, a la plenitud de significado que tuvo para Jesús y en la catequesis de los Apóstoles, y que continúa teniendo hoy. No por nada Juan prosigue la narración del milagro con el largo discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, que desentraña su significado. Con Jesús acontece verdaderamente lo sucedido simbólicamente en la antigüedad: “No es Moisés el que les dio el pan del cielo. Mi Padre les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da la vida al mundo… Yo soy el pan de Vida” (Jn 6,32-35).

II. SIGNIFICADO ECLESIAL DE LA MULTIPLICACIÓN

2. Mateo alude más adelante a la torpeza de los discípulos y a la necesidad de que estos profundicen en la comprensión de lo acaecido: “¡Hombres de poca fe! ¿Todavía no comprenden? ¿No se acuerdan de los cinco panes para cinco mil personas y del número de canastas que juntaron? (Mt 16,9). Lo mismo hacen Marcos y Juan. En esa torpeza está reflejada la nuestra. No somos mejores que los discípulos de Jesús. Pero él nos da su Espíritu, y podemos comprender cada vez más profundamente su Evangelio, no sólo con la mente, sino con el corazón, y así realizar mejor la obra que él nos encomienda.

3. En la narración de Mateo hay muchos elementos dignos de atención. Y conviene que el predicador y el catequista los tenga presentes: a) el sentimiento de amor misericordioso de Jesús hacia la gente y la curación de sus enfermos; b) la hora tardía, el lugar desierto y la urgencia de despedir a la gente; c) la orden de Jesús a los discípulos “dénles ustedes de comer”; d) la pobreza de recursos; e) la recepción de los mismos por parte de Jesús; f) la orden de hacer sentar a la gente; g) el gesto de bendecir y partir los panes; h) su entrega a los discípulos; i) su distribución a la gente; j) la saciedad de su hambre; k) la abundancia de sobras y la recogida de las mismas; l) la multitud de los comensales.

4. Imposible comentar cada uno de estos elementos. Podemos decir en forma global: 1º) Mateo pinta la situación en que se encuentra la humanidad: está en el

desierto, oscurece y tiene hambre; 2º) ante ella el corazón de Cristo se enternece y quiere remediar su penuria; 3º) la poquedad de recursos no es razón para quedarse sin hacer nada, pues son suficientes si se ponen en manos de Jesús; 4º) éste asume los panes, los bendice, y los entrega a los discípulos; 5º) estos, a su vez, los entregan a la gente, recogen sus sobras y llenan doce canastas.

¿Cómo no ver en este milagro simbolizada la obra que Jesús quiere seguir realizando en la humanidad a través de los Apóstoles? Darse a si mismo, el verdadero Pan del cielo, cuyo sacramento es la Eucaristía. Por pobre de recursos que sea la Iglesia, si ella se pone en manos de Jesús, él puede saciar el hambre que el mundo tiene de verdad y bondad. “Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos se llenaron doce canastas”, una por cada uno de los Doce apóstoles, para que continúen su obra de amor.

III. RESONANCIA SOCIAL: LA REDISTRIBUCIÓN DEL INGRESO

5. El milagro de la multiplicación tiene, sin duda, resonancia social: cuando se pone en común lo que se tiene, por poco que fuere, alcanza y sobra.

En estos días, un tanto tensos políticamente, hablamos mucho de “redistribución del ingreso”. Es un concepto cristiano. Mi madre nos inculcaba: “un poco a cada uno, no hace mal a ninguno”. El dicho vale también para la vida de la Nación, pues está en juego la justicia y la paz social.

6. La redistribución del ingreso, que tiene aspectos económicos, es una decisión de alta política, pues mira al bien de toda la “pólis”; es decir, de la ciudad, o convivencia social. Exige, por tanto, ser realizada por todos los miembros de la sociedad, cada uno según su propio papel. El ciudadano: realizando a conciencia su trabajo y cumpliendo sus demás deberes sociales, como son aumentar la producción de bienes (materiales y espirituales), pagar los impuestos y exigir cuenta de los mismos. La autoridad: mirando al bien común, teniendo en cuenta especialmente a los más débiles, respetando la dignidad de todos los ciudadanos y sectores, promoviendo positivamente la participación de cada uno, transparentando su gestión, sancionando toda agresión, y deplorando sinceramente cuando ella, en el calor de la disputa, se extralimita y agrede.

La redistribución, por ser un hecho esencialmente político, debe ser realizada políticamente; es decir, para el bien de la “pólis” y con el concurso de toda ella.

monseñor Carmelo Juan Giaquinta